Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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Necesidad de Leonardo Sciascia

Por: | 31 de diciembre de 2012

A veces la soledad y otras veces el impulso que produce la melancolía en la que se envuelve el tiempo que camina, ante el mar o ante el cielo nublado, en todo caso en tiempos oscuros, aquellos ante los que Bertolt Brecht decía que no había que rendirse, pienso en algunas miradas reconfortantes. Y siempre, entre esas miradas, están los ojos de Leonardo Sciascia, el gran escritor europeo que nació en Sicilia en enero de 1921 y murió el 20 de noviembre de 1989, después de haber escrito sobre su país, sobre su pueblo, sobre el pasado de Europa, sobre la tragedia y sobre el futuro.

Como un Camus de los tiempos de paz, dejó algunos testamentos muy poderosos acerca de aquella posguerra en la que la Europa empobrecida soñaba con un porvenir que entonces se tenía que hacer desde la miseria a favor del viento de un progreso para el que no había aún muletas. En medio de su trayectoria vital se le cruzó la mafia, el terrorismo mafioso, el terrorismo, en suma, y sobre esas aguas turbulentas lanzó su mirada llena de pesadumbre. Fue un periodista contando, un filósofo analizando, un poeta mirando.

A pesar de que el tiempo le fue desfavorable, y pudo haber sido tan solo un ermitaño en Sicilia, se aventuró y fue editor, parlamentario europeo, dejó testimonio de su compromiso político, y siempre lo hizo con una gallardía que parecía quijotesca. Animado por la curiosidad y por la razón, se hizo europeo de toda Europa; lo conocí en los años años 70 en Madrid, cuando Marco Miele, el admirable director entonces del Instituto Italiano de Cultura, trataba de hacer, a su modo, ayudado por la impar Alessandra Piccone, una embajada especial de su país en España, combinando los sabores de un territorio y otro para dar lugar a un encuentro que pasó a la historia como un elemento imborrable de la vida de quienes disfrutamos ese instante.

En ese tiempo que combinó la movida con el desconcierto vino Leonardo Sciascia a Madrid, se interesó por el porvenir de aquella democracia que aún sufriría los embates de un golpe de Estado; ayudó desde su país a interpretar el fenómeno terrorista, escribió a vuela pluma y en profundidad sobre los desastres causados por Eta y también por la extrema derecha, y se interesó por los filósofos españoles que vinieran luego de su admirado Ortega y Gasset.

Toda esa actividad, su curiosidad impenitente, se concentraba luego en esa mirada incisiva pero tierna, comprensiva, alerta siempre a la mirada de los otros, al sufrimiento ajeno, a la palabra que se escapara y que en él tuviera el oyente que estaba siempre dispuesto a seguir, en voz baja, cualquier inquietud que se le planteara.

Ahora que acaba este año maldito y empieza uno que no pinta mejor, reconforta recordar a gente como Sciascia. Ahí queda mi homenaje, como una carta a los que hoy quisieran tener el abrazo de aquella mirada que tanta falta nos hace a los europeos que hoy no tienen para hacer sobrevivir su esperanza otra cosa que la palabra ojalá. Sciascia fue, en algún momento, como la palabra ojalá.

El eco de César

Por: | 18 de diciembre de 2012

El eco de César Manrique es incesante, no ha parado nunca, no parará. Lamentablemente, porque si se parara el eco de César significaría que habrían acabado ya las razones de su grito. Su último grito, su última diatriba, su última rabia, era contra la absurda proliferación de carreteras, autovías y autopistas que iban llenando de manera alarmante la hermosa y pequeña isla de Lanzarote, el objeto máximo de su amor y de sus preocupaciones. Él había concebido una isla sostenible en su hermosura, racional y bella, no contaminada ni en el aire ni en la tierra, y veía cómo los intereses que se crean en torno a la proliferación de automóviles estaban impidiendo el desarrollo racional de ese espacio hermosísimo.

Él tenía razón, en sus preocupaciones y en su grito, y ahora Lanzarote es lo que él temía: una pista de automovilismo, un lugar en el que las carreteras que van a todas partes en realidad no van a ningún sitio. ¿Y a dónde ha ido el dinero que ha generado esa abundancia de vías?

Tuve oportunidad de decir estas cosas en el festival de medio ambiente llamado Langaia que se celebró el último fin de semana en la isla. Los beneméritos organizadores, gente desinteresada que emite el eco de las preocupaciones ecológicas que alientan hoy en las islas, habían organizado un debate muy oportuno acerca de los riesgos que las prospecciones petrolíferas suponen para las islas de Fuerteventura y Lanzarote.

