Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Millares y Westerdahl se encuentran junto al barranco

Por: | 07 de julio de 2012

Junto al barranco de Guiniguada, en Las Palmas de Gran Canaria, la Fundación Mapfre Guanarteme ha abierto una exposición que remite a un tiempo insólito de Canarias. O a la resurrección de un tiempo insólito. La exposición es la de los fondos que Eduardo Westerdahl, el lúcido crítico que hizo posible la aventura de Gaceta de Arte, dejó al Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias del Puerto de la Cruz.

Durante años, esos fondos durmieron sin que se cumpliera el sueño generoso de Westerdahl, y ahora, gracias a la labor del Instituto y a la dedicación de su presidente, Nicolás Rodríguez Muntzenmeier, y de su vicepresidente de arte, Celestino Celso Hernández, la colección revive, se expone y viaja. Y ahora está en esa sala junto al barranco.

Ahí he estado viéndola, maravillándome con la fortaleza adolescente (siempre fue adolescente, nació en 1902, murió en 1983) que le llevó a Eduardo Westerdahl a mantener en vilo su apuesta a favor del arte informal, abstracto. Esa apuesta lo convirtió en una referencia europea en los años treinta y después. En aquella década hizo un viaje que sería fundamental en su vida y en la vida de sus compañeros tinerfeños. Fue a Berlín y a otras grandes ciudades de Europa, se enamoró de los colores y de las formas pintadas por Kandinsky y por Paul Klee y regresó decidido a crear la aventura que fue Gaceta de Arte, la revista que, en 1935, cometió la locura de traer a Tenerife a André Breton y a Banejamin Peret para hacer en la isla la segunda exposición surrealista que se produciría en suelo europeo hasta entonces.

Luego vinieron la guerra, la dispersión, la represión y el olvido. En medio de las brumas del olvido en Canarias hubo algunas luces muy potentes. En primer lugar, las que mantuvieron encendidas Westerdahl y los suyos (Domingo Pérez Minik, Pedro García Cabrera, José Arozena), y las que estaban encendidas en Gran Canaria, Juan Rodríguez Doreste, Juan Ismael...

Hubo una suerte, en Gran Canaria y en Tenerife, esa generación se encontró de inmediato con lo que el pintor tinerfeño Enrique Lite dio en llamar La Generación Escachada, y en lugar de producirse el tradicional asesinato del padre tuvo lugar, para bien de ese momento y del porvenir de ese momento, el abrazo de generaciones. Les siguieron, en una y en otra isla, gente como Manuel Millares, Martín Chirino, Manuel Padorno, Pedro González, Julio Tovar... Y luego vino otra generación limítrofe, además, que se sumó a aquellas, la de Emilio Sánchez-Ortiz, Luis Alemany, Eugenio Padorno, Arturo Maccanti... Y así sucesivamente.

Había, pues, un espíritu, e incluso una amistad que fue volando de un lado a otro, de una época a otra, y que tuvo la fuerza suficiente como para mantener, con los altibajos que imponía la época aquella tan difícil, el espíritu libertario, o libérrimo, de Gaceta de Arte, que era, por otra parte, el aire de un tiempo contra el que se trató de imponer el hacha de la guerra. Y la guerra, esa maldad, tuvo más suerte que la vida. En fin. 

Lo cierto es que durante aquel tiempo y después, en la posguerra, aquel sueco reconcentrado, sonriente a veces, pero siempre contumaz, como un niño que no renuncia a tener el último juguete, siguió teniendo amigos en el arte y en la vida, y siguió coleccionando aquello que más quería, arte informal, moderno, el abstracto que se imponía en otras latitudes y que aquí se despreciaba o se menospreciaba. Esa colección está en gran medida en esta exposición, y se puede ver permanentemente, cuando vuelva allá, en su propio Museo de Arte Contemporáneo Eduardo Westerdahl en el Puerto de la Cruz, donde siempre quiso tener el crítico su colección. 

Aquí, en Las Palmas de Gran Canaria, hemos sabido que la ubicación en la que está este museo tan bien organizado y tan arriesgado todavía pende de un hilo; que el Parlamento de Canarias ha denegado su auxilio para asegurarlo ahí, o para asegurar su continuidad, porque el proyecto es de ámbito local y no regional... Es como si se dijera que las campanas de Vegueta o la Fundación César Manrique o el océano Atlántico son parte de un ámbito local... Mezquindades realmente pequeñas de una polémica exactamente minúscula.

En este encuentro de casualidades que es siempre un museo, sobre todo si está inspirado por aquel cultivador de azares que fue Westerdahl, apareció también la figura de Manolo Millares, que fue su cómplice y su amigo intergeneracional. En la exposición está Millares, y también está Elvireta Escobio, su viuda, uno de cuyos cuadros aparece asimismo en la colección Westerdahl. Pues acaba de aparecer (en La Fábrica, apoyada por la Fundación Antonio Pérez) la correspondencia que mantuvieron Manolo Millares y Eduardo Westerdahl entre 1950 y 1969. El libro, que conocí ahí, parece una consecuencia de la propia exposición, y sin duda de la amistad que mantuvieron ambos mientras se iban haciendo en la poderosa cabeza de Manolo la estética y el pensamiento radical que lo han convertido en uno de los grandes artistas del siglo XX.

Verlos ahí juntos, simbólicamente pero también en el recuerdo, revivió mi memoria de uno de los últimos momentos públicos de Millares, cuando acudió, a principios de 1970, a la inauguración de la sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias. Ya era un hombre tocado por la enfermedad que acabaría con su vida en agosto de 1972. Lo recuerdo ensimismado, escuchando, junto a Eduardo Westerdahl y junto a Joan Miró, siguiendo con su mirada ausente, solícito pero silencioso. No se me borra jamás esa imagen de Manolo Millares. Y él hizo, como Westerdahl, que no se nos borrara a los canarios esa época que de pronto salta de la memoria a la vida viendo los cuadros de esta exposición junto al ya desaparecido barranco de Giniguada.

El País

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