Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

La palidez del mar

Por: | 20 de agosto de 2010

El mar siempre refleja lo que le pasa al cielo, es su sino. Ahora, en El Médano, el mar es pálido, como la luz de la poesía; recoge del aire ese efluvio melancólico que tiene el pueblo cuando se está acabando agosto, y aunque ahora es 20 del mes, tan solo, su imán ya es el de la palidez. Aún así, el mar, que hoy es un espejo opaco, sigue pareciendo ese motor de ecos que siempre fue, y continúa, impertérrito su avance hacia la orilla, donde se detiene para volver a ser el mismo y regresar para continuar su trasiego eterno. No hay nada que ofrezca más sensación de eternidad que el mar, ni siquiera el silencio de las cumbres o el silencio total se parecen tanto a la eternidad como el mar, aparentemente ruidoso, íntimamente rabioso, pero realmente callado, sordo, misterioso y, a veces, traicionero como el silencio. A veces voy al mar de mi pueblo, el Puerto de la Cruz, por el lado de Martiánez, para ver esas olas enormes que parecen enviadas desde algún lejano mar ciclópeo; esas olas no tienen que ver con estas, siendo ambas del mismo océano. El mar del Puerto es alto, otoñal, poderoso, insobornable; y este mar está hecho de pequeñas voluntades oceánicas, como si el fueran restos del Atlántico que vienen aquí a retozar, como los perrillos perdidos de Mozambique. Y ya basta de melancolía, que hay que ir a inspeccionar la orilla cuando ya no hay sol. Es otra orilla, es la orilla de otoño, que aparece por aquí para allanarle el terreno al futuro.

El poder anda despacio

Por: | 19 de agosto de 2010

Vi por primera vez a José María Aznar ante una zapatería, en la calle Serrano de Madrid, poco antes del mediodía. Miraba los zapatos; se agachó un poco y estuvo mirando unos zapatos en concreto, como si se los fuera a poner. Pasó de largo. Hizo todos esos gestos con una enorme lentitud, como si fuera consciente de que cada segundo de sus gestos tenía un determinado valor, y su cuerpo degustara el tiempo a medida que éste sucedía. Luego se alzó sobre sí mismo y siguió andando, lentamente. La otra vez que le vi, pero ya más directamente, nos dio la mano a los que estábamos reunidos, y se sentó en la presidencia de la mesa. Era un desayuno en el Hotel Mindanao de Madrid, antes de las elecciones de 1996, que ganó su partido. El desayuno lo había organizado la Escuela de Letras, y hacía de maestro de ceremonias Alejandro Gándara. Habría más gente, pero recuerdo que estaba José María Guelbenzu. Y Gándara, por supuesto. Alguien le mostró a Aznar una portada de Abc, de la época de Anson. En esa portada había una noticia, habitual en aquella época: persecución en Cataluña por hablar español. Aznar dijo: "Con nosotros se acabará eso". Y ya dijo muy poco más. Se movía lentamente, nos miraba en silencio, y esperaba, o no lo esperaba, vete tú a saber, que alguno de nosotros dijera algo para fijar allí su mirada. Gastaba poco verbo, por decirlo así. Después fue gobernante, y siguió yendo con lentitud a los sitios, con una parsimonia que él debe identificar con la parsimonia de los poderosos, pues así he visto caminar a Clinton, por ejemplo. En general, el poder debe dar una apostura que luego sigue al que la tuvo. Ahora he visto a Aznar caminando por Melilla. Un simple vistazo a sus ademanes denota la presencia de un hombre que es consciente de su poder, que le lleva a cierto gesto facial de displicencia, como de haber estado en esa situación mucho antes, y de haber salido con la chaqueta impoluta. Es curioso: por la mañana temprano, ajeno por completo a esta nueva evolución de Aznar, pregunté en voz alta, por lo cual tengo testigos: "¿Y qué pasa este verano con Aznar, que no se dice nada de él?" Cuando llegué a casa y conecté elpais.com me di cuenta de que Aznar se estaba aproximando lentamente al primer plano. Donde quiere estar. Y ahí está, el hombre, eligiendo los zapatos del poder para avanzar lentamente por los territorios donde se siente como Dios.

