Para entender a Jorge Semprún

Por: | 07 de junio de 2013

Era tan serio Jorge Semprún, tan circunspecto, que cuando lanzaba una carcajada te daban ganas de abrazarlo para agradecérselo. Este 7 de junio de 2013 hace dos años que murió. Poco antes de su muerte le fui a ver a París, a su apartamento de dos pisos cerca de la torre Eiffel. En un momento determinado se dispuso a salir para almorzar y fue a su cuarto a ponerse una chaqueta; cuando volvió se inclinó sobre la silla más vieja de su sala de estar y de su mirada se desprendió una señal de insoportable dolor. “No puedo, no puedo”. No hacía falta que lo dijera. Aquel hombre elegante y fuerte que burló a la policía de Franco cuando él era Federico Sánchez, comunista clandestino en Madrid, estaba azotado por una osamenta que certificaba el resultado de todas sus correrías, que comenzaron cuando era un chiquillo preso y torturado por los nazis en Francia. Luego vendría el campo de concentración en Buchenwald cuyas heridas están descritas en su libro más hondo y más conmovedor, La escritura y la vida, un breviario desolado que ahora sirve para entender lo más complejo de su vida y de la vida de la Europa desolada.

         Semprún iba vestido con una elegante camiseta marrón, se acababa de cortar el pelo, ese cabello blanco que era distintivo también de su personalidad, como sus ojos serios, a veces secos, escrutadores. Esta vez le había ido a ver, con el fotógrafo Juan Millás, para hablar para EL PAÍS sobre un libro (Franziska Ausgtein. Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo. Tusquets) que escudriñaba en zonas a veces abiertas y a veces oscuras de su biografía. Esta conversación tenía ese libro como pretexto, pero en el fondo de todo lo que dijo, a veces desgarrado, nunca distante, tiene como objeto regresar, aunque fuera a escondidas, a aquel La escritura o la vida que ahora evoco. Y quiero volver a esa conversación, porque es hoy, para mi, la mejor manera de explicar cómo se puede entender a Semprún, una biografía capital del siglo XX de Europa.

Lo tenía delante. Aquel muchacho de La escritura o la vida era ya un hombre para la historia, y su dolor no era una metáfora. Así que hablamos de la sustancia de su literatura, la memoria, y aunque ya parecía que el espejo le devolvía la palabra con la que termina la historia, él hablaba de seguir escribiendo qué le pasó, como si esta memoria de La escritura o la vida jamás fuera a tener fondo. ¿Qué no ha contado nunca, Semprún? “Cosas privadas que jamás contaré”. ¿Cómo se puede escribir memoria siendo tan reservado?, le pregunté. Me dijo: “Si te fijas, mis memorias son un poco victorianas. No hay nada íntimo, prácticamente. Son tan poco íntimas que no hablo jamás de Colette [su esposa, que ya había fallecido], por ejemplo, y he pasado 55 años con ella de compañerismo y matrimonio. La mayor parte de mi vida. Y jamás he dicho nada de ella”.

¿Cómo se puede? Siendo Semprún. “Nunca he hablado de cómo la conocí, de cómo hemos vivido, de los años de clandestinidad, de qué pensaba ella de mis idas y venidas, de mis salidas bruscas a Madrid, de los regresos tres o cuatro meses más tarde… No he hablado nunca de las vacaciones en la Unión Soviética con Santiago Carrillo y con ella…” Esas cosas forman parte “de los miserables secretos de la vida”, como dijo alguien. “Esos secretos no cambian nada. Cambian si haces una biografía de verdad, pero mejor hacerlas cuando el biografiado haya muerto”.

Esa reserva es una manera de ser que proviene de la infancia. “He sido muy tímido. Hasta una edad muy avanzada. ¡Y ahora cumplo 87 años, el mismo día que le dan el Nobel a Vargas Llosa! ¡No sabes cómo me alegro de ese premio!”

Hay un episodio de la vida de Semprún, cuando fue torturado por la Gestapo, que se cuenta en esta biografía de manera muy detallada. Él nunca aludió a ello, ni siquiera en La escritura o la vida. Ahora le gustaría contarlo, “pero de otro modo”. Arranca la confesión de la tortura que sufrió su compañero comunista Simón Sánchez Montero; la tortura era para que soltara dónde estaba Federico Sánchez. Sánchez Montero se mantuvo en silencio.

