Oficio de leer, la escritura del regocijo

Por: | 02 de marzo de 2013

Leer como lee José Manuel Caballero Bonald es un placer que lleva al regocijo. Como el jerezano que ganó el Cervantes este año es levemente prolífico y ampliamente veterano, ese sentimiento maravillado se repite con cierta y muy grata frecuencia. Y ahora aparece en el cielo de los libros como aquella lluvia que dibujaba Bagaría, de golpe, como una gota enorme que nos baña de la alegría de leerle leyendo. Esa gota inmensa (606 páginas) se titula Oficio de lector (Seix Barral) y es el libro en el que el maestro que escribió Ágata ojo de gato subraya todo lo importante que ha leído en los últimos decenios de su vida ahora coronada con los mejores laureles de la literatura en lengua castellana.

       Es un placer, un regocijo y una buena noticia disponer de ese bagaje de su cultura de escribir. Él dice, y aspiro a que esta sea la última vez que le copio esa aseveración que tanto le repiten, que no estuvo nunca dotado para la mala escritura; escribe bien, muy bien, esa es la naturaleza de su afán, escribir bien. Nunca dijo que leyera bien, eso se da por supuesto. Para escribir bien, algo que hace desde muy chico, hay que leer bien, y este libro es el testimonio de su mejor arte, la perspicacia para advertir en el ritmo de los otros la obligación de su propia música. Es, además, generoso, justo y, en lo que se refiere a su libertad de leer, perfectamente atrabiliario; no es un lector de un ojo solo, y tampoco de dos: lee con los dedos, con las manos, con el cuerpo, con la mente y con el gusto, y derrama lo que lee con una eficacia sentimental fuera de lo común, pues contagia sus gustos, uno quiere de inmediato sumergirse en los libros que él ha transitado, aunque uno ya los hubiera leído.

       Su variedad es el signo de su orientación: él busca, no ceja buscando, y su brújula es de calidad. Lo anuncia: “Sólo he procurado agrupar un elenco más entre otros posibles y en ningún caso un repertorio minucioso. Desde Cervantes o Juan de la Cruz a Juan Ramón Jiménez o Gabriel Miró, desde Góngora o Quevedo a Mallarmé o Kafka, desde Juan Carlos Onetti o Álvaro Cunqueiro a César Vallejo o José Ángel Valente, la historia de la literatura que media entre esos distintos autores responde a una escala de preceptos que me ha concernido de una u otra manera”.

       Que le ha concernido y que le ha exigido. La marca de Caballero Bonald, como escritor y como lector, es la señal de la exigencia; no hay desmayo en su minuciosa búsqueda de la voz del otro; ese afán abunda en detalles que son infinitesimales (como en los artículos sobre Miguel de Cervantes, que es el patrón mayor del libro), pero al fin sirven para contener la respiración total del escritor, desde su juventud hasta su madurez, desde las dudosas victorias que halla hasta el cumplimiento de su destino provisional de fracasado o perdedor.

       Esos capítulos en los que visita la vida y la obra de Cervantes son, quizá por la actualidad que le confiere su relación actual con ese nombre, especialmente atractivos para entender la minuciosidad rítmica con la que Caballero Bonald cumple su labor de contar cómo ha leído. Ahí está el lector, pero también está el ingenioso creador de metáforas tranquilas y terminantes, el humorista que todo músico bien nacido (bien nacido para la escritura) tiene dentro. Subrayé de su texto De las andanzas sevillanas de Cervantes este exordio en el que cumple la obligación literaria de la autocrítica (y de la sonrisa): “Cuando redactaba mi libro Sevilla en tiempos de Cervantes, se me fue acentuando una tentación poco acorde con mis inclinaciones narrativas: escribir una novela sobre las andanzas del autor del Quijote en esa ´gran babilonia de España` que fue la Sevilla de fines del XVI y principios del XVII. No una novela histórica, por supuesto, que es género emparentado con la numismática, sino una especie de aproximación imaginativa a esas incógnitas que subsisten por detrás de la realidad”. Esa alusión a la numismática, y otras del mismo cariz que cubren este y otros textos del ingenio feraz y fresco de Caballero Bonald, vuelve a revelar en el lector que él es un personaje que jamás se ha dejado llevar por la solemnidad que deplora y que siempre tiene presta la espada para azotar ciertas imbecilidades que se abren paso porque la puerta de la nada siempre está abierta a las naderías.

       Usé mi lápiz, en esos capítulos cervantinos, para situar al Caballero lector en las huellas lejanas del Cervantes escritor; y él va haciendo feliz y posible la tarea, porque desde su adolescencia, según cuenta, esos textos cervantinos que frecuentó han ido conformando su propia estatura de lector de Cervantes, desde su poesía a su narrativa, desde sus titubeos personales a sus “entusiasmo perdidos”. Su carta de batalla por la poesía de don Miguel de Cervantes es un desafío a los que una y otra vez han ninguneado los versos para poner el foco sobre la narrativa, cuando un ritmo y otro siempre han ido acompasándose en el trabajo cervantino como, entre otros, en la obra total del propio Caballero Bonald. Él acude a una frase de Vicente Gaos para apoyar sus lúcidas mociones al respecto: “La poesía de Cervantes es suya, y con ello queda expresada la imposibilidad absoluta de que sea mediocre”.

