40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Era de la indiferencia

Por: | 30 de junio de 2012

Uno de los textos más conmovedores que he leído sobre la amistad, su esencia y sus consecuencias, es el que dedica Natalia Ginzburg a su amigo Cesare Pavese, el escritor italiano que se suicidó en Turín el 27 de agosto de 1950. Delicado, admirativo pero contenido como el abrazo a un padre, en ningún momento cae en el abismo de la melancolía, sino que va describiendo, sin vuelo en el verso, aquel carácter arisco y autodestructivo que llevó a su final más abrupto al autor de El oficio de vivir.

    Ahora he leído, en Flores en las grietas, de Richard Ford, un nobilísimo recuerdo de su abuelo, hotelero en Little Rock, que es también una hermosa descripción de lo que es la vida con otros recordada más tarde como el curso de un aprendizaje.

    La amistad no es tan solo entre los amigos que uno va encontrando en la vida, en la escuela, en el instituto, en los oficios que se derivan de todo ello, sino que se da también entre los parientes, entre los más allegados, y ahí no siempre la amistad tiene los ámbitos purificados que se le suponen a este importantísimo afecto, pues muchas veces ese abrazo al padre, o al hermano, o a la madre, se ve enfriado por múltiples accidentes burocráticos que en otros ámbitos de la amistad no tienen por qué ser tan determinantes.

    El último encuentro, de Sandor Marai, por ejemplo, es la descripción sutil pero descarnada de la amistad cuando ésta se va diluyendo y ya es tan solo un recuerdo que únicamente se puede revivir con palabras, y ya no con hechos. En Rayuela, la novela de Cortázar que dentro de nada cumplirá medio siglo, la amistad es determinante, como tira y afloja y también como tabla de salvación.

    Las revoluciones y las guerras han desembocado en amistades improbables. La Revolución Cubana, por ejemplo, fue la aventura de unos amigos, desembocó en la aventura de otros amigos, y estos amigos, como aquellos, empezaron a dispersarse gravemente cuando comenzaron a agrietarse los fundamentos sentimentales y civiles de aquel gesto que derrocó a un dictador para instalar, finalmente, a otro.

    El boom de la literatura latinoamericana, que tantos frutos dio a la manera de ver y de escribir la realidad y los sueños de América y del mundo, se basó en ese sentimiento, en algún sentido, pero fueron esas desavenencias generadas por los desacuerdos acerca del rumbo cubano las que destruyeron relaciones, que en algunos caso se mantuvieron por razones de estrategia editorial o simplemente por la inercia que hace que los sentimientos sigan pareciendo cuando ya no son.

    ¿Y ahora? En la literatura, en las artes, en la vida, estamos viviendo un instante de enorme dispersión de los afectos; yo me atrevería a decir que, del mismo modo que en los años 50 se vivió, como decía Nathalie Sarraute, la era de la sospecha, ahora estamos la era de la indiferencia. Causada por la crisis económica, quizá, por la ambición de ser más que los otros, de competir a toda costa, en todos los ámbitos de la vida, los seres humanos nos estamos despojando del pudor que lleva a aceptar al otro como igual, y sólo se acepta ya como competidor, como personaje al que mirar de reojo, para verlo caer si es posible, pues la competencia requiere, en esta situación, también la derrota ajena para sentir que nuestro triunfo es grande, único, pleno, planetario.

    Esta voluntad de triunfo a toda costa, esta mezquindad asombrada que busca en el éxito la única razón de la vida, la profesional, la creativa, está causando en el mundo que vivimos esa indiferencia, en la que nadamos como si no pasara nada, como si la destrucción del afecto de la amistad, entre todos los afectos que se van diluyendo, no fuera una derrota mayor, una vergüenza íntima de la que todos somos culpables o, por lo menos, damnificados.

