40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

"Bea, ¿qué hay de cenar?"

Por: | 30 de enero de 2010

Una de las esencias del sistema que ha impuesto con sabiduría y paciencia el Hay Festival como fórmula para sacar la conversación literaria del aire de misa que la amenaza es hacer que los escritores hablen de lo que les preocupa sin las reservas a la que les lleva el hartazgo de la promoción. En el Hay no se presentan libros, se discute sobre ellos, se conversa a veces exhaustivamente sobre las ideas y sobre la cocina que preceden a la escritura. Uno de los episodios más interesantes de este Hay al que asisto en Cartagena de Indias se produjo, a mi parecer, anoche, en el teatro Heredia, sede principal del festival, durante el encuentro Habla memoria, protagonizado por Zoé Valdés, Manuel Vicent y Almudena Grandes, conducidos por el joven periodista colombiano Juan David Correa. El periodista les preguntó a los escritores sencillamente, sin querer saber más que ellos, a partir de propuestas simples: cómo empezaron a escribir, qué materiales han usado para sus libros, qué papel juegan en ellos las emociones propias, la propia memoria, etcétera. Escuché toda la conversación realmente subyugado, también, por la sencillez honda de las respuestas, por la sincera catalogación de los humores personales de cada uno de ello. A veces la sinceridad se imposta, y eso se ve, y aquí se veía que alguna tecla tocó Correa que hizo que aquello discurriera como una sinfonía tranquila de emociones que se fueron concatenando hasta dar de sí un extraño trío de escritores que confluyen en una idea central: escribir es consecuencia del miedo y de la memoria, la memoria es el principal material, e incluso la memoria de lo no vivido, de aquello que hemos fantaseado y soñado; y la patria de todas esas emociones termina siendo la infancia, ese territorio en el que habitan (diría Vicent) las serpientes que dieron origen a alguna parte aún presente de nuestro complicado cerebro. Luego vienen la experiencia, la esperanza y las frustraciones, pero es el cerebro de la infancia el que va empujando la escritura y por tanto la ansiedad del sueño. Vicent explicó que es tan importante la frustración como motor, como energía, de la escritura, que si no existiera ese lugar de fracaso en la experiencia de los escritores no hubiera habido algunas obras maestras. Y citó una, la Divina Comedia de Dante, debida al enamoramiento sin futuro que el poeta sintió por su amada Beatrice. Si ese amor no hubiera sido el fracaso que fue, el fenómeno de contemplación sin esperanza en que se convirtió, probablemente nos hubiéramos perdido la obra de Dante. Porque, dijo Vicent, ¿se imaginan ustedes que se hubieran casado? ¿Quién escribe versos si al llegar a casa le dice a su amada: "Bea, ¿qué hay para cenar?" La gente prorrumpió en una carcajada; pero la carcajada que se merecía la ocurrencia fue tan solo un elemento de humor en medio de una atmósfera que los escritores y el periodista armaron como si estuvieran tocando al piano una composición que no se sabían de memoria y que les fue saliendo como quien improvisa buen jazz. Un momento especialmente hermoso del festival, doy fe.

Fernando Trueba el Desobediente

Por: | 29 de enero de 2010

Fernando Trueba arrancó los primeros aplausos del Hay en Cartagena. Javier Rodríguez Marcos, mi compañero de EL PAÍS, que cubre aquí el festival, ha contado en su excelente crónica, como todas las suyas, esa intervención del director español de Belle Epoque. A mi me gustaría subrayar un elemento de esa intervención que no se vio, ni tenía por qué verse, pero que me parece significativo acerca del estado actual de nuestra cultura. Anoche me comentaba el director de El Tiempo de Bogotá, Roberto Pombo, que fue quien dialogó con Fernando en esa sesión inaugural del Hay, que resulta extraordinario que ninguna de las cintas de Trueba, excepto la última, El baile de la Victoria, que se estrena hoy, esté en el mercado colombiano, tan ávido de cine y de literatura. Que suceda eso con uno de los grandes cineastas de la lengua española, cuya obra merece atención, controversia y aplauso, simboliza un fracaso de la política cultural del español; esta semana Babelia dedica unas páginas a la realidad de la literatura en español que, por supuesto, no hacen sólo los escritores españoles. En el ámbito general de la cultura eso es así también, pero no parece ser un objetivo de las autoridades culturales, ni siquiera de la llamada industria cultural de uno y otro lado, de América y de España, donde se crea en español, convertir esos contenidos que se hacen en la misma lengua objeto de difusión y por tanto de interés cultural y comercial en cada uno de los países en los que se habla este idioma. A pesar de ello, a pesar de que el cine de Trueba es prácticamente un desconocido en Colombia, aquello ayer estaba a rebosar; Trueba animó a desobedecer (él dice que la obediencia fue el signo de una sumisión a la que se ha opuesto por sistema, hay que desobedecerlo todo) y a conocer la figura de uno de los hombres que más admiró y quiso en su vida, Rafael Azcona, el más destacado personaje del cine que ha conocido. Fue una sesión interesantek, a veces hilarante y a veces conmovedora; de esos encuentros en los que uno está como si estuviera viendo una película... de Trueba, por ejemplo. Al final de la sesión, Pombo hizo aparecer en pantalla escenas de Calle 54: los encuentros de Bebo Valdés y Cachao y de Bebo Valdés con su hijo Chucho merecen pasar no sólo a la historia de la música en el cine sino a la propia historia de la amistad o la fraternidad. Gracias a Fernando Trueba, el gran Desobediente.   

