40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Chavela Vargas y el editor que la buscaba

Por: | 29 de abril de 2012

Chavela Vargas es adictiva, como el buen vino, como la buena cerveza y sobre todo como la buena música cuya letra te lleve a todas las historias.

México es la patria de las letras, como Argentina; el corrido y el tango constituyen, en su esencia, letras sobre la aventura de vivir, casi todas tienen que ver con el fracaso, por tanto tienen que ver también con el éxito, con la alegría de encontrar y con la zozobra de perder. Todas las letras te remiten a la vida propia, aunque le haya pasado lo que se canta a un tipo de Guanajuato o a una mujer de Entrerríos.

Ahora que la Fundación Príncipe de Asturias ha recibido el encargo de estudiar la propuesta de que este año gane el premio de las Artes este magnífico ejemplar humano que ha hecho felices a los desgraciados y viceversa, me ha venido a la memoria un suceso que tiene que ver con el imán que Chavela ha supuesto para muchos de los que nos hemos enamorado, y nos hemos curado de los amores, escuchando sus canciones, letras raspadas en la pared terrible, o enorme, de la vida.

Hace ahora veinte años, casi, un editor norteamericano, Peter Mayer, que entonces presidía Penguin, vino a Madrid invitado por Alfaguara a participar en un coloquio entre editores, antes de que el tema fuera la desaparición del papel y el asunto tan solo era cómo llenar de mayor enjundia y calidad el papel. Lo fue a buscar al aeropuerto mi compañero Ramón Buenaventura, y como creíamos que Peter era muy gordo, como un hombre para dos asientos, a Ramón se le pasó su presencia, y el editor se fue veloz a su hotel.

Por la noche lo encontramos y nos fuimos a tomar vinos al viejo madrid, en realidad al Oh Madrid. En algún momento, Peter preguntó si yo sabía dónde podría encontrar a Chavela Vargas y sobre todo quería saber si aquella leyenda seguía viva. A él le alegró la vida y la juventud aquella mujer de la que tenía el mejor recuerdo, pues la había escuchado en una cueva de México muchos años antes.

Por razones de la casualidad, había estado yo mismo unos días antes con Chavela, y sabía quién y cómo se podía encontrar. Llamé, pues, al editor Manuel Arroyo, Chavela estaba en su casa. Quedé con él para el día siguiente, a mediodía, era un domingo, pero no le avisé a Peter. Al abrir la puerta la propia Chavela, Mayer sintió la punzada de un sueño. Luego se hizo un groupie de la cantante, viajó tras ella por Europa, la siguió con Almodóvar, pues se enamoraron al unísono de Chavela, y también se hizo amigo de Arroyo.

Ahora siempre que leo una noticia que tiene que ver con Chavela Vargas, como ahora, a mi cabeza viene siempre Peter Mayer, aquella noche, Chavela abriéndola la puerta de la casa de Manuel Arroyo. 

Un manifiesto moral

Por: | 26 de abril de 2012

Víctor García de la Concha, el director del Instituto Cervantes (que organizaba con Alfaguara, allí estaba Pilar Reyes, y con la Cátedra Vargas Llosa, allí estaba Armas Marcelo), explicó en tres palabras la propuesta que hace Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo, el libro que presentó anoche, acto del que da muy buena cuenta Iker Seisdedos en EL PAÍS de hoy. Este es "un manifiesto moral", dijo De la Concha, que denuncia la banalidad en la que quieren meter (y donde ya está metida) la cultura contemporánea; el autor peruano "desmonta trivialidades y lugares comunes", y se adentra en el proceso de ese desmontaje con la capacidad narrativa que convirtieron también en fábulas morales (eso lo dijo también el director del Cervantes) y "en novelas de ideas" La ciudad y los perros o La fiesta del chivo.

Vargas Llosa está "pensativo" y "preocupado"; la cultura que a él le permitió amparar sus sueños literarios o sus esperanzas civiles, cuando ya la religión no le podía dar nada, ahora recibe el influjo del espectáculo y de los guarismos, y corre el riesgo de convertirse (del todo) en una respuesta cuantitativa: cuanto más se vende, cuanto más se ve, cuanto más se traslada o trafica, cuanto más..., mejor. La calidad se está devaluando a los niveles que pueden hundir a Góngora o a Proust porque no pueden llegar al extremo de las películas de Spielberg, aunque Spielberg (lo dijo Gilles Lipovetski, su interlocutor, y algunas veces su contradictor en el debate que llevó Montse Iglesias) también aborda fábulas humanistas que tienen como destinatario al gran público.