El mar, pero también la tierra: esos son los escenarios en los que se escuchó siempre el eco de Manrique, su grito. Después del coloquio, los organizadores programaron la película de Miguel García Morales Taro. El eco de Manrique, que aspira ahora a estar entre las candidatas al mejor documental en la gala de los Goya.

Nunca ha sido más oportuna una película, pues ese grito que recoge es ahora de máxima actualidad: César Manrique, que murió en accidente de tráfico hace veinte años, se pasó la vida denunciando desmanes; aquellos sobre los que advertía hace dos y tres y cuatro décadas siguen vigentes hoy. Por eso la película produce escalofríos en la conciencia insular y es una alarma para cualquiera que la vea en cualquier sitio, y no sólo en la isla de Lanzarote.

El azar de la mujer rubia

Por: | 17 de diciembre de 2012

El azar de la mujer rubia es el título de la novela que Manuel Vicent publicará en Alfaguara el 23 de enero. De esa novela sé esos datos, y además sé que trata de la transición española, desde la ficción y desde la memoria, y también desde la desmemoria.

Ese de la transición fue el instante político más importante de la vida española desde el franquismo, fue activado, para la memoria, y también para el olvido, por un golpe de Estado sobre cuya autoría y otras características adyacentes hay fantasías y realidades hasta el día de hoy, y marca de tal manera nuestras vidas que aún ahora aquellos que no tuvieron nada que ver con la transición propiamente dicha (la Transición con mayúsculas) se honran con una gloria para la que no trabajaron, sino al contrario.

En todo caso, ese es el núcleo de la novela, la Transición, cómo se hizo, cómo se recuerda, en qué nebulosa la tendremos todos y en qué nebulosa la tiene alguno de sus protagonistas auténticos. De la novela misma sabremos cuando aparezca. El lector de Vicent, sin embargo, sí puede adelantar algunas cosas, sobre su estilo, sobre su manera de hacer la historia narrativa, sobre su modo de contar.

Desde aquellos textos que contaron el conflicto general, en sus columnas, en sus relatos, en sus novelas, Vicent se configuró para este tiempo de la cultura y la política española como el espectador descreído, desde la posición del que pregunta y a la vez adivina; hizo algunos retratos magistrales (los daguerrotipos, las entrevistas) con personajes que ahora ya son historia fundamental de la literatura y de la vida (Delibes, Grande Covián, Marsillach, Pilar Miró, Gutiérrez Mellado) y escribió un retrato magistral (de ficción, aunque la realidad asome) sobre Jesús Aguirre (Aguirre el magnífico), duque de Alba, y contó su infancia, su adolescencia, su madurez y su melancolía (la melancolía de la madurez pasada por el aire de la infancia) en libros que forman parte del paisaje del alma española de su tiempo.

De modo que de ese libro que se anuncia ahora se puede esperar, conociendo a Vicent, un daguerrotipo, un retrato, una memoria y una confesión: ese tiempo de la Transición, que aun dura, lo ha tenido a él como un cronista mirando desde el faro en que ha convertido el sitio desde el que ve. Un capitán de barco que no se pierde jamás el ojo de los peces, aunque éstos viajen volando. 

El gentleman y el activista

Por: | 16 de diciembre de 2012

A mi generación canaria le resultan inolvidables algunas figuras, aparte de aquellas que se quedan en la memoria por la historia personal de los afectos. Y aquellos personajes inolvidables que no son ni nuestros parientes ni nuestros amigos de colegio se quedan en la memoria no siempre por las mismas razones. Unos se quedan porque los trataste mucho y los añoras, son seres con los que te gustaría seguir hablando, están presentes en tu conversación contigo mismo y son en ese sentido imprescindibles para que tú mismo sigas hablando, sintiendo, refiriéndote a la vida como una continuidad que no se detiene jamás. Y no se detiene jamás gracias a la concatenación de la memoria. Los otros existen, tú sigues existiendo; y cuando tú ya no existan, otros recordarán que una vez tú exististe. Y así, sucesivamente, es la vida. Y otros están en la historia, son figuras que ayudaron decisivamente a hacer tu tiempo como es ahora en el recuerdo.

