Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

El eco de Manrique

Por: | 29 de septiembre de 2012

“¡No me puedo callar!” En el documental de Miguel García Morales (Taro. El eco de Manrique) hay muchísimo material de entonces, de cuando César Manrique le declaró la guerra a la especulación. Recorrió pueblos, convenció a campesinos, se peleó con políticos y con especuladores, consiguió el apoyo de arquitectos, paisajistas y urbanistas, y convirtió su lucha, una verdadera guerra, en una batalla personal que de pronto alcanzó los niveles de una verdadera revuelta popular. No se paró ahí César; le dio carácter internacional a su lucha, y no perdió ni un segundo de su vida de artista mientras tanto. Creó una abstracción basada en el uso de materiales naturales, alcanzó una teoría intuitiva de la comunicación a través de la pintura, y fue además un amigo alegre, comunicativo, abierto; su casa (la que hizo bajo la lava, donde está desde hace veinte años, los años de su muerte, precisamente) es un homenaje a la isla de Lanzarote y es ahora el imán que atrae a numerosos visitantes que, atraídos por el eco de Manrique, se interrogan por la naturaleza del milagro de Manrique. Ahora, ante el documental de García Morales, muchos sabrán en qué residía el milagro: en el trabajo, en la lucha, en la guerra. Hay una imagen de la televisión, recogida aquí por el documentalista, en la que Manrique grita a la cámara: “¡No me puedo callar!” Su eco llega hasta ahora. La guerra continúa.

 

La actualidad. Manrique advirtió del desastre, lo puso de manifiesto mientras a su alrededor, en las islas, parecía que la fiesta empezaba. Los especuladores construían un mundo ficticio con la aquiescencia de la política y de la banca; desde su casa, y luego, por unos meses, desde la fundación que había creado para prolongar su batalla, en la calle, en los barrios de pescadores, en los campos, en las otras islas, en Madrid, en Alemania, en cualquier parte, ante los poderosos y ante los humildes ciudadanos que le escuchaban como se escucha a un visionario, con temor o indiferencia, Manrique repitió una jaculatoria: vamos hacia el desastre, tanta construcción, tanta autopista hacia la nada, tanto desprecio a la naturaleza, tendrá una respuesta de la vida, ya lo verán. En la película de García Morales se ven los dos elementos de la realidad: mientras lo decía César, cuando lo adivinaba con los datos de lo que se estaba haciendo, y ahora que sus adivinanzas se concretan en el desastre del que son testigos (en todas las islas) las cunetas en las que se refugian los desperdicios de los edificios que se quedaron a medio hacer cuando la crisis hizo su aparición y mandó a parar.

 

El dedo en la luna. La especulación ha tenido efectos catastróficos y ahora ya es solo detritus lo que deja detrás. El paro es la consecuencia del espejismo. Mientras lo decía César, eran “cosas de César”. La batalla del artista era de amor por su tierra; en primer lugar, el amor a Lanzarote, y después la preocupación por cada una de las islas. Mientras lo dijo hubo de todo: incredulidad, burla, rechazo. Ahora conviene que se vuelva (y esta película es un motivo, la realidad de lo que pasa es otro material imprescindible) a lo que advirtió César Manrique. Se suele creer que los visionarios cuentan sus pesadillas para que la gente se fije en su dedo acusando. César fue un visionario, pero su dedo no señalaba la luna ni su propio dedo. Su dedo apuntaba a lo que ahora nos pasa. Quien no vea como actualidad lo que él dijo entonces sí que estará tapando la vida con un dedo.

 

Haría. Estuve esta semana en Lanzarote. Quise ir a la playa donde se hizo César, Famara, donde corría, de niño, como si no hubiera final para su horizonte. La arena fue su página en blanco. Y fui a Haría, donde él pasó los dos últimos años de su vida interrumpida. El accidente ocurrió por fuera de la fundación, cuando él volvía a Haría. Allí, en Haría, ahora hay silencio y palmeras, la paz que él buscaba para descansar de tanta guerra. Y aunque haya ahora ese silencio, el eco de Manrique sigue, su guerra no acaba, no acabará mientras sea cierto lo que entonces parecía la manifestación insistente de una locura. No era una locura, era el grito (“¡No me puedo callar!”) de un artista que no tenía otra manera de explicar su miedo por lo que él creía que ya estaba pasando.