El libro no es pesimista, sino preocupante; igual que Qué está haciendo Internet con nuestras mentes, de Nicholas Carr, reclama del público lector (y público lector significa público consciente de lo que lee) más atención a la amenaza que supone la falta de concentración a la hora de ocuparse de la cultura escrita, La civilización del espectáculo indaga en las consecuencias culturales (y educativas) de la banalización de la cultura de la cantidad frente a la cultura de la calidad. Esa dicotomía, y la facilidad con la que los que en otro tiempo defendían la lectura (sobre todo) como arma para huir de la trivialidad, tienen a Mario (él lo dijo) "pensativo".

Lipovetski fue un buen contrafuerte para el Nobel peruano, pues le recordó que, al contrario de lo que pretendía Rimbaud, "la cultura ya no puede cambiar la vida". Cómo que no; quien lea a Joyce, quien lea a Proust, quien lea a Rimbaud, quien lea a Gide o a Flaubert, tendrá mejores armas para enfrentarse a la vida y para mejorarla, vino a decirle Vargas Llosa. ¿Y si no se lee a ninguno de ellos? La vida ya es distinta gracias a Proust, gracias a Joyce, etcétera; su influjo está ahí y supone en el mundo contemporáneo lo que llamamos cultura, ese espacio de encuentro intelectual y civil, laico, que sustituye a las religiones y a las ideologías totalizadoras y dotan al hombre de una esperanza que antes le daba Dios.

Es un manifiesto moral, como dice De la Concha, y es sobre todo la confirmación de que cuando se pone "pensativo" Vargas Llosa da de sí estas cartas de batalla que él luce como una espada que deja ahí con un entusiasmo que los años no le quitan. Cuando quería ser presidente de Perú, por las noches leía a Góngora. Aún lo hace, para ordenar el mundo, pues el mundo está mal hecho, dijo anoche, como dijo en su día Jorge Guillén. El mundo está mal hecho, leamos literatura, busquemos en la cultura los argumentos para huir de la pena de vivirlo.

Un manifiesto moral

Por: | 26 de abril de 2012

Víctor García de la Concha, el director del Instituto Cervantes (que organizaba con Alfaguara, allí estaba Pilar Reyes, y con la Cátedra Vargas Llosa, allí estaba Armas Marcelo), explicó en tres palabras la propuesta que hace Mario Vargas Llosa en La civilización del espectáculo, el libro que presentó anoche, acto del que da muy buena cuenta Iker Seisdedos en EL PAÍS de hoy. Este es "un manifiesto moral", dijo De la Concha, que denuncia la banalidad en la que quieren meter (y donde ya está metida) la cultura contemporánea; el autor peruano "desmonta trivialidades y lugares comunes", y se adentra en el proceso de ese desmontaje con la capacidad narrativa que convirtieron también en fábulas morales (eso lo dijo también el director del Cervantes) y "en novelas de ideas" La ciudad y los perros o La fiesta del chivo.

Vargas Llosa está "pensativo" y "preocupado"; la cultura que a él le permitió amparar sus sueños literarios o sus esperanzas civiles, cuando ya la religión no le podía dar nada, ahora recibe el influjo del espectáculo y de los guarismos, y corre el riesgo de convertirse (del todo) en una respuesta cuantitativa: cuanto más se vende, cuanto más se ve, cuanto más se traslada o trafica, cuanto más..., mejor. La calidad se está devaluando a los niveles que pueden hundir a Góngora o a Proust porque no pueden llegar al extremo de las películas de Spielberg, aunque Spielberg (lo dijo Gilles Lipovetski, su interlocutor, y algunas veces su contradictor en el debate que llevó Montse Iglesias) también aborda fábulas humanistas que tienen como destinatario al gran público.

