Eliseo Alberto de la eternidad y los lunes

Por: | 31 de julio de 2011

Temida noticia terrible. La muerte de Eliseo Alberto.

El hombre, la melancolía.

Sus ojos tristes cayendo de la madrugada

sobre sobre los versos de su padre,

el fuego impar de una literatura

que era un abrazo y una huida.

Un escritor, un hombre, 

una bandera de corazones rotos

aislados exilados 

voluntariamente rotas las lágrimas

de su emocionante madrugada.

Un César Vallejo de Cuba

un hermano

caído en la vida para arañarle al lunes

su sustancia.

Madrugada, un rostro de madrugada,

dándole vuelta al café

como si estuviera en la casa

por las tardes

esperando siempre la llamada 

grandiosa de los padres.

Él sabía que el dolor avisa muchas veces

pero da un golpe final, infinitamente doloroso,

pero éste ya no se oye, es lunes mientras tanto,

el día de la eternidad

esa combinación atroz de memoria y olvido.

Eliseo Alberto, qué gran escritor se va, y qué pena que no saben decir los versos aislados, torpes,

que le escribo desde aquí, en La Gomera.

Hay 18 Comentarios

Retrato de la bailarina Rosario Suárez Charín, que fue su esposa, una de las declaraciones de amor más bellas escritas nunca.
Cuando yo la conocí, hace más de treinta años,
Rosario Suárez, Cha­rín, era un venado. Suerte que ella vivía a dos cuadras del Ballet Nacional, detrás de una iglesia poco frecuentada, porque si no La Habana completa se hubiera
embrujado con el rastro de su belleza. Fuerte, trotadora, atlética, sólo en el brillo de sus ojos negros podía reconocerse a la niña que estaba prisionera en
su cuerpo: al mirar, pedía auxilio. No he vuelto a ver en ninguna cara tanto susto. Cuánto desamparo. Me tropecé con ella a la salida de un cine, en el vestíbulo
del Olimpo, en la esquina de Línea y B, Vedado, octubre y 1970. Ella llevaba un vestido azul, de florecitas rosas. De muchacha, a menudo presu­mía un bonito
rabo de caballo, como estandarte de una ardorosa adolescencia en fuga. Apenas nos cruzamos palabras. Yo era tímido, ella reina. Cuatro o cinco noches después, pasada la medianoche, tres amigos fueron a mi cueva, un pequeño cuarto al fondo de mi casa, la de mis padres. Ella iba con ellos. Se veía preciosa a la luz de mi lamparita de bronce. Nunca más nos hemos separado, aun distantes.
Luego supe que a escondidas, en su balcón de flores, comía panes. Nunca tuvo otra muñeca que no fuese una dura zapatilla, seguramente rosada. Tanta inocencia, en semejante cuerpo huracanado, metía miedo. Al conocerla, lo supe enseguida: esa muchacha de mirada triste iba a ser uno de los grandes prodigios (quiero decir misterios) de la cultura cubana. Bien lo sabe Rosario: la carrera de un bailarín exige sacrificios. Entre otros, los de renunciar de niño a los retozos de la infancia, de joven a los vicios de las
noches largas, de adulto a la paz de lo mundano. Cero tregua. El tiempo es un verdugo y trae un hacha en la mano. Debes entrenar para vencer el desafío. La figura enfrenta a su imagen, una y otra vez, en un mismo retablo: dos espejos
frente a frente —dos centinelas de hielo, par de canallas. Las horas no alcanzan para atender la casa ni para vivir sin prisa ni para gastarlas haciendo nada. El alma siempre está en guerra contra el músculo. Cada sueño, para el bailarín, pende de un hueso: si se quiebra el fémur, si se lastima la
rótula, si se dobla el tobillo, la alegría se derrumba como un pedestal de barajas. Sin peligro, no existe la perfección. Sin riesgo, ¿de qué danza hablamos? Cuando la conocí, comenzaba su leyenda.

