Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

El juicio a Krahe

Por: | 28 de mayo de 2012

Hoy someten al cantautor Javier Krahe a un juicio por un delito que no cometió. Un video que no hizo, una canción que no cantó, una metáfora que no es suya sobre Cristo en la cocina. Una carta de Miguel Tomás y Valiente, escritor al que se han sumado otros escritores y otros artistas, ha señalado la alarma: la justicia completa el ciclo de una larga procesión contra el cantante y contra el video, una película estrenada en Cádiz en 1977 sobre el cantautor, repuesta en 2004 en Canal +, que muestra esa representación metafórica que alarmó a una asociación que se preocupa porque a la Iglesia no la salpiquen ni el comentario ni la crítica. Esa asociación metió en el saco de esas preocupaciones el ya muy antiguo video, que se había filmado en el contexto de un homenaje al artista, aunque el artista no tiene ni arte ni parte en lo que él suscita. Pero él es el huracán en el ojo, contra él, y contra la directora del programa, Montserrat Fernández, van los denunciantes. Ya fue sobreseída varias veces esta actuación de los alarmados. Pero la asociación que vigila las fronteras de la Iglesia sintió que la ofensa no había sido lavada, y ahí está el juicio hoy, abriéndose como cuando no se había despertado la democracia y ya estaba Don Cicuta levantando el dedo para censurar cualquier cosa que se fuera del carril. Es un juicio contra una metáfora, pero como Krahe pasaba por ahí lo han convertido en carne de la metáfora, y quieren meterle el dedo en el ojo. Las posibilidades de una condena son mínimas, ha dicho él mismo, pero también eran mínimas, como él dice, las posibilidades de que condenaran a Garzón... En fin, este país siempre hace esfuerzos por regresar a ratos al siglo XVII.

Como les dije ayer, me encontré con Norman Manea, el excelente escritor rumano cuando salía de mi entrevista en un hotel cercano a la Feria del Libro con Claudio Magris, el escritor italiano.

Magris me dijo, como Fuentes meses atrás, que no entendía nada, que todo le resultaba oscuro, que estábamos atravesando la cuarta guerra mundial, una guerra económica, de poderes económicos enfrentados, pero que era optimista a largo plazo.

Le dije a Manea que quería saber su opinión. Él tenía sobre la mesa su libro último, La guarida, publicado por Tusquets, en el que traza su memoria de lo que fue vivir en el exilio tras la traumática experiencia de la dictadura de Ceaucescu, que dio lugar a tantos disimulos y a traiciones tan imborrables. Pero no me habló del libro, me habló en seguida de lo que había dicho su amigo Magris.

Él cree que, en efecto, se entienden pocas cosas, pero algunas sí sabe. Sabe, por ejemplo, que si estos territorios mediterráneos (España, Italia, Grecia..., le añadí Portugal, y él asintió) se empeñaran en imponer la alegría con la que afrontan el desastre, el contagio será muy positivo para Europa. Europa está ahora, me dijo, vestida con un traje gris pesado, plúmbeo, triste, insoportable.

El continente, la Unión Europea, necesita recuperar la alegría, contagiarse de Grecia, sobre todo. Me dijo que todos los que vienen de Grecia le dicen lo mismo: la gente va a manifestaciones, protesta por la desgracia del desempleo, pero cuando hay que reír ríe y esa risa es la esencia de la civilización mediterránea, capaz, como decía Magris que decía Brecht, de cantar en los tiempos oscuros...

Pero, me dijo Manea, ¿qué se creen estos europeos que es Grecia? ¿Cómo pueden despreciarla, cómo pueden decir que la van a dejar fuera de Europa, si ese es el origen de Europa? Le conté que ayer había leído en El País un excelente artículo de Torreblanca en el que comparaba la renta per cápita de los estados pobres de Estados Unidos con la renta de los griegos, que están por encima de Alabama, por ejemplo, y a nadie se le ocurriría pensar que Estados Unidos dejaría caer el Estado de Alabama. Y entonces él saltó como impulsado por un resorte para contarme que había sabido que el año pasado el número de traducciones de literatura extranjera en Estados Unidos fue el mismo que las que hubo en Grecia. Y me preguntó, desafiante y confiado: Pero, ¿qué se cree Estados Unidos, que es más fuerte que Grecia?

