40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Decía Leopold Sedar-Senghor, el escritor africano, que cuando moría un viejo se quemaba una biblioteca. Dos bibliotecas hemos perdido ahora, Esther Tusquets, Gregorio Peces-Barba. He escrito un largo post sobre ambos, y la blogosfera se lo tragó. Resumo lo que quise decir:

Esther: moderna, capaz de convencer a la historia de que el libro está vivo, supo decir No cuando el monstruo editorial quiso que fuera parte de su cola, y prefirió ser ratón de su propia biblioteca. Forma parte de una generación de grandes editores, la generación del glamour, Barral, Castellet, Herralde, Beatriz de Moura, Mario La Cruz... Ingenua y reservada, era también, está en sus memorias, audaz hasta el martillazo.

Gregorio: ingenuo también, se despojo de su vestido institucional y en los últimos años de su vida fue un saludable verso suelto de su partido, el socialista, y un azote de la componenda nacional, a través de sus artículos y de sus entrevistas. Se declaró a sí mismo ingenuo, pero sus latigazos eran los de un atrevido ciudadano que no quería comprometerse con la nada cotidiana. Sus últimos meses fueron los de un hijo devoto que quería restaurar la memoria que su madre y él tuvieron de la lucha del padre, un eminente abogado, por salir de la cárcel de Franco. Puso al Rey en su sitio, con las palabras adecuadas a su manera de ser, y hoy, cuando muere, deja atrás un legado emocionante de servicio civil a su país.

Dos bibliotecas más que nos faltan.

Y cierro y publico, por si la blogosfera reclama mi texto para su propia deglución otra vez.

Entre todas las miradas del cine recuerdo la de Alfredo Landa en El rey del río, de Gutiérrez Aragón. El hijo llega, el padre (Landa) tiene la cara enjabonada, sólo se ven sus ojos, pero en esos ojos están todos los afectos, y todos los efectos, desde la extrañeza a la ternura, pasando por el efecto más huidizo, el del desconcierto.

Anoche vi, multiplicada por todos los gestos del desconcierto, una mirada tan poderosa como aquella, en la célebre serie Mad Men, de Canal +. Draper, el creativo más destacado de la agencia publicitaria de Madison Street, está sentado, irrumpe en su sosiego triunfal (acaba de cerrar una cuenta con Jaguar) Peggy Olson, una de sus creativas más valiosas. Ésta había sido maltratada por él, que la desdeñó reiteradamente en los últimos tiempos; harta de ese ninguneo, Peggy ha entrado en el despacho de Draper para presentarle su dimisión, para decirle que se larga. Draper no se lo cree, y en ese periodo que transita desde que sabe lo que desconocía hasta que se da cuenta de que, en efecto, se ha pasado en su desprecio de aquella profesional que se le va, su cara va diciendo, sin palabras, todos los sentimientos que sólo precisan un instante para modelar un rostro. Y ese rostro es de una desolación patética, como si lo hubiera abofeteado la vida.

Esta mañana, leyendo la excelente (y oportuna) entrevista que Sol Gallego le hace a Felipe González en EL PAÍS, recordé esa mirada de Draper, su cara entera gesticulando hacia adentro y hacia afuera, tratando de entender con el rostro lo que no entiende con el cerebro. Porque he asociado esa cara a la cara del Gobierno, acosado desde dentro y desde fuera (desde su propio partido también) por una exigencia que Felipe González ha verbalizado con una precisión que, en este caso, no se pierde en circunloquios. El Gobierno de Rajoy debe escuchar el sonido de la calle, ha de escuchar también a la oposición, y ha de procurar un consenso nacional que le procure fuerza para abordar su relación con Europa. Ha de dejar de creer que acierta siempre porque hace lo que tiene que hacer, como si lo que se tiene que hacer no tenga siempre una alternativa.

