Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

La tormenta sobre Montevideo

Por: | 31 de octubre de 2009

Me escribe el compañero Renzo Rossello, periodista de El País de Montevideo, y me cuenta que este viernes la ciudad de Juan Carlos Onetti y de Mario Benedetti sufrió una tormenta intensísima. "Hoy nuestra ciudad se vio azotada por una tormenta que dejó media ciudad inundada por una lluvia que cayó con rayos y centellas desde temprano". Como una mano húmeda, y azotada por el viento, la lluvia cayó sobre esos viejos tejados, barrió las calles polvorientas y como de despedida, oscuras, alumbradas por bombillas antiguas que le dan a la ciudad el aire de un lugar en permanente estado de vigilia tranquila y soñolienta, rara de existir como si aún se estuviera haciendo; una ciudad que se parece a Onetti y que tiene entre sus alimentos espirituales la añoranza de una mirada como esa que ahora ilumina el techo del teatro Solís, donde la foto del escritor se anuncia con este crédito: "Onetti es Montevideo". Ni Santa María ni nada: Montevideo. Y es verdad, esa es su ciudad, ese es el lugar de su añoranza, el sitio del que jamás se pudo despedir, el que siguió viviendo con él, en su memoria y en su melancolía, mientras vivió en aquel palomar iluminado que le hizo Dolly en el ático de la avenida de América de Madrid. Recibí ese correo de Renzo y mi recuerdo se fue hacia aquella casa, hacia esa foto, y también a la mirada quieta, obsesiva, silenciosa, del último Benedetti, semanas antes de que se despidiera del mundo allá, en el hospital donde le vi por último el 1 de mayo de 2008. El destino del hombre, decía Neruda, es amar y despedirse; esa noticia del temporal sobre Montevideo me trajo memorias de despedida, reflexión a veces azorada sobre el sitio que el hombre ocupa en el mundo, este espacio tan accidental en el que nos pasamos traspasándonos palabras con una solemnidad que finalmente barren los temporales.

El hotel de los emigrantes

Por: | 30 de octubre de 2009

Ayer por la mañana, en Buenos Aires, un taxista me estuvo hablando del hotel de los emigrantes, el lugar por el que ingresaban en Argentina los españoles, los italianos y en general todos aquellos ciudadanos que en su patria no habían conseguido ni conseguirían nunca sustanciar la esperanza de vivir una existencia mínimamemnte satisfactoria. Otros amigos me habían hablado antes del lugar; uno de ellos, mi compañero Augusto di Marco, me explicó con mucha emoción el día que encontró allí, gracias al sistema informático que ha instalado el moderno servicio argentino de inmigración, todos los datos relativos a la llegada de su abuelo italiano a este país. Por la noche, al regresar a España, estuve leyendo en el avión el libro de César Antonio Molina Lugares donde se calma el dolor, que acaba de publicar Destino y que viajó conmigo a Buenos Aires. De él habla hoy en EL PAÍS su autor, precisamente. En ese libro, que arranca con una emocionante crónica de varios viajes entre volcanes italianos, César Antonio se detiene en Buenos Aires y hace una visita honda, muy bien contada, al llamado Hotel de los Inmigrantes. Él, gallego como tantos de los que hicieron ese viaje del siglo XIX y de principios del siglo XX, halló allí las huellas de viajes anteriores, el resultado de un impulso de supervivencia que se parece al exilio y que arrastró a Argentina a gente que luego ya fue de ese país pero cuya raíz siempre estuvo en el aire del pasado. En su crónica, el poeta que fue ministro recoge estos versos que hay en la Estatua de la Libertad, en Nueva York, y que escribió Emma Lazarus: "Dame tus abatidas, tus pobres, tus amontonadas/ muchedumbres que ansían respirar libremente;/ el desperdicio infeliz de tu rebosante playa;/ mándame los desamparados, los batidos por la tempestad:/ yo tengo mi lámpara en alto junto a la puerta dorada". (La versión, señala César, es de Juan Ramón Jiménez). Versos para apuntalar un sentimiento de desvalimiento, coraje y acogida, un hermoso recuerdo que el hombre dejó intacto, en Nueva York, en Buenos Aires, en La Guaira, en tantos lugares donde llegar era el resultado de un riesgo y el comienzo de un abrazo gracias al cual muchos pudimos ver más de una sonrisa. 