Él sufrió la tortura de la Gestapo, no la de la policía española, “quizá la de la Gestapo era un poco más ´científica`, digamos, con muchísimas comillas; y la española eran meras palizas que durante días y semanas constituían una tortura insoportable. Ambas, para hacerte hablar. Si no hablabas, si no cantabas, eso producía en el que podía haber sido delatado y en ti mismo un sentimiento enorme de fraternidad. Y eso sentí con Simón Sánchez Montero”.

La Gestapo lo sometió a “la bañera”, un método de tortura que aún andaba en sus pesadillas y de lo que nunca había escrito. “Es una experiencia terrible que durante años me impidió ir a piscinas donde fueran jóvenes amigos de las bromas, de las ahogaduras… Esas bromas a mi me volvían literalmente loco. Una vez estaba yo en la piscina que Yves Montand y Simone Signoret tenían en Normandía; me lancé a la piscina, una de los jóvenes que había allí hizo esa broma y nadie entendió que yo respondiera con aquel furor. La única que lo entendió fue Simone Signoret. Ella estaba en una tumbona al lado de la piscina, vio la escena y sólo horas después, ya en el salón, me dijo: ´Esa reacción tan brutal que has tenido en la piscina, ¿tiene algo que ver con ´la bañera `de la Gestapo?`. Ella conocía muy bien las historias de la resistencia, porque tenía muchos amigos que habían sido detenidos y torturados por la Gestapo. Y lo adivinó. Antes de la entrevista con Ausgtein, probablemente esa fue la única vez que hablé con cierto detalle de la experiencia de ´la bañera`”.

Tenía Semprún las manos muy pálidas, por esa blancura de la piel nadaban unas pecas insistentes. Muchas veces se tapaba parte de la cara con las manos, desplazaba el flequillo; 87 años, perseguido visiblemente por el dolor de los huesos, y este que fue Federico Sánchez y Pajarito (así lo llamaba la hija de Ricardo Muñoz Suay), acaso el tipo más guapo de la clandestinidad comunista en Europa, conservaba mucho del porte airoso de su juventud. Pero esa confesión sobre la tortura había caído sobre su ceño canoso. “Y tendré que escribir de ello; era muy difícil hablar de ello serenamente… Ahora ya no me conmueve tanto. Ya no. Ahora puedo escribirlo con total serenidad. Igual ha sucedido con las primeras experiencias en el campo de concentración. Puede que al contarlo me revuelva un poco, pero es algo pasado y asumido, asimilado, puesto en orden”.

Hacerle el mal a alguien a quien deseas el mal. Ese es el mal absoluto, la tortura, ¿no, Semprún? “Claro, claro. Yo tuve la suerte de que los primeros golpes de detención fueran puramente palizas, pero sin el propósito sistemático de interrogar; nadie me preguntaba nada. Me habían cogido, habían descubierto un arma que llevaba conmigo, y la policía militar, antes de que fuera a la Gestapo, me hizo todo tipo de barbaridades. Pero nadie me preguntaba nada”.

 “Me mentalicé: tenía que resistir, no debía hablar”. Decidió contarles un cuento a los policías. “Un cuento que no pusiera en peligro a ninguno de los compañeros del grupo de la resistencia. Un novelita rosa que esos días era posible leer en la propia prensa de los colaboracionistas: yo era el pobre estudiante que no tenía dinero, que oye una conversación y que es encargado de llevar unas maletas cuyo contenido desconoce. Cree que está metido en el mercado negro y un día descubre que en realidad está metido en el transporte de armas, que no puede dejar porque lo amenazan de muerte”.

No lo contó de buenas a primeras; no lo hubieran creído, demasiado preparado. “Pero si lo contaba en el momento que parezco derrumbarme entonces me creerían. Así que aguanté días de interrogatorio, palizas, jornadas enteras en ´la bañera`, un día me metían vestido, otros días me metían en calzoncillos. No sé por qué aquel día me metieron vestido… Y ese día, sofocado, mientras me gritaban, me insultaban y me metían una y otra vez en aquella tortura, me dije ´Es el momento`.”

Le creyeron. Le habían dicho sus compañeros de la resistencia cómo iba a ser la tortura. ¿Sabe lo que es la tortura alemana?, le preguntaron. Hay una primera fase de golpes, luego te cuelgan por las esposas, y luego te hacen lo de “la bañera”; “yo sabía que lo de ´la bañera` iba a ser lo peor”. Él tiene “un miedo congénito” a la sofocación, “a no poder respirar tranquilamente”. Ahora, “con este dolor absurdo de la espalda, los únicos momentos de angustia que me provoca este sufrimiento se producen cuando no puedo respirar. Me despierto con unas angustias por la noche porque no puedo respirar bien. Ese horror a perder la capacidad de respirar es infame”.

