Los años con Carlos Fuentes

Por: | 18 de mayo de 2013

La ausencia de Carlos Fuentes, que murió hace ahora un año, supone un hueco enorme, una herida que ya es, como él, parte de la historia.

Hay personajes y literaturas, y a veces unos y otras van cada una por su lado. Carlos Fuentes era un personaje y una literatura, y los dos factores caminaban juntos, y muy acompañados. Carlos era un nombre propio, gravitaba en torno a él un mundo, y no era tan solo su mundo; era el impulsor de un torrente en el que él era uno de los principales atletas, y a él se concedió en un momento determinado la obligación de ser, además, el que pregonara la existencia de un grupo que resultó esencial y que ahora es parte de la historia, pero además de la historia en marcha. Porque el impulso que él mismo agarró en los sesenta, junto con sus compañeros de partida, no ha cesado de dar frutos.

Fuentes era un hombre para todas las estaciones literarias, pero también lo era cuando se trataba de intervenir en la política, en la adivinación de las tendencias, en la especulación sobre el futuro del universo o de la patria chica. Y era, además, un colectivo, el motor de un enorme vagón en el que, como decía Anthony Burgess de la obra de Shakespeare, cabía todo un universo. Él fue, por decirlo así, el primer portavoz del boom, y antes de morir dejó dicho que estábamos en otro boom, que las nuevas generaciones venían a hacerlo mejor. Su energía tenía también el valor de la generosidad: la derramó hasta donde mandan el magisterio, para que la experiencia no abrumara al que viniera, sino para que el nuevo sintiera que era igual o mejor que el antecesor.

Era él y el mundo a la vez, y tenía potencia para llevar esa carga como si volara. Era ágil como conversador y como escritor; su pluma pesaba por lo que decía, pero volaba. Fuentes era uno que volaba escribiendo; hizo de lo profundo lo ligero, como querían Jorge Guillén o Eduardo Chillida, y nunca lo vimos desdeñando lo superficial si esto le venía bien para la ficción, ni jamás lo vimos dejando a un lado el peso de las ideas si ellas le convenían a la discusión a la que lo sometió todo. Fue el autor de En esto creo y de Los años con Laura Díaz; procuró el pensamiento y la historia, y las dos entidades del intelecto y de la imaginación las juntó en una escritura que jamás fue ceñuda o cejijunta, sino veloz y audaz, como si estuviera siempre sorprendiéndose de los hallazgos y de los azares de los que son capaces las palabras. Hasta que murió estuvo jugando con los escenarios de la literatura, y en Federico en su balcón, su novela póstuma, mezcló poesía, teatro y novela como si estuviera despidiéndose y afirmándose en todo lo que supo para tomar de nuevo impulso hacia cualquiera de esos ríos en los que nadó como nadie.

Cuando era escritor también era un personaje público, un agitador cultural y político; y cuando era un testigo y lanzaba su opinión acerca de lo que ocurría era un escritor y también un protagonista. Nada le era indiferente, y él no fue jamás indiferente, aunque a veces se desentendía, en la conversación, de los incidentes que dañaban la comprensión cabal de lo que ocurriera; era un novelista, pero no era anecdótico; era un ensayista, pero conocía el valor de la anécdota para precisar su pensamiento. Era un intelectual de opiniones contundentes y era un autor de ficciones tan diversas como su conversación o como su imaginería. Además, era un historiador, rebuscaba en nuestros espejos enterrados para darnos una visión de lo que pasa ahora, de lo que pasaba, en todo caso, basándose en lo que ya pasó. No dejó sin línea un minuto de su vida, y aunque su estilo se acomodó su gesto, a sus años y a sus experiencias, siempre hubo en Fuentes una sola literatura, un sonido igual, un tono, que era inequívocamente el tono de Carlos Fuentes.