Puente sobre aguas turbulentas

Por: | 21 de septiembre de 2012

Bochorno en España. En todas las regiones, en todos los lugares, en los semblantes deprimidos y en las caras perplejas de los ciudadanos a los que les ha llegado la hora de las preguntas sin respuesta.

Aguas turbulentas. En esas circunstancias hacen falta puentes, puentes para cruzar las aguas turbulentas. Lo que la historia democrática da a los ciudadanos para cruzar los puentes es la política, el ejercicio de la política, que está a disposición de los legisladores para cambiar, en lo que se pueda, el curso de las aguas.

Es increíble que, después de una historia de casi cuatro décadas, este país tan político, y de tantos políticos, carezca aún de un cañamazo capaz de servir de puente entre situaciones que sólo serían irreconciliables si no existiera precisamente la posibilidad de la política. En el caso que ahora más preocupa a la ciudadanía, la reivindicación independentista catalana que se ha puesto de manifiesto después de la impactante manifestación de la Diada, es imprescindible que deje de tratarse el asunto como una partida de ping pong en la que unos y otros acudan a las reuniones de prospectiva o de reconciliación con el guión dibujado de tal manera que antes de que se reúnan se sabe ya qué saldrá del conciliábulo.

Esto fue lo que pasó ayer entre Rajoy y Mas, y eso es posible que siga ocurriendo si los políticos (estos y los que están en sus alrededores) no se juntan con las manos y las mentes libres para hallar soluciones políticas a los problemas derivados de un diseño cicatero del Estado cuando aún se diseñaba éste con el miedo al qué dirán los militares. Estamos en otro tiempo, y las aguas son turbulentas por otros motivos, ya no existen aquellas amenazas que dejó en este suelo la dictadura que lo vigilaba todo y lo quería todo, absolutamente todo, atado y bien atado. La democracia vino para que la política fuera la que decidiera el rumbo de este país, y no los vigilantes de los minaretes.

Jesús Ceberio contó esta mañana en la Ser que cuando, en una ocasión similar a esta, se encontraron Tarradellas y Suárez en La Moncloa, el veterano político catalán salió de la junta diciendo que todo había ido perfectamente bien. Luego empezaron los dos a tratar de hacer verdad aquella mentira. Ahora ha salido Mas diciendo que todo salió estupendamente mal, y lo estupendo se lo llevó a Barcelona a seguir calentando el ambiente a su favor.

Esta no es una manera de hacer política, ni aquí ni allí; la política es ingeniera, trazado de puentes y no voladura de puentes. Y ahora estamos en esa época otra vez, cuando lo verdaderamente revolucionario era ponerse de acuerdo después de haber comprobado que era muy difícil ponerse de acuerdo. José María de Areilza contaba lo que les decía De Gaulle a los negociadores que trataban de resolver su conflicto con Argelia: "Por la mañana pónganse verde y por la noche pónganse de acuerdo". No estamos aún en la situación argelina, pero sí estamos en la época en que conviene recuperar la memoria de aquella sabia conseja. Tiendan puentes, que los hay, y el agua los necesita.

Carrillo y el secreto de España

Por: | 19 de septiembre de 2012

España vivió algunos tiempos buenos y ha vivido, y está viviendo, muchos momentos confusos. Conviene no olvidar los momentos buenos ni dejar que los momentos confusos dominen toda la historia. Juan Marichal publicó en 1995 un libro, El secreto de España, que recuerda algunos episodios en que este país estuvo a punto de ser dichoso. La historia, la historia que hacen los hombres, puso fin a esos instantes, pero están ahí.

Entre esos episodios casi felices está el corchete de la transición, que permitió un tránsito entre la dictadura y la democracia, y que jamás ha acabado, pues mientras se produjo la extrema derecha hizo lo posible (en 1981, singularmente) por hacer valer su supuesto derecho a dominar España en función de su propia idea de la patria.

Pero en ese interregno prolongado que tuvo su punto culminante en la noche del 23 de febrero de aquel año 81 se produjeron acuerdos tácitos, consensos, acuerdos de olvidos, que dieron de sí un país distinto, en el que la iglesia, el gobierno, los políticos y los sindicatos, e incluso el ejército, decidieron poner a un lado los máximos y se fueron a buscar los mínimos en los que asentar la convivencia.

En ese acuerdo nacional hubo manos muy diestras. Entre ellas estuvo la mano de Santiago Carrillo, el líder comunista que acaba de fallecer. Dejó muchos secretos en esta vida (sobre su actuación en la guerra, sobre su actuación en la guerra mundial, sobre su actuación al frente de partido, del que contribuyó a expulsar a cabezas muy notables, como Jorge Semprún y Fernando Claudín), pero mantuvo una enorme claridad de ideas acerca de lo que había que hacer en aquel momento que Marichal hubiera incluido sin dudar entre los episodios constituyentes del secreto de España.

Recordar, en la hora de la muerte de Carrillo, tan solo sus secretos, es decir, lo que con él se decía en voz baja, e ignorar lo que hizo en ese tiempo para propiciar la conciencia nacional, el consenso preciso para continuar en paz, forma parte de los instrumentos de mezquindad que este país saca a relucir cada vez que tiene la oportunidad de sentirse medianamente feliz con parte, aunque sea ínfima, de su historia.

El artista en busca de la idea

Por: | 18 de septiembre de 2012

La película de Fernando Trueba, El artista y la modelo, es una hermosa obra de arte, profunda y ligera a la vez, como quería los poemas Jorge Guillén y como concebía la escultura Eduardo Chillida. Asistí a una sesión de la Academia de Cine, previa al estreno; la sala estaba llena de artistas del cine y también había algunos directores y escritores. Y aplaudieron, hubo un gran aplauso. En el mundo de las artes los aplausos suelen ser tímidos o recatados y muchas veces se reservan por si acaso. Pero en esta ocasión hubo espontaneidad y alegría en ese aplauso. Alguien, un director de cine que ahora es también novelista, dijo a los que estaban cerca que daba gusto ver cómo el cine español, y en concreto esta película de Trueba, irrumpía a veces con dos o tres historias muy buenas en un año, y que eso desmentía el lugar común, instalado en las esferas de la cultura oficial, de que el cine español no sólo está en crisis sino que no merece la ayuda que se le presta. 

El artista y la modelo es una gran película que tiene la sencillez de las grandes ideas llevadas al cine con talento y entidad de obra de arte. Trata, además, de la idea que hay detrás de la obra de arte, cómo se va desarrollando ésta como work in progress en medio de la tragedia de la infertilidad del artista hasta que a éste le llega la idea, la idea, y ya el trabajo fluye como un acontecimiento del alma que no tiene fin. La idea, esta idea, se confunde en un instante sublime con el amor, que es a la vez la solución y la tragedia. El contexto de la película es sumamente dramático, la guerra mundial; en medio de la trama que junta al artista (Jean Rochefort, sublime aquí, como estuvo sublime en El marido de la peluquera) con la modelo (Aida Folch, tenue belleza acentuada por la risa, que no prodiga pero que la convierte en una cómplice feliz de la cámara de Trueba) aparece un personaje (Pierre Gamet), un soldado español de la resistencia en el que creí ver un trasfondo del joven Semprún batallando contra los nazis. Esa aparición de la realidad de lo que ocurre en el transcurso de la historia del artista y la modelo le sirve al director para resumir, en un trazo, algunas de las más conmovedoras historias de retaguardia que ocurren en todas las guerras.

Pero Trueba tiene la guerra como un contrapunto; subyace una historia de amor que se va desarrollando con la explosión de las estaciones (el verano, la primavera, el otoño) y con la cadencia de la propia obra de arte haciéndose en las manos del viejo escultor y en el rostro enfurruñado o feliz de la modelo. 

La sutileza del film permite vivir la película, rodada en blanco y negro, como un sueño propio, en el que uno va deslizándose como si estuviera leyendo un libro, con la misma inquieta placidez con la que uno se enfrenta a una obra clásica que ya vio pero que está viendo de nuevo porque en la memoria se conserva como el recuerdo de una extraña belleza.

Película de sentimientos, magistral reingreso de Fernando Trueba en el cine que él ama.

Contra el insulto

Por: | 15 de septiembre de 2012

El Tribunal Supremo ha ratificado una condena contra Federico Jiménez Losantos por intromisión del honor del periodista José Antonio Zarzalejos. Losantos ha sido condenado a pagar cien mil euros y a divulgar la sentencia en varios medios.

El caso proviene de los insultos intimidatorios con los que el periodista condenado, entonces en la Cope, trató de vejar con reiteración, falta de respeto, risa y alevosía, a su colega, que era director de Abc y había cometido el delito de no sumarse en 2004 a la teoría conspiratoria y conspiranoica según la cual el atentado de Atocha no había sido cometido por islamistas sino por gentes de montañas más cercanas.

El listado de los impromperios es imprescindible para entender los niveles de insulto reiterado a los que llegó el radiofonista de la Cope, ahora en esRadio. Dijo Jiménez Losantos que Zarzalejos era "inútil", "provinciano intelectual", "traidor", "necio", "analfabeto funcional", "sicario", "pobre enfermo, "bobo"... Además, y esto no lo contempla la sentencia pues al parecer ya le ha sido perdonado a Losantos, emprendió una campaña para que los suscriptores de Abc dejaran de comprar el periódico.

El insulto al que fue sometido Zarzalejos no es distinto al trato que otros personajes públicos, del periodismo o de la política o de las finanzas o de las artes, han sido sometidos en este y en otros foros. José Antonio Zarzalejos ha tenido el coraje de insistir hasta que el Supremo ha emitido esta sentencia dándole la razón en su afán por limpiar su honor.

Él ha ganado, pero otros ni intentan plantar cara a los que los insultan tan solo porque la justicia es lenta, y mientras ésta se produce los insultadores llenan sus foros, sus emisoras o sus periódicos con bilis parecida. Y luego es posible que el juzgado sobresea o trate de quitarle importancia al insulto proferido.

En este caso, el Tribunal Supremo estima que lo que dijo el insultador radiofónico no se sostiene en virtud del derecho a la libertad de expresión. La libertad de expresar no es la libertad de insultar. La libertad de discrepar no da vía libre al insulto, a la vejación y a la burla. En España circula el lugar común de que la libertad de expresión lo ampara todo, y por ese hueco se ha colado una enorme cantidad de insultadores cuyo sentido de la ética, tan laxo, les inspira lo peor que se puede decir de sus adversarios.

Por desgracia, Jiménez Losantos no está solo en el ejercicio de esa panoplia de adjetivos que él usó contra Zarzalejos y que otros, en otros foros, digitales o impresos, abundan para amedrentar, ofender y vejar. La justicia debería ser más veloz y más radical, para que se pueda circular por la vida civil con la seguridad de que nadie recibe de otro los improperios por los que Zarzalejos protestó en sede judicial. Otros insultados ni intentan hacerse oír porque, a su lado, compañeros e incluso jueces, les instan a que guarden silencio para que la venganza que suponen no los lleve más al lado en el que los quieren meter los usufructuarios gritones y burlones de la libertad de expresión.

 

El grito de Inge Feltrinelli

Por: | 13 de septiembre de 2012

Hay algo que me gustaría subrayar de lo que el editor Jorge Herralde dijo anoche en la inauguración de la sede madrileña (en Callao) de la librería La Central, que lanzan La Central (Antonio Ramírez, Marta Ramoneda) y Feltrinelli (la editorial, la cadena de librerías, con la que Herralde se ha asociado).

Dijo el director de Anagrama que una librería es ese lugar en el que entramos a buscar un libro que ya conocemos y nos vamos con muchos libros de los que no nos habíamos enterado. Una librería es, como dijo en el mismo sitio Mario Vargas Llosa, ese lugar en el que los libros parecen muertos o durmientes, pero que en seguida se ponen a hablar, a debatir, a vivir, en cuanto los abrimos. Una librería, en fin, dijo Alessandro Baricco, es un sitio en el que a los jóvenes y a los adultos les espera la primavera del conocimiento, de la imaginación, de la literatura.