Es de nacimiento y lo reprodujo, lo puso a flor de piel, la Gestapo. ¿Ese es el trauma que más ha perdurado entre los sufrió Semprún en ese periodo de cárcel y confinamiento? “Pues sí. Y por eso no he hablado de él”.

Hay un episodio escalofriante en la vida del campo de concentración que se pone de manifiesto en la biografía que ahora nos ha llevado a hablar con Semprún: cuando en Buchenwald se producían listas de prisioneros que debían ser trasladados, y Semprún estaba al cargo de las listas. “Yo quitaba de las listas. Y quisiera precisar, dar mi versión. Es un discusión eterna que a la gente le cuesta comprender”.

“Había”, recuenta Semprún, “una posibilidad de quitar prisioneros de las listas de los que habrían de ser desplazados. La posibilidad venía a través de una relación clandestina con la resistencia. Aquel era un campo comunista, en el sentido de que había sido construido en 1937 para la reeducación de los alemanes adversarios políticos del régimen, y allí estaban concentrados los presos políticos alemanes, primero para construirlo y luego para administrarlo. Las SS quisieron en un tiempo pasar la administración del campo a los presos comunes, para joder a los políticos. Pero terminaron dominándolo los presos políticos, que eran comunistas o socialdemócratas alemanes”.

Sobre 1940 y 1941 empezaron a llegar presos extranjeros; primero checos, y después occidentales europeos, “sobre todo franceses de la resistencia, comunistas de otras nacionalidades…” Cada partido comunista, recuerda Semprún, “aplicaba su política nacional en esa organización clandestina. Era una política de frente abierto, de frente popular, mientras que los comunistas alemanes  seguían con la política sectaria de los años treinta. Clase contra clase. Para ellos no había aliados. No había más que los que eran comunistas y los que no lo eran…”

Y la cosa iba así, relata el autor de La escritura o la vida: “El jefe SS le dice al jefe comunista del comando de internos: ´Mañana o pasado, a las seis de la mañana, quiero 3.000 deportados formando filas en la plaza del campo para ir a tal sitio`. Eso no tenía vuelta de hoja. Tal día, 3.000 deportados. ¡Parece como si hubiera alguna posibilidad de elegir! ¡Ninguna! Tiene que haber 3.000 deportados. ¿En qué interviene la resistencia? En intentar quitar de esas listas a alguna gente”.

Él cumple esa misión; lo declara con énfasis, no quiere equívocos, su rostro se hace más tenso, y ahora no es el dolor, es la historia. ¿Qué criterio seguía, Semprún, para decir este sí, este no? “El que tenía la resistencia. Tendía a ser gente importante de la resistencia de cualquier país. Podían saltar de las listas jefes gaullistas, oficiales enviados por Londres para la lucha clandestina, comunistas, socialistas…”

--¿Aplicaban ellos los criterios o le decían a usted cómo había que aplicarlos?

--En ese caso concreto yo no era más que un comunicador. Comunicaba a los españoles las decisiones. Nunca tuve ningún problema porque los españoles no eran enviados nunca en transporte. Eran pocos, 250 o trescientos detenidos por la Gestapo en la resistencia francesa. Y había una especie de consenso entre los deportados: a los españoles no se les tocaba, quizá por el prestigio que habían alcanzado en la guerra civil… Y era fácil protegerlos: eran pocos. Era mucho más difícil proteger a los franceses y a los alemanes, que eran miles y miles.

Es decir, Semprún no tenía problemas con los españoles, “pero podía ser utilizado para que los compañeros franceses me dijeran a qué personas había que sacar de la lista… También hacía alguna cosa a título personal, sin contar con la organización comunista alemana: yo trabajaba en el fichero y me correspondían los presos desde el 40.000 hasta el 60.000, occidentales, franceses, que habían llegado, como yo, entre el 43 y el 44, y yo era el número 44.904. A veces hacía lo que decían los comunistas que yo conocía, sin decírselo a los alemanes; actuaba de ´guerrillero`, salvaba a ciertas gentes sin contar con la organización”.

La SS lo podía descubrir, si investigaba. “Pero eran muy perezosos. Lo que hacía era inscribir a lápiz el número de la ficha, para luego poderlo borrar y que esa ficha fuera válida para otro que llegara. Hay números que han pertenecido a varias personas. El muerto desaparecía y se le daba su número a otro recién llegado… Tenía dos fórmulas, ambas con iniciales, DIKAL o DAKAL: No puede ir a otro campo o No puede ir a ningún comando exterior. Eran inscripciones que se hacían por orden de la Gestapo para mantener a mano a ciertos presos. Cada vez que yo ponía por mi cuenta esas iniciales, que evitaban la deportación, me jugaba la vida porque ante cualquier duda la SS podía pedir la orden. Y, claro, la orden no existía, la había inventado yo”.

