Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Los años de Ayala

Por: | 16 de marzo de 2010

Convirtió su edad en una leyenda: cómo era posible que, pasado el siglo, siguiera tan campante. Él se lo tomaba a broma. Decía que su longevidad lúcida provenía del hecho de que cada noche cenaba una manzana y dos whiskies; cuando fue preciso, señalaban sus amigos, se tomaba dos whiskies y una manzana. Tenía mala lecha, pero también mucho sentido del humor, y fue sociólogo, narrador, articulista, funcionario en las Cortes, exiliado, y todo eso lo hizo siempre con intensidad tranquila, resuelto a ser sin desmayo quien era, un granadino que no tuvo patria, que no quería tener una patria que hiciera mezquinos sus pasos por la tierra. Francisco Ayala. Hoy hubiera cumplido 104 años. Y hoy le van a rendir homenaje en la Biblioteca Nacional, en Madrid. Murió cuando acababa el año pasado; ya estaba cansado de resistir; en las últimas semanas de su vida quería la claridad del día y el silencio, hasta que lo tuvo, y descansó en paz. Su viuda, Carolyn Richmond, y sus numerosos amigos de todas las edades celebrarán esta tarde los años que vivió con nosotros, escribiendo, riendo y mirando la luz blanca de los días.

"Oteiza al atardecer"

Por: | 15 de marzo de 2010

Durante un tiempo, algunos años antes de su muerte, me encontré muchas veces con Jorge Oteiza, el extraordinario artista vasco. El 9 de octubre de 1990 le fui a entrevistar para  EL PAIS en su casa de Alzuza, Navarra, y allí él partía el pan, ponía el vino, gritaba canciones, susurraba poemas. A veces nos veíamos para comer crustáceos, como él decía, y a veces tan solo para reírnos tomando vino en las tabernas de Zarauz o San Sebastián. Era un hombre con un gran sentido del humor y del teatro, y con un miedo atroz de la muerte y por tanto del tiempo. Como los que de veras temen tanto el paso del tiempo como la llegada de la muerte, siempre decía que no tenía temor alguno ante ambos impostores, y vivía como si fuera a ser eterno, feliz y juvenil, siempre, a pesar de su apariencia de patriarca. En esa visita de octubre de 1990 le dejé escritas unas líneas que querían ser versos, en un cuaderno chiquito que él tenía en su amplia cocina de la casa de Alzuza. Él guardó esas notas, por lo que ahora sé, y un amigo me las entregó el otro día en Sevilla. Me emocionó mucho recuperarlas, junto con una nota escrita a máquina con la que él conservó esos supuestos versos. Escribía en minúsculas, siempre, y esto escribió para explicar los versos que seguían en las humildes hojas de aquel cuaderno en el que él apuntaba las compras que había que hacer a diario:

"al despedirse me había dejado en mi libreta de notas sobre la mesa esta impresión poética suya tríptica delicada que creo justamente me resumía

creo"


Y esto escribí yo:

"Oteiza

al

atardecer

dice

antes

cuando anochece

dice

despúés

Oteiza

dice ahora

cuando

no hay

tiempo".

El tiempo es el gran asunto de la vida. El tiempo y la muerte. Ayer reproducía Josep Massot en La Vanguardia las declaraciones de Juan Marsé sobre los últimos años de la juventud de su amigo Jaime Gil de Biedma. Estaba aterrado ante el paso del tiempo. Y era aún un chiquillo. En aquella vitalidad de Oteiza vi siempre el horror ante la amenaza cierta del tiempo. Que es lo que nos amenaza.

Yendo a Bilbao, en memoria de Oteiza, con la gratitud al amigo que me restituyó los (supuestos) versos escritos en la libreta donde el escultor recordaba que había vida y nevera todos los días.