Luz de la isla

Por: | 18 de agosto de 2010

Desde las siete de la mañana estuve ayer recorriendo la isla de Tenerife, buscando distintos matices de la luz, con algunos amigos que se dedican a eso, a fotografiar la luz. Estuve en Santa Cruz, donde al amanecer hay una luz que se despierta junto con los pájaros; una luz atlántica, perfecta, llena de aire, muy serena; seguí a La Laguna, en el tranvía, y en el camino desde ese vehículo nuevo, desde el que la mirada hace trávelin, las montañas de Anaga producen la impresión de una página verde detrás de la que hay un libro de misteriosa soledad, el otro lado de Santa Cruz, lo no visto, lo abrupto, Taganana; y luego La Laguna, la calle de La Carrera, ahora un paseo urbano al que el verano le da una especial alegría que rompe las melancolías del invierno; La Laguna abierta a una luz especial, y a un sonido que producen las calles sin tráfico, la música de los pasos. En La Laguna estuve con los poetas Arturo Maccanti y Alberto Pizarro y al pintor José Luis Fajardo, a los que encontré en esas esquinas ilustradas de la ciudad. Antes había pasado por el Instituto Cabrera Pinto, que fue Instituto de Canarias; estuve en el patio del Instituto, debajo de las aulas donde me daban clase de Latín, de Filosofía y de Griego Martín Cigala, Francisco Ruyloba y don Eudoxio; allí dentro, ahora, está encerrada la luz de los pájaros y de los árboles. Y estuve caminando por el Camino Largo, hasta la estatua de Artigas, el fundador de Uruguay; un paseo majestuoso al que la luz del verano despierta muy lentamente, entre deportistas veteranos que aquí buscan poner en sintonía la salud y por tanto el porvenir. Después fue a mi pueblo, el Puerto de la Cruz, y bajé a los riscos calientes de Punta Brava, en la costa menos conocida del Puerto; vi a los pescadores tranquilos y a los chiquillos que se bañaban en los charcos a los que el sol daba ayer una luz especial. Terminamos la excursión en Garachico, ante el mar, viendo cómo dos pescadores jubilados se conformaban con unos chicharros y con la paz de la ciudad en la que empieza a acabar la luz del norte de la isla. Regresé al sur, la luz roja de la Montaña.

Melancolía de Rita

Por: | 16 de agosto de 2010

Pensaba ahora en Rita, la perra que se encontró Eva en esta misma playa hace diez años, cuando aún el animal era un montón de pelo alrededor de unos ojos desamparados. Y pensé en la correa que rechaza o con la que juega; por qué los perros han de estar condenados a esa sujeción cuando andan por la calle, por qué no se rebela, qué los hace aceptar el martirio de verse atados en público. Y, sin embargo, entre las cosas que más recuerdo de Rita es esa pasión suya por jugar cuando quieres ponerle el collar, como si al tiempo que rechaza esa sujeción la considerara parte de su inevitable naturaleza y también parte de su colección natural de juegos. Ahora debe estar Rita bostezando, como hace a estas horas del día, buscando entre las moscas alguna que ya conoció, preguntándose acaso por la naturaleza misteriosa de los celajes que se producen a su alrededor a medida que pasan las horas y por tanto las sombras del tiempo. A veces la recuerdo rabiosa, como cuando era joven y exigía que su alrededor fuera su territorio, que nuestros alimentos fueran en seguida los suyos; el tiempo la ha amansado, y ahora es como una amiga que se ha quedado en casa para siempre, resignada a vivir la vida de los otros, a seguirnos y a esperar que sea nuestra voluntad la que le facilite su propia costumbre de comer; rotas ya la mayor parte de sus ambiciones, obligada por el tiempo a formar parte de sus propias sombras, Rita es ya alguien muy mayor. Como cualquiera de su edad. Pero también hay ocasiones en que se pone en pie, se arregla el lomo con su rabo cimbreante, y se dispone a caminar por la casa como si aún tuviera algo que inspeccionar, una nueva aventura que correr. No se da por vencida, no se dará por vencida. Jubilar a Rita será imposible, nadie va a domeñar su naturaleza de perra nacida entre las olas aventureras de El Médano. Y ladra, entonces ladra, como si quisiera entrenar su vocabulario antes de que alguien que ella no conoce toque en el telefonillo. Está mayor, sin duda, pero se hace notar, y su presencia lejana forma parte de las nostalgias o melancolías que la vida va fabricando como se fabrica el tiempo, muy despacio, pero inexorablemente. Y esa melancolía donde crece más es en El Médano, donde ella nació.

