Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Sábato y después de la resonancia

Por: | 31 de mayo de 2008

El homenaje que le rindió el miércoles último el Círculo de Bellas Artes de Madrid a Ernesto Sábato marca los sesenta años de la publicación de El túnel, una novela que representa la metáfora kafquiana y camusiana que reside en la obra entera del nonagenario autor argentino. Estaban allí su mujer, Elvira González Fraga, el ministro de Cultura, César Antonio Molina, Félix Grande y Mercedes Montmany. Él está en Buenos Aires, delicado de salud, tocado por la edad, cabreado porque ya casi no puede leer ni pintar, arañando aún de la vida lo que ésta le ofrece de símbolo de su propia obra. Hubo en los respectivos discursos muchas referencias a la pintura de Sábato: su obra literaria también es radicalmente existencialista, procede en puridad de aquella angustia que se vivió en los aledaños de la última guerra mundial, y alcanza en Sobre héroes y tumbas la categoría de su esencia: lo que ocurre siempre es metáfora del alma y del tiempo. Como en Saramago, como en Camus, como en Kafka. Evocamos también la relación de Sábato con el poeta tinerfeño Oscar Domínguez, que fue su amigo en París y que aparece con su colega Bruckner en esa novela central del trabajo de Sábato.

Eso fue el miércoles, el mismo día en que me dieron los resultados de aquella resonancia magnética de la que les hablé el sábado último, hace una semana. Los fui a recoger con esa aprensión con la que se vive una oposición o algo aún más grave, porque ese papel que te dan significa, puede significar, mucho más que esos papeles que te dan a diario en el trabajo o en las oficinas. El papel, porque era un papel, acompañado de un material fotográfico cuya interpretación yo no puedo realizar, sino el médico, alguien preparado para ello, me lo entrega Teresa, una mujer muy agradable que ya me atendió en otra ocasión, con motivo de lo mismo. Ella selló el sobre, le puso un nombre escrito en lápiz negro, escribió el nombre del doctor Uriarte, que es quien iba a realizar esa interpretación de las radiografías, y con ese material seguí camino, hasta la consulta del médico. La primera reacción de éste me desconcertó, pero en medio del desconcierto (simplemente había "uy, uy", pero en ese momento un  "uy" es más grave que el silencio) el propio doctor Uriarte explicó, velozmente: "Una hernia de disco". Me la señaló, la redondeó en la foto con su bolígrafo, y añadió: "Pero yo aconsejo no operar". La secuencia es esa, pero mientras ocurría yo me acordé de mi amigo Rafael Azcona, cuyo recuerdo me ayudó a relativizar toda la zozobra que se padece mientras el médico interpreta la raíz de tu mal. Una vez que tuve un accidente y le conté los detalles del diagnóstico, él me dijo. "Pero todo eso es de menor cuantía". De menor cuantía era la cosa, pero mientras se resuelve cuántas cosas pasan por la cabeza del paciente. Al final, cuando ya tomas el taxi para regresar al periódico, te domina una sensación de alivio. Como si el hecho de saber qué te pasa ya mejorara el dolor que te sucede.