       Como suele suceder ante desapariciones tan alevosas para la constitución del cuerpo literario al que pertenecía, su hueco no es solo el de la persona, el personaje y el escritor. Es, también, el hueco que deja su propio nombre en relación a otros. Él fue el pilar del boom, el que alentó desde la amistad (y desde la necesidad del momento) aquella pulsión literaria colectiva que aspiraba a convencer al mundo (y en gran parte al mundo español) que en el otro lado, en América Latina, se estaba haciendo una literatura diversa que había roto las amarras del costumbrismo y que constituía un desafío formidable que ya no se podía soslayar. Como un editor, y con la complicidad de editores preclaros allí y aquí, y con la asistencia impar de Carmen Balcells, la agente total, Carlos Fuentes se puso delante del desfile y fue señalando a cada uno una tarea. La primera tarea fue la de procurar que la amistad que los juntaba fuera también un elemento eficaz en la comunicación de la noticia: hay una literatura que no se puede dejar de lado y se está haciendo aquí, en América Latina. Nadie dijo boom, eso vino luego. Luis Harss le fue a ver para su memorable libro Los otros y allí Fuentes le señaló el camino: vete a ver a los colegas, a Cortázar, a Vargas Llosa, a García Márquez. Los fue señalando como el propio Gabo decía, en Cien años de soledad, que se fueron nombrando las cosas nuevas en Macondo.

       Ese momento fue muy especial, el del libro de Harss y el de las indicaciones de Carlos Fuentes, que fue, por decirlo así, el tercer editor del boom. En Barcelona fue Seix Barral, en América fue Sudamericana, y por encima de esas estructuras editoriales benéficas estuvo la mano y la voluntad de Carlos Fuentes. Esa fue una gestión propia del entusiasmo y provenía de un sentido profundo, y extremadamente útil en términos de comunicación literaria, de la amistad. Fueron afinidades electivas las que convocaron en torno a aquel libro fundacional, Los otros, a una serie de escritores que luego serían, en efecto, los que dieron voz a la palabra boom y aún siguen resonando como una de las mejores cosas (con la generación del 27, por ejemplo) que le pasaron a la literatura en español en el siglo XX.

       Ese momento fue un milagro que tiene sus propios títulos. Hubieran nacido de igual manera, sin duda, pero ese impulso de comunicación que hubo en torno a esta llegada de los bárbaros (así la llamaron Jordi Gracia y Joaquín Marco en un libro que debería haber circulado más) resultó esencial para que la literatura hispanoamericana de aquel momento hiciera su insólito viaje universal. En un texto de 1971, publicado en España por la impagable revista Cuadernos Hispanoamericanos, que entonces dirigía Félix Grande, Julio Cortázar advertía que un día en todo el mundo de habla española se tendría noticia del valor diverso que tenía la calidad de la literatura hispanoamericana que estaba escribiendo gente como él. Cortázar cifraba en el cuento el género más fértil entre los que practicaban sus colegas. Y es verdad que el cuento fue, y sigue siendo, un patrimonio mayor de estas literaturas hispanoamericanas, desde Horacio Quiroga y el propio Cortázar hasta Onetti y, cómo no,Carlos Fuentes.

       Pero la novela era ya un asunto contundente en la expresión escrita de la inspiración de los colegas del boom. Frente a la novela española, que se estaba desperezando, abandonando poco a poco los materiales del realismo social, los escritores latinoamericanos que habían sido convocados por el entusiasmo de Fuentes y de los restantes editores ya habían dado de sí obras maestras, como Rayuela, Cambio de piel, Tres tristes tigres, Cien años de soledad o La ciudad y los perros. El éxito fue imparable, y no fue, como es evidente, flor de un día. El sonido del boom sigue hasta hoy, aquellos autores siguieron siendo fértiles hasta su muerte, en los casos de Cortázar, Fuentes y Cabrera Infante, y ninguno dejó nunca que disminuyera la exigencia literaria que convirtieron en tan promisorias sus primeras literaturas.

       En ese aliento que dura hasta hoy, y que seguirá durando, fue un componente principal, casi fundacional, la respiración de Fuentes, el aire imparable de su sentido del tiempo que se estaba viviendo cuando le señaló a Harss y a sus colegas el camino: escribir es también comunicar, aliarse con editores para convertir lo que se hace en un acontecimiento. Él fue, digo, el tercer editor del boom, su pilar literario y comunicativo más preclaro, y más solidario en aquel momento. Al final de su vida reeditó esa confianza, en un libro que seguro que hubiera seguido revisando, La gran novela latinoamericana. Los que somos testigos de cómo procuró que fueran conocidos los jóvenes que vinieron luego sabemos que no fue una casualidad que fuera él, precismaente, el que se fijara en aquellos amigos suyos de los años 60, cuando todos eran unos chiquillos, para decir que la voz literaria de América Latina merecía la atención que se debe reservar a las grandes literaturtas. Y él era consciente de que estábamos, ahora mismo, en una especie de renacimiento de la voz. Y él volvía a ser ahora su veterano portavoz.