George Steiner en The New Yorker

Por: | 15 de agosto de 2010

Durante años, George Steiner, el sabio europeo de todas las principales lenguas europeas, escribió unos profundos análisis, no exentos nunca de cierto ácido sentido del humor, en la revista norteamericana The New Yorker, de justa fama. Siruela ha publicado en español la recopilación de muchos de ensayos, algunos vitriólicos, como el que dedica al historiador del arte, y espía pro soviético, Anthony Blunt, y algunos literariamente regocijantes, como el que dedica a Jorge Luis Borges cuando éste se hallaba al borde del pináculo de una fama que, temía Steiner, podría banalizarlo. Hay muchos otros ensayos: sobre Cèline, sobre Cioran (bastante malvado: Steiner lo deja a la altura de un divulgador del gusto por la miseria), sobre Samuel Beckett, que le parece, con acierto, sin duda, uno de los genios que proceden del silencio que ha marcado el siglo XX. Los ensayos se deben leer con un lápiz al lado, porque la escritura de Steiner es siempre sugerente, te lleva (antes de que eso lo hicieran google o youtube) de un asunto a otro, de un regocijo (por lo que descubres) a una admiración por la erudición tranquila, bien digerida, que muestra este catedrático que ha hecho de la sabiduría total una aspiración. Le entrevisté hace unos años, dos años, me parece, para EL PAÍS Semanal, en su casa de Cambridge, en Inglaterra. La conversación debía durar una hora, no más, él se cansaba; no había relojes en el salón donde estábamos, él no llevaba reloj, yo no usaba reloj, y a la hora exacta de haber comenzado la conversación periodística Steiner dijo: "Se hizo la hora". Entonces nos fuimos a la cocina y allí tomamos jerez y unas galletas saladas fantásticas, entre risas y comentarios sobre los más variados asuntos, como si nada de lo que sea humano le fuera ajeno y como si curiosidad fuera exactamente inagotable. Por cierto, en esa conversación, que producía poco antes de que la crisis nos acogotara, Steiner dijo: "Ustedes van a psar malos tiempos". Pensé que habla el euridot, no el profeto, y resulta que en ese momento esos papeles se le habían juntado. Este libro es como él: nada le es ajeno, en todo participa con su risa o con su cabreo, y por eso esta recopilación es tan aguda, penetrante, humana y sabia. La recomiendo.

Elvira Lindo. Lo que me queda por vivir

Por: | 13 de agosto de 2010

He leído la última novela de Elvira Lindo, que publicará Seix Barral el 3 de septiembre próximo. Es un libro y es un atrevimiento, personal, generacional, femenino, humano. 

    Los atrevimientos literarios son atrevimientos humanos: como si detrás de lo que escribe Elvira (una historia de la construcción de una soledad, la de una mujer, salvada por la presencia de un hijo que es en todo momento el punto de apoyo, el cómplice, el testigo) hubiera una bocanada de mil aires distintos que confluyen en su su viento total, herido, el viento de un tiempo por el que ella ha pasado (y pasa) con sus ojos atentísimos, que son también los ojos de la protagonista. 