Corren el riesgo el presidente y sus ministros, como lo corrió Draper, de creer que la mayoría absoluta de la que disponen en el Parlamento es también la mayoría absoluta en la calle, lo que les daría motivos para tratar a la oposición (al Psoe y a los otros, que ya están cercanos frente al Gobierno) como el ejecutivo publicitario más famoso del momento trataba a la creativa que lo dejó plantado. Esa cara de Draper debe hacerle pensar a Rajoy tanto como la propuesta de Felipe.

 

Terremoto de la cultura

Por: | 20 de julio de 2012

No hay que ser un sismólogo, ni siquiera un perro entrenado en la adivinación de temblores, para saber que el terremoto español ya ha alcanzado todas las terminales nerviosas del país. La economía, los sindicatos, la educación, la sanidad..., y ahora la cultura.

La decisión del Gobierno de subir, también, el IVA que grava el cine, la música y el teatro, entre otras actividades, con el más alto nivel impositivo posible en la actual reestructuración de los impuestos, ha sacado a la calle, otra vez, a los gestores y a los actores de la cultura, a los que se han sumado los periodistas que se dedican al oficio de contar qué pasa en este ámbito.

En ocasiones precedentes, en otras legislaturas, el Gobierno del Partido Popular había excitado a los actores y a otros representantes de la cultura creativa, pero no había logrado concitar de la misma manera a los que se dedican a tareas administrativas en esos terrenos o a quienes informan de lo que pasa en la cultura en sus más distintas dimensiones.

La conjunción astral que ahora se da es una consecuencia, a mi juicio, de la incertidumbre que existe sobre la persistencia de la misma materia: ¿existirá la cultura si se la sigue limitando, si se sigue gravando al público que se sirve de ella, a los gestores que la administran o la hacen posible, a los que la hacen y a los que la disfrutan?

La pregunta la han hecho los periodistas culturales reunidos en San Sebastián por la Fundación Santillana y por la Universidad Menéndez Pelayo, comandados por Basilio Baltasar, que es el director de la citada fundación y que fue él mismo un destacado periodista cultural, tarea que sigue ejerciendo de una u otra manera a través de sus artículos y también a partir de esa actividad de acelerador cultural, como él dijo para referirse a la multitarea que ejerce el poeta (y periodista) Antón Castro.

Este acelerador cultural reunió en Santander estos días a un grupo numeroso, y muy variado, de periodistas, algunos de los cuales han organizado, en Cataluña y en Andalucía, unas incipientes asociaciones de Periodistas Culturales. Cuando los periodistas se juntan (lo cual es un milagro, muchas veces) es que algo grave ocurre, es que han vislumbrado un terremoto, por ejemplo. Y en la cultura se está produciendo un terremoto del que hubo indicios suficientes en esa reunión de Santander y en la manifestación que hubo ayer mismo ante el Ministerio de Cultura.

Es un terremoto que tiene su epicentro en un susto bien fundamentado. En la administración de la cultura, que el Gobierno ha sacado ahora a la calle anunciando la indefensión del sector, asustado ante los gravámenes. Y en la propia cultura, asustada por una crisis económica que es también una crisis de valores y que la sitúa en la vieja dicotomía entretenimiento/fundamento que se va decantando por la vía de la primera parte de esa contradicción.

De esas cosas hablaron los periodistas culturales en Santander, y del porvenir del periodismo, asunto al que volveremos. No estuvieron solo en la nebulosa de la discusión sobre su propio porvenir, sino que fueron al corazón de lo que preocupa hoy en esta sociedad perpleja: qué pasará con la materia misma de la que tienen que informar, si desaparece el teatro, si al cine lo apuñalan definitivamente, si es cierto que el libro desaparece, enterrado por enterradores interesados en que desaparezca la misma cultura del libro, bajo el disfraz de una falsa dicotomía, la del papel versus digital, si desaparece el mismo periodismo..., ¿qué tendrán que decir, de qué tendrán que informar, si el terremoto finalmente arrasa la hierba?

