Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

La palabra Egipto

Por: | 30 de enero de 2011

Hace años, quizá veinte años, estuve en Asuán, cuando autoridades del mundo, como la ministra griega Melina Mercuri, y como el presidente Mubarak, asistían a la final del concurso para reconstruir la biblioteca de Alejandría. Resultaba extraño, verdaderamente, que un concurso sobre el porvenir cultural de una ciudad se realizara en otra; era impensable que eso ocurriera en España, que algo que correspondiera a Barcelona se desarrollara en Madrid, y así sucesivamente. Uno de los periodistas extranjeros que acudían al mismo acto, dijo que en un país como en Egipto no valía la lógica imprescindible en otros sitios. Y era cierto: a lo largo del camino que nos llevó desde El Cairo a Asuán, en los aeropuertos y en las vías, en las carreteras y en las calles, Egipto se manifestaba como algo verdaderamente insólito en el mundo, al menos en el mundo que yo había visto: a los dos lados de las carreteras, a los dos lados de las calles, por fuera de los aeropuertos y de los sitios oficiales, masas ingentes de uniformados guardaban puertas, cerros, esquinas, Egipto era un país sitiado, como una palabra prohibida a la que hubiera que mantener a buen recaudo por si se desmandara una sola de sus sílabas. Ahora hemos visto hasta qué punto estaba guardada esa palabra, hasta que la gente ha hecho lo que proponía Ángel Ganivet y que ya ha ocurrido en otros lugares, y más recientemente en Túnez: cuando los de abajo se mueven los de arriba caen. En todo caso, como en La vida es sueño, siempre hay algo peor, o simbólicamente peor: los chinos acaban de prohibir en sus medios de comunicación (y en las redes que acechan la censura china) la palabra Egipto. Es probable que haya otras metáforas de las dictaduras pero esta prohibición me parece un ejemplo memorable y terrible de lo que sucede en Egipto y de lo que pasa en China y de lo que pasa allí donde el poder se ejerce con la mentalidad de los usurpadores. De los usurpadores de las palabras, también.

Un mundo verdaderamente distraído

Por: | 30 de enero de 2011

Acabo de llegar a Nueva York. Nieve, la vieja hermosa ciudad ofrece el sol gris que convierte en blanco y negro los campos que la circundan por New Jersey. Yo entro en el taxi que me lleva a Manhattan, consulto el correo electrónico, busco con afán las noticias que vienen de Egipto o de mi pueblo; voy preocupado porque he extraviado, ¡otra vez!, mis gafas de leer, con las que he leído periódicos y libro y medio en el avión. Cuando me senté ante el ordenador busco, otra vez con afán, noticias de Egipto, de España, de mi pueblo y de fútbol, observé que un amigo me había reclamado como amigo en Facebook (¡pero si ya éramos amigos!), y entré en ese batiburrillo incesante de amigos que quieren amigos y más amigos, como si esa fuera una cucaña interminable de nutrientes bajos en calorías, la amistad automática que se obtiene por un clic y ya está, a otra cosa, a otros amigos igual de automatizados. En esa búsqueda, que interrumpí para seguir escribiendo un texto que me asalta como la buena o como la mala memoria, di con el reportaje, Un mundo distraído, que hoy publica Bárbara Celis en EL PAÍS, sobre la influencia que tiene sobre nosotros esa urgencia obscena con la que vamos de una incitación de internet a la otra, esa obsesión que nos impide mirar las ciudades a las que acabamos de llegar porque estamos mirando qué pasa en otros lugares gracias a la diabólica conexión perenne que depende del dedo índice de la mano derecha. Un mundo distraído, titula Bárbara, un mundo que nos está distrayendo de la vida. Imagino que si uno dice cuidado nadie lo tomará como el grito de un reaccionario, pues la paciencia, la búsqueda paciente del saber tranquilo, puede resultar revolucionaria. Quedarse quieto cuando te empujan tanto debe ser muy gratificante, digo yo.

