Extremadamente agresiva

Por: | 10 de febrero de 2012

Las palabras son microcosmos que van por el aire asociándose libremente a lo que ocurre; así actúan la imaginación y la memoria, y de ello viene la literatura. Muchas veces lo que ocurre en distintos campos de la vida procura esa interacción, que puede ser rica y brillante y otras veces es tan opaca que conduce al miedo o a la melancolía.

Ayer sucedió eso.

En un lugar del mundo, Bruselas, un hombre bien trajeado, dotado con una bufanda poderosa, fue despojándose poco a poco de sus aditamentos invernales, descubrió en una sala bien iluminada la espalda de un hombre al que buscaba, y antes de que éste acabara una conversación con otra persona que tenía al lado, se lanzó a su oído y le hizo en inglés una profecía sobre la que tenía todos los datos.

Lo que sobresale de esa conversación ya lo sabe todo el mundo de dios en este país y en cualquier parte, pues lo reprodujeron las radios, los periódicos y las televisiones: "extremadamente agresiva", la reforma laboral española "será extremadamente agresiva" y "ya verás que te gusta".

El comentario, la cadencia que impuso aquel hombre de oscuro, el ministro Luis de Guindos, la sustancia de lo que emitía, la procedencia de la frase incluso, es decir, este país sonámbulo que vive ahora en el pozo del boxeador sonado, coincidió casi en el tiempo con otro suceso que ahora se airea con regocijo por parte de algunos y con extrema preocupación por parte de otros: la "extremadamente agresiva" condena al juez Garzón.

Dos golpes, uno sobre un juez, otro sobre las relaciones laborales que le esperan a este país, que pueden recibir los mismos golpes de agresividad que el ministro resumió con tanta inoportunidad como tino. Al terminar el día busqué los versos de César Vallejo que me inspira la condena de Garzón, la tan ignominiosa condena al juez: "Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!/ Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,/ la resaca de todo lo sufrido/ se empozara en el alma... ¡Yo no sé!"

Joaquín Jordá tituló en 1967 una de sus películas Dante no es únicamente severo, una metáfora que usa mucho el maestro Juan Cueto. También me vino ese título a la cabeza, como los versos de Vallejo; yo recordaba así el título: Dios no es únicamente severo.

Y sí, ni Dios ni Dante hubieran sido tan severos porque quizá no anidaba en ellos, en su depósito de severidad, tanta inquina como la que se advierte en el alma de los que han juntado a Garzón delante de tres juicios sucesivos, el primero de los cuales ya se ha visto con cuánta extrema agresividad se ha resuelto. Sólo la frase de Guindos, dicha para otra cosa, define en su justo término la impresión que produce el ámbito que cubre la sentencia de aquellos jueces severos como Dios mirando a Garzón como si lo estuvieran esperando al borde del purgatorio. En el lado de allá del purgatorio.

Burla de la guerra y vida de la escritura

Por: | 09 de febrero de 2012

Mientras escuchaba anoche a Juan Eduardo Zúñiga hablar de literatura con Manuel Longares en las tertulias de la Librería Alberti me vino como un celaje a la memoria lo que significa en este país el juicio contra el juez Garzón por investigar el franquismo. Describía Zúñiga, a partir de sus novelas y relatos nacidos de la experiencia y la memoria de la guerra, las atrocidades que se vivieron en Madrid en medio de lo peor de la guerra, los bombardeos, los saqueos, el sufrimiento humano que convirtió a esta ciudad de la gloria en capital del dolor, estremecedora geografía inolvidable.

Entonces sentí el fogonazo de la rabia: ¿cómo es posible que no se pueda recordar con sosiego, en calma, haciendo justicia y procurándola, ese periodo de la historia? ¿Cómo es posible que al juez que puso en marcha la maquinaria de investigar el daño se le siente en el banquillo?

Entonces agarré el cuaderno que siempre llevo conmigo y subrayé lo que iban diciendo Zúñiga y Longares que, como es natural, hablaron de muchas más cosas. Vaya esa por delante: la memoria infinita y terrible de la guerra, que es la sustancia literaria de la excelente bibliografía del veterano escritor.

Como Longares, el autor de Romanticismo, es también novelista, y qué novelista, hubo un momento en que ambos hablaron de la mecánica de la escritura, con qué escribes, cómo escribes... Zúñiga escribe desde 1951, desde que tiene esa máquina, en una Olivetti "que me sigue funcionando de maravilla". Y antes escribe en borradores que son hojas ya utilizadas de facturas de tiendas o supermercados... Escribe "con mucha calma y mucho sosiego", pues la calma y el sosiego son fundamentales, dijo, para que fluyan el lenguaje, la imaginación y la memoria, que constituyen el trío sagrado de la creación literaria... No ha guardado esos borradores, "y creo que esos papeles los quieren universidades norteamericanas que además te darían dinero por ellos, pero no, no los tengo, los tiro..."

