¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.
Juan Cruz es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.
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He leído la última novela de Elvira Lindo, que publicará Seix Barral el 3 de septiembre próximo. Es un libro y es un atrevimiento, personal, generacional, femenino, humano.
Los atrevimientos literarios son atrevimientos humanos: como si detrás de lo que escribe Elvira (una historia de la construcción de una soledad, la de una mujer, salvada por la presencia de un hijo que es en todo momento el punto de apoyo, el cómplice, el testigo) hubiera una bocanada de mil aires distintos que confluyen en su su viento total, herido, el viento de un tiempo por el que ella ha pasado (y pasa) con sus ojos atentísimos, que son también los ojos de la protagonista.
En la mirada de Elvida Lindo siempre he visto esa quietud expectante que la ha hecho tan buena escritora, como si fuera una esponja que oye en silencio el universo que tiene delante, aunque el universo ni hable, ni se mueva, ni haga nada. Ella oye hasta lo que hay detrás de una montaña de oscuro silencio.
La escritura de Elvira, que ha alcanzado una tangible madurez, es veloz, y aún así es profunda; como querían Guillén o Chillida, aquí lo que parece veloz viene de un perfume sonoro muy hondo; esa agilidad no le quita a esta expresión incesante de perplejidad solitaria, la de la mujer que narra en el libro, la quietud necesaria para entender desde qué lado del pozo está hablando la protagonista.
Es inevitable que en los buenos libros, los que nacen de la autenticidad, de las rasgaduras de los testimonios,uno vea rasgos autobiográficos; desconozco si aquí los hay o no, y tampoco importa: lo cierto es que este vocabulario narrativo que ha hallado Elvira Lindo para contar esta historia procede de una deglución adecuada de muchas historias que se parecen a esta, que han ocurrido en la generación (aquella generación ilusionada, y no, de los 80) a la que pertenece la novelista, y que aquí surgen como el pináculo atrevido de una experiencia única o propia.
Una vez dijo Fernando Savater, de un libro que conozco bien, que parecía un diario encontrado en un campo de concentración. Este libro de Elvira Lindo podía haber sido hallado en los desvanes de muchas ilusiones rotas en aquellas edades que parecían que iban a ser eternas; en esos desvanes (pueblos, camas adolescentes, relaciones familiares que también parecían también eternas, bares de mala muerte, restaurantes de buen pasar, clubes nocturnos de luces insinuantes, habitaciones propicias al amor y al olvido) hemos dejado jirones de una alegría que se rompió como los bordes del calendario.
Esta historia es particular, claro; la protagonista es una célebre guionista que se abrió paso en la radio y la televisión (ilusionadas o cutres) de aquel periodo posterior al franquismo, y el niño es el resultado de un matrimonio que terminó como ese calendario roto. Leído por gente que vivió aquel periodo parece como el espejo ante un camino que al principio parecía lleno de rosas salvajes. Y leído por alguien casi quince años mayor, que llegó a ese periodo como si la democracia nos rejuveneciera quince años también, produce la misma melancolía, la misma extrañeza de haber pasado por la felicidad como si esta nos fuera a acompañar también cuando ya los años son los años que tenemos, y la ilusión es la que queda. Aunque han quede por vivir.
Recomiendo que vayan encargando ya la novela; muchísima gente lo va a hacer.
He venido esta vez muy tarde a la playa, a El Médano, el sitio, por cierto, de la infancia de don Juan Marichal. Una calima espesa despertó ayer su espectáculo lechoso sobre la playa y yo aproveché el (mal) tiempo para poner orden (¿orden?, un orden imposible) en la librería; saqué libros de las cajas, los puse donde pude en la enmarañada estantería que me hizo un carpintero que se parece a Clint Eastwood ya muy de mayor, Arteaga; durante la mañana pasaron por el garaje donde está esa estantería algunos personajes curiosos; una pareja de profesores alemanes (querían saber si yo vendía libros, les regalé uno, en alemán); un ingeniero naval de Bilbao pasó con su hija, que también es ingeniera, y quiso saber si tenía libros de su especialidad; coincidieron los ingenieros con los profesores, y estuvieron hablando un rato en inglés. En algún momento el ingeniero naval me dijo que él supo otros idiomas, sobre todo alemán, porque de chico había estudiado latín. Ya está jubilado. Le pregunté si había hecho barcos. Y me dijo que sí. No sé por qué, pero me hizo mucha ilusión recordar que uno de los regalos más enigmáticos que me hizo mi padre en su vida (y no recuerdo que me hiciera otros regalos) fue un barco, precisamente, un barco decorativo que durante todos los años de mi vida desde entonces ha ocupado un lugar en mi casa, como si fuera un símbolo, querido por él, quizá, de viaje y de aventura. Terminé la tarea de los libros, y esta mañana me he sentado en este otro lugar, ante otra estantería que está en mi cuarto y que también hizo Arteaga con mano maestra. Descubrí que alrededor del ordenador, cuando lo abrí, había un reguero de hormigas, ávidas quizá de succionar lo que quedara del recuerdo de una taza de té que me acompañó ayer por la mañana. Observé que las hormigas subían por las letras mientras yo escribía, y se posaban también en las partes blancas de esta página que se imprime (por decirlo así) mientras yo mismo estoy dándole a la tecla, que en este caso dice precisamente la palabra tecla. Ante mi, por otra parte, libros que han ido cayendo ante mi campo de visión, y que han sido puestos ahí por el azar o por el deseo de todos los veranos: Marcel Schwobb, Cosme Orta, Hermann Hesse, César Antonio Molina, John Berger, Anelo Rodríguez, Ezequiel Pérez Plasencia, Manuel Longares, María Esther Vázquez, Jorge Luis Borges, Luis Vea García, Mariano Vega, Ernest Hemingway, Carlos Casares, George Steiner, Elvira Lindo (que es a quien estoy leyendo ahora), Jean Emery... Pensé ayer que sólo me gustaría ser inmortal para poder estar leyendo siempre.
