40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

El clima

Por: | 31 de marzo de 2011

En el clima político ha vuelto a ser el terrorismo, o el antiterrorismo, el punto de partida de una discusión bronca que amenaza con nublar aún más el entendimiento de lo que le pasa a este país. Cada vez se parece más el papel y la voz de la política y de la prensa a lo que sucedió a partir de 1993, cuando valía todo para la hucha de la crispación. Ahora han vuelto los titulares de la ultraderecha a confundir sus deseos con las realidades, y el argumento parte de lo que ha sucedido en el pasado con la política antiterrorista. Ya no basta la situación calamitosa de la economía, las otras culpas del Gobierno, etcétera, sino que se echa mano de la historia de las negociaciones o las conversaciones con Eta, intentadas en el pasado por todos los gobiernos democráticos, desde Adolfo Suárez hasta el momento presente, pasando por los gobiernos de Felipe González y de José María Aznar, que fue quien denominó a la Eta como Movimiento de Liberación Vasco. Lo que tiene el aspecto de ser una escalada judicial en pos de una causa general a partir del caso Faysan le sirve a comentaristas, a editorialistas y a los que hacen las primeras páginas para dar carta de naturaleza a las versiones que los etarras han querido dar de esos contactos. En el centro de sus intenciones está desacreditar para ahora y para siempre a Alfredo Pérez Rubalcaba, vicepresidente del Gobierno, que se adivina como un argumento electoral interesante y por tanto a batir sea como sea, en un ambiente de venganzas que amparan cualquier lenguaje. Es de suponer que vendrá el sosiego (judicial, político), pero es difícil concebir que esta pieza aterrice con sosiego en esa política del titular cada vez más escandaloso que parece dominar ese sector de los medios que ha decidido que ya suenan no sólo los tambores de la guerra electoral sino los viejos tambores de una crispación que se acelera para crear un clima cada vez más estruendoso.

La despedida del editor

Por: | 29 de marzo de 2011

Estuve anoche en el homenaje de despedida a Jaime Salinas, el editor de Alianza y Alfaguara recientemente fallecido. Elsa Fernández-Santos hace hoy una muy atinada crónica del acontecimiento en EL PAÍS, de modo que me detendré en mis propias sensaciones más que en la crónica de lo que pasó. Aunque sin los nombres propios de algunos rostros que vi no podría dar una cumplida semblanza de los sentimientos que pasaron por mi mente mientras se desarrolló el acto. Delante de mi veía a editores jóvenes en la época de Jaime, como Luis Suñén y Manuel Rodríguez Rivero; un amigo suyo de los inicios de Salinas en Seix Barral, Alberto Oliart; editores veteranos, como Javier Pradera, Emiliano Martínez, Jordi Herralde y Mario Muchnik; vi a políticos, como Javier Solana, periodistas, como Miguel Ángel Aguilar. Era como si de pronto toda una época, la de la transición política y cultural de este país, se hubiera concentrado en la Residencia de Estudiantes para decirle adiós a un hombre que representó, en el universo editorial, el terreno de unión, la luz común, de la España de la diáspora y de la España que se quedó aquí, en medio de las sombras del franquismo y en medio también de la esperanza de mucha gente que lo combatía. En la mesa, un joven editor, Miguel Aguilar, que contribuyó muchísimo a que otros de su generación conocieran y estimaran la obra de Salinas, amigos más jóvenes de Jaime, como Vicente Molina-Foix, Enric Bou y Luis Revenga, su sobrino Carlos Marichal, que trajo unas hermosas cartas enviadas por Jaime a su madre, Solita Salinas, su amiga de la infancia y de siempre Teresa Guillén, y Gudbergur Bergsson, compañero de Jaime durante medio siglo. Bergsson, poeta, escritor islandés del que escribí aquí en mi última entrada, narró el entierro y los últimos tiempos de Jaime en Islandia, sobre todo, adonde Jaime iba con él en busca del tiempo fresco cuando en Madrid se achicharraba y en busca del calor de las casas islandesas cuando en Madrid se atería de frío. La narración de Bergsson, que muchos escuchamos sobrecogidos, fue escueta pero detallada, se detuvo en la luz que acompañó a Jaime en los últimos días, antes y después de la muerte, explicó la música con la que le despidió, y elevó a obra de arte el sentido total de esa despedida íntima. Molina-Foix había dicho que Salinas fue siempre un expatriado, y que acaso aquella luz de Islandia había sido el reposo del viaje que no conoció patria. La intervención de Bergsson cerró, en cierto modo, el sentido de esa metáfora de la diáspora perpetua que tuvo otro símbolo en las palabras de Teresa Guillén, hija de la misma tragedia española que convirtió a Salinas en un apátrida en busca de una luz que se le resistía. Al final del acto alguien me preguntó qué sentía, qué sentí mientras escuchaba todos estos parlamentos de despedida. Sentí esa desolación que se padece cuando sabes que no sólo se está diciendo adiós a un hombre y a un amigo sino una época entera de la cultura y del entendimiento de lo que son los libros, de lo que es la cultura de publicar ideas y ficciones. Eso sentí, como un viento helado que no sólo sopló en Islandia.