Las palomas de Estefanel

Por: | 29 de octubre de 2009

Marcelo Estefanel no guarda rencor, no sirve para nada. A los veintiún años fue apresado por los militares de su país, Uruguay, y vivió trece años en las mazmorras de La Libertad, la cárcel de Montevideo. Era un guerrillero tupamaro. La venganza militar no conoció límites, y él sufrió en ese tiempo lo que otros muchos sufrieron en esa y en otras cárceles de la dictadura, hasta 1986, cuando salió a la calle, cegado por la claridad, extrañado de que las personas puedan cerrar y abrir puertas. Allá adentro decidió leer; él calcula que debió haber leído más de mil quinientos libros; leía cuatro cada semana, pero muchas veces repitió lecturas (el Quijote, es ahora un especialista, lo leyó al menos cuatro veces), de modo que ha hecho ese promedio: mil quinientos libros en trece años. Aparte del recreo (media hora diaria) y la lectura, no podía hacer otra cosa en la cárcel; se hizo un activista de la burla a los carceleros; respondía las encuestas con su humor surrealista, y por eso también fue castigado, y se aficionó a las palomas, a aprender de ellas, a entenderlas; un compañero de celda le dijo que eran ratas del aire, pero él siguió cultivándolas, y ellas se hicieron sus amigas, fervientes; le seguían en las distintas ubicaciones de la cárcel, comían de su mano, se posaban en su hombro para observar qué hacía. Una de las palomas era particularmente inteligente, intuitiva, dotada de un sentido especial para seguir sus pasos; él la llamó Aristóteles. Él cuenta todo eso en un libro admirable (sin rencor, sin otra espuma que el fervor de la libertad: "salir fue una fiesta; continúa") que tituló El hombre numerado. En una visita anterior a Montevideo me lo encontré en una cena, y creo que conté aquí ese encuentro. Hoy lo reitero. Anoche apareció en la cena donde estábamos con Dolly Onetti y con Hortensia Campanella, después de un acto sobre Juan Carlos Onetti en el Centro Cultural Español que dirige (muy bien) Hortensia, la responsable de las obras completas del autor de El Astillero. Estaban también Fernando y Julián, dos compañeros míos de trabajo en Santillana. Estefanel venía de su semanario, Búsqueda, de cuyo diseño es responsable. Pausado, tranquilo, apasionado de la vida, intacto su buen humor, fue desgranando hechos que cuenta en el libro, y nosotros le escuchábamos con la fascinación con la que uno oye como se cuentan con humildad las historias extraordinarias.

Más liviano que el aire

Por: | 28 de octubre de 2009

Le pregunté a Federico Jeanmaire, el escritor argentino que ganó esta noche el premio Clarín de novela, de dónde le vino la inspiración para el personaje contundente, fortalecido por la historia y por la voluntad, sobre el que construye Más liviano que el aire, el título que le ha dado este honor. Y me dijo, en medio de los abrazos que le prodigaban sus amigos, muchos de ellos lectores de algunos de los quince libros con los que jalona sus 52 años:

--Mi madre. Habla mucho. Y está sola.

No dijo más, pero bastaba eso para entender el prodigio de aguantar durante más de doscientas páginas una historia sobre la soledad y sobre la violencia, a partir de lo que podría parecer una simple anécdota de la violencia urbana. Me tocó el honor de compartir jurado en este concurso que ya es tradición en la vida cultural porteña con José Saramago, el premio Nobel, que intervino desde Lisboa, con Rosa Montero y con Pablo de Santis, que estuvieron aquí, en Buenos Aires. Tenía razón Rosa Montero cuando, al ponderar los valores de la novela, se refirió a esa maldición que cae sobre los humanos, que simulando querer no quieren, y que tantas veces quieren haciendo daño. Más liviano que el aire, título que el autor ha tomado de un verso trunco de Juan Gelman, va sobre esos asuntos de la maldad y la extrañeza ante la maldad; y de esa extrañeza habló luego Federico, en una alocución que ponía los pelos de punta porque era una denuncia casi susurrada sobre la maldad humana.