    En la mirada de Elvida Lindo siempre he visto esa quietud expectante que la ha hecho tan buena escritora, como si fuera una esponja que oye en silencio el universo que tiene delante, aunque el universo ni hable, ni se mueva, ni haga nada. Ella oye hasta lo que hay detrás de una montaña de oscuro silencio.

    La escritura de Elvira, que ha alcanzado una tangible madurez, es veloz, y aún así es profunda; como querían Guillén o Chillida, aquí lo que parece veloz viene de un perfume sonoro muy hondo; esa agilidad no le quita a esta expresión incesante de perplejidad solitaria, la de la mujer que narra en el libro, la quietud necesaria para entender desde qué lado del pozo está hablando la protagonista. 

    Es inevitable que en los buenos libros, los que nacen de la autenticidad, de las rasgaduras de los testimonios,uno vea rasgos autobiográficos; desconozco si aquí los hay o no, y tampoco importa: lo cierto es que este vocabulario narrativo que ha hallado Elvira Lindo para contar esta historia procede de una deglución adecuada de muchas historias que se parecen a esta, que han ocurrido en la generación (aquella generación ilusionada, y no, de los 80) a la que pertenece la novelista, y que aquí surgen como el pináculo atrevido de una experiencia única o propia. 

    Una vez dijo Fernando Savater, de un libro que conozco bien, que parecía un diario encontrado en un campo de concentración. Este libro de Elvira Lindo podía haber sido hallado en los desvanes de muchas ilusiones rotas en aquellas edades que parecían que iban a ser eternas; en esos desvanes (pueblos, camas adolescentes, relaciones familiares que también parecían también eternas, bares de mala muerte, restaurantes de buen pasar, clubes nocturnos de luces insinuantes, habitaciones propicias al amor y al olvido) hemos dejado jirones de una alegría que se rompió como los bordes del calendario.

    Esta historia es particular, claro; la protagonista es una célebre guionista que se abrió paso en la radio y la televisión (ilusionadas o cutres) de aquel periodo posterior al franquismo, y el niño es el resultado de un matrimonio que terminó como ese calendario roto. Leído por gente que vivió aquel periodo parece como el espejo ante un camino que al principio parecía lleno de rosas salvajes. Y leído por alguien casi quince años mayor, que llegó a ese periodo como si la democracia nos rejuveneciera quince años también, produce la misma melancolía, la misma extrañeza de haber pasado por la felicidad como si esta nos fuera a acompañar también cuando ya los años son los años que tenemos, y la ilusión es la que queda. Aunque han quede por vivir.

    Recomiendo que vayan encargando ya la novela; muchísima gente lo va a hacer.

Embate caliente

Por: | 12 de agosto de 2010

Delante de mi casa, en El Médano, hay una pequeña playa en la que hay algunas cosas que siempre me gustaron de este sitio. Hay un montículo de piedra desde el que se divisa un mar muy puro, un horizonte nítido que estos días es tan solo una raya difusa, una especie de brochazo lechoso que la calima convierte en impenetrable. Junto a ese montículo se conservan cinco piedras que sobresalen o se hunden según estén las mareas; esas piedras tienen la forma de una mano perfecta, enorme, amenazante o abrazadora, según la mires. Cuando la marea está baja y sobresalen me recuerdan siempre los dibujos o las esculturas de Eduardo Chillida, tan poderosas y a la vez tan aéreas, acaso como la propia apariencia del gran artista vasco, cuya obsesión por las manos venía también, decía él, de que en tiempos de su juventud fue portero de la Real Sociedad. Todos los días, a esta hora, un tractor viene a limpiar de algas y de otros depósitos del mar esta zona que es el sitio ante el que me despierto cada mañana. A pesar de que el tractor no quita del todo nada, durante algún tiempo la playa, la playita, se queda practicable, y ahí voy cada vez que puedo a conversar con ese silencio fabuloso que esconde el mar dentro de toda su revoltura. Hoy, en concreto, el mar es lo más fresco del aire, porque, como decía mi madre, aquí, en esta parte de la isla, se está viviendo un densísimo embate caliente que obliga a cerrar ventanas, a oscurecer las casas para que el fresco de la madrugada no se confunda con este tremendo calor que ahora nos hace.