La bobada del Nobel

Por: | 14 de marzo de 2010

Miguel Delibes era verdaderamente un hombre sencillo; ni su actitud ni sus reacciones eran las de un hombre que hubiera impostado la humildad. Esa era su manera de ser, que era también (y es) el modo de ser de su espléndida, larguísima familia. Y le daban igual los honores y los parabienes que no nacieran de la naturaleza misma de su propia estima del trabajo que hacía. Como cuenta hoy en EL PAÍS Javier Rodríguez Marcos, no quería una fundación que prolongara la gestión de su obra, que según él ya estaba completa, liquidada, en manos de los lectores; ni quería (esto lo hizo evidente) que metieran papeles u otros objetos suyos en esa cajita inmortal que ha preparado el Instituto Cervantes para algunos notables escritores españoles o hispanoamericanos. A él todo eso le parecían bobadas; y así lo decía, "bobadas". Ahora que ha muerto muchos (políticos, periodistas, intelectuales) han vuelto con la bobada del Nobel: que Delibes no tuvo el Nobel. ¿Y qué?, hubiera dicho el escritor castellano, dotado como pocos para ejercer el sentido común. El premio Nobel es un reconocimiento y también una casualidad, y no es el censor absoluto de la calidad literaria. Delibes tuvo el premio de sus lectores, que sigue teniendo. Mantener ese tópico de que no recibir el Nobel es una injusticia es demasiada justicia para el Nobel. Hay escritores que han tenido el Nobel y son extraordinarios escritores; y algunos no. Y muchos que no lo han tenido son extraordinarios escritores también. Ese paletismo español de reclamar el Nobel para los que nos acaban de dejar es ya una manía para la que el autor de Las ratas tenía un buen adjetivo: bobadas.

"El verdadero dueño de la lengua"

Por: | 12 de marzo de 2010

La última vez que Miguel Delibes habló en público fue en la Academia de la Lengua, a la que perteneció y que no piso durante décadas porque Madrid era un ruido que le horrorizaba. Habló en diferido, en un vídeo que fue grabado para celebrar la salida de la nueva Gramática de la Lengua Española. Entonces, el viejo escritor castellano, uno de los grandes del siglo XX, celebró la salida de aquel volumen y se congratuló de participar de una institución capaz de recoger el habla del pueblo. Dijo: "La lengua nace del pueblo; que vuelva a él, que se funda con él porque el pueblo es el verdadero dueño de la lengua".

Era el 10 de diciembre de 2009. Desde hacía meses, e incluso años, este Delibes que acaba de morir con 89 años (en octubre hubiera cumplido 90) estaba rabioso con la vida; la disfrutó como periodista, como cazador, como novelista, como espectador y como participante, y la sufrió como hombre enamorado que demasiado pronto perdió a su compañera, Ángeles, con la que compartió matrimonio e hijos y a la que despidió con las lágrimas privadas que alguna vez fueron, después, literatura.

Su libro Señora de rojo sobre fondo gris es una soberbia obra de arte en la que el Delibes más íntimo dejó memoria de su afecto herido por la enfermedad y la muerte. Un día, muchos años después de inaugurada esa soledad que mitigó el amor sin frontera de su amplia familia, Delibes me repitió sobre Ángeles, en diciembre de 2007, algo que años antes le había dicho su amigo Julián Marías: "Con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir". Como escribió el hijo de Marías, Javier, Ángeles era "una mujer sonriente, atractiva, pausada, con un aspecto juvenil". Ese retrato vivió siempre con Delibes; y él sobrellevó esa pérdida porque alrededor tuvo un apoyo familiar que su bondad contribuyó a convertir en una celebración continua del amor a la vida.

Pero a él le rondó siempre esa melancolía, ese sentimiento de pérdida que se lee en Señora de rojo sobre fondo gris. Él mismo, muchos años después, sufrió esa dentellada de la enfermedad, y siguió viviendo, pero descontando los días como si ya estuviera señalado para dejar todo esto. Era muy dramático escucharle, en los últimos tres años. En esa entrevista de diciembre de 2007 me dijo en su casa de Valladolid: "Ya nunca me verás mejor que ahora". Pero había superado un cáncer, y cuando todos creían que bastante tenía con habitar en este mundo, y ver crecer a los nietos, sacó del cajón uno de sus libros más grandes y más grandiosos, El hereje, que la gente saludó en España como la magistral contribución de Delibes a la enseñanza de lo que es de veras un novelista, tal como él lo concebía: un tipo serio que no se anda con florituras, que sabe adónde deben dirigirse las historias y conoce muy bien el lenguaje con el que ha de abordarlas.

Aquella frase grabada y dicha para que la oyeran los académicos ("el pueblo es el verdadero dueño de la lengua") no era una retórica populista de un hombre de Valladolid, cuna, según todas las estadísticas, del castellano más clásico o tradicional; Delibes escribió con el ejemplo; fue un periodista buenísimo, un maestro de gente como Manuel Leguineche o Francisco Umbral; dirigió El Norte de Castilla en pleno franquismo y lo hizo un diario liberal, opuesto a los lugares comunes más groseros de la dictadura. Siendo periodista, en El Norte de Castilla, recibió la noche de Reyes de 1948 la noticia de que era premio Nadal, por La sombra del ciprés es alargada. La fama que le proporcionó aquel galardón no le arrancó del periódico; tampoco le arrancó del Norte (ni de Valladolid) José Ortega Spottorno, presidente de EL PAÍS cuando este diario iba a nacer y el hijo de Ortega y Gasset le propuso que se incoporara como director a esta aventura. Él no iría a Madrid ni atado, y fue a la Academia, cuando lo eligieron, porque había que tomar posesión...