A Semprún le perturbaba que ahora volviera a decirse que él elegía a unos o a otros. “No, no. Elegías a los que salvabas. Luego la puta casualidad o la puta mala suerte hacen que en esa lista vaya gente pero tú no las has elegido. Positivamente, elegías a los que salvabas. No mandabas en los que iban… Es difícil entender la complejidad del asunto, lo comprendo… Pero mira lo que decía el filósofo católico Jacques Maritain… Decía, en su libro Los hombres y el Estado, que hay momentos en la vida en los que no se puede aplicar la moral habitual, común, en los que hay que inventar una moral de excepción. Y da el ejemplo de los campos de concentración, y en concreto del campo de Buchenwald”.

Eugen Kogon, cristiano demócrata que estudió también esa moral en Buchenwald, también señalaba, cuenta Semprún, “cómo cosas que en la vida normal son malas o criticables pueden convertirse en justas y válidas en la vida de los campos. Da el ejemplo de acabar con los confidentes, cosas así, que son brutales. Y es un pensador católico quien lo dice. A veces se dice que tuvimos la posibilidad de elegir a los que iban en las listas. No. Podíamos limitar algo el efecto de la orden sobre los que tenían que ser deportados. Y se acabó. No había más poder”.

Se siente extraño Semprún siendo objeto de una biografía. “Es mi vida. Pero no soy yo. No sé cómo decirte”.

--¿Y qué falta para que sea usted el que aparece en esta biografía de Franziska Ausgtein?

--Quizá que, por vanidad, por orgullo o por engreímiento considere que mi vida sólo la puedo contar yo. Escribirla yo. Eso está escrito, no es una entrevista periodística o radiofónica, y no es mi voz. Y esa vida sólo la puedo contar yo. Ya te digo que quizá sea puro engreimiento, pura vanidad.

Hay una palabra tremenda en el título, Traición (Lealtad y traición). Semprún no sabía muy bien si esa expresión tan terrible tiene que ver con lo que sucedió entre el Partido Comunista francés y Marguerite Duras, expulsada de la organización. Según se deduce, durante años se mantuvo que fue un informe de Semprún el que la condujo a esa tiniebla. Él no lo cree, por tanto no siente que la palabra traición vaya con él en este caso. “Hubo una expulsión de Duras y su entorno; se quejaron, escribieron cartas pidiendo que se anulara la expulsión. Como yo era muy amigo de ellos me encontré metido en este asunto sin saberlo”.

Ellos, Duras y Semprún, reconstruyeron la relación, pero ahí está la sombra. Robert Antelme, compañero de Duras, aseguró que Semprún estuvo presente en la reunión en la que se decidió la expulsión, “pero que yo no dije una palabra. ¡Eso es imposible en las prácticas comunistas! Si yo estoy en una reunión en la que va a haber estas expulsiones y soy, como ellos dicen, uno de los acusadores, me obligan a hablar. Es la vieja táctica leninista. Sin embargo, Antelme dice: ´Estaba pero no habló, lo vi allí silencioso`. ¡Tan silencioso que no estaba!”.

Cuando apareció la versión que lo acusaba buscó los documentos, pero alguien los había inutilizado o desplazado. El episodio le llevó finalmente a abandonar el PC francés y a concentrarse en el Partido Comunista de España. “Lo que yo reprocho”, decía ahora Jorge Semprún, que de vez en cuando suelta tacos bien españoles, “y diría que es una cabronada, es que se haya utilizado ese asunto sólo unilateralmente. Lo que yo pretendo es que se vea que el documento de Antelme, en el que se me acusa, es un documento típicamente estaliniano en el que él se cubre de inocencia, como en otros documentos estalinianos a otros se les cubría de culpabilidad… Antelme tuvo una rara enfermedad y murió poco después, pero Duras nunca me dijo directamente nada de aquella época. Lo cierto y verdad es que yo no estaba cuando eso sucedió”.

Se convirtió, dice, “en el chivo expiatorio; quizá fui imprudente: cuando comenzó todo tenía que haber cortado por lo sano. En todo caso, eso aceleró mi disgusto, mi náusea, y mi disposición a ir a España clandestinamente”.

--¿Siente usted ahora que traición es una palabra para definir lo que hizo?

