Escribe Luis Muñoz en Limpiar pescado este poema que recogen Luis García Montero y Jesús García Sánchez en su antología Un balón envenenado (Visor, 2012): "¿Por qué te decepciona?/ El celofán del fútbol cuando cruje/ da vida en el vestíbulo/ al viejo corazón de la ciudad".
Ahora cruje la ciudad, crujen las ciudades, y el celofán del fútbol abrillanta las persianas, las puertas tras las que se almacenan los problemas, y por un instante (el instante del que hablaba Leonardo Sciascia) la población aquí es feliz, y en otros sitios llora. A la alegría de Casillas o de Iniesta, o a la alegría de Vicente del Bosque, la vida opone la decepción de Pirlo; las lágrimas de Pirlo son las lágrimas de Roma, de Venecia, las amargas lágrimas de una selección que por un rato (el instante de Sciascia) fue feliz tapiando las puertas y las ventanas en las que se exhiben, hacia adentro y hacia afuera, las cuestiones más urgentes de la sociedad.
El fútbol tiene ese poder catártico, revuelve las tripas de la ambición, pero también sosiega el ánimo exaltándolo; millones de españoles (quince millones delante de la televisión) esperaban un resultado como el que hizo llorar a Pirlo. Y mientras ese resultado iba haciéndose en el marcador de Kiev, en el otro lado iba disminuyendo la esperanza de terminar bien el sueño que había empezado ganándole a los ingleses. La alegría es como el pescado que limpia Luis Muñoz en esos poemas que seleccionaron García Montero y García Sánchez, se escurre, pero siempre acaba en manos de otro.
Es un celofán, es cierto, es brillo de la noche, maquillaje de la existencia atribulada de los ciudadanos que hoy saldrán a la calle a ver a sus héroes como celajes que aparecen y desaparecen, para ser adorados o para ser olvidados. Ayer cumplía 88 años Ramallets en Barcelona, y cuando Casillas tenga esa edad probablemente los chicos que hoy escuchan su nombre de labios de sus padres tendrán que hacer esfuerzos (probablemente en Google, en el Google de entonces) para saber quién fue esta leyenda que hoy besará la copa en Cibeles.
Pero así es la vida, reconstrucción de la alegría, constancia de las lágrimas, y el fútbol es así, y empieza, o termina, por el celofán del que escribe Luis Muñoz.