Cuando pidió el café nos atendió una muchacha morena a la que le pregunté de dónde era. Es rumana, se llama Kety, es de origen greco-macedonio, lleva aquí ocho años y en seguida trabó conversación con su paisano. Gran maestro del diálogo en sus libros, Manea demostró ser, también, un maestro de la conversación en directo, pero confieso que no entendí nada. Cuando nos despedimos me invitó a su próxima conferencia en la Royal Literary Society de Londres, donde firmará con la pluma de Dickens. "¡Para un bárbaro de los Balcanes no es poco honor!", exclamó.  

Ahora no entiendo nada

Por: | 26 de mayo de 2012

Escribí un largo blog glosando la conversación que tuve anoche con Claudio Magris. La técnica no me acompañó, todo se borró cuando le di a publicar. Resumo.

Estaba cansado Magris. Llegaba de un largo viaje, acababa de ir al dentista, se había quemado la nariz con un puro. Y nosotros estábamos allí, con nuestras libretitas, preguntándole por lo que tanto sabe, y además por los libros. Pero habló. De Europa, de los libros, de la falta de sustancia de los egoísmos europeos. En un momento determinado se removió en la silla; no es un político, sabe tanto de eso como cualquier ciudadano, es un historiador, no es un político. Y además, y esto lo dijo con un énfasis conmovedor, "Ahora no entiendo nada".

Le dije que algo parecido le había escuchado a Carlos Fuentes en Londres, en una conversación que el escritor recientemente fallecido había tenido con el expresidente chileno Ricargo Lagos para un libro (El siglo que despierta). Aquel hombre que tenía una metáfora para cada concepto dijo, ante una de las discusiones sobre el difícil porvenir del mundo: "Ahora no entiendo nada".

Al salir de la conversación con Magris me encontré en la puerta del hotel con Norman Manea, el sonriente novelista rumano que vive en Nueva York. Fernando Vallejo me dijo un día que las situaciones difíciles las pueden explicar los años..., o un poeta. Manea es, en cierto sentido, un poeta. He quedado con él este mediodía. Le preguntaré si él entiende algo.

De eso escribí, pero el doblo de lo que ahora queda escrito. De la tecnología no entiendo (tampoco) absolutamente nada.

Poema del mar de Padorno

Por: | 22 de mayo de 2012

Concéntrico el sabor de las olas

la mano del poeta remueve la sal 

es solo un espejo que él multiplica

con su mano pintando;

la palabra le huye 

está en la orilla, el horizonte 

le dice vente, estoy acá,

y él avanza descalzo

hacia donde una mano le pinta la cara.

Diez años después 

tengo en la memoria su mano 

removiendo el agua en Las Canteras.

(Manuel Padorno, 1933-2002)

Carlos Fuentes en todas las orillas

Por: | 16 de mayo de 2012

El día anterior una broma cibernética había atribuido la maldición de la muerte a un gran escritor latinoamericano, de modo que ayer tarde, cuando me avisaron mis compañeros de México de que circulaba por la red la noticia de que era cierto que había muerto Carlos Fuentes pensé que éramos otra vez víctimas de un error inducido por la mala fe.

Esta vez era cierto, fue cierto en seguida; la mala noticia era noticia, muy mala noticia. De inmediato vinieron a mi mente muchas de las imágenes de Fuentes, e insistentemente me llegaron fotos imaginadas de la vida de la que fui testigo, y en todas ellas aparecía el escritor de La región más transparente agarrado a las orillas, asomándose físicamente a las orillas: en una piscina en los adentros de Madrid, en la playa de Formentor, en Lanzarote, junto a José Saramago, en las orillas del Paraná..., en la orilla del Mediterráneo, en Aix-en-Provence, al lado del Támesis, en Londres, con Ricardo Lagos.