La magia de la niñez

Por: | 27 de marzo de 2011

Gurbgergur Bergsson, escritor islandés, traductor de Borges y Cervantes, tiene, entre otros, un hermoso libro emocionante sobre la niñez, o a partir de la niñez, La magia de la niñez, publicado por Tusquets en su colección Andanzas en 2004 y escrito por él, en islandés, en 1997. Hay en ese libro latidos que nos pueden ser familiares a todos, hayamos nacido donde hayamos nacido. Hay referencias a carpinterías, a pájaros, a orfandad, a soledad, al silencio de las madres, a la brutalidad de las relaciones entre los niños, que están en la memoria colectiva de esa niñez que nos ampara y nos desampara al mismo tiempo, que nos construye pero que también nos destruye, que nos deja solos, en la intemperie de la adolescencia, pues es la más fugaz de las edades a pesar de que persiste tanto luego en nuestra memoria.

Decía Saramago que vamos con el niño que fuimos. Ayer me decían en Ibiza algo que dijo alguna vez Javier Marías: vamos con el niño que nos dice qué pensábamos ser de adultos. En este libro de Bergsson se dice en un momento determinado: "Pregunté a mi hombre interior mientras escuchaba a mi padre: ´Me pregunto si alguien puede ser alguien por sí mismo, por mucho que se haya esforzado en llegar a ser algo sin ayuda de nadie`".

Somos la suma de lo que fuimos aprendiendo; y de adultos la mayor parte de nuestras actitudes tienen que ver con aquellas que nos llenaron de duda o incertidumbre en la infancia; y aunque la experiencia nos haya dado más valor o aún más cobardía, seguimos reaccionando como si fuéramos aquellos niños que fuimos.

Pero además de esas consideraciones sobre lo que la infancia nos deja en incierta herencia hay en este libro de Bergsson algo que quisiera subrayar, pues es, en el contexto, como un puñetazo que él lanza sobre la actualidad, y no sólo sobre la actualidad que él construye escribiendo; es sobre nuestra actualidad, por decirlo así, sobre lo que vivimos ahora aquí o en cualquier parte:

"--La miseria procede en gran parte del interior de uno mismo, y por regla general no es culpa de nada ni de nadie-- afirmó mi madre.

    Como he heredado esta forma de ser, nunca me ha agradado la gente que sale adelante a base de quejas, ni siquiera los artistas. Casi todo el arte contemporáneo está montado, no sobre el talento artístico, sino sobre la capacidad que pueda tener la gente para andarse con ese constante lloriqueo. Todo el mundo lo considera natural, aunque a los artistas sólo les sirve por un breve tiempo a lo largo de su carrera, y puede llegar a hacerlos famosos pero no interesantes ni reconocidos. Antes, el artista rugía como un león; ahora participa en el habitual coro de lamentaciones y de este modo consigue el aplauso de su madre y una buena subvención que le impide ir por ahí con el culo al aire".

