¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.
Juan Cruz es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.
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Ayer por la mañana, en Buenos Aires, un taxista me estuvo hablando del hotel de los emigrantes, el lugar por el que ingresaban en Argentina los españoles, los italianos y en general todos aquellos ciudadanos que en su patria no habían conseguido ni conseguirían nunca sustanciar la esperanza de vivir una existencia mínimamemnte satisfactoria. Otros amigos me habían hablado antes del lugar; uno de ellos, mi compañero Augusto di Marco, me explicó con mucha emoción el día que encontró allí, gracias al sistema informático que ha instalado el moderno servicio argentino de inmigración, todos los datos relativos a la llegada de su abuelo italiano a este país. Por la noche, al regresar a España, estuve leyendo en el avión el libro de César Antonio Molina Lugares donde se calma el dolor, que acaba de publicar Destino y que viajó conmigo a Buenos Aires. De él habla hoy en EL PAÍS su autor, precisamente. En ese libro, que arranca con una emocionante crónica de varios viajes entre volcanes italianos, César Antonio se detiene en Buenos Aires y hace una visita honda, muy bien contada, al llamado Hotel de los Inmigrantes. Él, gallego como tantos de los que hicieron ese viaje del siglo XIX y de principios del siglo XX, halló allí las huellas de viajes anteriores, el resultado de un impulso de supervivencia que se parece al exilio y que arrastró a Argentina a gente que luego ya fue de ese país pero cuya raíz siempre estuvo en el aire del pasado. En su crónica, el poeta que fue ministro recoge estos versos que hay en la Estatua de la Libertad, en Nueva York, y que escribió Emma Lazarus: "Dame tus abatidas, tus pobres, tus amontonadas/ muchedumbres que ansían respirar libremente;/ el desperdicio infeliz de tu rebosante playa;/ mándame los desamparados, los batidos por la tempestad:/ yo tengo mi lámpara en alto junto a la puerta dorada". (La versión, señala César, es de Juan Ramón Jiménez). Versos para apuntalar un sentimiento de desvalimiento, coraje y acogida, un hermoso recuerdo que el hombre dejó intacto, en Nueva York, en Buenos Aires, en La Guaira, en tantos lugares donde llegar era el resultado de un riesgo y el comienzo de un abrazo gracias al cual muchos pudimos ver más de una sonrisa.
Le pregunté a Federico Jeanmaire, el escritor argentino que ganó esta noche el premio Clarín de novela, de dónde le vino la inspiración para el personaje contundente, fortalecido por la historia y por la voluntad, sobre el que construye Más liviano que el aire, el título que le ha dado este honor. Y me dijo, en medio de los abrazos que le prodigaban sus amigos, muchos de ellos lectores de algunos de los quince libros con los que jalona sus 52 años:
--Mi madre. Habla mucho. Y está sola.
No dijo más, pero bastaba eso para entender el prodigio de aguantar durante más de doscientas páginas una historia sobre la soledad y sobre la violencia, a partir de lo que podría parecer una simple anécdota de la violencia urbana. Me tocó el honor de compartir jurado en este concurso que ya es tradición en la vida cultural porteña con José Saramago, el premio Nobel, que intervino desde Lisboa, con Rosa Montero y con Pablo de Santis, que estuvieron aquí, en Buenos Aires. Tenía razón Rosa Montero cuando, al ponderar los valores de la novela, se refirió a esa maldición que cae sobre los humanos, que simulando querer no quieren, y que tantas veces quieren haciendo daño. Más liviano que el aire, título que el autor ha tomado de un verso trunco de Juan Gelman, va sobre esos asuntos de la maldad y la extrañeza ante la maldad; y de esa extrañeza habló luego Federico, en una alocución que ponía los pelos de punta porque era una denuncia casi susurrada sobre la maldad humana.
La fiesta del premio Clarín congrega a numeroso público, muchos periodistas, escritores, artistas, gente notable de la vida porteña y argentina. Y tiene un lado periodístico indudable; en ese incidió el director de Clarin, Ricardo Kirschbaum, para reclamar de la política su ambición de sosiego y de arbitraje, para conseguir una sociedad en la que el diálogo fuera no sólo una aspiración sino una exigencia, y donde la venganza sobre aquel que no comparte tus criterios no sea ni siquiera una sombra ni una sospecha de sombra. En ese marco de homenaje al periodismo tal como sentimos que se debe ejercer vino un homenaje para muchos de nosotros entrañable, el que recibió a toda su trayectoria Tomás Eloy Martínez, el autor de Santa Evita y La novela de Perón, y el afortunado autor también de un libro memorable que yo les aconsejo sin reservas, Lugar común la muerte, un conjunto de retratos que nos enseñan a mirar a la gente --artistas, escritores, periodistas, gente con la que él se ha ido encontrando-- con los ojos de uno de los mejores periodistas contemporáneos. Por todo su trabajo de años recibió Tomás Eloy el galardón; no pudo asistir, por razones de salud, de modo que no pudo oír uno de los parlamentos más emotivos que he oído sobre un premiado en los días de mi vida de asistente a actos. El que habló no llegó a llorar, y pudo hacerlo. Lo hubiéramos entendido todos. Era otro periodista, editor de Ñ, la revista cultural de Clarín, Ezequiel Martínez. Uno de los hijos de Tomás Eloy, y su devoto discípulo.
El poeta mexicano José Emilio Pacheco recibe recibe el 11 de noviembre en Madrid el premio Reina Sofía de Poesía. A mi me parece que la poesía es la mayor de las bellas artes; concentra la música, el espacio, la dimensión del alma, inasible pero cierta, próxima, tangible, la palabra, una construcción aérea y un contundente en sí misma, el cuerpo, la mano, la escultura de los sueños, la vida entera, su misterio; en el caso de Pacheco, ese valor noble, entrañado, de la poesía se junta con una personalidad especialidad, casi aérea, noble como sus propios versos, y como su risa y como su silencio. Traigo a Buenos Aires conmigo su último libro, que acaba de publicar Visor en España, un conjunto de poemas en prosa que se titula La edad de las tinieblas, y quisiera compartir con ustedes, desde esta noche que cae melancólica sobre la ciudad llovida, esta hermosa evocacíón de los que se fueron. Él la titula Despoblación, y a mi me conmueve mucho.
Herida de hallar entre papeles destruibles una agenda remota: archivo muerto de los muertos, necrópolis de las ausencias y los afectos perdidos. La deshabitan personas de otras épocas y otros lugares. Unas cuantas siguen aquí a la distancia de algunas calles, un número telefónico o una dirección de Internet --pero en sitios que no volveré a ver, recintos adonde no hay retorno posible.
Entre tanta destrucción queda una parte edificante. En el zafarrancho general de la vida, en la guerra perpetua y la separación interminable, sobreviven, y nada puede ya borrarlos, el segundo de amor, el minuto de acuerdo, el instante de amistad. Basta para vivir agradecidos con esos nombres que no volveremos nunca a pronunciar.
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