La dimisión de Alex

Por: | 28 de enero de 2011

Iba a hablar de la nieve que se ve desde mi ventana en Múnich, y de la que me espera en Nueva York, donde me dicen que hay que pisarla con zancos; pero se me ha adelantado un bloguero en los comentarios del post de ayer y me inclino por hablar de la dimisión de Alex de la Iglesia como presidente de la Academia de Cine. Desde mi modesto punto de vista, su dimisión es un eslabón más en una carrera innecesaria. Se entiende muy bien que estuviera a favor de la ley (que no es una ley) sobre las descargas, que luego haya tenido una posición de mayor disponibilidad al entendimiento con los internautas (todos somos internautas, por cierto, no sé por qué se especifica tanto), y que finalmente se haya opuesto al arreglo que hubo entre el PP y el Gobierno. Que haya asumido esas distintas posturas resulta legítimo, se entienda o no, porque no siempre se tienen que entender las posturas de la gente para respetarlas, faltaría más. Y que después de toda esta carrera de obstáculos que él mismo se impuso, lo lógico era que dimitiera, por lo que él explica muy bien. Porque colocó a la Academia de Cine, a sus compañeros de corporación, en un lugar bien complicado si atendemos a lo que él mismo cuenta: no consultó con nadie una postura que de manera abierta y bien expuesta les implicaba de lleno. Ahora lo han arropado con su presencia, pero es evidente, como él se encarga de divulgar con una honestidad que debe ser subrayada, que superó con creces la confianza que él mismo tenía de contar con una representación cuyos límites traspasó con creces. De modo que sí, es lógico que dimita, y es lógico ahora que se respete esa dimisión sin otros aspavientos que los propios que han de exhibirse para agradecerle que, una vez aceptado que se equivocó, se reuniera con sus compañeros para escuchar sus posturas. Dimitirá, pero después de la Gala de los Goya, con lo que se sirve el espectáculo con un morbo añadido. ¿Que quedan heridas de todas estas escaramuzas? Claro que quedan. Una dimisión de alguien con tanta energía siempre deja un hueco, y en este caso el hueco es sintomático: no se produce tras un proceso tranquilo sino traumático, como si en este país las cosas tuvieran que acabar siempre como el rosario de la aurora, con la gente mirándose incómoda en el patio de butacas. Mientras tanto, vayamos a la esencia: ¿qué pasa con esta norma de descargas? ¿De veras es tan mala la norma, de veras cambió tanto en el trayecto de ser ley Sinde a ser ley Sinde-consensuada-con-el-PP? ¿No habremos estado exagerando mucho todos? Ahora leo lo que les dice Alex a Borja Hermoso y a Rocío García en EL PAÍS y la verdad es que no encuentro esencia para que él haya tomado esas posturas y finalmente haya tenido que dimitir. ¿Estamos hablando de desacuerdos o estamos hablando de otros choques de trenes? Mi sensación es que Alex tomó un protagonismo que finalmente le desbordó y ha decidido descender de la escalera en la que se había subido. Ahora que se está bajando, dejémoslo que lo haga con el sosiego que merece tanta prisa.

En la rueda de un avión

Por: | 26 de enero de 2011

De nuevo de camino, ahora hacia Múnich, y después a Nueva York, prosiguiendo un trabajo que acaba en la hermosa capital norteamericana, bajo su luz gris y potente a la vez. Escribí el domingo sobre un escritor francés que había sido consejero editorial de Gallimard, y la voluntad caprichosa de las fechas juntó esa entrada con la amarga noticia, temida, de la muerte en Islandia de Jaime Salinas, editor español de educación anglosajona que revolucionó aquí la historia del libro. Le conocí, le admiré, muchos imitamos, en el universo de las editoriales literarias, cosas que él inventó. El comité de lectores, por ejemplo, que fue, por otra parte, una creación de Gallimard. Salinas quiso repetir en España, y lo logró hasta el punto en que aquí te dejan lograr las cosas, la experiencia de Gallimard. Ayer escribí en elpais.com un texto sobre Salinas como el editor sin límites; hace años hicimos con él una conversación en la que también participó Ruth Toledano, la poeta; fue en la cocina de su casa, para un libro que entonces me encargó Muchnick; ese libro se iniciaba con un prólogo que titulé Jaime Salinas extraterritorial. No recordaba ese prologo, y el libro, que jamás se publicó, era inencontrable. Pero alguien muy querido me recordó esta mañana el título de aquel texto. Es curioso cómo regresan las ideas sobre las personas, el editor sin límites, el editor extraterritorial. Volveré sobre Jaime, y volveré. Por la noche, ayer, estuve viendo una película también sin límites, José y Pilar, del cineasta portugués Miguel Gonçales, sobre José Saramago y Pilar del Río. Sobre una relación pero también sobre el tiempo, sobre lo que queda de aquí al día, esa expresión cervantina que tanto le gusta a mi amigo el poeta Arturo Maccanti, cuyas obras completas viajan conmigo desde hace tiempo. Ahora estoy casi al borde de otro avión, reclamado insistentemente por esta azafata múltiple que es la prisa de viajar. Para qué, diría Saramago, y para qué, diría Salinas. Jaime decía: "Tú veras lo que haces". Ante cualquier circunstancia, ante cualquier arrebato, ante cualquier capricho: "Tú verás lo que haces". Y Ángel González escribió: "Tú verás lo que haces. Yo me lavo las manos". Demasiadas impresiones como para dar por terminado ningún discurso antes de subir a este avión etéreo que es la vida que nos lleva.