Después de pésima noticia del adiós al artista Raúl de la Rosa, noble habitante civil del universo mejor de la isla, ahora se han muerto en Tenerife, sucesivamente, como suelen ocurrir las despedidas, dos personas que conforman esas características que acabo de describir. Dos contemporáneos, dos hermanos mayores de nuestro tiempo. Patricia Olivera y Antonio Cubillo. Con el primero tuve una relación muy directa, muy afectiva, durante muchos años, y conservo de él hermosas memorias muy gráficas de su manera de ser, un gentleman exactamente británico que decía el inglés, que dominaba perfectamente por su origen directamente británico, con acento de La Laguna. A Cubillo apenas lo conocí personalmente; pero fue en los tiempos del final del franquismo, y antes, un mito de nuestro tiempo. Como recordaba Carmelo Rivero en su necrológica de El País, fue un guerrero de las ondas, por la independencia de Canarias, cuando esa lucha la libraba él desde Argel y nosotros escuchábamos, expectantes, lo que nos tuviera que decir cada noche a través de las entrecortadas ondas de su emisora argelina.

De Patricio recuerdo dos imágenes; en una él está, inmenso, guapísimo, muy joven aún, en Bath, la ciudad inglesa; está por allí, paseando por el territorio de su madre y se ha acercado a ver la ciudad de los baños romanos. Nosotros estamos dentro de un bar, absortos en alguna conversación. Y, de pronto, en el inmenso ventanal que da a la calle, alguien se acerca, pone las manos grandes sobre la cristalera, ordena sus ojos para mirar adentro y nos descubre. Y nosotros lo descubrimos, claro. Era Patricio Olivera Kroker. Luego nos llevó a pub (el decía pub, en la pronunciación española: siempre disimulaba su extraordinario inglés, siempre disimuló lo mucho que sabía) que tenía el nombre de Willie Fog, y de nuevo aquí se impidió a sí mismo decirlo en inglés, así que tradujo el nombre del famoso viajero. La otra imagen ocurre en el Monte de las Mercedes. Estamos allí muchos de sus amigos, y sobre todo están sus parientes, tan bienhumoradas sus hijas, tan cálida su mujer, tan elegantes todos; en un momento determinado toca el tiempo de los regalos, y a Patricio le han regalado un hermoso traje de color beis, hecho a la medida, seguro, de sus extremidades larguísimas y de su cuerpo que aún conservaba la verticalidad insumisa de un hombre elegante. Como no era cuestión de seguir ignorando hasta que llegara a casa que si le servía el regalo para ese cuerpo, Patricio se desnudó entre los árboles, se enfundó la vestimenta, y así siguió, vestido de estreno, hasta que acabó la juerga. Me llenan de nostalgia esas imágenes que representan una mínima parte del viaje de este hombre generoso, cordial y cálido por esta tierra. Cuando viajó a la India con su amigo Cristino de Vera volvió con anécdotas muy suculentas del trayecto en que estos dos compinches geniales compartieron las dos maneras tan peculiares de ser. Como decía Cristino entonces, ahí descubrió el pintor la naturaleza hindú, ensimismada, de su amigo anglolagunero, y ahí descubrió Patricio hasta qué punto el místico de Santa Cruz, Cristino, es también un ser de carne y hueso que en un momento de los viajes se comporta como todo el mundo: queriendo cariño. Y los dos se pasaron ese viaje, y la vida, dándose cariño. Fue un gran lector Patricio Olivera. Como otros lectores que son grandes, no presumía de lo leído. No presumía de nada, en realidad; era un hombre culto, cultivado y natural, un gentleman. Lo he recordado mucho siempre y últimamente lo recordaba en su bruma, la memoria yéndoselo por los vericuetos del tiempo. Conocí a algunos hombres buenos y sabios, y entre ellos está Patricia Olivera. Inolvidable.

Con Cubillo, ya digo, tuve un contacto muy menor, casi tan solo el del oyente que cada noche seguía sus emisiones independentistas. Como todo el mundo entre nosotros, asistí con horror al intento de asesinato que, según todos los indicios, perpetraron unos desalmados del servicio secreto español. Conocimos todos que antes de su trabajo político en Argel, con el que quiso articular una posición independentista para Canarias, fue en Tenerife un pionero de la acción de protesta contra el poder económico y político (que entonces también estaban unidos). Sus amigos o conocidos de entonces (José Badía, Alfonso García-Ramos, Antonio Cos) hablaban de sus anécdotas, no todas políticas o relacionadas con la lucha laboralista, y nosotros escuchábamos cómo se iba consolidando, a nuestros ojos, la dimensión de un mito. La vida en Canarias luego se normalizó democráticamente, Cubillo siguió manteniendo sus posiciones, las expuso en la prensa, y su presencia en los medios se hizo cotidiana, un ciudadano diciendo lo que pensaba en la plaza de su pueblo, sin otra atadura que la que él mismo se quisiera poner. El documental que ha hecho su sobrino, que aún no he visto, es señalado ahora como una cumplida visita a la historia de este hombre que acaba de morir y al que desde esta columna dedico el homenaje que se debe a un hombre empeñado en luchar, cuando menos se lo esperaba, y a seguir luchando, cuando ya era libre y estaba aquí, por ideales que merecen el respeto y por tanto también la respetuosa discrepancia.

