40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

La cuestión pendiente de América Latina

Por: | 30 de noviembre de 2008

Antonio Illán, poeta, manchego, pedía en este blog que contara qué le pasa a este país, a México, que lo contara. Se lo pregunté el otro día a Alma Guillermoprieto, en una entrevista que se publicará en su momento. Qué le pasa a este país. La respuesta actual es el narcotráfico, que ha penetrado en todos los niveles de la ciudadanía y del Estado, como ha confesado el propio presidente y como decía anteayer el propio ministro de Defensa. Este es un país inviable, dijo el ministro. La policía es corrupta, incluso, y la sociedad ha permitido que esa corrupcíón se acepte como parte del pago por sus supuestos servicios. La expresión La vida no vale nada, que viene de un corrido de José Alfredo Jiménez, se aplica cada vez en las capas más humildes y también en las más pudientes de México, porque se ha introducido un nivel de violencia que no se para ya absolutamente en nada y que lo ha contaminado todo. Las noticias sucesivas de asesinatos en las zonas dominadas por los narcos y en la propia Ciudad de México son recibidas ahora con una extraña resignación; una amiga mía, a la que secuestraron en su propio coche, entregó todo lo que llevaba a un joven que la invitió amablemente a dejarse secuestrar. Es una mezcla abyecta de amabilidad y violencia que asombra y perturba la visión que uno tiene del México de hoy. ¿Qué ha pasado? Decía Alma Guillermoprieto, que lleva analizando los comportamientos de la sociedad mexicana, y de la sociedad periodística hace mucho tiempo, que la investigación de lo que sucede, y de cómo el narcotráfico ha penetrado hasta el tuétano social y estatal, es el gran asunto pendiente de los periodistas mexicanos y latinoamericanos. Y del periodismo en general. El poder es corrupto y no se dice. ¿Por qué no se investiga? De momento, me dijo, porque no se sabe de donde vienen las balas y la gente tiene miedo. Seguiré preguntando.

Grítenme piedras del campo

Por: | 29 de noviembre de 2008

Alma Guillermoprieto, una de las grandes periodistas del mundo, que escribe para New Yorker, New York Times e importantes publicaciones, tiene un libro que les recomiendo y que ustedes no van a encontrar, o al menos no van a encontrar fácilmente. Se titula Al pie de un volcán te escribo, fue publicado en 2000, en México, por Plaza y Janés, y es una especie de autobiografía de una periodista con América Latina en primer plano. Ella es mexicana, pero ha vivido en muchos de los grandes países de este hemisferio. Así que es una verdadera latinoamericana, y lo dice: "Si pertenezco, pertenezco a América Latina". Su especialidad es la crónica, y en su ejercicio es magistral; concienzuda, profunda, pero de escritura ligera atractiva y veloz, Alma Guillermoprieto agarra al lector y lo aparta de la vorágine de las noticias para llevarlo al rincón donde la cronista halla lo más nutritivo de la vida, y además lo que nadie cuenta porque sucede adonde nadie más va. A ella le correspondió anoche dar la conferencia magistral de la Cátedra Cortázar, en la Casa Julio Cortázar, de Guadalajara. Lo hizo al lado de un periodista excepcional, el novelista Nobel Gabriel García Márquez. Mientras hablaba Alma Guillermoprieto yo me iba acordando de algunos detalles de aquel libro, Al pie de un volcán te escribo, y sobre todo de los capítulos que dedica a México. En uno de ellos resalta algunas canciones de los mariachi, y sobre todo esa en la que José Alfredo Jiménez, el mayor de los cantores mexicanos, le pide a las piedras del campo que le griten. Grítenme piedras del campo. Un país que tiene esa música, y esas metáforas, es un país del carajo, viene a decir ella, y vino a decir mi compañero Pablo Ordaz, ya en la madrugada, después de una noche en la que la risa y la farándula no hicieron sino resaltar la hermosa ocasión de haberme encontrado con una periodista como --y esto también es mexicano-- no hay dos. Si encuentran ese libro, u otros, leánlo como si fuera de hoy, y si no busquen sus textos para recuperar la memoria del mejor periodismo de esta parte del mundo y de esta parte del siglo XX.

