40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

El fin del verano

Por: | 31 de agosto de 2009

Ayer lo comentábamos. El fin del verano genera muchas imágenes melancólicas; ayer estuve en medio de una: el restaurante de playa donde acostumbro a almorzar, y que suele estar hasta los topes durante los meses de julio y agosto, ayer estaba prácticamente vacío; a mi alrededor circulaban vestidos de viaje los que hasta veinticuatro horas antes paseaban mojados, en bañador. Hasta el cielo los ha acompañado en la diáspora: se ha nublado el sol, y el pueblo vive el aire mortecino de las despedidas y del principio del otoño. Suelo recordar los versos de José Luis Pernas, Hay que buscarse una esperanza para seguir viviendo. No significa que antes no hubiera esperanza, había otra esperanza: la del sol, la del descanso, la lectura, la libertad de horarios. Pero las vacaciones tienen su propia monotonía, y esa rutina cumple su ciclo, prolongarla resultaría insoportable. Y ahora hay que adaptarse a la monotonía del otoño, el tiempo de las obligaciones, las clases, el trabajo, las prisas, las reuniones; la vida cotidiana como el carril por el que hay que entrar para seguir viviendo. En medio de esa nueva rutina seguro que se cuelan elementos de sorpresa o de esperanza. La vida va marcando sus tiempos, como los calendarios y como los relojes. Mañana será otro día, dicen; mañana será otra vida, sin duda, también. Qué vida. Pues depende de nosotros, de nuestro entusiasmo, de nuestra vitalidad, de nuestras dudas, de nuestras respuestas y de la calidad de nuestras preguntas. Se inicia, por decirlo así, otra conversación en la que también está permitido, y es deseable, el silencio. No sé cómo lo ven ustedes, pero hay que remar. El mar está bravo, por cierto, y hace mucho viento, como si el viento nos quisiera ahuyentar del Médano.

Proteína pura..., con un poco de lechuga

Por: | 30 de agosto de 2009

Manuel Vicent inventó esa expresión, "españoles que son proteína pura", para hablar de Rafael Azcona, entre otros genios que hemos conocido, gente que combina inteligencia con sentido común y sentido del humor, que viene a ser exactamente lo mismo. El otro día, hablando con las hermanas Flores, Lolita y Rosario, les dije que ellas eran, como su madre, y como decía Vicent, proteína pura. Y como si quisiera corroborar de un brochazo esa comparación, Lolita exclamó, sin perder un segundo: "¡Proteína pura..., con un poco de lechuga!" Hoy se publica en EL PAÍS el resultado de esa conversación, que hicimos en un garage del barrio de Torres Blancas, en Madrid, cuando se estaba caldeando el verano. Este de conversar con hermanos (los hermanos Alonso, los hermanos Carmona, los hermanos Mariscal, los hermanos Gabilondo y ahora las hermanas Flores) ha sido para mi un interesante trabajo periodístico; no siempre los hermanos se llevan bien, o al menos no siempre quieren hablar entre ellos de lo que los ha unido o de lo que los ha desunido. En estos casos, la armonía ha sido plena, y la conversación discurrió siempre sin ningún atisbo de resquemor. Lo he pasado muy bien haciéndolo, y celebro haber terminado la serie con este encuentro con las hermanas. Fue difícil juntarlas, porque trabajan por separado y tienen agendas endiabladas, pero ese rato que estuvimos juntos, y que luego concluyó el fotógrafo, con esa foto que ven ustedes en la edición impresa y en la edición digital, fue una estimulante experiencia que confío en que hoy compartan los que entre ustedes lo tomen a bien. Y me voy a dar el último paseo por la playa, antes de regresar allí donde las sombras no se reflejan sino gracias al neón de los pasillos. Se acabó el sol que prolonga tu figura sobre las arenas de la playa; vuelve el sol alto de Madrid, y vuelve el neón. Qué le vamos a hacer. Ha sido un mes interesante; he leído bastante (sobre todo acerca de las islas; ayer volví a leer Lancelot, de Agustín Espinosa), he caminado mucho (por las islas, y por las orillas), he pensado (algo), y he escrito, quizá demasiado. Y he estado con ustedes. Cada fin de verano (como en aquella novela, y luego película, Los pianos mecánicos) tiene el regusto melancólico de las playas vacías y el viento golpeando las puertas y las ventanas, y arriba un sol cada vez más pálido que se parece a la luna. Y Melina Mercouri bailando triste. Pues, sí, es una imagen. 

