La sorprendente noticia de que el presidente asturiano Francisco Álvarez Cascos ha propuesto a sus conciudadanos ir otra vez a las urnas seis meses después de haber ganado por una sutil mayoría me trajo a la cabeza de inmediato el caso que abrió Cascos cerrando la perspectiva del Museo Niemeyer en Avilés. ¿Votará ahora Niemeyer, dirá algo el museo en esta nueva convocatoria electoral?
Los centros culturales tienen la voz que le dan, pero es cierto que la voz del Niemeyer era poderosa, empezaba a serlo; Cascos y los suyos lo cerraron alegando que allí dentro no se hacía nada de lo que debiera estar orgullosa Asturias. Demasiado moderno, poco motivo astur. Forzados un poco a elaborar sobre el asunto, llegaron a decir que lo que iban a hacer allí se debía parecer bastante a lo que se hacía.
Entonces, ¿qué no les gustaba del Niemeyer?
El cierre del Niemeyer, nada más llegar al Gobierno, fue en el caso del mandato de Cascos una señal de lo que se proponía como presidente: hacer lo que quisiera atendiendo más a su propio eco autoritario que a la voz ajena, y dejó perplejos a los asturianos con la celeridad con la que abordó, a su manera, el complejo asunto del arte como motor de las ciudades.
¿Para hacer qué? En eso hubo mucha discusión, y debió haber muchísima discusión interna, que debe proseguir incluso sobre el ruido de la decisión de marcharse para intentar volver.
Al lado de esa decisión, Cascos decidió acabar también con el Festival de Cine que pretendía ser como el Sundance del sur. ¿Por qué? Por dinero. ¿Por dinero? Es posible, lo que pasa es que eso costaba bien poco.
Ahora se abre un debate electoral, otra vez, en Asturias, e imagino que Niemeyer, el propio Niemeyer, el arquitecto, sumido en la bruma de su edad, recibirá la noticia en Brasil con esa media sonrisa que se le pone a los viejos sabios cuando ven pasar, por delante de la puerta de su experiencia, la posibilidad de que el que los ofendió le devuelva la moneda de su honor.
Si él pudiera, si pudiera votar Niemeyer, lo haría seguramente, y seguramente podríamos adivinar qué diría en la urna o, lo que es lo mismo, qué le diría a Francisco Álvarez Cascos, que lo borró del mapa de las nomenclaturas modernas de Asturias.