No es un problema del oficio, porque tampoco es un problema del oficio de los gestores culturales o de los actores o de los escritores, es un problema de la sociedad. El gravamen contra el que protestan no es solo un impuesto, es la expresión de un símbolo, cuyo cordón umbilical me parece que el Gobierno ha tocado con una falta de sensibilidad que tiene aún tiempo de corregir. Porque este terremoto no tiene solo los nombres propios de los que se han manifestado, es un terremoto que viene de más abajo, y llegará más arriba. Sería un error que resucitaran ahora, como se está haciendo, el tópico de la ceja. Harían muy mal en no escuchar este incipiente vocabulario de protesta.

La isla a mediodía

Por: | 17 de julio de 2012

La desgracia del fuego regresa a Canarias.

Adeje, en el sur de Tenerife, y luego La Palma y La Gomera. En 2007, cuando el gran incendio que se cebó en los montes del centro sur de Tenerife, vi, al salir de Teno, un trozo de madera que aún humeaba, después de que el fuego hubiera sido dominado por los bomberos, tras varios días de lucha.

Imaginé entonces que aquel rescoldo seguía allí como la metáfora misma del fuego, como un aviso, la alerta simbólica de lo que ahora pasa otra vez. Las islas son, por su propia configuración, rodeadas de agua y amenazadas por la sequía y por el verano caliente, teas que están en medio del océano beneficiándose de las brisas hasta que las brisas las traicionan y arden en medio de la desesperación de los habitantes que se extrañan de la violencia del aire quemándose.

El fuego es siempre la memoria del fuego, un incendio te evoca otros incendios. Aquel que convirtió Teno, el corazón prehistórico en el que confluyen el norte más extremo y el principio del sur, en un trozo de historia ardiendo ocurrió por estas fechas en 2007. En Madrid había un tiempo desapacible, el viento hacía intransitables las calles, el aire estaba lleno de malos presagios. Nosotros, Ángel Sánchez Harguindey, Marta Donada y yo mismo, almorzábamos con Rafael Azcona en un restaurante gallego. Rafael tenía los ojos extraños, una mirada que alternaba el silencio con una cierta dejadez melancólica que a todos nos extrañó en aquel hombre que hacía de su alma un secreto. Ángel insistió en llevarle a casa tras el almuerzo, y los otros dos hicimos lo propio. En medio del forcejeo, pues Azcona no quería irse antes que nosotros, quería esperar a que nos fuéramos, llegó la alerta: Tenerife se quemaba aquel mediodía. Me fui al periódico, me enviaron a la isla, a informar de aquel incendio que se cebó en Teno, como si quisiera morder en una metáfora, recorrí con la gente del Cabildo las zonas que ya habían sido arrasadas por el fuego, y luego seguí, en el mediodía iluminado aún por la siniestra belleza de las llamas, por las cordilleras aún incendiadas. En un momento determinado llamé a Rafael, quería saber qué sucedía, con su mirada, con su ánimo. Fue en ese momento cuando me contó, nos contó, que le habían detectado entonces la enfermedad de la que habría de morir algunos meses más tarde. Había sido la última vez que lo vimos, él se recluyó después en un silencio que casi no interrumpió nunca más. El verano empezaba entonces con tan malas noticias. Por eso ahora, este verano, estos incendios, el propio incendio tremendo de la vida, me traen el recuerdo de aquel último mediodía de la isla ardiendo.  

Lo público y la mentira de MacNamara

Por: | 14 de julio de 2012

 

Cuando en España se dice que el modelo que debe regular los medios públicos de información es la BBC en seguida se afirma que esa debe ser una extravagancia británica pues es imposible que aquí prospere.

Ahora estamos comprobando, otra vez, y van no sé cuántas, la evidencia de que ese sistema no cuaja aquí sobre todo porque no encaja con lo que la política quiere que sea el servicio público. El servicio público en sus más diversas radiales: en la educación, en la sanidad, en la cultura, y sobre todo en los medios de titularidad pública.

Se puede explicar, y de hecho lo explican unos y otros, de muy diversas maneras, pero en el fondo de ese vaivén late un aberrante sentido del poder, y de la alternancia del poder, que generalmente lesiona lo que ha hecho el otro explicando que han sido elegidos para ello, para tachar lo que se hizo antes.

