Estos días que parecen verano son muy gratos, como si fueran bendiciones después de la larga letanía del invierno. Así que ayer salí a la calle con esa pequeña euforia que da el regocijo del tiempo, y primero que nada me encaminé hacia Alcalá, 91, donde se inauguraba el centro canario de cultura que ahora complementa en Madrid la excelente labor de la Casa de Canarias. Es una excelente idea: colocar en Madrid un lugar donde la gente a la que le interesen los libros y las artes hechas en Canarias puedan encontrar los libros y las exposiciones que contengan el resultado de la imaginación que ahora tarda tanto en traspasar el Atlántico. Había muchísima gente a mediodía, y me dijeron que había muchísima más por la noche, cuando se inauguró la exposición que incluye obras de artistas jóvenes y veteranos muy interesantes y muy reconocidos, entre los cuales, por ciertto, está mi amigo el fotógrafo Carlos A. Schwartz, protagonista de tantos momentos gratos o inolvidables de mi propia vida. Estaban mis editores favoritos, los de Artemisa, Marian y Ulises, y mi amiga y editora también favorita Olga Álvarez, de Tauro Ediciones. Y muchísima gente que me encantó encontrar, como Dulce Xerach, que ahora es bloguera reputada y diputada y que antes fue una emprendodra cultural desde la política, y Cristóbal de la Rosa, consejero del Cabildo, y Alberto Delgado, el viceconsejero de Cultura, y Milagros Brito, la consejera, y Caco Senante, y Sabas Martín, y José Luis Toribio, y el presidente de Canarias, Paulino Rivero, y mi amigo don José María, y Elvireta Millares, y Martín Rivero, y don Ángel Hernández y Aida Luque, ex presidente y presidenta de la Casa de Canarias..., y tantos otros. En fin, fue un buen regreso a la tierra en Madrid, y el descubrimiento de un lugar donde podré, al fin, comprar libros canarios o de canarios sin necesidad de esperar a mis viajes isleños...
Y a mediodía fui al Palace, a escuchar a Arturo Pérez-Reverte en la presentación de un libro sobre el centenario del Palace; y luego, almorzando en un italiano, le entregué un ejemplar a Francisco Ayala, centenario también, que está a punto de cumplir 103 años; comimos con Carolyn Richmond, su mujer, y en concreto él se comió un rissotto con queso parmesano estupendo, o como decía don Domingo Pérez Minik muy estupendo, y se lo comió con el mismo apetito con que degustó primero uno, y luego otro, y luego otro vaso de vino.
La jornada culminó, por la noche, asistiendo en el Círculo de Bellas Artes a un acto muy estupendo, la presentación del libro Vidas y muertes de Luis Martín Santos, de José Lázaro, premio Comillas de memorias, editado por Tusquets. El formato fue muy bien llevado por el propio Lázaro, que congregó en las primeras filas a las personas que le ayudaron a hacer esta biografía insólita, escrita con la pasión de un novelista y el rigor abierto de un ensayista; algunas veces me ha recordado, por el estilo, es decir, por lo antiacadémico que es, a la reconstrucción de la vida de Dionisio Ridruejo que hizo Jordi Gracia (Anagrama). Como dijo Javier Pradera en el acto, cuando fue convocado por Lázaro a hablar, Martín Santos ha estado ensombrecido (por el título de su libro, Tiempo de silencio, que tan notorio es en la memoria literaria de los 50) y merecía esta reconstrucción verdaderamente magistral de José Lázaro. Sería imposible aquí hacer un resumen de lo que se dijo, pero hubo momentos muy emocionantes, uno de los cuales lo protagonizó el hijo del novelista, Luis Martín-Santos Laffon, que habló de su padre con esa convición íntima que sólo los hijos tienen acerca de la herencia sentimental de los padres. Y lean el libro, merece la pena que se acerquen hoy a una librería, andando bajo el sol, inaugurando este amago de verano que hoy ha vuelto a sacarme a la calle como si al final de este momento hubiera una playa seca.