40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Me hubiera gustado que la ganadora, entre las ciudades que competían para ser capital de la cultura europea de 2016, fuera Las Palmas de Gran Canaria. Por muchas razones, aparte de las afectivas. Soy canario, y eso lo tengo a gran honra; y Las Palmas de Gran Canaria es una alta honra canaria. Ganó San Sebastián, ciudad admirable por muchísimos motivos. Y me alegro de que haya ganado: Donosti, la ciudad de Eduardo Chillida y de Fernando Savater, y de la librería Lagun, y del Festival de Cine, y de Mikel Laboa, la ciudad de La Concha y del Peine de los Vientos. Cualquier ciudad que hubiera ganado, aparte de Las Palmas de Gran Canaria y la ciudad vasca que finalmente ganó, me hubieran merecido el mismo respeto, la misma afirmación de alegría. Claro está, la candidatura canaria estaba más cerca de nuestro corazón; por razones que ahora no vienen al caso, estuve en algún momento de este proceso de selección. Debo decir que los miembros del jurado me parecieron profesionalmente muy preparados y muy puntillosos; imagino que, como se ha dicho desde algunos sectores, incluido el sector de las islas, la política, la influencia política, habrá tenido que ver con la selección. Eso hubiera sido así en cualquier caso, estuviera o no estuviera ahora Bildu en el poder. Pero es que esa selección, por su propia naturaleza, es política; eligen una ciudad, llevan meses y años seleccionándola, tienen en cuenta numerosos elementos, entre ellos el elemento político, de eso no nos cabe duda. A nosotros, cuando defendíamos la candidatura de Las Palmas de Gran Canaria, nos preguntaron expresamente sobre las relaciones que Gran Canaria tiene con Tenerife; eso no es tan solo una curiosidad, eso tiene una raíz política. Cómo van a remar ustedes juntos, se llevan bien, se llevan mal. En la vida casi todo es política, y obviamente la política afecta a decisiones de este nivel porque se trata de elegir ciudades, polis en sentido estricto. Y San Sebastián se merece, como cualquiera otra de las ciudades que competía, esa capitalidad. El hecho de que ahora esté al frente de su alcaldía un alcalde de una organización como Bildu no debe cegar a nadie; y eso está pasando, ciegos ante el reglamento, ciegos ante la raíz administrativa de esta decisión, están atribuyendo la elección a motivos de última hora. Creo que no se saca nada enmarañando la verdadera naturaleza del litigio. Los que hayan perdido que sepan perder, y los que hayan ganado, es decir, los que ahora están en el poder y recogen ese cetro, que sepan que el triunfo es de San Sebastián, no de un determinado color político.

Calor y melancolía

Por: | 28 de junio de 2011

Entre todos los oficios elegí este, y acá estoy, casi cincuenta años después. En mi barrio había muchas posibilidades. Debajo de mi casa, en el salón en el que mi padre tuvo una venta en la que vendía vino y altramuces, había una carpintería; allí me hicieron la primera estantería que hubo en casa, para los libros que fui pidiendo en la biblioteca del Instituto de Estudios Hispánicos; más allá, al otro lado del barranco, había un taller pirotécnico, que los chicos llamábamos foguetería; y ahí corríamos la cinta que envolvía la mecha de los cohetes, o voladores; trabajé también en los techados de las casas nuevas, que la gente dejaba sin encalar, para no pagar la contribución; y finalmente me dieron un empleo en una tienda de venta de partes de automóviles, donde yo juntaba los albaranes por orden alfabético. Con este empleo compré mi primera máquina de escribir que luego fue de un sobrino mío y que luego fue otra máquina de escribir y así sucesivamente. Un día escribí ahí mi primera crónica --de fútbol-- y desde ahí, hace ahora cincuenta años, nunca dejé de tener relación con este oficio. Pudo haber sido cualquier otro, pero este es el mío, lo ejerzo con calor y melancolía, lo disfruto y lo sufro, es mío, es lo único que tengo, que tuve y que tendré, y ahora lo celebro como celebro el calor y celebro la melancolía. Cincuenta años después, 35 de ellos (y pico) en EL PAÍS. 