Hormigas, internet, libros

Por: | 11 de agosto de 2010

He venido esta vez muy tarde a la playa, a El Médano, el sitio, por cierto, de la infancia de don Juan Marichal. Una calima espesa despertó ayer su espectáculo lechoso sobre la playa y yo aproveché el (mal) tiempo para poner orden (¿orden?, un orden imposible) en la librería; saqué libros de las cajas, los puse donde pude en la enmarañada estantería que me hizo un carpintero que se parece a Clint Eastwood ya muy de mayor, Arteaga; durante la mañana pasaron por el garaje donde está esa estantería algunos personajes curiosos; una pareja de profesores alemanes (querían saber si yo vendía libros, les regalé uno, en alemán); un ingeniero naval de Bilbao pasó con su hija, que también es ingeniera, y quiso saber si tenía libros de su especialidad; coincidieron los ingenieros con los profesores, y estuvieron hablando un rato en inglés. En algún momento el ingeniero naval me dijo que él supo otros idiomas, sobre todo alemán, porque de chico había estudiado latín. Ya está jubilado. Le pregunté si había hecho barcos. Y me dijo que sí. No sé por qué, pero me hizo mucha ilusión recordar que uno de los regalos más enigmáticos que me hizo mi padre en su vida (y no recuerdo que me hiciera otros regalos) fue un barco, precisamente, un barco decorativo que durante todos los años de mi vida desde entonces ha ocupado un lugar en mi casa, como si fuera un símbolo, querido por él, quizá, de viaje y de aventura. Terminé la tarea de los libros, y esta mañana me he sentado en este otro lugar, ante otra estantería que está en mi cuarto y que también hizo Arteaga con mano maestra. Descubrí que alrededor del ordenador, cuando lo abrí, había un reguero de hormigas, ávidas quizá de succionar lo que quedara del recuerdo de una taza de té que me acompañó ayer por la mañana. Observé que las hormigas subían por las letras mientras yo escribía, y se posaban también en las partes blancas de esta página que se imprime (por decirlo así) mientras yo mismo estoy dándole a la tecla, que en este caso dice precisamente la palabra tecla. Ante mi, por otra parte, libros que han ido cayendo ante mi campo de visión, y que han sido puestos ahí por el azar o por el deseo de todos los veranos: Marcel Schwobb, Cosme Orta, Hermann Hesse, César Antonio Molina, John Berger, Anelo Rodríguez, Ezequiel Pérez Plasencia, Manuel Longares, María Esther Vázquez, Jorge Luis Borges, Luis Vea García, Mariano Vega, Ernest Hemingway, Carlos Casares, George Steiner, Elvira Lindo (que es a quien estoy leyendo ahora), Jean Emery... Pensé ayer que sólo me gustaría ser inmortal para poder estar leyendo siempre.

No hace falta que lo diga, imagino, pero debo repetirlo: de los comentarios de este blog se borrarán más o menos automáticamente todos aquellos que constituyan insulto o burla o expresiones de anónima cobardía. Todos. 

Juan Marichal, el aire republicano

Por: | 09 de agosto de 2010

Hace muchos años, casi tantos como la actual democracia, un periodista de la radio (de Radio Nacional, para ser precisos) saludó ante el micrófono a Juan Marichal con una enhorabuena que intrigó al profesor:

    

-¡Felicidades! Debe estar contento usted hoy.

    

Y don Juan, que era tímido por canario y por respetuoso, se atrevió a preguntar al periodista:

    

-¿Y por qué me da usted esa enhorabuena?

    

-¡¿Por qué va a ser?! ¡Porque en Estados Unidos han ganado los republicanos.