Diálogo entre el optimista y el pesimista

Por: | 13 de diciembre de 2012

Platón hubiera tomado notas, imagino; los que estábamos allí escuchamos cómo estos dos sabios de la Universidad y de la vida, Alejandro Nieto y Emilio Lledó, contemporáneos y catedráticos que coincidieron hace cuarenta años en la Universidad de La Laguna explicando uno Derecho Administrativo y el otro Fundamentos de Filosofía, usaban la bóveda moderna de la Fnac madrileña para debatir como si estuvieran en una cueva platónico. Fue un deabte entre el optimismo y el pesimismo, las razones de una y otra actitud, en qué debemos sustentar el entusiasmo y qué razones hay para desconfiar de la esperanza.

Uno, Lledó, era el idealista, el optimista que veía en el futuro la posibilidad de que el hombre fuera mejor, estudiando más, siendo más solidario y, como hubiera dicho su maestro Antonio Machado, siendo "más bueno". Enfrente, Nieto, descreído, desilusionado como el mundo entero, según él, sobre las segundas oportunidades que los hombres tienen sobre la tierra, enumeró las razones por las que las utopías de Lledó no son sino palabras que se llevará el viento. Según él, que ha escrito ya algunos libros sobre eso, la práctica de la ilusión conduce otra vez al descreímiento, porque estamos en un universo que no da demasiadas esperanzas en el hombre, ni en la política.

Estaban allí, el optimista y el pesimista, para hablar del libro de este último, Alejandro Nieto; lo ha publicado Ariel, va por la segunda edición y se titula El desgobierno de lo público. Un volumen en el que, atinadamente, con el estilete quijotesco metido hasta la yugular de la situación y de la realidad, descubre las flaquezas de la democracia, por las que se ha colado la corrupción como una de las más complejas excrecencias de la actividad colectiva de los seres humanos.

La política ha sido penetrada por lo multinacional, por lo global y por lo inasible, y el ciudadano de veras no tiene poder alguno ni para cambiar el signo de la política, ni para participar de veras en ella, ni, por supuesto, para cambiar la realidad. Eso dice Nieto. Lledó, que iba a presentar esta segunda edición del agudo análisis de su amigo y colega, quiso integrar en la discusión algunas gotas de esperanza, en la democracia, en la educación; en el futuro, en suma.

Nieto es muy escéptico; ha pasado otras veces, volverá a pasar. A su generación la ilusionó la República, luego la gente salió a la calle a vitorear la dictadura, luego vino la democracia, a la primero vitorearon y ahora vituperan, y la Monarquía que hace años también fue vitoreada y luego vituperada vuelve a ser un régimen que no se quiere... ¿Qué nos disgustará, qué nos gustará? ¿Cómo nos iremos cambiando de gustos?

Estábamos allí una docena de escuchantes, como si estuviéramos en efecto en una cueva oyendo a dos maestros. Se fueron uniendo personas, y fuimos teniendo la sensación, al menos yo la tuve, de que por un rato me pareció estar otra vez en las viejas aulas de mi universidad asistiendo feliz al pensamiento moviéndose. Cuando me fui la realidad se movía, la calle estaba llena de gente queriendo saber adónde iba. Yo mismo no sabía adónde iba. 

Antes de marcharme, una universitaria que dio clases en Finlandia y descubrió allí la grandeza del respeto por lo público, me pidió un título de un libro con el que levantar el ánimo. Le dije que leyera Las voces bajas, de Manuel Rivas. Luego me di cuenta que también le debía haber aconsejado Entreguerras, el poema autobiográfico de Caballero Bonald. Por mi parte, estoy leyendo, descreído, las memorias de Salman Rushdie. Un día hablaré de ellas.

Huellas de Galiardo

Por: | 07 de diciembre de 2012

En el homenaje que el mundo del cine y del teatro le dedicó esta semana a Juan Luis Galiardo en el Teatro Español, en Madrid, se produjo una escena de las que el cine (sobre todo) es testigo y vehículo; ahí son habituales. En la vida real es más difícil conseguirlas. Pues ahí pasó, el afecto al actor la produjo.