Así que Zúñiga escribe con lápiz, pluma o bolígrafo, y con ello ha ido construyendo una singular obra literaria de la que ahora está sabiendo más, pues durante años, muchos años, esa literatura se produjo en el ambiente oscurecido de su verdadera humildad, pues Zúñiga no es un humilde pretencioso sino una persona verdaderamente humilde, que no ha ido incordiando por ahí con el sufrimiento de los egos heridos por las odiosas comparaciones con otros.

Su obra tiene como protagonista Madrid, rosa herida, capital de la gloria, dolorido individuo (Madrid), pues "la ciudad es un ser doliente, sufre lo que sufre cualquiera de sus habitantes".

Nació aquí, vive ante el Retiro, desde ahí se ve el ramaje de los árboles que lo acompañan en todas las estaciones, "estoy impregnado de la vida madrileña, me siento vinculado a Madrid, a sus calles, a sus sitios, a sus edificios, soy, por tanto, una realidad más de Madrid".

¿Escribirás más sobre la guerra? No, "ya di por concluido ese ciclo; ahora la guerra es materia para historiadores más jóvenes, que disponen de archivos extraordinarios en donde hay materiales que les permitirán dilucidar hasta el último extremo de lo que pasó". Pero la literatura procura una memoria muy especial, a la que no tienen acceso los historiadores... "Sí, es muy probable, pero por mi parte ese ciclo novelístico ya conoció su fin. Mis libros han sido, posiblemente, complemento de la historia, han sido espejos de corrientes de pensamiento o de ideas", pero la literatura, le dijo Longares, "es el latido de la época", y no sólo eso, concedió Zúñiga, "es la explicación psicológica de tragedias íntimas", que él ha narrado con una prosa que arrostró el barroco, se hizo delgada y eficaz como su figura y ahora es un testimonio cuya lectura te lleva a luchar contra la burla social a la que aquí se somete a aquellos que procuran en el ejemplo de lo que pasó en la guerra la materia del asombro y de la rabia por saber para que nunca más pase otra vez.  

Betibú, la última novela de Claudia Piñeiro, escritora argentina que ahora va de Madrid a Barcelona a intervenir en una fiesta literaria, trata del viejo periodismo y del nuevo periodismo; es decir, del periodismo.

Es a la vez una sátira y una descripción de la manera que tienen de abordar las noticias (las noticias graves) los que llevan décadas en el oficio y cómo lo ven los que acaban de llegar; entre los que acaban de llegar, evidentemente, hay muchos que tienen una idea del periodismo que se parece a la idea de los veteranos, y viceversa.

Pero como las novelas responden a caracteres y a arquetipos, Claudia ha elegido para Betibú al joven y al viejo y los ha puesto en esos términos: el que se asombra ante el acontecimiento y el que ya se lo espera.

Aparte de arquetipos ante el suceso (pues en la novela se trata de cómo abordar, desde el periodismo, un suceso), Betibú es también una reflexión sobre la narrativa, cómo se alcanza una buena narrativa en literatura y en periodismo. Manuel Vicent suele decir que el periodismo es la literatura del siglo XX; y en el siglo XX, que no acabamos de cruzar, hay muchos ejemplos, en España, en América, de lo cerca que andan ambos géneros.

No se puede hacer buen periodismo sin tener en la memoria, y en la práctica, la buena literatura; en Argentina, de donde viene la literatura de Claudia Piñeiro, hay ejemplos excelsos de esa mezcla que ha dado de sí obras como las del maestro Tomás Eloy Martínez; más arriba en ese mismo territorio, en Colombia, está quizá el patrono de ese consorcio periodismo-literatura, Gabriel García Márquez. Y en todo el continente hay muestras envidiables de lo que la buena literatura le hace al buen periodismo.