Inge Feltrinelli, la veterana figura editorial (y humana) de la cultura europea, explicó en una metáfora lo que la llevó a ella y a su hijo Carlo a asociarse conLa Central para crear esta primera librería suya (y compartida) en España. Fue a La Central y allí se encontró con Sostiene Pereira, el inolvidable libro de Antonio Tabucchi, en seis idiomas, empezando por el castellano y el catalán. Creyó entonces (como recoge hoy Javier Rodríguez Marcos en El país) que estaba en una librería verdaderamente europea. Su grito final, con el que ya se inauguró La Central, fue de amor a las librerías, sin duda de amor por su librería, pero de amor a lo que las librerías significan en el mundo contemporáneo, arrancando desde el sueño de Gutenberg hasta este mismo instante en que Gutenberg se encuentra luchando contra molinos de viento.

Una gran noticia la apertura de una librería, un buen augurio en medio de la reiterada invocación del desastre que le auguran a la cultura del libro (y de la prensa escrita). El mal augurio parte de algunos datos falsos que a fuerza de ser repetidos parecen ya incrustados en la realidad: que se cierran librerías, que su porvenir es escaso y que ya no podrán subsistir. En Estados Unidos, en Europa, en España se han cerrado algunas librerías, pero en España en concreto ese número (sin duda gracias a la constancia y a la profesionalidad de los libreros) es minúsculo. La trascendencia que tiene el cambio tecnológico, que hace presagiar un boom del libro electrónico y por tanto el final del libro, ha arrasado con la voluntad de contar de veras que ocurre. De modo que los libreros ahora corren el riesgo de ser imaginados como zombies por los usuarios: pues éstos siguen yendo a las librerías, siguen viéndolos allí, cumpliendo el inmejorable servicio que prestan, mientras que van leyendo o escuchando en los medios que los libreros ya no existen, que ellos no están donde los vemos estar.

Las librerías están, producen en los lectores eso que dice Herralde que producen, y seguirán por mucho tiempo. La noticia de anoche es un síntoma bueno y un saludo sin duda muy positivo a las librerías ya existentes. Un grito de ánimo, como el de Inge Feltrinelli. 

Manual del demagogo o la demagoga

Por: | 08 de septiembre de 2012

Esta es una modesta aportación al manual del perfecto demagogo, o de la perfecta demagoga.

[Y ya que hemos empezado por ahí, digamos que esa distinción masculino/femenino para lo que es genérico es uno de esos instrumentos que son imprescindibles para llegar a ser un perfecto demagogo.

Ellos y ellas, trabajadores y trabajadoras, maestros y maestras.

Si en un discurso, en un artículo o en una conferencia el buen demagogo no usa esos latiguillos puede encontrarse que empieza con mal pie ante su audiencia].

En todo caso, ahí va una lista de elementos que debería tener en cuenta un buen demagogo para acercarse a la perfección en el ejercicio común de su aspiración máxima: convencer al otro de golpe y sin perderse en argumentos (aunque también habría una lista de argumentos demagógicos).

1. Desprecio de la política y de los políticos. Un buen demagogo ha de tener muy presente este aserto y ha de usar adecuadamente estos adjetivos: Los políticos son indecentes, corruptos, ladrones, sus acciones son indignantes, y siempre son sospechosos, aunque se demuestre lo contrario. Son los culpables, y no es preciso indagar demasiado: son los culpables, el lector o el oyente ya entenderá. Para qué perderse en argumentos si todos estamos de acuerdo (y ahí la palabra TODOS es esencial). Este rasgo de la demagogia (la TOTALIDAD de los que piensan distinto está equivocada) ataca por igual a izquierdas y a derechas. En la derecha ha habido ahora un conspicuo ejemplo de ese desprecio demagógico de la política en María Dolores de Cospedal, que un día fue famosa por los sueldos que percibía y que ahora, como presidenta de Castilla La Mancha, ha tenido la idea (oportunista, dice El País, en su editorial de hoy: el oportunismo es demagógico) de obligar a los políticos a trabajar gratis.

2. El demagogo ha de mostrar indignación en el discurso oral. Cuanto más gritas, mejor se entiende, parecen creer los demagogos. Es rasgo del demagogo tener asumida ya la respuesta del contrincante, de modo que no importa lo que éste diga. Según de donde venga, además, ya se sabe qué va a decir el adversario, y aunque matice el demagogo ya tiene asumida su respuesta, pues su cerebro de demagogo no consiste de interrogantes sino de respuestas. Y ya él sabe que la razón la asiste. El que está enfrente generalmente actúa de la misma manera, por eso hay este guirigay que observamos.

3. Cargarse de razón. Es justamente este extremo, cargarse de razón, lo que convierte al demagogo en un espectador de sus propios argumentos, independientemente de los que traiga el otro. Es rasgo común de su actitud, por tanto, la sordera. "Sí, ahora me vas a convencer, si ya sé lo que me vas a decir".

4. La ideología del demagogo. No hay demagogos en un solo lado del espectro; hay demagogos de derechas y hay demagogos de izquierdas. Hay demagogos que dicen, desde una perspectiva ideológica, que los demagogos son los otros, y viceversa. En este juego de demagogias nadie puede tirar la primera piedra, pero lo cierto es que las piedras silban. Y también hay demagogos que suelen decir de sí mismos que no son ni de izquierdas ni de derechas. Esos suelen ser los más peligrosos, pues no hay peor demagogo que el demagogo de la neutralidad.

5. El lenguaje del demagogo. El lenguaje del demagogo está teñido por adjetivos mejorativos para los suyos y despectivos para los otros. Unos y otros abrevan del mismo diccionario, pero las intenciones son en un caso y en otro totalmente opuestas. Pero el efecto es el mismo. Lo menos que le apetece al demagogo es ponerse a conversar a ver si el argumento ajeno le arruina su propio pensamiento.

6. La demagogia es una enfermedad sorda. Solo sabemos que la tenemos cuando ya es incurable. Mientras tanto sólo somos capaces de verla en los otros.

7. Como decía Sartre del infierno, los demagogos son los otros.

España saldrá de esta, dice Woody Allen

Por: | 05 de septiembre de 2012

Antes venían los artistas, como Yves Montand, a animar a los artistas españoles, y a los ciudadanos, en tiempos de penuria democrática grave, cuando el Estado era totalitario y por decir la palabra libertad o por poner una bandera no aceptada por el régimen te podían volar lo sesos; o cuando tiraban a un estudiante por el balcón de una comisaría y decían que se había suicidado.

Ahora no estamos en esas, y ojalá jamás estemos en esas ni aquí ni en ningún sitio del mundo. Pero estamos en una crisis que ataca a la mayoría de los españoles, que afecta cada vez a más familias, que está ensombreciendo el panorama cultural hasta el negro más absoluto, y que amenaza con cubrir de espanto e invierno este tiempo que ahora seguimos llamando verano por disimular.

La opinión del optimista (a la que me sumo) es que saldremos de esta; lo decimos en las conversaciones privadas, lo escuchamos en las radios y en las televisiones, se escribe en los periódicos, lo dicen lo viejos, pero cada día lo dicen menos los jóvenes, azotados por la peor crisis en varias generaciones, la que (como decía Javier Bardem) va a acabar con el porvenir de chicos que creyeron que estudiando, en efecto, se seguía adelante.

La cosa va mal, se dice, pero hemos salido de peores. La expresión, que se recibe en rostros desesperados con incredulidad creciente, ha tenido ahora un nuevo adalid, Woody Allen, que ha dicho (léase hoy a Miguel Mora) que este es un gran país y que saldrá de esta. Como jaculatoria mañanera, en medio de la agitación sentimental que viven los que sufren las consecuencias del malestar, está muy bien, levanta provisionalmente el ánimo, pero el ánimo está ya desgastándose, la sociedad española está al borde de un abismo que está recibiendo estos días varios nombres, hasta que se pronuncie la palabra rescate y ésta parezca (como señalaba esta mañana en la Ser Sol Gallego-Díaz) lo mejor que podría pasarnos...

El lenguaje es un pasapuré: se está moliendo la papa, y cuando ésta ya sea un puré será mucho más comestible. Mientras tanto, a Woody Allen habrá que darle las gracias por Manhattan y por tratar de levantarle el ánimo a un país que, en efecto, salió de muchas peores, pero no fueron ahora.

El País

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