    Acabo de estar en Zaragoza, en la inauguración de la gira que Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina hacen ahora por España con su nuevo espectáculo. Ahí encontré, en esos dos artistas, ese filamento de amistad que, en su caso, ha sostenido la aventura de su encuentro, que a priori se daba por muerta o por imposible. Porque los caracteres iban a chocar, porque quizá no iban a aguantar la presión de tantas noches y de tantos días, dentro y fuera del escenario de sus propios egos. Pues han aguantado. Les pregunté cómo lo habían hecho. Porque se hizo sólida la amistad entre ellos, porque se quieren, porque están dispuestos a aceptar que el otro es, quizá, mejor, y viceversa. Ojalá esta excepción que cuento, entre otras excepciones que habrá, desmienta mi sensación lastimada de que estamos viviendo, en general, en la era de la indiferencia. Un tiempo en que ser amigo ya no es, como dice Manuel Vicent, despertar a otro de madrugada para pedirle dinero o un consejo. O para preguntarle si ya está mejor, si va sobreviviendo al oficio de vivir. 

Alegría y rabia de Galiardo

Por: | 23 de junio de 2012

Juan Luis Galiardo tenía el entusiasmo, que era real, habitual, extraordinario, tapiado por la consciencia cada vez más profunda de lo difícil que era para una vocación como la suya abrirse paso en este país.

Sus últimos años, que fueron en algunos casos pletóricos, llenos de muchos proyectos soñados y de algunos proyectos realizados, constituyeron en muchos casos un calvario, como el que sufre la mayoría de los grandes actores de este país, a los que el brillo de la escena les impide decir o dejar adivinar la realidad de lo que les pasa.

Este es un país muy mezquino y muy cruel, que aparca la experiencia e incluso la calidad a favor del ruido de los escenarios vacíos de valor poético, teatral o literario. Es un país de cáscaras y de representación.

La disminución del gasto cultural o educativo no es en España una decisión que tenga que ver directamente con nuestra situación económica, tiene que ver con la decisión subliminal de las autoridades estatales y locales de cortar por lo que les parece más superfluo.

La persecución que se ha hecho de los artistas y de aquellos que sin subvención no podrían llevar a cabo ni sus representaciones ni sus investigaciones ni sus producciones no esconde ningún propósito de enmienda social, sino que muestra el desprecio que por los creadores y por los intérpretes ha ido ahondando el vacío cultural de nuestra sociedad.

El ministro de Hacienda dijo en público cuando aun España no estaba en riesgo de rescate que era excesivo lo que cobraban los artistas por sus interpretaciones en el cine y en la televisión, puesto que lo hacían tan solo para entretener, y para entretener (esto lo añado yo) basta un pirulí de La Habana.

En ese mundo de mezquindades locales y estatales se debaten personas como Galiardo, que aparecía en los escenarios representando sus personajes, diciendo su papel, y en la mitad del cerebro tenía la certeza de que a lo mejor al día siguiente no podía levantar otra vez el telón.

Era Galiardo uno de los grandes actores europeos, Azcona le dio papeles, o se los sugirió, que en algún momento parecían pensados para él o para Vittorio Gassman o para Jack Lemmon o para Marcello Mastroiani. Fue capaz de cruzar la inmensa raya roja que hay entre el trabajo alimenticio, pasajero, de galán de la escena española en los tiempos en que aquí solo brillaba lo externo, y la investigación teatral y cinematográfica.

Y fue un gran actor, un tipo brillante y vibrante, al que daba gusto ver hablar y gesticular como si estuviera parando el tiempo, convenciéndote de que por dentro no regurgitaba, atormentándolo, la certeza de que era muy difícil ser actor en un país que solo se acuerda de ti si armas un buen escándalo y entonces te llaman a tele para que hables de tus pantalones o de tus faldas, porque de resto, para que un actor o para que un hombre de la cultura tenga el sitio que se merece en esta sociedad resbaladiza te tienes que morir, y eso es lo que ha hecho este gran hombre entrañable. 