El sonido del subsuelo

Por: | 25 de marzo de 2011

A los que padecemos de la incombustible manía de la comunicación perpetua la existencia de los aviones y del metro no constituyen sólo una bendición sino una terapia. En los aviones es notorio que no se puede utilizar el teléfono (¡todavía!); pero en los trenes el generalizado uso del móvil es un suplicio que no cesa en todo el viaje y en todos los viajes. Hasta hace poco, al menos en el metro de Madrid podía uno gozar la posibilidad de interrumpir las llamadas y de que los demás las interrumpieran también. Pero se puede hablar por el móvil en el metro de Madrid; dentro de los vagones, en cada uno de los vagones, y de manera obsesiva, la gente se da recados, queda para verse a la salida, explica que se ha olvidado un suéter donde se guardan los jerseys, que no ha podido poner los zapatos donde se guardan los zapatos, y que, en definitiva, el viaje va como estaba previsto, es decir, en metro, para encontrarse con un amigo, con una amiga, para ir a la universidad, al corte inglés o al juzgado. Decía Ortega Spottorno, el fundador de este diario, que el fin del mundo llegaría cuando todos los teléfonos estuvieran comunicando al mismo tiempo. Ya ha llegado el fin del mundo, y está empezando ese desastre tan temido por el subsuelo de Madrid e imagino que de otras capitales del mundo donde ya es imposible el sonido del silencio que podíamos disfrutar los que queremos curarnos de la manía perpetua de comunicarnos. En el tren la gente desoye, nunca mejor dicho, la indicación bienintencionada de que atenúen el sonido en los vagones, de que vayan a hablar a las plataformas, y se ha convertido el viaje en tren en un guirigay espantoso de recados y de invectivas, de parejas que riñen, de niños que saludan a sus abuelos, de periodistas que buscan exclusivas o gritan amenazas contra los que no se pliegan a sus requerimientos... También se intercambian recetas sobre enfermedades, detalles acerca de la dentadura que le crece a los niños u otros acontecimientos que van recreando la atmósfera que con tanta ternura como sarcasmo identificaron Azcona y Berlanga con el modo de comunicar banalidades las distintas gentes de la época en que en los trenes se hablaba a gritos, pero no por el móvil. En fin. Ojalá que en este país de normas se imponga la norma del silencio al menos en el subsuelo; por ahí vienen ya los inventos que permitirán hablar también en el aire, dentro de los aviones. Y estaremos hablando por tierra, mar y aire, hablando y hablando sin darnos cuenta de que ya somos parte del fin del mundo. 

Eguillor y la imagen de las sombras

Por: | 24 de marzo de 2011

Durante años Juan Carlos Eguillor, que falleció el lunes en Madrid, era para mi la imagen risueña de un compañero que venía cada semana a la redacción, paseaba por ella con ese aire perplejo del que habla hoy Jorge Martínez Reverte en su obituario, y luego volvía a las calles de Madrid o de San Sebastián, donde le vi muchas veces, y al final le vi de lejos, paseando por la Gran Vía, con aquella prisa que le hacía ir de lado, como si fuera y viniera al mismo tiempo. Algunas veces se disfrazaba de cura, o de cualquier otra cosa, y así iba, como uno de sus monigotes, burlándose de las sombras groseras de la historia cotidiana, en un país al que no se adaptó nunca demasiado, como sus propios personajes. No sabía que había muerto, lo vi en el diario digital, de pronto, como si una mala noticia falsa se hubiera colado en la lista de lo que dice la edición impresa; esa incredulidad, que viene del deseo de que nunca se muera nadie, nadie, nadie, me dejó con esas sensaciones que siempre me producen estas desapariciones que uno conoce abruptamente: que en efecto fuera un error, que yo no había mirado bien, que la noticia de su presencia en realidad tenía que ver con otro acontecimiento, una exposición, una película, un reencuentro. Y no. Las sombras son pertinaces, están en el aire, en un momento determinado son absolutas, y ahí está Eguillor, mirando al frente, como si preguntara caminando arriba y abajo en la Gran Vía que durante mucho tiempo fue su asiento peripatético. Para mi siempre estará paseando por ahí, entre esas sombras con las que le gustaba confundirse. Como Liz Taylor es la sombra que vi una vez a través de una puerta entreabierta del Hotel Mencey de Tenerife, junto a Richard Burton, recibiendo de las manos del joven reportero una botella de whisky que ellos querían mezclar con vodka, estaban experimentando nuevos sabores, no querían saber mucho del sol de la isla, preferían la sombra aireada del hotel en el que también se estaba quedando don Julio Caro Baroja, amigo éste, por cierto, del gran Eguillor que nos ha dejado... Así es la vida, nos va otorgando sombras, y nosotros vamos buscando entre ellas la dudosa luz del día...

