Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

El muchacho que iba en el tranvía azul

Por: | 15 de junio de 2014

“Un joven recién salido de la adolescencia viaja en un tranvía azul…” Ese muchacho es Manuel Vicent, nació en Villavieja, Castellón, en 1936, y en ese tranvía azul iba a Valencia, a la playa de la Malvarrosa. De esa experiencia, y de la fermentación literaria de su memoria, nació su novela Tranvía a la Malvarrosa, que publicó hace veinte años en Alfaguara, para continuar, como dijo esta mañana en la Feria del Libro del Retiro de Madrid, “mi mejor libro, Contraparaíso”.


​Veinte años después, se dijo en esa conmemoración bajo los árboles del parque, Tranvía a la Malvarrosa “se lee aún mejor”, porque la perspectiva de las décadas le dio al libro la serenidad de su belleza y “permite descubrir nuevas cosas que no se descubrieron en la primera lectura”. Eso fue lo que dijo Manuel Gutiérrez Aragón, cineasta, novelista, que fue uno de los cuatro lectores que afrontaron la tarea de conmemorar esta novela de Vicent. Los otros fueron Ángel Sánchez Harguindey, periodista de EL PAÍS, José Luis García Sánchez, director de cine, que fue quien en 1997 llevó al cine esta historia, y Pilar Reyes, directora actual de la editorial que publicó Tranvía a la Malvarrosa.

​Es “la memoria sentimental de un aprendizaje” sexual y político, que significativamente comienza con la visita de aquel muchacho al prostíbulo en el que había de ser desvirgado, continúa con la primera experiencia sexual, ocurrida en solitario mientras escucha la narración de un gol de Gaínza y alcanza su punto culminante (en términos de conocimiento político) cuando descubre la política en la figura progresivamente más presente y más ridícula del general Franco, al que los valencianos tratan como al Papa.

​En las novelas de Vicent, de la cual esta es una de las más destacadas porque incluye todos los símbolos de su manera de narrar, desde la realidad a la fabulación, “siempre hay alegría, sol, sabores”, pero en esta se destaca también, a juicio de Gutiérrez Aragón, “la presencia de la muerte: hay vida a borbotones, pero igualmente hay muerte a borbotones”. Leerla otra vez reafirma la idea que puede darse sobre otras narraciones del novelista de Villavieja: “ofrece siempre Vicent gran cantidad de información, en medio de sus fábulas y de sus crónicas, y esa información a veces resulta más significativa para los historiadores que otros testimonios de la época”.

​José Luis García Sánchez la llevó al cine en 1997, a partir de “un extraordinario guión” de Rafael Azcona, como destacó Harguindey; del autor subrayó el cineasta “su capacidad narrativa oral” y la brillantez de su prosa, de la que partió una película en la que el adjetivo no está presente pues en ella todo es sensualidad y vida, verbo. A Vicent debió parecerle bien todo lo que oyó, pues en seguida, cuando le tocó el turno, desgranó algunos de los sucesos que aún siguen en la memoria de aquel muchacho que viajaba en el tren azul como si él mismo fuera uno de sus lectores…

Se acordó Vicent, por ejemplo, de “un domingo de verano, escuchando una arenga del capitán general de Valencia, Ríos Capapé, gritándole al camarada Posada Cacho que se cuadrara ante su jefe…” El camarada aquel era el padre del actual presidente del Congreso, Jesús Posada, y él escuchaba la invocación de ese nombre al llegar en el tranvía a aquella Valencia en la que el franquismo estaba hasta en las pastelerías…
​“Es cierto”, explicó Vicent: “En esta novela debajo de las ruinas de los balnearios está el esplendor de los mosaicos que sacrificó la guerra, pues en esta memoria que yo he escrito coexisten la belleza y la miseria; hay, por tanto, gozo sexual, pero también muerte, ejecuciones, corrupción…, como la que luego, y hasta nuestros días, convivió en Valencia con la pura línea del horizonte”.

​Después Vicent se fue con sus lectores y con sus amigos bajo el mismo sol que hace veinte años acogió aquí, en el Retiro, la primera salida de Tranvía a la Malvarrosa.