Si lo que se hizo antes estuvo mal hecho, es probable que la ciudadanía acepte que la sustitución conlleve cambios, para mejorar o para comprobar la eficacia de otros comportamientos. Pero si una cosa va bien, o se estima que va bien (en el caso de RTVE, lo estima la audiencia, lo estima la crítica, e incluso lo estima el consenso del que partía el actual sistema), no tiene ningún sentido que se tache tras un periodo electoral, se elimine una cláusula que obligaba al consenso y se decida que quienes han de desarrollar la nueva etapa sean personas elegidas directamente por el poder político, con alguna que otra escaramuza parlamentaria en la que la voz muy cantante la lleva el partido del Gobierno.

Lo que resulta evidente es que al poder político recientemente constituido no le gustaba la nomenclatura de los medios públicos (tampoco le gustaba al poder anterior), y en lugar de agarrarse a la ley que había para aceptar que lo público ha de tener unas reglas y éstas deben consolidarse se ha liado la manta a la cabeza y ha decidido unos cambios que la ciudadanía recibe como un mensaje a favor de parte.

Eso es lo que no haría el poder político británico, aunque le duela. Y lo ha intentado hacer. Lo intentó Margaret Thatcher cuando estimó que la BBC no defendía patrióticamente la posición británica (del poder político británico) en las Malvinas, y lo intentó muchas veces Tony Blair, y algunas veces con una saña que otros quisieron copiarle más allá de sus fronteras.

Pero la BBC resistió los embates y se mantuvo como era y como es. Aquí no ha dado tiempo el poder político para que se consolide la legislación, y ha optado por desprofesionalizar el comando legal que amparó durante casi dos legislaturas el intento de bbcificar  los medios públicos para ponerlos al servicio de la ciudadanía y lejos del alcance del poder político, arbitrando una legislación que impedía (eso se creía) la subversión de ese mecanismo.

Pero el mecanismo ha saltado por los aires, y ya hemos visto qué pasa con los programas que, por ejemplo en Radio Nacional de España, habían despertado la ilusión profesional de oyentes y periodistas de que por fin ese medio público no estaba sometido a vaivenes que ahora se verán también, eso es lo que se vislumbra, en el otro brazo armado de ese consorcio, la televisión.

Aquellos programas radiofónicos han tenido éxito de audiencia, y no lo han hecho frivolizando sus contenidos o poniéndose al servicio de unos o de otros (de los que mandan o de los que aspiran a mandar), sino profesionalizando su manera de ver o de comentar lo que ocurre, consiguiendo aquello que soñó mi paisano Fernando Delgado cuando dirigía la radio, “una radio plural”.

¿Y tendremos una televisión plural, tendremos una radio plural? ¿Los medios públicos seguirán el camino que parece que la sociedad demandaba y aplaudía? El sistema de sustitución ha sido ampliamente contrario a la tradición que creía haberse abierto paso, de modo que estamos autorizados a dudar del porvenir verdaderamente público de esos medios. Me parece un error del Gobierno. En las actuales circunstancias, y en cualquier circunstancia, la información es imprescindible, y la información bajo sospecha de control gubernamental será tan perjudicial para el que la controla como para el que cree que le están controlando lo que consume.

Hace muchos años, el ministro de Defensa norteamericano Robert MacNamara se fue a Vietnam a comprobar cómo iba el desastre norteamericano en la zona, enviado por el presidente Johnson. A la vuelta dio una conferencia de prensa en la que contó que todo iba mejor de lo que nadie (en su Gobierno) hubiera esperado, y se fue a ver a Johnson. Ocho años después el New York Times publicó, a pesar de la oposición del Gobierno, los papeles del Pentágono, en los que se explicaba que MacNamara había contado una mentira a la prensa y la verdad al presidente. Hemos asistido a muchos casos así, en los que el poder político quiere manipular a los medios, y muchas veces quiere manipular a los ciudadanos con sus propios medios.