El periódico como orador

Por: | 23 de marzo de 2011

Mañana, sobre las ocho de la tarde, se presenta en Madrid un libro singular, compuesto de textos que tienen más de un siglo, fueron escritos por un periodo tan mítico que da nombre a los premios periodísticos más populares del mundo, los Pulitzer, y se centran en su propuesta (la propuesta de Joseph E. Pulitzer) de convertir el periodismo en materia de enseñanza. El libro, Sobre el periodismo, ha sido editado aquí por Gallo Nero y esa presentación tendrá lugar en la librería Tipos Infames, que está en la calle San Joaquín, 3. He leído el libro subyugado por la evidencia de la pasión que Pultizer tenía por este oficio, pero también por esa capacidad que tiene el tiempo para repetir el pasado, a pesar de que hayan ocurrido sobre este universo en el que nos movemos tantos cataclismos. Por los oficios, y por este en concreto, pueden pasar tormentas, pero las bases se mantienen, pues los cimientos del periodismo son en definitiva los cimientos de la sociedad, y un periodista no hace otra cosa que poner el oído para contar lo que pasa alrededor. Hay periodistas que no ponen el oído, lo quitan, pero no son exactamente periodistas, son sordos cuya sordera les beneficia; no son periodistas sino seres que ambicionan el poder que ejercen otros, o bien para ejercerlo ellos o tal vez para influir de tal manera en el poder que éste se convierta en una mueca de lo que ellos dicten. No se avergüenzan, por cierto: se jactan. De estas cosas, por cierto, habla Pulitzer en este libro, en el que va repasando las distintas instalaciones mentales por las que debe moverse un profesional del oficio, desde las noticias al tratamiento del poder, precisamente. Se refiere, en gran medida, a la experiencia americana, pero todas las cosas que dice con su tono a veces entusiasta, otras veces sombrío, pero siempre con el fondo de ironía que le convirtió en un animado polemista, se pueden aplicar a distintos universos, incluido el nuestro. Subrayé muchas cosas, pero esta mañana quiero dejar estas sobre la mesa, sacadas de sus últimas páginas: 

El orador que se dirige a la democracia americana es el periódico. Es el único que posibilita la buena circulación de la sangre política por las venas de una república continental.

La virtud, como dijo Montesquieu, es la base de la República, y por ello una república, que en su versión más pura es la forma de gobierno más deseable, es la más difícil de mantener. Porque no hay nada más susceptible de decadencia que la virtud.

 

Nuestra república y su prensa triunfarán o caerán juntas. Una prensa capaz, desinteresada y solidaria, intelectualmente entrenada para conocer lo que es correcto y con el valor para perseguirlo, conservará esa virtud pública sin la cual el gobierno popular es una farsa y una burla. Una prensa mercenaria, demagógica y corrupta, con el tiempo producirá un pueblo tan vil como ella.

 

Y ya que recomendamos este libro de Pultizer, recomendemos otro de un gran periodista del siglo XX, Indro Montanelli. Es una recopilación de sus diarios, que acaba de publicar en España la editorial la Esfera de los Libros. Polémico, chispeante, este gran periodista que fue también un cínico brillante, le saca los colores a la clase política e intelectual italiana de la posguerra, y más allá, y es muy brillante también cuando se saca los colores a sí mismo.   

