Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Fernando Guillén, vida y muerte del actor

Por: | 19 de enero de 2013

Nadie se muere nunca, sigue viviendo en el recuerdo del que sigue, y así sucesivamente. La memoria es la facultad más grande, la parte del alma que conecta con los sentimientos, la que abraza el pasado y lo convierte en un elemento vivo que nos permite, además, seguir viviendo aquello que ya es historia. La historia revive así, nos va haciendo, nos va permitiendo que el olvido no sea la goma de borrar lo que hemos sido y, en cierto modo, lo que seremos.

         Esta semana ha muerto un actor, Fernando Guillén. Él mismo era memoria, y dejó memoria; memoria filmada, que es la que perdura más, seguramente, memoria en el escenario del teatro, que es la memoria que persiste a pesar de su fugacidad, memoria de su paso físico por la vida. Memoria de sus actuaciones, de lo que dijo, de su forma de decir los diálogos, de referirse a los otros; la memoria de su manera de andar. Cuando ya se había retirado, a los 75 años, lo vi pasear por Sitges, donde vivía entonces; ligero de ropa, elegantísimo, parecía ir descalzo sobre la arena y sobre el asfalto, como si volara con su foulard rosáceo, agarrado a un bastón que quizá utilizaba por coquetería o por coherencia con la estética de su vestimenta ese mediodía. No le dije nada, me permití verlo andar, contemplé su risa desde lejos, su alegría de vivir, su manera lenta de saborear el sol ya lánguido de la tarde en Sitges.

         Algunos años después, ahora mismo, pocos meses antes de su muerte este último jueves, lo vi caminar por la calle Caracas de Madrid; herido ya de muerte, andaba presto, enflaquecido hasta los huesos, Fernando Guillén era un hombre de 80 años que le negaba a la enfermedad su salvaje deconstrucción y andaba con el ánimo febril con el que siempre se enfrentó a la calle y a las inclemencias. José Sacristán, su amigo de tantos escenarios de la ficción y de la vida, recordaba, en la hora de la muerte de su compañero que Fernando Guillén fue a una manifestación en mangas de camisa, “con un frío que pelaba”. E iba ya con todos los apliques temibles con los que la medicina adorna el cuerpo cuando éste ya produce síntomas de curación improbable. “Era un actor de raza, como su señora esposa y como sus hijos”, comentaba Sacristán.

         Aquella vez, subiendo la calle Caracas, nadie hubiera dicho que aquel actor que en aquel instante era un ciudadano común ascendiendo ágilmente una cuesta estaba exactamente diciéndole adiós a todo esto. Esa vez yo iba en un taxi y tampoco le dije nada; unos metros más allá, como si el porvenir actuara, en efecto, como dijo una vez Fernando Arrabal, “en golpes de teatro”, me llamó su mujer, la actriz Gemma Cuervo, para cualquier cosa, quizá para hablarme de periodismo o de literatura. O quizá para hablarme de una ocasión verdaderamente memorable, la que nos había juntado con Fernando y con su hija Cayetana en La Dos de Televisión Española, para hablar con él de esa excepcional obra de arte raro que es Don Juan en los infiernos, la película de Gonzalo Suárez. La hija le rendía homenaje al padre; fue muy emocionante. Pero él no se estaba despidiendo.

         Ahí, en esa ocasión, ante su hija y ante nosotros, Fernando Guillén apareció en el plató moreno y vital, pletórico de memoria y de ganas; habló sin perder el hilo jamás, como si el escenario, aquel escenario virtual, le despertara la pasión de la memoria, que era la sustancia misma de su oficio, el teatro y, subsidiariamente, el cine. Habló de su interpretación en la película, pero también, por decirlo así, de su interpretación en la vida, de su relación con los nombres propios de su generación de hombres de teatro, de escritores, de guionistas; parecía un ser en ebullición, un hombre al que la memoria rejuvenecía, como si ese cordón umbilical imprescindible para actuar fuera también la raíz de palabras que lo ataba a la tierra y le permitía luchar contra el monstruo que lo iba devorando, tratando aún sin éxito de tirarlo al suelo.

         Y ese día subiendo por la calle Caracas, como aquel día viéndolo caminar por las arenas de Sitges, ese ser vivo me pareció tan vivo como su historia. Cuando Fernando murió, la gente recordó en los diarios y en los telediarios su despedida, aquel Vals del adiós de Louis Aragon que interpretó en el teatro para despedirse de su avasalladora vocación. Viéndole aquel día en la televisión, andando por las arenas y por las calles, sabiendo de él sobre todo por su hija Cayetana, parecía que esas noticias fatales que él mismo predijo no se iban a cumplir nunca, o se iban a cumplir muy tarde… Pero se cumplieron. Estuve en el tanatorio, con sus hijos, con Fernando Guillén y con Cayetana Guillén, los actores de raza de los que hablaba Sacristán, y con Gemma Cuervo, su mujer emocionada, la actriz que da origen, con Fernando, a esa saga que persiste. Cayetana me habló de la memoria de su padre; jamás, ni en el último instante, ese filamento esencial de su oficio dejó a Fernando Guillén; en ningún instante dejó de tener a mano ese instrumento sin el cual un actor no es nada. Hasta el último instante, en el escenario y fuera de él, Fernando Guillén fue su memoria, la que ahora nos deja para seguir viviendo en los que siguen.

         Un mes antes de esta noticia triste, Cayetana Guillén me anunció que ella preparaba El malentendido de Albert Camus para rendir homenaje a su padre, que hace años lo puso en escena. Se representará en el Centro Dramático Nacional, él no estará, pero vaya que sí estará. Porque viene de su memoria.  

El País

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