En este caso, en el caso de Betibú, que recomiendo muy vivamente a jóvenes periodistas y a periodistas en general, y por supuesto a escritores de cualquier edad o cualquier tiempo, es literatura hablando de periodismo; puede uno sentirse reconocido en ese Brena descreído y cínico al que el veneno del oficio jamás abandona, y pueden reconocerse muchos en ese muchacho (ese pibe) que le sirve de contrapunto a Brena y que le ha sucedido en el trabajo más arriesgado entre todos los que se cumplen en un diario: la sección de policiales, los sucesos que decimos aquí. En un momento determinado, Brena le dice al pibe, que acaba de decirle que no tiene tiempo para leer ficción:

--Hacételo, el tiempo, hacételo, y leé ficción. Si querés ser un buen periodista, tenés que leer ficción, pibe, no hubo ni hay ningún gran periodista que no haya sido un buen lector, te lo aseguro.

Lo dice Brena, pero mientras lo leía me imaginé diciéndoselo al que viene Tomás Eloy Martínez, Gabriel García Márquez o a la propia Claudia Piñeiro.

Y, modestamente, hago mía la recomendación. Lee ficción y harás mejor periodismo, pibe. 

Materia de la poesía

Por: | 07 de febrero de 2012

Hay en la obra de Antoni Tàpies una reclamación de la armonía; el caos de la materia convocado por una mano poderosa a hallar en algún rincón del arte el sosiego de la mirada.

Es como un puñetazo y de pronto un susurro, un grito asombrado, como aquel cuadro de Munch.

Recogió de todas partes los despojos de un tiempo tachado, gris y difícil, y convirtió su pintura en un arma, en un emblema, en una manera de expresión en cuyo espejo se vieron tres generaciones, la del estupor, la de la esperanza, la del desencanto.

No era preciso entenderle, pues la pintura, como la poesía, no se hace ser entendida sino para entender, y creó telas que fueron concebidas desde su propia sorpresa, mientras hallaba, como hacía su amigo Pablo Picasso.

Iba rebuscando en los tesoros de la conciencia, y de la memoria, y alcanzó su propia X, su mayor interrogante, y por ese rumbo siguió librando batallas que ya fueron también del espectador. Pasa con él, con Twombly, con Hopper, con todos los pintores literarios, se sale de ellos (y se entra) sabiendo que la materia de la que tratan es la de la palabra, son poetas del lienzo, su materia no convoca a otras materias; en el caso de Tàpies, lo que el pintor busca es la palabra, y por eso tacha, mientras viene la palabra precisa.

Y no es imprescindible que la palabra diga directamente; la palabra puede puede ser un circunloquio, el núcleo de un silencio. Esa combinación de palabra, silencio, tachadura hace el milagro de la armonía, el mundo que Tàpies edificó como si estuviera creando un nuevo mundo que ahora ya alcanza, en el tiempo, la palabra fin, pero que perdurará en los que vean en su obra la expresión de una época que se entiende mejor mirando su estupor, su esperanza y su desencanto. Un retrato que jamás dejaba la realidad ilesa.

¿Dónde están los escritores (y los artistas) de ahora?

Por: | 06 de febrero de 2012

Es evidente que los escritores y los artistas estarán, en España y en cualquier parte, ocupados escribiendo, esculpiendo, filmando, pintando, componiendo, etcétera. Y la mayoría estará, sobre todo, sobreviviendo, o sobreactuando, que de eso también abunda.

Pero, en lo público, en lo que suele preocupar en esa esfera intelectual de la ciudadanía, ¿dónde están? ¿Qué les preocupa últimamente, a dónde van, de qué se ocupan cuando no esculpen, pintan, filman, escriben, etcétera?

Me he preguntado eso últimamente, desde las últimas elecciones, que parecían tan decisivas al menos para los intelectuales que viven de sus derechos de autor. ¿Qué dijeron, en la calle, en sus foros habituales, escritos o hablados, de lo que iba a pasar con ese aspecto tan importante de su relación con el trabajo? ¿Y de lo que les esperaba como ciudadanos, aparte de lo que los ocupa como artistas? ¿Qué dijeron, qué están diciendo?

En los últimos años se puede constatar una desafección general del ciudadano hacia la política, por culpa de la política, sin duda, pero también por culpa del ciudadano, pues sin el compromiso de éste aquella se resiente. La política es un ejercicio de civil de responsabilidad compartida. Nada es ajeno a la política y por tanto nadie está fuera de la esfera de lo público, sea de izquierdas, de derechas, o de centro. Esa desafección es ahora habitual entre los artistas. ¿Por qué? ¿Hasta cuándo?