Escribir es caminar

Por: | 21 de marzo de 2011

Le debo a Antonio Muñoz Molina el descubrimiento de muchos libros, y de algunos estilos, como el suyo, que han enriquecido mi manera de ver la literatura y por tanto la vida, o viceversa. Sus libros han estado respondiendo siempre, como sus artículos, de lo que encuentra al pasar, en los libros o en la calle, en la realidad o en la historia, en los gestos y en los rostros; este sábado, en Babelia, nos descubre la primera novela de Teju Cole, un joven de origen nigeriano que ha escrito Open City. A novel que, dice Antonio, "me habría gustado escribir a mi". En efecto, la descripción que hace luego de ese libro refleja el espejo que lleva él mismo para escribir los suyos. Escribir, en el caso de Antonio Muñoz Molina, es aceptar que lo que pasa tiene también un envés, lo que uno imagina que pasa, lo que va delante de las sombras que uno sigue mientras transita por las calles solitarias, arboladas o secas; esas sombras que uno ya no ve y que siguen sonando cuando ya se han acabado los pianos en los bares o en los cabarets o cuando ya no hay sonido en las casas, cuando se ha pagado la vela de la que hablaba Lewis Carroll ("quiero saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada") son, para mi, la esencia de la escritura del autor de Pura alegría. Aquí, en esta novela, es evidente que Muñoz Molina ha hallado fibras de la misma madera, y ha escrito un hermoso recorrido por el libro y, en cierto modo, por el alma de sus propios libros. Acaba así su excursión animada por las letras de Teju Cole: "Escribir es caminar, imaginar, recordar, escuchar, mirar". Y leer; Muñoz Molina también ha hecho eso de la lectura: la aventura de uno que camina, imagina, recuerda, escucha, mira mientras lee.

Lo que dice Bassets

Por: | 20 de marzo de 2011

Para explicar qué pienso de la decisión de la ONU de intervenir para evitar la matanza que había anunciado Gadafi tendría que reproducir el penúltimo blog de mi compañero Lluis Bassets. No es todavía una guerra pero es justa. Es un momento muy difícil, pues en efecto muchos, muchísimos, estamos contra la guerra en cualquiera de sus formas, pues la violencia nos repugna, también en cualquiera de sus formas, incluida la forma verbal de la violencia, que puede ser encarnizada. En este caso, un dictador sanguinario anuncia que va a hacer aún más sangre contra los civiles que se han levantado contra él, sin medios, y sobre todo sin medios bélicos que puedan compararse con los suyos, mercenarios o propios, pero en todo caso muy considerables. La arrogancia del dictador ha dado ya ejemplos de cuál es el propósito que anida en su corazón salvaje: ser como Franco, aplastar como aplastó Franco, aplicar la misma gallardía militar implacable que él aprendió de esas fuentes indeseables. ¿Y qué hace el mundo, la sociedad reunida en la antigua Sociedad de Naciones? Lo que está haciendo. Hay muchas variantes con respecto a la guerra de Irak, de donde nace, fundamentalmente, el eco del No a la Guerra que ahora aprisiona nuestras gargantas cuando vemos que, en efecto, aunque no sea una guerra de verdad ya se acerca a lo que será una guerra. La comunidad internacional la ha aceptado, con algunas abstenciones que no son sino amables discrepancias que no impiden, porque no son vetos, la ejecución de la voluntad disuasoria (y bélica) de la mayoría. Además, no es Estados Unidos el que marca el paso de esta intervención, sino Francia. No hay detrás argumentos oscuros, o poco sólidos, pues los argumentos los ha dado el propio dictador con el anuncio explícito de su voluntad de exterminio civil y militar. ¿Qué decir, pues? En primer lugar, lo que dice Bassets: estamos en un momento muy distinto, y es muy complicado, después de todo lo que hemos visto, oído y leído no sentir que, en efecto, algo tenía que hacer la comunidad internacional. Esto es lo que ha empezado a hacer. Ojalá dure poco el conflicto, Gadafi repliegue su ansiedad de venganza y al final la expresión todavía (todavía no es una guerra) no se transforme en la palabra ya (ya es una guerra). Sobre todo, si esto significa que no hay víctimas, ni habrá más víctimas de la hasta ahora incontenida violencia de Gadafi.

Tras la huella de Montaigne

Por: | 18 de marzo de 2011

Estuve ayer en Burdeos, en el Instituto Cervantes. Es la primera vez que voy a Burdeos; cuenta Manuel Vicent que en cierta ocasión en que el humorista José Luis Coll regresó de una excursión al monasterio de El Escorial llegó a su tertulia del Café Gijón exclamando:

    --¡He estado en El Escorial y es cojonudo!

No voy a expresar el mismo descubrimiento de Burdeos, que está ahí desde hace siglos, pero sí debo decir que me pareció una ciudad magnífica, habitable, vivible, marcada por un río majestuoso cuyas orillas despliegan la belleza suntuosa que uno siente en ciudades con río, París o Londres, tantas otras.

