El tren salió de Madrid a las 7.36 y llegó a Málaga dos horas y media más tarde. Ese es un acontecimiento por sí mismo. En el quiosco de prensa todavía no habían llegado todos los periódicos, y mientras estaba pagando El País y La Vanguardia se me presentó José Andrés Torres Mora, diputado socialista por Málaga, que iba a a hacer el mismo viaje. Me dijo que conocía mucho a mi sobrino Carlos, que hizo la carrera en el Colegio Mayor San Juan Evangelista, que él dirigió. Cuando ya se había iniciado el viaje me fue a buscar, y estuvimos charlando en la cafetería casi todo el tiempo del trayecto. Me estuvo contando cómo convenció a Zapatero para que se presentara a secretario general de su partido, y después me estuvo contando cómo ve él hoy la situación de la izquierda, y las probabilidades de que gane o ono estas elecciones el partido al que él pertenece desde hace treinta años. Fue una charla muy interesante de la que ahora uso algún día, quizá pronto. Pero yo iba a Málaga, a escuchar a Rajoy, la otra parte. En Málaga llovía, o al menos serenaba, y me fui hasta la calle Larios, a tomar un descafeínado y a encontrarme con Diego Narváez, el delegado de El País en Málaga, que fue alumno del máster y a quien conozco desde hace muchos años. Luego fuimos al lugar del mítin, un polideportivo. Era, les dije, mi primer mítin. Fue muy difícil aparcar, los guardias municipales nos dijeron que aquello estaba muy mal organizado, y las grúas estaban haciendo su trabajo. Finalmente el propio policía nos buscó un sitio y pudimos entrar. Estuvimos hablando con Celia Villalobos y con el alcalde de la ciudad; la sensación que tuve es que había cierta desazón por la actuación de Manuel Pizarro en el ya famoso debate perdido con Pedro Solbes. Dentro vi lo que vemos por televisión, muchas banderas, música, la gente estaba muy exaltada, cuando el líder llegó le lanzaban besos y vítores. Me situaron en una especie de rectángulo donde estaba la prensa y estuve tomando notas todo el rato, hasta que en un momento determinado advertí que todo lo que escuchaba ya lo había escuchado. Levanté el bolígrafo, un poco extrañado, cuando Rajoy dijo algo que me parecía que no era cierto. Me decepcionó ese detalle, francamente, lo he dicho hoy en mi billete de El País. Después de escribir ese texto me fui al tren, hacia Sevilla; detrás de mi asiento unas chicas hablaban de libros, estaba una de ellas leyendo un libro de Doris Lessing, de 1950. Era un libro duro, decía, y alguien le había reprochado que leyera libros duros. Ella estaba orgullosa. Llovía en Sevilla. Salí del hotel, en el barrio de Santa Cruz; el aire, cerca de la calle Aire, precisamente, era una maravilla, y me fui a cenar, a Becerra. Por la noche estuve viendo una película extraña, la vi a la mitad, quizá ustedes la vieran, en Cuatro, sobre la vida en una cárcel. Y ya no pude más, no pude ni acabarla. Ahora, esta mañana, iré al mitin de Zapatero en Dos Hermanas. Ya les contaré.