Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Acá, cerca del Obelisco

Por: | 21 de octubre de 2008

Buenos Aires me recibió con los horarios locos; mitad del país tiene una hora (ahora, son las 08.35 en Buenos Aires, y es otra hora en Mendoza, por ejemplo) y la otra mitad tiene otra. Tratándose de Argentina, así tendría que ser siempre, porque este país, como Italia, por ejemplo, tiene dos velocidades, una la que se ve, y otra la que lleva dentro. Venía en el avión leyendo La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez, que se publicó hace años pero que ahora he retomado para tratar de explicarme la extraña vigencia del peronismo, y confieso que es como si el tiempo se me pusiera encima otra vez y me introdujera en la situación que produjo López Rega sobre aquella pareja de ancianos que regresó a Argentina a ayudar a que este país fuera aún más surrealista. Pero, en fin, nosotros, los españoles, tenemos la mente aún más dividida, hemos soportado situaciones igualmente kafkianas, y siempre estamos viendo en los otros la esquizofrenia que a nosotros nos sobra. Así que ya estoy aquí; el amigo que me fue a buscar me llevó por la ciudad lluviosa, en busca del hotel y, cómo no, pasó por el Obelisco, mi lugar favorito en Buenos Aires. Le hice una fotografía desde el coche; ignoro si mi envío le llegó a Rosa, para que la metiera en este tardío blog, pero no me extrañaría que no le hubiera llegado porque las comunicaciones no están de acuerdo conmigo hoy. El modem que me puso Saavedra no me ha funcionado, así que estoy trabajando con un cable que me han dejado en el hotel. Pero quería citar el Obelisco. Lo recuerdo de muchas canciones y de muchos libros; me contó mi amigo Augusto di Marco, que tuvo la amabilidad de madrugar para ir a Eceiza a buscarme, que el edificio ministerial que está al lado, y que empequeñece la hermosa perspectiva del Obelisco, se mantiene ahí porque en su balcón principal fue donde Evita lloró al rechazar la posibilidad de compartir fórmula electoral con su marido: ya el cáncer le señalaba el final de su vida, y ella no podía decirlo aún. Ese balcón, pues, tiene historia sentimental y política, y ahí se ha quedado el edificio, afeando el Obelisco, cuya simbología fálica también ha dado mucho que hacer a los psicoanalistas que psicoanalizan Buenos Aires. Después del Obelisco, la lluvia. Un torrente en Buenos Aires señala las inseguridades de la primavera. El avión se movió también como un torrente, así que ahora mi cuerpo enfermo (o maltrecho) no resiste más y necesita un descafeinado muy cargado de café descafeinado para abordar esta hermosa ciudad que siempre espera a cualquiera cantando, o meditando.

Obelisco

Una hora con Luz

Por: | 20 de octubre de 2008

Luzcasal

Conocí a Luz Casal hace cinco años, cuando El País Semanal me pidió que la entrevistara; algún tiempo después la hice coincidir con Gonzalo Suárez (su paisano asturiano) en una sección de última página que se publicó un verano bajo el título Aquí unos amigos; y después de su grave enfermedad, un cáncer, que superó con una entereza que le dio aun más profundidad a su personalidad poética, el mismo suplemento me pidió que le preguntara cómo vivía ahora esa lucha tan ejemplar que la convertía para muchos en una luz en la misma batalla. Ahora ella ha decidido hacer unos conciertos benéficos, a favor de la investigación que termine descubriendo un remedio definitivo para la enfermedad. Ayer hizo el segundo de los conciertos, coincidiendo con el día consagrado a las personas que padecen cáncer de mama. Y ahí fui, al Teatro Albéniz, que estaba abarrotado de un público emocionado con su música, y con su causa. Hacía mucho que la música no me decía tantas cosas. Su Negra sombra, a partir del poema de Rosalía de Castro, es una de las grandes creaciones de su repertorio; escuchar esa canción siempre me ha puesto los pelos de punta; recuerdo haberla escuchado en un barco, a las afueras de Vigo, volviendo de las islas Cíes, y tengo en mi memoria ese instante como un momento feliz y extraño, como si la música me estuviera diciendo algo (sobre las personas, sobre la vida) que acaso no he sabido decir nunca, pero que está en el aire de esa melodía, en su música, en la emoción que Luz Casal le impregna.