Juan Marsé y la autobiografía

Por: | 28 de noviembre de 2008

Uno de los aspectos que hace insustituible la memoria de la literatura es que tiene que ver con nuestra autobiografía, aunque no la hayamos escrito, aunque tan sólo la hayamos leído. Y eso sucede para mi de modo especial con la literatura de Juan Marsé. La alegría por el triunfo de un autor, en este caso, no se debe sólo a que nos resulte simpático, o a que su literatura nos guste más o menos que la literatura de otros. En el caso de la escritura de Juan Marsé, está en mi autobiografía desde que le leí por primera vez. Uno asume a un escritor, lo hace suyo, lo que cuenta se va pareciendo a lo que uno ha vivido o ha soñado, y termina siendo, lo que escribe y lo que dice, un elemento esencial de su propia alma. Escribir es desnudarse a uno mismo, y leer es vestirse con lo que otro ha hecho. Ultimas tardes con Teresa y La oscura historia de la prima Montse son libros que leí cuando dejé la adolescencia, en la primera juventud, y entraron de tal forma en mi recuerdo que aún hoy confundo lo que hacía entonces con lo que estaba leyendo; después de Últimas tardes con Teresa sentí el impulso de ir a Barcelona, y allí leí, en un diciembre frío, el primer diciembre frío de mi vida, La oscura historia..., y todo lo que sucedió leyendo ambas obras es ahora parte de mi propio recuerdo, como si la literatura me hubiera ayudado a fijarlo. Y la primera vez que vine a México (donde vuelvo a estar, ahora estoy en Gudalajara) me encontré en la calle un cartel enorme, anunciando Si te dicen que caí. En aquel entonces (1973, yo estaba aquí para un gran homenaje a León Felipe) esa obra de Marsé no podía ser publicada en España, y se publicó primero en México. De modo que también cada vez que vengo a México me acuerdo de aquellos días luminosos y extraños de los que alguna vez he escrito y de los que hoy les alivio a ustedes. No sé si les apetecerá, pero un buen asunto para hoy es que ustedes cuenten cómo se fueron relacionando (o no) con la escritura de Marsé, cómo su autobiografía se ha relacionado con la literatura. Aquí acaba de amanecer, ayer vine demasiado destruido como para escribir el blog a medianoche, así que perdonen la tardanza.

POR CIERTO. La escritura de blog, y la escritura hoy en día, se hace por naturaleza apresurada; no se enfaden entre ustedes, ni se enfaden conmigo, por descuidos circunstanciales; esta escritura es casi oral, se pueden cometer faltas, y se pueden corregir sobre la marcha, pero no hagan de ello nunca causa de guerra. Por lo menos, yo no pienso hacerlo.