La fiesta del premio Clarín congrega a numeroso público, muchos periodistas, escritores, artistas, gente notable de la vida porteña y argentina. Y tiene un lado periodístico indudable; en ese incidió el director de Clarin, Ricardo Kirschbaum, para reclamar de la política su ambición de sosiego y de arbitraje, para conseguir una sociedad en la que el diálogo fuera no sólo una aspiración sino una exigencia, y donde la venganza sobre aquel que no comparte tus criterios no sea ni siquiera una sombra ni una sospecha de sombra. En ese marco de homenaje al periodismo tal como sentimos que se debe ejercer vino un homenaje para muchos de nosotros entrañable, el que recibió a toda su trayectoria Tomás Eloy Martínez, el autor de Santa Evita y La novela de Perón, y el afortunado autor también de un libro memorable que yo les aconsejo sin reservas, Lugar común la muerte, un conjunto de retratos que nos enseñan a mirar a la gente --artistas, escritores, periodistas, gente con la que él se ha ido encontrando-- con los ojos de uno de los mejores periodistas contemporáneos. Por todo su trabajo de años recibió Tomás Eloy el galardón; no pudo asistir, por razones de salud, de modo que no pudo oír uno de los parlamentos más emotivos que he oído sobre un premiado en los días de mi vida de asistente a actos. El que habló no llegó a llorar, y pudo hacerlo. Lo hubiéramos entendido todos. Era otro periodista, editor de Ñ, la revista cultural de Clarín, Ezequiel Martínez. Uno de los hijos de Tomás Eloy, y su devoto discípulo.

La actitud del lector

Por: | 27 de octubre de 2009

Es muy nutritivo el artículo que publica hoy don Emilio Lledó en EL PAÍS a partir de la aparición de la colección de filósofos que publica Gredos, sello histórico que ahora está bajo el paraguas del grupo RBA. El maestro habla de la letra impresa, del porvenir del libro de hojas, tal como lo conocemos, y su convivencia con el soporte que viene, el libro sin hojas. Y la reflexión que hace apela a la actitud del lector, a cómo será afectado el hecho de leer por las nuevas tecnologías. Mucha gente piensa que se leerá como siempre se leyó; Lledó cree que no será enteramente así, que la extrañeza de saber, la curiosidad por seguir sabiendo, es decir, debatiendo con las hojas, se verá afectada de un modo u otro. La díscusión durará muchos años, imagino, y en el camino de esa conversación supongo que se abrirán meandros por los cuales se introduzcan fanatismos de un lado o del otro, de modo que el adecuado sosiego para pensar con otros conocerá muchas guerras y pocas treguas. Aconsejo vivamente el artículo del maestro, y aconsejo también practicar lo que dice: pensar, pensar incluso bajo la tormenta, adquirir el hábito de disentir sin que disentir sea menoscabar la razón (es decir, la capacidad de razonar, aún equivocándose) del otro; eso es lo que él nos enseñó cuando éramos unos críos, en la universidad de La Laguna, y eso es lo que sigue diciendo, con otras palabras pero con el mismo entusiasmo juvenil que entonces tenía: pensar para ser, no ser para que nos piensen. En fin. Esas cosas que él dice en su artículo de hoy me llevaron, felizmente, al recuerdo de algunos ratos particularmente plenos que tuve ayer en varias partes: por la mañana, volviendo a Onetti, que es uno de los escritores más porosos, y más exigentes con el lector, que dio el siglo XX de las letras en español; a mediodía, charlando de periodismo, y de lo que viene, con algunos compañeros de La Nación, que me llevaron a comer pasta en un restaurante que me aconsejó Joan Manuel Serrat; ahí hablamos de los blogs, de Internet, de la privacidad, del anonimato en la red, de la opinión en los diarios digitales, de las notas de interés humano que escribe en ese periódico argentino nuestro amigo Jorge Fernández Díaz..; a media tarde, hablando con Tómás Eloy Martínez del instante en que comenzó en Argentina la represión militar y golfa de la Triple A; hoy entrega Clarín el premio a la trayectoria profesional a Tomás Eloy, el autor de Santa Evita, uno de los grandes periodistas del mundo, un hombre que ha conseguido hacer del ritmo su manera de comunicarse con los lectores, del ritmo y de la esencia, una rara mezcla que ha sentado magisterio; y por la tarde, leyendo en la librería del Ateneo, un espacio fantástico en el que a Lledó le gustaría escuchar el crujido de las hojas al tiempo que suena una orquesta de jazz, una música muy tenue que me acompañó leyendo El soñador en la penumbra, de Alonso Cueto, sobre Juan Carlos Onetti. Y por la noche, hablando de periodismo otra vez con Soledad Gallego-Díaz, la gran periodista de EL PAÍS que ejerce con un entusiasmo que la honra, y que honra al periódico, el trabajo de contarle a la gente lo que le pasa a la gente por estos lugares. Ojalá un día ella se dice a contar, también, lo que le pasa mientras trabaja. Para sus muchos devotos esas memorias serían no sólo suculentas sino magistrales. Ahora observo por la rendija de la ventana que amaneció, y que en Buenos Aires hace uno de esos días por los que también enamora la ciudad.

