Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

La lengua madre y la lengua perpleja

Por: | 11 de enero de 2013

Hablamos, decimos, creemos estar diciendo lo que sabemos y en realidad estamos diciendo lo que desconocemos creyendo que los otros entienden nuestro galimatías. Si descompusiéramos nuestro discurso cotidiano, si nos explicáramos cada vez que decimos, entraríamos en el pantanoso territorio de la locura o de la risa.

La lengua madre, la obra de teatro que escribió Juan José Millás y que anoche estrenó Juan Diego en el Teatro Bellas Artes de Madrid, pone de manifiesto, con la ya conocida inteligencia del autor para crear paradojas, situaciones que parecen reales siendo estrictamente ficticias, la capacidad que tiene el lenguaje para llevarnos adonde le da la gana, incluso a paraísos supuestos y a sobreentendidos gloriosos o estúpidos.

La dedicación que Millás ha prestado al orden alfabético, para descomponerlo, para indisponerlo o para ponerlo en el paredón, viene de hace muchos años, cuando escribió, por ejemplo, Tonto, muerto, bastardo e invisible; después escribió El desorden alfabético; y a partir de esas dos obras fundamentales de su manera surrealista y kafkiana, millasiana ya, de ver la realidad, ahondó en el lenguaje, en la lengua madre, como escenario de su propia batalla literaria.

La lengua madre, la obra a la que le puso encarnadura teatral Emilio Hernández y que interpreta Juan Diego, responde a esa ambición de Juan José Millás de adentrarse en el diccionario para sacarlo de sus casillas. Juan Diego ejerce de Millás en el escenario, en cierto sentido, pues la conferencia entrecortada que pronuncia, y que es el eje absoluto de la obra, es una interpretación ampliada y dramatizada de una legendaria conferencia de Millás sobre las paradojas y perplejidades a las que nos conduce el uso del diccionario, de la RAE y el de María Moliner. Por qué las palabras significan lo que han terminado significando, por qué están donde están en las páginas de esos diccionarios, ¿no contamina aborto la palabra abotargado?, qué hace celos junto a celosía...

Millás ha dado una conferencia que en sustancia planteaba lo mismo por universidades, institutos y ferias, lo hacía mostrando cara al público ese rostro estólido de Buster Keaton que lo distingue; a partir de ese texto, que él ha enriquecido y modificado, ha construido esta Lengua madre que al final se convierte, en la interpretación de Juan Diego, en un alegato sobre una de las sustancias que encierra el lenguaje, el engaño, la suplantación de la palabra aclaratoria por la palabra que produce distorsión y manipulación.

El encuentro con esa sustancia engañosa del lenguaje marca ese crescendo final de la indignación del personaje que se siente engañado por la superposición de diccionarios fraudulentos. Al término de ese alegato, que alcanza la voz del drama, hubo un aplauso del público, como si el texto hubiera sintonizado, después de la risa, con la víscera perpleja que ahora se hace las mismas preguntas que ese profesor de clase media que ha estado desde el escenario recontando sus perplejidades hasta llegar a la zona cero del cabreo. La obra prosiguió unos minutos más, con el personaje recogiendo, compungido, los papeles de su conferencia dramática y paradójica, y entonces se produjo una ovación muy merecida. El teatro estaba lleno de actores y de dramaturgos; escuché risas, muchas risas; al final salieron a saludar los protagonistas. Me alegré mucho del éxito. 

El País

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