--No tengo ni idea. Ese título no lo entiendo y no lo comprendo. Es posible que exista la idea de que es inevitable hablar de traición cuando abandonas el comunismo. Es posible.

--¿Y qué siente usted?

--Nada. Me muero de risa cuando me lo dicen. Precisamente por eso, con una cierta distancia y sin entrar en cuestiones personales, quiero hablar de mi vida política. Diré que durante veinte años, más o menos, he intentado ser comunista. Pero no comunista de salón, comunista tanto teórica como prácticamente.

Eso quería decir, para Semprún, empuñar las armas en la resistencia, clandestinidad… “Un compromiso real”.

Y he aquí lo que pasó después: “Creo que gran parte de mi vida ha consistido en destruir todo eso. No en traicionarlo: en destruirlo en el sentido de dejar de ser buen comunista para ser buen demócrata. De ahí mi interés por Europa, porque es una de las cosas que me han ayudado a distanciarme del comunismo y del leninismo y a comprender las virtudes de la razón democrática… Cuando has sido comunista de verdad durante veinte años, en cargos de responsabilidad, no es para presumir de haber estado en los salones con Louis Aragon. No, es otra cosa. Y abandonar eso para ser un demócrata radical, un reformista radical, un anticapitalista radical, pero no comunista…, eso es un asunto que vitalmente tiene su peso. ¿Traición? Cuando veo en el libro ese título, Lealtad y traición, me digo: ´Bueno. Ya está. La lealtad ha jugado un papel, ¿pero la traición? A lo único que he traicionado es a mí mismo”.

--¿Por qué, Semprún?

--Cuando me critico como comunista traiciono mis ideales de juventud. No lo considero traición, lo considero una consecuencia de lo que yo pensaba de verdad, lo que de verdad quería. Nunca he querido el estalinismo; es algo que ha venido añadido, un valor (o un desvalor) añadido. Y lo he sido, he sido estalinista. Pero la palabra traición no la entiendo.

Y luego se va del partido español, tras la clandestinidad tan llamativa de Federico Sánchez. Hay un detonante, en 1959; y ocurre en un lavabo moscovita. Carrillo entra hablando muy mal de la Pasionaria y a Semprún le parece que su jefe político ha entrado en la paranoia estaliniana. Él lo cuenta, ahora, jugando a veces con su pelo, a veces con su reloj minúsculo que parece muy viejo.

“Hay una serie de momentos que van cristalizando, en los que se mezclan cuestiones españolas y del movimiento comunista internacional. 1959. Después del fracaso rotundo de la huelga nacional pacífica de primeros de junio una delegación acompaña a Carrillo a explicarle a Dolores Ibárruri, secretaria general entonces del PCE, que ese fracaso ha sido un éxito… Carrillo va muy preocupado porque Dolores se ha opuesto a la consigna de huelga general. Esa consigna la da Carrillo contra la voluntad de ella. Él iba con la idea de mostrarle que, a pesar del fracaso, la huelga ha sido un éxito porque había movilizado a enormes cantidades de gente. Con Carrillo va una delegación en la que está Federico Sánchez, que ha trabajado en el interior y que todavía está de acuerdo con Carrillo en lo esencial”.

La reunión comenzó con la declaración de dimisión de Dolores como secretaria general. El cargo debería ser para Carrillo, que está más cerca de España. “Carrillo”, recuerda Semprún, “está nerviosísimo. Las rodillas no le paraban. Hasta que llega el momento inevitable del café y del baño. Y allí la puta casualidad hace que me encuentre con Líster y con él. Estábamos los tres solos y yo les digo: ´Ha estado bien la vieja porque facilita todos los problemas`. Dolores estaba muy lejos, muy vieja”.

Semprún dijo aquello “y en eso Carrillo se vuelve hacia mi en el baño, y con la mirada de odio más espeluznante que te puedas imaginar me dice: ´¿Pero tú qué entiendes de estas cosas? ¿Tú qué sabes? ¿Qué maniobras estará preparando? ¿Acaso con los soviéticos?` Y ese fue el momento en que surgió en el carácter de Carrillo algo que ya definiría mi relación con él…”.

Sin duda, era Carrillo quien más destacaba en aquella organización, “era mucho más inteligente, mucho más entregado, mucho menos desmoralizado por el exilio, no era borracho… Pero aquel hombre cambió para mi en aquel cuarto de baño moscovita. El hombre de las intrigas, el paranoico… La paranoia es una enfermedad típica del estalinismo. Siempre estás viendo conspiraciones contra ti. Hay miles de anécdotas sobre la paranoia de Stalin. No voy a comparar a Carrillo con Stalin, pero a partir de entonces empecé a prestar atención a cosas que había oído de él, de los viejos militantes en Madrid. Y poco a poco la figura de Carrillo empezó a transformarse. Aunque aquello no fue lo decisivo”.