No hace falta que lo diga, imagino, pero debo repetirlo: de los comentarios de este blog se borrarán más o menos automáticamente todos aquellos que constituyan insulto o burla o expresiones de anónima cobardía. Todos.
Hace muchos años, casi tantos como la actual democracia, un periodista de la radio (de Radio Nacional, para ser precisos) saludó ante el micrófono a Juan Marichal con una enhorabuena que intrigó al profesor:
-¡Felicidades! Debe estar contento usted hoy.
Y don Juan, que era tímido por canario y por respetuoso, se atrevió a preguntar al periodista:
-¿Y por qué me da usted esa enhorabuena?
-¡¿Por qué va a ser?! ¡Porque en Estados Unidos han ganado los republicanos.
En efecto, había ganado Ronald Reagan, del Partido Republicano, las elecciones norteamericanas. Pero don Juan explicó que él era republicano, pero no republicano de Reagan o de Norteameamérica, en cuya universidad más prestigiosa, la de Harvard, desarrolló una importante labor docente e investigadora.
Y dijo don Juan para finalizar su tembloroso desmentido:
-Yo soy republicano de la República española.
Lo sería hasta la muerte, que acaba de producirse en México, por donde empezó, precisamente, su exilio latinoamericano que tan fructífero sería para entender el alma española, descarriada a veces, siempre en lucha consigo misma.
Para Marichal, ser republicano era ser liberal, respetuoso con las ideas ajenas, defensor de las libertades, entre ellas de las libertades laicas, pisoteadas en España en la guerra y en la posguerra, y amenazadas hasta ahora mismo por una Iglesia católica que aun no entiende los imperativos kantianos acerca de la libertad.
Ese era un punto fundamental entre sus más permanentes preocupaciones civiles. En la penúltima entrevista que le hice, cuando cumplió 80 años, expresó esas preocupaciones, una a una, y cuando llegó al análisis de las amenazas que sufre en nuestra sociedad la libertad de conciencia, el autor de ´El secreto de España`, el hombre que introdujo en la posguerra la figura de Manuel Azaña y defendió la figura de Juan Negrín, su paisano atacadísimo, tuvo unas palabras de grave reproche a la actual Monarquía. Porque, a pesar de que ha defendido las instituciones liberales y mostró aquel arrojo el 23F, todavía (y ocho años más tarde sigue sin hacerlo) no ha hecho declaración expresa de la defensa de la libertad de conciencia frente a los dictados de la jerarquía eclesiástica.
Don Juan nunca cejó en esas opiniones transidas del aire republicano que había respirado en su adolescencia y que le acompañaron en los más terribles momentos de su vida, que arrancaron precisamente de esa edad, cuando era un chiquillo y vio la guerra en la calle, en torno a las calles del barrio madrileño de Chamberí.
Esa guerra (que él llamaba “incivil”) le arrojó al exilio, con su familia republicana y tinerfeña; el resultado infeliz (tenía que serlo) de esa contienda le hizo viajar por algunos países, hasta que recaló en México, donde ahora ha muerto. Él, que tenía tanta propensión, y tan fundamental, a la literatura, hubiera hecho muchas metáforas sobre esas coincidencias. Se fue de Chamberí, en plena guerra, y vivió algunos de los años de la restaurada democracia justo dos manzanas más allá, en la calle Caracas, donde fuimos vecinos. Y cuando ya su salud y la de Solita Salinas, su mujer siempre, su compañera, la hija de don Pedro Salinas, estaba visiblemente quebrantada, su hijo Carlos, un gran profesor, historiador de la Economía, el bravo muchacho que siempre estuvo disponible para ayudar a sus padres, decidió adecuadamente trasladarlos a Cuernavaca. Precisamente.