Y ahora a Buenos Aires. Mañana estaré allí. Un viaje a la primavera.

Empezó mi jornada de ayer visitando al señor Barnatán, don Adolfo, escultor. Tiene una exposición en la galería de Álvaro Alcázar, en la calle Hermosilla, 58, de Madrid, y allí estuve un rato. No estaba el escultor; había una señora hablando con alguien acerca de la serenidad que le producía la obra, y en efecto Barnatán ha hecho un trabajo magnífico, de una hermosa serenidad. Son esculturas alrededor del símbolo de la espiral, un poco en la línea de Martín Chirino, pero en algún momento me sentí también ante cuadros de Malevitch o de Fontana. En todo caso, son esculturas con las que a uno le gustaría vivir; desprenden una música muy especial, atraen tu mano, como las de Brancusi, como si fuera irremediable que acariciaras esos materiales, como si en los propios materiales las esculturas tuvieran ya el alma.

Y después me fui a ver al señor Ayala, donde Francisco. Ya saben que en marzo próximo cumplirá 103 años. Estuvimos hablando un rato, hasta que llegó el señor García Montero, don Luis, con quien el veterano escritor iba a almorzar, a un restaurante alemán que hay cerca de la casa de don Francisco, el Edelweis, que está al lado de las Cortes, donde Ayala fue funcionario en tiempos republicanos. Don Francisco me invitó a un whisky, que tenía allí, sobre la mesilla que servía de ámbito para nuestra conversación. Le dije que no, que yo a esa hora, la una de la tarde, bebería agua; pero él se tomó su whisky. Estuvimos charlando de las imposturas literarias, de los falsos prestigios, de la vida política, y de la edad, por supuesto; él dice que ya es demasiado tiempo el que ha pasado sobre la tierra, le pesa la edad, pero luego se ríe y dice: "¡No es que haya pasado el tiempo, es que ha pasado todo el tiempo!"

Y después me fui a encontrar con el señor Saramago, don José. Formamos parte, con Rosa Montero y con Alberto Manguel, del jurado del premio Clarín de novela, y el Nobel portugués vino de Portugal con su mujer, Pilar del Río, para estar en una reunión preparatoria de este importante certamen literario que convoca el diario argentino. No conocía a Manguel; me pareció un hombre cultísimo, sereno, lleno de sentido del humor. En medio de la serenidad inteligente de Saramago y la humildad cultísima de este gran escritor argentino cobraba aún más vitalidad esa frescura imparable de Rosa Montero, que desde la Cronica del desamor de los años setenta hasta ahora no ha dejado de ser la perspicaz novelista que trasladó su manera de ver a la gente, en el periodismo, a la manera de verla por dentro de la literatura. Fue una reunión muy grata, de veras, donde aprendí muchísimo del juicio literario y de la ecuanimidad de la gente. El fallo se conocerá en Buenos Aires el 28 de octubre; hasta entonces seguiremos manteniendo la discreción sobre los presentados y sobre los que estén en la final. Ahí reposan los manuscritos, diez, que he leído en las últimas semanas.