Con la salud no se juega

Por: | 26 de junio de 2011

A los alérgicos nos persiguen a la vez el buen tiempo y el mal tiempo; la primavera, y algunos días nublados del verano, nos acribillan a los asmáticos; y el invierno es una esquina soplando vientos fríos que acaban con la estabilidad frágil de los pulmones. Cuando esas inclemencias se dan sucesivamente el cuerpo no resiste, cae en el sopor de la fiebre y al final te inutiliza también la mente, te pone a descansar de manera total, automática. Pasó estos días, me fui a Buenos Aires con la gripe del verano y en Buenos Aires la vino a agravar la gripe del invierno, así que regresé a Madrid con 39 grados de fiebre; grado a grado me fui con ellos a la cama y ahora al fin me levanto de esa postración que sólo me permitió, ayer tarde, levantarme un rato para ver la entrevista que Juan José Millás le hizo a Joaquín Sabina (Canal+) en el inicio de una serie de conversaciones que Juanjo ha titulado Conversaciones secretas. Me gustó. Me gustó muchísimo el planteamiento de la conversación; era evidente que con estos dos grandes de la conversación esta charla iba a ir bien, periodísticamente hablando; pero me gustó muchísimo el planteamiento, pues Millás empezó llevando a Sabina por lo ámbitos más sensuales y explícitos de su memoria (desde los primeros bares en los que actuó en Madrid hasta la plaza de Toros y las fachadas de su primeras casas), hasta introducirlo en lo más delicado de sus membranas psicológicas, sus relaciones personales, incluida su relación sentimental con su mujer, Ximena, una peruana honda y sentimental que comparte con Sabina parte de la espuma de lo que es, pero sobre todo lo menos público de Joaquín, su melancolía, la inseguridad que le acompaña leyendo o, quizá, llorando, las partes incomprensibles de las madrugadas en las que él se levanta gritando ¡No comprendo! Ese final del programa, en el que ya Ximena era la dueña virtual de la conversación, aunque Joaquín hablara por encima de su voz, fueron minutos impagables de una conversación que, instalada en la memoria, es mucho más que una simple conversación periodística. Es el retrato de un hombre que alcanza poco a poco el equilibrio que no buscó (o que buscó desesperadamente) gracias a una mujer que hasta en silencio te dice un discurso de sensatez y de armonía. Juan José Millás alcanzó ese efecto, y esto solo lo consiguen o los buenos entrevistadores o los buenos psicólogos. Yo creo que incluso a mi me curó un poquito, pues luego seguí viendo a la joven selección española de fútbol. No resistí mucho más: vi a Bono en Telecinco, y me pareció más cursi que Bob Dylan cuando se traducen sus letras. Sé que acabo de decir un sacrilegio, pero es que he estado leyendo las traducciones de las letras de Bob Dylan; sin música son otra cosa, suele suceder. Enhorabuena, en fin, a Juanjo, a Joaquín y sobre todo a Ximena, que me aliviaron la gripe que casi me reproducen las cursilerías de Bono.