El gol de Pedro

Por: | 29 de agosto de 2009

A los tinerfeños que seguimos a Pedro desde que era Pedrito y no se sabía qué nombre se le iba a poner en el dorsal, si el diminutivo o el nombre que ahora lleva, nos llenó anoche de satisfacción y orgullo el modo que tuvo de resolver este partido tan opaco del Barça contra el Shaktar ucranio. Ese gol es la metáfora de muchas cosas: de la capacidad de lucha de este chico de Abades, un pueblo de pescadores que está al lado de donde yo vivo, y del sentido de la oportunidad como síntoma de la calidad en el ejercicio del fútbol. El fútbol necesita héroes humildes, y este muchacho representa a la perfección el héroe que se hace desde chico tratando de hacer lo más que ama: jugar al fútbol en la calle. Ese gol, que los medios de Tenerife celebran como si fuera propio, va a marcar su vida, ojalá que para bien.

He seguido estos días con mucho interés la controversia sobre la figura de Joaquín Ruiz Giménez. Le conocí. La última vez que le vi fue hace al menos tres años en un concierto de Joan Manuel Serrat, en Madrid. Al final del concierto salió al pasillo del patio de butacas, a aplaudir como un fan. Era altísimo, de modo que se figura resultaba contundente e inconfundible. Estuvo en ese pasillo durante varios minutos, como si quisiera llamar la atención de Serrat, para que se acercara, o para que le llevara al escenario. Tengo en la memoria esa escena, que jamás antes había contado, como un momento raro que ahora no me voy a detener en juzgar. Pero sí tenía interés en preguntarle a Ferrán y a los amigos que quieran intervenir --pero nombro a Ferrán porque como historiador nos puede iluminar con datos sobre el asunto-- hasta qué punto es lícito en la vida el cambio de opinión; yo particularmente no participo nada de la idea de que las ideas son inamovibles, creo que la gente tiene derecho a cambiar, o a arrepentirse, como lo hizo Dionisio Ridruejo, como lo hizo también Pedro Laín Entralgo, y aunque menos explícitamente como lo hizo también don Antonio Tovar. En los tiempos más actuales se han producido cambios de actitud y de ideas también; a mi me parece lícito, siempre y cuando los que cambien acepten que los que piensen lo que ellos pensaron son también dignos de respeto. No se puede alardear del cambio propio despreciando la inmovilidad ajena, en un sentido o en otro.

Y buen sábado, por cierto, el último de agosto. ¿Ha sido un buen mes?

El hombre secreto

Por: | 28 de agosto de 2009

He leído El hombre secreto, La verdadera historia de Garganta profunda, de Bob Woodward, sobre el personaje que le ayudó a investigar el Watergate, el suceso más importante del periodismo en el siglo XX. Este libro es en sí mismo una lección de periodismo; en primer lugar, es un ejemplo de cómo ha de respetar el flujo principal de la información en los medios, el respeto a las fuentes. Y luego es una explicación detallada, casi novelesca, de lo que habría que hacer para que las historias, si uno está convencido de su sustancia, no decaigan jamás, aunque presionen los poderes, y los que no se consideran poderes, pero tienen maneras de presionar. La relación de Woodward con Mark Felt, el funcionario del FBI tras cuya identidad se guardaba el personaje que le permitía construir casi toda la información que derribó a Nixon, está contada con todo lujo de detalles, entre los que no faltan la maldad, la desconfianza y la ternura. Los últimos años de Felt fueron muy difíciles; había sido perseguido por la justicia, por haber permitido, en tiempos de Hoover, el allanamiento de domicilios de izquierdistas, y sobre el gravitó la acusación de que  podría haber sido, en efecto, Garganta Profunda. Él sorteó esas acusaciones con su experiencia de espía, y Woodward siempre honró su compromiso de guardar confidencialidad. En un momento determinado, ya con la memoria casi perdida, Felt y los suyos estimaron que sería bueno despedirse de la vida confesando cuál fue su participación en el derribo de Nixon, y salió a la luz la verdad de la historia. El libro es una reconstrucción magnífica, un ejercicio sincero de buen periodismo, en el que el autor confiesa sus errores, manifiesta su emoción y relata sus logros con la modestia adecuada para contar una gran historia. No lo había leído; lo recomiendo muy vivamente.