Máximo y la amistad

Por: | 23 de mayo de 2014

1396516958_681109_1396517142_noticia_normalLa amistad está basada en el reconocimiento. El afecto une a los hombres más allá de la muerte y de otras incidencias de la vida. Ayer un ingente número de amigos que conocieron bien al diplomático y escritor Máximo Cajal se reunieron en Madrid para dar testimonio de lo que querían a este hombre que puso sus principios por delante de las obligaciones de sus destinos como embajador o cónsul de España. Por ese carácter indomable, basado en la razón más que en el exabrupto, lo quisieron todos, y algunos por eso mismo lo persiguieron. Él siempre respondió con dignidad, y eso dijeron sus amigos. Máximo Cajal murió el último 2 de abril y nadie lo olvida. La sala, en la Fundación Carlos de Amberes, estaba repleta de caras que fueron habituales en las reuniones de Bea y de Max, y en todos los parlamentos, que fueron numerosos, se puso de manifiesto la dignidad como columna vertebral de la humanidad de este diplomático que dejó por donde pasó, y también por las almas que lo compartieron, testimonio indeleble de sensatez y rigor. Había gente sentada en el suelo, personas de distintas generaciones que aprendió de él sensibilidad y tino. Fue una tarde emocionante en la que era posible percibir la elegancia con la que él cultivó ese sentimiento que está en la base de la vida. La amistad fue su legado, junto con sus libros y con sus reflexiones sobre España, el mundo, la mezquindad internacional. Inolvidable persona.

 

FOTO: ULY MARTÍN

La tecnología

Por: | 20 de mayo de 2014

A esta hora en que abro el ordenador ya han pasado en España algunas horas, una hora menos en Canarias, o en Londres. En todo el mundo el tiempo pasa igual, para unos el paso de las horas es una satisfacción o una esperanza; para otros es una frustración, un lamento. En los tiempos oscuros, decía Brecht, también hay que cantar. Pero, ¿qué se hace en los tiempos claros? ¿Cuiáles son los tiempos claros? ¿Cuánto duran los tiempos claros? Sciascia, el gran caballero de Palermo, decía que la felicidad es un instante. Algunos creen que la felicidad es estar conectados, saber de otros al instante. Como si la tecnología diera la felicidad, nos atamos a ella, somos sus súbditos. A esta hora en que ya la tecnología nos dice que el apresuramiento es la vida reclamo algo de sosiego, aconsejo leer un poema, de Neruda, de Blas de Otero, de Rilke. O mirar. 

Gran Forges

Por: | 14 de mayo de 2014

Hoy cumple Forges cincuenta años al frente de una troupe maravillosa de vocablos y personas. Inventor de un equipo imbatible de españoles cansados o cachondos, ha mirado desde una veranda muy especial la realidad de un país al que él le ha dado metáfora y sustancia, sueño y broma, salud. Antonio Forges es mucho más que un filósofo: es un materialista dialéctico de la secta de Groucho Marx; desde una esquina de sus dibujos, allí donde a veces sitúa reivindicaciones existenciales que nos afectan a la conciencia de todos, él apela a la inteligencia y a la emoción de sus lectores con la urgencia de un niño que no sabe que la orilla dura lo que un suspiro y que se lanza al mar creyendo que todo es orégano. Sus dibujos representan una manera de ver la realidad a través de un espejo que es propio, no hay otro cristal como el suyo, y a través de ese cristal ve la vida mientras se va haciendo y mientras se va deshaciendo. En un país en el que el cinismo pone en el rincón de la historia a gente grande él ha conservado la ternura vital que lo acompaña desde el primer 14 de mayo de su vida como Forges. Rendir homenaje a este medio siglo de los personajes de Antonio Fraguas es felicitarnos de que el periodismo tenga, siga teniendo, gente así. Gracias, Forges, o zenkiu, que también se dice así gracias en el lenguaje de Forges.

4 de mayo de 2014

Por: | 04 de mayo de 2014

Primera-portada-paisLo único que supe cuando salió el primer ejemplar de EL PAÍS el 4 de mayo de 1976 es que el periódico había salido a la calle. Ya es leyenda que se rompieron ejemplares mientras tanto, que la máquina dio innumerables disgustos y sustos a los que se habían congregado para celebrar la fiesta. Pero, al fin, el periódico salió a la calle, para satisfacer la necesidad social de un periódico nuevo en un mundo que se abría a universos democráticos que hasta entonces se habían guardado en los corazones de la clandestinidad. Se había muerto Franco, España empezaba a ser otra.