Vale la pena vivir para este oficio

Por: | 20 de junio de 2012

Estuve anoche en la entrega a Pilar Velasco, periodista de investigación de la cadena Ser, del premio del Club de Debates Urbanos, veterana asociación de arquitectos y otros ciudadanos que cada año subraya actividades profesionales que permiten creer en la idea republicana de la cooperación y el progreso a través de la discusión y la denuncia.

Pilar Velasco es una joven reportera de investigación; es madrileña, tiene 33 años y ahora está con un pie en los juzgados porque a un político madrileño, en el poder, no le ha gustado lo que ella ha descubierto acerca del manejo de sus viajes públicos. Pero ese no es el único frente que ha abierto; se ha ocupado prácticamente de todos los escándalos de malversación que se han producido en Madrid y fuera de Madrid y lo hace desde la zona anónima de los medios, donde se cuece información más acá de la opinión, donde el oficio alcanza su más nítida dimensión, la que lo hace útil para la comunidad (de lectores, de oyentes, de ciudadanos) sin presumir de brillos ni otros resplandores de la tertulia global en la que hemos convertido el guirigay.

En la entrega de estos premios del Club de Debates Urbanos (otro fue para el importante arquitecto gallego Manuel Gallego, comprometido ciudadano con su tierra y su paisaje) pensé en estas cosas, el periodismo de raíz, aquel que le dice a la gente lo que le pasa a la gente, en contraste con ese periodismo de floritura en el que parece vibrar mejor la metáfora o la ocurrencia que la realidad sobre la que se quiere indagar.

Eugenio Scalfari dijo una vez, y aquí lo he citado muchas veces, que periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente. Y no gente que le dice a la gente lo que al que lo hace se le pasa por la cabeza. Creo que después de las distracciones que vive el oficio volveremos al periodismo puro, total, ese periodismo que ahora, por ejemplo, está explicando con todo el lujo sencillo de la información de referencia (en El País, por ejemplo) la dificilísima crisis económica, social, cultural y política que estamos sufriendo.

Albert Camus dijo, brindando por el éxito de una de las ediciones de Combat, en la clandestinidad bajo la dominación nazi, "¡Vale la pena vivir para este oficio!" Pilar Velasco y esos periodistas que explican la crisis, los que van al tuétano de lo que ocurre para rasgar la opacidad con la que la política y la economía se vela desde el poder, deben exclamar cada día lo que exclamó Camus, y lo deben escuchar los oyentes, los lectores, los televidentes; un país con buena información es un mejor país. Un país con buena información es un país sin tanto guirigay.

Bloomsday

Por: | 16 de junio de 2012

El mejor homenaje a un escritor es leerlo. Hoy se celebra el Bloomsday, el día en que Leopold Bloom, el célebre personaje de James Joyce, recorre como Ulises el camino que en Dublín tantas décadas después marca la más impresionante carrera que la imaginación le prestó a la literatura y a la vida.

Poco a poco, la pasión por reproducir en la vida cotidiana, en la calle, en los bares, en las casas, la costumbre estrafalaria, extravagante y magnífica, la estratagema vital de Bloom se ha convertido en una costumbre.

Lo que fue transgresión es costumbre, y por tanto carnaval, celebración en la que se reglamenta todo lo que, en un momento dado, fue propio de la literatura y por tanto de la vida. Estuve hace un año en Dublín, viendo de cerca la evolución de ese acontecimiento. En el restaurante al que acudí para asistir a la ceremonia (misa laica incluida) me tocó en una mesa redonda en la que unas chicas muy coloradas, y muy tímidas, ingerían los riñones y el resto de los alimentos prehistóricos que cada año renacen en Irlanda para celebrar a Joyce, y les pregunté si habían leído algún libro de aquel artista al que tan pronto se le rompió la adolescencia. No tenían ni puñetera idea.