El momento decisivo fue en 1960, en una reunión del PCE a la que asiste Suslov, “el rey de la teoría, el dios permanente que había empezado con Stalin”; Carrillo hace una exposición, “brillante, sobre la política de reconciliación nacional”, Y Suslov le replica: acusa a Carrillo de revisionista, y le recuerda “que un partido comunista-leninista no podía abandonar la idea y la estrategia de la lucha armada. ¡Que había que pensar en la posibilidad de mantener la posibilidad de la guerrilla urbana! Estaba desautorizando a Carrillo, claro”, y Carrillo empezó a enviar esos mensajes a España, “donde eran recibidos entre carcajadas. Ridruejo me lo dijo: Enrique Múgica le trajo uno de esos mensajes: volveremos a las andadas, podría haber submarinos soviéticos trayendo armas a España. ¡Ridruejo se moría de risa!”

En ese momento es cuando, “intelectualmente”, rompe Semprún, aunque no lo expulsaran hasta cinco años más tarde. “Por que me digo que con esta gente no se puede ir a ningún sitio… La retórica del partido se dirige a una España irreal que ya no existe, la España de la miseria, la España de la que se reía Luis García Berlanga”.

 Semprún fue expulsado. ¿Se produce un vacío? “He tenido mucha suerte en eso. No puedo compararlo con lo que sufrió Fernando Claudín, que tuvo un tránsito mucho más difícil, mucho más trágico. Yo hago mi último viaje clandestino a España en diciembre de 1962, para presentar a los camaradas al hombre que me va a sustituir, José Sandoval. Dura unos meses, claro, no conoce Madrid, fuma como los rusos, rápidamente lo captura la policía. Y viene luego Julián Grimau, y ya se sabe lo que ocurrió con él. Y yo volví a Francia, aburrido del exilio, con la perspectiva, además, de mayor aburrimiento. Soy expulsado del partido, pero al tiempo que me voy aparece en Francia, editado por Le Temps Modernes de Jean Paul Sartre El largo viaje, así que salgo del partido y empiezo mi carrera de escritor. Lo que quise ser desde los ocho años. No hubo vacío. Siguió la vida”.

Le pregunto si ha cambiado su consideración hacia Carrillo. No hay titubeo. “Ha cambiado en el sentido de que es todavía peor que antes. Todavía peor que cuando él era dirigente y nos enfrentamos. Carrillo tiene un problema con la historia. Es un dirigente inteligente; hoy es un padre de la patria, pero tiene un bloqueo de la memoria total. Hay una época, desde 1944 a 1948, de la que él no quiere hablar. Es la época en la que él, con otros, con Uribe y con Pasionaria, reconquista el poder en el PCE. Reconquistan el poder en el partido a base de la eliminación física o política de todos los que han dirigido el partido. Esos son los tres años de los cuales no se puede hablar con Carrillo”.

Y hay un episodio que Semprún relata según le ha contado Carrillo: cuando en una reunión de éste con Stalin, el dirigente soviético le sugiere que los comunistas creen en España lo que luego serían las Comisiones Obreras. “¿´Dónde están las masas en España?´, le pregunta Stalin. ´En los sindicatos verticales obligatorios`. ´Pues trabajen ahí’… Un día se lo dije a Antonio Gutiérrez, cuando éste era secretario general de Comisiones y yo era ministro de Cultura: Stalin inventó la táctica de Comisiones Obreras… Y eso Carrillo no lo quiere recordar porque fue una iniciativa de Stalin que él no quiere reconocer por razones muy complejas, incluso por buenas razones, pero que le quitan a él protagonismo. La táctica no la inventó él, la inventó Stalin. Lo siento, pero así fue”.

Ahora Jorge Semprún ve caer el mediodía y, más aún, ve caer los años. Su preocupación española ahora es “el porvenir tétrico” que parece vivir su país; el PSOE “y la izquierda europea en general está en un momento tétrico” y “la incompetencia del Partido Popular es extraordinaria… Como no va a ser Alberto Ruiz-Gallardón quien lo dirija en los próximos meses, y él es un hombre mucho más civilizado que el resto (y no voy a hacerle muchos elogios, para que el elogio no vaya en su detrimento), el porvenir me parece doblemente tétrico…”

--¿Y qué ha pasado, Semprún?