Valladolid, Castilla, Sedano, la familia... No era una opción castiza, ni nacionalista; Delibes no era un tipo encerrado con el único juguete de la lengua o de la caza, o de la literatura; fue periodista siempre, un buen lector de periódicos que quería saber qué sucedía en el mundo. Viajó muchísimo, y no sólo a través de los campos castellanos, que le dieron inspiración tan suculenta, sino que hizo transcurrir su vida por escenarios que le consagraron como un observador atento del acontecimiento internacional. Uno de esos viajes fue a la Primavera de Praga, cuya contemplación consolidó sus ideas sobre el valor de la democracia liberal.

Su inspiración fue el campo, la lengua del pueblo, lo que escuchaba con la misma paciencia con que liaba tabaco. Pero sus novelas no son hijas o herederas de las costumbres, exclusivamente; en él hay una sencillez barojiana, pero su observación va más hondo: conduce la historia para que se vea el alma, el paisaje es el pretexto. Detrás de Los santos inocentes hay, es cierto, campo, la soledad de los campos, la tristeza rotunda que se esconde en medio de la miseria, pero hay sobre todo metáfora de esa larga y honda soledad que padecen los hombres que no se acompañan por dentro.

Acaso la obra en la que Delibes sintetiza su capacidad para escuchar "la lengua del pueblo" mezclada con los ritmos extraños de la soledad de los hombres o las mujeres (o los niños) que retrató fue Las ratas, un fresco cuya lentitud arriscada esconde la voluntad de mostrar la pobreza como el único paisaje de la posguerra en las orillas míseras de los ríos de Castilla.

Decía su paisano Gustavo Martín Garzo, en este sentido, que la pobreza o la precariedad o el abandono caracterizan el universo de Delibes; el verdadero tema de su escritura, dice el novelista que hereda en cierto modo ese gusto de Delibes por el lenguaje como espejo de la naturaleza de la gente, "no es la desesperanza sino el desamparo, la orfandad radical de los hombres". Ese libro, Las ratas, es un monumento en ese sentido.

No era Delibes muy dado a degustar lo que ya hizo; de hecho, en sus entrevistas era más bien reacio hacia la propia contemplación de su obra; le gustaban las conversaciones lentas; la amistad y la familia eran sus gustos, y los buenos libros, el buen tabaco, el campo abierto, la caza, el recuerdo de sus excursiones en bicicleta en busca de Ángeles en los veranos de Sedano o de Molledo Portolín. Cuando ya nada de eso fue posible, y cuando notó que la presencia cruel de la enfermedad, de la debilidad y de la muerte, se cernía sobre la fragilidad de sus pulmones y de su cerebro y ya la vida no merecía ser vivida, agarró el lenguaje del pueblo, ese castellano purísimo que cultivó como nadie, y dijo: "Ya no me verás nunca mejor de como estoy ahora". En la misma conversación de hace tres años Delibes dijo, entrecerrando la puerta: "Se me acabó el tiempo".Duró más, pero desde entonces él repetía que le daba rabia seguir viviendo así.

Homenaje al periodista tranquilo

Por: | 12 de marzo de 2010

Tomás Eloy Martínez recibe hoy en Cartagena de Indias el homenaje póstumo de sus compañeros de la Fundación del Nuevo Periodismo que preside Gabriel García Márquez. En Cartagena de Indias estábamos algunos cuando se supo la noticia de la muerte de Tomás Eloy, a finales de enero. La evocación de su figura le hizo exclamar a su amigo el Nobel colombiano: "Era un cuate. El mejor de todos nosotros". Era un defensor del periodismo como relato o narración de la realidad; basaba sus convicciones como periodista en el rigor, en la exactitud del dato, en la consulta exhaustiva de las fuentes, en el desprecio del rumor como materia de trabajo, y creía que para ser periodista hay que saber contar. Era un lector muy dedicado, y muy delicado; su manera de narrar (también oralmente) era la de un hombre apasionado por el detalle, y también por los detalles humanos. La consulta de su obra, y especialmente la consulta de su libro Lugar común la muerte, nos acerca a uno de los ejemplos de los que debería partir cualquier persona que hoy quisiera ser un periodista cabal, alguien capaz de dejar a un lado sus convicciones políticas o ideológicas, e incluso sentimentales, cuando se enfrenta a un personaje o a una historia. Le gustaba escuchar: esa era la materia prima de su trabajo. Desde aquí me sumo a esta ocasión en que se recuerda a un compañero cuyo magisterio no se extinguirá para quienes estamos convencidos de que el periodismo es, como para él, el más bello oficio del mundo.