Saramago

Y, finalmente, esta mañana, el señor Bassets, don Lluis, mi compañero en El País desde hace tanto tiempo, me despertó desde la radio, hablando con Montse Domínguez en A vivir que son dos días. Hablaba Lluis, y de aquí viene lo de llamar señor a cada uno de los personajes de hoy, de su libro La oca del señor Bush, que publica en Península. Un libro premonitorio, fruto de la inteligente sabiduría de este periodista profundo y experimentado que escribe aquí un blog a diario y que analiza desde el periódico la actualidad internacional como si tuviera los ojos en el futuro. Él describió antes que nadie las consecuencias que el neoconservadurismo amparado por Bush estaba causando en el mundo, y fruto de ese análisis, y de su trabajo cotidiano es La oca del señor Bush, cuyo subtítulo ya subraya el instante terrible que estamos viviendo: Cómo los neocons han destruido el orden internacional desde la Casa Blanca. Desde el punto de vista económico y político, lo que ha hecho Bush le convierte en el peor presidente de la historia norteamericana, y lo dicen las encuestas, no sólo lo dicen quienes viven de la experiencia reciente. El libro lleva dos fotografías, en la portada y en la contraportada. En la portada, Cheney, Bush, y Rumsfeld. Y en la contraportada, la imagen de otro trío en el que Bush ocupa la plaza central y en la que falta el tercer personaje: aquella en la que Blair sonríe, Bush sonríe y Aznar sonríe en las Azores, antes de que el jefe les llevara a la guerra de Irak. El señor Bush agarra del hombro al señor Aznar; éste no sabía que esa era la foto que le convertiría, también, en el desgraciado comparsa de la destrucción del orden al que ahora se refiere el señor Bassets.

Ocabush

En fin, muchos señores para un sábado, pero ahí están. Ya es por la mañana, y Madrid se ha despertado grisáceo, como si se hubiera abierto a sí mismo un paréntesis. Ah, y Rita está por ahí, sin hacer ruido, como si no quisiera despertar a la ciudad grisácea.

Mientras escuchaba anoche en la Casa de América a Mario Gas hablando de Manuel Vázquez Montalbán (hay una buena crónica de Tereixa Constenla hoy en El País), me imaginaba al creador de Carvalho y su incesante actividad, cumpliendo siempre con las obligaciones alimenticias (las estrictas del salario) e imaginando siempre una nueva forma de arte. De ahí nació, sin duda, su capacidad para crear un periodismo nuevo, distinto, que penetró hasta romperlos en los libros de estilo y que constituyó un refresco irrellenable en la atosigante atonía de la época en la que inició la publicación de sus célebres reportajes en Triunfo. Muchas intervenciones del público (y fue muchísimo público del de veras, no fueron ni los escritores ni las escritoras que le pidieron prólogos y presentaciones hasta agotarlo) fueron muy emocionantes, y su compañera, Anna Sallés, trazó un perfil del Manolo íntimo, pero también público, comprometido, político, que convirtió sus distintas militancias (el comunismo, la comida, el periodismo) en una obligación gozosa, casi lúdica, a la que no renunció nunca. Desde el público, su hijo Daniel, que había escrito ayer un estupendo artículo en El Mundo, explicó por qué Manolo, que había sido un niño flaco, terminó siendo un hombre gordo, y es que sus padres, obsesionados porque comiera, le daban todo con pan, y tanto pan terminó cambiándole el metabolismo. A mi lado estaba Manuel Campo Vidal, que le conoció desde los primeros tiempos de Triunfo, y más allá estaba Almudena Grandes, que compartió con Manolo días gloriosos para ella, y ahora está, en El País, en el espacio que Vázquez Montalbán ocupó un día. Ella habló de Los mares del sur como el libro más emocionante de Manolo, por razones literarias, sentimentales y políticas. Léanlo, o vuelvan a leerlo; sería una manera de volver a estar con él cinco años después de que él ya no esté con nosotros. Ah, estuve tomando notas, y luego, sin querer, se me disparó la cámara sobre las notas; le mandé la foto a Rosa, como testimonio de lo que se escribe mientras se escucha. Por cierto, luego estuve en una cena y me dejé las notas en un restaurante. Iré luego a ver si las recupero, porque ahí iba el itinerario de un viaje que hago el lunes a Buenos Aires.