La excursión del frío

Por: | 27 de noviembre de 2008

Manhattan. Hay un bar aquí al lado donde dan un café definitivo, aunque sea descafeínado. Por la mañana lo sirve un peruano que ya no recuerda su lengua, y por la tarde me parece que es una chica rusa que lleva viviendo aquí tanto tiempo que ya se sabe de memoria lo que le van a pedir los parroquianos. Es un lugar chiquito, y allí he ido estos días, cada día, siempre que me ha llamado la nostalgia de la cafeína, que es como la nostalgia de la tierra. No puedo tomar cafés por las mañanas; el añorado doctor Lozano me dijo que debía tomar café tan sólo después de comer, pero no me dijo cuántos. Así que por la mañana tomo descafeínado y por la tarde tomo tantos cafés como resiste mi disposición para aceptarlo. Y acepta tres, me parece, o al menos hoy me tomé tres. Me acompañaron en el café, que tomamos mientras veíamos el Sporting de Lisboa-Barça (qué jugador Messi, qué maravilla de fútbol colegial), Bárbara Celis, compañera de El País aquí, y Jon Uriarte, del que ya les hablé el otro día; han tenido la gentileza de acompañarme en algún trabajo periodístico local, y ahora tuvieron la generosidad de compartir conmigo un rato de charla en el Soho, cerca de la librería del Strand, donde por cierto encontré la bellísima edición norteamericana de Beatus Ille, de Antonio Muñoz Molina, el autor de Ventanas de Manhattan, que tanto recuerdo estos días. Estuve paseando antes de ese café en el Soho desde la calle 49 hasta la calle 12, por la Tercera Avenida, fui a visitar a alguna gente que conozco, y luego me metí en esa librería; al final me hice con un mapa y me fui a ese restaurante italiano donde escuché que daban el partido, y allí lo estuvimos viendo. Pero, claro, la crisis estaba sobre nuestras cabezas, y tanto Jon como Bárbara me estuvieron hablando de sus consecuencias en la vida de Nueva York y de las heridas que ya está dejando esta constelación de dramas humanos que acompaña a la frialdad de las estadísticas. Había ido la noche anterior a cenar a un italiano famoso aquí, Cipriani, donde por lo visto hay que hacer cola durante meses para conseguir lugar, o al menos eso me hijo la productora de cine, mi amiga Frida Torresblanco; pues había muchísimos lugares vacíos, mesas dispuestas para que los clientes que ahora se resisten a salir llegaran a ser atendidos. Y las librerías cierran, y las editoriales se cierran a los manuscritos; un analista de inversiones me enseñó unas curvas escalofriantes con las que me fui a cenar aun más acongojado. Así que caminé esta mañana sumido en una maraña intensa de incertidumbres, que compartí luego con Bárbara y con Jon, y que no son nada, esas incertidumbres, con lo que luego pasó en Bombay, esa tragedia. Me acordé de mi amiga Maruk Tarapor, que es de Bombay; una vez me dijo: "Para mi, la imagen de la paz es el aire de mi tierra cuando aterrizo en Bombay". Y esta matanza. De eso escribí un artículo al llegar al hotel, aturdido del día y de la vida. Aturdido. En la habitación, arropado por la posibilidad de escribir, viendo cómo el mundo envía mensajes de decrepitud y de venganza. Horror. No cabe decir mañana será otro día. Mejor decir mañana, simplemente.

Pedro Ávila en Manhattan

Por: | 26 de noviembre de 2008

Sin la guitarra. Esta vez Pedro no ha traído la guitarra a Manhattan, pero aquí está, recordando viejos versos que él renovó, y versos en los que sigue soñando, de noche, de día y cuando la memoria no tiene ni tiempo ni lugar. Le conocí hace muchos años, quizá veinte años, o más, con una guitarra y unos versos, Alga, de Ángel González, los primeros, quizá, a los que le puso música. Fueron, son, muchas experiencias musicales y literarias juntos, él cantando y yo acompañándole en una especie de broma en la que él cantaba en árabe, o en francés, y yo simulaba que hacía una traducción simultánea. Fueron los años de Libertad 8 y de la vida de pub, con Ángel González y con Paco Otero. Ellos cantaban y afinaban, y yo destrozaba las melodías. Fueron los años noventa, a principios, cuando nosotros también pensábamos que tanto la noche como la vida no se acabarían nunca. Libertad 8 era parte de nuestro peregrinaje; y empezaba ahí una larga lista de bares o de sitios en los que cada respiración era una copa. O casi. Pedro llevaba siempre la guitarra a cuestas, y me hizo comprar una guitarra, por si venía a casa y ahí había que cantar otra vez. Hace unos años, aquí, en Manhattan, quedamos para almorzar y trajo la guitarra desde Connecticutt, donde vive ahora, con su mujer, Eileen, y con sus hijos Samuel e Isabel, o viceversa, y ahí estuvimos cantando Alga y todas las canciones que él me ayudó a memorizar. Ahora he estado en México, en la colonia de La Condesa, viendo los bustos de los grandes folkloristas y compositores mexicanos, y ante el retrato tosco de José Alfredo Jiménez me acordé de esa hermosa canción autobiográfica del gran José Alfredo sobre su hermano muerto en accidente en Guanajuato. No vale nada la vida, la vida no vale nada, se empieza siempre llorando y así llorando se acaba. Dec´´ia Ángel González que por ese verso, agudo, sentimental, hondo, dolorido, habría dado muchos de los suyos. Y ahí me acordé de aquellas noches y también de aquel día en Manhattan, cantando folklore en un restaurante griego, después de comprar una maleta en un baratillo de la zona. La maleta se perdió, por cierto, pero las melodías siguieron, y me siguen sonando mientras paseo hoy en medio del frío ennoblecido de Manhattan, donde vive este pueblo grande que es Nueva York su espejismo de grandeza. Ah, y alguien me decía por qué azabache: porque cuando llueve sobre los adoquines éstos adquieren un color negro perfecto, azabache, como el peligro negro de un niño moreno. Y Nueva York es el suelo, no sólo el techo, no sólo el rascacielos, sino también el lugar al que uno mira sin levantar la vista.

