40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Yo nací con la infamia, de Juan Cueto

Por: | 27 de octubre de 2012

A los que no vivíamos en Asturias, y por tanto no podíamos leerlo en la prensa de allí, lo que nos sorprendió de la literatura de Juan Cueto fue el sentido del humor y el amor a la sintaxis total. Sus artículos, publicados en El País y en Triunfo, principalmente, fueron, en aquel alumbramiento periodístico de la democracia, un golpe en la barriga de la solemnidad nacional, en la refutación de la recopilación macilenta de lugares comunes que entonces  funcionaba entre nosotros como indeseada herencia del pasado. España no era moderna, Cueto vino a sacarle los colores. El lugar común como capital de España ha regurgitado muchas veces, y ahora estamos en una de esas glaciaciones, pero en aquel momento fue Cueto el que le metió las manos en la boca a la sintaxis nacional y la empezó a privar de sus detritus.

         Su vehículo para deshacer los nudos gordos de aquella sintaxis funesta fue aproximarse al invento con el que él mismo había nacido al mundo: la infamia de la televisión. La despojó, como escritor, de los lugares comunes que la ensombrecían como invento, es decir, le quitó los ámbitos de infamia en la que la había reducido una lectura ensombrecida del porvenir del invento. Y, luego, como programador, como experto en trasladar el invento al ciudadano, inventó para España y para Italia una manera distinta, dinámica y arriesgada de concebir el invento como cripta, la televisión de pago.

         En ambas demarcaciones, la analítica y la práctica, Juan Cueto decidió utilizar las mismas armas, o más bien un arma sola, el sentido del humor, que es el grado más alto del sentido común. Sin perder la raíz que lo hizo el periférico más informado de Europa (en su casa de Gijón combinaba el Corominas con las parabólicas, los libros con las ondas hertzianas: fue un adelantado a este tiempo, pero sabiendo más que lo se sabe en este tiempo), viajó por el mundo para descubrírnoslo. Aunque tiene en su curriculum la filosofía, y podría presumir de saber de Platón casi tanto como Lledó, no se detuvo en sistemas filosóficos, sino que fue derecho a las cosas, para explicarlas andando; se hizo peripatético, y en ese trayecto perdió, o extravió, el ego. En aquel universo que hizo pop en algún ocasión, y ya para siempre, eso era extraordinario, porque lo que pasó en la época en que Cueto nos descubría el mundo fue que el ego se agrandó y se agrandó, en los artistas, en los comunicadores, en los empresarios… Él lo mantuvo a raya, así que en un momento determinado, cuando creyó oportuno apartarse el ruido y la furia y quedarse tan solo con los sonidos del silencio, dejó todo lo que hubo detrás y desde hace algunos años medita y ríe a la orilla del Atlántico norte, donde sigue teniendo su casa, sus libros, sus parabólicas.

         Ahora acaba de publicar Herralde en Anagrama un libro en el que se puede delinear ese trayecto, desde el silencio al silencio, desde la inteligencia a la inteligencia. Es el libro Yo nací con la infamia, que Cueto nunca quiso hacer, hasta que un día dijo sí y aceptó que un servidor recopilara para su amigo Jordi aquellas columnas que, de un modo u otro, pudieran dar de sí una especie de autobiografía del hombre que desafió el country en el que vivíamos para meternos de lleno en el rock que él tenía dentro de la cabeza.

Yo nací con la infamia es el título de uno de los ensayos que constituyen ese volumen, presentado este último lunes en Barcelona. Hace alusión, cómo no, al establecimiento intelectual y popular en el que se hizo el primer Cueto, aquel ser platónico y socrático que nos trajo a todos un aire fresco que nunca jamás ha tenido parangón en este país de aires encerrados. Él abrió las ventanas (entre otras, la ventana de la televisión) y nos hizo reír y sonreír con su interpretación variada de la vida, con su mirada distraída o, como puso en el subtítulo del libro su editor, con su mirada vagabunda. He sido editor en otra reencarnación personal, y estoy orgulloso de muchos de los libros que hice publicar. Pero por este tengo una especial predilección. Por eso quería compartir con ustedes la noticia de su aparición. 

La vida está llena de preguntas

Por: | 25 de octubre de 2012

El lunes publicó La Vanguardia, en la excelente sección de entrevistas de La Contra, una muy sugerente conversación de Ima Sanchís con la actriz francesa Charlotte Valandrey, que acaba de publicar en la editorial Martínez Roca las memorias de su extraordinaria historia personal. Seropositiva, víctima de dos infartos, recibió el trasplante de corazón de alguien con quien luego, por esas casualidades por las que la vida se interroga, volvió a tomar contacto en la persona de un pariente muy cercano. El azar la llevó a interrogarse sobre los afectos que están por el aire y, por ahí, a la propia configuración del alma, cualquiera que sea ésta. Ahora se ha producido en España una enorme polémica en la red (¿dónde si no?, ahora todo se desarrolla en la red, y además automáticamente y urgentemente, hasta que se diluye de la misma manera) porque la periodista Mariló Montero, al frente del programa La Mañana de La Uno, se hizo algunas preguntas acerca del destino de los órganos del asesino de Albacete y de las implicaciones humanas, y espirituales, de los correspondientes trasplantes. En el legítimo uso de su facultad para preguntar y para preguntarse (unos pueden preguntar unas cosas, otros se pueden preguntar otras, y todas las preguntas pueden ser legítimas), la periodista se refirió al asunto con la respetuosa inquietud que puede escucharse ahora, de una u otra manera, en cualquier esquina de España. Ella no hizo otra cosa que preguntar. Como tengo el placer de ser invitado semanal a su programa, donde coincido con otros compañeros periodistas, sé que preguntar es la pasión de Mariló Montero, y que no ha hecho otra cosa que hacer ejercicio también en esta oportunidad. Si se ponen tantas puertas al campo de las preguntas van a dejar el periodismo en el ámbito de lo que que se puede o no decir en función de la corrección del momento. Decía una famosa inscripción en una calle de Quito: "Cuando teníamos las respuestas nos cambiaron las preguntas". Pues para eso están los periodistas, para cambiar las preguntas, para lanzarlas, aunque las preguntas vayan rodando como ideas picudas y no siempre como ideas redondas. Hacerlas no es ilegítimo, lo ilegítimo, en periodismo, es callárselas o callarlas.

El Azcona de La Codorniz

Por: | 24 de octubre de 2012

Rafael Azcona murió en marzo de 2008. Hoy hubiera su cumpleaños. A los muchos amigos que dejó su ausencia ha supuesto un enorme agujero sentimental que solo se puede mitigar con el recuerdo de sus reflexiones y de su risa, de su sentido común y de su manera de abordar, con igual rictus, lo grave, lo solemne o lo trivial. Para recordarlo están también sus películas y sus libros; fue el guionista español más importante del siglo XX, y dejó discípulos notables, entre ellos Fernando Trueba, que tiene la fotografía de Rafael a la cabecera de su biblioteca como un fetiche que lo sigue inspirando.

Ahora la editorial Pepitas de Calabaza anuncia para el 15 de noviembre la publicación de lo que Azcona escribió para La Codorniz. En aquel tiempo en que se inventaron a la vez el hambre y la manera de burlarlo, esa revista satírica le sirvió a él de medio de subsistencia en un Madrid derrotado y atroz, pero también capital del ingenio.

A La Codorniz lo llevó su amigo Antonio Mingote y en La Codorniz cultivó Azcona su crítica de la vida, en la que se burló con sabiduría de aquella España casposa que de vez en cuando regresa (ahora regresa mucho) para darnos sermones. Se burló de los sermones encorbatados; lo hizo en las películas, en la literatura y en la conversación, género fugaz pero imprescindible en el que fue un auténtico maestro. Cultivó también, en la vida y en la escritura de ficción, una ternura que dominaba para que no se le desmandara, pero que domina lo más hondo de su manera de ser.

Había amigos que lo llamaban al menos una vez a la semana para orientarse con él en los riachuelos de la vida común. Yo lo llamaba los sábados. Son ya muchos sábados sin Rafael Azcona, mucho tiempo sin aquel amigo que no dejaba jamás, ni en sus peores momentos, que los otros supieran que él sentía que la vida era una larga vacación de la que, como decía su madre, algún días nos arrepentiremos. Él no se arrepintió de la vacación, pero cuando supo que se acaba ya dejó de contestar al teléfono, de comunicarse con otros por cualquier medio. Quería estar solo, con su mujer, Susi, con sus hijos, diciéndole adiós a todo esto, en lugar de ir proclamando los testimonios de su despedida.

La felicidad según Landero

Por: | 23 de octubre de 2012

Luis Landero se llevó su último libro allí donde lo piensa y a veces lo escribe, uno de los lugares donde se hace su felicidad cotidiana, el Café Comercial de Madrid, que fue lugar, también, de otros colegas suyos como Galdós, Machado o Tomás Segovia. Con mucha felicidad declaró Landero sobre su café: “Tiene tres meses más que el Café Gijón”.

            Y es que el libro, Absolución, publicado por Tusquets, como toda su obra, tiene que ver con la felicidad, ese instante (como decía Leonardo Sciascia y como dice él) en el que se concentra una alegría grande o chica que no dura nada y sin la cual no se podría vivir, ni podría vivir la literatura.

            Sin embargo, la felicidad no es una buena materia literaria; es justamente lo que hay antes o después de la felicidad lo que hace los grandes poemas, las grandes narraciones y las grandes películas. En Absolución Landero aborda aquel instante, pero sobre todo el abismo que hay después (o antes).

            Iba a presentar por la tarde la novela en la Librería Rafael Alberti, pero por la mañana, este lunes, su editor Juan Cerezo convocó a periodistas y libreros, en un desayuno de prensa en ese lugar en el Landero recibe y charla, de fútbol, de literatura o de lo que se le proponga, pues es un conversador paciente cuya paciencia es ya también leyenda literaria. Y cuya felicidad tiene su centro en este lugar que está al lado de donde escribe, su casa.

            La historia de Absolución es la de Lino, un adolescente que sueña, alcanza lo que parece ser el objeto de su deseo, hasta que, a los 32 años, la vida le da la respuesta del fracaso. La búsqueda de la felicidad, cree Landero, es la posibilidad de la aventura, del amor, de la amistad; a lo largo de la existencia vamos tocando esas teclas que Lino toca, pero sabemos que en algún momento el teclado se interrumpe, se revuelve y envía su grito de pánico. Lino es un fugitivo que huye siempre de algo y que siempre está buscando algo. Y a él se le diluye la alegría cuando ya parece una piedra feliz.

            Landero es como Velázquez y Cervantes, decide siempre habitar en su propia obra, y en algún momento de la historia está su propia autobiografía, o la biografía de los suyos, esperándole; a veces es su padre (aquí también está), pero en esta ocasión domina la escena de su ficción la lejana historia de un tío suyo que parecía rico, aunque vivía en una pensión confortable de Madrid, y que decidió ser feliz en Nueva York. Lino, que es su trasunto, se va a Australia, a cumplir el sueño que, como parece natural, halla el hielo de la derrota en un momento determinado del decurso de su empecinamiento utópico.

            Ocurre con Landero que transmite la atmósfera de su libro también en la conversación sobre lo que ha escrito. A esta hora del desayuno en la que hablaba, el escritor extremeño, que nació en 1948 pero que sigue siendo el adolescente que le persigue, parecía que estaba contando que había descubierto la literatura el día anterior. A él (como para García Hortelano, al que citó) lo que más le gusta y lo que más le cuesta es escribir, esa dedicación es un placer que no pospone, que busca para descubrirse a sí mismo, descubriendo las palabras. “Al calor de las palabras”, dice, “la imaginación da los mejores frutos”. Se nota en sus libros, se nota en él: está habitado por la literatura. El personaje, en la ficción, es fundamental, y si existe, si cobra cuerpo, el mismo personaje va a ir descubriéndote las palabras; él es pues, cuando ya es criatura de novela, el que te da el calor que te permite seguir escribiendo. “De un personaje sale todo; me ilumina el verbo”.

            Y ahí estaba, iluminado, Luis Landero contando la felicidad de escribir también la historia de un tipo que quiso ser feliz huyendo, y huyendo halló el fracaso, que es lo que hay en la puerta de enfrente de la alegría.

            Como ocurre en estos actos en los que aún los presentes (excepto algunos, entre ellos el periodista Félix Madero, que se conocía la obra casi como el autor, y que por eso preguntaba con mucho juicio), muchos de los asistentes aún no habíamos leído el libro; así que la conversación derivó sobre las generalidades de la literatura. Eso no es incómodo con Landero, pues es antes que un autor obligado por las circunstancias a volver sobre el libro que ya escribió un conversador minucioso y alegre con el que da gusto ser un periodista. En esa conversación que tenía ya que ver con lo que rodea a la literatura dijo algo el autor de Absolución que dejo aquí subrayado: “Al lector el autor lo mima demasiado, lo maleduca, para atraérselo. Al lector se lo minusvalora, como si solo pudiera leer aquello que se deglute deprisa. Estamos en una sociedad muy puerilizada a la que todo se le quiere dar ya deglutido”.

            Escribir, dijo Landero, es un ejercicio de concentración, del escritor, del lector. “Ahí, escribiendo, descubres la profundidad de las cosas… No tenemos paciencia, ni concentración; hay que buscarla. Una palabra llama a la otra. Tirando del hilo descubres. De pronto surge algo nuevo. Es el lenguaje el que escribe por uno. Escribiendo soy feliz, una novela hace que yo no esté a la intemperie. La literatura lo es todo”.

            Ahora, tras Absolución, Landero vuelve a mirar la piedra con la que ha de construir su cabaña de la literatura. Para ser feliz; y, como Sísifo, para regresar con la piedra y volver a subirla a la montaña en la que él, como Lino, cree que está la felicidad. 

Umbral, escritor íntimo, cronista público

Por: | 22 de octubre de 2012

En agosto de hace cinco años murió Francisco Umbral, escritor íntimo y cronista público; lo que hirió su corazón está, por ejemplo, en Mortal y rosa, y también en las cartas a su mujer, María España, que se publicaron póstumamente. Su faceta pública fue inabarcable, y no tiene que ver, en la escritura, en la expresión, con la herida que marcó su corazón de manera indeleble y privada; pero acaso por esta herida, para escapar de ella, para silenciar su intensísimo ruido, existió el otro Umbral, el que la gente recuerda por sus negritas y también por sus exabruptos.

Como muchos de los escritores o artistas tronantes de todas las épocas, en Umbral latía esa doble actitud, la sístole y la diástole de su manera de ser, lo extravagante y lo melancólico, la salida de tono y el tono, la sintonía con el mundo exterior para que el mundo interior no lo enloqueciera, y el silencio descrito de su alma.

Con los materiales inagotables de la melancolía escribió aquel libro personal y memorable, la memoria de lo que más quiso cuando ya no lo podía recuperar jamás, cuando solo se reflejaba en los ojos de la mujer a la que al fin, en una carta que se dio a conocer tras la muerte del escritor, confesó su amor y su extravío.

En su vida personal, cuando le escuchaban o le veían solo los más allegados, Umbral cubría de silencio los ratos de la tarde, se interesaba por los otros, era un ciudadano dedicado a buscar en la amistad y en lo interior; de cara a la galería y en su crónica pública de lo que sucedía era un hombre de multitudes, o eso decía. Era una ficción; en realidad su mundo era de otro mundo; la abundancia de negritas (de personajes) era más bien la impostura con la que Umbral reflejaba el ruido, pero él no sentía de veras el ruido, simulaba ese interés.

Todo cronista es, en definitiva, el eco de un eco, el eco de un resplandor, y a montar y desmontar ese resplandor se dedicó Umbral con una profesionalidad tan ilimitada que hasta la historia de su biografía llegó a acompañarle, pues jamás faltó a su cita diaria, ni en El País ni en El Mundo, sino en momentos de gran perturbación física, y fue a morir cuando empezaba agosto, que era cuando todos los años dejaba de escribir crónicas y se ponía, cómo no, a escribir un libro.

Esta noche a estos dos Umbral que existieron juntos le dedican sus amigos, que tuvo muchos, y algunos muy verdaderos, un homenaje en el Centrocentro de Cibeles. Y esa convocatoria me lleva a esta crónica, en homenaje al cronista de lo íntimo, en recuerdo al laborioso, incombustible, escritor de lo público.  

El premio a Bryce

Por: | 19 de octubre de 2012

Hace unos años, en lo alto de las acusaciones que lo tachaban de plagiario, Alfredo Bryce Echenique volvió a Madrid en verano, desde Lima. Nos vimos en la terraza del Café Gijón, o quizá fue en la terraza de El Espejo. Hacía unos años se había ido de Madrid, donde vivió mucho tiempo. Aquí era tan querido que durante semanas y semanas le rindieron homenaje en todos los sitios de los que fue habitual. En el último le cantaron "Y te vas, y te vas, y te vas..., y no te has ido" porque, en efecto, el novelista peruano dilataba tanto su marcha que parecía que su deseo de volver a Perú no era tan grande como su deseo de quedarse entre nosotros.

Al fin se fue Alfredo, a vivir a Lima; le recuerdo, elegante, tocado con un sombrero, arropado por una gabardina de color claro, dispuesto a abordar el regreso. Estábamos allí, en Barajas, tan solo dos personas diciéndole adiós, una de ellas era su amigo de tanto años el editor Chus Visor. En esta otra ocasión, cuando volvió a Madrid fugazmente, ya habían sido publicadas todas las noticias relativas a la primera tanda de acusaciones sobre los plagios. Con una muy elegante melancolía, en ese momento el autor de Un mundo para Julius expresó su desencanto al comprobar que muchos de aquellos amigos que años antes lo habían arropado en su despedida no tuvieran tiempo en sus agendas para tomarse con él un refresco, que es lo que en ese instante preciso estaba tomando.

En este Alfredo, y en aquel, había siempre luna a mediodía, una tristeza infinita que él combatía contando historias, dándole pena a la tristeza, como suele decir. Y en ese instante en que nos vimos ese era el Alfredo de los mediodías, que de noche acaso levantaba el vuelo, gracias a veces al alcohol y otras tantas veces gracias a la amistad que buscaba como quien tiene una sed desigual e insaciable. No cabe duda de que el asunto de los plagios lo tocó, y lo tocó profundamente, y seguramente tocó el ámbito al que se abrazaba, de modo que muchas fueron las circunstancias que lo hicieron aún más solo, aunque en ningún momento más huraño, pues hay en él un filamento de hombre educado, tan británico, que procura no divulgar lo que le pasa solo si está en peligro de muerte, y ni eso.

Antes de todo eso, Alfredo es el autor de aquella novela inolvidable, que nosotros leímos con el deseo de que no acabara nunca, y también fue el escritor de La exagerada vida de Martín Romaña, entre muchos libros que a unos puede que les gusten muchísimo y que a otros nos le importen nada. Pero es un gran escritor, al que por eso el jurado de la Fil le dio el premio mayor de su feria. Todo el mundo que quiso que Bryce fuera condenado tiene el derecho a seguir contemplando como indeseable su premio, pero han de respetar también el sentimiento de admiración por lo que hizo de resto, y el resto es una importante obra literaria que no se puede tachar con esa inquina tan reiterativa que ya huele más a venganza que a disgusto.

Me ha dejado estupefacto la recarga de adjetivos peyorativos que ha sufrido la totalidad de Alfredo, no un poco de Alfredo, sino la totalidad de Alfredo, como si una conjura más grande que la vida (en la que también participan, aunque no hayan querido, algunos que se titulan amigos suyos) se hubiera cernido sobre su persona y no sólo porque en su historia personal y pública haya la mancha que ahora quieren verle no sólo en un lado de la chaqueta sino en el cuerpo completo, como si Bryce no tuviera que existir al menos como el otrora celebrado autor de obras de ficción (y de memorias) que a mucha gente nos resultan imprescindibles para conocer su alma cambiante y el alma cambiante de la vida.

El reportaje cervantino de Juan José Millás

Por: | 18 de octubre de 2012

Las moscas, en manada, son horribles. Ellas, que viven un mes, se juntan con un regocijo estremecedor cuando el sol aprieta, y en comandita actúan como si fueran inmortales. Pero una a una son otra cosa; se las llega a estimar incluso por encima de sus merecimientos y se hacen acreedoras de atenciones que sólo se pueden explicar por el afecto. Ha habido moscas, una mosca, que ha sido merecedora de una biografía. Se llamaba Catalina y vivió, como casi todas, 32 días, bajo el escrutinio afectivo del hombre que más la cuidó, el escritor Juan José Millás.

         A Millás, que ha hecho reportajes magistrales para EL PAÍS, reunidos ahora por Seix Barral en el volumen Vidas al límite, le fascinó la evolución de la mosca, de una mosca en concreto, aunque estuviera interesado en todas las moscas. Y se fue a ver a Ginés Morata, científico español muy premiado que se ha ocupado de esos insectos en los que él (y luego Millás) ven paradigmas muy precisos de la propia biología humana.

Morata fue premio Príncipe de Asturias en 2007 por esas investigaciones, entre otras, dirige el Centro de Biología Molecular y tiene una vida científica tan agitada como el vuelo de una mosca en tiempos de mucho calor. Así que le contó a Millás las generalidades fascinantes que el escritor incluyó en su reportaje, pero como tenía que irse de viaje dejó que para los detalles el escritor tuviera la asistencia, muy paciente, de Manolo Calleja, “un investigador muy bondadoso” del laboratorio de Morata.

         Para hacer la historia (que es inolvidable y breve, como la vida de una mosca) corta, señalemos a los que aún no leyeron el reportaje (y deben leerlo ahora mismo) que Millás se llevó a su casa a la mosca Catalina, acompañada por su fiel amante Pruden, con la que copuló todo el tiempo pero siempre que quiso, pues ella llevaba en ese aspecto (y en todos, me parece) la iniciativa de la pareja. Con la paciencia que él tiene, por otra parte, para contar historias bellas o extrañas, reales o fantásticas, Millás siguió las evoluciones de la mosca y de su compañero, hasta que se fueron fraguando y agotando, con una extenuante rapidez, sus respectivos ciclos vitales.

El resultado de esa contemplación es uno de los más hermosos reportajes con los que Millás ha contribuido a la historia del mejor periodismo narrativo en lengua española. Como todos los que hemos podido leer firmados por él, en todos los que se recogen en este volumen el autor de Visión del ahogado está él presente, como parte integrante del paisaje narrativo, a veces como Alfred Hitchcock y a veces como Buster Beaton, que es la presencia cinematográfica que más distingue a la mirada física e intelectual de Millás.

         Esa joya periodística no desmerece otras (es extraordinaria su visita a Pasqual Maragall, cuando el alzheimer del expresidentes catalán estaba asomando su implacable síntoma, y es inolvidable, como idea y como resultado, su episodio como ciego por un día), pero sí marca la manera de hacer de Millás como periodista y, en definitiva, también como narrador. Pues en su caso no se trata solo de escribir, aunque todos los reportajes son, en cierto modo, reflexiones sobre la propia escritura, sino de hacer partícipe al lector de la idea tal como va apareciendo hasta que llega a su ciclo final. Un poco como la propia historia de la mosca.

         Esa interpretación cervantina de la escritura le ha dado a Millás una dimensión especial como narrador. Como si tuviera que referirse a un testigo para compartir la sorpresa, este escritor que ha hecho de la paradoja kafkiana un modo de ser se ha aproximado a sucesos grandes o pequeños, desde la memoria o el olvido hasta la vida de una mosca, para demostrar que todo lo que existe puede ser objeto de la literatura (y del periodismo) si andas, como él, una hora al día sin que te perturbe otro ruido que el del cerebro pensando.

         El libro lleva un interesante prólogo del filósofo Ángel Gabilondo. Los prólogos suele ser circunstanciales. Este está muy trabajado. Dice Gabilondo: “Hay escritos que producen el efecto autor. Este libro produce el efecto Millás, gracias a que él se sitúa, como dice, ´en plan sombra`, ahora en tinta de escritura”. Tiene razón el exministro: en plan sombra, como Cervantes.

Manuel Rivas, la virtud de ver

Por: | 15 de octubre de 2012

Quienes se hayan preguntado alguna vez de dónde viene esa virtud de ver que demuestra Manuel Rivas tanto para contar lo que vivió como lo que ha imaginado que pasó en tiempos en que él no existía tienen una respuesta en su libro Las voces bajas, que aparece esta semana editado por Alfaguara. (El jueves próximo lo presenta él mismo en la librería Alberti de Madrid).

Las voces bajas es, por decirlo con adjetivos que usó Josep Pla para evocar cómo debería ser un gran libro, “eminente, completo, confortable, perfecto”. En este caso, además, Rivas ha escrito un libro emocionante que deja en el lector la certidumbre de haber circulado por la vida de otros viviendo en realidad su propia vida. Él ha escrito el libro, pero ya sus lectores somos parte de ese libro. Rivas presenta los hechos (su vida, la vida de su hermana María, la vida de su familia) como fueron, como a él le resultaron, cómo quedaron en su memoria. Cuando se abandona, el libro ya es la piel misma de quien lo ha leído. Escrito como si fuera rasgando la tierra, Rivas avanza en su memoria extrayendo de esa experiencia el drama pero también la virtud de la paciencia, que acompaña a los suyos y los acompaña a ellos (a María, a Manuel) en la búsqueda de la explicación del mundo. Y cuando el mundo les hace el ruido más terrible, el de la muerte, el de las despedidas, Manuel describe el interior de esa experiencia con la delicadeza que exige la grandeza vital de lo que sucede.

Como con otras obras de Rivas, pero sobre todo con sus cuentos, el escritor alcanza la categoría narrativa de la que son capaces los mejores poetas: no sobra nada, no falta nada, no hay grasa, todo en el libro es la proteína pura de lo que le ha pasado. En otros libros de Rivas (singularmente en su cuento La lengua de las mariposas, que hicieron cine José Luis Cuerda y Rafael Azcona), el poeta ha visitado mundos que no estuvieron en su mundo, la guerra civil, su abrupto comienzo despiadado; con la escueta amalgama de sus materiales adquirió una veracidad, una profundidad de visión, que ahora reitera aquí hablando de lo que tuvo más cerca.

La historia de Rivas, su propia vida personal, nunca había sido contada de manera tan directa, tan vital; el drama, que los hubo, y que laten del principio al fin del libro (la vida de María, la muerte de María, que son ejes sentimentales muy cercanos pero muy profundos, casi inapreciables a veces, pero que siempre están ahí), no le quitan sitio ni a la ironía, ni al humor, ni a la risa. Su relato aborda todos los mundos que vivió hasta ahora, desde la época en que aprendía las sílabas hasta que entró en un periódico cuando era un adolescente; pasa por los enamoramientos y sus desencantos, por el aprendizaje de las estrategias del compañerismo y las obligaciones de la amistad; integra a los padres, a los tíos, a los parientes en un paisaje humano compacto y singular en el que más que la vida late la celebración de la vida; el padre y la madre son figuras que se mueven por ellos mismos, como si el escritor se limitara a poner en el papel lo que sus ojos le van diciendo.

Como es el libro de uno que mira, desde muy chico, el latido de la vida alrededor, los sucesos, los grandes y los chicos, se han quedado como metáforas clavadas en la pared enorme de su selección de recuentos. Hay muchos (el relato de la muerte de su hermana María, sobre todo, pero esa es la historia grande del libro; no cabe en una reseña) que te dejan el cuerpo lleno de la pesadumbre que la historia del pasado traslada al presente. El abuelo afeita en su barbería a un matón fascista que ante el recuento de una matanza en el pueblo declara “Tal vez yo era uno de ellos…” y desata en el barbero la indignación que ahora el nieto nos contagia contándolo todo en cuatro renglones…

El libro es así, evocativo y presente, la explicación más fehaciente de por qué Rivas llegó a ser el escritor que es, esencial, poético, conmovedor y contenido. He terminado de leer el libro hace unas horas. Y he querido venir aquí a contarlo porque este libro es una buena noticia. En un mundo en el que el sentimiento se ha envuelto en papel de plata para ser arrojado a la basura, que alguien recupere el sentimiento y lo lleve al aire, y lo cuente así, es un acontecimiento raro que me permito registrar.  

 

Julio Llamazares, el poeta andariego

Por: | 13 de octubre de 2012

Julio Llamazares, el autor leonés de La lluvia amarilla, acaba de hablar en el Puerto de la Cruz y allí ha contado algunas de las fábulas reales que suelen jalonar su escritura poética. Contó Llamazares, ante un público que rió a veces y siempre se emocionó con sus relatos, que desde muy chico supo sobre esta ciudad de muelles y palmeras gracias a las invocaciones que hacía su padre de un primo descarriado que habría recalado precisamente aquí.

De Canarias supo Llamazares por un molinero de León que había sido luchador y había venido a enfrentarse, en Gran Canaria, con el Faro de Maspalomas, un legendario deportista que medía más que un armario y que (decía el molinero, de nombre Emiliano) había sido vencido en ese lance desigual.

         El primo se llamaba Juanín, era el sobrino favorito del padre de Julio. Yo conocí al padre de Julio; era un hombre discreto y estricto, decía lo que había que decir, y cumplía con todo aquello que había que cumplir, escrupulosamente, dignamente. Aquel Juanín lo tenía perturbado, pues durante años estuvo perdido, sin dar cuenta a sus padres de lo que hacía por esos mundos. Como creía con razones que quizá lo estaba pasando muy mal en sus sucesivos destierros, cada vez que se refería a él lo llamaba “el pobre Juanín”.

A los oídos de Julio, ya mayor, llegó que ese hombre debía andar por las islas Canarias, y quizá incluso en el Puerto de la Cruz. Y en una de las primeras visitas que hizo a esta ciudad en la que habló el viernes, ante un público que no sabía si Julio inventaba una de sus ficciones o relataba de veras uno de sus viajes, aquí encontró al pobre Juanín, que en realidad vivía una vida holgada y llena de placeres, entre ellos los placeres de compartir la vida con las dos mujeres con las que convivía.

         Todo esto lo contó Julio en el prólogo de su conferencia, que dio en el marco de las que organiza el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias cada 12 de octubre. En realidad, él venía a hablar del viaje, ese era su pretexto. Tiene una larga experiencia de poeta andariego; su libro El río del olvido, que es su recorrido por el Curueño, su libro sobre Tras-o-montes, su espléndido libro sobre las catedrales españolas, y sobre todo La lluvia amarilla, que es una ficción que tiene que ver con su vida, han convertido a Llamazares en uno de los mejores escritores de viajes (de viajes íntimos, privados, de viajes hechos para sentir y no tan solo para ver) del siglo XX español.

Paciente, sensitivo, musical, sus pasos por la tierra incluyen esas actitudes pero sobre todo incluyen una manera de retener lo vivido como si se lo estuvieran contando otras almas que nunca ha visto, con las que nunca ha hablado, pero que habitan en él. Esa novela, La lluvia amarilla, es un compendio autobiográfico del Julio que viaja, del Julio que inventa y del Julio que vive. Trata de un hombre que se queda solo, en medio de un diluvio de soledad y de olvido, en un pueblo que se está muriendo, condenado a desaparecer en la desapacible realidad del progreso que destruye o interrumpe.

Como Julio nació en Vegamián, que ya no existe porque fue sepultada por el agua de una presa, siempre hemos pensado que esta metáfora, que tiene ecos de Rulfo y, más lejanamente, del García Márquez más íntimo, o del Onetti más desgarrado, se refiere a su propia vida; y probablemente es así, pues toda metáfora creada por un poeta tiene que ver siempre con lo que el poeta vivió, aunque hable del viento de la luna.

         Del nacimiento de esa triple música que tiene la literatura (lo que sucede, lo que sucede por dentro, lo que no sucede) nace el viaje verdadero y nace el viaje ficticio. El viaje es mucho más que un trayecto, dijo Julio, y mucho más que una fotografía.

 Cuando acabó de hablar, algunos nos asomamos al balcón trasero de la Casa de la Aduana, donde está el Museo Westerdahl que desde hace diez años está abierto ahí por el Instituto de Estudios Hispánicos. Ese muelle en el que pasaron años de nuestra infancia y de nuestra adolescencia puede retratarse con los poemas de Llamazares, pues todo viaje es un viaje por dentro y las palabras del viaje de otros sirven para los viajes propios.

Me gustó escuchar también la introducción que hizo el presidente del Instituto Nicolás Rodríguez Munzenmeier. La institución cumplirá ahora sesenta años. En una sociedad, la canaria, la española, que ahora está empobrecida y sin objetivos intelectuales o sentimentales, rota también la confianza en el futuro de la política, este centro civil quiere ser un faro de discusión y de encuentro, una apuesta progresista en la ciudad de Pérez Trujillo, de Rodríguez Barreto y de Paco Afonso. Y de Viera y Clavijo, el historiador al que ahora quieren rescatar como símbolo de las puertas abiertas de la ciudad.

Llamazares escuchaba. Los que estábamos allí y somos del Puerto de la Cruz sabíamos que Nicolás no estaba hablando solo de la restitución del pasado. Estaba haciendo un viaje para reconstruir los cristales rotos de una sociedad que busca la reivindicación de una actitud. La presencia del poeta seguramente inspiró al profesor Munzenmeier para su discurso vibrante de fe en el porvenir del Instituto de Estudios Hispánicos, donde muchos (este cronista también) aprendimos a ser ciudadanos.

Pellón, la paciencia y la rabia

Por: | 12 de octubre de 2012

Jacinto Pellón, ingeniero, construyó la Expo de Sevilla con un equipo formidable, y por eso fue zaherido, perseguido, y al final, poco antes de su muerte, resarcido por los tribunales que desmontaron una a una las acusaciones que arteramente le fabrican para amargarle la vida con el argumento de que había manejado sin transparencia y sin honestidad los fondos públicos.

Lo que había detrás, en realidad, era lo contrario: armó la Expo ante la oposición de una gran parte de los políticos andaluces y españoles, en algún momento los que gobernaban entonces, los socialistas, también le dejaron habitar en el desamparo, se negó a dar prebendas a los que luego lo persiguieron desde los medios de comunicación, y la combinación de esas inquinas, derivadas precisamente de su decisión suicida de negarse a toda componenda, lo convirtieron en el redondel de la flecha.

La flecha se disparó contra él, el asunto estuvo dando vueltas por los juzgados, cuyos titulares también fueron insistentemente inquinosos, hasta que todas las causas (las suyas y las de sus compañeros en la Expo) fueron sobreseídas. Un infarto en mayo de 2006 (había nacido en Cantabria en 1935) le impidió disfrutar ya en paz de la tranquilidad que le dejó esa restitución definitiva de la dignidad que le estuvieron arañando con saña durante tantas décadas.

Ayer la Diputación de Sevilla le hizo un homenaje póstumo; lo declararon hijo adoptivo de la provincia, se juntaron allí sus parientes (su mujer, Rosa, sus hijas, sus hermanos Javier y Miguel Ángel), sus numerosos amigos y colaboradores... Al término del acto, por esas casualidades del destino, recibí la llamada de un político, de aquellos que en 1992 dijeron que jamás se subirían al Ave que se creó en torno a la inauguración de la Expo, y que tuvo a Pellón entre sus impulsores... Poseído por la memoria retroactiva que sigue funcionando cuando interesa, el político me dijo:

--Ah, Pellón, el campeón de la transparencia...

Confieso que me hirió la ironía.

Pellón fue uno de los españoles más insultados de las últimas décadas; él arrostró esas invectivas, que duran hasta después de muerto, con paciencia y también con rabia. Fue una persecución artera, que tuvo su residencia en Sevilla también, donde hasta ahora no se valora el gran trabajo de modernización cultural y civil (de ingeniería civil) que supuso para Andalucía este acontecimiento. Fue una mezquindad paradigmática, expresiva del insulto como obra persistente de demolición de las personas. Ayer pudimos sentir allí como una reparación. Este es un recuerdo que quiere contribuir a ello.

El País

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