El libro no es pesimista, sino preocupante; igual que Qué está haciendo Internet con nuestras mentes, de Nicholas Carr, reclama del público lector (y público lector significa público consciente de lo que lee) más atención a la amenaza que supone la falta de concentración a la hora de ocuparse de la cultura escrita, La civilización del espectáculo indaga en las consecuencias culturales (y educativas) de la banalización de la cultura de la cantidad frente a la cultura de la calidad. Esa dicotomía, y la facilidad con la que los que en otro tiempo defendían la lectura (sobre todo) como arma para huir de la trivialidad, tienen a Mario (él lo dijo) "pensativo".

Lipovetski fue un buen contrafuerte para el Nobel peruano, pues le recordó que, al contrario de lo que pretendía Rimbaud, "la cultura ya no puede cambiar la vida". Cómo que no; quien lea a Joyce, quien lea a Proust, quien lea a Rimbaud, quien lea a Gide o a Flaubert, tendrá mejores armas para enfrentarse a la vida y para mejorarla, vino a decirle Vargas Llosa. ¿Y si no se lee a ninguno de ellos? La vida ya es distinta gracias a Proust, gracias a Joyce, etcétera; su influjo está ahí y supone en el mundo contemporáneo lo que llamamos cultura, ese espacio de encuentro intelectual y civil, laico, que sustituye a las religiones y a las ideologías totalizadoras y dotan al hombre de una esperanza que antes le daba Dios.

Es un manifiesto moral, como dice De la Concha, y es sobre todo la confirmación de que cuando se pone "pensativo" Vargas Llosa da de sí estas cartas de batalla que él luce como una espada que deja ahí con un entusiasmo que los años no le quitan. Cuando quería ser presidente de Perú, por las noches leía a Góngora. Aún lo hace, para ordenar el mundo, pues el mundo está mal hecho, dijo anoche, como dijo en su día Jorge Guillén. El mundo está mal hecho, leamos literatura, busquemos en la cultura los argumentos para huir de la pena de vivirlo.

A los amigos de Rita

Por: | 24 de abril de 2012

A Rita la encontró mi hija Eva cuando aún era una perrita a la orilla del mar, en El Médano, Tenerife, y desde esta mañana está en otra playa donde ya no hay dolor. Tenía doce años y tenía muchos amigos, muchos de los cuales han sabido de sus andanzas por este blog. Por eso hoy les notifico este tránsito.

Se llamó Rita por perrita, nada más; cuando entró en la casa era como un puño con pelos, y a lo largo del tiempo fue desarrollando el aire esbelto de sus modales, entre los que no excluyó su ternura con Eva y los que estábamos próximos y su agresividad con sus congéneres, a los que vio siempre como potenciales adversarios, igual que no soportaba a los que cometían en abrazos con los que ella consideraba que eran sus dueños o quizá sus súbditos. Una vez mostró sus colmillos para hacerme ver, con la contundencia de un cachorro, que yo no era el dueño de todo lo que había en la basura.

Con Rita redescubrí la sensación de que el perro es más amigo cuando las circunstancias son peores; calibraba los sentimientos del alrededor e intervenía con la sutileza de los perros para aliviar los momentos de incertidumbre; su alegría era un sentimiento sin horarios, se manifestaba en las madrugadas despiadadas y en las tardes de sosiego, y siempre tenía un saltito de placer cuando advertía que alrededor se celebraba algo.

Estas últimas semanas ha reclamado, con sencillez pero también con desesperación, la atención que derramó antes con nosotros; su respiración cada vez más opaca no dejó entrever otra queja que la que a veces se le adivinaba en sus ojos tristes, en su andar ensimismado y torpe, en su postura habitual echada en las rendijas del sol de primavera. Esta mañana la he visto por última vez; aquella perra ladradora y entusiasta ladró otra vez, porque había escuchado algún ruido, quizá porque había advertido a su alrededor alguna sombra apetitosa, pero ya se resistía a comer, se resistía a ladrar; seguía siendo el silencio obediente ante la voz conocida, y se empeñaba aún en seguir a su dueña allá donde ella iba, hasta el último instante. Vi al nieto Oliver acariciarle el hocico, como si el niño supiera que en aquel momento se estaba adivinando la sombra de una despedida. 

La tristeza tiene colores y días, y tiene también consuelos; le dije a mi hija antes de que se produjera esta despedida que ahora comparto con los amigos de Rita que la vida se hace de experiencias que mezclan memoria y dolor; cuando el dolor pasa la memoria es bella. El dolor aun no es memoria, está siendo despedida. Una despedida a Rita, la que ladraba feliz.