El aire de Cartagena de Indias

Por: | 28 de enero de 2010

Nada más abrirse la puerta del avión entró el aire de Cartagena de Indias, la heroica. Es un aire que se distingue en seguida, el vapor húmedo y caliente del Caribe; los gestos de la gente ya son los gestos caribeños, que tanto se parecen también a los gestos de los canarios, de cuyo mar vengo. Nada más entrar en la furgoneta que nos llevó a la ciudad, las olas chiquitas de un mar inquieto festonea el camino hasta la espléndida muralla que guardó siempre Cartagena de la agresión exterior. Ahora la agresión no es exterior, o sí; la ciudad sigue confiada, y no sé si heroica, pero vive en medio de un mundo en el que la violencia es ya una categoría pegajosa, como el aire que la distingue. En los alrededores, la evidencia de la pobreza la identifican con los azotes del mundo contemporáneo, mientras que la belleza histórica que contiene la convierte en un símbolo de lo que el pasado dejó como herencia a pesar de las guerras y de los siglos. Aquí se celebra estos días el Festival Hay de Literatura, que patrocina Mapfre, como hace en Segovia y en Granada. Es una gran idea de divulgación de la opinión y la creatividad literarias. A ello he venido, y ya iré contando lo que oiga y lo que vea. Nada más llegar me encontré en la calle con Michael Ondaatje, el autor canadiense de El paciente inglés, y con Manuel Gutiérrez Aragón y Manuel Vicent, escritores españoles. Procuraré contar aquí lo que les oiga decir. 

Ullán

Por: | 27 de enero de 2010

José-Miguel Ullán ha sido de los escritores más hondos e inteligentes que he conocido. Murió este año que ha pasado, demasiado pronto; su desaparición, aunque temida, dejó en sus amigos el desconsuelo verdadero del vacío. Algunos de ellos, poetas en su mayoría, se juntan desde anoche en el Círculo de Bellas de Artes de Madrid para conmemorar su poesía. Anoche estuve en la inaguración de las jornadas, que coordina Miguel Casado. Dio una conferencia Julio Ortega. Y luego intervinieron, junto a Casado, Miguel Morey, Pedro Provencio, Olvido García Valdés y Antonio Ortega. La mayor parte de las intervenciones pusieron de manifiesto el carácter de rebelión perpetua que en contra y a favor de las palabras, contra los lugares comunes, contra la solemnidad y contra la pared gris de la vida literaria, tuvo la vida y la obra de Ullán. El homenaje del Círculo coincide con la aparición de un libro extraordinario, Esencia y hermosura, antología de María Zambrano preparada por él para el Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg.El relato prologal que hace ahí el poeta de Villarino de los Aires es un ejemplo máximo de la enorme sutileza con la que Ullán ejerció el periodismo y la literatura al mismo tiempo. Las armas de Ullán, en el ámbito periodístico, fueron siempre la ironía, la sutileza con la que abordó los asuntos, las almas y los rostros. En este caso, reconstruye como un orfebre el rostro y el alma de la filósofa y poeta cuya lengua fue siempre una lengua con derecho y con revés, y Ullán la expone al revés y al derecho. Recomiendo a aquellos que no conozcan aún la obra de Ullán que lean ese prólogo; es una manera de adentrarse en la inteligencia impar de este escritor inolvidable.