El mar de la tierra

Por: | 26 de octubre de 2009

He estado en Iguazú. Un espectáculo natural inconmensurable; fuerte, bello, insólito. Las cataratas caen a una velocidad vertiginosa; el agua adquiere todas las texturas posibles, como si estuviera creciendo en el contacto del agua con la roca una roca más, una roca de agua, o de tierra. En algún momento, si uno fija la vista en esa secuencia endiablada del agua cayendo sobre el lecho del río Iguazú, da la impresión de que lo que cae es una inmensa torrentera de piedras líquidas que se rompen mientras caen. Lo que resulta más insólito, más evocador y más envolvente, es el sonido, ese motor inmenso que parece convertir las cataratas en el mar de la tierra; catedrales inmensas que se van haciendo de agua cada vez más sólida, más densa, más concreta. El agua como si fuera al tiempo un sonido y una alucinación, una pesadilla y una voz, la voz repetida del agua cayendo violentamente sobre el agua turbulenta del lecho del río. He estado en Machu Pichu; aquella es la belleza tranquila, inquieta y ansiosa, que requiere silencio. Aquí el sonido es la belleza misma, y el silencio en el que la contemplas es la única respuesta posible a esa inmensidad en la que el sonido es también un silencio, el silencio atosigante del agua cuando es el mar de la tierra.   

Crónica del principio de la tormenta

Por: | 24 de octubre de 2009

Estábamos debajo del gran mango de La Recoleta, cerca del cementerio, conversando con Rep, el filósofo que hace humor en Página 12; hablábamos de la futilidad de ciertos esfuerzos que llevan a la melancolía, y hablábamos de la melancolía como motor y también como pared; llegó luego Joao Pina, el fotógrafo portugués que este domingo cuenta en EL PAÍS Semanal el horror de la violencia en Río de Janeiro, y que a sus 28 años es ya un maestro de la observación gráfica, un cronista excepcional de la barbarie de nuestro tiempo, y seguimos conversando como si el tiempo fuera para siempre un asiento perfecto, un lugar en el que discurrir, felices o preocupados, sobre la vida, sus miserias y su probable grandeza. Luego debíamos ir a la Boutique del Libro, en Palermo, de la que ya hablé aquí el año pasado, a la presentación de un libro, No es amor, de Patricia Kolesnikov, periodista, narradora, que ha publicado en Suma esta narración sobre el amor lésbico en los años 80 de Argentina. Y allá fuimos, con Rosa Montero, con otros amigos, pero para hacer tiempo nos sentamos antes en un bar de la avenida Borges, cerca de donde vivió Jorge Luis Borges, precisamente, en el camino que lleva a la plaza Julio Cortázar, en este centro tan literario o artístico de la ciudad tranquila. Y, de pronto, un vendaval empezó a inquietar el cielo y la tierra, las hojas comenzaron a caer violentamente de los árboles, y el suelo se llenó de hojas y hojitas secas que giraban a toda velocidad en un torbellino que se parece a algunas de las tormentas que Gabriel García Márquez narra en Cien años de soledad. Huimos como si el viento nos llevara, y los que somos alérgicos tosimos, y todos empezaron a sentir enrojecer sus ojos; nos metimos en la librería mientras el vendaval se tornó diluvio, y luego otra vez en un vendaval que asustaba. Como todas las cosas tienen nombre, incluso las sorpresas, de pronto se inició otra vez un inmenso griterío del viento y pregunté qué era, qué estaba pasando, qué sucedía en la atomósfera para que viviéramos oyendo esa locura, y alguien me dijo: "Nada, no es sino la sudestada". Ah, me dije, o sea que tiene nombre y no es nada, y me fui a cenar. El viento soplaba como un demonio blanco, envolviendo el cielo en ráfagas incomprensibles. Cuando salí de la cena tan solo llovía como una mano húmeda sobre el rostro de las personas. Ahora el cielo está como Dios quiere, me parece, azul con nubecitas.

