40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

José Luis Sampedro, un junco

Por: | 30 de noviembre de 2011

Quizá es el escritor peninsular que primero conocí en Canarias, cuando él iba a Tenerife a ver a sus buenos amigos, entre ellos el inolvidable médico (y político) Alberto de Armas. Luego lo vi en Madrid muchas veces, primero que nada visitando en el hospital a ese buen amigo suyo.

Y luego siempre lo he visto rodeado de amigos; en sus cumpleaños invernales, en sus presentaciones; lo he entrevistado muchas veces, lo he visto subir cuestas (y bajarlas), lo he visto triste, emocionado o nervioso, lo he visto bromear, alegre; lo he visto escribir, incluso, en el invento que hizo para estar más cómodo, sentado o en la cama, sobre una tabla (¿creen que inventaron la tableta?, él la inventó antes) de madera; le he visto ganar premios y celebrarlos, hace nada, ante los libreros de Madrid, que le entregaron su galardón Leyenda.

Lo he visto indignado, como los concentrados en Sol, irónico ante la política que subvierte el interés civil en favor del interés propio. Lo he visto inventar fábulas, pero también lo he visto dar mandobles, en ensayos en los que arremete contra los depredadores económicos, contra los que hacen la guerra también para dominar pero también para enriquecerse. Y lo visto sentir de cerca el llanto de los que sufren y se alivian leyéndolo.

Es un junco. Su edad no importa nada, es un hombre de 94 años que desafiaría a cualquiera a hablar simultáneamente en todos los idiomas, algunos de ellos inventados, y a reír aún en las circunstancias más difíciles de la vida, porque como los hombres de su generación sabe que en la vida todo es relativo incluso los premios. O sobre todo los premios.

Por eso le ha dedicado el premio Nacional de las Letras que recibió a los que leen, porque ellos podrán saber.

Enhorabuena, José Luis Sampedro.

Guadalajara como metáfora

Por: | 29 de noviembre de 2011

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara cumple 25 años ahora, en plena ebullición, en la ciudad de la llanura, en un momento de gran preocupación mexicana por la seguridad y contra el terrorismo de los narcotraficantes, que de modo despiadado actúan en muchos lugares del país y que últimamente actúan también en Guadalajara. Esta vez, al contrario que en otras ocasiones, la vigilancia es evidente, policías armados, soldados, imagino, gente de la seguridad del Estado se sitúan en puntos estratégicos de los alrededores de la feria, y en la feria misma. Pero, ¿cómo reaccionan los mexicanos ante este asedio notable que los terroristas han logrado construir en un país que ya está hartísimo de esta innoble asedio que han organizado los bandidos para amedrentar y para prosperar en sus negocios mafiosos? Con tranquilidad, con aplomo, incluso con sentido del humor. Los narcoterroristas han conseguido lanzar al mundo la especie de que el temor paraliza México. El clima moral de los mexicanos, independientemente de las querellas políticas que animan este país en periodo preelectoral, es alto, debo decir que su literatura es cada día más pujante, las artes siguen mostrando al universo la enorme vitalidad de este país que desanudó las fronteras para hacerse universal. Y en ese plano se sitúa esta iniciativa de la Fil, cuyo equipo celebra ahora, con razón, haberse convertido en símbolo en el que cristalizan las ambiciones mexicanas de universalidad. México es una enorme biblioteca, sus grandes escritores dejaron un tesoro inmenso que ayer presentaba en la feria la ministra de Cultura, Consuelo Saizar, los coloquios públicos son en esta feria (y en cualquier lugar de México) concentraciones masivas de jóvenes y maduros lectores que se quieren encontrar, de frente, en una atmósfera que ya quisiera aquí la Feria del Libro (cualquier feria del libro) con los autores más diversos, a los que escuchan con atención y con reverencia o con disgusto, pero siempre con respeto. Ir a Guadalajara, de donde acabo de volver después de cuatro días frenéticos (por lo que vi, por lo que quisieron que hiciera, que hice con mucho gusto), es envolverse en una bandera metafórica de amor a los libros, de activo amor a los libros, que de muchas maneras están reflejando en EL PAIS mis compañeros Winston Manrique y Luis Prados, activos seguidores del mayor acontecimiento literario del mundo de la lengua española. En ningún sitio del mundo he visto esa vitalidad, ese entusiasmo exigente por saber más, por escuchar más, por acercarse de todas las maneras posibles a la cultura escrita. Y esa es una satisfacción muy grande en un mundo en el que la indiferencia cultural parece ser el sustitutivo de toda esperanza de entendimiento del alma de los otros.