Félix Francisco Casanova

Por: | 24 de enero de 2010

Ahora Félix Francisco Casanova es una memoria repleta de la melancolía de quienes no nos creíamos aquel día de enero de 1976 que el poeta había muerto. En ese momento tenía veinte años y era el escritor más alegre, prolífico y hondo del panorama que teníamos alrededor; para nosotros, los de la misma calle, los que le frecuentábamos y nos reíamos con él, con sus ideas, con sus versos y con sus ocurrencias, de Félix Francisco estaba surgiendo una mínima parte, todavía, del enorme talento que atesoraba. Y, de pronto, esa tarde de enero, en una ciudad, Santa Cruz, poseída en ese momento por la neblina pegajosa de los inviernos, llegó la noticia de que había muerto. Elsa Fernández-Santos reconstruye hoy en EL PAÍS ese momento; lo hace hablando con Bernardo, el hermano menor de Félix, con su profesora, con Elsa López, la poeta palmera que tanto conoció a la familia del poeta, cuyo padre, Félix Casanova de Ayala, fue también un extraordinario poeta postista y surrealista. Esa reconstrucción me ha llevado al momento, a aquella melancolía que vuelve a ser la melancolía de hoy, como lector, como amigo que fui de Félix (del padre y del hijo) y como apasionado de la personalidad de aquel chiquillo y de su obra, que ahora vuelve a publicar Demipage. Ya está a punto de aparecer su novela, El don de Vorace, y saldrán pronto también, en la misma editorial, otra vez sus poemas, aparte de sus diarios aún inéditos. Aquella era una literatura soliviantada, escrita al borde de dos abismos: el de la la vida y el de la muerte, el de la vitalidad optimista del creador y el de la melancolía autodestructiva del que sabe que al fin y al cabo nada quedará del esfuerzo. En la calle, en los bares, en los paseos y en la plenitud de los días nosotros veíamos al Félix Francisco entusiasmado, al inventor de palabras y de aventuras; el otro, el ensimismado, el que se despide, está en sus versos y en su novela. La herencia de la que viene, la del surrealismo que alcanzó en las islas un punto de ignición inolvidable, está incrustada a fuego en su escritura; representaba, cuando la abordó, la continuidad salvaje de escritores como Agustín Espinosa o de pintores como Óscar Domínguez; se estaba haciendo sitio en el panorama de la literatura como un gigante que fuera a avasallar la tradición y la iba a hacer añicos, como si él mismo fuera un faro. Su muerte fue un fogonazo negro del que sólo se salvó lo que ya había hecho. Su desaparición nos privó, seguro, de un escritor cuyo carácter atlántico (y oceánico) hacía adivinar una estimulante vida para la literatura que ha nacido y nace de la casualidad de ser de un territorio como aquel en el que él habitó con tanta alegría hasta que ya no, hasta que ya no.

Su alumno agradecido

Por: | 22 de enero de 2010

La magnífica revista Litoral, que fundó Manuel Altolaguirre, continuó el benémerito agitador José María Amado y dirige ahora el artista Lorenzo Saval , acaba de sacar a la calle un número bellísimo de cartas de personalidades célebres de todas las épocas, desde Newton a Kerouac pasando por todos aquellos personajes que han utilizado la correspondencia para mitigar la soledad o para provocarla, y que han hecho de esta forma de comunicación una hermosa obra de arte. El número se llama Cartas y Caligrafías, así que contiene bellísimos recuerdos de la caligrafía y el dibujo de numerosos artistas que hicieron de su modo físico de escribir un autorretrato de sus ansiedades o de sus melancolías. La letra es el espejo del alma, el punto de vista de la mano que escribe. De todas esas cartas quiero rescatar hoy una tan sólo, la que Albert Camus le envió a su maestro en Argel, Germain ("Querido señor Germain"), después de haber recibido la noticia de que le había sido concedido el premio Nobel de Literatura de 1957. La carta está fechada el 17 de noviembre de ese año. Y entre otras cosas, el autor de El extranjero le dice a quien le enseñó lo primero que supo: "Pero [esta noticia] ofrece al menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mi, y de corroborarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continuarán siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido". La carta es bien conocida; aquí se ha comentado también. La traigo ahora porque me parece que, en un mundo en el que la ingratitud parece ser una forma de ser, sobre todo con respecto a los maestros, este recuerdo de Camus es también un homenaje a quienes nos enseñaron.