Encuentro con Mamá

Por: | 23 de octubre de 2009

Anoche me encontré con Carmina, la mamá de Jorge Fernández Díaz. Esta mujer, que cuando era una cría desembarcó a la aventura de Buenos Aires, lejos de la pobreza atosigante del poblado asturiano del que vino, es la protagonista de uno de los libros más conmovedores que he leído nunca, Mamá, publicado aquí por Sudamericana y por RBA en España. Decía ayer Alfredo Leuco, periodista argentino, en el acto en el que me encontré con Carmina, que Jorge tiene una enorme destreza en convertir lo que nace del esfuerzo en una brillante narración que uno se lee a la velocidad con que la imaginación navega. Y ese libro es consecuencia de esa extraordinaria facultad de hacer parecer fácil lo difícil. En Mamá cuenta, además, una historia cuya base es desgarradora, la historia de una mujer sola que se enfrenta al mundo y sale victoriosa, y lo hace desde la perspectiva del hijo. Le pregunté a Carmina si todo lo que se dice en el libro es verdad. Y me dijo: "Y le quedó mucho por decir". Cuando ella llegó a Argentina, en 1948, tenía quince años; quisieron acompañarla luego, pero los parientes se quedaron en su pueblo, y ya ella tuvo que hacerse sola a la vida argentina. Un día fue al psiquiatra, muchos años después. Y Jorge supo que su madre hizo llorar al psiquiatra. Esa era para él la historia que no había contado, y se sentó con ella, como un periodista más que como un hijo, a recoger todas esas vivencias que él convirtió en un libro memorable. Anoche se presentaba un nuevo libro suyo, La segunda vida de las flores, publicado también por Sudamericana. Las presentaciones de libros suelen parecerse a las misas solemnes, pero esta fue vivaz, llena de alegría, hubo canciones, la gente se rió, parecía que estábamos en la reunión de una familia grande que tiene algo que celebrar. Intervino Claudia Piñeiro, la autora de Las viudas de los jueves (que ahora es película, producida por Gerardo Herrero, me lo encontré allí), además del ya citado Leuco. Es curioso, el autor casi ni habló, hizo de maestro de ceremonias: habló él más de los otros que de sí mismo, y lo hizo a veces para decirle a su madre, tan solo, que el Fernández que protagoniza la novela no es él. Miré a Carmina: no le creyó mucho. Compré otra vez Mamá, pero esta vez firmado por la propia protagonista, para no seguir regalando el último ejemplar que compro. Lo recomiendo muy vivamente. Y perdonen que hoy haya entrado tan tarde. He tenido algunos líos esta mañana.

