Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

Adiós a la vieja nave de papel

Por: | 23 de febrero de 2013

Hay libros que nacen del aire y otros que nacen del aire enrarecido. Y este de Lluis Bassets, El último que apague la luz (Taurus), ventila una preocupación grave que viene del aire enrarecido que ahora envuelve al oficio que nos une, el oficio de periodista.

Escrito con el aire y el ritmo con que Bassets ejerce la literatura de su periodismo, es una obra que te sobrecoge como ciudadano y que te golpea como periodista. Es implacable: no hay paños calientes, estamos en un oficio que se desmorona. Por tapar la luna con el dedo esa luna cenicienta no dejará de existir. Y conviene que lo sepamos, que no vivamos soñando que esto le está pasando a otros. Nos está pasando a nosotros y estamos en el epicentro de la tormenta perfecta. La pesadilla comienza a ser irrespirable. El aire de Bassets es un aire que aspira a despertarnos.

      Todo el mundo sabe ya, y no sólo por los datos que explican el título apocalíptico de Bassets, que el periodismo tal como lo hemos conocido está en peligro de extinción, y así reza el subtítulo de El último que apague la luz: Sobre la extinción del periodismo. Se puede decir con otra metáfora, pero esa es la mejor: la luz se extingue, aún hay quienes la accionan, pero puede llegar un momento en que alguien le tenga que dar al interruptor en solitario. ¿Llegará ese día? Ojalá no ocurra nunca, pero ojalá es una palabra que contiene un buen deseo, tan solo. Y de los buenos deseos no se vive cuando la realidad los desmiente.

      Han sido muchas las causas de este peligro de muerte; se juntaron, desde la crisis de 2008, los factores económicos, financieros e industriales que desembocaron en el derrumbamiento de la publicidad y otros instrumentos de supervivencia de los periódicos de papel. El descenso de las tiradas ha sido el terraplén por cuyos sumideros han desaparecido numerosos periódicos en todo el mundo, con la consiguiente merma dramática de puestos de trabajo y con la desconfianza que sobre el porvenir se padece ahora en todas las redacciones.

      Nadie en ningún lugar del mundo, ni los grandes periódicos ni sus grandes empresas, han podido sustraerse a este declive. Mientras tanto, el nuevo periodismo digital, el que sin duda viene a sustituir el soporte de papel y a introducir el oficio en otros paradigmas de consecuencias aún inexploradas totalmente, se abre paso como una apisonadora inexorable.

Esa apisonadora lamina el viejo periodismo de papel, pero, al contrario de lo que logró en años de abundancia esa antigualla a la que viene a sustituir, aún no ha hallado el modo de hacer caja con lo que vende, porque aún las empresas no saben cómo venderlo. Mientras tanto, los lectores que hacen uso del soporte digital tienen a su disposición gratuitamente el fruto del esfuerzo de las empresas y de sus periodistas, sin que éstos sepan cómo cobrar por lo que hacen.

      Es una situación caótica y kafkiana que lleva a la desesperación a los que creíamos que el periodismo iba a seguir siendo siempre un baluarte inexpugnable, una garantía de las democracias y de la libertad de expresión que reclaman las sociedades para ser mejores. A Bassets no le cabe duda: el periodismo del futuro será digital, no hay salvación para este que seguimos practicando con la fe del carbonero. Pero mientras tanto, dice él, hay que salvar lo mejor del periodismo que hemos tenido: la curiosidad, el rigor, el contraste, las razones que sustentan la credibilidad sin la cual este oficio se convertiría en una triste experiencia vicaria…

      El libro de Bassets alerta contra toda melancolía. Ese título que le pone al libro nació de una apesadumbrada broma uruguaya, cuando la dictadura militar endureció tanto la represión que puso a los ciudadanos del paisito camino del exilio y uno de esos emigrantes forzosos escribió en algún sitio “El último que apague la luz”. No es una broma: el oficio se extingue, las redacciones se achican como consecuencia de la sangrante crisis económica que padecen los medios; los periódicos restringen sus gastos, suprimen puestos de trabajo que antes eran vitales, como las corresponsalías, se prescinde de colaboradores básicos y poco a poco se va consolidando la idea de que hacemos un periodismo más empobrecido porque simplemente el oficio es ahora un pobre oficio.