Tano Por la mañana estuve desayunando (¿desayunando? eran las doce y media) con Tano Díaz Yanes, el director de cine, y con José  Manuel Lorenzo, su productor; Tano es el director y guionista, de Sólo quiero caminar, que se estrena el 30 de octubre en 350 salas de cine españolas, protagonizada por Diego Luna, Victoria Abril y Ariadna Gil. Están entusiasmados con el resultado de la película, y me remitieron a youtube, donde está el trailer, y me dijeron también que la pueden encontrar ustedes en myspace y en fox.es, así que ahí tienen ustedes todas las direcciones donde se pueden hacer con informaciones sobre esta película que los tiene a los dos, a Tano y a José Manuel, tan felices como se les ve en esa foto, en la que por cierto Tano está con un bastón y no le pregunté por qué. Tano es muy pavesiano, e introdujo en el guión una frase de los diarios de Pavese que el mexicano (se rodó en México el 90% de la película) Diego Luna transformó así: "Cuando las cosas están cabronas las mujeres son peores que hombres de acción". Ahora no sé dónde tengo los diarios de Pavese, pero seguro que alguno de ustedes encuentra (Adsuar, por ejemplo, hace días que no sabemos de Adsuar) la verdadera frase del poeta de Lavorare stanca.  Lorenzo me dijo que la película contiene un score (así lo llamó) musical extraordinario, realizado por Javier Limón, en el que hay música desde los Rolling a Paco de Lucía (de Paco de Lucía es el título, Solo quiero correr) y a Roy Orbison. El filme tiene el aire trepidante pero melancólico de las películas de Scorsese, pero sobre todo es de Tano, un tipo legal, como se dice ahora, un hombre bueno y un artista.

De allí me fui con tiempo para almorzar, así que entré en la librería Pasajes, y me compré el Manolo de Pla que acaba de aparecer y un libro de Paul Johnson (Intelectuales), cuyo índice es suculento. Almorcé lenguado; me dijo el doctor Lozano en su día que era bueno contra el colesterol. Y tomé mucho café; estaba bueno en Ainhoa, el restaurante al que me llevaba Rafael Azcona, así que entré allí con mucha nostalgia.

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El viaje al sur

Por: | 17 de octubre de 2008

Cádiz es una maravilla. Ayer estuve allí. Es tan íntima y tan grande; y es misteriosa: pudo haber sido una isla, y no lo es, no lo será nunca. Me pregunto qué consecuencias habrá tenido para la conciencia de Cádiz ser lo que no hubiera sido. A lo mejor ahí está la esencia de su pura alegría, esa especie de inconsciencia sobre las consecuencias del paso del tiempo y de los dramas, de ahí viene acaso la repentina gracia de sus habitantes. Pues allí estuve ayer, después de varios incidentes relacionados con los viajes áreos: Spanair canceló su vuelo, tuve que andar de una terminal a otra con mi maleta excesivamente nutrida para un viaje tan efímero, me había olvidado en casa el DNI, me dejé en la zona de vigilancia del aeropuerto (una vigilancia excesiva: me advirtió de ello el diputado Olabarría, nacionalista vasco, que coincidió conmigo quitándose el cinturón: "Ustedes los periodistas deben denunciarlo: esto es ilegal") el ordenador que llevaba conmigo, y luego lo recuperé como si fuera un sospechoso de hurto, y finalmente llegué a Jerez, y luego a Cádiz. Por el camino hice algunas fotos del atardecer mágico del Atlántico, pero nada comparado con el paisaje que vi al amanecer, yendo de nuevo a Jerez. Le he mandado a Rosa Jiménez la foto, a ver si la pueden poner; era como un cuadro perfecto e infinito de luz roja y de agua. Ah, anoche estuve hablando en la Asociación de la Prensa de Cádiz, sobre los problemas del periodismo de hoy, entre otros los causados por la invasión del rumor, la difamación y el anonimato que han crecido con internet, un formidable mecanismo que habría que tratar con más cuidado para que no termine contaminando y contaminándose de la indecencia de algunas plantas podridas del periodismo. Luego los amigos de la directiva de la Asociación me llevaron a cenar y a tomar manzanilla, hasta la medianoche. Esta mañana he vuelto con un cuadro que me regalaron, los artículos sobre la libertad de expresión en la Constitución de Cádiz de 1812, y en el aeropuerto me encontré con Soledad Puértolas, que había ido a hablar también a Cádiz. En su caso, ella habló de novelas. Ahora estoy en casa, hace un tiempo extraordinario en Madrid, yo estoy en mangas de camisa, veo a mi alrededor el sol, huele a café (descafeinado) y hoy tengo una melancolía: hace cinco años murió un periodista incansable, su amor era el sur, se llamaba Manuel Vázquez Montalbán. Murió muchísimo antes de lo que la vida marca, pero ya no está, y le echo muchísimo de menos.