En otros lugares estuve, siguiendo los ritos; al mediodía, la ciudad era una amalgama de trajes que remitían a la época, sombreros enormes y barrocos, faldas que tapaban hasta los tobillos... Todo Dublín, como hoy, seguramente, era una manifestación literaria que se parecía, página a página, a lo que hay en el libro más famoso del siglo XX...

En esa ocasión, como seguramente pase hoy también, Joyce les servía a los dublineses de pretexto para el buen humor, y el buen sentido de la tragedia, con el que abordan una crisis de la que ya sabemos tanto. En aquella celebración a mi me sorprendió, en las pancartas que exhibían, la virulencia con la que trataban a los banqueros, entonces (y después) principales artífices arteros de la ruina del país. Ahora ya nosotros sabemos mucho también de eso, y acaso un día veamos, en la lectura del Quijote en el Círculo de Bellas Artes o en cualquier sitio, la búsqueda de textos en los que Cervantes también alude a banqueros y a usureros que entonces, como ahora, prefieren la ruina ajena antes que la solidaridad con el país al que esquilman...

Las librerías dublineses, esta semana, eran un homenaje constante a Joyce, una incitación a leer su obra que parece una tachadura de la hipocresía que en aquella ciudad, como en tantas de su estatura, son en realidad una calle mayor en la que todo el mundo sabe de todo el mundo. Librerías magníficas, por cierto, bien dotadas, bien atendidas. Las librerías de Dublín, como sus calles, son un homenaje al sosiego que hoy, otra vez, romperá Ulises. Bravo por Irlanda, por el humor y por tomarse con humor la tragedia.

Reirán hasta Bloomsday y después

Por: | 12 de junio de 2012

El ministro irlandés de Educación es calvo y corpulento, como una cama sin hacer, que decía Sean Connery en La Casa Rusia. Se llama Roairi Quinn y es arquitecto; a él se debe que los nacionalistas ultrarreaccionarios de Dublín no acabaran con los vestigios del estilo georgiano, que consideraban una agresión al gusto patrio. Y por eso hoy Dublín sigue siendo la ciudad que amaron, y odiaron, Beckett y Joyce, quienes, como escribió el primero, jamás se fueron de esta isla aunque desarrollaran su vida y su literatura de uñas con la vida en otras geografías muy distantes.

Dublín es una ciudad a la escala del hombre que camina, es el escenario, aún, que siguió Bloom en aquel 16 de junio que ahora conmemorarán, como conmemoran la aventura de Ulises, con todos los ritos y los requisitos que abundan en la jornada más memorable de la literatura escrita por un irlandés.

Siempre que veo a un irlandés corpulento me acuerdo de los dublineses de Joyce, de los que se disfrazan en Bloomsday y de los que, antes y después del rescate al que los ha sometido la Unión Europea, se siguen riendo en las barras de los pubs y en las esquinas de las calles. Quinn llegó a un acto en el que se iba a hablar de El sueño del celta, de Mario Vargas Llosa, sonriente y vital, y ante los españoles que estábamos en el Instituto Cervantes, comandados por el embajador Javier Garrigues y por la directora del centro, Rosa León, nos espetó: "¡Bienvenidos a la troika!"

Viven este periodo de excepción con algunos datos escalofriantes que tienen el valor terrible de los nombres propios: el desempleo es galopante, afecta sobre todo a los jóvenes, y éstos se están yendo de Irlanda; es una sociedad diezmada que ahora es, otra vez, una sociedad que emigra, a América, están protagonizando otra vez la diáspora de sus leyendas; las calles son ahora paseos dominicales que, bajo el sol que ahora cae como una mano que predice Bloomsday, se vacían de coches y de ruido; como si Dublín se acercara a la atmósfera que debió vivir aquel día en que se inició, y acabó, la excursión de Leopoldo Bloom.