Vestido siempre como si fuera a asistir a un estreno, a una cena, a un almuerzo, a una conferencia, con sus camisas recién planchadas y de tejidos rotundos y suaves, de colores cálidos pero claros, camisas blancas, caqui, azules, su pierna cruzada, su blasier azul, su mano señalando sus propios argumentos con su dedo que el esfuerzo ingente de la escritura lo había curvado absolutamente... Fuentes aparecía siempre con el aspecto juvenil con el que Francisco Peregil lo describe en su excelente relato de su último encuentro con él. En Formentor, por ejemplo, mantuvo al periodista, a este periodista, de pie firme, con el magnetófono alzado, durante una hora, hablando de su literatura, de pie, como si de pronto fuera a seguir andando entre los peñascos oscuros de aquella playa clara.

En Lanzarote compitió con Saramago subiendo y bajando aquellas montañas de lava. Siempre aparecía Fuentes atlético, al amanecer de cualquier orilla... Hasta Londres. En noviembre de 2011 ya Fuentes tomaba taxis para trayectos cortos, ya buscaba descanso en sus caminatas cada vez más cortas, y aunque la elegancia de la discreción le reclamaron silencio sobre esos cansancios que él relativizaba dando la impresión de estar siempre en forma los que le conocían más de cerca sí podían apreciar que este hombre incansable, este muchacho de 83 años, ya sentía dentro de sí el cansancio del siglo, la verdadera dimensión de la edad y del tiempo. En el libro que hizo con Lagos termina diciendo Fuentes que ya no entiende nada, del mundo que vivimos "Yo no entiendo nada".

Lagos me decía anoche que era imposible imaginar a Fuentes, al Fuentes anterior, al brillante orador que buscaba en las palabras la explicación del malestar del mundo, diciendo que no entendía lo que estaba ocurriendo. Él estaba cansado, como el mundo, el mundo está cansado, al borde de una orilla de la que resulta difícil recuperarse. Él veía esa orilla, esa es la última orilla que vio, hasta que se le acercó fatalmente la orilla de la muerte. 

Anatomía del twitter trucho

Por: | 15 de mayo de 2012

Trucho: falso (así se dice en Argentina).

Anoche circuló por la red de twitter una falsa alarma sobre la muerte de un importante escritor. Como suele suceder, se disparó el interés, muchas personas quisieron saber, pero antes de saber le dieron a la tecla del retuiteo y de pronto lo que era en origen trucho truchísimo adquirió carta de naturaleza, pues personas de buena fe a las que se les presta atención porque serían incapaces de difundir una mentira eran titulares de la mentira. De ellos, de sus direcciones, venía también, el rumor, y otros muchos, muchísimos, se dedicaron a buscar por sus medios si eso era verdad.

En el origen de la especie, nunca mejor dicho, estaba la naturaleza mentirosa de la acción, pues se trataba de un mensaje enviado desde una identidad falsa haciendo uso, además, de dos identidades falsas, que no están en twitter ni pueden replicar, dos escritores, también, que eran citados malévolamente como fuentes de la información.

A esos datos específicamente truchos, que mucha gente no tiene por qué adivinar falsos, ya que están escritos y la gente suele creerse más el rumor escrito, se añadía una redacción falaz, falsamente italiana y falsamente española, que podía haber puesto sobre la pista a los retuiteadores de buena voluntad que se aprestaron a difundir el rumor hasta que éste halló altitud de trending topic mundial, o como se diga la densidad de este intensísimo interés por lo falso.

Aunque los que conocían la verdad de la situación (el escritor importante está muy bien, no hay que preocuparse), la indagación a la que obligó el rumor ya había dado la vuelta al mundo, y lo que era una broma de un estúpido que quería seguidores ya le había producido a éste, como me decía anoche una autoridad en la materia, el íntimo regocijo que dan a los pesados los efectos de sus bromas pesadas.

Si la red sirve para esto, para que uno se ría del mal que hace, mal se usa la red. Y si la red se usa para asustar con rumores truchos, que venga la información y nos auxilie con sus viejos métodos, que algunos estiman obsoletos, de rigor y de veracidad. Viva la información, muera el rumor.

La edad de la literatura latinoamericana

Por: | 14 de mayo de 2012

Le dice hoy en El País Santiago Gamboa a Pablo Ordaz que la literatura latinoamericana ya es mayor de edad. De lo que dice el escritor colombiano, que ahora publica en Mondadori su novela Plegarias nocturnas (en algún sitio leí que su obra se titulaba Plegarias atendidas, y me vi de pronto a Gamboa vestido de Truman Capote), me llamó la atención, sobre todo, esa partícula "ya", pues es bien notorio que la literatura latinoamericana es mayor de edad desde hace rato.

Lo que se entiende es que ahora la literatura latinoamericana viaja más y se confronta principalmente con la otra literatura de su lengua, la española. Creo que esa confrontación no era imprescindible para certificar la edad de la literatura que se hace en América en nuestra misma lengua. España ha vivido demasiado tiempo dando certificados a lo que hacen los otros países de nuestro ambiente o de nuestra memoria; como si por este fielato tuvieran que pasar todas las cosas.

En la época del boom, a la que alude Gamboa como un parteaguas del avance internacional de la literatura de su zona, España abrió su frontera estrechita y se dispuso a leer a los latinoamericanos que venían como una explosión escrita. Pero después no hubo boomerang, no era posible; España vivió tan cerrada a la llegada de "los otros" que incluso hubo que hacer en este país una campaña contra la xenofobia (no sólo literaria, general) que se había instalado en sectores muy diversos de la sociedad. Y esa xenofobia estaba destinada sobre todo a los emigrantes latinoamericanos, incluidos sus productos, artísticos también.

La literatura latinoamericana, que cubre ya más de un siglo de fantásticos escritores, es mayor de edad desde hace mucho rato, y basta mirar las estanterías de la memoria que cada uno tiene en sus recuerdos o en sus casas. Lo que ha ocurrido, es cierto, que el otro lado, el lado de acá, el lado de España, vivió un divorcio empobrecedor del cual despertamos cuando empezaron a publicarse acá los libros de Alejo Carpentier o Juan Carlos Onetti mezclados con lo que fue la más notoria producción literaria del siglo, la que propiciaron hallazgos como Rayuela, Cambio de piel o Cien años de soledad. Ah, ¿es que escribían antes del boom?

Pero la literatura latinoamericana ya era mayor de edad. La que estaba detenida, me temo, era la edad literaria de España, a la que le costó mucho despertarse a la evidencia de que la literatura española no es tan solo la literatura de la parte de la Península que habla español.

Y ahora, a leer a Gamboa y a seguir leyendo literatura latinoamericana. O cualquier literatura. La literatura, dice Julio Llamazares, es para detener el tiempo, la edad, la escoria de los temporales. La literatura no tiene edad. Ni las bibliotecas.

Ahí hay una historia

Por: | 09 de mayo de 2012

Carmela Ríos recibió anoche uno de los premios Ortega y Gasset que concede anualmente este periódico y explicó su pasión por contar de la manera más sencilla y determinante, una explicación de buena periodista. Dijo que cuando advirtió qué pasaba en la plaza de la Puerta del Sol el 15 de mayo del último año se dio cuenta de que ahí había una historia, y un periodista se pone en funcionamiento de forma inmediata, y automática.

Así que ella comenzó a tuitear lo que sucedía en la plaza hasta convertir ese testimonio en la mejor crónica del suceso que fue alimentado por la indignación de mucha gente y por la actividad simultánea de las redes sociales que hicieron del 15M un emblema de su funcionamiento. Esa pulsión, contar una historia, es lo que hay detrás de la vocación que nos junta en el oficio; y pase lo que pase, en medio de la depresión o la migraña, cuando hay tiempos oscuros, o cuando la claridad te ciega los ojos, el periodista se pone en funcionamiento como si un séptimo sentido lo aliviara de cualquier decepción o de cualquier desistimiento.

En ese momento es un periodista, y esa es al tiempo una virtud y un castigo, pues un buen periodista nunca puede decir que en ese momento no está en funcionamiento. Se es periodista a cualquier hora del día o de la noche; no hay peor baldón para un periodista que la conciencia de que vio delante una historia y renunció a ocuparse de ella por pereza, por indecisión o por la desgana en el oficio.

Está la historia, pero sobre todo están las palabras. Unos jóvenes estudiantes de periodismo me preguntaron por la mañana en el Ateneo de Madrid qué consejo debería darle un periodista viejo a uno que empezaba. Les dije que, en mi opinión, un joven que quiere ser periodista debe desechar la idea de que contar es decir sin más, dar los datos, explicar, en no importa cuántos caracteres, la informaciónque había obtenido, y hacerlo de cualquier manera.

Comunicar es, en periodismo, escribir, buscar en la sintaxis la fórmula más adecuada para llegar a la metáfora de una historia. Carmela dijo algo de lo que avisó recientemente Sol Gallego en la inauguración de la Escuela de Periodismo de El País: las nuevas tecnologías han acercado peligrosamente la información a la comunicación, y no es lo mismo una cosa que la otra. Decir no es decirlo de cualquier manera; en la información debe haber voluntad de historia. El periodismo necesita de sintaxis, y por tanto precisa de periodistas cultos, que tengan en la lectura el soporte de su conocimiento.

Así que a los chicos les aconsejé leer, y leer poesía, les dije, pues la poesía te otorga el poder de síntesis, y de ritmo, que es imprescindible para que la información, el reportaje, la noticia, la columna, la entrevista, no sea el conjunto de datos secos, desparramados de cualquier forma desde el tuiter al papel. No lo hice, pero ahora lo hago: debía haberles recomendado, también, que leyeran Los elementos del periodismo, de Bill Kovach y de Tim Rosenstiel, o El estilo del periodismo, de Álex Grijelmo. Ves una historia y la cuentas con palabras. Y las palabras tienen leyes que provienen de las leyes de la escritura. En cualquier soporte.

Maneras de irse al infierno

Por: | 07 de mayo de 2012

1. El infierno tan temido. John Steinbeck hizo en De ratones y hombres una excursión arriesgada al infierno que anida en nosotros. Ese encierro que en Sartre (y en el existencialismo) es La Náusea, en este ensayo de ingreso en la caverna infernal convierte al hombre en enemigo de sí mismo, en el infierno mismo, en el fuego que lo devora hasta el final. La obra lleva ya algunas semanas en el Teatro Español, dirigida por Miguel del Arco y actuada magistralmente por Fernando Cayo, Roberto Álamo, Antonio Canal, Rafael Martín, Josean Bengoechea, Irene Escolar y un grupo de actores que convierten la obra, desde la cruz a la fecha, en un espectáculo perturbador que desasosiega como la propia existencia del infierno. Uno de los grandes cuentos de Juan Carlos Onetti es El infierno tan temido, en el que los celos y la venganza sólida, pétrea, rebuscada, son la esencia misma del averno, que habita en los hombres y que surge cuando éstos se hallan frente al muro. En De ratones y hombres Steinbeck construye ese infierno con parecidos materiales, a los que se juntan los propios del mundo que describe el autor norteamericano: el racismo, la dominación violenta del hombre sobre los otros hombres. Y, sobre todo, la animalización del hombre en su relación con la mujer. Irene Escolar, la única mujer en la escena, representa el contrapunto, la belleza asaltada, el oscuro objeto del deseo que ella misma propicia, aunque lo que ella quiere en la vida es hablar, acercarse a los otros para sentirse libre o amparada por la palabra. Hace esta joven actriz un personaje de enorme complejidad en el que confluye en algún momento toda la fuerza increíble de la pieza. Y al final ella es metáfora del incendio que el hombre lleva dentro, hasta que la violencia que late convierte este descenso a los infiernos en la llegada a un muro del que no se puede salir. Admirable pieza teatral en la que la armonía del espacio alcanzado por el director recibe una respuesta memorable de actores que en ningún momento dejan de ser elementos esenciales de la intención de Steinbeck: romper las conciencias dormidas, intranquilizarlas. Como dice Del Arco, el director: "Duele, pero ilumina" la luz de este infierno.

2. A puerta cerrada. Fui a ver Madrid 1987, el arriesgado viaje de David Trueba al infierno encerrado en un cuarto de baño. Cuenta Trueba la peripecia cómica y dramática que viven un reconocido columnista del Madrid de los 80 y una muchacha universitaria que se le ha acercado para convertir la vida del famoso escritor en un trabajo de fin de curso. Al encuentro y a la entrevista sucede la seducción; en aquel verano, en medio de un largo puente, el escritor dispone de un piso que le proporciona un pintor amigo suyo. Un accidente sin importancia los abandona solos en el cuarto de baño estrecho de aquella vivienda provisional. La puerta se ha cerrado, no hay manera de abrirla, y aunque gritan desde el ventanuco pidiendo auxilio, aquel Madrid canicular no escucha a nadie, y la pareja accidental vive, desnuda, el largo fin de semana, hasta que un drogota que pasaba por allí oye los gritos y accede a llamar al dueño del piso, que acude en auxilio de las víctimas del extraño secuestro. Ese tiempo, dos días con sus noches, dan para mucho: en primer lugar para poner de manifiesto el infierno en que vive todo ego reconcentrado. El escritor alterna momentos de sublimación de su propia personalidad con instantes en que se descubre, desnudo, como un animal sin importancia. La chica asiste a esa autodemolición a veces con ternura pero siempre en guardia, tratando de extraer de aquella confesión más materiales para su propio trabajo académico. Trueba consigue, como el Sartre de A puerta cerrada o de La Náusea, un retrato de lo que puede el infierno con un hombre solo aunque esté en compañía de otros (o de otra). La atmósfera que crea, dentro de ese cuarto de baño al que entra una rendija de luz en el infierno del verano madrileño, es de absoluta asfixia, que en distintos momentos afecta por igual a los encerrados. La literatura (la que crea el escritor acuciado, la que propicia la ingenuidad bellísima de la chica) van salvando el infierno a fuerza de fantasía. Pero el infierno está ahí. Cuando al fin se abre la puerta, la chica huye hacia el mundo de cielos azules y el escritor se queda allí, consultando los recortes que la chica ha dejado atrás y que, cómo no, siguen alimentando el ego del que acaba de salir del infierno... María Valverde, la chica, y José Sacristán, el escritor, le devuelven a Trueba el esfuerzo de su imaginación en forma de hermoso retrato del alma cuando ésta no encuentra salida a su viaje al fondo del ego.

 