Es curioso. El PSOE tuvo que suspender, en campaña electoral, la campaña electoral más peligrosa y abismal de su historia, un encuentro con artistas e intelectuales, porque sólo un artista confirmó su presencia en el acontecimiento que pretendía juntar a ese sector junto al candidato Rubalcaba. El Partido Popular no suele proponer esos acontecimientos, seguramente porque los artistas o intelectuales que apoyan a esa formación no son personas que vayan a mítines o a conciliábulos partidistas y ejerzan sus posiciones desde otros lugares de la sociedad... En UPyD hay ahora una presencia contundente y habitual, la de Álvaro Pombo; pero ni Fernando Savater ni otros artistas o comunicadores que antes eran fijos en los encuentros de Rosa Díez asoman ahora con tanta frecuencia al menos en los actos públicos. En Izquierda Unida hay, de siempre, mayor compromiso de los intelectuales (de algunos intelectuales) que apoyan a la formación de izquierdas, pero en los últimos años he encontrado ahí también un mayor desvalimiento.

¿Qué ha pasado? ¿Fatiga de materiales? ¿Falta de atractivo por parte de los políticos? Desgana, y se acabó?

No sucede tan solo en el ámbito de las convocatorias políticas. Estuve en la toma de posesión de Víctor García de la Concha como director del Instituto Cervantes. Tampoco vi allí a muchos creadores literarios; de hecho, no recuerdo haber visto ninguno; como dice un amigo mío, y ninguno es ninguno. ¿Por qué? Los escritores, que acuden habitualmente a las citas internacionales del Cervantes, deben tener la idea de que esta institución es un organismo burocrático que les resuelve ese aspecto de agencia de viajes de su función, y no se sienten concernidos cuando los convocan para celebrar que un director nuevo (y qué director nuevo) viene a dirigir los destinos de la difusión de la creación literaria en español...

Me pregunté: ¿dónde estarán? Me lo llevo preguntando, qué hacen en el tiempo libre, por qué han dejado de preocuparse de lo que pasará y están tan despreocupados, en general, de lo que pasa... Y lo que pasa (lo estás viendo) es más grave que nunca, o por lo menos eso dicen, cuando hablan, ellos mismos... 

Arturo Pérez-Reverte cumplió en noviembre sesenta años y ayer dijo en la Fundación Juan March que está escribiendo una novela de amor. Está, pues, en la madurez; es académico, ha estado en mil batallas, es un autor de mucho éxito, y ahora, en el remanso de la vida, cuando ya es, como los suyos, un héroe cansado, se ha zambullido en un amor contado desde la experiencia de tres edades: los veinte, los cuarenta, los sesenta, en distintas geografías y en distintas épocas del siglo XX. No tiene título, o por lo menos él nunca da el título. Pero el nombre, una mujer, en torno a la que gira la trama que elabora en casa o viajando, recopilando información incluso comiendo, sí se conoce, lo dijo allí, ante el nutrido auditorio: se llama Mecha. Dará que hablar.

En todo caso, tuvieron mucho de que hablar, ante aquel auditorio, el autor de El pintor de batallas, y Sergio Vila-Sanjuan, periodista, autor de un libro capital en el universo del análisis de los best sellers. Porque se trataba, pese a la reticencia del novelista, de hablar de él como autor de libros muy vendidos. En 1998, cuando a José Saramago lo estaban premiando en Estocolmo, su amigo Pérez-Reverte estaba hablando precisamente de eso, de los best sellers, con Ken Follett, en la Feria de Francfort. Hubo un momento de silencio, circuló la noticia, él expresó su alegría, y siguieron hablando. De lo que se trataba entonces, cuando ya Reverte había publicado El club Dumas y La piel del tambor y había iniciado su triunfal serie Alatriste, era de discutir con su colega inglés, el autor de Los pilares de la tierra, acerca del fenómeno del best seller en la cultura europea, tan distinto al best seller de sello norteamericano.

Y Vila-Sanjuan le sacó a Pérez-Reverte, en la conversación que tuvieron en la March, ese recuerdo, y por ahí entró, por el best seller literario de estilo europeo, el novelista a contar el momento en que se acabó su timidez como escritor de los libros que quieren ser reflejo de su gusto y de sus lecturas. Eso ocurrió cuando leyó El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Eso era precisamente lo que estaba queriendo hacer el lector de Dumas: contar historias, expresar por escrito lo que había visto y vivido en su aventurera vida de reportero en guerras cruentas y en otras batallas civiles; y, sobre todo, lo que quería era demostrarse a sí mismo que la pasión por escribir no debía tener otro límite que la decisión de no aburrir.