--Que hemos llegado con retraso a todo. En el último libro de Toni Judt, un libro patético, escrito ya contra la muerte, hay un elogio, que en el fondo es para la socialdemocracia, del modelo europeo frente al modelo anglosajón del capitalismo. Es verdad, es mejor Europa, pero no lo ha sabido aprovechar.

Le pregunté al final si había en su alma algún arrepentimiento. Desgranó los posibles para descartarlos.

--¿Me arrepiento o reniego de haber sido militante del comunismo estaliniano? No. Creo que en aquel momento había una justificación para ello. ¿Me arrepiento de no haber salido del PC en el año 56, el año del XX Congreso, de los movimientos antiestalinistas populares antisoviéticos en Polonia y Hungría? No. Porque soy español; si hubiera sido francés habría sido el momento de romper. Pero en España, cualesquiera que fueran los crímenes de Stalin, luchar con el Partido Comunista contra Franco valía la pena.

En el libro que ha servido de pretexto para estas confesiones de Semprún se recuerda lo que se decía en Buchenwald. El bien es robar el pan y repartirlo bien. ¿Sigue siendo eso el bien, Semprún?

Y Semprún dijo, ya con el semblante más aliviado porque acababan las preguntas, aunque persistiera el dolor:

--No. Esa fórmula no la repetiría hoy. Robar no. Pero el bien, desde luego, es repartir mejor. Y se puede repartir mejor. Eso es lo absurdo de la situación, que es posible. 

Fue, para mi, la prolongación, dicha en palabras, de La escritura o la vida, acaso el libro más conmovedor de Jorge Semprún, y sin duda uno de los más conmovedores relatos de vida que yo haya leído en mi vida. Dos años después de la muerte de Jorge Semprún no se me ha ocurrido mejor evocación que relatar otra vez ese momento en que fui a verle habiendo subrayado, de nuevo, aquella crónica de su vida en el campo de concentración. Aquella fue una confesión, ésta a la que ahora he vuelto completaba aquel escalofriante relato.

Hay 14 Comentarios

En estos tiempos de Ya tal,
se echa de menos su clarividencia de pensamiento.

MAESTRO CRUZ


Qué tiene que ver el color del gato, si lo que importa es si caza, como decía un chino al que llaman señor X. Qué importa si eres amigo de uno que vive en un 4º piso o de uno que se llama Carlos Slim, lo que importa es que utilices tu inteligencia para matar y expoliar.


Han (sic) pasado casí (sic) medio siglo desde que eché un polvo, y aún me pregunto por el sexo de los angeles (sic).


Salud y Resistir (no vayáis al wáter muy a menudo, resistid, y así tendréis mi tripón y mi cara de estreñido).


Saludos Antoñito de Cartagena.


P.D. El comentario Publicado por: Antonio Corbalán | 07/06/2013 19:36:40 no es mío y debería borrarse por pornográfico.

Qué tiene que ver el color del gato, si lo que importa es si caza.
Que importa si vives en un 4º piso o en un duplex, si lo que importa es lo que haces con tu inteligencia.
Han pasado casí medio siglo, y aún nos preguntamos por el sexo de los angeles.
Salud y Resistir.

El bien es robar el pan y repartirlo bien. ¿Sigue siendo eso el bien, Semprún?


--No. Esa fórmula no la repetiría hoy. Robar no. Pero el bien, desde luego, es repartir mejor. Y se puede repartir mejor. Eso es lo absurdo de la situación, que es posible.


Y en un acceso de furor, desgarró su elegante camiseta marrón de 357 euros, IVA incluido.


Carrillo vivió de forma coherente, equivocado o no. Vivió en Vallecas y murió de esa condición. Semprún vivió en un duplex en París, rodeado de lo mejor.

Ahora bien, si se quiere coger el rábano por las hojas, adelante. Hay para todos.

Tom

Quizás por no conocerlo, siempre lo imaginé sonriendo. Todas las fotos parecen sonreir a la vida. Y si me conmueve, es porque su vida supera el mejor guión escrito que pudiera marcar un tiempo, una moda o un estilo.
Me llena de alegría saber cuánto hemos ganado. Tener la suerte de poder vivirlo.
Dar las gracias a todos los supervivientes y a cientos de miles, millones, que no volvieron de ninguno de los campos. Porque pienso también en los de Stalin.
No tuve problemas para entender a Semprún. Se expresa perfectamente y los libros que ha dejado me parecen joyas.
Me extraña que algunos se atrevan a juzgar situaciones de la vida de otros que jamás vivirán por falta de capacidad, de coraje, de honor, de amistad y de humanidad.
Sobre todo hoy, este escrito llama poderosamente la atención. No han pasado tantos años para dejar de pensar en la diferencia de actitud. ¿Quién abandonaría hoy su sillón para luchar sabiendo que llegará a lo más oscuro e infernal del mundo? ¿Con un pasaporte de la resistencia y con billete de ida?
Pero volvió de la muerte. Por eso creo que es un deber leerle siempre que podamos. El agradecimiento es tanto y a tantas personas, que nunca dejaremos de deber.