Sabato en los días de sol

Por: | 24 de junio de 2011

Ernesto Sabato era un universo, conflictivo consigo mismo, dramático siempre, agarrado como una roca al sufrimiento ajeno y al sufrimiento propio, sentimientos que se intercambiaban. Le pregunté a su compañera Elvira González Fraga (y de ello hay un amplio resumen en Babelia de mañana) si, teniendo en cuenta esas actitudes, los suyos eran los días de otoño o, aún más, los enfriadísimos días del invierno argentino. Me dijo que no. Que Sabato, en la vida cotidiana, gustaba del vino y de los días soleados. ¿Entonces? Había dentro de Sabato, del Sabato que quedó para la historia, una luz mortecina que era sobre la que él trabajaba para entender la raíz dolorosa del mundo. Pero se alzaba sobre esos talones de bruma para concebir un mundo distinto, o mejor, cuando estaba con los otros, cuando no tenía la obligación civil de interiorizar sus sufrimientos. Él dejó de escribir novelas, se cuenta en ese reportaje que aquí estoy adelantando, porque la recepción que tuvo su última novela,en 1974, le decepcionó; los lectores, creía él, le habían dado la espalda. Y dejó de escribir novelas. Ahora que tengo fresca su autiobiografía, Antes del fin, y algunos libros de entrevistas que he consultado para escribir mi reportaje, he sacado la impresión de que en realidad Sabato quiso, desde esa fecha, ocuparse más de lo real que de la ficción, como que dejó de creerse los mecanismos (acaso los engranajes, que era una palabra más suya) de la ficción, y decidió hacerse un ser de memorias o de testimonios más que un ser de ficciones. Me parece que esa decisión marcó su vida, y por tanto marcó su humor, su manera de ser; el hombre que venía de Sobre héroes y tumbas y de El túnel, ambos sustratos autobiográficos de su paso por la tierra, cuando era joven y viajero o bohemio, decidió ensimismarse, buscar dentro de sí la posible explicación del mundo, y esa contemplación lo atormentó. Así vivió, en medio de la tormenta, buscando siempre, me decía Elvira, la luz de los días de sol. Hoy es su centenario. Celebremos su vida. 

El periodismo sin adjetivos

Por: | 23 de junio de 2011

Esta es una profesión humilde; humilde porque es pasajera aunque imprescindible; sin el periodismo no se puede hacer la historia, o al menos no se puede rastrear. El periodismo es la huella que van dejando los días. En fin. Y es cruel, un oficio cruel, decía Eugenio Scalfari, el primer director de La repubblica de Roma. Cruel porque domina un poder que puede afectar a las personas, a las instituciones, y puede afectarlo muchas veces sin posible defensa de los que sufren el periodismo cuando éste no se basa en datos ciertos sino en rumores que se utilizan para dañar. El poder que tienen (que tenemos) los periodistas es la raíz de los numerosos contrafuertes que, en algunos casos los propios profesionales, se pone el periodismo para controlar adecuadamente su fuerza o su impacto. Scalfari es también el autor de la más sólida de las definiciones que conozco de periodista: periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente. Se la escuché en un aula de la Escuela de Periodismo de El País y ayer la dije en un aula en la que jóvenes aspirantes a ejercer el oficio me interrogaban sobre esto que hacemos. En algún momento uno de ellos me preguntó por mis opiniones acerca del periodismo neutral y del periodismo militante. Le dije que el periodismo no debe tener adjetivos, y militante debe ser el periodismo tan solo del periodismo: del rigor, del contraste, del respeto por las personas y por los datos. ¿Periodismo neutral? Tampoco existe, pues en medio no hay nadie: cuando uno escribe sobre lo que ocurre está adoptando un punto de vista, y ese jamás es inocente o desinformado, en el sentido de que cuando uno narra tiene tras de sí la tradición de sus propias miradas, de su propio modo de ver la vida. Un amigo periodista suele decir que un periódico es una mirada compartida; ese estado es en el que está el periodismo, o el periodista: ve para contar, pero no adopta a priori punto de vista ninguno, no va a la plaza deseando que las cosas se puedan contar desde un punto de vista u otro. No va a la plaza con adjetivos. Los adjetivos los pone el lector. ¿Neutral? ¿Objetivo? ¿Partidista? ¿Militante? Uf. Pongamos adjetivos al periodismo y lo habremos puesto cuesta abajo en la rodada como dice la milonga argentina. Por cierto, llueve en Buenos Aires. A cántaros. Es lindo ver llover en Buenos Aires. Y me voy, esta mañana me marcho de la capital de Borges y de Sabato. Mañana hubiera cumplido cien años Sabato.