Los nuevos periodistas y Nueva York

Por: | 25 de noviembre de 2008

Un almuerzo. Después de haber almorzado con ellos, con Mónica C. Belaza, con Andrea Aguilar y con Jon Uriarte, pensé en la extraña coincidencia que los junta; los tres son periodistas y los tres son hijos de periodistas, y en el caso de las dos primeras padre y madre, o viceversa, son periodistas. El periodismo es un veneno lento y maravilloso, que como otros venenos profesionales se transmite de padres a hijos. Primero los hijos no quieren ni oír del oficio de los padres, lo rehúyen, pero finalmente algunos adoptan ese oficio como si fuera una bendición maldita, una herencia llena de futuro y de pasado. El periodismo es el oficio más bello del mundo, si uno descarta todos los demás, y es además la posibilidad de una vida divertida y completa, en conflicto con la realidad y deseando saber de ella. Este encuentro, un almuerzo en Washington, ha sido para mi muy estimulante, porque yo soy un veterano de sesenta años, y cada uno de ellos tienen la mitad de esa edad, y ante ellos uno tiene que hacer como hizo hace siglos con los veteranos a los que escuchaba, aprender: ahora es al revés, uno aprende de su sentido crítico, de sus preguntas y de sus reflexiones, y uno se da cuenta, en circunstancias así, cuánta vida hay por delante y cuánta ya hay por detrás. No es melancolía, es aprendizaje. Y luego me vine a Nueva York, una ciudad que parece una casa abierta, con balcones hacia un parque y con la lluvia mojando una piel que parece azabache. Y aquí estoy, mirando, leyendo y escuchando. Ojalá ustedes estén bien. Ferrán, haz como te dicen: ni caso.

Washington

Por: | 24 de noviembre de 2008

Washington. La ciudad desde la que se mueve el mundo es tan quieta, en domingo de la semana de Acción de Gracias, como los pueblos del interior de mi tierra, Tenerife. Llegué a primera hora de la tarde; el cielo estaba limpísimo, y caía un sol perfectamente inútil, incapaz de mitigar el grado de temperatura que dominaba el clima. Y las calles estaban vacías. El taxista era un hindú muy amistoso que luego se enfadó porque el pasajero, este ser, no tenía dólares sino pesos y euros, y en el hotel fueron amabilísimos, me cambiaron los pesos, que miraron con cierta curiosidad piadosa. El hombre que me trajo esperaba enojado la lenta operación, y luego calificó su espera como "la ruina del día"; en fin. El botones es de El Salvador, y el encargado del room service se llama Francisco Cruz, como mi padre; es también de El Salvador, pero su padre fue allí desde Las Palmas. El mundo es un pañuelo que se lava en Washington. Antonio Caño, el delegado de El País en Washington, nos vino a buscar a Jon Uriarte, el fotógrafo, un artista español de San Sebastián que ha venido a hacer las fotos de unos trabajos que tengo que hacer aquí, y a mi, para llevarnos a cenar a Georgetown. Cruzas el Potomac y estás en Georgetown, y un poco más allá tienes Virginia. Yo tenía mucha mala conciencia porque una vez le pedí a mi amigo José Manuel Calvo, que hizo aquí lo que ahora hace Caño, que fuera a Virginia a saludar a Pamuk cuando al escritor turco le dieron el Nobel, y siempre pensé que Virginia estaba tan lejos como otro país. Calvo nunca me reprochó nada, al contrario, es muy amable, pero lo cierto es que siempre tuve esa mala conciencia. Hasta anoche, cuando Caño empezó su paseo nocturno precisamente por Virginia, donde Calvo encontró a Pamuk. Y después de Virginia vimos todos estos monumentos tan blancos de Washington. Al final de la noche vi a un hombre conducir sin manos (tenía manos, no las usaba) una bicicleta a espaldas de la Casa Blanca. Ahora se oye ruido de tráfico. Habrá despertado Washington.