La quinta pata y el control de los guarismos

Por: | 24 de abril de 2012

Hay una quinta pata de los editores, por parafrasear el verso de Nicanor Parra que cita Winston Manrique en su crónica cervantina. Anoche vimos esa quinta pata sobresalir de la mesa que organizó en Madrid la Casa Sefarad para rendir homenaje a un editor de muchas patas (y de pata negra, por cierto), Mario Muchnick, científico, fotógrafo, gastrólogo y editor, aunque no por ese orden. A su lado, otro editor de la quinta pata, Jorge Herralde, que había dejado en Barcelona a sus autores, que los tenía muy consistentes, abriéndose paso en medio de la abigarrada competencia en que consiste el Día del Libro que se celebra con motivo de san Jorge, aunque no exactamente de san Jorge Herralde.

Lo cierto es que estos editores, aquel de más años y este un poco más joven, representan hoy en la tradición editorial en lengua española lo esencial del oficio: la búsqueda del autor, su acomodo eficaz en un catálogo que exige de la propia editorial pero que también acaba exigiendo del autor, y que finalmente crea un ámbito que se parece a la columna vertebral de una persona o de un edificio y que lleva el nombre de catálogo.

En los bosques son imprescindibles los árboles, que dirían Cortázar o Borges, y en el mundo de la cultura son imprescindibles los editores, a los que ahora la sociedad está arrumbando confundiéndolos con cualquier otro oficio, noble igualmente pero distinto; el editor sabe de marketing, pero no es el marketing, y aunque sabe de distribución no es el distribuidor, que tiene sus reglas y sus experiencias. De modo que el editor es el editor es el editor, y así hasta el infinito.

Anoche decían, acompañados por el historiador y filósofo Roberto Blatt, que esa figura que se exige a sí mismo y exige al lector y al autor una fidelidad a la exigencia cultural que tiene el hecho de publicar libros, no está en peligro, o no lo está de manera inminente. Es posible. Pero los vientos que corren la están poniendo a un lado, para qué engañarnos. Decía Muchnik, respondiendo a los numerosos elogios que le dedicó su colega catalán, que Herralde "es el mejor editor que tenemos en España: se fijó una línea y esa es la que está representada por sus libros". Y Herralde se congratuló de que esos ejemplos, el que decía él y el que decía Muchnik, estén siendo referentes para muchos jóvenes editores que circulan por el mundo buscando reivindicar la figura evanescente de cuya esencia ellas son importantes residuos resistentes. 

Eso es cierto, cada vez hay más editores, y cada vez son más jóvenes, y cada vez representan con más ahínco esa solicitud de supervivencia con la que sociedad los señala. El editor, decía Roberto Blatt, es el intelectual supremo, en el sentido de que aglutina lo que se va pensando, lo que se va creando, lo que se va discutiendo, para que la sociedad tenga un espejo. Lo decía Blatt y asentían los otros. Yo estaba en una esquina de la mesa, moderando, de modo que sólo dije para mis adentros: "Ojalá". Veamos si el futuro de esta quinta pata de la exigencia intelectual no deja que pase por encima el tractor de los guarismos. 

Los editores que vos matáis gozan de buena salud

Por: | 23 de abril de 2012

Convendría decir dos o tres palabras hoy, Día del Libro Superviviente, acerca de los editores, la figura central del negocio, asaltada ahora por las dudas, reales o inventadas, que padece la industria del libro tal como la conocemos desde que Gutenberg hizo más fácil la fabricación y la comercialización de la cultura escrita.

En medio de la trifulca industrial en torno al porvenir del soporte de papel, esa figura, la del editor, ha sido señalada como si estuviera herida de muerte. Muerto el editor, el sector moriría también, y entonces ya sólo habría autores y público. ¿Y en medio? En medio, el vacío. Ese vacío dejaría sin sentido la mano del que prepara ahora los libros, el que los deja listos para que el lector los devore o los deseche.