 

Bilbao-New York-Bilbao

Por: | 21 de enero de 2010

Jamás me habían dedicado con tanta arrogancia un libro, y resulta que es la dedicatoria más ajustada que he recibido nunca, o quizá exagero. Pero ahora mismo he vuelto a leer lo que Kirmen Uribe, el joven escritor vasco de Bilbao-New York-Bilbao, me puso en esa novela que ahora publicará Seix Barral y veo que tenía toda la razón en su énfasis. Él escribió: "Porque sé que vas a disfrutar mucho con la lectura de esta novela". Eso ha ocurrido. Es más, le diré a todo el que me quiera escuchar que esté atento a dos cosas: una, a la aparición del libro en las estanterías, que está próxima; y, dos, a no dejarse vencer por la pereza local de considerar el libro demasiado local. Pues, en efecto, como dijo Rosa Montero acerca de El Museo de la Inocencia de Orhan Pamuk, esta obra de Uribe está escrita sobre un grano de arena que se desplaza de Bilbao a Nueva York pero que siempre está depositado en Ondarroa, sobre cuyo pasado y presente familiares gira esta novela espléndida como una roca de hielo caliente rellena de autobiografía. Es un riesgo grande que un muchacho que aún no ha cumplido cuarenta años haga unas memorias; las hace como si llevara un cincel en la mano, rompiendo la piedra de la vida familiar hasta que surge la escultura verdadera de la gente con la que ha convivido. Está llena de historias esta novela: la historia propia, la historia conmovedora del padre, la historia difícil del abuelo nacionalista que también fue franquista, la historia desgarradora de su pueblo y de sus marineros, y la capacidad de escritura; Kirmen se ha situado en el mundo, ahí, en el centro de la plaza de Ondarroa, enfrente de los vientos del mar, y ha recibido un impacto que los lectores agradecemos como un abrazo. Si ahora me entretuviera en contar las historias que he subrayado probablemente tendría que copiar el libro. En efecto, al principio, cuando uno empieza a desbrozar ese mundo propio tiene la tentación de creer que es demasiado propio, y puede ahí estar a punto de dejar a un lado gran parte de las doscientas páginas de que consta el volumen. Como no caí en la tentación, sino que la vencí, ayer tarde me lo traje a Londres, y debo decir que cuando él habla de su propia salida hacia Nueva York, desde Frankfurt, yo estaba sobrevolando Bilbao, quizá Ondarroa, precisamente, y ya estaba atrapado por ese grano de arena que se parece al mundo y, por tanto, a la vida de cualquiera de nosotros, de aquí, o de allí, hasta Estambul, por poner dos sitios. O tres. Bilbao-Nueva York-Bilbao. Kirmen Uribe. Atentos.

De Fuerteventura a Bilbao

Por: | 20 de enero de 2010

Me habían invitado a la presentación de Pájara, el municipio más grande de España, un lugar idílico de Fuerteventura, donde las playas son obras de arte, en la Feria del Turismo que ahora se celebra en Madrid, pero tenía que ir a Bilbao, y tenía que ir con todo gusto, a un diálogo sobre periodismo y literatura. Y pensando ahora en aquella presentación, a la que no pude asistir, y en lo que sí hice, que fue estar en Bilbao, he hallado una conexión obvia entre ambos lugares, protagonizada, además, por un personaje que me estuvo mirando anoche todo el rato: don Miguel de Unamuno. Unamuno sufrió su exilio interior en Fuerteventura, durante la dictadura de Primo de Rivera. Allí descubrió el otro lado del Atlántico, enseñó a los majoreros a comer percebes (que se obtienen también en aquellas costas arriscadas), adiestró a los locales en el placer del nudismo, y entabló amistades e hizo versos y diarios, y mantuvo siempre abierta su curiosidad insaciable. Y en la biblioteca de Bidebarrieta, donde tuvimos este diálogo con los escritores bilbainos Pedro Ugarte y David Barbero, allí estaba la efigie juvenil del ilustre vizcaíno, sentado en las gradas de la biblioteca, con su barba negra y su rostro de águila de hocico puntiagudo, vigilante. Ya no me acordaba de que allí estaba Unamuno, hasta que en uno de las lances del diálogo subí la vista y lo vislumbré y sentí un escalofrío, porque era una presencia casi real, tangible, la de un tipo que se hubiera equivocado de asiento y estuviera allá arriba, oyéndonos hablar, indiferente o interesado; en todo caso, despistado, un filósofo ensimismado en sus cosas. Lo cierto es que hablamos de periodismo y literatura, discutimos unas veces, otras veces nos pusimos de acuerdo; David nos preguntó si creíamos, como Hemingway, que un escritor se debe alejar del periodismo si quiere cultivar la literatura. Relacionamos un género con el otro y terminamos hablando también de los conceptos que hoy acompañan la discusión sobre las virtudes y los defectos del oficio, incluyendo lo que se suele llamar libertad de expresión, que daría (convinimos allí) para muchos libros y muchas horas de discusión, que terminaría siendo como la discusión sobre el sexo de los ángeles. Cuando terminamos (no la discusión, esa es inacabable), se nos acercó el alcalde de Bilbao, Iñaki Azcuna, que nos había escuchado, y estuvimos hablando de ese rostro de Unamuno que nos miraba todo el rato. Él nos anunció que la ciudad va a tener un busto mejor del autor de Por tierras de Portugal y de España, que se inaugurará muy pronto. Cuando me fui volví la vista hacia atrás: ahí estaba ese perfil aguileño, amenazante, situado en la última fila del hermoso recinto, y sentí ese escalofrío que siempre me producen las estatuas. Vino a escucharnos un joven escritor, Kirmen Uribe, el autor de Bilbao-New York-Bilbao (su novela premiada conn el Nacional de Narrativa, que ahora publicará en castellano Seix Barral) y con él y con otros amigos nos fuimos a tomar vino, cerveza agua y pinchos a un bar que  hay cerca de donde Unamuno permenece mirando. Por la mañana me acordé de ese rostro y de las playas de Fuerteventura, no necesariamente por ese orden.   