Cristina tiene nombre de tango

Por: | 22 de junio de 2011

Entrevisté a Cristina Fernández de Kirchner hace siete años, cuando todavía no era la presidenta argentina, sino una senadora de verbo fácil y aguerrido, mucho menos suelta que ahora pero igualmente cejijunta y escrutadora. Entonces estuve con ella casi dos horas en los salones de la embajada argentina en Madrid. El resultado fue una entrevista publicada en EL PAÍS Semanal y el recuerdo es el de una mujer de pie. Más que probablemente hicimos aquella conversación sentados, junto a un vaso de agua, que bebió ella, y un café que tomé yo. Estaríamos, seguro, mirándonos en alguna ocasión, a veces fijamente, mientras ella buscaba una idea o una palabra para expresarla; yo sin duda me fijé en su manera firme de pronunciarse sin sonreír, como si en cada sentencia quisiera dejar una piedra en un estanque. Salí de allí con una sensación que rememoré anoche, cuando la escuché anunciar la revalidación de su deseo de seguir siendo la sucesora de su marido al frente de la presidencia argentina. Creo --creen, lo he leído, me lo han dicho-- que hizo un buen discurso electoral al que, para mi gusto, le sobraron las enésimas alusiones personales y los ataques, que en este momento hasta en su lenguaje resultan superfluos, a sus adversarios más habituales, los medios y su vicepresidente; en esta ocasión, atajó las imprecaciones del público a su vicepresidente, pero ella fue la que encendió la mecha. Y cuando prendió el fuego ella mismo previno: "No, no, respeto, pido respeto". En fin. Pero lo que quería evocar de aquella conversación con la senadora que hoy es presidenta, y lo seguirá siendo según todos los indicios, es que siempre tuve la sensación de que Cristina Fernández estuvo todo el tiempo de pie, hierática, aguardando vigilante cualquier ataque que pudiera agarrarla desprevenida. Pensé en eso anoche, viéndola de pie, hierática también en los momentos más emocionantes (o más personales) de su discurso, como si se lo hubiera aprendido en la letra y no en la melodía, como si lo hubiera memorizado para decirlo sin los tonos que tendría todo discurso político de raíz sentimental, que es lo que en definitiva era el interior de su discurso, parecido en su estructura (e incluso en sus quejidos) a la formulación aparente de un tango. Lo tendrá estudiado, se lo tendrán estudiado, pero me fui del televisor pensando que le sobró canción a Cristina Kirchner y le falto mirar a la cámara, o a la gente, como si estuviera sentada, escuchando otros latidos que los de la memoria automática de lo que quiso decir.

Seres de invierno, seres de verano

Por: | 21 de junio de 2011

Álvaro Pombo me dijo hace semanas, sentado en su bar favorito del barrio de Moncloa, en Madrid, que él se pasaba el año esperando que llegara el verano. Conozco seres de invierno, también, personas que rechazan el calor y prefieren la almohada cálida del interior de la casas. A Juan García Hortelano le encantaban las terrazas y el verano, y el gin tonic bien servido en un hotel de Madrid, que también estaba en el barrio de Pombo. Ahora empieza el verano en España y hoy entro en el invierno en Argentina. En julio, me decía ayer el dibujante Rep (que ahora ha ilustrado un Quijote que presenta la semana que viene en Madrid, antes de ponerse a pintar un mural público en Alcalá de Henares), el frío aquí es insoportable, como el calor en enero. No he estado nunca ni en otoño, hasta ahora, ni en el invierno argentino, y he estado, como es natural, en todas las estaciones españolas. En Canarias tenemos atisbos de estaciones, y hay países, como México o Colombia, en los quje la estacionalidad es tan solo un estado movible de la mente. Estos días en Buenos Aires observo la nostalgia del verano o de la primavera en este otoño que nos abandona; la gente sigue en las terrazas, y pasea con la ligereza con que se visten para andar por casa pero en la calle. Sin embargo, el frío de julio empieza a asomar, y es invierno en los almanaques. Ayer era fiesta, y la ciudad de Buenos Aires tenía el aspecto de franela que le da el cielo oscuro desde el amanecer hasta bien entrado el día; como París o como el viejo Londres de los cuentos fríos de Dickens. El viernes, día de san Juan, estaré en Madrid, donde me dicen que el sol es de plomo estos días. Todos los años espero el 21 de enero con la ansiedad de un muchacho que quiere reencontrarse en septiembre con los amigos que dejó en junio. Es que, como Pombo, vivo la vida esperando que regrese el verano.