Teddy

Por: | 27 de agosto de 2009

Me ha alegrado mucho leer en EL PAÍS de hoy la entrevista de mi compañero Ramón Muñoz a Teddy Bautista, el más alto ejecutivo de la SGAE, sobre quien ha caido la saña del tópìco en forma de reiteradas calumnias, la última de las cuales tiene que ver con el supuesto enriquecimiento que pretende esa organización sindical de autores a partir de los derechos de Fuente Obejuna. Ahí explica él muchas de las insidias en las que se basan las acusaciones, así que no voy a entrar en ellas. Siempre he defendido los derechos de autor, y no porque yo mismo sea un modesto autor de libros, cuyas liquidaciones a veces son buenas (pocas) y a veces son peores, sino porque en efecto durante siglos estuvieron diluidos o desprotegidos, sobre todo aquellos derechos de los más humildes. Sólo una vez hice una canción, pero ni se grabó ni se cantó demasiado; la cantó en el Paraninfo de la Universidad de La Laguna (en tiempos de Dumi) un compañero que se llama Abreu, que ahora vive en Francia y viene a esta playa de El Médano todos los veranos, por cierto. Y he sido editor, y por tanto sé cuál es la lucha entre el editor y el agente literario, y por tanto el representante del autor que decide tener representante. De eso no se trata. Se trata de decir que Teddy ha hecho, como artista y como gestor, una labor que en primer lugar la agradecen los modestos artistas y los modestos autores, que han podido sobrevivir épocas de penuria, que continúan, gracias a la escrupulosidad con la que la SGAE recauda los derechos de los grandes y de los chicos. Sé que ha corrido mucha tinta y mucha palabra, pero debo decir que entiendo la crítica y entiendo también los ataques que reciben los gestores públicos que se extralimitan en sus funciones. El carácter personal que han adquirido muchos de los ataques que ha recibido Teddy Bautista en medios españoles me ha desprendido siempre el aroma de venganzas de aquellos que no aceptan respetuosamente que cada uno haga lo que tiene que hacer. Teddy fue, además, un cantante extraordinario, es un compositor cuya obra ha sido opacada por este trabajo de gestión, y me parece que siempre ha merecido más respeto personal que el irrespeto con el que suelen tratarle los que prefieren el tópico al argumento.

El gen del cotilleo

Por: | 26 de agosto de 2009

¿Cuál es el límite entre la información y el cotilleo? ¿Y entre la crítica y el insulto? ¿Y entre el comentario y la infamia? ¿Y entre el rumor y la difamación? Hay límites, claro que los hay, pero hoy se han diluido muchísimo. Se han diluido en el periodismo, como es evidente, por esa afluencia indecente de programas expresamente cotillas de la televisión y de la radio, a los que la prensa atiende cada vez con mayor profusión; y se ha diluido en la vida cotidiana, por simple contagio, y por pereza mental, cultural, intelectual. El cotilleo es como el gusano inservible de las frutas, lo quitas y parece que la fruta ya no está contaminada por la actividad modesta e insistente del gusano. Pero el gusano, en el mundo de la información malsana, es decir, del cotilleo, el rumor y la difamación, que muchas veces están juntos, es como un gusanillo, intriga su cuerpecillo, lo vemos deambular en torno nuestro y no nos decidimos a matarlo; creemos que es, tan solo, una sombra, y termina apoderándose de la fruta. Este contagio del cotilleo está afectando a la conversación cotidiana, daña a la esencia de lo que nos decimos y abre la puerta para aventuras aún más arriesgadas, en las que se pone en peligro la estima de los otros, y, aunque eso no se note en la superficie, nuestra propia autoestima. Ayer hablaba Gaspar Llamazares en el Congreso de "las mentiras de destrucción masiva". Hay mentirijillas que si se ponen juntas, y se animan a través del cotilleo, destruyen masivamente no sólo la conversación sino la reputación de las personas, generan un bicho bochornoso del que se tendría que prevenir la sociedad, y no sólo la sociedad de la cultura, la política o el espectáculo, sino la sociedad entera, que un día va a encontrarse que no halla otro tema de conversación que la que propone el cotilleo como materia informativa. El gen del cotilleo está excitadísimo, no le demos tregua.

Me sumo a los que lamentan que Paco Gómez quiera irse. No sé irá, cómo se va a ir Paco, estará ahí detrás, tomando apuntes, y luego vendrá. Ojalá.

Y por supuesto que sería muy celebrada, por mi, por todos, la vuelta de Ferrán.