Pero la gente ríe, le dije al ministro. Y Quinn, riendo él mismo, dijo que sí, ríe la gente, reirá hasta el Bloosmday, y después, y para reír no hay que pagar ni peajes ni rescates. ¿Una sociedad confiada? No, una sociedad acostumbrada, al buen humor y a la herida, que curan, dicen, con whisky hecho de lágrimas...

Le conté a un amigo el clima que encontré en esta Irlanda vigilada, como vamos a estarlo nosotros, por la troika. Y éste me contó que un día la policía detuvo a un joven que estaba pintando un graffiti en la casa donde habitaba una anciana. La anciana corrió detrás de los guardias reclamándoles que el chico siguiera pintando, le daba alegría al edificio. Así están, arañando alegría, dándole a la vida la oportunidad de que no los entierre en la arena. Respirando con la misma ansiedad con que respiran los peces fuera del agua.  

Gloria y peligro del eufemismo

Por: | 11 de junio de 2012

Ahora España vive la dudosa gloria del reino del eufemismo; pero eso es pan para hoy y hambre para mañana, pues la vida actual, asaltada violentamente por la globalidad, destapa en seguida las vergüenzas de la ocultación.

Así que los intentos del Gobierno y de algunos medios que le son rabiosamente afines por despejar la idea de que Europa ha establecido una maniobra de rescate sobre la actividad financiera española ha sido ridiculizada de inmediato primero por algunos medios (como el Time, usted dice Tomate, yo digo Rescate) e inmediatamente por las propias autoridades europeas, que no han sentido que la desviación de la realidad sea buena para las relaciones de España con la actual metrópoli del euro.

A España la fiebre de la realidad le ha entrado en un momento crucial de sus finanzas, pero, como si hubiera en el cataplasma del eufemismo alguna cura, los gobernantes y sus portavoces (queridos o espontáneos) se han lanzado a la piscina para hacer olas y evitar que se vea el tamaño del elefante.

Es cierto que en economía, como en los toros, en el fútbol y en la religión, una buena metáfora alivia una terrible derrota, y de eso están llenos los campos y las hemerotecas, pero ese recurso no es infinito. Tendría que tener el Gobierno, trabajando día y noche, a cientos de guionistas del cine o de la televisión, y a un número igual de poetas, para mantener hasta el fin de sus días (o de los días de esta incertidumbre) para nutrir de metáforas, de paradojas, de eufemismos en fin, la realidad tozuda de las frases que hay en los comunicados europeos, secos y terminantes como los versos con los que José Hierro termina algunos de sus poemas de desesperanza.

Es cierto que, como dice la canción ye ye, no nos queremos enterar de lo que pasa de veras, pero quizá los que deben usar menos las maniobras que el lenguaje permite para llamar mentiras a la verdad, los gobernantes, deben regresar al lenguaje real, deben dejar a un lado el lenguaje metafórico, pues el dinosaurio es muy tozudo, y cuando nos despertemos del sueño con que nos duermen estos días ese animalejo prehistórico va a seguir ahí hurgándonos la planta de los pies con su risita sin misericordia. Que se dice Rescate, que no se dice Tomate. Muchos guionistas harán falta para cambiar de sentido la trama, y además no merece la pena. La realidad es tozuda como los dinosuarios.

Los autores extranjeros no escriben en español

Por: | 09 de junio de 2012

A veces da la impresión de que los medios de comunicación y los lectores, inducidos por aquellos, consideran que los autores extranjeros, sobre todo aquellos que tienen éxito en lengua española, escriben directamente en español.

Auster, Pamuk, Berger, Grass, Coetzee, Philip Roth... Hubo una época en la que, gracias a la presión de Esther Benítez y de Javier Marías, excelentes traductores ambos, las editoriales aceptaron nombrar a los traductores de los distintos autores extranjeros en las portadas de las obras. Y no sólo eso, se hizo costumbre, en las reseñas bibliográficas, incluso en aquellas que eran presentadas como información, nombrar a los respectivos traductores de las distintas, y numerosas, obras que por fortuna se vierten al idioma español.