      Esto tiene unas consecuencias enormes en cualquier sociedad, y sin duda aquí, en España, se están notando cada vez más. Un periodismo sin recursos económicos que lo preserven de otras servidumbres es un mal negocio democrático, se pone al servicio de los poderes políticos o financieros, desnaturaliza sin remedio el fundamento que le da sentido y termina poniéndose al servicio de los que siempre soñaron con manejarlo.

      Este libro de Bassets te pone en guardia como periodista y te sacude como ciudadano. Hasta que lo leí, debo confesarlo, sentí que las proclamas apocalípticas eran, como la noticia de la muerte de Mark Twain, francamente exageradas… Ahora confieso que estoy a punto de rendirme a la evidencia, aunque la parte de viejo periodista que pervive en mi me reclama seguir luchando por el oficio en el que he perdido el sueño, aunque no los sueños. Digamos que el epitafio provisional que añade Bassets a sus implacables y lúcidas reflexiones deja una puerta muy abierta por la que podría seguir entrando el aire: “Adentrémonos (…) en lo que sustituirá al periodismo del futuro en el ciberespacio con la vieja moral de los buenos reporteros y su exigencia de una férrea disciplina de la verificación. Pronto habrá que decir adiós a la vieja nave de papel. El último que apague la luz”.

      Uf. Alguien lo tenía que decir así. Celebro contrito que haya sido este periodista lúcido, culto y tranquilo, combativo. Y ojalá que no tenga toda la razón… todavía.

 

A Fernando Trueba lo premiarán cuando no haga cine

Por: | 18 de febrero de 2013

En la historia universal de la mezquindad colectiva habrá que meter, aunque sea en un rincón simbólico, el resultado del gusto del jurado de los Goya, que anoche dejó sin una sola mención a una de las mejores películas españolas de las últimas décadas, uno de los más sutiles relatos artísticos debidos a la batuta de un director español, El artista y la modelo, de Fernando Trueba.

Escrita con la elegancia de un poema, manejada en el escenario por unos actores soberbios, dibujada por los guionistas (el propio Trueba y Jean Claude Carrièrre) con el respeto que requieren la inspiración y el estilo, es una obra maestra.

No desdice esta opinión ninguna (ninguna) de las categorías premiadas por el jurado que ha silenciado este trabajo magistral, pero me permito llamar la atención sobre esta puntería. Hubo otros silencios, claro, y para algunos de ellos guardo en lo más íntimo mi personal desagrado (me hubiera gustado que Manuel Rivas se hubiera llevado el premio al mejor guión adaptado, pero esta es una pasión poética que tiene que ver con mis pasiones de lector), y estoy seguro de que otros tendrán sus gustos y sus disgustos, pero quería llamar la atención sobre esa puntería que convirtió (en el lenguaje de las crónicas) en Trueba al gran perdedor de la noche.

Como el gusto de los jurados siempre despierta la sospecha sobre las unanimidades (tan difíciles de lograr en otros tramos de la vida) he terminando pensando, seguramente sin razón, que a Fernando Trueba le darán un galardón en estos premios cuando no haga cine ni vaya a las galas. 

Con respecto a la gala: estoy de acuerdo con lo que escribe Borja Hermoso hoy en El País. Imaginar que el cine, que es poesía, protesta y testimonio, no iba a hacerse eco del enorme descontento social y político que se vive en España ahora es imaginar un arte sacado de la realidad. Y aunque exponga ficciones, pesadillas y sueños, el cine, los que lo hacen y lo que se ve, es pura reflexión sobre lo que le sucede a la gente.

Hubo discursos, breves y supongo que difíciles de digerir por el Gobierno, pero esta es la vida democrática. La gente se expresa en los foros que tiene a mano, y esta fue la oportunidad del cine, desde Eva Hache a Maribel Verdú, pasando por el presidente de la Academia. Y el papel de los políticos --Lassalle, Wert, los más visibles en la sala-- era el de escuchar y trasladar, pues la política no es consecuencia del silencio sino una actividad que vive gracias a la palabra, y ellos estuvieron y escucharon, sonrieron cuando era preciso y pusieron la cara que pone la gente cuando enfrente no tiene el espejo más grato; pero ahí estuvieron, me gustó verlos.

Gracias a la palabra, pues. A la que dicen los políticos y a la que se les oye a los ciudadanos. Y anoche hubo mucho ciudadano que tenía muchas cosas que decir para que las escuchara la política.