Guadalajara como metáfora

Por: | 29 de noviembre de 2011

La Feria Internacional del Libro de Guadalajara cumple 25 años ahora, en plena ebullición, en la ciudad de la llanura, en un momento de gran preocupación mexicana por la seguridad y contra el terrorismo de los narcotraficantes, que de modo despiadado actúan en muchos lugares del país y que últimamente actúan también en Guadalajara. Esta vez, al contrario que en otras ocasiones, la vigilancia es evidente, policías armados, soldados, imagino, gente de la seguridad del Estado se sitúan en puntos estratégicos de los alrededores de la feria, y en la feria misma. Pero, ¿cómo reaccionan los mexicanos ante este asedio notable que los terroristas han logrado construir en un país que ya está hartísimo de esta innoble asedio que han organizado los bandidos para amedrentar y para prosperar en sus negocios mafiosos? Con tranquilidad, con aplomo, incluso con sentido del humor. Los narcoterroristas han conseguido lanzar al mundo la especie de que el temor paraliza México. El clima moral de los mexicanos, independientemente de las querellas políticas que animan este país en periodo preelectoral, es alto, debo decir que su literatura es cada día más pujante, las artes siguen mostrando al universo la enorme vitalidad de este país que desanudó las fronteras para hacerse universal. Y en ese plano se sitúa esta iniciativa de la Fil, cuyo equipo celebra ahora, con razón, haberse convertido en símbolo en el que cristalizan las ambiciones mexicanas de universalidad. México es una enorme biblioteca, sus grandes escritores dejaron un tesoro inmenso que ayer presentaba en la feria la ministra de Cultura, Consuelo Saizar, los coloquios públicos son en esta feria (y en cualquier lugar de México) concentraciones masivas de jóvenes y maduros lectores que se quieren encontrar, de frente, en una atmósfera que ya quisiera aquí la Feria del Libro (cualquier feria del libro) con los autores más diversos, a los que escuchan con atención y con reverencia o con disgusto, pero siempre con respeto. Ir a Guadalajara, de donde acabo de volver después de cuatro días frenéticos (por lo que vi, por lo que quisieron que hiciera, que hice con mucho gusto), es envolverse en una bandera metafórica de amor a los libros, de activo amor a los libros, que de muchas maneras están reflejando en EL PAIS mis compañeros Winston Manrique y Luis Prados, activos seguidores del mayor acontecimiento literario del mundo de la lengua española. En ningún sitio del mundo he visto esa vitalidad, ese entusiasmo exigente por saber más, por escuchar más, por acercarse de todas las maneras posibles a la cultura escrita. Y esa es una satisfacción muy grande en un mundo en el que la indiferencia cultural parece ser el sustitutivo de toda esperanza de entendimiento del alma de los otros.