Obviamente, eso no va a ocurrir, pero como se dice tanto parece que alcanza carta de naturaleza al menos en los niveles que deberían ser los mejor informados de la población, incluida la población periodística y la población lectora. Lo que esconde este momento del proceso es la intención de los que consideran que la figura del editor quedará obsoleta al hacer el negocio sin ese intermediario. El autor cree que puede llegar directamente al público, y el fabricante y distribuidor de los soportes estima que también puede hacer esa tarea sin encomendarse a nadie mientras tanto: escribes y publicas, y en medio el editor se siente como un árbitro de tenis, mirando a un lado y al otro, sin otra función que la de desaparecer dignamente.

La del editor es y será una figura fundamental en el negocio, incluido el negocio que convierte el soporte digital en la alternativa al ahora predominante. Desactivarlo sería uno de los grandes errores, que afectaría por igual a los fabricantes del producto que ahora trata de imponerse y al autor que tuviera la tentación de creer que él es el único factor en el ámbito creativo de los libros. El editor, desde Gutenberg al presente más rabioso, es el que ha conducido siempre al creador. Considerarlo una parte más del negocio y no la parte fundamental, después del autor, es un riesgo que la industria está divulgando demasiado alegremente, y en la industria del libro englobo también a los medios de comunicación.

Por fortuna, los editores no se están dejando llevar por las brumas que concurren a su alrededor y siguen tan campantes haciendo la labor esencial que se espera de ellos. Esta tarde, a las ocho, hablaremos de eso con dos de los editores más importantes que ha tenido y tiene la lengua española, Jorge Herralde y Mario Muchnik, en un homenaje que la Casa Sefarad le dedica a este último. Imagino que allí surgirán estos asuntos, y si me dejan yo diré eso que acabo de manifestar: los editores que vos matáis gozan de buena salud. Será a las ocho, en la calle Mayor, 69, de Madrid. Nos vemos, si van. 

La tentación política de manejar el mando

Por: | 21 de abril de 2012

El Gobierno del Partido Popular no se ha resistido a la tentación política de manejar el mando y ayer decretó que va a nombrar sin consenso, a menos que éste se consiga in extremis, al presidente de Radiotelevisión Española, y de ahí para abajo los cargos delicados que de esa figura dependen en el más importante medio público de este país.

Para hacerlo, el Ejecutivo de Rajoy ha extraído una medida excepcional prevista para ser ejercida una sola vez en la ley de 2006. Esa medida ya quedaba obsoleta entonces, porque se usó, pero ahora ha servido para precipitar una decisión que no ha podido esperar, eso ha dicho el Gobierno, por la situación por la que atraviesan las cuentas (los presupuestos) del Ente público.

Lo cierto es que se había dicho que el plazo expiraba en junio. Y lo han hecho expirar antes. El asunto es importante no sólo porque se trata de Radiotelevisión Española, cuya presencia pública como medio de comunicación es vital en el equilibrio informativo en este país, sino porque su arbitrio institucional había resultado modélico y acerca de alguna manera al Ente al paradigma que siempre se cita: la BBC. Ahora el Gobierno lastrará a quien nombre con el particular designio del que proviene, que es inevitable.

Todos los gobiernos, los socialistas y los populares, han tenido la misma tentación, y la han ejercido, hasta que ha venido la Ley de la radiotelevisión pública. Al contrario de lo que sucede con todas y cada una de las televisiones públicas autonómicas, que se dirigen a favorecer a los administradores que eligen a sus presidentes y a sus directores generales o de informativos, la Radiotelevisión del Estado, la de Prado del Rey y la del Pirulí, ha estado y está mirando hacia el interés público, procurando juegos de equilibrios que llegan hasta los límites de la paranoia, pues han de contar minutados obsesivamente porque obsesivamente son analizados por unos y por otros.

Pero ha se ha llegado a alcanzar una profesionalización activa y dialéctica que resulta reconfortante para el telespectador y satisfactoria para el profesional que considera que la radio y la televisión se llama de todos porque sirve a todos y no estrictamente al poder político. La tentación en la que ahora cae el Gobierno tiene un porvenir muy delicado, pues marca de forma definida a la persona a la que se designa.