Así que su trayecto ha tenido esos rasgos simbólicos que son los rasgos simbólicos de una generación literalmente machacada por la historia; les arrebataron todo, la hacienda, la casa, incluso la pistola, como escribía León Felipe, pero no pudieron quitarles la palabra, es decir, la libertad, el aire republicano que él reclamó siempre como el fruto mayor de su educación sentimental, de su educación civil.
La última vez que estuve con él, en Cuernavaca, poco tiempo después de la muerte de Solita, desolado ya, cansado sin duda de batallar contra los avatares de la salud y de la vida, vi en su rostro la luz de un recuerdo. Le hablé un momento de El Médano, su playa de la infancia. Y entonces don Juan, que se hizo en la isla, y en la isla tuvo algunos de sus grandes amigos y referentes, abrió aquellos ojos grandes, inquisitivos o melancólicos. Le había tocado la fibra más feliz, había abordado por un instante el espacio que habitó siempre en su corazón. Él tenía las islas en una especie de monumento sentimental en el que también estaban nombres propios, como el de su inolvidado Domingo Pérez Minik. Y en ese preciso instante El Médano significó para él el aire republicano del que venía, los nombres sobre los que había construido su nombre.
Hay algo en estos viajes a la Francia profunda -estoy en La Roche, vengo de Nantes, he ido a la Isla de Yeu, donde Petain penó la traición a su país- que me recuerda inevitablemente a Julio Cortázar. Podía recordarme a cualquier gran escritor francés, desde Anatole France a Jean Paul Sartre o a Albert Camus, suponiendo que Camus fuera francés realmente, y sin embargo todos estos parajes, estos lugares por los que pasea la tranquilidad casi soporífera del verano, me llevan al escritor de Rayuela, la gran novela de las noches de nuestra juventud.
Y no es porque aquí se respire la atmósfera de Rayuela o de cualquiera de los libros o relatos del gran cronopio, sino porque uno se hizo con esa literatura a la idea de Francia como suposición literaria, como elemento que unía la literatura con el suelo francés, y no sólo el de París. Sartre o Camus eran París, en nuestras lecturas primitivas; leíamos La Náusea y La Náusea era París, como era Breton París y era Camus, el de Combat, el París que nos imaginábamos. Cortázar nos ayudó a concebir un París latino cuyas noches no acababan nunca, entre conversaciones y jazz, azotadas por las dudas constantes de La Maga y por las indecisiones melancólicas de Oliveira.
Pero un día Cortázar se enamoró, viajó por el mundo, dejó el París de Rayuela y de sus relatos más fantásticos y misteriosos y finalmente se adentró, como para reconocerse, en la geografía interior de una Francia que comenzaba en París y acababa en Marsella. El libro en el que describió esa especie de isla de asfalto que él fue dibujando con su furgoneta, al lado de Carole Dunlop, la fotógrafa, su esposa, que le precedería en la muerte, fue Los autonautas de la cosmopista, uno de los grandes relatos de amor que se han escrito en nuestro tiempo.
Ese relato no discurre, ni mucho menos, por la geografía por la que me he desplazado este fin de semana, en busca de una entrevista que ya he hecho en la Isla de Yeu. Pero todo el tiempo ha estado en mi recuerdo, pero sobre todo en mi imaginación, la figura alargada e imponente de aquel ser tímido que convirtió el viaje con Carol en una desesperada declaración de amor por la persona que tenía al lado contando juntos esa excursión entrañable.
Una de estas noches, saliendo de un bistró en el que una vez más sentí su presencia melancólica y callada, fantasmal, estuve escuchando como si vinieran en bandada desde uno de sus relatos una hecatombe vibrante de pájaros que salían de los árboles a una hora precisa del día, las nueve de la noche. Como si tuvieran una cita extraordinaria en uno de los árboles colindantes, estos pájaros de La Roche, desde donde escribo ahora, vagaban a velocidades supersónicas de una copa a otra de esos árboles, y se posaban sobre todo en uno de ellos, el más alto, del que partían de nuevo, como si estuvieran desesperados por trasladar un mensaje cuya urgencia acabaría en cuanto llegaran al otro sitio.
Leí a Cortázar (ese libro, Rayuela, sobre todo) cuando era un chiquillo, en un ámbito totalmente diferente, en el Colegio Mayor San Fernando de La Laguna, que alguna vez fue al tiempo un colegio mayor y una capital ideal (universitaria, cultural), de Canarias, y ahora aquí, mirando estos pájaros, contemplando la placidez vespertina de la Francia que Cortázar adoró, me surge otra vez Cortázar como si lo estuviera leyendo en aquel sitio fantástico donde pasé mi juventud descubriendo las palabras y la fantasía de aquel Julio inolvidable que fue nuestro.
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