Buenos Aires me recibió con los horarios locos; mitad del país tiene una hora (ahora, son las 08.35 en Buenos Aires, y es otra hora en Mendoza, por ejemplo) y la otra mitad tiene otra. Tratándose de Argentina, así tendría que ser siempre, porque este país, como Italia, por ejemplo, tiene dos velocidades, una la que se ve, y otra la que lleva dentro. Venía en el avión leyendo La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez, que se publicó hace años pero que ahora he retomado para tratar de explicarme la extraña vigencia del peronismo, y confieso que es como si el tiempo se me pusiera encima otra vez y me introdujera en la situación que produjo López Rega sobre aquella pareja de ancianos que regresó a Argentina a ayudar a que este país fuera aún más surrealista. Pero, en fin, nosotros, los españoles, tenemos la mente aún más dividida, hemos soportado situaciones igualmente kafkianas, y siempre estamos viendo en los otros la esquizofrenia que a nosotros nos sobra. Así que ya estoy aquí; el amigo que me fue a buscar me llevó por la ciudad lluviosa, en busca del hotel y, cómo no, pasó por el Obelisco, mi lugar favorito en Buenos Aires. Le hice una fotografía desde el coche; ignoro si mi envío le llegó a Rosa, para que la metiera en este tardío blog, pero no me extrañaría que no le hubiera llegado porque las comunicaciones no están de acuerdo conmigo hoy. El modem que me puso Saavedra no me ha funcionado, así que estoy trabajando con un cable que me han dejado en el hotel. Pero quería citar el Obelisco. Lo recuerdo de muchas canciones y de muchos libros; me contó mi amigo Augusto di Marco, que tuvo la amabilidad de madrugar para ir a Eceiza a buscarme, que el edificio ministerial que está al lado, y que empequeñece la hermosa perspectiva del Obelisco, se mantiene ahí porque en su balcón principal fue donde Evita lloró al rechazar la posibilidad de compartir fórmula electoral con su marido: ya el cáncer le señalaba el final de su vida, y ella no podía decirlo aún. Ese balcón, pues, tiene historia sentimental y política, y ahí se ha quedado el edificio, afeando el Obelisco, cuya simbología fálica también ha dado mucho que hacer a los psicoanalistas que psicoanalizan Buenos Aires. Después del Obelisco, la lluvia. Un torrente en Buenos Aires señala las inseguridades de la primavera. El avión se movió también como un torrente, así que ahora mi cuerpo enfermo (o maltrecho) no resiste más y necesita un descafeinado muy cargado de café descafeinado para abordar esta hermosa ciudad que siempre espera a cualquiera cantando, o meditando.

Por la mañana estuve desayunando (¿desayunando? eran las doce y media) con Tano Díaz Yanes, el director de cine, y con José Manuel Lorenzo, su productor; Tano es el director y guionista, de
La vida es un esfuerzo inútil que a veces, pocas, tiene sus compensaciones. Ayer, por ejemplo, Ángeles Mastretta estrena blog aquí y Juanjo Millás triunfa con El mundo, su última novela, que acaba de ganar el premio nacional de Narrativa.
Me invitaron al programa A vivir que son dos días, que ahora dirige Montserrat Domínguez en la Ser, y fui cuando me dijeron, pero no contaba con un impedimento que me resultó un coñazo: el paseo de Recoletos, por donde tomó el taxista, estaba cerrado al tráfico desde por la mañana porque se estaban preparando las gradas para el desfile militar de hoy. Pero llegué, y allí estuve (están en la foto) con Concha García Campo y con Javier Rioyo, que empezaron ese programa, y con María Esperanza Sánchez y con Ángeles Afuera, que son veteranas del mismo, y con Montse, que ahora lleva las riendas. Me gustó luego encontrarme con Elvira Lindo, cuyo Manolito Gafotas en charla con Fernando Delgado (qaue también intervino en el programa, como antiguo director del mismo) es uno de los hitos de la radio española. Fue un momento melancólico pero feliz, lleno de vitalidad radiofónica. Y salí de allí dando un rodeo, para evitar el coñazo de los preparativos del desfile. Luego quise ir a la Casa de América, a escuchar a Quino, el autor de Mafalda, hablando con Juan Padrón, que fue quien puso en cine el famoso personaje, y cuyo vampiro Elpidio Valdés es uno de los caracteres más habaneros de la ficción cubana. Y de nuevo estaba el graderío dificultando la llegada. Un coñazo. Pero llegué; allí me encontré, antes de la charla, con Xavier Velasco, el escritor mexicano (le hice una foto, también, ahí la tendrán ustedes) que bebió de Rayuela y de la vida y que hoy es uno de los narradores más apasionantes de la lengua española. Allí estaba otro maestro de su generación, el colombiano William Ospina, con sus paisanos Piedad Bonnett y Daniel Samper; estuve hablando con ellos un rato antes de pasar al anfiteatro donde Juan Padrón y Quino hablaron de mucho de lo que se habla hoy en el reportaje que publico en las páginas de Cultura de El País. Y después de haber tomado algunas notas que complementaban la charla que ya había tenido con ellos, quise ir al periódico; y de nuevo el coñazo de los preparativos del desfile impedía el tránsito fluido de los taxis, y por tanto mi desplazamiento. Así que todo el día estuvo presidido, en mi ir y venir, por el dichoso desfile y sus preparativos, de modo que cuando Mariano Rajoy dijo que el desfile era un coñazo no me extrañé nada, para mi también lo es. Lo fue siempre, pero ayer fue tal coñazo que pensé pasarle mi experiencia al líder popular por si le preguntan a qué se refería. A que es un coñazo, ¿o no son un coñazo los desfiles? Nadie se había atrevido a decirlo en público. Ahora es mi héroe este Rajoy. El año pasado se pasó de patriota. Este año se pasó de sincero. Un héroe.