Jean Dutourd, consejero literario de Gallimard

Por: | 24 de enero de 2011

Hace sesenta años un joven francés le escribe al gran editor del siglo XX, Gaston Gallimard; le propone un manuscrito, y Gallimard le responde: "Me ha interesado mucho... Me honraría mucho publicar una de sus próximas obras". Animado por esa respuesta, el joven, que tiene treinta años, acude algún tiempo después a las puertas de la más célebre de las editoriales europeas. Y le explica a Gaston Gallimard que ha andado por esos mundos, tuvo nostalgia del país, regresó, encontró aquella nota de ánimo y... "Estoy en el paro, sin un duro: ¿Tendrá usted una plaza de limpiador para mi". Gallimard sonrió, dijo que se lo iba a pensar, y al día siguiente le propuso un puesto como consejero literario. Ahí estuvo dieciséis años, en un tiempo cerca de Albert Camus, la joya indiscutible de ese tiempo en Gallimard, y ejerciendo ese puesto fue el traductor al francés de El viejo y el mar de Hemingway. Además hizo una carrera literaria por sí mismo, y en 1978 fue elegido miembro de la Academia Francesa. Leí anoche esa historia, en la imponente y buenísima biografía de Gallimard escrita por Pierre Assouline, biografía que recomiendo vivamente a todos aquellos que quieran ser editores o ya lo son, y a todos los que amen los libros y quieran saber qué hay detrás de quienes se atreven a editarlos. Dice Fernando Arrabal que el porvenir se hace en golpes de teatro, y ese azar me hizo leer precisamente anoche ese capítulo y encontrarme esta mañana, en EL PAIS, con la noticia de que ayer mismo moría en Francia Jean Dutourd, que es el protagonista de aquella historia que narra Assouline. Al leer la nota de mi compañero Antonio Jiménez Barca me volvió otra vez la imagen de ese joven escritor que se ofrece al editor como limpiador y que al día siguiente lee manuscritos para ver desde abajo cuál es el contenido de la ambición literaria, desde que el autor toca a la puerta de las editoriales hasta que reaparece en forma de libro. Él vivió todo ese proceso, y ayer acabó su historia, ligada, como la de tantos, a la mano poderosa, astuta y sabia de Gaston Gallimard. 