Las consecuencias de la decisión anunciada ayer son difíciles de digerir desde el punto de vista institucional, pues a este país le resulta muy necesario el equilibrio entre fuerzas para que ninguna sienta la tentación absoluta de manejar el mando según el viento ideológico del que viene. Socialistas, conservadores, comunistas, centristas... Da pavor que los mismos que están empujando para que una profesional como Julia Otero no haga en TVE las excelentes entrevistas que ya hace en Onda Cero (y que ya hizo en TVE y en otras televisiones) se salgan con la suya y atraigan hacia sus exigencias maximalistas lo que debe ser una sosegada gestión del talento. Es tiempo de consensos y de nuevos equilibrios, y este que ahora parece que se diluye afecta a la comunicación pública. Y este sector globalmente amenazado es una de las delicadas membranas de la vida española. 

Voz y silencio de Asturias

Por: | 20 de abril de 2012

Ahora que se habla de José Hierro, el poeta, porque hace diez años que murió y porque ahora cumpliría 90 años, me acuerdo siempre de su relación con Asturias, y más específicamente con los premios Príncipes de Asturias, cuyo galardón de las Letras él ganó en 1981. Su intervención allí fue una especie de Carta al Príncipe, pues el heredero de la Corona, don Felipe de Borbón, era el anfitrión muy juvenil de aquella inauguración de unos premios que habían impulsado Plácido Arango y Graciano García.

En aquel momento era todavía el tiempo de Cuadernos del Norte de Juan Cueto y era también un periodo lleno de proyectos pletóricos en los que este impar Juan estaba siempre dentro o alrededor. La sociedad cultural asturiana, la periodística y la literaria, estaba íntimamente ligada a todo lo que ocurría y aquellas fiestas en torno a los premios, que se iniciaban entonces, daban buena noticia de un mundo al que los que veníamos de fuera (en mi caso, de Canarias) asistíamos con una enorme envidia satisfactoria, pues creíamos que algún día eso mismo se podía hacer en todas partes.

Pronto supimos que aquella energía era irrepetible, y ahora es francamente irrepetible en cualquier parte, y me temo que incluso en Asturias. Lo cierto es que en aquella ocasión de Hierro vivíamos en España la sombra del 23F y el discurso de Hierro versaba sobre la responsabilidad civil que tenía el Príncipe en el futuro de España, y que ese futuro pasaba por el asentamiento sin revisiones de la democracia tan largamente esperada por todas las generaciones, y sobre todo por la de Hierro, que sufrió la dictadura en su propia carne.

Ahora me vienen todos esos recuerdos a la cabeza porque acaba de suceder en Asturias lo que pasa en muchas partes, o podría pasar, como decía Antonio Albarrán anoche en Vallecas en la inauguración de lo que él bautizó como La Calle del Libro y que cada año lleva al barrio popular madrileño la lucha a favor de la letra impresa. Preguntaba Antonio qué va a pasar con los libros impresos, pero sobre todo se refirió a los periódicos impresos. En ese momento se estaba imprimiendo el último ejemplar de un diario casi centenario, La Voz de Asturias, que durante decenios ha sido en Oviedo y en la región, junto con la Nueva España, sustento intelectual e informativo para sucesivas generaciones, y ha sido también seno y lugar de numerosos periodistas, unos ya entrados en la leyenda y otros ahora al borde del paro. Lo peor del futuro, cuando es oscuro, es que lo ves en seguida, y ese futuro de la prensa, por unas u otras razones, es lo que vemos: en los últimos tiempos han ido muchos compañeros al paro, los quioscos languidecen, el alma del lector se va diluyendo, dividido en formatos y en soportes que se corresponden con los resplandores del futuro y del presente, pero aún no se ha dilucidado por qué camino va a ir la prensa.

Y mientras ese vaivén se aclara, estas noticias de cierres (primero fue Público, ahora es La Voz de Asturias, dos medios del mismo empresario) son la evidencia de que, aunque lo pida Brecht en uno de sus más célebres poemas, no siempre se puede cantar en los tiempos oscuros. 

Ojalá es la palabra más hermosa que conozco, y ojalá dejo escrito este viernes en que empieza a celebrarse el día del libro en los tiempos en los que los días amanecen siempre nublados. Hoy la niebla dibuja en el cielo el nombre de un periódico que cierra.