(…)
Las nuevas figuras que llegaban al Ballet Nacional, ansiosas por demostrar sus habilidades, pagaron muy caro la osadía de ser jóvenes y la audacia de regalar talento a borbotones. Marta García, Ofelia González, Jorge Esquivel, Amparo
Brito, Caridad Martínez, Lázaro Carreño y la propia Rosario Suárez se quedaban sin fuerzas para llorar de rabia porque era tanto lo que habían sudado en los salones de clase, ensayando papeles menores, que cuando se acordaban de su mala suerte ya no tenían lágrimas en los ojos y, para sacarse del cuerpo al diablo de la impotencia, le entraban a puñetazos a las paredes —o se sentaban a morder
panes duros, al fondo de un balcón de flores. Así huyeron para Charín, despavoridas, muchas medianoches de juventud, a bordo de una guagua, Ruta 27, que la llevaba desde el Teatro García Lorca hasta la esquina de su pequeño
departamento, detrás de aquella iglesia muy poco frecuentada que, a esas horas, además, dormitaba totalmente a oscuras. Yo la veía cruzar los patios
parroquiales, bajo la luna, como una Willys de carne y hueso que, para regresar pronto, corta camino por un atajo. Su sombra, en el pasto, seguía bailando —mientras ella, apuradita, hundida de hombros, cargaba su furia en la mochila. ¡Cuánto pesaba esa mochila!
(…)
Rosario triunfó, en primerísimo lugar, porque aquí o allá, en las buenas y en las pésimas, en la euforia de la fama o en el hueco más profundo de la tristeza, terca compañera de la soledad, su cuerpo prodigioso nunca se cansó de ejercitar su espíritu. Para nosotros, sus muchos admiradores, verla bailar era y es y será una orgía de los sentidos. No sólo verla bailar. Añado: también recordarla. Eso tiene la danza: existe en el momento efímero de su ejecución, y en él se
consume a llamaradas. Luego se desvanece: ni el humo de los aplausos queda, apenas un escenario vacío en un teatro vacío en una fecha vacía. Pero entonces el espectáculo continúa, se reanima, resucita, ahora en función privada, en ese otro tablado maravilloso que es la memoria.

La vida me ha regalado la oportunidad de estar cerca de hombres y mujeres brillantes, y con absoluto conocimiento de causa me atrevo a afirmar que sólo me he parado delante de una persona que encarna, luminosamente, el temperamento
de ese ser superior que, a falta de otra palabra menos descomunal, no puedo menos que catalogar de Genio: ella es Rosario Suárez, la mejor bailarina de Cuba, sólo emparejada en brillantez por la propia Alicia Alonso, claro está —cómo negarlo a pesar del contradictorio sentimiento de antipatía y admiración que yo le rindo. Ellas encarnan, de tú a tú, dos leyendas de nuestra rara isla, atestada de pequeñeces y envidias tenaces.
(…)
Cierro los ojos. Te hablo, Rosario. Recuerdo la primera vez que te vi bailar. Fue en “Mascaradas”, si mal no recuerdo un ballet de Ana Leontieva, una rusa blanca que compartía con doce gatos una pequeña casa de La Habana. Ustedes,
las bailarinas, ocultaban el rostro tras una careta, porque la obra (¿verdad?) sucedía en una fiesta de disfraces. Te aplaudo. Mira. Soy el único espectador que permanece en la platea. Ya todos se han ido de parranda. Te quitas el
antifaz y, al saludarme, tu cabello se descuelga en un bonito rabo de caballo. Pareces decirme: “¡Qué haces todavía aquí, Gordo!”. ¿Qué hago, Flaca? Pues nada, ya ves. Perdóname. Sé que te pondrás brava cuando leas este elogio, muy a
mi desparpajado estilo. Tú me enseñaste el valor de la lealtad. Es que quería darte las gracias. ¿Puedo? Puedo. Gracias por tu sacrificio, por tu exigencia, por haberte negado tantas noches largas, por haberte brincado la infancia (sé que aún te duele ese salto al vacío), por haber renunciado a la paz que todos merecemos, después de los trajines de los años y de la perra vida; gracias, sí,
muchísimas gracias por no cansarte jamás de los jamases, por tu soberbia terquedad, por tu adorable mal humor y por las ganas de volar sobre el campanario de aquella iglesia, hasta perderte de vista más allá del horizonte. Pero sobre
todo, muchacha, gracias por esa manía tan tuya de romperte el alma a cada paso. Ya ves, yo sigo cerca, seguimos cerca aunque poco a poco se vayan deshilachando
los recuerdos. Ojalá me olvide de olvidar —y con este som­brerazo me despido. Termina la función. Termina para que comience de nuevo.
Eliseo Alberto de Diego
Siempre te recordemos querido Lichi.

Ha sido un golpe muy duro, querido Juan. Se nos fue demasiado pronto. Ahora vuelvo a llorar leyendo tu post.
Lichi fue quien me presentó al que ahora es mi esposo en aquella feria de Guadalajara dedicada a Cuba. En uno de esos almuerzos en el desaparecido Genghis Khan. Tú también estabas.
Uno no se consuela de estas muertes.
Te mando un abrazo enorme.

El miedo a la muerte, nos hace esclavos en este mundo, y no nos deja hacer cosas, por miedo a ésta. Publicado por: Francisco López | 01/08/2011 18:16:46

Eso, eso digaselo a VATICANO S.A y los que pregonando el miedo a la muerte negocian con las religiones.
Salud y Resistir.

'Read my lips: no more taxes'

El régimen español envía a sus matones uniformados y "enmascarados" a desalojar de sus casas al pueblo estafado por el capital para proteger a los capitalistas estafadores. Eso es la extrema derecha en acción.