Los árboles de Regent´s Park

Por: | 23 de enero de 2011

Estoy en Londres, para hacer mañana una entrevista para EL PAÍS. Esta mañana he preparado el trabajo y luego he ido a caminar al parque cercano, Regent´s Park. He visto niños con sus padres, he visto loros en el Zoo, he visto perros persiguiéndose, he visto, desde Primrose Hill la impresionante vista del sur de Londres, hacia la Tate Modern, he visto padres con sus niños y he visto árboles, muchísimos árboles deshojados, azotados por el inclemente invierno inglés, que actúa sobre cada uno de los árboles con una implacable meticulosidad, hasta convertirlos en esqueletos de sí mismos, en una metáfora de lo que es un árbol. Siempre he tenido una gran pasión por el esqueleto de los árboles, desde mi infancia, cuando veía los árboles de la Montaña de Las Arenas, en el Puerto de la Cruz, e imaginaba que eran personas, locos que explicaban a gritos su discurso desde aquella altura que entonces me parecía descomunal. Algún tiempo después identifiqué esos árboles de melena extraviada con la apariencia y con la escritura, hecha de arañazos, de Miguel de Unamuno, y mucho más tarde, cuando ya viajé, asocié la idea de los árboles a las fantásticas sabinas de El Hierro, que parecen mujeres al borde de un suicidio o de cualquier otra decisión abrupta o inesperada. Ahora, en Regent´s Park, he visto esos árboles pacíficos y he vuelto a ver en ellos todos esos árboles con los que he ido asociando la palabra árbol así como el hecho mismo del árbol, su apariencia interiorizada. He dado la vuelta al parque, he regresado al punto de partida, he hecho memoria de todo lo que he visto, he hecho incluso memoria de mis recuerdos londinenses, que tanto tienen que ver con mi vida, y me ha vuelto a venir a la mirada ese aire desolado, y deshojado, de los árboles que me han recibido en los distintos tramos del camino. José Saramago decía que su abuelo se despidió de los árboles, antes de morir; creo que en los árboles hay algo de insólitamente humano, un aire de familia que traspasa su propia esencia arbórea para comunicar a los hombres algún mensaje misterioso de la tierra. Como si en esa soledad magnífica que representan mostraran también la soledad de quien los mira.

El que se tiene que ir y no se va

Por: | 22 de enero de 2011

Vi anoche, en el 24 Horas de Vicente Vallés, en Televisión Española, el video preparado por el Partido Popular para animar a sus militantes a proseguir la idea de que este país está vendido al pesimismo causado por ese diablo nefasto que nació en León. La metáfora es en claroscuro. Durante los años que vivimos, estos de Zapatero y el socialismo, los españoles vivimos en la oscuridad, ateridos de frío, con jaqueca a causa de los problemas que nos causa la persistencia en el poder de semejante peste; pero, en un momento determinado, es decir, dentro de nada, cuando esa oscuridad deje de aterirnos de frío, se abre una ventana y por ella entra un ventarrón de luz. Inmediatamente después sucesivos chorros de colores, en forma de reformas, austeridad, empleo y otras ilusiones convierten esas sonrisas en alegría, esas jaquecas en jolgorio, y así hasta que Rajoy dibuja en una pared el principio de otro mundo, que es el que nos espera en cuanto se acabe el martirio que estamos viviendo. Me fijé en las personas que había a mi alrededor; claro, el video es una metáfora que dura unos minutos, y las metáforas ya se sabe lo que son: subrayados de deseos, escaramuzas para que uno se transporte por un momento a otro universo distinto al universo terrenal que estamos viviendo. Tiene que ser eso, porque yo no advertí que, aunque estemos aún en tiempos de Zapatero, mis amigos fueran, en efecto, seres con la cara ceniza, sus chaquetas seguían teniendo los colores vivos que tuvieron mientras estuve con ellos, y sus ojos eran azules o verdes o negros, pero vivísimos. En el mismo espacio escuché lo que Aznar le dice a Zapatero para que se acabe este periodo gris e ignominioso: es el que se tiene que ir y no se va, basta de bromas, dice Aznar, basta de bromas como las del pinganillo. Si se va Zapatero, se deduce de esta estrategia de comunicación con la que se le da publicidad al futuro, se acabará la oscuridad. Y si se acaba el pinganillo este país será otra vez una nación. ¡Maldito pinganillo que nos divide! ¿Será tan fácil? Si fuera tan fácil, si fuera tan automático, no harían falta ni campañas electorales. Se quita a Zapatero, se quita el pinganillo, y a escuchar músicas celestiales, dirigidos todos por el color alegre de Rajoy, contrapunto feliz de ese cenizo de Zapatero. Pero claro, habrá campañas electorales, habrá más videos, y habrá más imágenes de España con dolor de cabeza, hasta que Aznar traiga de la mano al que tiene que venir y venga. O no, porque, claro, a la gente no la convences sólo con metáforas, algo tendrán que decir unos y otros de cómo nos sacan de veras de este mundo en el que la ceniza se alterna, obligatoriamente, con el color. Porque si no no estaríamos vivos, no nos moveríamos hasta que viniera el chorro de luz.

Pero, ¿por qué grita?

