Juan Luis Galiardo tenía el entusiasmo, que era real, habitual, extraordinario, tapiado por la consciencia cada vez más profunda de lo difícil que era para una vocación como la suya abrirse paso en este país.
Sus últimos años, que fueron en algunos casos pletóricos, llenos de muchos proyectos soñados y de algunos proyectos realizados, constituyeron en muchos casos un calvario, como el que sufre la mayoría de los grandes actores de este país, a los que el brillo de la escena les impide decir o dejar adivinar la realidad de lo que les pasa.
Este es un país muy mezquino y muy cruel, que aparca la experiencia e incluso la calidad a favor del ruido de los escenarios vacíos de valor poético, teatral o literario. Es un país de cáscaras y de representación.
La disminución del gasto cultural o educativo no es en España una decisión que tenga que ver directamente con nuestra situación económica, tiene que ver con la decisión subliminal de las autoridades estatales y locales de cortar por lo que les parece más superfluo.
La persecución que se ha hecho de los artistas y de aquellos que sin subvención no podrían llevar a cabo ni sus representaciones ni sus investigaciones ni sus producciones no esconde ningún propósito de enmienda social, sino que muestra el desprecio que por los creadores y por los intérpretes ha ido ahondando el vacío cultural de nuestra sociedad.
El ministro de Hacienda dijo en público cuando aun España no estaba en riesgo de rescate que era excesivo lo que cobraban los artistas por sus interpretaciones en el cine y en la televisión, puesto que lo hacían tan solo para entretener, y para entretener (esto lo añado yo) basta un pirulí de La Habana.
En ese mundo de mezquindades locales y estatales se debaten personas como Galiardo, que aparecía en los escenarios representando sus personajes, diciendo su papel, y en la mitad del cerebro tenía la certeza de que a lo mejor al día siguiente no podía levantar otra vez el telón.
Era Galiardo uno de los grandes actores europeos, Azcona le dio papeles, o se los sugirió, que en algún momento parecían pensados para él o para Vittorio Gassman o para Jack Lemmon o para Marcello Mastroiani. Fue capaz de cruzar la inmensa raya roja que hay entre el trabajo alimenticio, pasajero, de galán de la escena española en los tiempos en que aquí solo brillaba lo externo, y la investigación teatral y cinematográfica.
Y fue un gran actor, un tipo brillante y vibrante, al que daba gusto ver hablar y gesticular como si estuviera parando el tiempo, convenciéndote de que por dentro no regurgitaba, atormentándolo, la certeza de que era muy difícil ser actor en un país que solo se acuerda de ti si armas un buen escándalo y entonces te llaman a tele para que hables de tus pantalones o de tus faldas, porque de resto, para que un actor o para que un hombre de la cultura tenga el sitio que se merece en esta sociedad resbaladiza te tienes que morir, y eso es lo que ha hecho este gran hombre entrañable.