Pero yo comprendo al que se va, al que vuelve, y al que no se va, porque muchas veces a lo largo del día y de los mil días que llevo acá, yo soy esos tres: el que se va, el que vuelve y el que no se va. Es una manera de ser, supongo. Y ahora, hablen ustedes de lo que quieran, que ese parece ser el destino: que uno proponga y ustedes dispongan.

Los torturadores/// corregido

Por: | 25 de agosto de 2009

Anoche tuve un sueño terrible; un grupo enorme de personas viajaba a través de un sótano húmedo y oscuro, acuciado por torturadores, perseguido por perros salvajes, hacia una zona aún más ocura, en medio de un olor sórdido. Al término de ese tramo que se hacía asfixiante, se veían luces, espacios sobre los que caía un sol insufrible, pero al fin y al cabo era claridad, luz, sol, la posibilidad del aire. Cuando la multitud llegaba más cerca de ese espacio, se advertía que eran en realidad claraboyas construidas entre bloques de hormigón, por las que se colaba una luz cegadora, pero por las que no podías sacar ni la mano. En esa atmósfera asfixiante se desarrolló el sueño, hasta que acabó la paciencia de la pesadilla. Entonces desperté, asustado. Por la noche había visto en las noticias las relativas a los torturadores de Bush, e imagino que la fina pátina que hay entre la realidad y el sueño se rompió y entró ese episodio reciente en mi propia memoria onírica, y ese debe ser el origen de esta inclemente, lenta, húmeda, asfixiante pesadilla.

Dumi, no se te ocurra marcharte. Le das muchas novedades a este blog, y me acuerdo mucho de ti, cómo no me voy a acordar de aquella muchacha rubia, con la carpeta siempre atada a las manos, activa, mirando.  

Grecia desde La Laguna

Por: | 24 de agosto de 2009

El profesor más exigente que tuve se llamaba Eudoxio, el profesor de Griego. Fue en el preuniversitario, en el hermoso Instituto de La Laguna. Yo asocio la felicidad a la atmósfera de aquel instituto, las calles de los alrededores, el patio del Instituto, aprender, las clases de literatura, los amigos, las amigas, las fugas, o pellas, que dicen en la Península, las guitarras, los bares, los bocadillos de caballas, el auto stop en el padre Anchieta, la madrugada para hacer auto stop y que te llevaran al padre Anchieta, las librerías, los libros, las nuevas amistades, el atardecer, el olor del verano, el verano, el color del invierno, el invierno. La Laguna ha sido para mi la gran experiencia, la ciudad que más he amado junto con mi pueblo natal, o mi barrio, la plaza del Charco, el muellito, el Penitente, los columpios... Pero asocio la clase de Griego al peor momento de la semana: Eudoxio era muy exigente, nos obligaba a aprendernos cada día veinte palabras griegas, y no podías fallar ni una sola. Ese nivel de exigencia luego se reveló, para mi, extremadamente pedagógico; aprendí inglés aplicando el método de Eudoxio, y me aficioné a las palabras, a lo que tienen dentro, gracias a él. Y me aficioné a Grecia, a imaginar que aquel vocabulario y aquella gente que lo hablaba era la gente que había hasta hoy, que podías llegar allí y hablarles como hablaba Platón a gente que era también Platón. El conocimiento de las palabras excita la imaginación sobre la gente que las habla. Y amé Atenas, las islas, el Pireo, todo lo que evocaba el vocabulario en el que a la fuerza nos introdujo Eudoxio. Esta mañana, cuando he escuchado nuevas noticias, y aún más dramáticas, del incendio que se acerca a Atenas, y que fue provocado, quise dejar aquí mi homenaje a Grecia, a Atenas, a aquel mundo que amo a pesar de la exigencia de Eudoxio, que quiso que habláramos griego en doscientos días y que creyéramos que Atenas comienza en La Laguna.

