40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Un paseo por Guadalajara

Por: | 30 de agosto de 2010

Una amiga nos llevó anoche a pasear por Guadalajara; cada año que vengo, y vengo casi todos los años, a la Feria del Libro, la más importante entre las que se celebran en el ámbito de la cultura en español, me pierdo Guadalajara. El trayecto es entre el hotel y la feria, y en ese tránsito apenas ves (como decía mi amigo Cristino de Vera) caras, manos, bocas, gente que va y viene. Anoche nos llevó esta amiga, a un amigo colombiano y a mi, a comer perritos calientes en la calle, a caminar por las plazas abigarradas de gente, a presenciar danzón en la plaza grande Guadalajara, junto al Expiatorio, a ver edificios viejos y nuevos, a comprobar cómo hizo y deshizo aquí la Iglesia, a ver la escultura en la que un obispo local besa la mano de Juan Pablo II, escultura que ahora sirve para que se sienten los chicos después de sus intensas correrías. Luego nos llevó por las colonias viejas y por las nuevas colonias, y al final del recorrido la mirada se quedó con ese extraño regocijo que produce ver una ciudad o un pueblo por primera vez. Y llevo viniendo acá casi desde 1994. ¿Tardé en mirar? No, tardé en ver, pero ahora prometo fijarme mucho más; en sus museos, en su universidad, en sus espléndidas librerías, en el paraninfo en el que una vez escuché una inolvidable lección de Alma Guillermoprieto y ahora he escuchado un diálogo también inolvidable entre Fernando del Paso y Hugo Gutiérrez Vega, a propósito de la gran novela de aquel, Noticias del Imperio, que ya cumplió treinta años de estar ininterrumpidamente en las estanterías.

La serie de Izquierdo

Por: | 29 de agosto de 2010

Una de las conquistas de la libertad de expresión es una conquista indeseada, pero ampliamente aprovechada por los que la usan para arrojar lo que piensan a la cabeza de los demás. Me refiero a la maledicencia, a la calumnia, al ejercicio grosero de la imagen ajena (pública o privada) para tachar o denigrar, al juicio periodístico basado en la desinformación, a la utilización falaz de los medios para crear un clima en el que el insulto es un lugar común. Esas cosas no se suelen denunciar ya, o no tanto, porque la maledicencia incluye un chantaje: si la denuncias, resultarás aún más pisoteado. Porque pienso eso que muchos piensan y ya no dicen precisamente por ese temor al chantaje me ha gustado mucho, me ha parecido ejemplar, la serie que José María izquierdo ha llevado a cabo este mes de agosto en el suplemento Domingo de El País. Mucha gente siente repugnancia ante el uso cada vez más habitual de los medios para denigrar a los otros utilizando un vocabulario soez y burlón, pero esa misma gente suele decir (solemos decir) que no vale la pena ponerlos de manifiesto pues eso les daría mayor notoriedad. De ese modo queda inmune lo que se dice por esos micrófonos o en esas páginas desalmadas. Izquierdo ha tenido el acierto de hacer una antología de esas barbaridades; ha rebuscado en esa basura cotidiana, disfrazada a veces de contribuciones literarias, filosóficas o culturales, y ha ofrecido a los lectores del periódico una serie que debemos guardar, como decía mi amigo Alfonso O´Oshanahan, para execrable memoria de nuestro tiempo. Quizá Izquierdo pensaría, al comenzarla, como pensamos algunos, y me cuento entre ellos, que, en efecto, darles voz en este medio a los que ya tienen esa voz grosera en los suyos propios podía ser de una excesiva generosidad y no valía tanto la pena. Estábamos equivocados los que al principio tuvimos esa impresión: la serie pone de manifiesto una realidad verbal apabullante, exponerla es un servicio público de gran interés, y por tanto este ejercicio de periodismo del maestro Izquierdo es de una importancia social extraordinaria. Como en la edición digital están todos sus capítulos a la vista, la recomiendo. Es un retrato de lo falaz. Y un ejemplo de periodismo bien hecho. 