Anoche estuve en la puesta en marcha de una nueva editorial, Inaza Editores, que lleva el nombre de un río de Soria. La ha fundado Javier Gil, y se estrena con una novela, la primera, de la escritora canaria Yolanda Delgado Batista, La isla de las palabras desordenadas. Yolanda, que es guionista de cine, periodista, escritora y gran lectora (desde que tenía tres años), ha narrado, con un humor que le puso fronteras al rencor o al odio con el que acaban las relaciones humanas tantas veces, una historia que atraviesa la experiencia de una mujer cuya salvación está en la infancia, en los recuerdos, en la memoria que vivifica lo más fresco de su vida, frente a una realidad que entorpece lo mejor de sus sentimientos. La historia misma tiene esos enlaces terribles con el dramatismo de la soledad, pero Yolanda, cuya cultura literaria anima su escritura hasta hacerla profunda pero liviana a la vez, ha conseguido introducir en esa frontera de la que hablamos la ironía, e incluso el sarcasmo, en todo caso materiales que alivian la tentación de la venganza que hay en toda historia (truncada) de amor o de complacencia. Me alegró estar allí, en la Casa de Canarias, en esta inauguración editorial y novelística; Javier Gil desplegó un amplio panorama de ideas sobre lo que va a hacer (rescates de la generación del 27, de la otra generación del 27, poesía centroeuropea y literatura erótica), y Yolanda Delgado contó que ya está con otra novela. En tiempos de crisis (y también de crisis editorial, que no de escrituras) estas son buenas noticias. Ahí estuvimos, y por eso no he podido estar en esas discusiones sobre periodismo y literatura que hoy mismo continúan en la Casa de América en torno a la figura inolvidable (y central en el periodismo literario) de Tomás Eloy Martínez; acá están, hablando de él, su hijo Ezequiel Martínez, Leila Guerriero y Martín Caparrós, entre otros. Animo a los que estén en Madrid a ir esta tarde a escucharlos. Lamento muchísimo no estar; Tomás Eloy es un maestro, volver a sus libros es volver a aprender, es empezar aprender, es eliminar la pereza que produce siempre creer que ya se sabe hacer periodismo. 

La sensación postelectoral

Por: | 23 de noviembre de 2011

La incertidumbre que produce toda campaña electoral se ha trasladado al periodo postelectoral. De pronto, ya nadie habla de los proyectos que expuso, batallan por la silla en el Parlamento los que ya han sido elegidos (quieren grupo, quieren prerrogativas), buscan secretario general los derrotados, buscan sitio los ministrables, se mueven en torno a sí mismos para hacerse visibles ante el líder. Están contentos los que están contentos, están perplejos los que se han metido en el ojo de la perplejidad, y es como si haber ganado (o haber perdido) sea el fin de la historia, que el resto depende de un milagro o de un salvavidas. Mientras tanto, la vida sigue, y sigue de tal manera que parece un remolino dando vueltas en la plaza grande de una ciudad chica. Los efectos de la economía sobre la vida española (la economía manejada por los mercados, no por la política) sigue siendo atosigante, y lo seguirá siendo, y no se ven por ahora síntomas de que el Gobierno que vendrá, el del Partido Popular que ganó abrumadoramente al PSOE, esté preparando armas para darle grandeza a la respuesta que este país debe ofrecer ante la crisis en la que está hundido junto al resto de los países de Europa. La sensación que se padece es la de aguda mediocridad, como si en lugar de una catarsis aquí se haya impuesto la instalación en una nube negra en la que vamos a seguir cuando descorran el velo en la taquilla de los mercados. La política manda muy poco en este universo en el que vivimos, y esa evidencia añade incertidumbre a la ahora antigua inquietud de los ciudadanos. Los síntomas son de mediocridad, es lo que siento. Ojalá tenga esto más que ver con un estado de ánimo que con un estado de cosas, pues el ánimo es cambiante, tiene sentimientos y por tanto sentido, y las cosas son como muros de hormigón, no tienen corazón ni tienen sentido, sino que tienen estado, contundencia. La voluntad de las cosas no existen, y estamos, como en aquellos chistes de Chumy Chúmez a los que aludo aquí de vez en cuando, debajo de una de esas piedras enormes y oscuras de las que no nos sacan los discursos ni las buenas intenciones. 

Javier Pradera y las intermitencias de la luz

Por: | 21 de noviembre de 2011

Murió Javier Pradera cuando se estaba terminando el recuento electoral. EL PAÍS publica hoy algunas opiniones que forman un grupo variado y perfecto de elogios y apreciaciones de una persona que fue muchos personajes: el intelectual, el ciudadano, el editorialista, el editor, el amigo... En todas ellas late algo que Fernando Savater suele decir acerca de la ausencia de gente a la que, desde la filosofía, la política o la vida misma, solemos mirar para que nos trasladen su propia luz, su manera de ver las complejidades que van surgiendo. Pradera era, en el periódico pero también en la vida cotidiana, una de esas personas cuya inteligencia exigente y rigurosa resultaba siempre una manera de aproximarnos a lo complejo o a lo intrincado. Juan Luis Cebrián alude a su manera de escribir los editoriales: minuciosamente, pedagógicamente; era el usuario más frecuente del servicio de Documentación de EL PAÍS, no había artículo suyo que no se basara en los datos, y a partir de ello construía textos que eran, siempre, puntos de referencia para el diálogo sobre lo que estaba ocurriendo. Anoche fue uno de esos días. Se ha atomizado el Parlamento, por fin, y el partido socialista ha recibido, a manos del PP y al resto de sus adversarios, su mayor derrota en su historia más que centenaria. Se ha alzado con el poder absoluto Mariano Rajoy que, como indica hoy el editorial del periódico, aún no ha expresado cuál es su plan. Queda dinamitada la herencia de Zapatero, al que ahora la decisión electoral censura de la manera más terminante. Estamos en un periodo de oscuridad, en el mundo, en Europa, en España, y por esa rendija enorme se abre paso un líder conservador al que se ofrece un país en crisis. No está Javier Pradera para interpretar los datos del presente mirando hacia el porvenir. El porvenir es del color del otoño. Y el momento que vivimos es de una enorme preocupación. Las elecciones han sido un punto y aparte, pero la realidad las convertirá, me temo, en un punto y seguido que empieza ya. Y no tendremos a Javier para explicarnos, con datos y con sensatez, qué pensar de lo complejo. No lo vamos a olvidar.

Estados de ánimo

Por: | 19 de noviembre de 2011

Lo que sucede en España, antes de este acto electoral que se celebra mañana, representa quizá el mayor momento de desánimo de la sociedad española en las últimas décadas. Por eso el periódico me pidió que pulsara el estado de ánimo de algunas personalidades de cierta veteranía, para saber cómo se sentían y para hallar en ellos la metáfora del estado de ánimo de la sociedad en la que vivimos. Escogimos al filósofo Emilio Lledó, a la catedrática de Ética Adela Cortina y al poeta José Manuel Caballero Bonald, que hoy habla en EL PAÍS desde la perplejidad que le produce el momento presente. Después de esas conversaciones que el periódico ha recogido he hecho yo mis propias reflexiones. Hay como una puerta cerrada, un momento sin esperanza, que no logra romper el estruendo electoral, acaso porque la piedra (esa piedra como de Chumy Chumez, o de El Roto) ya pesa demasiado como para que se pueda diluir con promesas en los mítines. Es una piedra enorme, la piedra de la desesperanza. En distintas instancias, los dos principales candidatos dijeron ayer esa palabra, esperanza, que no había aparecido en toda la campaña. Me sonó a una palabra vacía, una palabra dicha al borde del abismo, sin convencimiento. Hablé, por otra parte, con un joven emprendedor, un joven de 24 años, Pau García-Milá, inventor en la nube de Internet, uno de los muchachos más lúcidos de ese mundo que se abre. Él dijo (y sale en la última página de EL PAÍS de hoy) que no hay que rendirse jamás, que si España se sale del euro hay que seguir luchando, que a este país no lo hunden, que no dejemos que nos hundan. Bueno, es una esperanza, y yo me creo la esperanza de Pau, ojalá la esperanza que él mantiene sea la esperanza de pasado mañana. Mientras tanto, a reflexionar y a votar. 