Allí está la huella de Goya, y allí hay muchas otras huellas españolas. Escuché hablar un español perfecto, estudiado, a los jóvenes estudiantes de español del Instituto Cervantes, estuve con traductores de literatura española (François-Michel Durazzo, François Gaudry), hablando del momento en que se encuentra ahora la creación literatria hispanoamericana, a la que se dedican. Y Toni Picazo, la directora del Cervantes, tuvo la gentileza de llevarme a mediodía tras la huella de Michel de Montaigne, acaso el pensador (y escritor) más importante de la cultura francesa de todos los tiempos, que fue alcalde de Burdeos, por cierto, en el incierto siglo XVI de nuestra era. Resulta que estoy leyendo un libro de Jorge Edwards (La muerte de Montaigne, Tusquets), que se presenta el lunes en Madrid, y quise visitar la mítica torre donde el autor meditaba, escribía y vivía con una pasión a veces conmovedora y en ocasiones devastadora. Fuimos hasta allá, pasamos por los viñedos y el pueblo de Saint Emilion y lleguemos a esa roca habitable que es la torre de Montaigne; visité la sala donde está el camastro tan ilustre, vi, dispersos, algunos documentos que recuerdan su paso por el lugar y por la tierra, nos hicimos algunas fotografías, compramos algunas postales y nos aprestamos a mostrar a los que nos encontráramos luego lo mismo que dijo Coll al volver de El Escorial. Fugaz pero bella excursión, complementada luego por la visión maravillada de este lugar quieto, animado de noche por un bullicio estudiantil que convertía la noche de San Patricio en una juerga civilizada pero apetecible. Yo no la pude seguir; cenamos en el Café del Puerto, que es como un enorme galpón en el que apetecería escuchar jazz mientras la noche se va despidiendo sobre las sombras apacibles del río. Pero no había jazz, ni aspecto de que aquel enclave de Europa fuera a seguir vivo mucho más allá de las once de la noche, pues en estas ciudades ya la gente se duerme como si tuviera prisa para despertar al día siguiente. Era mi caso, la verdad, y aquí estoy, en Barajas, rodeado de gente que teclea como yo, acaso otros blogs apresurados, mientras esperan cualquier conexión. Yo, en concreto, espero un vuelo a Lanzarote, adonde me voy esta mañana. 

La existencia del día siguiente

Por: | 17 de marzo de 2011

A veces lo que nos mantiene es la ilusión del día siguiente, como dice José Luis Pernas en aquellos memorables versos suyos, "comprendo entonces que hay que buscarse una esperanza para seguir viviendo". He conocido a lo largo de mi vida pocas personas que, como Josefina Aldecoa, hayan cifrado en la ilusión, en la existencia, del siguiente siguiente la probabilidad feliz de la vida. Ella apostaba por el día siguiente; desde la muerte de Ignacio, su marido, hasta ahora mismo, cuando ella ha muerto en su casa de Mazcuerras, en Cantabria, su vida fue una esperanza en el día siguiente, en el que estaban al unísono su hija Susana y su nieto Ignacio, y sus alumnos, y sus libros, y sobre todo los libros de Ignacio, a los que dedicó su vida igual que dedicó gran parte de su vida a que la desmemoria no arrojara su sombra sobre la excelente escritura con la que convivió siempre. Carmen Martín Gaite, su amiga y compañera de todos aquellos años pletóricos del Madrid de claroscuros, tituló unas conferencias suyas en la Fundación March con la cancioncilla que ellos entonaban en aquel entonces: sentadito en la ventana esperando el porvenir, y el porvenir no llega. Era la esperanza en el día siguiente, la arrolladora esperanza que en ella duró hasta ahora y que sigue estando cifrada en la escritura y en los demás, los que continúan llevando su semblante y su amor por todo lo que la rodeó, en un mundo de parsimonias en el que también se produjeron las catastrofes de la despedida y de la muerte. Era una mujer elegante, e incluso gallarda, y tenía una ternura que me la hace recordar nítidamente como una amiga delicada cuya mirada siempre estaba pendiente de un punto fijo en el que estaba la risa de Ignacio Aldecoa, el amor que la mantuvo siempre pendiente, a veces con mucha melancolía, del día después. El que ya no vendrá más.

El País

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