Entonces él tenía 30 años. Escribió después, bajo la influencia de esa decisión de no dejarse tentar por el aburrimiento del sacrificio del escritor, La tabla de Flandes, que fue un éxito que nació en secreto: ni dios le dio pábulo en la crítica o en la información literaria de entonces, pero el libro se abrió paso mientras él andaba por los territorios terribles de las guerras del mundo. Cuando escribió y publicó El club Dumas ya estaba mejor equipado el mundo editorial para recibirle y para lanzarle, y ese fue, dijo él, un lanzamiento espectacular que preparó al auditorio de la época para los éxitos masivos que constituyeron las ya citadas La piel del tambor y El capitán Alatriste  y la secuela ya tan conocida.

Así se fue haciendo Pérez-Reverte best seller, pero él no tuvo la culpa. Quiso decir que detrás de lo que escribía había puramente el deseo de escribir, que mantiene intacto; él no sufre escribiendo, no siente que sea un sacrificio ver delante la página en blanco, que eso no le hace llorar, y si así fuera seguramente no dispararía un chícharo. Tampoco se propone, ni siente, que esté escribiendo un libro que "va a venderse como rosquillas"; siente, tan solo, la intuición "de que esto va a funcionar, pero porque me funciona a mi, escucho lo que voy escribiendo y noto que la respuesta interior se parece, probablemente, a la que va a tener el lector".

Sergio Vila-Sanjuan le preguntó a Pérez-Reverte si él le aconsejaría a un joven cómo tendría que hacerlo. El escritor había ido con corbata (venía de la Academia); aunque va rapado, esa vestimenta le daba la señal de un académico presto a decirle a los jóvenes cómo tendrían que hacerlo, pero se paró un rato, "no estoy seguro de que deba dar un consejo". Pero al final (Sergio es muy persuasivo) se dio por vencido y desgranó algunas pautas: "lee sin prisa, déjate llevar por el instinto, manten la sangre fría, no te dejes llevar por los juicios admirativos de tus amigos (suelen ser mentira), trabaja..." Trabaja: toma notas, haz esquemas, lee todo lo que puedas sobre el asunto acerca del que quieras novelar... "Yo no soy un artista, soy un artesano, por eso trabajo tanto hasta que logro un producto que refleje lo que tengo en la cabeza". 

Hablaron, cómo no, de héroes y heroínas. Para el creador de Alatriste, "el héroe de verdad es un solitario, un soldado en territorio enemigo, alguien que si flaquea sabe que será devorado... Mi héroe es individual: yo no creo en la humanidad, y mis héroes tampoco".

Y también hablaron de mujeres, de arquetipos... Fue al final cuando se lanzó Sergio a hacerle hablar de lo que ahora escribe. Es raro en Pérez-Reverte, pero fue más allá de lo que suele. La novela discurre en función de varias intrigas; Mecha es ahí la persona importante. Y esas tramas transcurren en Argentina, en la Costa Azul, en Sorrento (Italia)..., y por esos lugares (por sus mesones y por sus calles) ha discurrido últimamente la vida de Reverte, como si fuera un enviado especial que ahora sólo disfruta imaginando y no poniendo la mirada sobre realidades que le llenaron los ojos de sangre...

 

"¡Templa!", grita Gómez

Por: | 02 de febrero de 2012

Tiene algo de monje este tibetano del teatro, nacido para decir solo lo que bulle en su cabeza; es decir, este José Luis Gómez, director de teatro, sobrio como un misionero medieval, es, como actor, otra cosa, una personalidad distinta; se transforma, es Azaña si le da la gana, y es el misterio de Kafka o una basura (entiéndase) de Samuel Beckett.

Como director puede suscitar el ánimo de las masas a su cargo, es un hombre colectivo, un  director racial que dice en seguida lo que teme el actor: su verdad, lo que él cree que debe hacer el otro en el escenario. Y te puede dejar temblando.

No sé cómo es como actor dirigido, pues nunca estuve en un ensayo de ninguna de sus interpretaciones. Pero el otro día me invitó a un ensayo que él dirigía, y cuya consecuencia pueden ustedes ver ya en La Abadía, Grooming, la obra de Francisco Bezerra. Aunque sea de Huelva recriado en Alemania y anclado ya en Madrid, con los intervalos de sol que se procura, es como un anglosajón del norte, un tipo fino, casi transparente en sus silencios; piensa como si su cabeza estuviera dándole vueltas a una idea fija: cómo mejorar esto.

Así que empieza, en el ensayo, por recibirte como si fueras más importante que lo sigue, pues eso aprendió también en Alemania, la puntualidad, la exquisita atención al otro, para que el otro a su vez le dé lo mejor que tiene.