Chile en el corazón

Por: | 27 de agosto de 2010

En el corazón de Chile está sucediendo una tragedia que tiene sobrecogido a todo el mundo. La cuenta en El país, con esa profundidad a la que llegan los poetas, Francisco Peregil, extraordinario narrador del drama y de la vida, y aquí cronista de una historia que excede cualquier límite que la imaginación le imponga a la fantasía más perversa. Cuando ocurre una cosa como esta que pasa en la mina chilena se congelan los bolígrafos, el periodista tiene que sobreponerse a su propia impotencia y escuchar tan solo los verbos de la realidad; la desesperación no tiene adjetivos; a esta tragedia, como a tantas, le resulta adecuada aquella invocación de Pepe Hierro, el poeta: "Sin vuelo en el verso". Y eso es lo que hace Peregil, contar, sin vuelo en el verso, lo que oye y lo que ve en ese espacio desolado en el que ahora empieza y termina la respiración sobrecogida de Chile. Muchas veces Chile ha salido al paso solidario de este país, cuando este país agonizaba en otros tiempos y por otros motivos; Chile ahora vive una agonía tremenda, como una pesadilla que ahora tratan de aliviar con la respiración del cine o con la simulación de la nicotina. Como si estuviera todo ese país haciendo un ejercicio de respiración, para aprender a respirar al ritmo que deben estar haciéndolo aquellos 33 ciudadanos que cuentan los minutos como si fueran arenas terribles. Ojalá la esperanza no sea sólo una palabra ahora.

PM

Por: | 25 de agosto de 2010

PM, por la tarde, o por la noche, en todo caso después del mediodía, son iniciales que en Cuba originaron tremendo conflicto. Fue el título de una célebre película de Sabá Cabrera Infante, hermano de Guillermo, y de Orlando Jiménez Leal, filmada poco después de la Revolución. Era una película sencilla, una construcción realista, o neorrealista, de lo que sucedía en una noche habanera. Detrás de la película había, tan solo, el propósito de describir, que entonces era el fundamento del cine de la época. Pero a los burócratas del nuevo Estado aquello les pareció un ataque a la Revolución, y a partir de ahí se produjo una persecución de los autores, declaraciones altisonantes sobre la relación de los intelectuales cubanos con el poder político y, finalmente, depuraciones varias que condujeron, por ejemplo, al exilio de Guillermo Cabrera Infante, en el que murió, en 2005. Me ha venido a la cabeza ahora esa doble inicial porque estoy en Madrid, sentado ante mi ordenador, después de unas horas que he podido tener gracias a la confusión que he tenido siempre con los horarios de los aviones transoceánicos. Resulta que debo ir a México, y en la anotación que tenía decía que mi avión salía a las 02.40 del día 25 de agosto, es decir, la madrugada pasada; en otra nota se añadía AM a ese horario, y no confirmé si era AM o PM, así que anoche estaba dispuesto a acudir al vuelo de madrugada cuando una mano salvadora me indicó que donde decía AM debía decir PM, de modo que el avión salía a las 14.40. He tenido todo este rato, después de la confusión, que las dichosas letras me habían dado como un tiempo raro de vacación; en lugar de estar en el avión de madrugada, de AM, estaré en el avión de tarde, es decir, de PM; y esos vuelos siempre me han parecido por lo menos más placenteros. Y he aprovechado, además, para intentar una maleta zen, como las que se prepara Manuel Vicent o como las que lleva en sus viajes largos Fernando Trueba. Y he aprovechado sobre todo para recordar otra vez a Cabrera Infante (Sabá y Guillermo), tan importantes en mi diccionario de afectos cubanos. 