Hace mucho que no respondo aquí por franco cansancio. Hoy lo hago aunque cansado. Carrillo no murió en Valllecas

Si, pero Carrillo murió en Vallecas y Semprún en un duplex

Diré que durante veinte años, más o menos, he intentado ser comunista. Pero no comunista de salón, comunista tanto teórica como prácticamente.


Y se lo demuestro inmediatamente: en lo práctico, yo siempre zanjaba los grandes debates políticos haciendo pipí con Carrillo. No se puede estar más pegado a la práctica, creo yo.


En lo teórico, conocía ampliamente la obra marxista como todo joven de buena cuna que se precie. Yo podía recitar casi de memoria obras como Los cuatro cocos, Sopa de ganso, Una noche en la ópera, Un día en las carreras, El hotel de los líos, Una tarde en el circo y muchas otras más. Tal es la potencia de mi mente privilegiada.


Jajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajajaja


Impresionante entrevista!! impresionante crónica!!, la leí como esperando el final de la historia, de ESA historia, como si no la supieramos -al menos sabemos lo que nos han dejado saber, que nunca es suficiente-
Tengo, todavía, los pelos como escarpias.
buenísima, Juan Cruz, ¡¡quiero más!!
Bibiana Fernández S

Gracias Juan, una vez más por trascribir una vivencia de Jorge Semprú.
El valor, la decencia y la verguenza se aprenden o se adquieren en los primeros años de la vida del hombre, cuando crece y aprende como gira la vida, como desarrollamos nuestras relaciones de familia, de vecinos y de los seres más allegados.
Despues con los estudios aprendemos otros conceptos que nos ayudaran a conocer una profesión, un oficio que nos ayude a convivir con el resto de la sociedad.
Pero en los momentos más dificilies, más duros y sobre todo en donde debemos demostrar nuestra talla como individuos completos, en solidaridad, en justicia y bondad es cuando echamos mano a nuestros conocimientos, nuestros recuerdos de la decencia, la verguenza y la solidaridad con el resto de los seres humanos que nos acompañan en la vida.
Salud y Resistir.

Maestro Cruz

En tú último libro “Especies en extinción” Juan Cruz Ruiz nos das unas impresiones muy positivas de Jorge .Semprún y con este comentario tan nutritivo, complementas aun más la figura de un ser humano excepcional. Hoy que este país camina por el borde del desfiladero .Es bueno recordar a personajes que dieron su vida por un país y por sus gentes, su ejemplo y su compromiso con este país, donde actualmente se mira para otro lado ante los atropellos a las libertades. Hoy Semprun dos años después de dejarnos estaría horrorizado de ver en que se está convirtiendo este país. El podía después de lo que sufrió haberse quedado en Paris tranquilamente y haber pasado de España, pero nunca acepto la nacionalidad francesa que sin duda hubiera obtenido sin ningún problema, siguió peleando por un país democrático y con futuro, nunca se doblego ante ningún dirigente (que se lo pregunten a Carrillo o Alfonso Guerra) y mantuvo una dignidad y un saber estar muy de agradecer.

P.D.La vergüenza y la dignidad son valores que no se deberían perder. Hoy en este comentario se habla de un ser humano valiente, digno y con vergüenza cívica. Mientras que hay personas que, nunca serán capaces de dar la cara por esa cobardía intrínseca que en este país tienen los de una determinada ideología. Me ratifica ese tipo de comportamientos en mi convicción de que en este país hay muchos cobardes que no dan la cara y así nos va. Las redes han traído cosas buenísimas , pero ha traído una clase de seres humanos ratoniles que en tu cara no son capaces de decirte nada y sin embargo amparados en el anonimato,se engallan y dicen lo que en su puñetera y miserable vida, no serian capaces de decir por su cobardía innata .
“La cobardía es la madre de la crueldad.”
Michel De Montaigne

Saludos Paco

Magnífico artículo. Gracias.
https://lalenguasalvada.blogspot.de/2012/07/visto-en-berlin-gleis-17.html

¡Espléndido!

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Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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