Lo de Las Madres

Por: | 20 de junio de 2011

Aparte del reportaje de Sol Gallego en EL PAÍS leí ayer otros artículos en la prensa argentina, entre ellos uno de Jorge Fernández Díaz en La Nación, sobre el caso de las Madres de la Plaza de Mayo. La acumulación de datos y de sobreentendidos sobre el fraude que, en el nombre de estas mujeres que hicieron de su heroicidad un emblema moral contra la dictadura y después, resulta tan abrumadora que no hay resquicio por donde se pueda explicar la irresponsabilidad con la que actuaron los presuntos delincuentes y tampoco la ceguera con que dejaron hacer Hebe de Bonafini y quienes la acompañan. Estamos ante el cruel desmoronamiento de una imagen que fue guardada con un celofán que parecía transparente, y esta es una nueva tragedia para la Argentina, tan propensa a mitificar su propia historia cuando no a sufrirla como la sufrieron, sin duda alguna, esas señoras que, con sus pañuelos blancos en sus cabezas también blanqueadas, pasearon su dolor y su denuncia en épocas en que hacer eso tan simple como caminar era vigilado por una dictadura sanguinaria. Mataron a sus hijos, las amenazaron a ellas, y ahora reciben en pleno rostro la ignominia de haber creado en su seno un negocio fraudulento que defraudaba a sus propios benefactores, el Estado. Lo que sucede ahora es gravísimo también porque pone en riesgo lo más noble de memoria que atesoró la Argentina herida por la bota militar, por la continuada burla de los derechos humanos. La verdad es que he leído estas denuncias francamente sobrecogido. Son unánimes y describen con todas las señales el proceso que siguieron los delincuentes que controlaban las finanzas de las Madres a un desfalco continuado del dinero que el Estado les daba para realizar sus actividades. Se ha emborronado una efigie, y lo que leo aquí no tiene que ver con la vergüenza ajena, tiene todo el aspecto de reflejar una enorme vergüenza propia, porque, como decía Sol en su escrito, eso se sabía, se iba sabiendo y nadie ´hacía nada hasta que ahora lo que se sabía y no se decía se convierte en un alud ya insoportable.  

El pasajero de al lado

Por: | 19 de junio de 2011

Anoche llegué a Buenos Aires, después del viaje de doce horas que nos traslada de Madrid a la capital argentina, cuyas luces desteñidas por la ceniza y la niebla nos recibieron cuando eran algo menos de las diez de la noche. Un taxista ucranio que tiene nostalgia de su tierra pero no de sus gobernantes (con la URSS no se robaba, decía) me trajo hasta la casa de Sol Gallego, la corresponsal de EL PAÍS en Argentina, en cuyo cuarto de trabajo estoy ahora, sentado en su pupitre, mirando, mientras escribo, la fotografía que ella tiene delante cuando redactasus crónicas estando en casa. Siempre he tenido fascinación por los periodistas, y sin duda por los buenos periodistas como Sol; desde muy chico, quise saber cómo eran, cómo trabajaban, me gustaba escuchar sus anécdotas, datos sobre sus métodos de trabajo, sugerencias para que los otros lo hiciéramos mejor, etcétera. Y acá estoy, en el cuarto de trabajar de una de esos perioidistas admirables que le han dado y le dan al oficio los elementos que lo convierten en necesario e ilustre, comprometido y esencial para la sociedad de ahora y del futuro. ¿La foto? Es un muchacho que se ha detenido a leer libros amontonados en una calle de Amsterdam. Alguien los dejó ahí, él tropezó con ellos y ahí está, leyendo. Eso es lo que hay en la foto; lo que pasa es que si uno se pone a verla puede extraer muchísimas metáforas, pues para eso se inmortalizan los instantes, para que sean metáforas.