Templanza

Por: | 11 de marzo de 2010

Me gustó la palabra que usó anoche Jorge Valdano para situar en su sitio la dimensión de la derrota de su equipo, el Real Madrid, eliminado por el Olympique de Lyon tras un partido en el Bernabeu que tuvo los dos lados de la moneda del fútbol. En la primera parte el equipo blanco dominó como si viniera de la estratosfera a enseñar fútbol a unos principiantes; y en la segunda parte una misteriosa astenia hizo que el mismo equipo estraósférico (o galáctico) se desfondara en los medios y dejara que los franceses pasearan a placer al borde del peligro. Valdano, director general del club, pidió templanza. Y esa es una palabra muy especial, que reclama cordura y a la vez distancia ante lo que a veces parece que va a ser la gloria pero que siempre puede ser también la frontera de una catástrofe. El fútbol es un juego al que le convienen palabras como esta que usó el excelente gestor deportivo del Madrid. Hay un poema, If, de Rudyard Kipling, que evoca ante los dos impostores, la victoria y la derrota, la misma actitud que ésta que ha reclamado Valdano para estos tiempos de incertidumbre que se abren bajo el suelo del madridismo. Siempre que veo estas catacumbas del fútbol reclamando justicia porque se ha perdido un encuentro (en este caso, una eliminatoria) recuerdo al propio Valdano al borde del infierno en Tenerife porque el equipo representativo, al que él entrenaba, llevaba algunos partidos sin ganar. Luego lo entronizaron porque el equipo empezó a ganar y terminó siendo uno de los punteros de primera división. Lo mismo sucedió con Guardiola: lo pusieron, como jugador, en lo más alto en el Barça hasta que a la directiva le convino despreciarlo y aburrirlo, y terminó dejando el club y yendo al extranjero. Me dijo un día, en una entrevista: "Estos que me ensalzan me echarán un día". Lo hicieron. La victoria es tan impostora como la derrota. La virtud de esa palabra de Valdano es que sirve para el fútbol y sirve para todo, porque es una venda de realidad que debe aplicarse todo el mundo cuando siente que es más que otro o que ya lo ganó todo, o lo perdió todo. Humildad y templanza, esa es una buena combinación para afrontar la vida, que es a la vez derrota y victoria.

Benedetti en la nieve de Barcelona

Por: | 09 de marzo de 2010

Lo que hacía era muchísimo frío al llegar a Barcelona; pero hacia uno de esos días claros y mediterráneos. Hasta que un ventarrón de nieve empezó a convertir las calles en el espejo de un resplandor, llovió a mares y los copos empezaron a caer hasta hacer que el cielo se volviera gris y blanco sucesivamente. Atronó como si cielo estuviera solo y nos convertimos todos en parte de una tormenta que aisló la ciudad del mundo y a la propia gente de sí misma; empezamos a ser la conversación de la nieve, y comenzaron a aflorar las estadísticas, que se resumen en esta frase que siempre nace de una esquina lapidaria: nunca antes nevó así. De todos modos, la Casa de América mantuvo el homnenaje a Mario Benedetti, con Daniel Viglietti y Joan Manuel Serrat, y con este servidor de moderador del evento. Creíamos que no iba a ir nadie, aislado todo el mundo en sus casas por la nieve, paralizada la ciudad como si hubiera sobrevenido un desastre del que no iba a despertarse. Se mantuvo el homenaje, y vino mucha gente al auditorio de la Pompeu Fabra. Quien no vino fue Serrat. Viglietti es de Montevideo, pero estaba en Barcelona, al lado del local de Balmes donde tenía que intervenir. Y yo había venido de Madrid muy temprano en la mañana.  Pero Serrat, que estaba en la parte alta de Barcelona, sólo pudo intervenir por skype, porque su coche no podía salir de la zona donde habita. Viglietti desgranó, en el calor de la sala, anécdotas sobre el carácter de Mario, a veces cascarrabias, siempre tierno, recitó los últimos poemas que dejó, nos habló de los trabajos de la fundación que ahora prolonga su obra desde Montevideo, y al final cantó dos canciones, una de Mario y otra suya, parte del concierto (y del disco) A dos voces que fue el resultadio fecundo de su encuentro, muchos años atrás, en Cuba, cuando ambos estaban en el exilio. Luego nos fuimos a cenar; Viglietti tomó vino catalán, y brindó por los presentes y por los ausentes. Sorteando la nieve regresamos a los pocos metros de nuestro hotel, encerrados, como los personajes de Buñuel, en los cien metros cuadrados que nos dejó la nieve este día luminoso, oscuro y raro de Barcelona. Al llegar al hotel unos chicos griegos estaban armando trremendo alboroto, y yo me dirigí a ellos en inglés. Viglietti me dijo: "¿Y por qué te salió el inglés?" Y le dije: "Porque se me olvidó el griego". A todos se nos olvida el griego. En esto llegó la policía, convocada por el hotel, y los chicos dejaron de asustar a los durmientes.