Por: | 21 de enero de 2011

De todas las cosas que vi, viví y escuché en las horas, un día y medio, que pasé en Milán esta semana recuerdo dos que no se me van de la memoria. Una es la visita a la extraordinaria librería Feltrinelli Expres en la imponente Estación Central que mandó construir Mussolini. En aquel impresionante trasto que comunica Milán con toda Europa y que es la puerta de Italia hacia adentro y hacia afuera, esa notable familia Feltrinelli, Inge y Carlo, han hecho realidad, una vez más, el sueño del patriarca, el mítico Giangiacomo, de abrir la librería --las librerías-- al público de manera total y libre, quitándoles ese aire de templos silenciosos que tuvieron en tiempos (y sigue teniendo en miles de casos) el aire de las iglesias a las que había que entrar rezando o confesando ignorancia. Son librerías fantásticas, y esta en concreto, la número 101 de las librerías que ha abierto Feltrinelli en Italia, es la más grande de todas, la más arriesgada también, porque se somete a gente de paso que se supone que no tendría tiempo para andar entre los corredores de los libros. Pues la gente anda entre los corredores, busca, encuentra, es atendida por un personal delicado y dedicado, y es una delicia encontrarse con lo que uno busca gracias a una destreza que no hace ruido. Una buena experiencia. Lo otro que quería contar sucedió en la vía Manzoni, cuando me iba del hotel. Llevaban mi maleta a un coche y el señor que se ocupaba de estos trámites reclamó a un taxista gritando. Entonces, el jefe de recepción le preguntó a uno de sus compañeros: "Ma, per ché urla?" Por qué grita este hombre, es innecesario. Se me quedó la frase en la memoria, como un ritornello, como un refrán que serviría para la vida común. Gritamos, todos gritamos, en este blog se grita, en la prensa se grita, se grita en la tele y en la radio, se grita en las casas y en las aceras, se grita en las aulas, estamos sumergidos en un enorme grito, están los gritos de la falsa humildad y los gritos de la abierta pedantería; vivimos entre el grito y el susurro chismoso, entre el deseo de gritarle al otro nuestra propia frustración, nuestra animadversión o nuestros malos deseos, le gritamos al otro automovilista, e incluso nos gritamos a nosotros mismos. Feltrinelli quería librerías llenas de gente que buscara y que encontrara lo que le produjera placer o sosiego (Feltrinelli propugnó que las empresas dieran más días libres para que la gente tuviera más tiempo para leer: no estaría mal que los sindicatos españoles, que ahora discuten con el Gobierno, reclamaran lo mismo); acaso en las librerías y en las bibliotecas no se grita. Juan Carlos Onetti decía que los lectores eran obligatoriamente pacíficos pues mientras se tiene un libro en las manos no se tiene un revólver. Un revólver es un grito. Y todos nos estamos tiroteando todos los días. En lugar de leer. Ah, alguien aquí se llamaba ayer Miguel de Cervantes. No sé qué hubiera hecho Miguel de Cervantes con el tiempo en estos años de bloguerías. ¿Gritar, quizá? Nos hubiéramos perdido el Quijote, la historia del sosiego imposible de un loco.