Pero esa costumbre se ha diluido, en los medios, en las editoriales, de modo que existe la curiosa circunstancia de que un día la gente creerá que todo lo que se lee firmado por Auster, Pamuk, Berger, Grass, Coetzee o Roth, por citar sólo a un puñado de escritores contemporáneos, está originalmente escrito en nuestra lengua.

Tengo en la mano, por ejemplo, dos libros de Roth, reciente premio Príncipe de Asturias de Literatura, que escribe en inglés: uno es El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras, publicado por Seix Barral y traducido por Ramón Buenaventura. El otro es La humillación, que apareció en Mondadori con traducción de Jordi Fibla. En ningún caso las editoriales destacan en la portada, ni en la contraportada, que leemos esos dos excelentes libros de Roth en un español muy puro, muy auténtico, muy bueno, gracias a esos dos escritores que han asumido la tarea de ser los dobles del original.

Ellos son decisivos en la repercusión española del escritor premiado, y tanto nosotros, los medios de comunicación, como las editoriales tendrían que destacarlos en el momento de celebrar el éxito del autor al que le pagan los royalties y que les resalta con tanta importancia su catálogo. Y, sin embargo, ahí están, condenados a la modestia del anonimato, como si traducir fuera meramente pasar la vista por un texto que, automáticamente, adquiere los rasgos del español.

Siempre me ha molestado esta circunstancia, a la que supongo que yo mismo habré contribuido también como editor y como periodista. La destaco, entonces, como una culpa propia, y hago votos porque no se extienda. Viva la traducción y vivan los traductores. Y que se sepa que los escritores extranjeros no escriben en español. Aunque, y esto sí que es un mérito, lo parezca.

Libreros, la vida va a ser mejor, no tengan duda

Por: | 02 de junio de 2012

Ánimo, libreros, lo bueno está por venir.

Volverán los buenos tiempos de los libros, se llenarán las librerías, regresarán los lectores a los que ahora ahuyentan la crisis y los agoreros, y vendrán con esos lectores más libros exigentes que harán más exquisitas, y más intensas, las estanterías.

Los libros y las personas serán mejores, y éstas estarán muy interesadas en saber qué dicen los libros, y no sólo dónde están impresos, si en el aire o en el papel.

La palabra libro será otra vez esta cara de la luna, en ella veremos lo que dice de antiguo esa palabra, y nadie podrá tacharla del diccionario donde se aprende a dibujar, a pensar y a soñar las costumbres y también las sorpresas de la vida.

Iremos otra vez por las alamedas de las ferias, de las universidades y de los institutos, y veremos a los muchachos y a las muchachas leyendo por primera vez los libros que los harán leer para siempre.

No se fíen, libreros, de los que dicen que una oscura mano cerrará un día la modesta alcancía de los libros; los libros respiran un reposo, pero de ese reposo regresarán más robustos, más sanos y más libres, serán libros libros, manos llenas de ideas y de dibujos, de palabras y de pensamientos, de vida.

Ánimo, pues, que por ahí, por el silencioso mar donde navegaron, navegarán otra vez nuestros amigos, nos inundarán de libros y seremos gozosamente inundados por ellos, y un día un niño preguntará en el regazo de los maestros:

--¿Es verdad que un día se dijo que esto en lo que ahora me lees se iba a acabar?

Dijo García Márquez: "Ahora sé por qué cuentan cuentos los abuelos".

Siempre habrá cuentos volando, y se posarán en los libros, en la mirada de los niños, en los sueños de los adolescentes, en el ceño de los adultos, y sin libros no se podrá vivir porque sin libros no se puede vivir.

Ánimo, he dicho, y suerte en la vida, que en las manos de los libreros está la suerte de los libros.

El País

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