Escribir por la mañana

Por: | 30 de mayo de 2008

Sergio Ramírez y Vicente Verdú presentaron anoche en la Casa de América, acompañados de Basilio Baltasar, los blogs que escriben a diario en El Boomeran(g) de La Oficina del Autor, que dirige Baltasar. Escucharles hablar al nicaragüense y al ilicitano de sus respectivas experiencias me refrescó esta mía de escribir por las mañanas. Ambos escriben nada más despertarse; Verdú se ocupa de la vida cotidiana, de sus sueños, de sus pesadillas, de lo que le pasa y de lo que le pasa por la cabeza; pero lo hace por la mañana, cuando aún están intactas sus impresiones, si acaso están algo contaminadas por el periódico, que recoge en el buzón, donde lo tiene desde el amanecer; Ramírez escribe artículos, ensayos, impresiones, casi siempre sobre lo que sucede por ahí; su vida está hecha de mirar, de relacionarse con la política e incluso con la guerra, es un batallador de la vida, y es un novelista; Verdú es un autobiógrafo, si es que se puede decir así. Uno le pasa el pesejo a la realidad, y el otro se mira en el espejo, a ver qué dice éste. El resultado son dos blogs diferentes, y en este caso dos libros bien diferentes. El de Sergio Ramírez puede ser una crónica general de la vida, y el de Vicente Verdú es una crónica sentimental como esta que ahora publica con el título de No Ficción, otro libro suyo; en la radio he escuchado que es su primera novela. ¿Novelas, Verdú? Verdú no escribe novelas: si acaso, tacha novelas. Él es un autor de no ficción, precisamente, y si son novelas sus libros es porque ha triunfado su tesis, de que novela lo puede ser todo, o nada. Lo que junta Ramírez con Verdú es que ambos se sientan a la máquina casi al mismo tiempo, pero los dos tienen oídos diferentes para escuchar el sonido que luego les llega al blog. Dos opciones, dos maneras. Ramírez contó una historia que yo no conocía: página (la de papel, la de Internet) viene de page, en inglés, que era como se llamaba a esos chiquillos que llevaban una pizarra anunciando nombres o llamadas en los hoteles. Los pajes, pages, en inglés. Page: página. Pues ahora esa palabra sirve también para la página de internet y para la página de papel propiamente dicha. Sergio dijo que el papel siempre termina triunfando. Creo lo mismo. Pero, claro, somos casi dos los que creemos eso, únicamente.

Me queda hablarles de Sábato y de la resonancia. Mañana me esperan esos asuntos.

El periodista y su ombligo

Por: | 29 de mayo de 2008

Iba a hablar hoy del homenaje a Sábato que se celebró ayer en el Círculo de Bellas, del homenaje a Azcona que se celebró en la Academia de Cine y de lo que pasó con aquella resonancia magnética de la que les conté el sábado último, pero acabo de escuchar en la radio una frase de Pedro J. Ramírez, director de El Mundo, a propósito del juicio al que el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, llevó al periodista de la Cope Federico Jiménez Losantos y no me he podido resistir a dejar aquellos asuntos para otro momento. Dijo Pedro J. Ramírez, que figura como director, también, del modo de llevar los asuntos políticos pasados y actuales el citado periodista de la Cope, que si éste fuera condenado la libertad de expresión de los periodistas (de todos los periodistas, eso quiso decir) sufriría un retroceso. ¿Un retroceso? ¿Y la libertad de expresión de los insultados? Es decir, si el juzgado deja libre de culpa a Federico Jiménez Losantos, ¿el que se ha sentido insultado debería sentirse feliz? ¿Cómo se sentiría su libertad de expresión, en el mismo nivel, no descendería un ápice? ¿Son (somos) los periodistas más sujetos del derecho de libertad de expresión que aquellos que son el objeto de nuestro trabajo? ¿No tienen los demás a reclamarnos mesura y justicia, a reclamarnos y a reclamarla? El ombligo del periodista (y de este periodista, en concreto) no conoce límites; y para ponerle límites no está mal que sienta la humildad de ser un ciudadano como otro cualquiera, que responda ante la sociedad de lo que diga o escriba; en la misma circunstancia, otro periodista de la Cope, y eurodiputado muy suelto del PP, Luis Herrero, dijo que en la radio las palabras no son lo mismo que en la radio. ¿Ah, no? ¿Por qué la radio debe tomarse como un medio de segunda división? ¿O no será que él siente que ha contribuido, con el concurso de otros cuyos nombres quedan aquí descritos, a que la radio se acerque al abismo del insulto, del lugar común y de la impunidad que el ombligo del periodista espera cubrir con su griterío insultón? La radio, cuántos crímenes se cometen en su nombre.