Algunas emociones: el Goya a Sacristán, el Goya de Honor a Concha. El Concha de Honor. El homenaje de Bardem al Sahara. 

Y la alegría de los premiados.

Los que esperaban silencio no lograron su propósito. Es que era un sueño absurdo y, con perdón, fuera de lugar. No se podía cumplir. 

Julio Sin Tierra, Julio ante el cielo

Por: | 16 de febrero de 2013

Julio Llamazares es una presencia bucólica en cualquier ciudad, como si con él vinieran la tierra y el cielo, el campo y el aire de los lugares que pueblan sus novelas solitarias, sus relatos en los que el frío se derrite ante un fuego misterioso, sus poemas que son abrazos que da a la nieve para que ésta sea el agua del caudal de un río constante y humilde.

         Es un caminante; en mi barrio, por ejemplo, donde habita, cerca de la plaza de Iglesia, es ahora un caminante matutino; antes era un muchacho que iba con su perra Bruna como si ambos hubieran hallado acomodo a sus modos de andar y fueran gemelos en eso, en el andamiaje de sus pasos. Soñador y tímido, a veces retraído por la retranca leonesa, que es prima segunda de la retranca gallega, en esos paseos sin rumbo, o que parecen sin rumbo, parece siempre que busca un punto en el horizonte, donde se pierde su fantasía.

         Aunque mire al frente, al lugar donde ya no suenan los ruidos de los coches, lo que hace Julio Llamazares es buscar el cielo. El cielo que perdió, que fue también el suelo en el que vivió de niño, con sus padres, en un pueblo, Vegamián, que fue inundado por una presa y que ahora es tan solo sueño en su mirada.

         Así que el Vegamián inexistente es su suelo y su cielo, y de él (del Vegamián hundido pero vivo en su memoria) está hecha su literatura, que es un ramalazo permanente de melancolía, un grito poético que no ha conocido tregua. En cierto modo, aunque es de León y en León tiene su hábitat de todas las estaciones, es un Julio sin Tierra, un Julio con Cielo. Escribió, teniendo detrás el trasunto de esas figuraciones fantasmales de la infancia, La lluvia amarilla, Luna de lobos, Memoria de la nieve, El cielo de Madrid… Como si en efecto entre las metáforas de agua que han ido consolidándose en su imaginario poético se hubiera diluido del todo la tierra y se quedaran prendidas sus manos de artista a lo único que quedó de Vegamián: el cielo.

         Ahora va a publicar este Llamazares que arrastra a la urbe su carga poética del cielo que posee y de la tierra que perdió un libro especialmente emocionante, de una densidad poética pareja a la inolvidable novela La lluvia amarilla. Esta nueva entrega de su narrativa insobornablemente poética se titula Las lágrimas de san Lorenzo y será publicada en abril por la editorial Alfaguara.

         El libro está lleno de amor, de amistad, de verano, de confidencias y de aire. Y de ficción. Pero no importa: la ficción de Llamazares, excepto en algunos libros suyos, como El cielo de Madrid, no perturba en absoluto la lectura poética de su alma; pues este libro, como todos los suyos, trata de entrar en la soledad de los hombres como si entrara en nosotros uno por uno. Puede pensarse, en algún momento de la ficción, que está hablando de él o que está hablando de otros, pero en seguida regresa la sensación de que en realidad está hablando de nosotros mismos, de cada uno de nosotros. De cada uno de nosotros en cualquiera de las edades de las que estamos constituidos.

         Toda la obra de Llamazares es, y así lo declara habitualmente, un puñetazo contra el tiempo; aquí también se enfrenta a ese poderoso individuo de los almanaques; contra la fugacidad de las personas y de las cosas, contra la fugacidad del aire en que vivimos, es por eso también una reflexión sobre lo que ha de suceder al cabo: que todo será arena, que estas preocupaciones de ahora se harán fugaces como las estrellas que han significado alguna vez cada uno de los veranos de nuestras vidas.

         Como en otras obras narrativas suyas, este Llamazares viajero se trae aquí, a este libro, ese ser andariego de playas, montes y navíos; esta vez lleva, en la ficción, muy importantes equipajes personales: el padre, el hijo, los amores contrariados; lleva también las emociones inexplicables, las preguntas que hace el hijo y que no podrá responder sino ese tiempo fugaz, y cuando le corresponda al hijo; están también los tíos perdidos en la guerra, la guerra misma, la misteriosa memoria de la guerra civil.