         Pero yo era corresponsal en Londres, y el periódico era de papel. No podía pulsar una tecla y hallarme con la primera cabecera, la primera noticia, la primera foto; todo aquello era de papel, tanto es así que ahora cuando imagino un periódico siempre lo imagino de papel. Como si fuera un viejo contando batallitas, si pienso en un diario, si cuento lo que vi en él, si me imagino una noticia y la digo, en mi mente tengo el recuadro, la mancheta, la tinta, las letras, todo sobre un papel. Así es la vida a los 65 años, casi cuarenta después de que mi amigo Julián Martínez me llevara, el 5 de mayo de 1976, el ejemplar arrugado del periódico EL PAÍS del 4 de mayo de 1976.

         Hoy es 4 de mayo de 2014. Acabo de estar en Argentina. Allí le daba a una tecla, sobre la mesa de un hotel sin nombre, en una ciudad que apenas se despertaba, y de pronto todo lo que mis compañeros (en España, en América, en Roma, en Londres, en París, en México, en cualquier sitio) habían elaborado con un esfuerzo que yo conozco y que llegaba a mi sitio, donde yo estuviera, sin desayunar, sin saber aún (como aconsejaba Rafael Azcona) que funcionaba mi mano izquierda, y que era útil aún mi mano derecha, que mi corazón latía, o que mi vista seguía mirando por mi, que mi tacto me conduciría a afeitarme, por ejemplo…, sin saber nada de eso yo ya podía saber qué pasaba en el mundo. Sin papel, si bajar a ningún sitio, sin combatir con las teclas supersónicas de un ascensor cubierto de espejos, sin sacar un peso del bolsillo, sin pedirlo, sin hablar con nadie, yo ya lo sabía todo. O casi. En el ipad, en la computadora, en el teléfono, ya estaba ahí el ejemplar del periódico, hecho seguramente con las mismas artes intelectuales, con el mismo corazón, con que entonces hicieron otros compañeros aquel ejemplar roto que me entregó Julián Martínez en una esquina de Fleet Street, la calle de los periodistas viejos en la ciudad de Londres, donde ya no hay periódicos, ni quioscos, por cierto.

         Pues han pasado casi cuarenta años y casi todo cambió. Menos el corazón de los periódicos, la gente que lo hace, la ansiedad con que los jóvenes (y los viejos, es cierto) se siguen sentando ante la máquina de escribir (que ahora ya tampoco existe) para decir qué pasó, cómo pasó, a quién le paso, cuándo pasó y, además, sobre todo, por qué pasó.

         Hoy EL PAÍS que en años sucesivos fue dirigido por Juan Luis Cebrián, Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio y Javier Moreno, comienza una nueva etapa, cuando el 4 de mayo de 2014 me trae todos aquellos recuerdos del periódico que salió entonces y que me llegó arrugado a Londres. Al frente, Antonio Caño, que ahora era corresponsal en Washington, donde en un tiempo también recibió el periódico como en la lejanía de los tiempos también recibiría arrugado el periódico de hacía unos días. Ahora él se estrena como director, con un equipo nuevo. Les deseo, desde la vejez que permite recordar lo que hacía un antiguo corresponsal cuando apareció el primer número, toda la suerte del mundo al frente del periódico al que he dedicado, con afán y con ganas, lo mejor de mi vida. 

Perder al fútbol

Por: | 17 de abril de 2014

Soy del Barça desde mi infancia, por razones que ahora sería prolijo enumerar. Y sigo siendo de ese equipo que ayer salió martirizado de su partido contra el Real Madrid y de la temporada. Ser de un equipo tan importante te acostumbra mal: el Barça ha tenido diez años gloriosos, y hemos pensado que esa tendencia podía llegar a ser infinita. No lo ha sido, ya se ve.

La melancolía que produce la derrota vuelve a ser, en este tiempo de miseria de resultados, como lo fue en aquellos tiempos en que se acabó la gloria (relativa) que nos dio Helenio Herrera y que desembocó en la desgraciada derrota ante el Benfica en Berna, cuando los palos desactivaron la esperanza barcelonista de ganar la primera Copa de Europa.

Aquel fue el bautismo de melancolía futbolística para mi, supongo que para otros que entonces ya se hicieron del Barça. Ahora toca recordar ese sentimiento, con dolor, como dice Martino. Ahora viene el periodo de culpas, o de duelo, como dijo también el Tata. Es sólo fútbol, decimos, también para quitarnos de encima el valor oscuro de los sentimientos de derrota.