PM

Por: | 25 de agosto de 2010

PM, por la tarde, o por la noche, en todo caso después del mediodía, son iniciales que en Cuba originaron tremendo conflicto. Fue el título de una célebre película de Sabá Cabrera Infante, hermano de Guillermo, y de Orlando Jiménez Leal, filmada poco después de la Revolución. Era una película sencilla, una construcción realista, o neorrealista, de lo que sucedía en una noche habanera. Detrás de la película había, tan solo, el propósito de describir, que entonces era el fundamento del cine de la época. Pero a los burócratas del nuevo Estado aquello les pareció un ataque a la Revolución, y a partir de ahí se produjo una persecución de los autores, declaraciones altisonantes sobre la relación de los intelectuales cubanos con el poder político y, finalmente, depuraciones varias que condujeron, por ejemplo, al exilio de Guillermo Cabrera Infante, en el que murió, en 2005. Me ha venido a la cabeza ahora esa doble inicial porque estoy en Madrid, sentado ante mi ordenador, después de unas horas que he podido tener gracias a la confusión que he tenido siempre con los horarios de los aviones transoceánicos. Resulta que debo ir a México, y en la anotación que tenía decía que mi avión salía a las 02.40 del día 25 de agosto, es decir, la madrugada pasada; en otra nota se añadía AM a ese horario, y no confirmé si era AM o PM, así que anoche estaba dispuesto a acudir al vuelo de madrugada cuando una mano salvadora me indicó que donde decía AM debía decir PM, de modo que el avión salía a las 14.40. He tenido todo este rato, después de la confusión, que las dichosas letras me habían dado como un tiempo raro de vacación; en lugar de estar en el avión de madrugada, de AM, estaré en el avión de tarde, es decir, de PM; y esos vuelos siempre me han parecido por lo menos más placenteros. Y he aprovechado, además, para intentar una maleta zen, como las que se prepara Manuel Vicent o como las que lleva en sus viajes largos Fernando Trueba. Y he aprovechado sobre todo para recordar otra vez a Cabrera Infante (Sabá y Guillermo), tan importantes en mi diccionario de afectos cubanos. 

Carlos Mendo, sinónimo de periodismo

Por: | 24 de agosto de 2010

Para todos nosotros en el oficio Carlos Mendo, su nombre, era sinónimo de periodismo; del periodismo de siempre, ese periodismo esforzado y al mismo tiempo placentero, en el que se volcaba sin esfuerzo aparente alguno, como si su ejercicio fuera su piel, su manera de respirar. Había en él el cierto placer del oficio, de ejercerlo, de haberlo ejercido, de contarlo. Supe de su muerte mientras viajaba por una carretera de Tenerife, rumbo a mi casa, y lo supe por una llamada de la agencia Efe. A él le hubiera gustado eso: que en el tiempo de tanta instantaneidad, cuando abres la máquina (el teléfono, en este caso) y sabes de inmediato todo lo que sucede, que haya sido un agenciero, como decía él, quien me diera la noticia tremenda de su desaparición lamentable. Una noticia, una mala noticia. Las agencias fueron para él el núcleo del periodismo, de lo que se hacía en las agencias partía todo lo que se hacía en los periódicos, pues las agencias no cesaban nunca su trabajo de servicio, su manera indicativa de estar ahí, alertando. Corrí hasta mi casa, para escribir de Mendo, y al llegar, dispuesto a escribir (lo que se publica hoy en su periódico, y el mío) se me cayó en el agua uno de los móviles que utilizo; luego se quemó, literalmente, así que ya me quedé tan solo con el ordenador, que además dejó de estar conectado a Internet cuando le dio la gana, y hube de caminar por el pueblo en busca de un Internet público desde el que me dejaran comunicar mi apreciación de este periodista extraordinario. Fueron todos ellos incidentes que ahora, pasadas estas horas, me parecen simbólicos de la desnudez del oficio: lo que importan no son tantos los materiales sino los hechos, la experiencia para contarlos, la memoria que se tiene de las claves de lo que ocurre. Y eso lo manejaba Mendo con una maestría total, su entusiasmo por el periodismo, su manera de estar en el oficio, lo convertían en un caballero de la profesión. Él podía tener la idea que fuera (idea muy ideológica, por cierto, a veces extremadamente conservadora) pero jamás se olvidaba de los materiales primordiales del oficio, que ejercía como los cirujanos cumplen con su trabajo: sin fijarse en sus propias ideas sino en las necesidades de cumplir con las exigencias de la profesión. Era una metáfora, un sinónimo del periodismo, un hombre culto, apasionado por la historia, apasionado por la vida; su risa era la risa de todos allí donde estuviera, y su manera de vivir el periodismo fue siempre para mi envidiable. Hasta el final fue un periodista, y eso a los que tenemos esta vocación como un veneno dulce es un objetivo, una manera de estar. 