Un rato de Rajoy en la radio

Por: | 17 de noviembre de 2011

He escuchado esta mañana a Mariano Rajoy hablando con Carles Francino en la SER. Le preguntó el periodista qué libro estaba leyendo. No tenía tiempo estos días. Le preguntó por lo que le dijo al director de EL PAÍS, Javier Moreno, acerca de la ley de dependencia, no la va a implementar. Se reafirmó. En algún momento Francino puso al candidato ante algún asunto relativo a las propuestas de Durán i Lleida, el omnipresente candidato catalán. No sé por qué vericueto Rajoy llegó a esta frase: "Eso es literatura y cosas menores". Como eso estaba en mi cabeza desde que lo escuché, pues identificar en una misma frase "literatura y cosas menores" ya es una declaración de principios, no me extrañó que dijera, al final de la conversación, que estos días no tenía minutos para abrir un libro, así que no los llevaba consigo. Cuando acabó la conversación la radio siguió puesta y en las distracciones de la publicidad me fijé en un anuncio de una academia. Se dirigía a alumnos posibles de sus cursos sobre la dependencia. No hubo anuncios de libros, de esos no hay últimamente. Pero no hubiera estado mal que se hubieran colado, pues tampoco le hizo Rajoy mucho caso a ese otro mercado de la lectura. En fin, como dice el candidato, literatura y cosas menores.

Saramago, Sampedro, Longares

Por: | 16 de noviembre de 2011

Hoy hubiera cumplido años José Saramago. Las celebraciones de José, aquel junco que arraigó en Tías, Lanzarote, un año después de la desaparición desgraciada de César Manrique, eran extremadamente sencillas, lo inverso de las solemnidades; alrededor podía haber el ruido ensordecedor, gritado, de la amistad y de la alegría, y a él se le veía ensimismado, jugando con sus perros, para los que partía plátanos maduros con una precisión minuciosa: cada trozo era igual a otro, y a cada trozo los perros saltaban como si los impulsara la monotonía de esa mano tan precisa. Siempre era así Saramago, en las grandes ocasiones y en las ocasiones más cotidianas, hasta el final de su vida. Él dijo que lo salvó, cuando tuvo la peor crisis de salud de su vida, la fuerza de Pilar del Río, su mujer, su traductora. Ella sigue animando el rescoldo vivo de la sombra benéfica de la escritura y el ejemplo de este escritor formidable que adivinó el malestar del mundo porque ya lo había sufrido. Ahora, en la soledad esquinada de este tiempo, recordarlo no es tan solo un deber, es un consuelo.

Estuve anoche en la entrega de los premios de los libreros madrileños. A José Luis Sampedro le entregaron el premio Leyenda. Y el maestro, un junco también, de 94 años desde febrero, habló de pie en el Círculo de Lectores, ante un grupo numerosísimo de libreros, a los que dedicó las piedras bien pulimentadas de su entusiasmo. Habló de su primera librería, la España, de Tánger, donde entró cuando tenía cuatro años y recibió del dueño un ejemplar de aquella revista infantil, Pinocho. Hasta su librería de cabecera ahora, la librería que le nutre en Madrid cada vez que viene de su estancia en el sur, donde vive con su mujer, la escritora Olga Lucas. Esa es la librería Alberti, a la que me refiero aquí con cierta frecuencia. Ante ese auditorio, ahora tan concernido por el porvenir del libro (su formato, cómo ha de ser al final), Sampedro se ocupó de las tabletas, "que tienen nombre de chocolate". No es partidario, él seguirá leyendo en libros de papel, seguirá pasando las hojas, "apretar un botón y encontrar una nueva página, eso no es humano". La gente rió con él, se preocupó con él, lo premió con un enorme aplauso, mientras se iba, con Olga Lucas, a descansar, que el acto fue muy tarde.

Y luego entregaron los libreros el premio al mejor libro del año, Las cuatro esquinas, de Manuel Longares, editado por Galaxia Gutenberg, y del que escribí aquí alguna vez. Lo presentó Lola Larumbe, destacó un hecho cierto, Longares es un escritor de grandes lecturas, sus libros (sobre todo La novela del corsé) nos llevan a otros libros, y él mismo se mide con los grandes escritores clásicos cada vez que se pone a la máquina, cuando aún no ha amanecido (como Sampedro, por cierto, que escribe desde muy temprano, o como Millás, que también es tempranero). Es, además, un hombre que ayuda a los jóvenes, que les corrige sus manuscritos, que los promueve ante los editores, con lo difícil que es hoy eso en un mundo tan difícil y tan mezquino como el de los escritores de ahora, tan preocupados de su propio ensimismamiento egocéntrico. Y es un hombre de librerías. Él mismo citó sus dos librerías, la Rubiños, que ya no existe, y la Pérgamo, de su amiga de estudios Lourdes Serrano, una gran librera de izquierdas en el barrio de Salamanca de Madrid.

Fue una jornada especial, cuando la noche le hace garabatos a los pasos de peatones, cuando los coches de la ciudad empiezan a parecer gatos.

Lean Las cuatro esquinas inmediatamente, dijo Lola Larumbe. Pues eso. En cuanto abran las librerías. 

Los aflorismos de Castilla del Pino

Por: | 15 de noviembre de 2011

Estuve anoche en el diálogo sobre los Aflorismos (Tusquets) de Carlos Castilla del Pino. Los fue recopilando entre 2002 hasta su muerte en Córdoba, en 2009. Y ayer la publicación congregó, en un acto de homenaje y sosiego, a varias decenas de sus seguidores o amigos, entre los que estaban su mujer, Celia, y su editora, Beatriz de Moura. Fue en la Librería Rafael Alberti. Lola Larumbe, la librera, alumbró el acto con el recuerdo reciente del paso por allí de Tomás Segovia, el poeta que se nos acaba de despedir en México y que tuvo en la Alberti su rincón. Y luego Juan Ángel Vela del Campo, crítico musical, amigo de largas excursiones y de discusiones intensas de Carlos, y Luis Landero, el escritor de Juegos de la edad tardía, hablaron largamente de estos aflorismos, aforismos que afloran, que dejó en su ordenador, al morir, el filósofo de la Casa del Olivo. Son explosiones deslumbrantes, y contenidas, de sus observaciones cotidianas, son, por decirlo así, su espejo al borde del camino, llenas de la sabiduría del escepticismo pero también de la luz del sarcasmo, con respecto a sí mismo, con respecto a otros. Es, como dijo Vela, aludiendo a uno de los 845 aforismos, un manifiesto sobre la convivencia: "Convivir: una forma de inteligencia", y, por tanto, una mirada sobre la muerte, sobre la voluntad de saber morir. Sobre la nada y el olvido, sobre la amistad, esa cosa tan recóndita, sobre la lectura y sobre el ego. "No te exhibas: que los demás te descubran". Podía ser, dijo Landero, "severo, ácido, difícil", pero tenía en su mirada, de inmediato, el abrazo inteligente, sutil, que lo hacía cercano y temible, pues el abrazo inteligente organiza también una especie de guerra de guerrillas para que el otro no introduzca, por el lado sosegado del encuentro, la nadería, la vaguedad, el chiste fácil o la tontería. Sus memorias, Pretérito imperfecto, Casa del Olivo, son obras mayores de su manera de ser, pues son, como evocó Beatriz de Moura refiriéndose a su carácter, su modo de conversar. "Carlos conversando". Recordar es curar, dijo alguien en aquel escenario. Y mientras estuve allí, esta tarde inaugural del vero otoño madrileño, cuando te entra por los pies la melancolía intensa de la estación, sentí como si hubiera estado conversando con el doctor Castilla y regresara a la calle menos perplejo, menos asustado, por el súbito y difícil tiempo de los lunes en que empieza a desatarse una tormenta que no se sabe de dónde viene. Al final el actor José Luis Pellicena le puso voz a algunos aforismos. Como si estuvieran convocando al amigo, allí se hizo una atmósfera muy especial, muy rara en estos tiempos en que hablar parece segar hierba que aún no ha nacido.   

El País

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