Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

José Comas

Por: | 22 de marzo de 2008

Ha muerto José Comas. Corresponsal en Berlín de EL PAIS. Corresponsal en muchos lugares. Un tipo noble, lleno de vitalidad y de esperanza. Cuando lo vi la última vez, en Berlín, en diciembre, ya tenía sobre él la amenaza terrible de su propia despedida. Me llevó a la cocina, me enseñó una fotografía de un puente en su pueblo asturiano; me señaló la línea recta que había de la piedra al agua, y dijo: "Aquí, aquí quiero que caigan mis cenizas". Este mediodía, cuando me lo han dicho, vino otra vez esa imagen incesante a mi memoria ahora dolorida por su pérdida. Era un gran tipo, un personaje grande, lúcido y feliz, en conflicto siempre con la realidad que contaba. Generoso. Un periodista.

La contravida

Por: | 22 de marzo de 2008

Me he traído muchos libros en este viaje; la mayoría me vinieron a través de una paquetería, y engrosaron ahora la biblioteca que tengo aquí, en mi casa del sur, otros irán a las bibliotecas de mi pueblo, el Puerto de la Cruz, y de Granadilla, que es el municipio donde tengo la casa. Estuve el otro día en la Biblioteca de Granadilla. Su bibliotecaria, Margot, me habló de las dificultades presupuestarias que tiene el municipio para dotarla bien, para hacer nuevas adquisiciones. Este es un problema local y es un problema nacional, y forma parte de la caja negra de los problemas educativos de España, y sobre todo de sus pueblos. Unas bibliotecas mal dotadas reflejan la actitud de la sociedad hacia la difusión y el cuidado de la lectura. Porque a menos presupuesto para comprar libros menos presupuesto se usará para difundir la importancia de la lectura en la formación de la gente, y no sólo la de los niños. En fin. Ojalá las generaciones que vienen superen ese desdén tradicional por la lectura, y esa nueva actitud gane en la voluntad de los políticos y de los ciudadanos. Entre esos libros que me vinieron me llegó La contravida, de Philip Roth, editado por Seix Barral, que no había leído. Aparte de la excelente traducción de Ramón  Buenaventura, un gran poeta que nos dio recientemente algunas novelas muy notables que espero que continúe con una nueva entrega, me fascinó el principio de este libro de Roth, y aunque después me parece que va decayendo en una especie de discurso político sobre Israel y su sitio en la mente de los judíos y del mundo, es una prueba más de ese ritmo interior que marca una de las literaturas más frescas, imaginativas y hondas que hay hoy en la escritura anglosajona. Tengo al lado Bajo el volcán, que casi he terminado, he leído también algunos relatos de Borges y me ha fascinado hasta el punto más alto un poema en particular de Luis Feria, Epitafio en octubre. Los poemas tienen la virtud extraña de convertirse en autobiografía, del que escribe y del que lee (gracias, Alba, por el poema de Blas de Otero). Y ya mañana se acabó esta semana; vine a terminar un libro, y miren por donde he andado con muchos otros. El lector es infiel, como la vida. Y como la contravida.

Una palabra tuya

Por: | 21 de marzo de 2008

De todos los textos sagrados el que más me impactó siempre fue ese que pronuncia Jesús: "Una palabra tuya bastará para sanarme". Hace unos días me la recordaba una amiga, y siempre regresa a mi esa expresión de demanda y de esperanza como una de las definiciones más radicales del valor de la palabra como un instrumento de ayuda, de comunicación, de afecto. Es como el agua para el que padece sed, como la sangre para el que la pierde, como el alimento para el que pasa hambre. De todas las cosas tan serias que tiene la vida, la palabra es la más seria, la que confirma o desmiente los sentimientos; la mirada es la primera palabra, pero la palabra la tiene que reafirmar. El silencio es hermoso, grande, íntimo, pero una palabra, una palabra tan solo, puede abrazar o destrozar, puede levantarte a lo más alto o hundirte en lo más hondo, como decía Kipling en If. La palabra no es privada, es pública siempre, hiere o cura, no puede utilizarse como si fuera una bala porque en efecto es una bala, o al menos se tiene que tener constancia de que es una bala cuando se quiere utilizar como una bala. Si llega a su objetivo y hiere es tan fatal como un arma. La poesía es un arma, decía Celaya; la palabra es un arma que tiene dos filos. Dicha con generosidad y conciencia de su valor, una palabra tuya bastará para sanarme sí; pero si la palabra no nace para sanar puede hacer un daño incalculable. Por eso me preguntaba ayer: cuando hay una inquietud, ¿qué hay más en la mente, imágenes o palabras? Las palabras son preguntas, siempre, no hay una sola palabra que tenga su respuesta en sí misma. Y cada pregunta es una inquietud. La imagen es la memoria; hasta que no se dice, con palabras, sólo existe como la niebla, haciéndose. Y cuando se hace palabra, suena, es constante, te lleva a un sentimiento o a otro.

Inqúietud, imágenes y preguntas

Por: | 20 de marzo de 2008

Tuve una inquietud que no supe explicarle y le pregunté a mi hija en el bar donde solemos comer:

--Y tú, cuando tienes una inquietud, ¿qué tienes más en la cabeza, imágenes o preguntas?

Noticias del Edén

Por: | 19 de marzo de 2008

José María Aznar ha decidido contradecir a los informadores que están en Irak, a los ciudadanos de Irak, ha querido desmentir incluso a los que invadieron Irak, que ahora no saben cómo acabar con la situación que crearon en Irak, y ha dicho en la BBC de Londres que en Irak la vida es casi idílica.

Llevaba semanas pensando qué diría Aznar después de las elecciones que perdió su designado, Mariano Rajoy, y lo que ha dicho es coherente con lo que le hizo retratarse con Bush en las Azores, aquella foto a la que Rodrigo Rato le puso este pie, antes de tomar el avión hacia el FMI: "Tú y tu maldita guerra".

Pues aquella maldita guerra es ahora para Aznar el factor que ha hecho posible poner cerca de Irak el Edén o paraíso terrenal.

Perdón por el adjetivo, pero con esta declaración Aznar se gana el título de (Casi) Cínico del año. O del quinquenio.

El despertar

Por: | 18 de marzo de 2008

Escribió Kafka que despertar es el momento más arriesgado del día. Lo es; en el momento de despertar el sueño choca con la realidad y el cuerpo recibe mensajes que ya condicionan el paso de las horas. Eso escribió Kafka. Un gran poeta, Luis Feria, que nació en Tenerife en 1927 y murió aquí también en 1998, y vivió en Madrid los años más suculentos de su vida, escribió un hermoso poema sobre el momento de despertar, que por una casualidad de la vida fue el primero que se abrió el otro día cuando tomé en mis manos el libro que hizo con sus textos la editorial Pretextos. Tiene una referencia, Zapatero, que no guarda relación alguna con el líder político del mismo nombre que preside el Gobierno de España, pero a él, que poco sabría de Zapatero, le habría hecho gracia la coincidencia, teniendo en cuenta el humor con el que Feria abordó siempre todas las contingencias que merecieran una risa. Les remito a Feria, que es un poeta grandioso, pero les leo esos versos donde Zapatero aparece como metáfora del despertar:

"¡Sacudid, abedules, la pereza del tronco!/ Tú, agua testaruda, corres siempre/ del chorro a la cisterna silabeando. ¿Es que no ves/ que allá, en lo alto, surge la mañana? / Ya la luz recomienza: ya la vida es verdad./ Enreda el sol su oro por techos y ramajes./ ¡Listo, Galpón! ¡Andando, Zapatero!"

Cinco años de la guerra

Por: | 17 de marzo de 2008

Ahora resuenan en los oídos de la memoria, de nuevo, las mentiras que condujeron a la guerra de Irak, a partir del corazón ofendido del hijo Bush, cuyo padre no pudo doblegar a su gran enemigo. La mentira pasó por España, hizo escala en las Azores y ahora ya se ha cobrado cientos de miles de muertos. Forma parte de la ignominiosa historia de nuestro tiempo, y tiene, entre otros, un apellido español, que aún no ha lavado su culpa con el arrepentimiento por la mentira grande que contribuyó a hacer girar como una enorme bola de basura negra. En pos del petróleo, encarecieron el petróleo; y en pos de la paz supuesta hicieron una guerra de la que se quieren ir como si el petróleo no dejara suciedad en las manos. Cinco años después aquel eco, No a la Guerra, sigue siendo mucho más que un pin en la solapa de la humanidad, es una acusación por la que nadie, aún, se ha sentado en el banquillo.

Y sigue tan campante

Por: | 16 de marzo de 2008

Ustedes me darán la cifra exacta, pero me parece que en el cumpleaños 120 años de Johnny Walker cuando la conocida marca de whisky lanzó aquel eslogan: "Y sigue tan campante". Pues Francisco Ayala, el escritor que fue funcionario de la República, catedrático de Derecho, sociólogo, cumple hoy 102 años y sigue verdaderamente tan campante. Cuando almorcé con él el último jueves, para la nota que salió ayer en la última página de EL PAÍS, se lo dije: "A usted lo encuentro ahora mejor que hace cinco años, y que hace quince". Obviamente, han pasado los años, pero este tiempo le ha dado a don Francisco una gran tranquilidad de ánimo, una coña marinera muy saludable; está atentísimo a todo lo que ocurre, y aunque mantiene su ironía y su distanciamiento intactos, lo veo aún más apasionado si cabe sobre la política, sobre las costumbres. Está preocupado, como siempre lo estuvo, por la mala educación que ve alrededor, y que le lleva a recordar con preocupación otras épocas difíciles de España. Esa mala educación está en todas partes, y forma parte de las consecuencias de lo que no ha sido, precisamente, una buena educación. Y le preocupa el cambio climático, está ahí, él lo huele, lo olemos todos. Lejos ya de los fastos de su centenario, lo que quiere don Francisco es celebrar hoy con Carolyn Richmond, su mujer, que ya se llama también Carolyn Ayala, porque ahora tiene la doble nacionalidad norteamericana-española, el cumpleaños en un ambiente tan tranquilo como su ánimo, comiéndose unos huevos fritos. El otro día se comió un risotto muy abundante, que dejó a la mitad. Pero los que estuvimos con él --Jan Martínez Ahrens, Ricardo Gutiérrez, ambos colegas de EL PAIS-- y la propia Carolyn tampoco pudimos con las generosas raciones de La Taverna Siciliana, que es donde siempre comemos con el matrimonio. Al día siguiente me llamó Luis García Montero, que fue el comisario del centenario; se estaba tomando un whisky, no sé si de diez (le regalé una botella de Arbeg, de diez años) o de 102 años, con el escritor y con su esposa. Con ese ánimo Ayala puede llegar a igualar los años de Johnny Walker. Él dice que es gracias a la miel. Y al whisky, quizá. Prueben la combinación.

El texto perdido

Por: | 15 de marzo de 2008

Escribí hace algo menos de un mes un reportaje sobre el ego de los escritores, a partir de una serie de conversaciones que tuve en el último Hay Festival al que asistí, en Cartagena de Indias. Lo guardé y lo envíé; al cabo de las semanas, cuando ya lo iban a maquetar alguien cayó en la cuenta de que acababa abruptamente, no parecía sensato terminar así, como terminaba, un reportaje periodístico. Luego yo mismo comprobé el texto, y era evidente que ni estaba editado, es decir, corregido, ni terminaba como debía terminar, ni tenía los elementos que yo recordaba que tenía; aunque se defendía por sí mismo, era como la mitad de lo que yo había escrito. Me entró una enorme desazón; claro, lo arreglé de modo que fuera publicable así, y lo reenvié al periódico, aún con la desazón de haber perdido una parte del trabajo que yo tenía conciencia de haber hecho el 17 de febrero, un domingo. A lo largo del día le di mil vueltas al incidente, cómo pudo haber ocurrido, hasta que se me ocurrió llamar a un buen amigo, Juan Saavedra, que es un gran informático, un premio nobel. Él rastreó en mis archivos y a las diez de la noche hora peninsular me envió un mensaje. Lo había encontrado. Lo celebré con una cerveza y con un queso espléndido que había comprado en Milán; también compré un salami majestuoso, al que le di asimismo algunos bocados. La próxima semana, al tiempo que aparece en Babelia, colgaré en elpais.com, si los colegas me dejan, la otra versión completa del reportaje. Fue un gran alivio encontrarlo, sobre todo porque perder cosas, textos, libros, fichas, en fin, memoria, es algo que me perturba muchísimo. O como dicen los chicos, me perturba lo que más.

Hace sol, un sol espléndido, y me gustaría desearles un buen día sobre todo a los que ayer no lo tuvieron.

Bajo el volcán

Por: | 14 de marzo de 2008

Hace unas semanas estuve entrevistando en su casa de Madrid a Antonio Muñoz Molina; le he entrevistado muchas veces, me parece que desde 1988, cuando le entrevisté en la Alhambra de Granada. Entonces él era un joven tímido, muy inteligente, una de esas inteligencias que a mi siempre me intimidan, como si todo aquello que a mi se me pudiera ocurrir ante él fuera a ser una simpleza. He aprendido mucho de él, de las entrevistas que le he hecho, de los artículos que le leo y de sus libros, que siempre he leído con avidez. Los libros de Antonio han marcado una nueva manera de la escritura en España; ha combinado la autobiografía y la invención, en un tiempo en que esa ruptura de géneros estaba todavía en la frontera de lo que prohibía el mercado, y ahora la estantería de sus libros marca varias generaciones de lectores conscientes de que la literatura española sería otra sin esa obra. Pues el otro día, cuando le fui a entrevistar, él estaba leyendo Bajo el volcán, de Malcolm Lowry; lo contaba con tal pasión, y con tal hondura, que de inmediato me propuse yo mismo releer esa obra maestra. Hasta ahora no había podido, comencé anoche, y comencé por el prólogo francés de Lowry, donde cuenta su rabia cuando el editor le dijo que cambiara el libro de arriba abajo. Ese prólogo es consecuencia de una larga carta, acaso la mejor carta literaria que yo he leído, y que está en un libro publicado por Tusquets cuyo título ahora no está en mi memoria. Esa es la carta que explica toda la obra de Lowry, su concepto de la literatura e incluso su manera de estar en la vida. Por cierto, escuchando a Muñoz Molina recordé su libro, Pura alegría, sobre la lectura, que es, con La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa, un libro que les recomiendo si quieren tener a mano un muestrario de lo que debe leerse para saber más y para ser más felices leyendo. Ah, y ahora escribo bajo el volcán, precisamente, en las largas faldas del Teide, en Tenerife.

El País

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