Luis Feria y un recado de Raimon

Por: | 28 de mayo de 2008

Ayer fui a Tenerife, al homenaje a Luis Feria, el poeta tinerfeño que hizo de la melancolía (y del humor) un instrumento para mirar el mundo; he estado releyendo su poesía y debo decir que esa poesía suya, emparentada con la de la generación del 50 por mérito propio, radicada en el mar y en la tierra, hermana o amiga o prima de las de Manuel Padorno y Arturo Maccanti, contiene ahora, leída con la calma que hace crecer por dentro los versos, el arañazo que produce ver el alma de un hombre en soledad. Cuando llegué a la isla, después de un viaje en avión que se me hizo corto, recibí una llamada de Raimon, el cantante; él quiere localizar a Norberto Barrera Sánchez, que escribió aquí una carta para él, cuando les conté de la cena que hubo en la Complutense para celebrar los cuarenta años de su concierto en la universidad. Raimon le quiere localizar y hemos pensado que quizá pueda hacerlo a través de mi correo en el periódico. Luego ya fui a Santa Cruz, nos reunimos con los poetas que iban a intervenir en el acontecimiento dedicado a Feria, conocí a una joven poetisa tinerfeña, María José Alemán, y volví a ver a Víctor Álamo (de cuyo libro Terramores, editado por Artemisa, les hablé aquí un día) y a Oswaldo Guerra, poetas también, que luego leerían en el Cabilod una antología del poeta homenajeado. Antes del acto poético propiamente dicho hubo un acto protocolario, en el que intervinieron altas autoridades de las islas; dijeron estas autoridades que Feria es un gran poeta, y que ellos estaban muy orgullosos de la celebración del Congreso. Pero luego, cuando se iba a hablar de la poesía de Feria, se marcharon, tenían que hacer. La verdad es que nunca he entendido la relación del protocolo con la poesía. Luego estuvimos almorzando en el Casino, donde habitualmente exigían corbata, pero esta vez los poetas pudieron entrar sin el aditamento, probablemente ya revocaron el requisito, ojalá. Volví por la tarde, con el editor de Pre textos, Manuel Borrás, que me contó historias que pueden vivir dentro de unas memorias. Pero las tiene que contar él. En el avión estuve releyendo un libro extraordinario, Los nuestros, de Luis Garss, que es como una foto fija de cuando nació el boom, a mediados de los 60. Les contaré más despacio. El vuelo fue muy detenido: tardamos en el aire más de tres horas: el viento nos impedía el paso y a veces hacía bailar el avión. Fue muy cansado y no fue confortable. Cuando llegué a casa, sin embargo, había papas y atún, y esa es mi comida favorita desde que yo era niño. Le dejé un poco a Rita, que lo agradeció moviendo el rabo mientras yo me quitaba la camisa para aliviar el calor del viaje. Norberto: no te olvides de enviarle a Raimon tu dirección. 

Millás inventa la cisterna

Por: | 27 de mayo de 2008

Anoche estuvo Juan José Millás en la sala de Encuentros de El País con los sucriptores madrileños del periódico. Antes de él estuvieron el director, Javier Moreno, y Forges; en próximas ediciones de estos encuentros estarán Manuel Vicent, Peridis..., aquellos colaboradores o periodistas que los suscriptores vayan solicitando a través de los canales abiertos para ello por el diario. Hay muchas peticiones, que iremos cursando, a Maruja Torres, a Elvira Lindo, a Carlos Boyero, a Enric González...; el propósito es hacer un encuentro al mes, pero a juzgar por el entusiasmo que observamos anoche, por el lleno que se produjo y por la cantidad de peticiones que los suscriptores hicieron podría pensarse en duplicar cada mes los encuentros. Vicente Jiménez, el director adjunto, que presentó a Millás, anotó muchos de esos nombres, y ahí quedan, para futuras ediciones de esta iniciativa que junta al periódico con los que lo reciben a diario antes de salir de sus casas. El encuentro con Millás fue extraordinario; el autor y columnista contó la cocina de su escritura, con ingenio y eficacia: él considera que el suyo es un oficio, como el de un fontanero; a él le gustaría crear artilugios tan sencillos y tan complejos como una cisterna. No se plantea la escritura como un arte sino como un oficio: se sienta al amanecer (se levanta como las gallinas, o como los gallos) ante el ordenador a ver qué le dicen las palabras. Y cada reto que se le aparece le resulta estimulante. Está viviendo un momento espléndido de su vida; su último libro, El mundo, indica un antes y un después de su manera de narrar, ha dejado que fluya, sin fronteras, su propia autobiografía, y esa libertad domina ya su obra, y también su obra como columnista y como periodista. Vicente Jiménez lo presentó como un periodista inquietante, alguien que siempre te deja pendiente de una pregunta o de un misterio. Contó Millás un cuento en cada respuesta, y nos dejó a todos riendo e intrigados, felices. Por cierto, cuando se fue nos enteramos de un suceso que parecía dibujado por él: dos mujeres se encontraron casualmente en Las Palmas y descubrieron que eran gemelas, tenían 36 años, los mismos días y casi las mismas horas, las habían equivocado en el hospital y habían vivido sin saber la una de la otra en la misma ciudad. Si Millás lo hubiera escrito hubiera parecido ficción. Y es que yo sostengo que jamás Juanjo ha escrito una línea de ficción. Lo que cuenta termina cumpliéndose. Aunque invente la cisterna.