El mismo Atlántico

Por: | 23 de agosto de 2010

Durante años busqué Atlantic City, la película de Louis Malle, no sólo porque me gustó mucho cuando la vi, sino porque quería recuperar para mi memoria una frase que decía ahí Burt Lancaster que me parecía espléndida en cuanto a nostalgia en general y en cuanto a melancolía a secas. Finalmente, me la dejaron, porque no pude encontrarla en ningún sitio, ni la ponían en los canales clásicos, y ya pude verla, ante el Atlántico, precisamente, en El Médano. En mi recuerdo, esa frase que buscaba estaba al final de la película; según ese recuerdo, que ahora ha resultado torcido, Burt Lancaster miraba hacia el océano, lo único verdaderamente bello de aquella ciudad decrépita, y le decía esa frase que yo busqué tantas veces a un joven cuyas facciones se me habían desdibujado. Viendo la película advertí la realidad: Burt Lancaster no habla frente al océano, sino de espaldas al mar, y el joven que le escucha es un personaje que se dedica al tráfico de drogas, en el que trata de implicar (y lo logra) al anciano ex jugador en Las Vegas. Y lo que dice Burt Lancaster, que en el filme se llama Leo, está en la mitad de la película, y es esto:

--El Atlántico era otra cosa... Sí, tenías que haber visto el Atlántico en aquellos tiempos.

Luego siguen caminando. Más tarde, un limpiabotas que ejerce de cuidador de unos baños en Atlantic City, le recuerda pasajes de la vida común a Leo, su amigo, y éste le espeta:

--Vives demasiado en el pasado.

A lo que replica el limpiabotas:

--Sí, ¡pero qué tiempos!

Por esas dos intervenciones perseguí la película, y al fin tengo las frases. Atlantic City es sobre el paso del tiempo; nada representa mejor el tiempo (su eternidad y también su variedad, su lujuriosa nostalgia) que el mar, pero sobre todo el océano, este que baña la costa en la que vivo. Y esas dos invocaciones de Burt Lancaster (y su amigo el limpiabotas) se quedan incrustadas entre lo mejor que he escuchado acerca de ese símbolo de la vitalidad y la decrepitud que el mar simboliza. El mismo mar, en este caso, que estoy viendo ahora, tan enorme y tan diverso. Mientras lo miraba me llamó Manuel Gutiérrez Aragón, el cineasta y novelista; me llamaba desde La Toja, tierra de tantas melancolías; sobre este mismo mar, el Atlántico gallego, caía una tromba de agua. No sé qué sucederá en Atlantic City, pero sobre este mar cuyo sonido me ampara ahora mientras escribo un sol lechoso y definitivo cubre de blanco brillante la superficie de las olas. Una brisa violenta lo hace reverberar como una ola infinita.

No sé cómo sería hace tantos años. O sí lo sé, pero ahora no tengo más tiempo que el que he tenido.