Hemos perdido, como se pierde el aire o se pierde un libro; ya lo encontraremos, ya será el Barça otra vez el equipo que jugó cinco minutos después del gol de Bartra. Ahora toca felicitar a los que estaban enfrente y ganaron, en buena lid, un partido en el que jugó también, ay, la casualidad; pero es que la casualidad (el palo de Neymar, por ejemplo) es un elemento determinante del fútbol. El fútbol es todo, como la vida, y también se hace de la gloria triste de los perdedores.

Sombra y luz de Shakespeare

Por: | 16 de abril de 2014

Recomiendo los artículos que hoy publica EL PAÍS en torno al aniversario 450 de William Shakespeare. Javier Marías, Marcos Ordóñez... Volver a Shakespeare es algo que se hace cada día, como se pone de manifiesto en estos textos que el periódico dedica al gran bardo... Me detengo en el de Marías especialmente porque contiene, en cierta manera, una apelación a la lectura de los clásicos: Shakespeare, Cervantes, Dante, Proust, Faulkner, Montaigne, Conrad, Hölderlin... Son la luz de la escritura de todos los tiempos, y deberían ser también la luz de los escritores que siguen escribiendo ya lejos de aquellas sombras. Pero, apunta Marías, da la impresión de que han sido difuminados para que no perturben a quienes prefieren pensar que con sus obras de inaugura la literatura. Lo que Marías hace, también, es apuntar una lista de lecturas obligatorias para aquellos que quieran adentrarse, con la humildad imprescindible, en el mundo de la escritura. Y lean a Marcos Ordóñez; sus artículos teatrales, en Babelia y fuera del suplemento, no son sólo refrescantes reflexiones teatrales, sino excelente materia de aprendizaje sobre cómo debe escribirse de literatura en los periódicos. 

El periodismo y las alas de los pájaros

Por: | 15 de abril de 2014

El periodismo no se reinventa, eso es un lugar común. El periodismo siempre será lo que fue, y se irá adaptando a las épocas. Los pájaros tenían cuatro alas, hasta que ya sólo necesitaron dos. Y los insectos también tenían cuatro alas, porque necesitaban planear para escapar de los depredadores que los perseguían al borde de los acantilados, como me contaba el otro día en Barcelona el sabio Jorge Wagensberg.

    De modo que al periodismo le pasará lo mismo: se quitará peso, pero en la esencia necesitará lo mismo que siempre para subsistir: descubrimiento, novedad, y discusión. Pero sobre todo necesitará noticias, información, y escritura (o imagen, o dicción) adecuadas. Decía en La Vanguardia el exdirector de Al Jazira Wadah Khanfar (entrevista de Lluis Amiguet, 5 de febrero de 2014): "Las noticias ya son gratis; por la información pagaremos". Las noticias están al alcance de cualquiera, nos atiborran a noticias. Pero, ¿y lo que está detrás, lo que las nutre, lo que hay de veras en las noticias, en los titulares?

     Esa es la esencia del periodismo: explicar las noticias, informar de por qué se producen. Y eso es lo que ahora premian en el Guardian inglés, el periódico que dirige Alan Rusbridger. Primero le dieron el Ortega y Gasset que otorga este periódico por su cobertura de la información relativa a los descubrimientos que hizo el ex analista del espionaje norteamericano Snowden y ahora por lo mismo recibe el Pulitzer. Se premia la información, el periodismo en estado puro. Lo que siempre fue el periodismo. Ahora se hace con dos alas, vuela de manera diferente, más rápido, ya despegó hace siglos, pero sigue precisando los mismos elementos. Entre ellos, las ganas de hacerlo, el entusiasmo por no hacerlo como si fuera un oficio cualquiera. Convertirlo, como quería Gabo, en el oficio más bello del mundo. O, por lo menos, en uno de los más útiles.