         Una novela sobre el tiempo, contra el tiempo. “El pasado era una idea cuya naturaleza se me escapaba y el futuro solo llegaba hasta donde alcanzaba el día”. A Llamazares la niebla de la ciudad no le ha ocultado la niebla verdadera, la que proyecta sobre sus pasos urbanos ese recuerdo que habita en sus ojos acuosos y como asombrados: la pérdida de la tierra.

Cuando estaba leyendo este libro le recordé esa relación habitual de sus títulos con el cielo. No hizo muchos comentarios. En un mundo que se toma tan solemnemente a sí mismo, Llamazares es una piedra prácticamente única: va por ahí sin el musgo de la importancia; escribe, es lo que hace, y cuando tú le dices que lo explique, que elabore un poco más sobre las metáforas que cree, él calla y te invita a chorizo con pan mientras te convida a ver fútbol al atardecer. Ahí está el libro, piérdete en él, camina por sus senderos, parece decir.

Onetti, que en eso es como él, me dijo un día que si tuviera que explicar sus libros en vez de escribirlos hubiera enviado telegramas. Que sirva esta línea última de telegrama o aviso: no dejen de leer, cuando salga, Las lágrimas de san Lorenzo. Es puro Julio Llamazares, el autor de La lluvia amarilla. Es, otra vez, este Julio sin Tierra mirando al Cielo.

 

Julio Sin Tierra, Julio ante el cielo

Por: | 16 de febrero de 2013

Julio Llamazares es una presencia bucólica en cualquier ciudad, como si con él vinieran la tierra y el cielo, el campo y el aire de los lugares que pueblan sus novelas solitarias, sus relatos en los que el frío se derrite ante un fuego misterioso, sus poemas que son abrazos que da a la nieve para que ésta sea el agua del caudal de un río constante y humilde.

         Es un caminante; en mi barrio, por ejemplo, donde habita, cerca de la plaza de Iglesia, es ahora un caminante matutino; antes era un muchacho que iba con su perra Bruna como si ambos hubieran hallado acomodo a sus modos de andar y fueran gemelos en eso, en el andamiaje de sus pasos. Soñador y tímido, a veces retraído por la retranca leonesa, que es prima segunda de la retranca gallega, en esos paseos sin rumbo, o que parecen sin rumbo, parece siempre que busca un punto en el horizonte, donde se pierde su fantasía.

         Aunque mire al frente, al lugar donde ya no suenan los ruidos de los coches, lo que hace Julio Llamazares es buscar el cielo. El cielo que perdió, que fue también el suelo en el que vivió de niño, con sus padres, en un pueblo, Vegamián, que fue inundado por una presa y que ahora es tan solo sueño en su mirada.

         Así que el Vegamián inexistente es su suelo y su cielo, y de él (del Vegamián hundido pero vivo en su memoria) está hecha su literatura, que es un ramalazo permanente de melancolía, un grito poético que no ha conocido tregua. En cierto modo, aunque es de León y en León tiene su hábitat de todas las estaciones, es un Julio sin Tierra, un Julio con Cielo. Escribió, teniendo detrás el trasunto de esas figuraciones fantasmales de la infancia, La lluvia amarilla, Luna de lobos, Memoria de la nieve, El cielo de Madrid… Como si en efecto entre las metáforas de agua que han ido consolidándose en su imaginario poético se hubiera diluido del todo la tierra y se quedaran prendidas sus manos de artista a lo único que quedó de Vegamián: el cielo.

         Ahora va a publicar este Llamazares que arrastra a la urbe su carga poética del cielo que posee y de la tierra que perdió un libro especialmente emocionante, de una densidad poética pareja a la inolvidable novela La lluvia amarilla. Esta nueva entrega de su narrativa insobornablemente poética se titula Las lágrimas de san Lorenzo y será publicada en abril por la editorial Alfaguara.

         El libro está lleno de amor, de amistad, de verano, de confidencias y de aire. Y de ficción. Pero no importa: la ficción de Llamazares, excepto en algunos libros suyos, como El cielo de Madrid, no perturba en absoluto la lectura poética de su alma; pues este libro, como todos los suyos, trata de entrar en la soledad de los hombres como si entrara en nosotros uno por uno. Puede pensarse, en algún momento de la ficción, que está hablando de él o que está hablando de otros, pero en seguida regresa la sensación de que en realidad está hablando de nosotros mismos, de cada uno de nosotros. De cada uno de nosotros en cualquiera de las edades de las que estamos constituidos.