    

En efecto, había ganado Ronald Reagan, del Partido Republicano, las elecciones norteamericanas. Pero don Juan explicó que él era republicano, pero no republicano de Reagan o de Norteameamérica, en cuya universidad más prestigiosa, la de Harvard, desarrolló una importante labor docente e investigadora.

    

Y dijo don Juan para finalizar su tembloroso desmentido:

    

-Yo soy republicano de la República española.

    

Lo sería hasta la muerte, que acaba de producirse en México, por donde empezó, precisamente, su exilio latinoamericano que tan fructífero sería para entender el alma española, descarriada a veces, siempre en lucha consigo misma.

    

Para Marichal, ser republicano era ser liberal, respetuoso con las ideas ajenas, defensor de las libertades, entre ellas de las libertades laicas, pisoteadas en España en la guerra y en la posguerra, y amenazadas hasta ahora mismo por una Iglesia católica que aun no entiende los imperativos kantianos acerca de la libertad.

    

Ese era un punto fundamental entre sus más permanentes preocupaciones civiles. En la penúltima entrevista que le hice, cuando cumplió 80 años, expresó esas preocupaciones, una a una, y cuando llegó al análisis de las amenazas que sufre en nuestra sociedad la libertad de conciencia, el autor de ´El secreto de España`, el hombre que introdujo en la posguerra la figura de Manuel Azaña y defendió la figura de Juan Negrín, su paisano atacadísimo, tuvo unas palabras de grave reproche a la actual Monarquía. Porque, a pesar de que ha defendido las instituciones liberales y mostró aquel arrojo el 23F, todavía (y ocho años más tarde sigue sin hacerlo) no ha hecho declaración expresa de la defensa de la libertad de conciencia frente a los dictados de la jerarquía eclesiástica.

     

Don Juan nunca cejó en esas opiniones transidas del aire republicano que había respirado en su adolescencia y que le acompañaron en los más terribles momentos de su vida, que arrancaron precisamente de esa edad, cuando era un chiquillo y vio la guerra en la calle, en torno a las calles del barrio madrileño de Chamberí.

    

Esa guerra (que él llamaba “incivil”) le arrojó al exilio, con su familia republicana y tinerfeña; el resultado infeliz (tenía que serlo) de esa contienda le hizo viajar por algunos países, hasta que recaló en México, donde ahora ha muerto. Él, que tenía tanta propensión, y tan fundamental, a la literatura, hubiera hecho muchas metáforas sobre esas coincidencias. Se fue de Chamberí, en plena guerra, y vivió algunos de los años de la restaurada democracia justo dos manzanas más allá, en la calle Caracas, donde fuimos vecinos. Y cuando ya su salud y la de Solita Salinas, su mujer siempre, su compañera, la hija de don Pedro Salinas, estaba visiblemente quebrantada, su hijo Carlos, un gran profesor, historiador de la Economía, el bravo muchacho que siempre estuvo disponible para ayudar a sus padres, decidió adecuadamente trasladarlos a Cuernavaca. Precisamente. 

    

Así que su trayecto ha tenido esos rasgos simbólicos que son los rasgos simbólicos de una generación literalmente machacada por la historia; les arrebataron todo, la hacienda, la casa, incluso la pistola, como escribía León Felipe, pero no pudieron quitarles la palabra, es decir, la libertad, el aire republicano que él reclamó siempre como el fruto mayor de su educación sentimental, de su educación civil.

    

La última vez que estuve con él, en Cuernavaca, poco tiempo después de la muerte de Solita, desolado ya, cansado sin duda de batallar contra los avatares de la salud y de la vida, vi en su rostro la luz de un recuerdo. Le hablé un momento de El Médano, su playa de la infancia. Y entonces don Juan, que se hizo en la isla, y en la isla tuvo algunos de sus grandes amigos y referentes, abrió aquellos ojos grandes, inquisitivos o melancólicos. Le había tocado la fibra más feliz, había abordado por un instante el espacio que habitó siempre en su corazón. Él tenía las islas en una especie de monumento sentimental en el que también estaban nombres propios, como el de su inolvidado Domingo Pérez Minik. Y en ese preciso instante El Médano significó para él el aire republicano del que venía, los nombres sobre los que había construido su nombre.