Había poca gente en la sala, cinco o seis personas, los técnicos, una regidora del escenario se cayó en un momento determinado por culpa de un badén mal puesto, y tanto él como sus técnicos se preocuparon como si en efecto hubiera habido un terrible accidente.

El escenario era tan sobrio como un sueño, o mejor como una pesadilla, pero eso lo dirán los críticos, yo me limito al ensayo. Lo cierto es que Gómez de pronto (cuando era la hora en punto en que aquello tenía que ponerse en acción) dijo que apagaran las luces, que comenzara el espectáculo, aunque aún en periodo de pruebas. Por un lateral aparecieron un hombre vestido de domingo, con su corbata y su traje gris, y una chica que andaba corriendo; eran todavía dos ciudadanos que iban a su puesto de trabajo; un rato después eran actores en el escenario.

Lo primero que vimos fue al hombre que iba vestido tan sobriamente disfrazado de conejo, como si fuera una pesadilla cruzando el escenario. Y luego se desarrolló la trama. Sobrecogedora. La historia de un acosador que busca en Internet la fluencia casual de las adolescentes, y se inmiscuye en la vida de una chica que, a su vez, cuando aquello se desarrolla y se acumulan pesadillas que retumban en la memoria como un espectáculo de hoy, real, realista, abrumador, destroza al acosador con las revelaciones de sus propios juegos.

Pero, ya digo, la obra la ve el crítico, yo me limité a ver el ensayo. Junto a mi, en la misma fila, estaba el actor Javier Cámara. Al final, aplaudieron todos, y Gómez parecía satisfecho, tenía razón para estarlo: el texto es veloz, vibrante, difícil de reneter, pero los actores, Antonio de la Torre y Nausicaa Bonnin hacen un trabajo excelente, me pareció, yo me metí en la obra, eso no es sólo por el texto, es por los actores, por el director.

Al final hubo aplausos y bromas; es raro, y esto es grande en el teatro, ver a dos personas de carne y hueso, Antonio, Nausicaa, siendo ya otra vez aquellas personas que terminan su trabajo y se van, cuando antes los has visto vestidos de pesadilla. Ella se marchó, plas, velozmente, y Antonio se quedó diciendo algunas bromas; dijo:

    --¡No se preocupen, estrenamos el año que viene!

Rieron. Luego estuvo hablándome de fútbol, insinuando que este no es el año del Barça.

¿Y Gómez? Como un monje, entre Kafka y Beckett, silencioso y profundo en su asiento, disfrutando de una obra de la que se enamoró, eso dijo. ¿Y qué hizo en toda la obra? Mirar, miraba como un hurón. Y sólo dijo una cosa, en una escena en la que los dos protagonistas estaban sentados en el parque, uno muy cerca del otro. Gritó:

--¡¡Templa!!

Creo que iba dirigido al actor, ellos sabrán. Pero no hubo ninguna otra interrupción, no la creyó necesario. El espectador tampoco. Terminó el ensayo. Nos fuimos. No le he preguntado a ninguno de los implicados qué significa "¡templa!", pero ellos saben, pues estuvieron muy templados. A ver qué dice el crítico.

 

"Como adelgazar follando". La anatomía de un ´best seller`

Por: | 01 de febrero de 2012

El libro se llamaba, traducido del inglés, algo así como Cómo estar más delgado gracias al sexo. Era de un tal Richard Smith y lo había comprado Grijalbo-Mondadori para su colección de autoayuda. El editor Daniel Fernández, que ahora es director de Edhasa (historia, ensayo, novelas históricas; fue periodista literario, también, escribió en El País) se reunió con su equipo y, casi jugando, encontró otro título que enganchara de mejor manera a sus previsibles lectores.

El título que encontraron fue Cómo adelgazar follando, y por ahí sigue. Es un ´ best seller`. O mejor, un ´megabestseller`, es decir, un libro que se vende muy bien durante mucho tiempo, lo que en definitiva también se puede llamar ´un longmegabestseller`, pues de todo ello se trata en este sector boquiabierto ahora que es el mundo editorial.

Ah, el título que hallaron no fue lo único que Daniel Fernández y su gente encontraron para convertir en más atractivo (y más vendible, sobre todo) el ensayo de autoayuda de Richard Smith, que sigue por ahí, tan campante. Incorporaron a la edición una tarjetita de ´contracalorías` en las que fueron especificando de qué manera afectaba la práctica del sexo a una dieta de adelgazamiento; ahí se incluía, por ejemplo, cuántas calorías se pierden usando adecuadamente, y con el esfuerzo preciso, el conveniente preservativo.

