Elvira Lindo eligió para culminar esta noche la presentación de su novela Lo que me queda por vivir (Seix Barral) a Miguel Poveda, y el cantante hizo honor a la hondura de su voz, y a la hondura de la obra, cantando tres canciones que a mi me conmovieron, y que hicieron levantarse al público que llenaba el Ateneo de Madrid. Cantó el bolero que le da título a la ficción de Elvira, luego cantó Vete de mi, de Bola de nieve, con una emoción que se parece a la emoción que causan las heridas del amor, y finalmente le puso música, y arreglos, por cierto, al poema extraordinario de Jaime Gil de Biedma Que la vida iba en serio. En cierto modo, esas canciones, y esa voz, junto con la conversación que Elvira Lindo mantuvo con Antonio Muñoz Molina forman parte de una sinfonía total, de un conjunto de propuestas que de pronto fueron ensambladas por la riqueza y por la profundidad del ritmo. Muñoz Molina puso el diapasón en algún momento: esta es una novela de una madre huérfana que es salvada por su hijo, precisamente. Esa es la raíz del drama, y también la raíz novelesca, el punto de partida de esta novela, cuyo capítulo primigenio, el que le dio el tono a la autora, fue leído ante el público por la actriz María Pujalte. Elvira no quiere (y tiene razón) que su ficción se lea en clave autobiográfica; es cierto que cualquiera puede ponerle a cualquier texto la etiqueta de la autobiografía, a veces por desconocimiento de las claves literarias, y la mayor parte de las veces por pereza. Leer la novela exige la generosidad con la que fue escrita, por lo menos; es una ficción sobre una década intensa, la de los 80, que no fue una década prodigiosa, dice Elvira, sino una década que precipitó novedades morales, culturales, políticas, que ya marcarían para siempre la vida cotidiana de todos nosotros. Y en ese sentido ha girado la novela de Elvira Lindo: una recreación, llevada a cabo con un ritmo formidable, de una vida (o de varias vidas) que no son exclusivamente de nadie, sino de una especie de imaginario colectivo al que ella le ha puesto nombres propios. La sala, digo, estaba abarrotada; Elvira Lindo ha conseguido una sólida relación con sus lectores, su voz, que ha cambiado de la radio (importantísima en el libro) a la creación de tipos infantiles o adolescentes, hasta la novela o los guiones de cine, ha arrancado en esta novela los jirones más visibles de una madurez que dará muchísimo de sí. Con Antonio habló de literatura, de la literatura que está detrás de sus libros y de sus ambiciones como narradora. Me sentí raro en algún momento: escuché tantas veces la voz de Elvira en el pasado, emociona tanto, ahora, verla tan madura, tan hecha, sobre ese escenario en el que se movía al principio como la colegiala que parecía ser siempre, hasta llegar a lo más sólido de esa madurez literaria de la que ahora disfruta. Cuando finalmente Poveda le puso música al ambiente parecía que el propio acto había sido diseñado desde lo hondo de esa manera de escribir que ha alcanzado la autora de Lo que me queda por vivir.