La tentación de usar lo público es general, todos la sienten, y ninguno –ninguno es ninguno-- es capaz de bajarse del caballo de esa ilusión de controlar. Ahora esa tentación vuelve a estar vigente entre nosotros. Quizá el Gobierno alcance logros del ejercicio práctico de su intención. Pero, desde mi punto de vista, habrá cometido un error. La BBC no es una extravagancia británica; es un pilar de su democracia, y por eso está ahí. Nosotros, en España, estamos posponiendo, otra vez, una buena idea, y será la democracia la que se resienta. El Gobierno lo sabrá, y tiene fácil saberlo, porque ya lo sabe. 

 

Millares y Westerdahl se encuentran junto al barranco

Por: | 07 de julio de 2012

Junto al barranco de Guiniguada, en Las Palmas de Gran Canaria, la Fundación Mapfre Guanarteme ha abierto una exposición que remite a un tiempo insólito de Canarias. O a la resurrección de un tiempo insólito. La exposición es la de los fondos que Eduardo Westerdahl, el lúcido crítico que hizo posible la aventura de Gaceta de Arte, dejó al Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias del Puerto de la Cruz.

Durante años, esos fondos durmieron sin que se cumpliera el sueño generoso de Westerdahl, y ahora, gracias a la labor del Instituto y a la dedicación de su presidente, Nicolás Rodríguez Muntzenmeier, y de su vicepresidente de arte, Celestino Celso Hernández, la colección revive, se expone y viaja. Y ahora está en esa sala junto al barranco.

Ahí he estado viéndola, maravillándome con la fortaleza adolescente (siempre fue adolescente, nació en 1902, murió en 1983) que le llevó a Eduardo Westerdahl a mantener en vilo su apuesta a favor del arte informal, abstracto. Esa apuesta lo convirtió en una referencia europea en los años treinta y después. En aquella década hizo un viaje que sería fundamental en su vida y en la vida de sus compañeros tinerfeños. Fue a Berlín y a otras grandes ciudades de Europa, se enamoró de los colores y de las formas pintadas por Kandinsky y por Paul Klee y regresó decidido a crear la aventura que fue Gaceta de Arte, la revista que, en 1935, cometió la locura de traer a Tenerife a André Breton y a Banejamin Peret para hacer en la isla la segunda exposición surrealista que se produciría en suelo europeo hasta entonces.

Luego vinieron la guerra, la dispersión, la represión y el olvido. En medio de las brumas del olvido en Canarias hubo algunas luces muy potentes. En primer lugar, las que mantuvieron encendidas Westerdahl y los suyos (Domingo Pérez Minik, Pedro García Cabrera, José Arozena), y las que estaban encendidas en Gran Canaria, Juan Rodríguez Doreste, Juan Ismael...

Hubo una suerte, en Gran Canaria y en Tenerife, esa generación se encontró de inmediato con lo que el pintor tinerfeño Enrique Lite dio en llamar La Generación Escachada, y en lugar de producirse el tradicional asesinato del padre tuvo lugar, para bien de ese momento y del porvenir de ese momento, el abrazo de generaciones. Les siguieron, en una y en otra isla, gente como Manuel Millares, Martín Chirino, Manuel Padorno, Pedro González, Julio Tovar... Y luego vino otra generación limítrofe, además, que se sumó a aquellas, la de Emilio Sánchez-Ortiz, Luis Alemany, Eugenio Padorno, Arturo Maccanti... Y así sucesivamente.

Había, pues, un espíritu, e incluso una amistad que fue volando de un lado a otro, de una época a otra, y que tuvo la fuerza suficiente como para mantener, con los altibajos que imponía la época aquella tan difícil, el espíritu libertario, o libérrimo, de Gaceta de Arte, que era, por otra parte, el aire de un tiempo contra el que se trató de imponer el hacha de la guerra. Y la guerra, esa maldad, tuvo más suerte que la vida. En fin. 