En la proyección de imágenes en las que se recogía la larga trayectoria del gran actor fallecido este último verano se incluyó, cómo no, el momento en que Galiardo fue honrado con el Goya por su trabajo en Adiós con el corazón, de José Luis García Sánchez de Rafael Azcona. Ese Goya lo recogió el intérprete en febrero del año 2000; mientras en la pantalla se reproducía lo que ocurrió entonces, aplausos incluidos, en la sala del Teatro Español ocurría exactamente lo mismo: expectación antes de que los presentadores de la gala desvelaran el nombre del ganador y el rostro de Galiardo, y ovación en el filme y ovación, doce años después, en el patio de butacas. Una simetría que ahora subrayó la admiración y el amor que aquí se puso en evidencia otra vez.

         Fue una de las decenas de ovaciones que hubo esta noche de diciembre de 2012 en homenaje a uno de los actores más polifacéticos, prolíficos y geniales que ha tenido la escena española (el cine, el teatro) a lo largo de los últimos cuarenta años. Talento, entusiasmo, el gen de una locura que se le manifestó en ocasiones memorables que la memoria ha convertido en sublimes. Como cuando disparó su mano enorme contra el rostro de Charlton Heston en un rodaje en Oslo, en 1972. Fue sustituido por Sancho Gracia e inmediatamente recluido en una clínica en la que le trataron ese brote del que él luego habló con la solemnidad, y con el humor, con que trató tanto las cosas grandes como las cosas pequeñas. Huía entonces, y luego huyó toda su vida, de aquella caparazón de galán ligón que había fabricado para él la industria del cine; recorrió todos los espacios de la escena, buscándose a sí mismo en los personajes que interpretó, porque también se buscaba a sí mismo en la vida. Tenía al morir 72 años, se había casado muy pronto, había tenido tantas novias como las que caben en una agenda grande, y haciendo Las siete lunas, en adaptación de su maestro Rafael Azcona, se enamoró de su compañera la actriz María Elías, que fue el alma de este homenaje del Español. Se enamoraron, y se casaron un día antes de la muerte de Juan Luis, que falleció el 22 de junio de este año que ahora termina gélido en la Península, incluido San Roque, donde nació y donde un teatro honra su memoria.

         Se dice, con razón, que, como ocurre en la literatura, en las artes plásticas e incluso en el comercio, el mundo de la escena se junta tan solo para saludar al final de los estrenos. No es verdad. A este homenaje a Galiardo, a aquel funeral por Galiardo, a las llamadas de Galiardo (que en su vida debió gastar una fortuna en teléfonos) acudió todo dios, incluido Dios, según algunos de los que intervinieron. Y todos los que cupieron en el largo elenco de intervinientes tuvieron algo que contar, gracioso, solemne, reflexivo, autobiográfico, sobre el actor que, desde la escena, decía o actuaba, a veces contra sí mismo, disfrazado de Quijote, de Avaro, de abogado infeliz, de casado infiel, de compañero de luchas surrealistas por las tierras de Portugal y España junto a uno de sus grandes amigos y compinches, Juan Echanove, que estaba detrás de mi, riendo a carcajadas media parte del homenaje y llorando a lágrima viva en los últimos tramos del adiós, cuando ya fue Galiardo solo, en un documental muy expresivo de su vida, el que dominó la pantalla.

         Fue un homenaje emocionante a un entusiasta; cuando llamaba lo hacía para pedir cariño; llamaba también para darlo; con un pudor que ocultaba detrás de un histrionismo sobrevevenido para vencer la timidez (Santiago Segura contó cómo Juan Luis se arrodillaba ante él en la Gran Vía, para celebrar su “ingenuidad chotuna”), Galiardo era él mismo y todos los galiardos a la vez, ocupaba un inmenso espacio para dirigirse a los demás porque no quería que por el resquicio que dejara se colara el hielo de la indiferencia. Amó muchísimo, pero no sólo a las mujeres y a los hombres; en realidad amó la vida a manos llenas y tenía un talento superlativo; como lo derramó tanto como derramó la amistad, la gente en este país, que tarda en enterarse de las cosas, no supo a tiempo que Galiardo era una combinación de Mastroianni y de Gassman, que en otro país y en otros aires hubiera descolgado el teléfono, a veces, con mucha mayor fortuna que la que él tuvo en vida.