En busca de Julio

Por: | 07 de agosto de 2010

Hay algo en estos viajes a la Francia profunda -estoy en La Roche, vengo de Nantes, he ido a la Isla de Yeu, donde Petain penó la traición a su país- que me recuerda inevitablemente a Julio Cortázar. Podía recordarme a cualquier gran escritor francés, desde Anatole France a Jean Paul Sartre o a Albert Camus, suponiendo que Camus fuera francés realmente, y sin embargo todos estos parajes, estos lugares por los que pasea la tranquilidad casi soporífera del verano, me llevan al escritor de Rayuela, la gran novela de las noches de nuestra juventud.


Y no es porque aquí se respire la atmósfera de Rayuela o de cualquiera de los libros o relatos del gran cronopio, sino porque uno se hizo con esa literatura a la idea de Francia como suposición literaria, como elemento que unía la literatura con el suelo francés, y no sólo el de París. Sartre o Camus eran París, en nuestras lecturas primitivas; leíamos La Náusea  y La Náusea era París, como era Breton París y era Camus, el de Combat, el París que nos imaginábamos. Cortázar nos ayudó a concebir un París latino cuyas noches no acababan nunca, entre conversaciones y jazz, azotadas por las dudas constantes de La Maga y por las indecisiones melancólicas de Oliveira.

    

Pero un día Cortázar se enamoró, viajó por el mundo, dejó el París de Rayuela y de sus relatos más fantásticos y misteriosos y finalmente se adentró, como para reconocerse, en la geografía interior de una Francia que comenzaba en París y acababa en Marsella. El libro en el que describió esa especie de isla de asfalto que él fue dibujando con su furgoneta, al lado de Carole Dunlop, la fotógrafa, su esposa, que le precedería en la muerte, fue Los autonautas de la cosmopista, uno de los grandes relatos de amor que se han escrito en nuestro tiempo.

    

Ese relato no discurre, ni mucho menos, por la geografía por la que me he desplazado este fin de semana, en busca de una entrevista que ya he hecho en la Isla de Yeu. Pero todo el tiempo ha estado en mi recuerdo, pero sobre todo en mi imaginación, la figura alargada e imponente de aquel ser tímido que convirtió el viaje con Carol en una desesperada declaración de amor por la persona que tenía al lado contando juntos esa excursión entrañable.

    

Una de estas noches, saliendo de un bistró en el que una vez más sentí su presencia melancólica y callada, fantasmal, estuve escuchando como si vinieran en bandada desde uno de sus relatos una hecatombe vibrante de pájaros que salían de los árboles a una hora precisa del día, las nueve de la noche. Como si tuvieran una cita extraordinaria en uno de los árboles colindantes, estos pájaros de La Roche, desde donde escribo ahora, vagaban a velocidades supersónicas de una copa a otra de esos árboles, y se posaban sobre todo en uno de ellos, el más alto, del que partían de nuevo, como si estuvieran desesperados por trasladar un mensaje cuya urgencia acabaría en cuanto llegaran al otro sitio.

    

Leí a Cortázar (ese libro, Rayuela, sobre todo) cuando era un chiquillo, en un ámbito totalmente diferente, en el Colegio Mayor San Fernando de La Laguna, que alguna vez fue al tiempo un colegio mayor y una capital ideal (universitaria, cultural), de Canarias, y ahora aquí, mirando estos pájaros, contemplando la placidez vespertina de la Francia que Cortázar adoró, me surge otra vez Cortázar como si lo estuviera leyendo en aquel sitio fantástico donde pasé mi juventud descubriendo las palabras y la fantasía de aquel Julio inolvidable que fue nuestro.

El País

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