Algunos lectores recordaron ayer en este blog la figura de Octavio Paz con motivo de los diez años de su muerte en México, después de una enfermedad dolorosa que llevó dolor y desolación, pero no falta de poesía, al mejor escritor mexicano del siglo XX, una de las cimas de la poesía en castellano. Era luminoso, su poesía nacía del sol y de la mente; cumplió con todos los afanes que su voluntariosa vanidad le impuso, pero ese ensimismamiento egocéntrico no le impidió fijarse en la humanidad alrededor; y aunque fuera un hombre ocupado en gran medida de sus asuntos personales más autosatisfactorios, cumplió la misión de ocuparse del pasado, del presente y de la historia. Fue una figura extraordinaria. Le conocí, le traté mucho, guardo de él anécdotas muy divertidas y sabrosas, algunas vividas por mi mismo y otras contadas por sus numerosos conocedores y exégetas; siempre me fascinó. Fue siempre un hombre joven, que mantuvo a machamartillo la juventud de su mirada, acaso ese fue el origen de su egocentrismo: que se veía inmortal, no podía morir nunca, no debería morir. Murió, incluso murió antes de tiempo, según la cadena Televisa había muerto una noche, y era mentira, el propio poeta salió a antena a desmentirlo. Murió luego, poco después, seguramente creyendo que la muerte era una voluta más de la poesía, una incredulidad más regalada por el surrealismo en el que bebió mirando al sol. El sol fue su tema, y también fue su último tema. Era la vida. El sol, como la piedra. Larga vida a la poesía de Octavio Paz, gran cronopio.