Telegrama desde Chapultepec

Por: | 23 de noviembre de 2008

En abril de 1973 estuve por primera vez en México; probablemente no era abril, pero seguro que fue en 1973; se celebraba aquí un homenaje internacional a León Felipe, que ya había muerto, y en aquel bosque extraordinario, tupido, frondoso, tranquilo de Chapultepec estuvimos una mañana escuchando los versos del poeta, y escuchando cantar a Berta Singerman, la mujer que con su voz enamoró a América. Ayer estuve allí, en el mismo lugar, seguía el bosque frondoso, la memoria de León, y ya no estaba, no puede estar, la voz de Berta, nio la alegría recóndita, juvenil, de aquellos tiempos, cuando todo parecía inmortal y las ilusiones del viaje, de los viajes, de la vida, estaban intactas. Ahora han pasado muchos años, y yo estaba allí escuchando hablar de El arte de gobernar. Entre otros, escuché a Massimo d ´Alema, que intervino en varias ocasiones en estos homenajes mexicanos e internacionales a Carlos Fuentes. En todos los discursos encontré esa nostalgia de una ilusión que hoy atesora la izquierda como si fuera un regalo de carbón que le hubiera hecho la historia. Y ahora me voy a Washington, en seguida.

Perdonen que hoy sea tan rápido, y no se olviden de enviarme ideas sobre la amistad.

Al Internet. Por razones que sólo saben unos cuantos, pero que sobre todo conoce mi hija Eva, tengo recortado en casa, y enmarcado, un artículo del profesor e investigador Manuel Castells, publicado en El País en 1996. Se titula así, "¡Al Internet!", y era una incitación a que todo el mundo se subiera a aquel tren que estaba saliendo de su excitante punto de partida. Han pasado doce años y el cambio al que Internet ha sometido al mundo ha sido tan brutal que todavía no se ha parado nadie a pensar que el fanatismo a favor es tan dañino como el fanatismo en contra. Es un juguete demasiado preciado, un instrumento demasiado precioso, como para no suscitar una admiración sin límites que no deja ver el bosque. Un árbol inmenso y admirable, sin duda. Pero existen ramas del bosque sobre las que conviene discutir. Lo que he observado es que quien discute desde el punto de vista de la prevención (cuidado, es un buen instrumento, pero todavía necesita inmensas correciones) es tachado de inmediato de viejo que no quiere el progreso. Estoy en México, en el inicio del homenaje que distintas entidades nacionales mexicanas dedican al novelista Carlos Fuentes por sus 80 años; y como el escritor homenajeado no quiere que se hable de él en las mesas redondas que se han organizado, los convocados a esos concilios hablan de las distintas artes que el propio Fuentes ha cultivado. Entre otras, y esto fue ayer, el arte de informar. Estuve en la primera de las dos mesas, y me quedé muy interesado por las posiciones que adoptaron dos veteranos (sí, qué pasa, ¿no se puede ser veterano y hablar?) periodistas, Alan Riding, que fue corresponsal cultural del New York Times, y Sergio Bata, columnista mexicano en Los Angeles Times. Ambos hablaron del deterioro de la información, y expresaron sus temores sobre la (mala) utilización de Internet como instrumento, que está dejando que supuestas informaciones disfrazadas de rumores, trufadas de datos que luego resultan falsos, estén tomando carta de naturaleza. Bata citó una frase que a mi me suena y que resume mi propia posición al respecto, valga la presunción: "Si no hubiera periódicos de referencia que nutran la red, ésta sería una letrina". No la dijo un viejo, ni la dijo un reaccionario contrario a Internet; la dijo el presidente de Google, y no hace mucho. Yo dije hace poco en Argentina que si no se pone remedio a la mala utilización del instrumento Internet, la red un día sería un lodazal. Y mis amigos de los medios de Internet casi me matan. Espero que el refresco de esta reflexión de tan alta autoridad me saque al menos del purgatorio. Y Alan Riding dijo algo que está en el frontispicio de este blog de hoy: los medios cada vez son más rápidos y más sofisticados; este y todos los medios, y la información es cada día un bombardeo más persistente y más fugaz, pero el mensaje es cada vez más banal. Es un asunto que me mueve mucho a la reflexión, en la que quiero que me acompañen sin prejuicios ni anatemas.