         Toda la obra de Llamazares es, y así lo declara habitualmente, un puñetazo contra el tiempo; aquí también se enfrenta a ese poderoso individuo de los almanaques; contra la fugacidad de las personas y de las cosas, contra la fugacidad del aire en que vivimos, es por eso también una reflexión sobre lo que ha de suceder al cabo: que todo será arena, que estas preocupaciones de ahora se harán fugaces como las estrellas que han significado alguna vez cada uno de los veranos de nuestras vidas.

         Como en otras obras narrativas suyas, este Llamazares viajero se trae aquí, a este libro, ese ser andariego de playas, montes y navíos; esta vez lleva, en la ficción, muy importantes equipajes personales: el padre, el hijo, los amores contrariados; lleva también las emociones inexplicables, las preguntas que hace el hijo y que no podrá responder sino ese tiempo fugaz, y cuando le corresponda al hijo; están también los tíos perdidos en la guerra, la guerra misma, la misteriosa memoria de la guerra civil.

         Una novela sobre el tiempo, contra el tiempo. “El pasado era una idea cuya naturaleza se me escapaba y el futuro solo llegaba hasta donde alcanzaba el día”. A Llamazares la niebla de la ciudad no le ha ocultado la niebla verdadera, la que proyecta sobre sus pasos urbanos ese recuerdo que habita en sus ojos acuosos y como asombrados: la pérdida de la tierra.

Cuando estaba leyendo este libro le recordé esa relación habitual de sus títulos con el cielo. No hizo muchos comentarios. En un mundo que se toma tan solemnemente a sí mismo, Llamazares es una piedra prácticamente única: va por ahí sin el musgo de la importancia; escribe, es lo que hace, y cuando tú le dices que lo explique, que elabore un poco más sobre las metáforas que cree, él calla y te invita a chorizo con pan mientras te convida a ver fútbol al atardecer. Ahí está el libro, piérdete en él, camina por sus senderos, parece decir.

Onetti, que en eso es como él, me dijo un día que si tuviera que explicar sus libros en vez de escribirlos hubiera enviado telegramas. Que sirva esta línea última de telegrama o aviso: no dejen de leer, cuando salga, Las lágrimas de san Lorenzo. Es puro Julio Llamazares, el autor de La lluvia amarilla. Es, otra vez, este Julio sin Tierra mirando al Cielo.

 

Viva la radio

Por: | 09 de febrero de 2013

La primera vez que llegó la radio a casa mi madre la rechazó porque ella creía que en aquel vientre de cables y luces debía habitar el diablo. Sólo el diablo era capaz de hablar sin ser visto, y si ese aparato hablaba sería seguramente cosa del diablo.

         La segunda vez que vino la radio mi madre no estaba en casa. Unos hombres la trajeron en una caja enorme que decía por fuera GRUNDIG en letras muy grandes. La desembalaron ante la nerviosa mirada de mi padre, que reincidía, esta vez con éxito, ya tenía ese aparato en casa.

         Cuando ya colocaron sobre una mesa de mármol blanco aquella primera radio de nuestras vidas, mi padre le dio al interruptor, se encendieron las bujías, se iluminaron los nombres de las emisoras (Radio Berlín, Radio Londres, Radio París, Radio Andorra…, entonces las radios eran ciudades o países) y mi padre le dio al dial, como si estuviera navegando en las modernas webs de hoy en día.

         Lo que obtuvo en aquella ocasión era el bocinazo inclemente que llenó el salón de la casa como un grito del mar. Mi padre dijo: “Debe ser un barco que llega a Santa Cruz”.

         De pronto, esa frase, “Debe ser un barco que llega a Santa Cruz”, dominó por completo mi imaginación y, por consiguiente, mi relación con la radio. La radio contenía cables, bujías, voces, y también la luz de lo inesperado. Él, mi padre, contribuyó, con su ingenua explicación del origen del ruido, seguramente una interferencia, a creer que la radio era capaz de todo, que allí dentro estaba toda la vida, también la que se sueña.

