Estuve en Bogotá por primera vez en 1988, cuando yo tenía 40 años; me trajo Colcultura, una entidad que se dedicaba, bajo la dirección de José Manuel Ospina, a relacionar la cultura colombiana con la visión de gente de otros países, y entonces yo llevaba la cultura en EL PAÍS. Entonces, como ahora, la vida nocturna de Bogotá era intensa, pletórica; esta es una ciudad intensa y pletórica que jamás duerme, y entonces casi no dormimos, conducidos desde el atardecer por esas calles que entonces parecían, porque estaba cerca esa lectura, las calles de La Habana que describió Guillermo Cabrera Infante en sus Tres tristes tigres. Había un amigo, Guillo González, que sigue estando, ahora lleva la revista Número, que se conocía todos los recovecos, y de noche y de día estaba dispuesto a la felicidad y a la rumba. Volví a Bogotá muchas veces, después como editor; conocí aquí, o estuve con, grandes narradores colombianos, a los que luego he seguido viendo, y en algunos casos editando, cuando fui editor de Alfaguara. Todos estos años he visto evolucionar para mejor la ciudad, su vida nocturna sigue siendo intensa y variada, sus restaurantes son buenos, y los que no son buenos son honestos; sus bibliotecas son un orgullo nacional, y con razón, y hay librerías sensacionales. Es una sociedad que ha avanzado hacia la confianza en el futuro desde la tremenda desconfianza que puso en sus venas sociales, urbanas, políticas, culturales el maldito terrorismo. Su economía es mejor que muchas de las economías que nos son cercanas, aunque el desempleo arroja un balance desolador. La gente está confiada, ahora, en que el nuevo presidente, José Manuel Santos, se distancie de la mente torturada y levantisca del anterior presidente, que veía un enemigo en cada piedra, y se alió con fuerzas que Colombia no merece para mejorar Colombia. Ahora hay mejor clima, se dice, y no se refieren a este clima de nubarrones densos y de sol intenso que se suceden en un instante para desconcierto de los pulmones de los que respiramos mal. En fin. Pues esa Bogotá intensa me tuvo anoche, la última de mi estancia, por los barrios alegres y confiados de la medianoche, y ahí es donde me di cuenta de que ya ha pasado demasiado tiempo desde aquellas bellas madrugadas con Guillo y sus amigos: mi amigo Fernando Lastra me llevó a Andrés Carne de Res, que es una institución de la modernidad de Colombia; música intensa, ensordecedora; gente encantadora sirviendo comidas estupendas, pero tanto sonido... Me dijo Fernando: "Es la edad. Ya no puedes comer y oír al mismo tiempo". Porque te piden opinión sobre el local, le dejé una nota a Andrés, el audaz creador de este restaurante que es un espectáculo: "Un poco de Albinoni de vez en cuando mejora mucho el sabor de la carne". Definitivamente, han pasado veintidós años y Bogotá me ha dado el diapasón de la edad.