Mi primer trabajo fue en una pirotecnia; luego trabajé de oficinista, en una concesionaria de automóviles, y finalmente fui corresponsal de un periódico deportivo, el Aire Libre, de Tenerife. En realidad, hice las tres cosas casi simultáneamente, pero la más importante, para mi vida, fue la tercera. Cuando empecé a escribir, a pesar de que era un chiquillo, la Federación Tinerfeña de Fútbol pensó que quizá podría simultanear, también, mi oficio de cronista de fútbol con el de seleccionador del fútbol infantil de la zona norte de la isla. Y eso hice, seleccionar a los chicos que más destacaban entre los que jugaban en las categorías infantiles de los equipos insulares del Norte. Ahora, casi cincuenta años después de aquello, mi amigo Alfredo Relaño, director del As, donde colaboro escribiendo acerca del Barça, que es mi equipo, me ha hecho revivir aquella experiencia tan extraña y tan inolvidable, invitándome a acudir a la final del campeonato internacional de fútbol infantil que cada año celebra en Canarias la Fundación El Larguero de José Ramón de la Morena. Este año se ha celebrado en Arona, cerca de mi casa, y allí fui ayer tarde, dispuesto, después de tantos años, a escuchar el sonido del cuero lanzado por unos muchachos que aspiran a ser el Iniesta o el Fernando Torres (ambos fueron descubiertos en esta competición) del futuro inmediato. Relaño me sentó en las sillas de los entrenadores, y allí estuvimos viendo el partido entre el Borussia y el Sevilla, que jugaron la final en el estadio del Marino. Fue un partido muy bien jugado por el Borussia, aunque el Sevilla sacó en un momento determinado su garra y pudo marcar dos goles que le dieron esperanza de remontar el 3-0 que ya iba en su contra. Pero el Borussia se impuso finalmente y ganó por un 5-2 que a mi me pareció merecido. Fue muy emocionante volver a un estadio, sentarme ahí a ras de hierba, escuchar tan de cerca los sonidos y los olores que desprende el césped, sentir la inclemencia que se vive en todo estadio (fui sin abrigo, y un compañero me dejó un suéter, gracias al cual sobreviví). Luego estuve saludando a algunos de los amigos que acudieron al estadio, y me sorprendió ver a José Antonio Alonso, el portavoz socialista en el Parlamento. Es un gran aficionado (al Real Madrid y al fútbol de base) y tiene un hijo de siete años que, dice él, juega ya muy bien. Se quejó de que ahora el fútbol infantil sea más físico, más violento, que hace unos años, y yo rememoré el partido y le di la razón. Los chicos tienen ya una envergadura superior, chocan como los adultos, son más pícaros porque ya ven fútbol a todas horas, y lo que los mayores hacen (hasta besarse el anillo, como Raúl) lo hacen ellos, lo imitan a la perfección... Luego me fui del estadio como uno se va de los estadios, hacia la soledad de la calle, a buscar un taxi, y en mi caso también a confundirme con el aire de otra rememoración, pues ahí, en Los Cristianos, cerca de donde se celebraba el partido, fue la primera vez que viví unas vacaciones de playa, gracias a la invitación de un amigo, Juan Antonio Pérez Méndez, que me invitaba a libros y que en este caso me invitó, también, a arenas... El aire es el mismo, el tiempo ya es otro, pero Los Cristianos sigue teniendo, lo he comprobado el otro día, la suave, finísima, arena de una playa en la que fui feliz.