Y el arte de editar. Y por la tarde estuve en otra mesa, y en esta no sólo escuché, con mucha atención, sino que además tuve la oportunidad de hablar. Hablaron mis compañeros Sealtiel Alatriste, Basilio Baltasar, Marisol Schultz, Bill Swainson, Consuelo Saizar, Paolo Rocco, todos ellos editores activos o durmientes, como quien les escribe, y tuvimos un moderador excelente, el gran periodista argentino Claudio Escribano, lo suficientemente veterano como para ser muy moderno. Hicimos el coloquio en la Librería Rosario Castellanos, del Fondo de Cultura Económica, en el barrio de la Condesa. Una librería emocionante, extraordinaria, que llevó mi memoria sentimental, y editorial, a Isabel de Polanco, fallecida en marzo, y campeona del entusiasmo por las grandes librerías, por estas librerías iberoamericanas que mantienen viva la llama de una literatuira excepcional que siempre renueva a sus lectores, y que constituye al tiempo un espacio y un homenaje al libro. En ese clima hablamos del futuro de la edición, ante un auditorio que se fue nutriendo, y en el que distinguí a Tomás Eloy Martínez, a Sergio Ramírez y a mi antiguo compañero Fernando Esteves, que por muchas razones encarna para mi el entusiasmo de editar, desde que le conocí cuando él tenía 25 años y yo creía que éramos todos inmortales (aún). Fueron intervenciones muy interesantes de las que yo destacaría una reflexión: los problemas de banalidad que sufre la sociedad están atacando también al mundo del libro, como no podría ser de otra manera; George Steiner decía, en una entrevista reciente que tuve la satisfacción de hacerle para El País Semanal, que en tiempos de crisis la gente regresa a la exigencia de la calidad. Ojalá sea esto cierto y en seguida. Como primera providencia, tenemos esa librería que tanto éxito está teniendo aquí y que tanto hubiera hecho feliz a gente como nuestra inolvidable Isabel.

Atención, la amistad. Intento escribir un texto sobre la amistad. Seguro que ustedes me ayudan a buscar documentación, experiencias, etcétera. Les agradezco de antemano que puedan echarme una mano en la tarea.

"La esencia del periodismo es la supercicialidad"

Por: | 21 de noviembre de 2008

México. Viajé leyendo, releyendo, lo había leído en 1995, fui su editor, el libro de Ben Bradlee Vida de un periodista. Me sumergí en esa vida y en esa pasión, el periodismo. Si no es pasión no es nada, es burocracia. El periodismo hay que esperarlo en la calle, en lo que dice la gente, en lo que calla la gente, en lo que sufre, y también en la alegría. Las noticias sólo existen si uno las va a buscar, o las espera. Los cínicos, decía Kapucinsky, no sirven para este oficio. Me estaba esperando en el hotel Pablo Ordaz, el corresponsal de El País aquí, uno de los grandes periodistas de la penúltima generación española. De los que miran como si estuvieran buscándole el alma a lo que pasa. En medio del frío invernal de la noche de México Distrito Federal nos comimos unos espagueti y hablamos de periodismo, por supuesto. Le conté una frase que había encontrado en el libro de Bradlee. Se la dijo al que luego sería director del Washington Post su primer maestro, un tal Wagden, una vez que Bradlee se enredó con un reportaje: "La esencia del periodismo es la superficialidad". Pablo se ha ido ya, para él ha sido un día largo, y yo me he subido a la habitación fría, a tratar de vencer el jet lag que en México azota como la edad. Mañana será otro día, en esta tierra bellísima cuya capital tiene la nueva enfermedad ya vieja de los atascos.

El País

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