En memoria de Fernando

Por: | 22 de agosto de 2010

A veces la tele te da esas cosas. Terminé de ver el partido del Barça, que fue un espectáculo reconfortante, de fútbol y de armonía, como una música tocada de memoria por escolares aventajados, y cambié de canal, con la buena fortuna de encontrarme allí, en TVE 1, con la película de Antonio Hernández En la ciudad sin límite. Y con el gran Fernando Fernán-Gómez dando una lección de profesionalidad cinematográfica; en el vértigo final de su vida, cuando ya su propia salud se parecía a la de su personaje, se puso el traje de actor y volvió ante las cámaras para explicarle al mundo, a quien le quisiera ver, cómo se hace un personaje, cómo se conjuga el verbo actuar, con qué facilidad era capaz de hacer veraz la ficción. Me acordé de la película, fantástica, La silla de Fernando, de David Trueba y de Luis Alegre, y ahí vi de nuevo al gran personaje que fue el actor desgranando su sabiduría humana, poniendo sobre la mesa su manera inclemente de luchar contra los lugares comunes. Con la abundante emoción que me produjeron ambas memorias, la del actor y la del ser humano, llegué al final de la película y me enfrenté a otra realidad, a la realidad de La Noria, y entonces ya mi compasión por la vida, mi relato mental de la hermosura se fue haciendo añicos, como si hubiera llegado a los límites insoportables de la ciudad, allí donde ésta pierde su nombre y se convierte en la nebulosa gris de la basura. Esta mañana, por fortuna, me despertó tan solo la memoria de Fernando, y ahí está. Este blog, por cierto, se lo dedico a Emma Cohen.

Un viaje inesperado

Por: | 21 de agosto de 2010

Hace 36 años hice ese viaje: Lincoln era un pueblecito oscuro y todavía los días duraban más allá de las tres de la tarde. La casa estaba en la calle Nursery Grove, y había sido de un cura protestante. La alquilaban por muy poco dinero. Estaba rodeada de jardines salvajes que un día, cuando acabó el largo invierno, traté de desbrozar. Han pasado tantos años como madrugadas, como hielo en las puertas, como dedos por las frentes alegres o desesperadas, como sueño y como inclemencia. Ahí debe estar la casa; Eva era entonces una niña de algo más de un año; las fotos la retratan vestida de rojo, con botines rojos también, a la puerta de la casa, o corriendo, sus pómulos rojos también por el esfuerzo o por lo frío, en brazos de la madre, Pilar, o sola, haciendo peninos, riendo. A la salida del pueblo había una fábrica que decía Jonathan Swift; nunca supe qué fabricaban ahí; el tren pasaba muy rápido desde los Midlands en dirección a Kings Cross, en Londres. Recuerdo la llegada, los amigos, los Cattermole, con los que se van a encontrar, la primavera; yo estoy aquí, en El Médano, imaginando ese viaje como si estuviera asistiendo a una película que hemos vivido y aún seguimos viviendo, como si la vida fuera un tren que va en mil direcciones. Me dijo Eva: "Tendrías que haber venido". Escribí en mi cuaderno: "Quizá no estoy preparado para toda la melancolía". Afuera el mar es un jardín rabioso.

La placidez del mar

Por: | 20 de agosto de 2010

Unas horas después salió el sol con tanta intensidad sobre El Médano que el mar aquel que fue pálido es ahora un reverbero de los matices brillantes del calor. Bajo este sol impávido, que ha venido con tal fuerza que ha sido capaz, también, de anular el viento, el visitante más ilustre del pueblo, el mar reproduce los ecos chiquitos que anidan en su memoria imbatible y eterna; pero la claridad del día anula la melancolía y convierte ese sonido de música telúrica en una especie de abrazo a la tierra, un saludo que canta al tiempo que arrulla y al final, de tanto reiterarse, se convierte en silencio, es una forma violenta del silencio. La orilla del Médano, cuando esto ocurre, es una acogedora terraza de oquedades de arena y de piedras blancas. Doy esta noticia porque sería injusto para el día dejarlo en la palidez que tuvo cuando salí de casa hacia Montaña Roja.

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal