40 Aniversario

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Adriana Hidalgo, editora

Por: | 27 de noviembre de 2012

Adriana Hidalgo, editora, son Adriana Hidalga y Fabián Lebenglik; ella es la nieta de un personaje legendario en Argentina (y fuera de allí), Pedro García, un español transterrado que hace exactamente un siglo puso en marcha la más importante de las librerías del siglo XX (en aquel país y en el mundo), el Ateneo. Es hija de un desaparecido por la dictadura argentina, "una historia con la que resulta muy difícil convivir". Nunca más se supo del padre desaparecido. Ella fundó en 1999 esa editorial que lleva su nombre, y puso al frente, como director, a Fabián, cuyo apellido polaco significa "Felicidad de vivir". Los dos han construido, pues, esa marca que lleva el nombre de ella y que ha dado de sí un extraordinario catálogo que tiene muchos sobresalientes, entre ellos el de JMG Le Clezio, el adusto y extraordinario escritor francés que hace tres años mereció el premio Nobel de Literatura. La coherencia de su trabajo, el de Adriana con Fabián, filósofo y periodista, de apariencia francesa y de raíz polaca, y de dicción e historia argentina, mereció este año el premio al Mérito Editorial de la FIL de Guadalajara.

Fue un momento importante de la feria del libro más importante del mundo de la eñe, como aquí, en México, suelen decir refiriéndose al universo del español. Es un premio singular también porque esta es (también) la única feria del mundo en la que se premia la labor de un editor, y esto lo lleva haciendo desde que se fundó hace veintiséis años. El asunto es importante porque en este maremagnum de historias que ocurren alrededor de los libros (los autores, los agentes, los recuerdos y los olvidos) la figura del editor parece desdibujarse a favor de otras figuraciones. Daniel Divinsky, también argentino, que recibió el mismo premio años atrás ("demasiados años atrás, ay", exclamó el veterano creador de Ediciones de La Flor), se encargó de presentarlos como pertenecientes a ese universo afectivo hacia los libros que convierte la palabra de otro en un objeto circulante de alto valor moral y literario, en un mensaje que no nunca se funde en la nada. En un objeto "no fungible".

Los dos fueron muy sobrios, como editores que son, satisfechos de estar en esta nómina de premiados, queriendo pasar de puntillas por la propia importancia de su trabajo. Junto a mi había un editor español. Le dije que esta era la única feria del mundo (también) en la que se vitoreaba a un editor, se aplaudía su obra, y el público efectuaba esa ovación puesto en pie. Me dijo el colega: "Sí, así es..., aunque sea por cinco minutos". El aplauso al editor resonará algún día como la mirada retrospectiva hacia un sector cuya luz depende de esas manos (las de Adriana, las de Fabián, las de tantos) aunque los clarines anuncien siempre (ahora) que si existen los libros es porque el cielo los manda.   

Los ritmos de El tango de la guardia vieja

Por: | 26 de noviembre de 2012

Arturo Pérez-Reverte siente querencia por el Teatro Español como lugar para las presentaciones de sus libros, y hoy se presenta allí, en Madrid, muy lejos de Guadalajara, México, donde me encuentro ahora mismo, su El tango de la guardia vieja, que es, a mi parecer, su mejor novela después de El pintor de batallas.

De nuevo, como en muchos de sus libros, los héroes están cansados, pero en este caso el héroe se va cansando a medida que el ritmo del libro va convirtiendo su antigua apostura bandolera en recuerdo vago de lo que pudo haber sido. El tipo, porque es en definitiva un tipo, y muchas veces incluso un tipejo, aunque tiene rasgos de un héroe arrojado capaz de cualquier cosa por salvar su sangre secreta, se llama Max Costa y vive en la zona más peligrosa de la Europa del siglo pasado, transitando además a la Argentina de los bandoleros de Borges, donde nace.

Tiene que ver con la Italia fascista, con aquella Argentina rica y permisiva de los años treinta y se adentra en la posguerra buscando, aún, guerra de la que sacar tajada. Como siempre en las novelas de Pérez-Reverte, la perfección funcional es una aspiración, en este caso logradísima; pero, como hizo en El pintor de batallas, el novelista ha querido pintar por dentro y por fuera los personajes (la mujer, el músico, el bandolero, el espía, el ladrón...) para dar de sí retratos que son aportaciones psicológicas muy relevantes en la escritura del autor de Alatriste.

Para lograrlo, Pérez-Reverte se ha servido de dos ritmos que tienen similitudes y que se alcanzan en la mente y en el tiempo, el ritmo del tango y el ritmo del ajedrez, ese juego talismán del novelista de El maestro de esgrima. En los primeros y detenidos capítulos del libro, el tango va marcando la música que ambienta los gestos de los personajes, y al final, cuando el ajedrez entra en escena, esos mundos se van fundiendo con la música compartida entre este juego matemático y la matemática del más famoso baile argentino.

Max Costa es un bailarín mundano; siguiendo sus pasos Arturo Pérez-Reverte se ha marcado un tango formidable, una novela que no se puede abandonar como no se puede abandonar a la mitad ni un tango viejo ni una partida de ajedrez. En cierto modo es, también, una obra que tiene por dentro la estructura del viejo teatro, ese cuidado de los ritmos para que nada se salga del sitio en que lo pensó el autor. Pienso ahora que quizá por eso, porque su obra guarda esos ritmos, Arturo presenta en el teatro muchos de sus libros.

Mejor Manolo, de Elvira Lindo

Por: | 25 de noviembre de 2012

El nacimiento de Manolito, el Gafotas que inventó Elvira Lindo para la radio (para las radios, Radio Nacional, la Ser) y para los libros, creció, y ya se llama Manolo, Mejor Manolo, como se titula la octava entrega, publicada ahora por Seix Barral. Se ha presentado en Madrid, muy lejos de esta Guadalajara mexicana desde la que escribe; pero la distancia ni hace el olvido ni te separa de la memoria de los acontecimientos que una vez, y ahora también, marcan las líneas de la mano de las cosas que han ocurrido y han sido buenas en el mundo de la invención literaria española.

Manolito, aquel Manolito, era el niño que atravesó con su mirada divertida e incluso sardónica la España que se envolvía todavía en papel de estraza sus alimentos; esta España más sofisticada (y más pobre, sin embargo, en muchísimos sentidos) sigue requiriendo aquella mirada, que ya es la de una persona que no admite el diminituvo pero que sí permite, a otro nivel, como dice la autora, el humor que esta sociedad necesita para interrogarse sobre sí misma.

Arthur Miller dijo que un periódico es una nación hablando consigo misma; y el humor es la parte de dentro de un país burlándose de sí mismo para sacarle los colores a los solemnes que los Beatles destruían, por ejemplo, en Qué noche la de aquel día. La serie, y esta continuación, revela la sabiduría humorística, y la melancolía, a mi me parece, con la que la propia Elvira Lindo ha ido viendo el desarrollo de las ilusiones, a veces inconclusas, a veces ni siquiera nacientes, de un país que habla consigo mismo, tantas veces, tan solo para despreciarse.

Ella dice (lo dijo en la presentación, que hizo junto a su amigo Manuel (Mejor Manolo) Rodríguez Rivero que no tiene por qué pedir excusas por haber escrito cosas populares. Ese es un viejo debate en el que la metió la pobreza cultural con la que en España se ha recibido el humor (desde Julio Camba y muchos más), pero que no se preocupe la autora de Mejor Manolo: son ya pocos, o quizá ya no haya ninguno, que le haga ese reproche de usar la literatura para el humor, pues aquella sin éste, desde Shakespeare a Jorge de Ibargüengoitia, por citar en esta tierra a tan ilustre mexicano, sería como una camisa vieja y almidonada tendida bajo un sol triste.

Bienvenido Manolo, gracias Manolito, de parte de quienes siempre te quisimos como eras.

Borau, el niño perplejo de las manos blancas

Por: | 24 de noviembre de 2012

La gente es según como pide las cosas, pero sobre todo según como las agradece. José Luis Borau tenía, en los últimos quince años de su vida, una posición contradictoria en la vida, ya no tenía que pedir nada, pero no tenía casi nada. Aún así, lo habían hecho presidente de la Sociedad General de Autores, lo habían hecho académico de la Lengua, lo querían mucho sus amigos y casi no podía hacer cine, que era a la vez su pasión, su necesidad y su lujo. Porque en este país gente como él, y como tantos, no podía hacer cine y aún no puede. Era, también, un fantástico escritor de cuentos; cuentos detenidos, como hechos a mano, artesanales y fluidos, llenos de vidas chiquitas y de finales extraordinarios, cuentos de miedo y de avatares que él sacaba de su imaginación amasada en los sueños y en las pesadillas de los niños únicos, y él era un perplejo niño aragonés y único.

      Tenía un gran amor por los otros, a los que cuidaba a su manera: al desgaire, pareciendo que no lo hacía. Él quería ser querido también, cómo no; siempre que le llamabas te decía: “No me llamas nunca”. Y si era él quien te llamaba te decía de inmediato, al teléfono: “Te llamo porque tú no me llamas nunca”. La última vez que le vi fue en una habitación amplia de una casa de reposo donde se reponía de la enfermedad que finalmente no lo dejó seguir. Fui acompañando a su gran amigo Luis Alegre, aragonés como él; en aquella habitación, en el norte de Madrid, había conseguido rodearse del mundo Borau, de sus postales y de sus libros, de sus cuadernos y de sus recuerdos; era como si él se habitara por dentro y por fuera con el Borau que fue niño y con el Borau que ya, a trompicones, se había metido sin quererlo en la zona de la vida en que la ésta ya no da para más pero él aún no se ha dado cuenta. En aquel momento, me parece, ya se estaba dando cuenta, porque además lo dijo, ya de aquí no salgo. El libro que Bernardo Sánchez, otro gran amigo suyo, que también lo fue de Rafael Azcona, ha escrito sobre su vida tiene ese título premonitorio, La vida no da para más, que era una frase del cineasta y que es ahora su epitafio.

      Dice bien su colega José Luis García Sánchez cuando explica que, en la presentación de ese libro y en los últimos tiempos, nadie hablaba de la salud empeorada del amigo Borau. Era como si decir eso precipitara el estado de su enfermedad, como si todos se conjuraran en silencio para mantenerlo en la memoria saludable y alto, caminando como si tuviera zapatones de deportes cuando en realidad tenía zapatos comunes y corrientes. Pero él caminaba como si usara tenis, se lo dije muchas veces: te conocí, le dije, un día entrando con tenis en un restaurante mexicano, a reunirte con Pilar Miró. “Pero, qué dices, yo jamás he usado tenis”.

      Era un niño perplejo, digo. Aquella aparición suya, siendo presidente de la Academia de Cine, con las manos blancas pidiendo el fin del terrorismo, cuando estaba en su culminación terrible el secuestro y el asesinato de Miguel Ángel Blanco, no fue una ocurrencia sino el reflejo de una actitud: él quería decir algo, que se oyera mucho su protesta, que se oyera mucho y muchísimo; y como era un tímido de Aragón usó lo que tenía más cerca, las manos, y se las pintó de blanco y las alzó ante el gentío bien vestido de la noche de los Goya. Nunca nadie dijo tanto con sus manos, y eso que dijo es inolvidable, tan inolvidables como Furtivos o como Tata mía, las películas que más quiso y que más quisimos.

      Dije que la gente se define por cómo pide las cosas y por cómo las agradece. Él era un escritor, un cuentista, para ser más exactos. Su primer libro de cuentos, que tuve el honor de publicar, me lo mandó como si no me lo estuviera mandando, de tapadillo, para no hacerme ruido. Se publicó. Su gratitud era innecesaria, porque era un gran libro, pero su manera de agradecer la edición era, en efecto, la de un niño bueno que no sabe decir otra cosa que gracias pues aun no tiene la capacidad de decir palabras más grandes, pero esa la dice con grandeza. Nunca podré olvidar esa manera de ser autor, sencillo, de una ternura que superaba con creces el ámbito de sus años y lo convertía siempre en el muchacho que no quiere dejar la casa infantil, que jamás aceptó haber llegado a la adolescencia. Y, sin embargo, la vida le fue dando noticias de esa niñez al tiempo que le daba noticias del otro lado del abismo, y en éste cayó precisamente cuando salía, en letras de molde, en un libro, esa frase suya, “la vida no da para más”. Un día le hice una larga entrevista sobre su vida, y luego me regaló un libro. En la dedicatoria declaraba que no estaba seguro de que yo hiciera bien aquel trabajo de reconstruir lo que me había dicho a lo largo de la conversación. Al cabo de un rato me mandó a casa otro libro, con una orden: “Rompe aquella dedicatoria, acá te mando otra”. En ésta ya la declaración no tenía reservas, el niño aragonés se manifestaba otra a través de ese hombre grandullón al que siempre recordé con tenis entrando sin mirar a los lados a un restaurante en el que la esperaba, riéndole, su amiga Pilar Miró.

El traductor, el eco y la poesía

Por: | 23 de noviembre de 2012

Gran noticia doble para los traductores españoles. Francisco Uriz, traductor al sueco, sobre todo de la poesía sueca, ganó hace unas semanas el premio Nacional de Traducción por toda su obra. Uno de los grandes defensores de la profesión que convierte el eco de un autor en poesía inmediatamente asimilada al oído español, creador de la escuela de traductores de Tarazona, uno de los personajes imprescindibles en el ámbito de la poesía (por su propia poesía) y de la generosidad, por todo lo que hace.

Y ahora, esta misma noche, la Academia de la Lengua elige para estar entre sus miembros a otro gran personaje de la traducción, Miguel Sáenz, poeta también, gran persona también, y uno de los defensores, con Uriz, con Esther Benítez en el pasado, con Javier Marías, del reconocimiento que le debe la sociedad editorial y cultural a la figura del eco de los otros creadores de otras lenguas. Sáenz es el traductor canónico de Günter Grass, y es también el traductor de William Faulkner, de Thomas Bernhard, de Henry Roth...

Traductor de dos lenguas, por tanto, y de una sola pieza: el respeto por el ritmo poético, narrativo de sus traducidos. En el caso de Miguel Sáenz, su lucha ha sido marcada en varios códigos: ha sugerido a autores de esas lenguas a editores grandes y pequeños, a él se debe la reciente edición en español de la impagable correspondencia terrible entre el editor Unseld y el escritor Bernhard, se le deben también célebres montajes teatrales de este último autor.

Los dos, Uriz y Sáenz, son hoy símbolos de un oficio que hasta décadas muy recientes fue ninguneado por editores, por críticos y por reseñistas; sus nombres, los de los traductores, figuraban en las páginas interiores, eran ninguneados en los contratos y en los derechos; ahora, me decía la actual presidenta de los traductores, María Teresa Gallego, la traductora de Maalouf, en una reciente conversación por mail, que se han superado varias batallas, pero quedan guerras por ganar. Lo mismo decía Luz Gómez, la ganadora del premio a la traducción de un libro de este año (lo ganó por su trabajo sobre la última obra del árabe Mahmud Darwix, que edita Pre-Textos).

La llegada de Sáenz a la Academia es, en ese sentido, un eslabón más, una señal de respeto que los traductores valorarán. Un apunte personal: Sáenz era asesor de Alfaguara cuando me tocó dirigir esa editorial, en la época de Amaya Elezcano. En ese equipo él hacía parte con Ramón Buenaventura, con Manuel de Lope... Su exigencia de juicio, su nobleza de criterio avalan lo que dije más arriba y que tanto importa. En este universo de la literatura (y de la paraliteratura), a poca gente tan buena he conocido. Y ya que el apunte es personal, unas palabras para Grita Loebsack, su mujer, eslabón perfecto de su sensibilidad para entender hasta el fondo lo que significa la literatura alemana de posguerra.

Javier Pradera y el punto de referencia

Por: | 20 de noviembre de 2012

En la vida hay que buscar el punto de referencia, esa estatura íntima que tienen algunas miradas que jamás pasan desapercibidas, tampoco cuando ya no están. Es más: cuando no están, esas miradas son aún más incitantes, más interrogadoras, más íntimas aún, más propias para los que quedamos aquí, buscando el punto de referencia. Mi generación ha tenido, y tiene, algunos puntos de referencia que el tiempo ha ido derribando en lo físico pero que persisten en el ámbito espiritual, en lo que queda dentro, en lo que siempre va dentro. Entre éstos, Javier Pradera, de cuya muerte hace esta medianoche un año exacto.

Desgarbado, adolescente a pesar de la madurez de la que presumían sus huesos, Pradera era mucho más que un gran comentarista, que un editorialista certero, que un editor avispado y profundo, capaz de sacar un libro (o un texto) de donde el autor sólo veía nebulosa. Un hombre inteligente pero también humano, combinó experiencias contradictorias (el hijo y nieto de asesinados por el bando vencido termina siendo parte de estos vencidos, se hace comunista y finalmente es un escritor que regresa sobre aquellas circunstancias y deja testimonio (hasta ahora inédito) de su dilucidación personal de aquella catástrofe fratricida).

Dentro de él llevaba una herida común en todos los españoles, los que ganaron y los que perdieron la guerra civil; una interrogante grave que él trató de despejar, hasta el final de sus días, y sobre todo al final de sus días, porque quería explicar qué pasó para que él y para tantos, que fueron hijos de los victoriosos, trabajaran a favor de una idea republicana y libre de la España que había caído en manos del franquismo, el fascismo de este lado del mundo.

En un libro que ahora hay que leer con la reverencia que mereció siempre su legado intelectual (Camarada Javier Pradera), el Pradera póstumo nos vuelve a asombrar con su lucidez de pensamiento, pero también con la más humana de sus interpretaciones de la historia. El libro, editado por Galaxia Gutenberg, fue preparado por Santos Juliá, que ha escrito un excelente prólogo para explicarlo, con la colaboración necesaria y fundamental de la viuda de Javier, Natalia Rodríguez Salmones, y de María Cifuentes, la editora que se formó precisamente con Pradera en Alianza.

Estuve ayer en la presentación para la prensa (de la que ha dado excelente cuenta aquí Tereixa Constenla), allí escuché a Joan Tarrida, el editor, anunciar nuevos tomos; aquel Pradera que se declaraba ágrafo para que sus autores no temieran competencia, era un escritor exigente, claro y abundante, que no publicó en vida precisamente porque era un editor. Y escuché a Santos Juliá explicar que este libro que él mismo ha preparado es resultado del amor (el de Natalia, el de María, el del propio Santos) por la figura del amigo desaparecido. Muchos sentimos que sin Javier Pradera en su sitio, rodeado de periódicos, ávido de libros ajenos, nosotros ya somos mucho menos que lo que éramos cuando él nos advertía o nos divertía haciéndonos mirar al fondo preciso de las cosas.

Una joven periodista me dijo, al término de la conferencia de prensa: "Debió ser un tipo extraordinario Javier Pradera". Lo fue. Fue un punto de referencia, y eso nunca se deja de ser.

Savater y la velocidad de la luz

Por: | 17 de noviembre de 2012

Las primeras aventuras periodísticas e intelectuales de Fernando Savater tuvieron que ver con Emil Cioran y con Octavio Paz. Fueron elementos principales de su inspiración, en algún instante de su vida más juvenil fueron sus objetivos como curioso impenitente (y entonces impertinente, no había más remedio) y como intelectual que buscaba en las referencias ajenas el asiento de sus propias convicciones.

    Transitaba, pues, entre Paz y Cioran como si estuviera a caballo de dos metáforas: el pesimismo de la razón, el optimismo de la poesía, la risa ahogada del pesimista, la ironía radical y risueña, a veces no tan risueña, del poeta misterioso. La línea larga, el verso corto. En medio, mirando a un lado y a otro, el veloz pensador donostiarra, que avanzaba como un jinete sobre los trastornos de la dictadura y el advenimiento de la democracia.

    Él acaba de jubilarse, por tanto tiene 65 años para la ley, aunque tenga bastantes menos en la agilidad con la que se conduce por el mundo (ayer estaba en Italia, me parece, la última vez lo vi hablando de su última novela en el estrado de la Feria del Libro de Santiago de Chile); su generación fue la del sobresalto y cuando pasó el sobresalto de la dictadura a la democracia se llevó el susto de que en esta situación viejos modales siguen presentes. Sobre esa realidad ha lanzado su mirada distraída como ensayista y su mirada alocada como novelista.

    Al contrario que Paz, cuyo nombre se le asocia ahora porque acaba de ganar el premio internacional que lleva el nombre del poeta, nunca cultivó, que se sepa, la poesía, pero en cierto modo, como el ensayismo del maestro, su metáfora de la vida está marcada por la metáfora. Los últimos decenios lo han convocado a la diatriba política, con lo que eso supone de disenso latente, también de sus lectores con él mismo. Pero su escritura como ensayista literario, e incluso poético, la velocidad con la que alcanza lo más recóndito de su memoria para rescatar de ello el primer latido, el más puro, de sus lecturas, lo han convertido a lo largo del tiempo en un escritor estimulante hasta cuando no estás de acuerdo con él.

    Leer a Savater, como leer a Paz, su maestro, es un gozo estético, una oportunidad de relacionar su sabiduría con la pasión por la lectura que es, en definitiva, su pasión más declarada, junto, me parece, con la pasión que suscita la velocidad increíble de los caballos. El premio que recibe ahora es una oportunidad para relacionar su ensayo literario con la voz de Paz. Estamos más en tiempos de Cioran, una época en la que la realidad destripada conduce a la melancolía; pero hace falta el sosiego irónico de Paz. De esa combinación nació Savater, en tiempos de guerra y en tiempos de paz.

Savater y la velocidad de la luz

Por: | 17 de noviembre de 2012

Las primeras aventuras periodísticas e intelectuales de Fernando Savater tuvieron que ver con Emil Cioran y con Octavio Paz. Fueron elementos principales de su inspiración, en algún instante de su vida más juvenil fueron sus objetivos como curioso impenitente (y entonces impertinente, no había más remedio) y como intelectual que buscaba en las referencias ajenas el asiento de sus propias convicciones.

    Transitaba, pues, entre Paz y Cioran como si estuviera a caballo de dos metáforas: el pesimismo de la razón, el optimismo de la poesía, la risa ahogada del pesimista, la ironía radical y risueña, a veces no tan risueña, del poeta misterioso. La línea larga, el verso corto. En medio, mirando a un lado y a otro, el veloz pensador donostiarra, que avanzaba como un jinete sobre los trastornos de la dictadura y el advenimiento de la democracia.

    Él acaba de jubilarse, por tanto tiene 65 años para la ley, aunque tenga bastantes menos en la agilidad con la que se conduce por el mundo (ayer estaba en Italia, me parece, la última vez lo vi hablando de su última novela en el estrado de la Feria del Libro de Santiago de Chile); su generación fue la del sobresalto y cuando pasó el sobresalto de la dictadura a la democracia se llevó el susto de que en esta situación viejos modales siguen presentes. Sobre esa realidad ha lanzado su mirada distraída como ensayista y su mirada alocada como novelista.

    Al contrario que Paz, cuyo nombre se le asocia ahora porque acaba de ganar el premio internacional que lleva el nombre del poeta, nunca cultivó, que se sepa, la poesía, pero en cierto modo, como el ensayismo del maestro, su metáfora de la vida está marcada por la metáfora. Los últimos decenios lo han convocado a la diatriba política, con lo que eso supone de disenso latente, también de sus lectores con él mismo. Pero su escritura como ensayista literario, e incluso poético, la velocidad con la que alcanza lo más recóndito de su memoria para rescatar de ello el primer latido, el más puro, de sus lecturas, lo han convertido a lo largo del tiempo en un escritor estimulante hasta cuando no estás de acuerdo con él.

    Leer a Savater, como leer a Paz, su maestro, es un gozo estético, una oportunidad de relacionar su sabiduría con la pasión por la lectura que es, en definitiva, su pasión más declarada, junto, me parece, con la pasión que suscita la velocidad increíble de los caballos. El premio que recibe ahora es una oportunidad para relacionar su ensayo literario con la voz de Paz. Estamos más en tiempos de Cioran, una época en la que la realidad destripada conduce a la melancolía; pero hace falta el sosiego irónico de Paz. De esa combinación nació Savater, en tiempos de guerra y en tiempos de paz.