Lo cierto es que durante aquel tiempo y después, en la posguerra, aquel sueco reconcentrado, sonriente a veces, pero siempre contumaz, como un niño que no renuncia a tener el último juguete, siguió teniendo amigos en el arte y en la vida, y siguió coleccionando aquello que más quería, arte informal, moderno, el abstracto que se imponía en otras latitudes y que aquí se despreciaba o se menospreciaba. Esa colección está en gran medida en esta exposición, y se puede ver permanentemente, cuando vuelva allá, en su propio Museo de Arte Contemporáneo Eduardo Westerdahl en el Puerto de la Cruz, donde siempre quiso tener el crítico su colección. 

Aquí, en Las Palmas de Gran Canaria, hemos sabido que la ubicación en la que está este museo tan bien organizado y tan arriesgado todavía pende de un hilo; que el Parlamento de Canarias ha denegado su auxilio para asegurarlo ahí, o para asegurar su continuidad, porque el proyecto es de ámbito local y no regional... Es como si se dijera que las campanas de Vegueta o la Fundación César Manrique o el océano Atlántico son parte de un ámbito local... Mezquindades realmente pequeñas de una polémica exactamente minúscula.

En este encuentro de casualidades que es siempre un museo, sobre todo si está inspirado por aquel cultivador de azares que fue Westerdahl, apareció también la figura de Manolo Millares, que fue su cómplice y su amigo intergeneracional. En la exposición está Millares, y también está Elvireta Escobio, su viuda, uno de cuyos cuadros aparece asimismo en la colección Westerdahl. Pues acaba de aparecer (en La Fábrica, apoyada por la Fundación Antonio Pérez) la correspondencia que mantuvieron Manolo Millares y Eduardo Westerdahl entre 1950 y 1969. El libro, que conocí ahí, parece una consecuencia de la propia exposición, y sin duda de la amistad que mantuvieron ambos mientras se iban haciendo en la poderosa cabeza de Manolo la estética y el pensamiento radical que lo han convertido en uno de los grandes artistas del siglo XX.

Verlos ahí juntos, simbólicamente pero también en el recuerdo, revivió mi memoria de uno de los últimos momentos públicos de Millares, cuando acudió, a principios de 1970, a la inauguración de la sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias. Ya era un hombre tocado por la enfermedad que acabaría con su vida en agosto de 1972. Lo recuerdo ensimismado, escuchando, junto a Eduardo Westerdahl y junto a Joan Miró, siguiendo con su mirada ausente, solícito pero silencioso. No se me borra jamás esa imagen de Manolo Millares. Y él hizo, como Westerdahl, que no se nos borrara a los canarios esa época que de pronto salta de la memoria a la vida viendo los cuadros de esta exposición junto al ya desaparecido barranco de Giniguada.

Culpa del editor

Por: | 04 de julio de 2012

Ahora se publican nuevas cifras preocupantes sobre el oficio de publicar. En 1996, en Francfort, se dio por concluida la vida del libro según Gutenberg. Y el libro ha seguido cumpliendo su tarea de termita inversa, de lugar común en el que confluyen unas ideas y sus contrarias, unas fábulas y otros sueños.

Es una historia que ahora alcanza su estado de abismo porque la evidencia de que se está poniendo en su sitio la competencia de Internet en sus diversas modalidades. Y, claro, la gente del oficio se preocupa, como si a cada hora se le estuviera radiando su desaparición posible y en algunos casos inmediata.

Ahora empezará, otra vez, a mirarse de reojo al editor, como si éste fuera un habitante obsoleto del universo de los libros. Y a mi me parece, como decía Mark Twain (y como dijo Octavio Paz), que la noticia de la muerte del libro tal como lo concibieron Gutenberg y Carlos Barral, por citar a un editor más moderno, es altamente prematura.

Lo que está ocurriendo, a mi modesto parecer, es un reacomodo a la espera de que se asienten las aguas de las nuevas invenciones. Es probable, sumamente probable, que el libro electrónico alcance cotas altas de aceptación por parte del público, y que en el camino acabe, por su pujanza, con algunas editoriales e, incluso, con algunos autores, además de libreros y editores.

Eso ocurre cada vez que se produce un terremoto industrial, pero aceptar que este camino que se ha iniciado al menos en 1996 es un adiós sin remedio a Gutenberg es demasiado aventurado. Los libros electrónicos y los libros tradicionales van a coexistir, y van a estar, además, marcados cada vez por una exigencia mayor de los editores, y los lectores (me atrevo a decir) serán igualmente exigentes con un formato y con otro.

Ojalá haya más lectores, de uno u otro sistema, ojalá; eso no depende del sistema, sino del sistema político, del respeto por la letra impresa (la letra legible) que en los últimos decenios está siendo arrinconada a favor de otros espectáculos. En un país como el nuestro donde las bibliotecas públicas viven en el peor de los mundos, dejadas de la mano de las administraciones, desprovistas de fondos para comprar los libros nuevos, con el consiguiente perjuicio para TODOS los editores, lamentarse por el fracaso del libro de papel huele a enorme hipocresía social, cultural, política.

Porque si el libro sucumbe no será porque es de papel o de piedra, sino porque no se le presta en ningún ámbito, en ninguno, la atención debida. El editor está acostumbrado a ser el culpable de esta trama, hasta el punto de que los editores reclaman como himno esa canción que dice "Si no trabajo me matan, y si trabajo me matan, siempre me matan..." Y en algún momento el editor determinado asumirá la culpa de las estadísticas. Pero el editor no es el culpable. Porque además aquí no hay culpables, aunque desde la óptica social ya haya, ay, un muerto.

El celofán del fútbol y las lágrimas de Pirlo

Por: | 02 de julio de 2012

Escribe Luis Muñoz en Limpiar pescado este poema que recogen Luis García Montero y Jesús García Sánchez en su antología Un balón envenenado (Visor, 2012): "¿Por qué te decepciona?/ El celofán del fútbol cuando cruje/ da vida en el vestíbulo/ al viejo corazón de la ciudad".

Ahora cruje la ciudad, crujen las ciudades, y el celofán del fútbol abrillanta las persianas, las puertas tras las que se almacenan los problemas, y por un instante (el instante del que hablaba Leonardo Sciascia) la población aquí es feliz, y en otros sitios llora. A la alegría de Casillas o de Iniesta, o a la alegría de Vicente del Bosque, la vida opone la decepción de Pirlo; las lágrimas de Pirlo son las lágrimas de Roma, de Venecia, las amargas lágrimas de una selección que por un rato (el instante de Sciascia) fue feliz tapiando las puertas y las ventanas en las que se exhiben, hacia adentro y hacia afuera, las cuestiones más urgentes de la sociedad.

El fútbol tiene ese poder catártico, revuelve las tripas de la ambición, pero también sosiega el ánimo exaltándolo; millones de españoles (quince millones delante de la televisión) esperaban un resultado como el que hizo llorar a Pirlo. Y mientras ese resultado iba haciéndose en el marcador de Kiev, en el otro lado iba disminuyendo la esperanza de terminar bien el sueño que había empezado ganándole a los ingleses. La alegría es como el pescado que limpia Luis Muñoz en esos poemas que seleccionaron García Montero y García Sánchez, se escurre, pero siempre acaba en manos de otro.

Es un celofán, es cierto, es brillo de la noche, maquillaje de la existencia atribulada de los ciudadanos que hoy saldrán a la calle a ver a sus héroes como celajes que aparecen y desaparecen, para ser adorados o para ser olvidados. Ayer cumplía 88 años Ramallets en Barcelona, y cuando Casillas tenga esa edad probablemente los chicos que hoy escuchan su nombre de labios de sus padres tendrán que hacer esfuerzos (probablemente en Google, en el Google de entonces) para saber quién fue esta leyenda que hoy besará la copa en Cibeles.

Pero así es la vida, reconstrucción de la alegría, constancia de las lágrimas, y el fútbol es así, y empieza, o termina, por el celofán del que escribe Luis Muñoz. 

El País

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