El régimen español envía a sus matones uniformados y "enmascarados" a desalojar de las calles y plazas públicas al pueblo que se manifiesta contra los capitalistas estafadores y los políticos que los protegen. Eso es la extrema derecha en acción.
Publicado por: John Doe | 02/08/2011 12:15:21

Que clase de Publicista es usted.Repetir y repetir machaconamente.

Abra las ventanas y salga a la calle, el mundo a cambiado hombre
Salud y resistir.

A la atención del bloguero Francisco López: yo también creo en la trascendencia del ser humano después de la muerte física; pero buen hombre, no creo que este sea el lugar más indicado para su predicación. Entre Vd. en un foro religioso, espiritual .......
Espero que no se moleste.
Un saludo afectuoso desde Tenerife, la isla del Teide.

Cuando hablamos de alguien, estamos hablando de nosotros mismos, lo que vemos en los demas es lo nuestro, como somos nosotros, por eso cuando alguien habla mal de alguien, está hablando mal de si mismo, y cuando tiene una opinión mala de alguien lo que tiene es una mala opinión de si mismo, por eso lo que hacemos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos.El miedo a la muerte, nos hace esclavos en este mundo, y no nos deja hacer cosas, por miedo a ésta. Esclavos del miedo a la muerte, somos.

Yo a Juan Cruz, lo he visto ya varias veces dedicar su escrito a alguien que muere, pero la tristeza no está en el que swe va, sino en el que se queda, cuando hablamos de alguiwen que ha muerto, es nuestro reflejo lo que vemos y lo que hablamos es de nosotros.

Mirad la muerte es triste como la vemos en este mundo, pero son apariencias engañosas, puesto que lo unico que pasa es que el cuerpo terrenal temporal muere, pero coge el cuerpo espiritual el que es para siempre, la muerte si lo supiesemos sería mas alegre, porque no es como la vemos, es una apariencia engañosa, el que cree en la muerte es tonteria, necedad, la muerte solo existe para el que se queda en este mundo solamente


Una pequeña biografia de Eliseo, para los que no le conociamos lo suficiente.
Hijo del poeta cubano Eliseo Diego, se licenció en periodismo en la Universidad de La Habana, fue jefe de redacción de la gaceta literaria El Caimán Barbudo y subdirector de la revista Cine Cubano.
Como docente, impartió clases y talleres de cine en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, Cuba, el Centro de Capacitación Cinematográfica de México y el Sundace Institute de Estados Unidos y en Chile.
Su hermana gemela, Josefina de Diego (María Josefina de Diego García Marruz, Fefé para sus amigos), que ha permanecido en Cuba, también es escritora: ha publicado un exitoso libro para niños, se dedica a la traducción del inglés al español y es compiladora de la obra de su padre.
Comenzó escribiendo poesía —según él, «horrible»—, pero más tarde, como él mismo dice, «pensé que lo mejor sería abordar géneros literarios que papá jamás hubiera tocado: la crónica, el periodismo». Sobre cómo escribió su primera novela, recuerda: «Estaba en el ejército, al frente de un pelotón, y me encontré con el director de la revista militar de las Fuerzas Armadas de Cuba, una revista que se llama Verde Olivo. Le dije una mentira: le conté que tenía escrita una novela y me propuso publicarla por capítulos, cada semana una parte. Me dijo que le mandara el primer capítulo, era un viernes. Ese día por la noche me senté a escribir, porque no tenía ninguna novela. Esa novelita se llama La fogata roja y trata sobre un pelotón de niños que tenía el general Sandino en Nicaragua, que se llamaba El Coro de los Ángeles. Yo había conocido a uno de esos angelitos. Nunca había estado en Nicaragua, pero con esa novelita me gané el Premio Nacional de la Crítica en La Habana. Esa fue mi primera novela».4
La fama internacional le llegaría Eliseo Alberto 13 años más tarde, después de ganar el Premio Internacional Alfaguara de Novela de 1998 con su tercera novela Caracol Beach.
Sostenía que «el ajedrez sigue siendo la pasión más grande» de su vida. Además de sueño de ser un gran ajedrecista, en su infancia tenía otro dos: ser «fabricante de barcos» y pianista, «también por la tradición familiar». Era un gran cocinero, como él mismo afirmaba: «Me gusta la cocina, he aprendido que soy un cocinero extraordinario. Eso lo aprendí cuando me quedé solo con mi hija que era muy pequeñita. A mí la cocina me entretiene muchísimo. Cocino mucho, en mi casa todos los días van a comer diez o doce amigos, casi todos cubanos errantes también, exiliados. Muertos de hambre que van a la casa a buscar su olla popular, digamos. La cocina me entretiene mucho, me encanta cocinar, me gustaría escribir un libro de cocina».
Consideraba que su obra más importante era Informe contra mí mismo: «Es un libro sobre Cuba, que se escribe solo una vez. A mucha gente le hizo bien, y sin ser pedante sé que si soy recordado alguna vez va a ser por esa obra» en la que emprende «la búsqueda de respuestas a lo que pasó con la emoción de los años de la Revolución, no con la razón ni con la pasión. Como siempre he dicho: se trata de un libro en el que yo defendí un solo derecho: el derecho a estar equivocado, algo que poco se reconoce y menos por los políticos».
Además de poesía y novelas, Eliseo Alberto escribió escribió guiones de cine y televisión, entre otros el de la película Guantanamera (película) (1997), dirigida por Tomás Gutiérrez Alea. Contaba que se metió en el mundo del cine gracias a su hermano Rapi. Él mismo eras muy crítico con su talento de guionista: «Empecé a escribir guiones, algunos pésimos. He escrito varias de las peores películas que se hayan filmado nunca en el planeta.
Sus esposas fueron: la bailarina cubana Rosario Suárez, Charín (Eliseo Alberto ha dicho que dejó de escribir poesía el día que se divorciaron); María del Carmen Álvaro Díaz, quien el 1 de junio de 1984 dio a luz a su hija María José; y Patricia Lara, por cuyo amor dice haberse instalado en la parte alta del Desierto de los Leones.
Vivía con su hija María José en un departamento en la Colonia del Valle, zona céntrica de Ciudad de México, y se enorgullecía de «ser un buen padre y una buena madre.»6
Falleció en la Ciudad de México el 31 de julio de 2011, a los 59 años de edad, tras estar varios días en terapia intensiva luego de haber sido intervenido quirúgicamente el 18 del mismo mes por un trasplante de riñón.

