La película de Fernando Trueba, El artista y la modelo, es una hermosa obra de arte, profunda y ligera a la vez, como quería los poemas Jorge Guillén y como concebía la escultura Eduardo Chillida. Asistí a una sesión de la Academia de Cine, previa al estreno; la sala estaba llena de artistas del cine y también había algunos directores y escritores. Y aplaudieron, hubo un gran aplauso. En el mundo de las artes los aplausos suelen ser tímidos o recatados y muchas veces se reservan por si acaso. Pero en esta ocasión hubo espontaneidad y alegría en ese aplauso. Alguien, un director de cine que ahora es también novelista, dijo a los que estaban cerca que daba gusto ver cómo el cine español, y en concreto esta película de Trueba, irrumpía a veces con dos o tres historias muy buenas en un año, y que eso desmentía el lugar común, instalado en las esferas de la cultura oficial, de que el cine español no sólo está en crisis sino que no merece la ayuda que se le presta.
El artista y la modelo es una gran película que tiene la sencillez de las grandes ideas llevadas al cine con talento y entidad de obra de arte. Trata, además, de la idea que hay detrás de la obra de arte, cómo se va desarrollando ésta como work in progress en medio de la tragedia de la infertilidad del artista hasta que a éste le llega la idea, la idea, y ya el trabajo fluye como un acontecimiento del alma que no tiene fin. La idea, esta idea, se confunde en un instante sublime con el amor, que es a la vez la solución y la tragedia. El contexto de la película es sumamente dramático, la guerra mundial; en medio de la trama que junta al artista (Jean Rochefort, sublime aquí, como estuvo sublime en El marido de la peluquera) con la modelo (Aida Folch, tenue belleza acentuada por la risa, que no prodiga pero que la convierte en una cómplice feliz de la cámara de Trueba) aparece un personaje (Pierre Gamet), un soldado español de la resistencia en el que creí ver un trasfondo del joven Semprún batallando contra los nazis. Esa aparición de la realidad de lo que ocurre en el transcurso de la historia del artista y la modelo le sirve al director para resumir, en un trazo, algunas de las más conmovedoras historias de retaguardia que ocurren en todas las guerras.
Pero Trueba tiene la guerra como un contrapunto; subyace una historia de amor que se va desarrollando con la explosión de las estaciones (el verano, la primavera, el otoño) y con la cadencia de la propia obra de arte haciéndose en las manos del viejo escultor y en el rostro enfurruñado o feliz de la modelo.
La sutileza del film permite vivir la película, rodada en blanco y negro, como un sueño propio, en el que uno va deslizándose como si estuviera leyendo un libro, con la misma inquieta placidez con la que uno se enfrenta a una obra clásica que ya vio pero que está viendo de nuevo porque en la memoria se conserva como el recuerdo de una extraña belleza.
Película de sentimientos, magistral reingreso de Fernando Trueba en el cine que él ama.