La inexorable cadencia de la vida guarda siempre noticias que uno no querría escuchar; esta es leve, un aviso tan solo, y se refiere a la salud de Rita, la perra que mi hija Eva se encontró hace once años (diez, quizá, los años son como el agua, se beben en seguida y se diluye su contundencia a medida que la memoria avanza) en la playa de El Médano, mientras yo escribía, precisamente, sobre Biche, la perra de Onetti. Ahora Rita está enferma, no lo sabíamos; hoy han de operarla de dos tumores pequeños que han de analizar todavía para verificar qué le pasa a la perra. Estaba alegre como siempre, me dicen, saltarina aún a su edad, solidaria con el que está alrededor, te sigue recibiendo como si te hubieras ido algunos años fuera de su vista, y sigue siendo la perra Rita, que empezó siendo la perrita. Pero está enferma. Las noticias de ese carácter ensombrecen las jornadas, dejan un rastro de incertidumbre y van marcando la fecha en que uno escribe con esa grisura tristona que tienen las esperas inciertas. Había pensado escribir de las lecturas del verano, de unas viejas fotos que deposité en una tienda donde aún revelan en Madrid, de las memorias de Arthur Koestler, que estoy leyendo con el asombro de esas lecturas que se guardaron en tu armario durante decenios, hasta que el libro sale a tu encuentro..., pero la vida dispone luego otro humor, así que se van torciendo la conciencia, la memoria, y hasta la mano se tuerce hacia otros temas que noticias así atraen a tu manera de ser, que es fatalmente, o felizmente, melancólica, tierra abonada para trabajar con presagios. Aún así, en medio de esa sombra, hablaré un poco de lo que llevaba en la cartera de los asuntos que pensé incluir en este blog de hoy. En primer lugar, las lecturas. Por la mañana me preguntó una amiga que se iba a China: "¿Qué me llevo para leer?" Y por la noche otra amiga, esta madre de dos hijos, me pidió lectura para ella y para uno de esos hijos, que ahora tiene veinte años. A la que se iba a China (que quería un libro de tapas blandas, y grande) le recomendé Orígenes, la autobiografía familiar de Amin Maalouf, que ha editado Alianza. Es un libro que hay que empezar a leer para continuar leyendo, pues hay textos que se resisten al principio simplemente porque no te están esperando, y has de adentrarte en ellos como uno se adentra en la amistad de las personas. Pero una vez entras en Orígenes, sigues y sigues como si asistieras a la invención de una familia que recorrió el mundo para regresar, mientras viajaba incluso, al origen. A la madre de dos hijos, uno de ellos ya en edad de leer estos libros, le hice la misma recomendación, "pero tienes que llegar al menos hasta la página 72, para seguir", y El holocausto español, de Paul Preston, editado por Debate; es un libro muy mal leído, leído con mezquindad, en esta España de duplicidades malditas; y es esencial leerlo para percibir cómo se puede romper adrede la difícil armonía democrática, con el insulto, la descalificación del adversario, el abuso de la prepotencia, etcétera. Las doscientas primeras páginas de ese libro son extremadamente didácticas. Y, finalmente, recomiendo las memorias de Koestler, editadas por Lumen; le hablé ayer a mi compañero Lluis Bassets, que un día tendría que hacer su propio libro de lecturas, de ese volumen que había estado junto a mi, sin abrir, mucho tiempo, y entonces él me dio un ejemplar, prologado por él, de Diálogo con la muerte, que también se tituló Un testamento español, publicado por Amaranto. Ahí Bassets hace un recorrido, veloz e intenso, por la biografía apabullante de Koestler, por su arreglo de cuentas ideológico con el comunismo, con su biografía marcada al fin por el suicidio que compartió con su mujer..., y en definitiva por su trayectoria desgarrada por la guerra civil española y por la guerra mundial que él vivió con una intensidad que se parece a la de su propia literatura. Así pues, esas son lecturas que ahora van a ir en algunas bolsas de viaje, y esas en concreto, las de Koestler, irán en mi maleta. En mi mente, además, van algunas preocupaciones, memorias difíciles, momentos menos perturbadores, alegrías indudables, pero ahora mismo todo está como el árbol roto que me ha traído la noticia de la enfermedad de Rita, a la que hoy operan. Confío en que las noticias sean buenas. Y lo serán, seguro. Y el árbol volverá a su sitio, con sus ramas intactas, amparando las lecturas del verano y de la vida.