Salud y Resistir, los ataques de los "derechones"

Ya los lunes al sol, me parecían tristes, hoy lunes no solo tu estas triste por Eliseo, yo por Luís Rupérez un amigo de los que cuando nos veíamos de lejos, salíamos al encuentro y nos quitábamos, los dos la chaqueta y buscábamos una sombra para ponernos al día de nuestras cosas. Como si fuera la ultima vez.
Podía duras una hora, tres minutos pero, el semblante lo decía todo, nos queríamos de tanto no usarnos, de no utilizarnos mutuamente, solo el espíritu se anegaba de placer por su conversación y su inteligencia.
Descanse en Paz tanto Eliseo como Luís.
Salud y Resistir.

Eliseo Alberto
Tres o cuatro cosas por decir
http://youtu.be/25LyVnUhDlM

Para los que ignorábamos la obra, vida y existencia de este escritor. Una interesante entrevista.

Es una dedicación hermosa. Un sentido homenaje.

Demasiada tristeza en este lunes eterno. Me siento feliz por haber conocido a Lichi, me siento adolorida por saber que ya, más nunca, en la'bandeja de entrada' encontraré unas palabras de Eliseo. Me acompañarán las que dejó en sus libros, pero no es lo mismo, no es lo mismo...
Triste, triste es como estoy.

MAESTRO CRUZ
Unas precisión sobre quien era Eliseo Diego,era el padre de Eliseo Alberto.
Saludos Paco

Los versos no son torpes
son tuétano cristalizado en sonajas
vida abierta de par en par
momentos de ilusión
y filigranas de nácar en el árbol de la vida.
Los versos entonan siempre vivos
las pústulas de la guadaña
que siega desde el nombre
desde el innombrable afecto de las flores
versos de pura estampa
versos de azul diadema.
En la celosía de la tiniebla
la muerte esculpe su pantalla
en la vida que nos envuelve
la risa estrecha su diana.
Los versos descubren con pinceles
el aliento abierto a bocanadas
las nubes marcan con acentos
las tildes sobre las montañas.
Los versos no son torpes
son el equilibrio que derraman.


Nunca he creído que los versos tuvieran categorías, son el emblema de nuestra forma más clamorosa, de nuestra experiencia cotidiana.
Me ha gustado que emplearas un poema y por eso me he permitido la licencia de escribir otro.
Descanse en paz.

Maestro Cruz
COMIENZA UN LUNES

La eternidad por fin comienza un lunes
y el día siguiente apenas tiene nombre
y el otro es el oscuro, al abolido.
Y en él se apagan todos los murmullos
y aquel rostro que amábamos se esfuma
y en vano es ya la espera, nadie viene.
La eternidad ignora las costumbres,
le da lo mismo rojo que azul tierno,
se inclina al gris, al humo, a la ceniza.
Nombre y fecha tú grabas en un mármol,
los roza displicente con el hombro,
ni un montoncillo de amargura deja.
Y sin embargo, ves, me aferro al lunes
y al día siguiente doy el nombre tuyo
y con la punta del cigarro escribo

en plena oscuridad: aquí he vivido.

Eliseo Diego.

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Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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