Da gusto recomendar el último libro de Manuel Vicent

Por: | 20 de enero de 2011

Rafael Azcona resolvía la tarea de comentar un libro o una película de alguien cercano diciendo muy firmemente al máximo interesado: "¡Esto es un libro!" o "¡Esto es una película!", según el caso. Es cierto que resulta muy complejo esto de expresar con palabras lo que nos ha parecido un libro, una película, un cuadro, un disco, etcétera, pues todos los autores --todos-- tienen su ego específico que aunque reclame sinceridad espera elogio. Así que es complicado decir cualquier cosa, por lo que la fórmula de Azcona me parece fantástica. Sin embargo, a veces da gusto elogiar un libro y recomendarlo abiertamente. Vaya por delante que este que recomiendo es de un amigo al que frecuento muchísimo, y al que quiero, claro está, que además publica su libro, una novela, en la editorial a la que estuve ligado hasta hace algunos años, Alfaguara, a la que él mismo estuvo ligado mucho antes que yo. La novela es Aguirre, el magnífico y el autor es Manuel Vicent. La he leído como si fuera un libro sobre Jesús Aguirre, el duque de Alba. Pero pronto la novela no es exactamente sobre ese personaje tan peculiar, tan inteligente, tan extraordinario y tan contradictorio que fue el sacerdote, editor y finalmente duque más famoso de las últimas décadas españolas. El libro es sobre Aguirre, qué duda cabe; él es el foco del interés narrativo de Manuel Vicent, pero en este caso, como en otros de su producción literaria, Vicent ha hecho caso de las sabias teorías de Juan Cueto sobre la mirada distraída, así que ha conseguido, con una mano verdaderamente magistral, de un magisterio insólito, hondo, establecer ante nosotros una especie de retablo de las maravillas y de las desdichas de un país entero desde que nace al duque hasta que cae del otro lado de la vida, tras un periodo en el que la sombra es su cobijo. El libro recorre, pues, la historia de España en los difíciles tiempos del franquismo y de la transición, y para ello Vicent acude a su propia teoría de la memoria fermentada; para los periodos siguientes, cuando España pretendía ser un país alegre y resuelto, Vicent acude a una ironía que alcanza los límites en los que la ternura se confunde con el sarcasmo. La capacidad metafórica de Vicent le ha acompañado felizmente; él es un obseso de la grasa (contra la grasa) en la literatura, y aquí consigue un cuadro acabado y sutil, lleno de insinuaciones que hacen revivir la historia para ponerla a disposición de los que creemos que la literatura no es sólo la narración notarial sino la imaginación al servicio de los sucesos que uno rememora en la niebla dubitativa de la memoria. Literatura pura, sin grasa, proteína en su justa medida, alimento poético verdaderamente raro. Si tienen una librería a mano vayan en seguida a buscar este libro, y léanlo como se lee una novela. No caigan en el vacío de la historia, pues las historias son mejores cuando parecen inventadas. Esto es un libro, ciertamente, y qué gusto da recomendarlo.

El viaje

Por: | 17 de enero de 2011

Hace muchos años hice mi primer viaje a Europa; entonces viajar era mucho más complicado; había fronteras en el exterior y fronteras en el interior. Por algo que escribí en mi periódico de entonces sobre el hambre me negaron el pasaporte, hasta que me lo dieron para un solo viaje. Era el año 1972, cuando el régimen empezaba a caer pero todavía tenía sus organismos de vigilancia engrasados hasta el ridículo. En aquel viaje, que conté en El Día, el periódico tinerfeño donde empecé a ejercer el periodismo después de algunas vueltas y revueltas de iniciación, hice un trayecto parecido al que inicio esta mañana: París, Milán, Londres... Entonces buscaba mundo, gente, lugares que eran míticos para un joven que jamás había salido del patio de su casa. Ahora han pasado muchos años y han pasado algunos entusiasmos que entonces eran la materia prima del viaje. No se han extinguido todos, por supuesto; por ejemplo, no se ha agotado la pasión por conocer, la curiosidad que hace que el periodismo sea un oficio tan nutritivo, tan expuesto a los demás, viajar para saber y para contarlo. En aquella ocasión busqué a algunos autores, y ahora imagino que me encontraré con otros. En un recodo de aquel viaje, estando en Ámsterdam, apareció Julio Cortázar cerca de la Bolsa, y estuvimos hablando con él, Carlos A. Schwartz, fotógrafo y arquitecto tinerfeño que era mi compañero de viaje, y yo, durante algunos minutos. Eran los tiempos en que había leído Rayuela, y el autor argentino formaba parte (y aún hoy forma parte) de los escritores más importantes de mi vida. Estuvimos en Londres buscando a Cabrera Infante, que me descubrió la música en la literatura, y en cualquier sitio de Milán esperábamos encontrarnos con sorpresas que nutrieran el viaje de experiencias inolvidables. Fue en Florencia, en el Forte Belvedere, donde se produjo para mi un descubrimiento extraordinario: la exposición de esculturas de Henry Moore. Arte al aire libre. Aquella visión de la espléndida obra del artista inglés contra el paisaje absorbente de Florencia está entre mis mejores memorias de viaje. Ahora no voy a Florencia, ya querría, pero siempre que inicio un viaje espero encontrarme con una sorpresa así, que me halle con los ojos bien abiertos para que la mirada me dure toda la vida, como me dura toda la vida aquella emoción que transmitían las esculturas rotundas y suaves de Henry Moore.

El País

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