Primero publicaron dos mil ejemplares, esperando que tanto el título como los otros aditamentos fueran suficientes para que esa edición modesta advirtiera de la existencia del libro a los libreros y a los lectores. Ahora ese volumen que en teoría era un libro menor o en todo caso inane en un catálogo va ya por el millón doscientos mil ejemplares. Reflexionó Daniel Fernández al contar todo esto, en su conferencia sobre los libros mejor y peor vendidos, dentro de un ciclo en el que intervino anoche en la Fundación March, en Madrid: "Lo que se demuestra es que o bien la gente tiene muchas ganas de adelgazar o o bien tiene muchas ganas de follar". Y negará haberlo dicho, explicó, en el mismo tono jocoso que usó en algunas partes de su charla, "¡pero es extraordinario que mi mayor ´best seller`como editor haya sido esa estupidez!"

Daniel Fernández habló de los mejor vendidos, de los muy vendidos durante mucho tiempo, de los peor vendidos, pero sobre todo habló (y ese era explícitamente el objetivo de su conferencia ante un público que rió y reflexionó con él: la sala estaba llena) de la figura del editor y de los peligros que la acechan. El editor está ahí, en el sector, para conducir un catálogo, para hacerlo vivir como una apuesta literaria estimulante, pero en este mundo "que se ha convertido en un disparate", es el mercado el que está organizando los catálogos, y ya va dando lo mismo que haya un editor o que haya otra figura en la conducción de los catálogos pues éstos a duras penas existen. "Los libros aparecen instigados en una sola dirección, buscando más los instintos del público que respondiendo al gusto del editor".

Para hablar de este deterioro de la figura del editor, engullido en la pasión (comercial) que ahora domina el mercado ("y todo es mercado, eso parece"), se remontó al 1500, cuando el editor italiano Aldo Manuzio (1449-1515) decidió dejar de atender encargos y publicar los libros que a él le gustaran. Ese fue, para Fernández, el primer editor de la historia en el sentido que luego (¿y hasta hoy?) ha existido. Desde entonces, el editor ha cuidado los libros, ha decidido según su gusto y ha ido creando, para sus sellos respectivos, un catálogo reconocible hasta por el aspecto de los volúmenes que publica. Eso se ha roto en pedazos (no en todos los casos, naturalmente), pero en la lucha por el ´best seller` o el ´megabesttseller` o el ´long seller` es esa figura antes muy reconocible y ahora cada vez más adelgazada (pero no por follar, o no sólo) del editor de libros.

Todos buscamos ´best sellers`, explicó Daniel Fernández, "pero sabemos que pueden acabar con el catálogo". Y pueden enriquecer o arruinar al editor que cree en ellos como único sustento de su historia. Un ´best seller` de un determinado autor no garantiza que el segundo libro del mismo autor corra igual suerte; un ´best seller`, además, no es reconocible inmediatamente antes de publicar; puedes tener una intuición, que probablemente vendrá también de la reacción del libro en otras lenguas o en otras latitudes. Pero no es automática la creación de un ´best seller`, pues, sobre todo, no se crea directamente, depende del gusto del lector y de la trascendencia que tenga el boca a orjea, "que ese sigue siendo el mejor marketing".

Él contó uno de sus casos, aparte de aquel que prometía adelgazamiento por la vía del fornicio. También fue en su etapa de editor en Mondadori. Se trata de Como agua para chocolate, de la mexicana Laura Esquivel. Leyó el libro, pensó en seguida que sería un libro muy vendido; se lo contó a la red comercial (en España y en América, menos en México, ahí no tenían derechos), se lo contó a los libreros, se lo contó a la prensa (incluido este periódico), "nadie hizo ni puñetero caso" y el libro no ´funcionó, se quedó en blanco en los almacenes..., y él sintió la punzada del fracaso,  pues había puesto ahí una energía que ya pudo haber usado adelgazando o haciendo por adelgazar... Finalmente, trascendió que el libro sería la base de una película, que ésta se haría en Estados Unidos; el libro se publicó de hecho en Nueva York, y fue El País precisamente el que dio noticia del éxito de ventas que este particular éxito de Laura Esquivel estaba teniendo por ahí... Y las ventas se dispararon, hasta extremos entonces inconcebibles.

Contó muchas más cosas Fernández. Su tesis es que el editor es preciso, "es el que levanta una bandera explicadno qué quiere vender y por qué", y que esa bandera hoy está a media asta. La figura del editor se ha adelgazado, y no precisamente por lo que ustedes están pensando.