La alegría de César

Por: | 26 de mayo de 2008

No había mayor alegría para César Manrique que la de ver llegar a su isla, a Lanzarote, a modernos o a extranjeros, o a extranjeros modernos. Él estaba convencido de que el porvenir de la isla estaba en el conocimiento exterior: de sus bellezas y también de sus problemas; él creía que esa divulgación impediriía su deterioro, que él imaginaba progresivo, a causa de la especulación y del desdén. Fue un visionario que contagió a las autoridades de los sesenta --su amigo Pepín Ramírez, presidente del Cabildo, padre del actual presidente de la Fundación César Manrique-- de su convicción de que aquella tierra empobrecida tenía el germen de un gran porvenir. Se cumplió su predicción, pero los ávidos de dólares empezaron a destrozar la armonía que tanto costó dibujar. Entonces tronó César contra el superdesarrollismo, contra las autopistas inncesarias, contra la invasión de la construcción excesiva y descontrolada. Su lucha acabó cuando César murió en un desgraciado accidente, al lado de la Fundación, en Tahiche, en la que fue su casa durante mucho tiempo, pero esa institución ha seguido defendiendo la batalla que él mantuvo. He escuchado en la radio que Pedro Almodóvar comienza hoy el rodaje de su nueva película en Lanzarote. Estos eran los momentos que amaba César, cuando un creador llegaba a su isla, alguien que fuera capaz de prolongar con sus imágenes, con su pintura, su fotografía o su escritura, la magia que él intuyó que estaba en la base del porvenir de Lanzarote. Pedro conoció esa magia, y ahora le sirve de base para sus propias imágenes. Siempre recuerdo la alegría de César feliz; era una fuerza de la naturaleza, y este tipo de noticias solían alegrarlo como a un chiquillo el verano.