A favor de Guillermo Toledo

Por: | 08 de marzo de 2010

No me gustaron las declaraciones de Guillermo Toledo sobre la muerte del preso cubano Zapata. Luego vi que esas declaraciones habían sido publicadas a la mitad en muchos medios, algunos de los cuales, desde entonces, han usado esa parte de lo que dijo Toledo a favor de una caricatura que ya me parece inaceptable. Estoy con aquellos que han deplorado, según su leal saber y entender, que Guillermo haya calificado de delincuente al preso, pero estoy con el actor en lo que dijo primero: que es deplorable que el Gobierno cubano haya dejado morir al detenido. Dicho esto, que puede ser tan opinable o tan criticable como lo que dijo el actor de La lengua de las mariposas, me parece realmente indigno que ahora se persiga al actor por todo lo que hace, con un tono de burla y de sarcasmo que no se merece su trayectoria, de preocupación sincera por el trabajo comprometido a favor de las causas que él cree, honestamente, que merecen su atención. La falta de respeto al que se le somete desde algunos medios ya rebasa lo que es la crítica razonada, e incluso indignada, por lo que dijo, aunque en tantos sitios hayan reducido a la mitad lo que dijo. Conozco bien los orígenes de Toledo, sé bien que su preocupación por los demás es reflejo y continuación del ejemplo de sus padres, y no quiero pasar más tiempo sin explicar aquí cómo ha ido aumentando mi indignación ante la burla de que está siendo objeto porque en una parte de su parlamento a muchos (incluido yo mismo) nos parezca que haya dicho algo que choca con lo que uno mismo piensa. Respetar la opinión de otros es un principio; burlarse de los otros porque no nos gusten sus opiniones o sus ideas es, para mi, tan inaceptable como una declaración que nos resulte desafortunada.

Benet, Chamorro

Por: | 08 de marzo de 2010

La poeta Blanca Andreu, esposa de Juan Benet, me hace hoy el honor y el favor de entrar en el blog para desmentir un absurdo que ella ha descubierto, y que yo no había visto, sobre las supuestas relaciones homosexuales entre Benet y su amigo Eduardo Chamorro. Entró esa disquisición, a la que sólo se puede atribuir intención alevosa, porque parte de la falsedad y de la mentira, y yo no la vi, porque, como ella dice, no miro siempre los comentarios, sobre todo cuando el blog es antiguo. Ahí queda su desmentido y su risa, que hubiera sido también la risa de aquellos dos queridos amigos.

El aroma de los tigres

Por: | 07 de marzo de 2010

Se publica esta semana Cuerpos divinos, la obra póstuma de Guillermo Cabrera Infante. La edita Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg y rescata para la literatura un texto que va a ser fundamental para entender la atmósfera de Tres tristes tigres, la obra maestra del gran escritor que, para escribir de cine, y lo hizo magistralmente, se hacía llamar G. Caín. La nueva obra, que ha sido salvada por su viuda, Miriam Gómez, y por el editor Toni Munné, posee muchas de las claves que están, en germen, en esa novela inolvidable y en otro de los grandes libros de Guillermo, La Habana para un infante difunto. La Habana... fue escrita por Guillermo en su casa de Londres. Su viuda me contó hace poco que lo hizo consultando con una pasión que no le dejaba ni dormir ni hablar el mapa de la ciudad de su juventud y de su adolescencia. Desplegó allí, sobre una mesa grande, el inmenso mapa, y fue recorriendo calle a calle los escenarios de sus descubrimientos y de sus aventuras. Esa precisión que tiene La Habana para un infante difunto renace aquí, en un ámbito novelesco y autobiográfico que alcanza páginas igualmente magistrales en las escenas en las que el reportero que fue se encuentra con personajes como Ernest Hemingway. Los que amamos Tres tristes tigres, un libro que marcó mi vida de lector, tenemos en Cuerpos divinos la oportunidad de regresar a una atmósfera en la que durante mucho tiempo vivimos como si nos hubiéramos trasladado a un país hecho de música, cuerpos y literatura. Aquí está ya Cuerpos divinos, la resurrección de aquel aire.

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