Jcruzviernes

Gunter Grass a los 81

Por: | 16 de octubre de 2008

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Le he visto alegre, triste, pensativo y preocupado, pero siempre he visto en él al mismo hombre, perseguido por su propia memoria, y persiguiéndole. Su escritura es la de un artista y también la de un artesano; su estudio en Lübeck, su casa, es como un taller mecánico, en el que escribe de pie, como lo hacía Hemingway; al lado tiene algún grabado de Goya, libros grandes y abiertos, y dos cuadernos inmensos en los que anota a mano ideas, poemas, resultados de lecturas. Al lado de ese estudio, oscurecido por las paredes, los cuadros y la propia luz indirecta que a él le gusta, hay otro universo iluminado y luminoso, como si en ese lugar se dieran al tiempo la oscuridad y la claridad que domina en su propia obra literaria, y en su manera, a veces tímida, a veces entregada, de mirar. Hoy cumple 81 años y es uno de los tipos que más en serio se han tomado la historia y la literatura, un escritor que jamás ha dejado de ser un niño y lo sigue buscando. Gunter Grass.

Lo de Kundera

Por: | 15 de octubre de 2008

Kundera

A un amigo que conoce a Milan Kundera le dije ayer en París: "¿Y si se hubiera sabido esto [la denuncia de que denunció] después de que le hubieran dado el Nobel?" El amigo se puso la cabeza entre las manos e hizo el gesto de susto. No, no hubiera pasado nada. Ocurrió cuando se reveló en España que Cela también se había ofrecido para denunciar. La Academia Sueca hizo una investigación, se asesoró en España y concluyó que aquel episodio del recién estrenado Nobel había caído en el olvido y no tenía objeto ni sacarlo de nuevo a relucir ni utilizarlo para cuestionar el premio. Si Kundera hubiera ganado el Nobel en esta edición en que ganó Le Clezio y luego se hubiera sabido que (quizá) denunció a un joven siendo él aún comunista en Checolovaquia, la Academia Sueca hubiera hecho algo parecido a lo que hizo con Cela. Y es natural, al menos en el caso del joven Kundera o en el joven Grass, que también es Nobel y también protagonizó un hecho similar; en este caso, Grass estuvo en las SS y nunca lo dijo [o no lo dijo más de una vez]: en la juventud se cometen errores (o aciertos) que no tienen por qué acompañarnos toda la vida; Grass contó muchas veces (en sus libros) la herida que guardaba dentro; si uno investiga la obra de Kundera seguramente hallará reflexiones que nos lleven al conocimiento de ese eposidio que ahora se le atribuye, o al menos de la cicatriz de ese episodio (si es que ocurrió). Y puede ocurrir también que es cierto lo que dice Kundera en su alambicado comunicado: nunca lo supo porque nunca ocurrió, y nunca pudo arrepentirse porque no sucedió jamás lo que dicen ahora que sucedió. Es un caso enrevezadísimo del que sería mejor no hablar demasiado hasta que se sepan de cierto todas las circunstancias. En este hemisferio hemos hablado mucho de Obama y de su carácter de musulmán, lo cual no tendría importancia alguna si en Estados Unidos eso no tuviera importancia. Y ahora se sabe que eso fue inventado por un psicópata de apellido Martin (véase el Herald Tribune de ayer), que ha dedicado su vida a las denuncias falsas. Esta denuncia suya prosperó mucho, hasta que el propio McCain salió en defensa de Obama. En fin, estamos rodeados de mentiras, y a veces hasta las verdades parecen mentiras. En la ficción no importa, pero la realidad se cubre de mierda cuando se la sepulta con mentiras.