Pero yo quería contarles otra anécdota que surgió en el vuelo que me ha traído hasta acá, y que acá me tendrá hasta el día de san Juan. Hace unas semanas un señor mexicano me recriminó que dejara periódicos leídos sobre el suelo de mi asiento en un vuelo que hacíamos juntos a Londres. Él iba escribiendo en un ordenador como este que me ha prestado Sol y yo iba a su lado, devorando periódicos que, una vez usados, dejaba caer porque no hay ahora en los aviones recipiente para arrojar papel usado. Lo cierto es que el señor me afeó la conducta y yo le di la razón. No es común dar la razón, debe ser, porque él en seguida trabó conversación conmigo, y esta conversación no sólo fue amigable sino muy instructiva para mi. Él es mexicano y es una autoridad mundial en el trasplante de médula; ejerce en Londres, pero su radio de acción, al frente de una organización mundial de la salud de los enfermos de leucemia, es muy amplio, y había estado en Andalucía discutiendo con otros especialistas acerca de esa materia. Además, es escritor, estaba en ese momento escribiendo una novela en el ordenador, a mi lado. Y, aparte de eso, había escrito una especie de autobiografía de su familia, que proviene de la isla de La Palma.

Me resultó muy grato este encuentro con el pasajero de al lado, y lo he contado mucho estos días. Pues anoche, cuando venía a Buenos Aires, en un momento determinado, tres horas antes de aterrizar, el pasajero de al lado que, como yo, había permanecido en silencio durante todo el viaje, se interesó por mis lecturas, pues le resultaba interesante que yo leyera sucesivamente libros de Borges y de Sábato, una vez deglutidos los periódicos que, por cierto, guardé cuidadosamente en bolsas de papel que había llevado al efecto. Le expliqué mis trabajos, etcétera. Y él me explicó los suyos. No invado intimidad alguna si digo que el señor me dijo de inmediato que era Joaquín Rodrigué, editor; ese nombre es, para los que hemos estado en el oficio, uno de esos nombres míticos de la edición literaria hispanoamericana. Hasta que hace algunos años se hizo cargo de la Editorial Sudamericana el grupo Bertelsmann, los Rodrigué (Gloria Rodrigué, Joaquín Rodrigué, el pasajero de al lado) fueron editores de los grandes autores argentinos y latinoamericanos, y singularmente fueron los editores de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Yo había escuchado el apellido muchísimas veces, y no sólo eso, viajo (y viajaba ayer) con libros publicados con ese sello que ellos convirtieron en un emblema de la edición que nos interesa. Nunca lo había visto a él, nunca había conocido a Gloria. Ésta le esperaba en el aeropuerto, y juntos se perdieron luego en la misma niebla en la que yo me perdí en manos del taxista ucranio nostálgico de su tierra. Fue un encuentro casual, una de esas bellas casualidades que los viajes en avión propician si uno tiene ocasión de trabar conversación con el pasajero de al lado.

José Saramago

Por: | 18 de junio de 2011

"Siempre acabmos llegando a donde nos esperan". LIBRO DE LOS ITINERARIOS. A José Saramago le gustaba iniciar sus libros con una frase que atribuía a supuestos libros que sólo existían en la imaginación de memoria. Esa sentencia precede a su libro El viaje del elefante, una de sus grandes obras últimas, escrita además en el periodo de su resurrección, después de haber pasado por una crisis de salud de la que, como él decía, se levantó gracias a la fuerza de su mujer, Pilar del Río, su traductora también. Ese libro acaba con esta frase: "La reina no lo dejó hablar. No quiero saberlo, gritó, no quiero saberlo. Y corrió a encerrarse en su cámara, donde lloró el resto del día". Saramago también tenía la costumbre de enviar a algunos de sus amigos la frase final de sus novelas, al acabarlas. Ahí quedan hoy, primer aniversario de su muerte, esta invocación de los itinerarios, del viaje y del llanto, como metáforas, entre las muchas que quedan, del maestro de Azinhaga que murió en Lanzarote junto a Pilar y cuyas cenizas serán esparcidas hoy ante su fundación en Lisboa. Respeto y memoria para el viejo luchador pacífico.

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