39 libros

Por: | 18 de abril de 2012

1. El Cristo de Velázquez. Unamuno

2. Crónica de los pobres amantes. Vasco Prattolini

3. El jardín de los Finzi Contini. Giorgio Bassani

4. El extranjero. Albert Camus

5. La Náusea. Jean Paul Sartre

6. La última alegría. Knut Hamsun

7. El vagabundo toca con sordina. Knut Hamsun

8. El ruiseñor y la rosa. Oscar Wilde

9. Sinuhé el Egipcio. Mika Waltari

10. Viento del Este, Viento del Oeste. Pearl S. Buck

11. Las inquietudes de Shanti Andia. Pío Baroja.

12. La intrusa. Pío Baroja

13. Un pueblecito. Riofrío de Ávila. Azorín

14. Tres tristes tigres. Guillermo Cabrera Infante

15. Cambio de piel. Carlos Fuentes

16. Cien años de soledad. Gabriel García Márquez

17. Week end en Guatemala. Miguel Ángel Asturias

18. Adan Buenosaires. Leopoldo Marechal

19. Así en la paz como en la guerra. Guillermo Cabrera Infante

20. Últimas tardes con Teresa. Juan Marsé

21. Oliver Twist. Charles Dickens

22. Pequeñeces. Padre Coloma

23. La luna y las fogatas. Cesare Pavese

24. Las ratas. Miguel Delibes

25. Obras Completas de García Lorca. Aguilar

26. Miguel Hernández

27. Los versos del Capitán. Pablo Neruda

28. Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Pablo Neruda

29. El tambor de hojalata. Günter Grass

30. Guad. Alfonso García-Ramos

31. La novela extranjera en España. Domingo Pérez Minik

32. La voz a ti debida. Pedro Salinas

33. La oscura historia de la prima Montse. Juan Marsé

34. La sombra del ciprés es alargada. Miguel Delibes

35. Nada. Carmen Laforet

36. Ignacio Aldecoa (oí su nombre)

37. Un mundo para Julius. Alfredo Bryce Echenique

38. Blanco Spirituals. Félix Grande

39. Piedra de sol. Octavio Paz

 

Argentinos

Por: | 17 de abril de 2012

Ahora se celebra en Buenos Aires una de las mejores y más interesantes ferias del Libro del mundo, y no sólo de nuestro idioma. Es una feria de editoriales y de librerías, a la que suelen acudir escritores de todo el mundo para contrastar sus opiniones con escritores o periodistas argentinos.

El año pasado hubo, antes de la feria, una enorme polémica, porque el director de la Biblioteca Nacional, escritor también, consideró que el Nobel Vargas Llosa representaba una voz que no merecía hablar en esa tribuna, que por otra parte él iba a inaugurar. Finalmente, Vargas Llosa fue, dio su discurso, lo entrevistaron en todas partes, y la feria lo acogió con el calor que se merece un autor de esas dimensiones y cuya ausencia hubiera sido una medalla oscura en la solapa de aquel director de la Biblioteca Nacional que un día fue cetro de Borges.

Argentina es muy grande, su literatura es inmensa, emocionante; en el siglo XX acaso no haya habido otra literatura como esa. Y Buenos Aires... Buenos Aires es una de las más bellas ciudades que pueden conocerse y pasearse, y soñarse; la hemos soñado leyendo a Sábato, a Cortázar o a Borges, la hemos escuchando oyendo a Falú, y la hemos visto en el cine que a lo largo de la última década han producido y estrenado fuera de sus fronteras directores y actores que son inolvidables. Y el teatro, acá tenemos a Alterio, a Alcón, a Norma Leandro...

Argentina es mucho más que el instante actual, el conflicto económico que en este momento salpica de burocracia, diplomacia y petróleo las relaciones de los dos países. Acabo de escuchar a un profesor de Economía en la Ser, hablando con Carles Francino: hay que encapsular el problema de Repson, hay que tratarlo con sosiego diplomático, hay que bajar la pelota al campo y hay que evitar grandilocuencias para responder a otras elocuencias disparatadas, pues la demagogia es como rascarse, nunca se sabe dónde acaba. Pienso lo mismo, y lo pienso teniendo en la memoria la abundancia de buenos argentinos y de buenos españoles que a lo largo de los siglos se han pasado libros hermosos que han sido también instrumentos de amistad y, por supuesto, de sosiego. Por cierto, qué nostalgia, cómo me hubiera gustado estar en la Feria del Libro de Buenos Aires.

El País

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