Periodistas en Haití

Por: | 19 de enero de 2010

La vieja (ya vieja, y sólo tiene veinte años) frase de Eugenio Scalfari sobre la esencia del oficio de periodista ("Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente") alcanza su punto culminante, su justificación mayor, en el trabajo que hacen los periodistas ahora en Haití. Mis compañeros Iban Campo, Antonio Jiménez Barca, Gorka Lejárceji, Cristóbal Manuel, Francisco Peregil y Pablo Ordaz cumplen ese dictado con pasión periodística y con profundidad humana; nada de lo que ocurre allí resulta lejano, han tomado la realidad como un asunto que se cuenta con los testimonios y no con las impresiones; no hacen periodismo de oídas, acuden a lo más alto y a lo más bajo de aquella sociedad destruida y ofrecen, para exaltación y vergüenza de este tiempo y de esta vida, lo que resulta heroico y lo que parece detestable, para execrable memoria de nuestro tiempo, como diría mi ya desaparecido amigo el poeta Alfonso O´Shanahan. Los grandes dramas siempre han ofrecido la oportunidad de poner de manifiesto qué periodismo se hace en el tiempo de estos sucesos, y estos compañeros nuestros están ofreciendo notables noticias de la vitalidad de un oficio cuyo porvenir se dirime siempre más a la luz de las novedades tecnológicas que de la persistencia de las bases éticas que han convertido esta profesión en la expresión honesta de los testigos. Hacer periodismo, se dice, está al alcance de cualquiera; la experiencia y la sensibilidad destruyen ese lugar común. Me siento muy orgulloso de ser periodista leyendo cada día a estos compañeros. Sin duda, otros, en otros medios de todas las características, están siguiendo este asunto tan grave de Haití con la misma honestidad, con igual tensión informativa y humana. En esos compañeros quiero rendir homenaje a todos los que hacen posible que la gente sepa lo que ocurre para que la compasión se convierta en una llamada urgente a la solidaridad y a la ayuda para que este desastre ya no cause más estragos.

Las palabras

Por: | 18 de enero de 2010

En realidad, al fin todo es una palabra, todo se resuelve en palabras, y sólo las lágrimas o la risa son, o pretenden ser, más que palabras. Ante la tragedia hay llanto, o silencio, sollozo, murmullo de voces que no se atreven a decir en alto las convenciones de consuelo que se nos ocurren. El dolor es algo concreto y terrible, agrede a los hombres que lo sufren, y quienes no están directamente tocados por él sólo tienen, o tenemos, palabras de consuelo, o silencio, el murmullo ingente de la solidaridad. Ante la tragedia de Haití, lo concreto, lo que queda en la retina y en la memoria y en el sentimiento son las confesiones de los que sufren y las notas de los que escuchan, los periodistas que ven allí mismo lo que está sucediendo; lo que transmite el drama es un sufrimiento supremo, que afecta por igual a los mayores y a los niños; se suceden historias emocionantes sobre nacimientos entre los escombros, rescates milagrosos en medio de la devastación que prosigue ofreciendo los datos terribles de la catástrofe. En el otro lado del mundo todo eso llega como acolchado por la distancia y por la evidencia de que tan sólo podemos solidarizarnos con dinero, medicamentos, comida, ropa u otras vituallas, pero qué hacer. La enorme impotencia del ser humano frente a la desgracia se pone aquí de manifiesto, cuando ni las palabras ni el consuelo sirven, son palabras. ¿O si sirven las palabras? Sirven para transmitir, para decir, para convocar; son palabras de solidaridad y de aliento; pero son palabras. El silencio es el resultado de la herida múltiple que azota a ese pueblo, pero el silencio no basta, así por ahí florece la utilidad también ingente, contundente, imprescindible de las palabras que son como el abrazo en la soledad que sigue al duelo y al drama.

El País

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