Firmeza y nostalgia de José Saramago

Por: | 16 de noviembre de 2012

José Saramago hubiera cumplido hoy 90 años. De chico vio cómo su abuelo abrazaba los árboles y aprendió a leer para empezar a entender. La experiencia de su vida se cruzó muy tarde con la tarea de explicar lo que había visto, y desde entonces, cuando tenía más de cuarenta años, transmitió con fortaleza y nostalgia el mundo que le recibió. Fue aquel un tiempo de frustraciones y delirios, de dictaduras y de miedo, de ceguera y de ruindad, y él transformó todo ello en una riquísima metáfora que desafió, para hacerlo más verídica, en interpretaciones a veces oníricas, imposibles, de la realidad. De esa imaginación atormentada por la tristeza y también por el compromiso surgieron novelas tan latentes como Ensayo sobre la ceguera o como La Caverna, viajes de introspección tan agudos como aquel Viaje a Portugal y relatos tan específicamente antimilitaristas y antidictatoriales como los que hay en Casi un objeto.

Era un europeo comunista que creía en el porvenir del continente, pero desconfiaba sin esperanza en la administración política, creía que la democracia se había confundido con el capitalismo y que eran los bancos y las corporaciones no elegidas las que mandaban sobre todo esto. Estuvo a punto de la muerte y lo resucitó la fuerza de su mujer, Pilar del Río, que desde Lisboa, donde celebrarán hoy los 90 años abrazando el recuerdo de José, me envió esta mañana este mensaje: "Recorreremos las calles de Lisboa con Ricardo Reis, Pessoa y José y seremos relativamente felices entre la nostalgia y la firmeza".

Con lo que no puede acabar la muerte es con el ejemplo, con la memoria de los ejemplos; en este tiempo turbulento y desanimado por tanto dolor íntimo y por tanta desgracia pública, en medio de la miseria y también de la miseria del entendimiento, resulta estimulante saber que José Saramago nunca ha muerto para aquellos que una vez le escucharon decir que el aire jamás vence a aquel que respira con la nobleza con que alienta la risa de un niño.

Firmeza y nostalgia de José Saramago

Por: | 16 de noviembre de 2012

José Saramago hubiera cumplido hoy 90 años. De chico vio cómo su abuelo abrazaba los árboles y aprendió a leer para empezar a entender. La experiencia de su vida se cruzó muy tarde con la tarea de explicar lo que había visto, y desde entonces, cuando tenía más de cuarenta años, transmitió con fortaleza y nostalgia el mundo que le recibió. Fue aquel un tiempo de frustraciones y delirios, de dictaduras y de miedo, de ceguera y de ruindad, y él transformó todo ello en una riquísima metáfora que desafió, para hacerlo más verídica, en interpretaciones a veces oníricas, imposibles, de la realidad. De esa imaginación atormentada por la tristeza y también por el compromiso surgieron novelas tan latentes como Ensayo sobre la ceguera o como La Caverna, viajes de introspección tan agudos como aquel Viaje a Portugal y relatos tan específicamente antimilitaristas y antidictatoriales como los que hay en Casi un objeto.

Era un europeo comunista que creía en el porvenir del continente, pero desconfiaba sin esperanza en la administración política, creía que la democracia se había confundido con el capitalismo y que eran los bancos y las corporaciones no elegidas las que mandaban sobre todo esto. Estuvo a punto de la muerte y lo resucitó la fuerza de su mujer, Pilar del Río, que desde Lisboa, donde celebrarán hoy los 90 años abrazando el recuerdo de José, me envió esta mañana este mensaje: "Recorreremos las calles de Lisboa con Ricardo Reis, Pessoa y José y seremos relativamente felices entre la nostalgia y la firmeza".

Con lo que no puede acabar la muerte es con el ejemplo, con la memoria de los ejemplos; en este tiempo turbulento y desanimado por tanto dolor íntimo y por tanta desgracia pública, en medio de la miseria y también de la miseria del entendimiento, resulta estimulante saber que José Saramago nunca ha muerto para aquellos que una vez le escucharon decir que el aire jamás vence a aquel que respira con la nobleza con que alienta la risa de un niño.

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