Manuela: al blog de Ángeles Mastretta se entra como a este, pinchando en el nombre del blog, que está en el recuadro de entrada.

El puerto de Ángeles, el mundo de Millás

Por: | 14 de octubre de 2008

Puerto_libre_250x120 La vida es un esfuerzo inútil que a veces, pocas, tiene sus compensaciones. Ayer, por ejemplo, Ángeles Mastretta estrena blog aquí y Juanjo Millás triunfa con El mundo, su última novela, que acaba de ganar el premio nacional de Narrativa. Ángeles intervenía de vez en cuando en los blogs de otros, pero acaba de estrenar el suyo, con un hermoso título, que ya era habitual en su bibliografía, Puerto Libre. El Mundo de Millás alude a su mundo, claro, al mundo por el que ya él es Millás, y ha logrado ser, como algunos escritores, propietario de un estilo que es a la vez su biografía y su universo. La alegría por la llegada de una y la gloria del otro presidieron ayer instantes de una jornada que parecía una vorágine de actividades que concluyeron por la noche en Toledo celebrando al Quijote y en casa comiendo un pollo excelente cuya receta debió aprender mi hija en Inglaterra. Ahora me voy a París, y aún estamos al comienzo de otro día en que el esfuerzo de vivir conducirá a veces a la melancolía y otras veces a las buenas noticias como estas dos que he subrayado a toda prisa antes de irme, otra vez, a Barajas.

Una energía sin agujeros

Por: | 13 de octubre de 2008

Fuimos a ver Un dios salvaje, la comedia dramática de Jazmina Reza, en el Teatro Alcázar, en la calle Alcalá de Madrid. Venía también con nosotros Ana Pérez, actriz hispanoalemana amiga de mi hija Eva. Y en el escenario, velado al principio de una cortina simbólicamente rasgada, un tresillo simple, de color violeta, un escenario en el que de pronto aparecen cuatro actores que han de desplegar en escena (lo dijo luego Ana Pérez) una energía sin agujeros. Debajo, debajo del texto, reside la violencia, la que se vive todos los días, en la familia, en la calle, en la escuela, en la mente, y en la superficie palpita el humor, la capacidad teatral de Reza para hilar una historia a partir de una anécdota (la violencia escolar) que le da pie para construir un universo que (como dice Tamlyn Townsend, la directora, en el programa de mano) cuenta con  una complicidad fundamental, la de los actores. Ella, Tamlyn, no se imagina la obra representada por otros actores que no sean Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú, Pere Ponce y Antonio Molero, y cuando acaba la obra y se suceden las tandas de aplausos (cuatro conté yo) uno siente que lo que el auditorio está sintiendo es precisamente eso, que los cuatro actores, los dos matrimonios de este drama cómico, tienen una enorme energía puesta al servicio de una historia que no es simplemente una anécdota bien construida, sino un retrato cabal de algunos de los comportamientos tópicos de este tiempo, en que las formas acaban siendo insufribles, y que sólo se rompen cuando ya no se puede más. Salí del teatro reconfortado y feliz de haber visto la obra, y de disfrutar de actores como estos, y de la inteligencia dramática de Jazmina Reza. Luego bajamos por la Gran Vía (donde tomé la foto del gentío que acompañará a estas líneas desde esta mañana) y presencié otro desfile, el que venía de la marcha latinoamericana organizada por la Casa de América y su VivAmérica celebrando la capacidad que tienen el idioma y la cultura para construir un país más ligero, más aéreo, más abierto. Luego subimos por Barquillo y nos detuvimos a comer algo en un bar amplísimo como los bares de antes; cuando me estaba comiendo el bocadillo oí en la barra una discusión; un hombre le decía a otro, a voz en grito, que los españoles éramos una mierda, porque dejábamos entrar a demasiados emigrantes, y que ya España no es lo que era por culpa de esa tropa de indeseables. Pagamos y nos fuimos, y cuando nos íbamos parece que ya se iban calmando los gritos; pensé que esa es una energía con agujeros, los agujeros antiguos de la intolerancia ignorante que tan arraigada está en este país a veces abierto y a veces encerrado como un puño mezquino. Pero, en fin, el teatro no está sólo en lo que se ve en el escenario, esa violencia que parece latir lejos de nosotros está en nosotros, caminando a nuestro lado, en las calles tranquilas o superpobladas por las que alguna vez subió, o bajó, Eleanora Rigby.