Despoblación

Por: | 22 de octubre de 2009

El poeta mexicano José Emilio Pacheco recibe recibe el 11 de noviembre en Madrid el premio Reina Sofía de Poesía. A mi me parece que la poesía es la mayor de las bellas artes; concentra la música, el espacio, la dimensión del alma, inasible pero cierta, próxima, tangible, la palabra, una construcción aérea y un contundente en sí misma, el cuerpo, la mano, la escultura de los sueños, la vida entera, su misterio; en el caso de Pacheco, ese valor noble, entrañado, de la poesía se junta con una personalidad especialidad, casi aérea, noble como sus propios versos, y como su risa y como su silencio. Traigo a Buenos Aires conmigo su último libro, que acaba de publicar Visor en España, un conjunto de poemas en prosa que se titula La edad de las tinieblas, y quisiera compartir con ustedes, desde esta noche que cae melancólica sobre la ciudad llovida, esta hermosa evocacíón de los que se fueron. Él la titula Despoblación, y a mi me conmueve mucho.

Herida de hallar entre papeles destruibles una agenda remota: archivo muerto de los muertos, necrópolis de las ausencias y los afectos perdidos. La deshabitan personas de otras épocas y otros lugares. Unas cuantas siguen aquí a la distancia de algunas calles, un número telefónico o una dirección de Internet --pero en sitios que no volveré a ver, recintos adonde no hay retorno posible.

Entre tanta destrucción queda una parte edificante. En el zafarrancho general de la vida, en la guerra perpetua y la separación interminable, sobreviven, y nada puede ya borrarlos, el segundo de amor, el minuto de acuerdo, el instante de amistad. Basta para vivir agradecidos con esos nombres que no volveremos nunca a pronunciar.

 

Buenos Aires, la primera vez

Por: | 21 de octubre de 2009

La primera vez que alguien me contó Buenos Aires fue Edmundo A. Esedín del Ródano, en el Puerto de la Cruz, Tenerife. Para él, que era de aquí, y parecía turco, o libanés, o de cualquier sitio, porque es el hombre más cosmopolita que he conocido, la ciudad era una metáfora literaria, un lugar en el que vivían las palabras como si fueran objetos, o personas, y a Buenos Aires había que leerla como se lee un libro, atentamente, hoja por hoja. Primero hizo que leyera a Borges, para entender Buenos Aires, pero luego me dejó libertad para leer lo que quisiera, y me quiso aficionar a Anatole France. Tuvo más suerte con Borges. Lo primero que leí de Borges, incitado por él, fue un cuento en el que había una pelea de cuchillos, algo muy común en ciertos cuentos de Borges. Me causó pavor e inquietud ese cuento, porque en mi infancia también se produjo una situación de pelea en la que al menos había un cuchillo. Jamás olvidaré esa sensación. El hombre fue persiguiendo a mi padre a lo largo del camino, con el cuchillo en la mano, amenazante, hasta que llegaron ambos hasta la altura de mi casa, en la que entró primero mi padre, y luego el hombre, insultándole. Finalmente, el hombre se sentó frente a mi, en una banqueta azul, y puso el cuchillo, grande, de agricultor, de cortar plantones de la platanera, encima de la colcha de mi cama chica, y el hombre empezó a hablar y yo a mirarle despavorido, hasta que el hombre se fue con su cuchillo. Durante algún tiempo, cuando mi padre me llevaba en su camión, yo temía que alguien más pudiera atacarle, y si escuchaba en los talleres a los que iba con su camión que subía él la voz, o que la subían otros, sentía la tentación de acercarme a defenderle. Cuando volvía al camión mi padre veía mi semblante inquieto y me explicaba lo obvio, que en los talleres se habla alto. Jamás he perdido esa inquietud del miedo a la violencia, ese pavor ante el cuchillo: vive en mi, nunca me la he podido quitar. Así que esa fue la primera imagen que tuve de Buenos Aires, un cuento de Borges que, lo que es la vida, está incrustado en mi memoria como con fuego. Años después tuve otra imagen de Buenos Aires, la que me dio el pintor José Luis Fajardo, que regresaba de la ciudad mientras aquí dominaba el horror de la Triple A. A él lo agarraron unos desalmados, lo cachearon frente a un galpón, y ahí probó lo que era Buenos Aires cuando se acercaba con fuego y con saña la dictadura militar. Ahora estoy ante el Río de la Plata, la mañana de primavera ha amanecido gris, pero la ciudad, que vive unos problemas inmensos, es ahora, frente a aquella, la luz de cierta armonía. Me alegro de estar en Buenos Aires. Les iré contando.

El País

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