Viva la República

Por: | 14 de abril de 2014

Ayer escuché a Pedro Zerolo hablar de los valores que defiende y que ha defendido a lo largo de toda su vida. La libertad, la igualdad, los derechos civiles que están en el corazón de las reivindicaciones propias del espíritu republicano. Un país laico, aconfesional, libre de las ataduras que la religión impuesta han caído como un peso muerto sobre la sociedad española durante los largos años de su historia. La República fue un instante de suspiro, un aire nuevo. Se acabó, la terminó la guerra civil, el fascismo se impuso sobre las otras fuerzas, y España regresó a un largo túnel. Cuando escuché ayer a Zerolo me acordé de los maestros laicos, de los intelectuales que tuvieron que irse al exilio, de los científicos represaliados, de la larga noche que ahora cuenta en sus episodios nacionales de la posguerra la novelista Almudena Grandes. La propia familia canaria de Zerolo sufrió esa persecución. A él le daban ayer el premio Carmen Cerdeira por defender los derechos civiles. A él le quería dedicar este blog con el que espero regresar ahora, quizá a diario, a este espacio que desde hace cerca de ocho años alberga algunos pensamientos cotidianos, sobre la literatura o sobre la vida.

Me niego a pensar que es verdad lo que dicen los agoreros: que el libro se va a hundir en medio de las aguas cenagosas del Facebook, el wasapp y la costumbre de no leer y no creer en los libros que marca el ritmo cultural de una sociedad cada vez más contenta de no conocerse.

         Para no leer hay ahora muchos argumentos, y para decir que no se lee hay casi los mismos. Antes se decía, cuando te hablaban de un libro que había que leer: “Lo acabo de comprar” o “lo estoy leyendo” o “me han dicho que es muy bueno”. Ahora se dice: “Ya lo he visto”. En Facebook, en Twitter. Ver un libro como si fuera una estrella fugaz. Verlo, no tocarlo, no leerlo. Verlo para decir que lo hemos tenido cerca.

         Soy optimista con respecto al futuro del libro, y no me refiero a esa insistencia estadística en que ahora se lee más porque hay más soportes para leer, porque leer no es posar tus ojos en la palabra escrita, tan solo; es posar y adentrarte, es buscar en lo que lees una referencia para vivir, para discutir, para soñar o para justificar tu melancolía, para saber más o para saber de manera distinta. Como si leer es tener un artilugio para meter libros, como si ahí dentro se leyeran solos.

         Estadísticas que no se divulgan dicen, por ejemplo, que los editores nuevos que publican libros de papel y que son creativos (es decir, que no publican lo que ya fue mil veces publicado) están cumpliendo bien sus presupuestos, que están recibiendo el favor del público; los medios nos hemos acostumbrado a explicar los avances o los retrocesos de los libros digitales, y nos hemos olvidado de poner énfasis en la vida propia de los libros de papel. Como si también hubieran dejado de ir a las librerías los que escriben sobre libros. Es preciso ir a las librerías, fijarse en los libros; tocar los libros ahora es adelantarse a lo que pasará dentro de poco. Estoy seguro, quiero estar seguro, y quisiera compañía en esta seguridad que proclamo.

         Esta semana ha habido una buena noticia en el mundo del libro, pero tampoco la he visto muy divulgada: la agencia Dos Passos, que dirige con un ímpetu milagroso Palmira Márquez, Ámbito Cultural (a cuyo frente está el escritor Ramón Pernas) y Galaxia Gutenberg (director, Joan Tarrida) han convocado el premio Dos Passos a la primera novela. 12.000 euros de premio y la publicación, por Galaxia Gutenberg, de la novela ganadora. Los que escriban tienen de plazo hasta el 30 de mayo próximo, y el que gane verá la novela publicada el 14 de enero de 2015, que es cuando nació (en 1896) el escritor John Dos Passos. En la presentación del premio el escritor Fernando Marías, que acompañó a los convocantes del premio, aludió a las dificultades que él mismo tuvo para publicar su primera novela; en eso no ha cambiado el sector, pero es que ahora la presión del ambiente contra los escritores a los que no conoce ni Dios es tremenda. Leer, ir a las librerías, publicar, se ha vuelto, decía Pernas, “un acto de heroísmo y de resistencia”.

         No se trata sólo de “profesionalizar”, como decía Tarrida, al escritor: se trata de darle sitio y esperanza. Hay mucha gente escribiendo, y hay leyendo más gente que la que se dice por ahí. Prometo que, si tengo fuerza, desde aquí, y con la frecuencia que me den las ganas, haré todo lo posible por remar contra corriente y decir que el libro no se muere, qué más quisieran.

         Estoy harto de escuchar que el libro se muere.

         Pues si se muere el libro, qué no se habrá muerto ya.

El País

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