       Digamos que Cervantes es el pórtico de Oficio de lector, y pocas veces un umbral es tan preciso y tan necesario para entender la exigencia personal y literaria de esta pasión lectora. Pero el libro es aún más, como es aun más, siempre, lo que da Caballero Bonald cuando te acercas a él para aprender de lo que ha aprendido. En este caso, aprendió de Cervantes la ironía y el ritmo; de la vida, luego, aprendió que nada puede ser banal, aunque se ría escribiendo; y se ríe mucho, muchísimo, como en sus memorias e incluso en sus poemas más solemnes. Es imposible leer el libro y no verle, aún en su ausencia, regurgitando adjetivos precisos, subrayados imprescindibles, silencios que son tan elocuentes como su mirada tantas veces distraída por el genio de los que nacieron escuchando la inasible poesía del horizonte.

       Este de Oficio de escritor, me atrevo a decir, es tan cabal, tan profundo, como aquel narrador que vio por dentro la tierra en Ágata ojo de gato; se sale de ese libro siendo más saludable, como si te hubiera abierto de par en par la naturaleza de su respiración de escritor para que aprendamos de su manera de leer de dónde viene su manera de escribir.     

Hay 10 Comentarios

me encanta leer aunque no conozco a ese escritor, veré a ver...

No creo que yo hubiera escrito ni una sola línea de mis trabajos si no hubiera leído, leído de todo y en ese todo incluyo la poesía, la narrativa, los ensayos y documentos históricos y técnicos. Porque todo pasa por la misma materia gris que forma el intrincado ser que evoluciona con todas sus emociones.
Caballero Bonald, es un ejemplo de la tranquilidad de la escritura que seguramente es una consecuencia de la tranquilidad de la lectura, y es esa tranquilidad que proporciona leer, porque leer solo se puede hacer inmerso en un mundo o universo que se expande en el interior de uno mismo.
Escribir también tiene algo de esa tranquilidad, pero en mi caso tiene mucha inquietud y dinamismo porque cuando empiezo a escribir, se inicia una odisea en mi imaginación que no tiene reposo y descanso hasta que no escribo la última frase, esa frase que seguramente algún lector algún día lea tranquilamente.

Ahora me estoy acordando de una obra de teatro "La mecedora de Flotats y texto de Jean-Claude Brisville, que trata justamente del oficio de lector en una editorial "Un director de una editorial que no ha leído un solo libro de los que publica despide al único lector de textos que tiene en nómina en aras de la productividad de la empresa"
Interesante y actual texto escrito en la decada del 80

Los libros llegan a los escaparates porque existe un gran grupo de profesionales que leen manuscritos de aspirantes y consagrados autores, poetas y periodistas que le corroe el gusanillo de la fama, de salir del anonimato del despacho o de la redacción del periódico, recordar a Gabo, desde crio con la fiebre de encontrar la forma de escribir sin faltas y sin errores.
Todos y alguno en particular son famosos por esos profesionales que le leyerón, les retocaron los escrito y por supuesto tuvieron que liddiar con los cambios del texto.
Aveces pienso que somos ignorantes parciales, tenemos la mejor información que nunca se ha tenido, y llegamos a creer que el libro nace espontaneo. Graso error.
Salud y Resistir.
PD. Mi más alegre Enhorabuena por el poeta de provincia, que ha sabido resistir hasta que escampara y llegar la diosa de la paciencia y el silencio.

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Que diferencia de escribidor de "Pantaleón y las visitadoras" al que escribe artículos en El País cada quince días.
No siempre el tiempo ayuda a mejorar la ética de las personas.
Espero que cuando escriba su biografía elimine algunos escritos.
Salud y Resistir.

Interesante. Nunca hubiera pensado en la lectura como un oficio. Sí en la escritura, para los que viven de ella, claro. Pero la escritura no puede vivir sin la lectura y en mi oficio las necesito a ambas. Tendré que pensar también en ellas como otro oficio en el que superarme. "Lee con los dedos, con las manos, con el cuerpo, con la mente y con el gusto, y derrama lo que lee con una eficacia sentimental fuera de lo común, pues contagia sus gustos, uno quiere de inmediato sumergirse en los libros que él ha transitado, aunque uno ya los hubiera leído". No me he parado a pensar cómo leo, pero creo que es el momento de hacerlo.

Me tomé este fin de semana para la pura instrospección: leer mucho, escribir poco, ver pelis (ví por primera vez Brokeback Mountain y me dieron ganas de volver a escribir pequeñas historias de ese estilo), cocinar un poco y ordenar algo.
Teminé de leer "Pantaleón y las visitadoras" y empecé "Mañana lo dejo" de Legardinier (entretenida, muy entretenida novela) y entre leer para aprender a escribir y leer para imaginar historias que escribir, me encuentro con un post como este: tan bien escrito, tan fascinante que lo podría leer y releer sin haber leído a Caballero Bonald y, seguramante, a casi ninguna de sus lecturas. Pero disfrutar de este post mientras escucho a Ana Carolina Seu Jorge es suficiente como colofón de un fin de semana de pura instrospección
Bibiana Fdez Simajovich

La verdad es que tiene que ser un placer dejarse llevar de la mano de Caballero Bonald hacia tantas y tan buenas lecturas.

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Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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