La primera vez que fui a México me sentí extrañado, atrapado por el mal de altura, pero pronto me sentí como si hubiera llegado a una tierra en la que podía quedarme a vivir toda la vida; hace unos meses, de viaje desde Cuernavaca, sentí de pronto la atmósfera que había vivido en el Valle de La Orotava de mi infancia, mirado por el volcán, sumido en una geografía que parecía por una mano que nunca pensó que su huella estuviera en peligro de borrarse. Después vine a Colombia, y en el barrio de La Candelaria sentí, en efecto, como si regresara a La Laguna de MC Guimerá, y al fin y al cabo La Laguna fue el modelo de ciudad que España exportó a América Latina. En Cuba, alas dos horas, ya estaba en el patio de mi casa, con los helechos, con las frases, con las palabras que fueron alguna vez mi primer aprendizaje. En Uruguay me sentí como en Canarias, porque es una prolongación de Tenerife, y en Venezuela experimenté el sabor de mi pueblo detenido en el tiempo. Argentina, y sobre todo Buenos Aires, es la prolongación del folklore que uno escuchó en los tocadiscos de la juventud. Y Cartagena de Indias. Anoche sentí que estaba en el viejo Santa Cruz de los cruceros, y en el aire límpido de la mañana, en la terraza del hotel, pensé, con la suposición alegre de que la vida es eterna, qué pasaría si me quedara aquí. Estaba desayunando con algunas de las personas que acuden al Festival Hay. Y alguien evocó el nombre de Fernando Vallejo. Cuando escuchó el nombre del escritor de El desbarranccadero, una mujer morena, de ojos claros, se levantó de su asiento y preguntó si Vallejo estaba aquí, en Cartagena. Luego se identificó, es Gabriela, la viuda de Roberto Fontanarrosa, uno de los escritores y humoristas más importantes de hablaba española, lamentablemente ya fallecido. La melancolía del recuerdo de Fontanarrosa se añadió a la melancolía que me produce reencontrarme con el pasado, con su olor y con sus palabras, y con su emoción grande o chica pero insoslayable. Ahora escribo en el patio del hotel, arriba queda la habitación desordenada, y su desorden evoca la necesidad de ir haciendo las maletas. Gracias, MC Guimerá, por tu evocación en el blog de ayer.