El ciclo continúa mañana. Sergio Vila-Sanjuan, director del suplemento literario de La Vanguardia y autor de un volumen definitivo sobre la fabricación de ´best sellers`, dialogará con Arturo Pérez-Reverte, autor de obras tan importantes como La piel del tambor o El pintor de batallas. En la Fundación March, a las 19.30.

Es curioso, mientras escribía el nombre de Sergio me envió Sergio un mensaje: "Hoy, fútbol literario en el suplemento Culturas de La Vanguardia". Pues eso, háganse con el suplemento. Y con un libro, o muchos. Es bueno para la salud, decía Saramago. Y lo decía anoche, también, Daniel Fernández. Para la salud y también para la alegría.

 

¿Votará Niemeyer?

Por: | 31 de enero de 2012

La sorprendente noticia de que el presidente asturiano Francisco Álvarez Cascos ha propuesto a sus conciudadanos ir otra vez a las urnas seis meses después de haber ganado por una sutil mayoría me trajo a la cabeza de inmediato el caso que abrió Cascos cerrando la perspectiva del Museo Niemeyer en Avilés. ¿Votará ahora Niemeyer, dirá algo el museo en esta nueva convocatoria electoral?

Los centros culturales tienen la voz que le dan, pero es cierto que la voz del Niemeyer era poderosa, empezaba a serlo; Cascos y los suyos lo cerraron alegando que allí dentro no se hacía nada de lo que debiera estar orgullosa Asturias. Demasiado moderno, poco motivo astur. Forzados un poco a elaborar sobre el asunto, llegaron a decir que lo que iban a hacer allí se debía parecer bastante a lo que se hacía.

Entonces, ¿qué no les gustaba del Niemeyer?

El cierre del Niemeyer, nada más llegar al Gobierno, fue en el caso del mandato de Cascos una señal de lo que se proponía como presidente: hacer lo que quisiera atendiendo más a su propio eco autoritario que a la voz ajena, y dejó perplejos a los asturianos con la celeridad con la que abordó, a su manera, el complejo asunto del arte como motor de las ciudades.

¿Para hacer qué? En eso hubo mucha discusión, y debió haber muchísima discusión interna, que debe proseguir incluso sobre el ruido de la decisión de marcharse para intentar volver.

Al lado de esa decisión, Cascos decidió acabar también con el Festival de Cine que pretendía ser como el Sundance del sur. ¿Por qué? Por dinero. ¿Por dinero? Es posible, lo que pasa es que eso costaba bien poco.

Ahora se abre un debate electoral, otra vez, en Asturias, e imagino que Niemeyer, el propio Niemeyer, el arquitecto, sumido en la bruma de su edad, recibirá la noticia en Brasil con esa media sonrisa que se le pone a los viejos sabios cuando ven pasar, por delante de la puerta de su experiencia, la posibilidad de que el que los ofendió le devuelva la moneda de su honor.

Si él pudiera, si pudiera votar Niemeyer, lo haría seguramente, y seguramente podríamos adivinar qué diría en la urna o, lo que es lo mismo, qué le diría a Francisco Álvarez Cascos, que lo borró del mapa de las nomenclaturas modernas de Asturias. 

Contra el anonimato

Por: | 29 de enero de 2012

Elpais.com informa esta mañana que Anonymous ha decidido intervenir en la privacidad electrónica del ministro de Edudación y Cultura, José Ignacio Wert, y de la exministra Ángeles González Sinde, que ocupaba la segunda cartera en la última administración socialista. Contra el anonimato siempre, y por supuesto contra esta acción; respeto para los ciudadanos, para su nombre, para sus apellidos, para lo que es suyo, para lo que les pertenece más íntimamente y para lo que les pertenece porque lo han hecho, lo han escrito, lo han compuesto, porque lo han vivido y tiene su sello. El anonimato es el germen de otros abusos; es el que ampara a los ladrones, y no sólo a los ladrones más aviesos y violentos, sino también a los que usan guante blanco, y también a los que abusan de la demagogia para explicar la raíz de su irrespetuosa agresión a la propiedad de autores e intérpretes, por ejemplo. La sociedad ha de defenderse con honestidad y fortaleza contra este tipo de burlas, y nadie, ni siquiera jugando, ha de aceptar que el anonimato se convierta en una identidad y por tanto en una naturaleza que hay que soportar simplemente porque viste bien vivir sin ser visto.

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura?. ¿Y qué de quienes la hacen?. Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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