Pedro Ávila

Por: | 23 de agosto de 2009

Me acaba de escribir Pedro Ávila, desde Estados Unidos, para pedirme el teléfono de un amigo común. Había abierto esta máquina para escribir de un asunto concreto, algo que siempre he tenido en la cabeza: por qué dice la gente, cuando lee un artículo, este es un buen artículo. Mi tesis es que lo dice independentemente de si el artículo está bien hecho o no; lo dice la gente porque está de acuerdo con el contenido del artículo. Muchas veces leemos porque estamos de acuerdo, o por estar de acuerdo, y no nos importa tanto la calidad, la factura, de lo que leemos. De eso iba a hablar, y de pronto vi ahí la carta de mi amigo Pedro Ávila, y me dije que tendría que decir tres o cuatro cosas del amigo Pedro, a quien tanta gratitud debemos tantos. Es cantante, y músico; fue el primero que le puso música a las letras de Ángel González; las publicó en disco y las cantó por donde ha ido, especialmente en dos locales que él hizo míticos, Libertad 8 y El Comal. Muchas veces las cantó con el propio Ángel a su lado; fue un amigo indispensable de Ángel: le ayudó a vivir en tiempos de soledad del poeta, y juntos los vi en tiempos especialmente felices de las noches de Madrid, cuando en efecto la noche parecía que iba a durar como la felicidad, siempre. No sólo es un cantante de larga experiencia, fue primera voz de Follies Berger, aunque a lo mejor fue en otro lugar, ahora no lo recuerdo bien, sino que además es un hombre divertido y ocurrente, con la mente y con las manos, un extraordinario carpintero, un sastre perfecto..., un amigo que los ingleses dirían para todas las estaciones. Su recuerdo siempre me estimula hacia el reconocimiento de la amistad, y en este penúltimo domingo de agosto, cuando ya el verano empieza a lanzar su viento de tempestad y de huida hacia el comienzo, quería dedicarle estas líneas en lugar de hablar, otra vez, de periodismo. Por cierto, lean el artículo de Vargas Llosa de hoy. Va de periodismo, y de lo que le pasa al periodismo cuando acepta que puede ser excesivo.

El futuro del periodismo es el buen periodismo

Por: | 22 de agosto de 2009

Quiero personalizar hoy en Ramón Lobo, enviado especial de EL PAÍS en Kabul, esta reflexión sobre el porvenir del periodismo. Creo que el porvenir del periodismo está en la capacidad de los periódicos de mantener en lugares como ese, donde se cuece la historia en medio de un drama político de enorme violencia, a profesionales de la categoría de Ramón. Su trabajo responde a lo que Juan Cueto suele pedir para el ejercicio del oficio, la mirada distraída; Lobo ha ido a Kabul y se ha mezclado con la política, con la milicia, con la cultura, ha descrito la miseria y la nobleza, ha contemplado la mirada triste y la mirada ilusionada, ha contado cómo son los perdedores y los ganadores, y ha contribuido a dar al lector español o en español una dimensión muy próxima de la tragedia afgana que ahora ha aparecido en primer plano pero que muchas veces, durante mucho tiempo, sólo tiene lugar en las noticias por las consecuencias directas de la violencia. El trabajo de Ramón nos debe enorgullecer a todos los que creemos que el buen periodismo, el periodismo que salvará al periodismo, no es aquel que se basa en los lugares comunes que se envuelven en los papeles de celofán (muy bien pagados) de las opiniones más o menos rimbombantes, lanzadas con suficiencia en tertulias en las que nadie va con los pantalones manchados de hierba o de tierra o de sangre, sino que se basa en la contemplación directa de aquello sobre lo que se cuenta porque se ha vivido directamente. El periodismo de los enviados especiales que van a lugares como Afganistán es caro y es un riesgo, o viceversa; hacerlo dignifica el origen del oficio, y lanza un mensaje para los que ahora creen que periodista es gente que le dice a la gente lo que se le acaba de ocurrir. Un respeto para el periodismo: periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente; cuando ustedes vean a un periodista en primer plano pregúntense qué noticia ha protagonizado. Si no ha protagonizado ninguna noticia (no ha sufrido un ataque, no ha ganado un premio, no ha recibido un castigo) y está en primer plano, pregúntense si es verdaderamente un periodista. Y si ven que sólo opina, que no va al terreno, que no habla con la gente, que vive en el palomar de su ego, lanzando a diestro y siniestro su baba particular, pregúntense si merece la pena que se le considere del oficio. Ramón Lobo es un periodista, punto. Por eso sus crónicas de Kabul son fascinantes, porque te llevan al sitio con la emoción del que allí se encuentra concernido, primero que nada como ser humano, por el sufrimiento que luego cuenta con las armas del periodismo.

Quiero decir que Ángeles Mastretta canta muy bien, yo la he escuchado. Un día, cuando yo sepa manejar estas cosas, la invitaré a cantar para ustedes Probablemente, en la versión de Maná.

El País

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