         Y ya desde entonces no me pude desprender de la radio, hasta este mismo instante. Al contrario de lo que creyeron los agoreros de entonces, la inmediata aportación de la televisión no acabó con la estrella de la radio. Al contrario: ésta se revolvió con una solvencia emocionante; se hizo imprescindible en las casas y en los vecindarios, alcanzó una credibilidad altísima (“lo ha dicho la radio”) y sirvió, en épocas de penuria y peligro (catástrofes naturales, amenazas contra el Estado, en la naciente democracia) a informar a la gente de los peligros que corría y también de la solidaridad con la que debía contar.

         En mi caso particular, aquel descubrimiento que mi madre atribuyó al diablo y yo atribuí a los hombres (a los hombres que trajeron el aparato a casa), la radio fue desde ese instante una compañía insustituible a todas horas y en todas las circunstancias. Mi compañero de clase, y mi amigo, Juan Manuel García Ramos, suele decir que mi vida ha dependido del patio de mi casa y de Domingo Pérez Minik. Y de la radio, debo añadir.

Fui desde entonces, casi desde que llegó la radio a casa, enfermo crónico; pasé largas épocas de mi infancia, de mi pubertad y de mi inocencia, echado en la cama, atacado por distintas clases de bronquitis, incluida la asmática, que me pegaron a la radio permanentemente. En una época me supe uno por uno el contenido pormenorizado del dial, y sobre todo me aficioné a los programas deportivos. De ahí viene mi pasión por el fútbol y, subsecuentemente, me dedicación a la escritura. La radio decía (los resultados del fútbol, por ejemplo) y yo apuntaba. Eso me llevó a ser muy tempranamente un periodista. Hasta hoy.

         Y hoy sigo escuchando la radio, como el primer día, aunque ahora confieso que ya no me sé tan bien los nombres de todos los programas de todas las emisoras, que es lo que en años muy tempranos solía ocurrir. Recuerdo, en este sentido, con enorme cariño, programas como Fiesta en el aire, que hacían desde Barcelona Jorge Arandes y Federico Gallo; recuerdo a Joaquín Soler Serrano; en casa, en Canarias, recuerdo a Pascual Calabuig (“¡Pues no faltaba más!”, así acababa sus comentarios) y aquellos programas de Maite Acarreta, Mariano Vega, José Antonio Pardellas… Un día conocí a Fernando Delgado, entonces un joven profesional de la radio, que trabajaba en Santa Cruz, en Radio Juventud de Canarias. Por él supe que la radio no se hacía enteramente en directo, que aquellos dioses que yo había encumbrado además de en la radio estaban en la vida, caminaban por las calles, tosían, comía, dudaban; no eran, al contrario de lo que yo pensaba, dioses en su olimpo, ni diablos, por cierto, como creía mi madre… Eran como todos.

         Asumía, pues, que las estrellas de la radio eran humanas, y eso no les restó encanto. Hasta hoy la radio sigue siendo mi lado preferido de la vida, la que me dice, desde la mañana a la noche, que la vida sigue existiendo, que late, con la voz, la esperanza de que al otro lado haya siempre alguien. Ahora me he acordado de todo eso porque estoy leyendo un libro muy suculento sobre la radio de aquellos tiempos en que mi madre vio ahí dentro el diablo hablando. La novela es Estaba en el aire, el último premio Nadal, de Sergio Vila-Sanjuán; ahí están aquellos personajes que yo escuchaba demandando ayuda para los necesitados (de información, de ayuda) y está la atmósfera que debía haber detrás de aquellos genios a los que finalmente la vida (mi vida) les dio encarnadura mortal.

Hace unos meses leí, por cierto, la novela También la verdad se inventa, de Fernando Delgado, donde el oyente (el actual, al que se le permiten licencias que entonces eran inalcanzables) reinventa la vida, seguramente como hacía mi padre cuando confundía interferencias con las bocinas de los barcos que llegaban a Santa Cruz…

         En un libro y en otro me he sentido transportado a distintos tiempos de la radio; al tiempo continuo de mi vida como oyente de radio. Y esta mañana, cuando pensaba en estas cosas, he escuchado en la Ser a Ángels Barceló anunciando que este miércoles próximo es el Día Mundial de la Radio. Y es que la radio comunica también el azar, dice las cosas sin decirlas, como si esa voz (de Dios o del Diablo, quién sabe) lo supiera todo y supiera incluso lo que tú vas intuyendo. Así que el Día Mundial de la Radio es, en cierto sentido, el día de todos nosotros; al menos es mi día, yo lo siento así.

El País

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