Con Ayala

Por: | 25 de mayo de 2008

Ayer por la mañana fui a ver a Francisco Ayala. Antes me tomé un café descafeínado en una chocolatería que está debajo de la casa del veterano escritor; estuve allí charlando con José Luis Fajardo, el pintor, hasta que se hizo la hora de ir a la cita con Ayala. Estuvimos hablando el pintor y yo del tiempo que pasa, de los libros, de los dolores y de las alegrías y de otras anécdotas. Cuando se hizo la hora comprobé que había equivocado el lugar de la cita; hasta que se deshizo el entuerto y fui adonde estaba realmente el centenario autor granadino pasó un buen rato; el día estaba gris pero alegre, y él me recibió alegre, vestido con una casaca verde, muy elegante. Me ofreció cualquier cosa para beber, y yo pedí a gua. Agua, sólo para lavarme, me dijo. ¿No quiere usted un whisky? No, jamás a mediodía. Es bueno siempre, me dijo. Él no tomó nada y yo tomé agua. Luego estuvimos hablando de poesía. Para él, la poesía es buena o no es, no hay medias tintas con la poesía. Y estuvimos hablando de salud, de dolores y de alegrías, como con Fajardo. Él se encuentra bien de salud, para los años que tengo, me dijo. Lo peor, me decía, es que no puede leer directamente, le ha de leer Carolyn, su mujer. Y otra cosa que echa de menos, él, que es un escritor de memorias, es que ya tiene poca memoria para lo que acaba de suceder. Y él mismo me hizo esta reflexión: es que a lo mejor también hay que aprender a olvidar. Bueno, su libro más importante de memorias se llama Recuerdos y olvidos, así que los olvidos forman parte de la memoria, le dije. Y así estuvimos charlando, apaciblemente, junto al patio que le da luz al comedor de la casa; lo vi muy feliz, tranquilo, al lado de un pequeño teléfono que le permite llamar sin tener que marcar el número propiamente dicho; tiene cinco números memorizados ahí, pero sólo usa el de Carolyn, que está marcado con el 1. Antes de irme volvimos a hablar de poesía; acaso por eso, por la tarde, estuve enfrascado en un gran libro, en la antología de Luis Feria, el poeta tinerfeño de la generación del 50 sobre el que esta semana se celebra un congreso en La Laguna. Un gran poeta y una gran edición la de Pre-textos, con un prólogo muy sensible, muy hondo, de José Carlos Mainer. Limpié la mesa, abrí el libro y estuve tomando notas toda la tarde, viviendo con el tiempo de poesía que me había recomendado Ayala.

Experiencia de la oscuridad

Por: | 24 de mayo de 2008

Les voy a contar una pequeña experiencia personal, íntima, les ruego que me disculpen por llevarlos a un momento privado de mi vida. A muchos otros les habrá pasado, así que no resulta tan privado, tan particular. Ayer tarde me sometí a una resonancia magnética. La condición es que no te puedes mover; la otra condición, a la que puede optar el paciente --y esta palabra aquí es perfecta--, es que no abras los ojos, para que no percibas la oscuridad o el encierro al que te sometes. Una vez que ya resides en el tubo --dicen que es una cámara abierta, porque está abierta por los pies--, el sonido que acompaña a la ejecución fotográfica de tu cuerpo parece a veces la bocina de un barco y otras veces el acompañamiento sonoro de un taller mecánico. En medio de ese fragor, que te permite imaginar otros sonidos, los de una batalla campal, los de un atraque, etcétera, tú puedes inventar todo tipo de historias, contar números --yo conté hasta trescientos--, contarte cuentos, recordar llamadas que no has hecho, rostros que te han acompañado durante los últimos días; a tu lado tienes un pequeño aparato que puedes pulsar en cualquier momento por si precisas asistencia; pero si lo pulsas sabes que se interrumpe el proceso, de modo que es mejor no hacer uso de esa opción traumática, esperar hasta el final, aunque ya has perdido la noción del tiempo y no sabes si ha pasado un minuto, diez o quince. Había pedido permiso para escuchar la radio, pero eso no está permitido; y el aparato de música, que hubiera aliviado el encierro, tampoco lo tienen en funcionamiento. Durante los veinticinco minutos que dura este encierro pensé muchas veces en las personas a las que la vida ha sometido a pruebas más duras, y con esos ejemplos que tienen rostro, nombre, apellidos, y que desatan tu memoria hasta el infinito, fui aliviando esta potente sensación de claustrofobia, hasta que al fin entró en la sala el joven facultativo que controlaba desde fuera este ejercicio infinito de paciencia que al final concluía. Salí a la calle como si hubiera ganado una batalla; y al atardecer, cuando le conté a un amigo la secuencia que había vivido, me contó lo que acababa de ocurrir en el entorno amistoso de su vida, y ahí me di cuenta de que mi zozobra, o esa zozobra, era nada, un leve rasguño de claustrofobia y de miedo, al lado de lo que ha de sufrir de veras tanta gente.

Julio en la catedral

Por: | 23 de mayo de 2008

Julio Llamazares ha escrito un libro extraño y memorable, Las rosas de piedra, editado por Alfaguara. Con ese libro el escritor de La lluvia amarilla apela a un lector de antes ante un desafío literario de los de siempre, radical y serio, trascendente. Hace siete años Julio se impuso visitar 75 catedrales del norte de España, en la primera fase de un proyecto que muchos pensamos que era una locura poética. El resultado es como una bocanada de aire fresco para la narrativa española. A través de esa visita suya a las catedrales, Julio ha contado el alma de las ciudades o los pueblos que visita, y el efecto que produce ese relato es el de un fresco que revela una manera de ser, fragmentaria pero real, honda, de este país de países. Como Magris, como Saramago, como esos viajeros que van por la vida contando más que lo que se ve por fuera, lo que se ve por dentro, Llamazares entrega un libro insólito, una especie de regalo de su propia alma. Lo presentamos anoche en un marco insólito, porque rara vez se ha usado para otro menester que el religioso; fue en la catedral de León, abarrotada de público; con Julio estábamos José María Pérez, Peridis, y este servidor de ustedes; Julio estaba muy emocionado; hace más de veinte años él no presentaba un libro en su pueblo, y jamás hubiera soñado presentarlo en ese marco, una catedral que fue el principal descubrimiento de su vida, cuando aún era un chiquillo de ocho años y su padre, maestro, le llevó por primera vez a la ciudad; luego aquel hombre sobrio y esencial que fue su guía de chico, e imagino que lo sigue siendo, le enseñó la catedral. Julio leyó un capítulo de Escenas de cine mudo donde cuenta ese recorrido por la catedral de León; él dice que ese momento que está grabado en su memoria con luz íntima, indeleble, marca el principio de Las rosas de piedra, ahí nació su ambición de contar España a través de sus catedrales. Era emocionante oír a Julio, que es habitualmente muy sereno, muy interior, contar ese momento tan decisivo de su biografía, y lo que decía se convertía en metáfora; mientras él hablaba, junto a su mujer, Celicia Orueta, la autora de las fotos del libro, estaba Julito, el hijo de ambos, que como Julio en aquella escena de cine mudo tiene ahora la edad que tenía el padre cuando entró por vez primera en este templo. Luego, al terminar, la gente se le abalanzó, a hablar con él, a pedirle que le firmara el libro; extraña, emocionante ocasión, acaso como el propio libro que ahora ya empezará a caminar por su cuenta, acaso para convertirse en el libro más emocionante y esforzado del autor de Luna de lobos o Memoria de la nieve.

Manolito

Por: | 22 de mayo de 2008

Elvira Lindo ha tenido, y tiene, en España un éxito grande con Manolito Gafotas; ahora sale en Estados Unidos ese personaje que ella estrenó en la radio y convirtió luego, dibujado por Emilio Urberuaga, en un héroe del barrio español contemporáneo. Parecía que iba a hacer un viaje español, y ya lo ven, viajando por el mundo, encandilando con su ingenuidad afilada, con su genio mayéutico, a los lectores extranjeros. Los que creían que Manolito no tendría traducción se equivocaban, porque las situaciones, los modos y el lenguaje que creó Elvira no fueron sólo los de un niño español, sino los de un niño: enfrentado a lo que pasa, en la familia, en el barrio, entre los amigos, Manolito reacciona como un muchacho cuyas referencias primarias son las de los chicos de cualquier lugar del mundo. Eso es lo que hay en el fondo, sea de Moratalaz o de Manhattan. Y ahí lo ven, triunfando en Manhattan; como la propia Elvira le dio voz, y luego Manolito tuvo sus correlatos cinematográficos, no queda más remedio que imaginárselo hablando en inglés, abriendo paso sus gafotas entre los apresurados viandantes de ese abigarrado vecindario. Abriéndose paso y llegando el primero, ojo. Se le quiere mucho a Manolito, se le añora; verle en inglés es como verle aprobar con nota una nueva asignatura.

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal