A veces da la impresión de que los medios de comunicación y los lectores, inducidos por aquellos, consideran que los autores extranjeros, sobre todo aquellos que tienen éxito en lengua española, escriben directamente en español.
Auster, Pamuk, Berger, Grass, Coetzee, Philip Roth... Hubo una época en la que, gracias a la presión de Esther Benítez y de Javier Marías, excelentes traductores ambos, las editoriales aceptaron nombrar a los traductores de los distintos autores extranjeros en las portadas de las obras. Y no sólo eso, se hizo costumbre, en las reseñas bibliográficas, incluso en aquellas que eran presentadas como información, nombrar a los respectivos traductores de las distintas, y numerosas, obras que por fortuna se vierten al idioma español.
Pero esa costumbre se ha diluido, en los medios, en las editoriales, de modo que existe la curiosa circunstancia de que un día la gente creerá que todo lo que se lee firmado por Auster, Pamuk, Berger, Grass, Coetzee o Roth, por citar sólo a un puñado de escritores contemporáneos, está originalmente escrito en nuestra lengua.
Tengo en la mano, por ejemplo, dos libros de Roth, reciente premio Príncipe de Asturias de Literatura, que escribe en inglés: uno es El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, publicado por Seix Barral y traducido por Ramón Buenaventura. El otro es La humillación, que apareció en Mondadori con traducción de Jordi Fibla. En ningún caso las editoriales destacan en la portada, ni en la contraportada, que leemos esos dos excelentes libros de Roth en un español muy puro, muy auténtico, muy bueno, gracias a esos dos escritores que han asumido la tarea de ser los dobles del original.
Ellos son decisivos en la repercusión española del escritor premiado, y tanto nosotros, los medios de comunicación, como las editoriales tendrían que destacarlos en el momento de celebrar el éxito del autor al que le pagan los royalties y que les resalta con tanta importancia su catálogo. Y, sin embargo, ahí están, condenados a la modestia del anonimato, como si traducir fuera meramente pasar la vista por un texto que, automáticamente, adquiere los rasgos del español.
Siempre me ha molestado esta circunstancia, a la que supongo que yo mismo habré contribuido también como editor y como periodista. La destaco, entonces, como una culpa propia, y hago votos porque no se extienda. Viva la traducción y vivan los traductores. Y que se sepa que los escritores extranjeros no escriben en español. Aunque, y esto sí que es un mérito, lo parezca.