Granvia

El coñazo de los desfiles

Por: | 12 de octubre de 2008

Avivir Me invitaron al programa A vivir que son dos días, que ahora dirige Montserrat Domínguez en la Ser, y fui cuando me dijeron, pero no contaba con un impedimento que me resultó un coñazo: el paseo de Recoletos, por donde tomó el taxista, estaba cerrado al tráfico desde por la mañana porque se estaban preparando las gradas para el desfile militar de hoy. Pero llegué, y allí estuve (están en la foto) con Concha García Campo y con Javier Rioyo, que empezaron ese programa, y con María Esperanza Sánchez y con Ángeles Afuera, que son veteranas del mismo, y con Montse, que ahora lleva las riendas. Me gustó luego encontrarme con Elvira Lindo, cuyo Manolito Gafotas en charla con Fernando Delgado (qaue también intervino en el programa, como antiguo director del mismo) es uno de los hitos de la radio española. Fue un momento melancólico pero feliz, lleno de vitalidad radiofónica. Y salí de allí dando un rodeo, para evitar el coñazo de los preparativos del desfile. Luego quise ir a la Casa de América, a escuchar a Quino, el autor de Mafalda, hablando con Juan Padrón, que fue quien puso en cine el famoso personaje, y cuyo vampiro Elpidio Valdés es uno de los caracteres más habaneros de la ficción cubana. Y de nuevo estaba el graderío dificultando la llegada. Un coñazo. Pero llegué; allí me encontré, antes de la charla, con Xavier Velasco, el escritor mexicano (le hice una foto, también, ahí la tendrán ustedes) que bebió de Rayuela y de la vida y que hoy es uno de los narradores más apasionantes de la lengua española. Allí estaba otro maestro de su generación, el colombiano William Ospina, con sus paisanos Piedad Bonnett y Daniel Samper; estuve hablando con ellos un rato antes de pasar al anfiteatro donde Juan Padrón y Quino hablaron de mucho de lo que se habla hoy en el reportaje que publico en las páginas de Cultura de El País. Y después de haber tomado algunas notas que complementaban la charla que ya había tenido con ellos, quise ir al periódico; y de nuevo el coñazo de los preparativos del desfile impedía el tránsito fluido de los taxis, y por tanto mi desplazamiento. Así que todo el día estuvo presidido, en mi ir y venir, por el dichoso desfile y sus preparativos, de modo que cuando Mariano Rajoy dijo que el desfile era un coñazo no me extrañé nada, para mi también lo es. Lo fue siempre, pero ayer fue tal coñazo que pensé pasarle mi experiencia al líder popular por si le preguntan a qué se refería. A que es un coñazo, ¿o no son un coñazo los desfiles? Nadie se había atrevido a decirlo en público. Ahora es mi héroe este Rajoy. El año pasado se pasó de patriota. Este año se pasó de sincero. Un héroe.

Xaviervelasco

El País

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