         Era un tipo noble e inolvidable. Ver el patio de butacas del Español lleno de la gente que lo quiso, en este país donde para decir que quieres a alguien tienes que mirar alrededor, para que no se diga que eres un blando, fue una de esas buenas cosas por las que merece vencer el frío y salir de casa a darle un abrazo a la memoria de un amigo. 

Caballero de la Lengua, señor de Jerez

Por: | 01 de diciembre de 2012

A José Manuel Caballero Bonald le impidieron la siesta este último jueves y a cambio le dieron la noticia de que había ingresado en la Orden de la Lengua, del tercio de don Miguel de Cervantes. Pocas veces una noticia ha sido tan celebrada en el mundo de las letras, donde todo está atrabancado por egos de unos y por egos de los contrarios. Porque es una noticia justa y porque se hizo esperar. Respiró de alivio hasta él (“era mi turno”), porque que a Caballero Bonald se le hurtara por tanto tiempo esta honra era una afrenta para la historia de ese galardón que corona toda una vida dedicada a la literatura. Y la suya ha sido, sin duda, una vida entera dedicada a los libros, a leerlos, a escribirlos e incluso a divulgarlos. Toda una vida dedicada a los libros…, y a Pepa, Pepa Ramis, su mujer, que fue campeona de natación y que a él lo salvó de perecer ahogado cuando aún la estaba enamorando en la bahía de Palma de Mallorca.

      La escritura de Caballero Bonald es ensimismada y a veces majestuosa; a veces es también, como la de Góngora, misteriosa y recóndita, exigente consigo misma. Se diría que no está dotado para escribir mal (él lo dice, y es de los pocos que no parecen pedantes cuando se suelta a favor de sí mismo) y que posee esa segunda mano que Onetti le aconsejaba a sus colegas: la mano que te obliga a tachar lo que es indecente desde el punto de vista del buen uso de la lengua. Leerlo es un placer grande, porque con él ocurre lo que aconsejaba Nabokov: hay que leerlo porque además vas a releerlo, para saber más de ti mismo, o para saber más de lo que esconde su prosa, o su poesía, de genio mayor de la metáfora sigilosa.

A Pepe Caballero le negaron los académicos de la Lengua, en España, el crédito que merece su prosa exacta y profunda, su calidad poética heredada de los clásicos y del sueño y de la vida (la nocturna, la que se recuerda y la que va envuelta en el alcohol de la larga época de oscuridad que vivió este país). Pero él no les retiró ni el saludo.

Le pregunté un día, inmediatamente después de aquel desaire, si guardaba rencor. Él no estaba preparado para el rencor, me dijo, sino para la paciencia de la memoria. Con esa paciencia, y con esa pluma jerezana mojada en la experiencia de Madrid y de Bogotá, escribió dos memorables libros de recuerdos, Tiempo de guerras perdidas y La costumbre de vivir. Y, cuando amanecía en otro sitio del mundo de la lengua española el realismo mágico, ya él tenía en la imprenta, y a punto de ser extraño tesoro de las librerías, una novela imborrable, Agata ojo de gato, que fue una evocación profunda, densa y feliz de las marismas del Guadalquivir, su amado Coto de Doñana, cuando se ven desde el Sanlúcar donde pasa, con Pepa Ramis y con sus hijos (no sabe nunca cuántos tuvo, es una broma suya, lo sabe bien), los veranos y la vida entera, aunque se desplace por el mundo.

Dejó de escribir por un rato, eso dijo, cuando el antepenúltimo presidente de España, José María Aznar, cometió la aberración de introducir a este país en la guerra de Irak. Pero luego (“cómo le voy a decir no a un poema”) regresó a la escritura con un libro de poemas de enorme aliento, su autobiografía. Su cabreo era monumental entonces y lo fue luego: “Vamos a peor, en este país vamos a peor”.

Un día le pregunté qué es eso de que no está dotado para escribir mal. Me dijo: “Parece una petulancia… Distingue mi literatura que no tiene que ver con la tradición inmediata de la lengua castellana; conecta tal vez más con la tradición latinoamericana, a la que estoy muy unido por razones paternas y por afinidades, y por mi vida en Colombia y en Cuba. A partir de ahí me siento escritor, y cuando escribí Agata ojo de gato logré que las palabras significaran más que lo que significan en los diccionarios, y eso era una forma de afirmación de mi personalidad”.

No quisieron que fuera académico de la Lengua, y miren por donde ahora lo han hecho Caballero de la Lengua, que es más.

El País

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