Maneras de irse al infierno

Por: | 07 de mayo de 2012

1. El infierno tan temido. John Steinbeck hizo en De ratones y hombres una excursión arriesgada al infierno que anida en nosotros. Ese encierro que en Sartre (y en el existencialismo) es La Náusea, en este ensayo de ingreso en la caverna infernal convierte al hombre en enemigo de sí mismo, en el infierno mismo, en el fuego que lo devora hasta el final. La obra lleva ya algunas semanas en el Teatro Español, dirigida por Miguel del Arco y actuada magistralmente por Fernando Cayo, Roberto Álamo, Antonio Canal, Rafael Martín, Josean Bengoechea, Irene Escolar y un grupo de actores que convierten la obra, desde la cruz a la fecha, en un espectáculo perturbador que desasosiega como la propia existencia del infierno. Uno de los grandes cuentos de Juan Carlos Onetti es El infierno tan temido, en el que los celos y la venganza sólida, pétrea, rebuscada, son la esencia misma del averno, que habita en los hombres y que surge cuando éstos se hallan frente al muro. En De ratones y hombres Steinbeck construye ese infierno con parecidos materiales, a los que se juntan los propios del mundo que describe el autor norteamericano: el racismo, la dominación violenta del hombre sobre los otros hombres. Y, sobre todo, la animalización del hombre en su relación con la mujer. Irene Escolar, la única mujer en la escena, representa el contrapunto, la belleza asaltada, el oscuro objeto del deseo que ella misma propicia, aunque lo que ella quiere en la vida es hablar, acercarse a los otros para sentirse libre o amparada por la palabra. Hace esta joven actriz un personaje de enorme complejidad en el que confluye en algún momento toda la fuerza increíble de la pieza. Y al final ella es metáfora del incendio que el hombre lleva dentro, hasta que la violencia que late convierte este descenso a los infiernos en la llegada a un muro del que no se puede salir. Admirable pieza teatral en la que la armonía del espacio alcanzado por el director recibe una respuesta memorable de actores que en ningún momento dejan de ser elementos esenciales de la intención de Steinbeck: romper las conciencias dormidas, intranquilizarlas. Como dice Del Arco, el director: "Duele, pero ilumina" la luz de este infierno.

2. A puerta cerrada. Fui a ver Madrid 1987, el arriesgado viaje de David Trueba al infierno encerrado en un cuarto de baño. Cuenta Trueba la peripecia cómica y dramática que viven un reconocido columnista del Madrid de los 80 y una muchacha universitaria que se le ha acercado para convertir la vida del famoso escritor en un trabajo de fin de curso. Al encuentro y a la entrevista sucede la seducción; en aquel verano, en medio de un largo puente, el escritor dispone de un piso que le proporciona un pintor amigo suyo. Un accidente sin importancia los abandona solos en el cuarto de baño estrecho de aquella vivienda provisional. La puerta se ha cerrado, no hay manera de abrirla, y aunque gritan desde el ventanuco pidiendo auxilio, aquel Madrid canicular no escucha a nadie, y la pareja accidental vive, desnuda, el largo fin de semana, hasta que un drogota que pasaba por allí oye los gritos y accede a llamar al dueño del piso, que acude en auxilio de las víctimas del extraño secuestro. Ese tiempo, dos días con sus noches, dan para mucho: en primer lugar para poner de manifiesto el infierno en que vive todo ego reconcentrado. El escritor alterna momentos de sublimación de su propia personalidad con instantes en que se descubre, desnudo, como un animal sin importancia. La chica asiste a esa autodemolición a veces con ternura pero siempre en guardia, tratando de extraer de aquella confesión más materiales para su propio trabajo académico. Trueba consigue, como el Sartre de A puerta cerrada o de La Náusea, un retrato de lo que puede el infierno con un hombre solo aunque esté en compañía de otros (o de otra). La atmósfera que crea, dentro de ese cuarto de baño al que entra una rendija de luz en el infierno del verano madrileño, es de absoluta asfixia, que en distintos momentos afecta por igual a los encerrados. La literatura (la que crea el escritor acuciado, la que propicia la ingenuidad bellísima de la chica) van salvando el infierno a fuerza de fantasía. Pero el infierno está ahí. Cuando al fin se abre la puerta, la chica huye hacia el mundo de cielos azules y el escritor se queda allí, consultando los recortes que la chica ha dejado atrás y que, cómo no, siguen alimentando el ego del que acaba de salir del infierno... María Valverde, la chica, y José Sacristán, el escritor, le devuelven a Trueba el esfuerzo de su imaginación en forma de hermoso retrato del alma cuando ésta no encuentra salida a su viaje al fondo del ego.

 

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal