Iba a deplorar el año, tan difícil y tan arriscado, tan duro. Y de pronto recordé la madrugada en que nació Oliver, hace ocho meses, pronto hace nueve, y aparqué aquellas memorias tremendas del tiempo pasado y concentré mi energía, la de la vida de sol y de nieve, la vida que no está en los diarios ni en la política ni en la mirada mezquina de lo que es alud de complicación y de miseria, y atraje hacia mi ese nombre propio, la primera sonrisa, la primera risa, el nacimiento, en fin, de la vida como calor y como nieve, y con esa imagen felicito a quienes me lean este rato de tiempo que va de un año a otro, pues superar un año es como reafirmar las ganas de vivir, y tener ganas de vivir es más que vivir simplemente. Así que deseo ganas de vivir, felicidad, un poco de sensatez, no mucha, y la locura necesaria para entender que imaginar es mejor que dormir simplemente, o que olvidar, imaginar es vivir dos veces. 2012. Pues no suena mal. Hagamos que suene bien; será el año en que Oliver diga sus primeras palabras. Como dice el gran poeta canario José Luis Pernas, hay que buscarse una esperanza para seguir viviendo. Y a veces la esperanza, la superación del dolor, el fin de la melancolía, viene precisamente de una palabra, y si la palabra es la primera palabra la esperanza puede ser indestructible e inmensa.