La fascinación por Buenos Aires, donde estoy ahora, me viene de Julio Cortázar y de la música argentina que escuchaba de chico en el restaurante El Greco, de mi amigo Edmundo A. Esedín del Ródano, argentino ilustre que animó muchas de las noches de nuestra juventud. Allí actuaba, con su guitarra, mi amigo Zoilo López Bonilla, y allí íbamos entonces con algunos de los componentes de Los Sabandeños, cuyo director, Elfidio Alonso, era compañero mío en el periódico y es un gran experto en el folklore latinoamericano y también canario. Argentina es un país extraordinario, como lo es su literatura, como lo es su controvertida historia, que tiene claroscuros dramáticos en los que uno se adentra con pavor pero también con el ánimo de abrazar a los que han sufrido esa historia. Pero decía que me había apasionado por Argentina, sobre todo, escuchando la música de Eduardo Falú y escuchando la voz literaria de Julio Cortázar. De sus primeros libros recuerdo con una emoción recurrente la excelencia bohemia y juvenil de Los premios, una novela de iniciación que era también el ensayo de una aventura que comienza en Buenos Aires y prosigue en un barco que les llevaría, a Julio y a sus personajes, al París con el que entonces todos soñaban (aquí y en toda América, y también en Europa). Esta mañana he estado en la Avenida de Mayo con Perú, donde se halla en Buenos Aires el café que le sirvió a Cortázar de escenario de su escritura cuando escribía Los premios; el café se llama London (el London, dice Cortázar, La London, escuché decir ahora) y tiene el aire, ahora, de un hermoso café abierto, lleno de luminosidad y de esa cierta alegría reconcentrada que tienen los argentinos cuando ya están sentados conversando. Tienen a Cortázar bien retratado, en el salón del fondo, fumando, en la época juvenil en que escribió ese libro, aunque en cualquier época (casi hasta el final de su vida) Julio tuvo ese aire, entre adolescente preocupado y dadivoso. Allí exhiben retazos del libro en el que la London aparece. Como ese famoso comienzo ("La marquesa salió a las cinco --pensó Carlos López--. ´¿Dónde diablos he leído eso?` Era en el London de Perú y Avenida..." que tanto ha dado que hablar a los tratadistas de Cortázar como creador de un lenguaje surrealista que luego hallaría su sublimación en Rayuela o en las Historias de cronopios y de famas. Y en Los premios aparece también esta referencia que los propietarios de esta cafetería reverencian: "Prensada entre López y Raúl, Paula preguntó adónde iban. (...) Y bueno --dijo López. Vamos al London, che. Perú y Avenida". Siente uno una cierta emoción retrospectiva, sentarse en el lugar donde uno de los mitos literarios de su vida se situaba para mirar el mundo con una ilusión que ahora parece la ilusión propia por la vida que habría de venir.