Hace al menos una década le pregunté al médico, el doctor Rafael Lozano, en Madrid, qué podría hacer para tachar el estrés que padecía entonces; la vida me daba vueltas, cada día era una pregunta más, y el cansancio parecía ya la propia vida.
Me dijo que fuera a una playa, que caminara descalzo sobre la arena. Y volví al Médano; recuerdo que hacía frío, que las calles desiertas de este lugar que una vez fue sólo de arena parecían una fantasmagoría; caminé por las playas desnudas, me sometí a un silencio que quizá era más profundo que el aire, y regresé a Madrid como si hubiera escuchado el consejo de un viejo y mi alma estuviera más hecha.
Ahora estoy en el Médano; a mi alrededor hay extranjeros de todas partes, hace sol, escucho, en este cibercafé, a un italiano que habla inglés por teléfono con alguien que está en Barcelona, acabo de comprar todos los periódicos de la jornada, y sé que a lo largo del día las preguntas con las que he comenzado el día seguirán siendo las preguntas con las que me desperté, pero en medio acaso haya algún mensaje que las cambie.
He leído los mensajes de ayer ahora, porque me dejé el ordenador en Madrid, perdido entre libros; por eso al despertar no he podido compartir con ustedes esta sensación de perplejidad ansiosa con la que siempre me he despertado los domingos.
Ahora caminaré descalzo, hacia la Montaña Roja. Me llamó esta mañana el pintor Cristino de Vera. A veces me pide que le lleve arena de aquí.
Ah, y a la chica que me quiere entrevistar, que me ponga su correo electrónico. Que me mande el correo, y las respuestas.