Sergio Ramírez, música entre las flores

Por: | 10 de mayo de 2013

La escritura de Sergio Ramírez, que publica ahora en España y en América Flores oscuras (Alfaguara), está teñida por el texto imprescindible de la novela contemporánea, es decir, de la que arranca en Miguel de Cervantes y se instala en la modernidad más rabiosa demandando de los narradores lo mismo que siempre fue necesario en los cuentos  y en las novelas: que lo que cuenten parezca real. Y, además, que tengan música.

          He leído ese libro de cuentos, en el que hay asesinatos, sexo, venganzas, amistades y odios, como si cada uno de esos fragmentos oscuros (y claroscuros) hubieran pasado realmente, pero no sólo en Nicaragua o Costa Rica, que son dos de sus escenarios, sino en mi casa de Tenerife, en mi barrio, en el barranco de mi barrio, bajo la carpa del circo que venía cada año a nuestros descampados. Los personajes (el asesino, el bueno, el imperdonable y el que perdona, el inolvidable y el que olvida, el mago y el que se traga el fuego) son, también, aquellos a los que yo vi en mi infancia y en mi adolescencia, aquellos a los que vi luego, o entreví en las pesadillas, o aquellos de los que me hablaron mis padres, mis amigos, antes o en cualquier tiempo. Incluso ahora mismo.

          Él dice que cada uno de esos relatos, que son, efectivamente, flores que halla en los intersticios de la gloria cuando ésta es también miseria, como aquellas flores de muerte de la célebre película Muerte entre las flores, son sucesos que leyó en la prensa. En su mayoría, esa es la procedencia. Luego está la cocina sutil del escritor, que convierte esos sucedidos tremendos en historias que ya pueblan la mente como si la ficción se dijera al oído. Así ha escrito siempre Sergio Ramírez, como si la realidad le fuera diciendo, con su aliento tantas veces increíble, lo que pasó, y ese es el material de sus ficciones. Pero hay un material que no dan ni las crónicas ni las noticias, ni siquiera los rumores que circulan en los pueblos y en los barrios como dagas circunspectas. Eso que faltará siempre para que una obra de escritura sea también, aparte de periodismo o noticia, obra de arte, es lo que cada vez más tiene Sergio Ramírez en su balance de materiales en este caso intangibles: ritmo, música, capacidad para susurrar, como Borges, lo que parece que no ocurrió pero que en el instante mismo en que resulta dicho ya parece que pasó de manera incontrovertible.

          Ese es el tono cervantino, y borgiano, que se ha apoderado de manera muy fructífera de la escritura de Sergio Ramírez;  él ha reservado ese susurro, ese sosiego sin límites, para cada uno de los ámbitos en que se desarrolla su actividad literaria: los artículos, los relatos (como estos de Flores oscuras) y las novelas, e incluso en los ensayos más largos cuya base es la experiencia de oír además de la experiencia de leer. El otro día le pregunté en Madrid a Sergio Ramírez de dónde podría venirle esa música que le emparenta con Rubén Darío, con Lorca, con Borges y con Octavio Paz, por citar un cuarteto que también podría ser un cuarteto musical. Me había enseñado la foto de su nieta más chica tocando el piano, pero de eso hacía un rato. Así que su respuesta no tuvo necesariamente relación con ese detalle tan preciso, la foto de su nieta tocando el piano.

          Lo que me dijo, terminando un whisky de malta que le habían servido cerca de donde solía comer Lorca con Cernuda, precisamente, en el renovado restaurante Carmencita de Madrid, fue que su abuelo le llevaba muchas veces a tocar el piano, y que quizá sea el recuerdo de esos ritmos que aprendió entonces lo que seguía dentro de su cabeza desde entonces, y que son esos susurros los que ahora se le ponen en las manos cuando escribe. Mientras lo decía recordó algunas melodías, y de vez en cuando las tocaba sobre la mesa de mármol, como si estuviera reproduciendo en su recuerdo de ahora los sonidos de antaño.

          Lo verdaderamente notable de este libro, además, es cómo ha combinado la escritura burocrática de los atestados, a los que recurre en algunos casos para explicar asesinatos o reyertas, con ese aprendizaje ya inapelable del ritmo. Cómo ha sido capaz de hacer escritura poética recurriendo tan solo a lo más alto de los materiales de la narración o del texto: el ritmo, la música. Si un cuento es un puñetazo en el aire, que decía Azorín, estos de Sergio Ramírez son como los hachazos de los que hablaba Cabrera Infante para decir cómo hubiera escrito Alejo Carpentier acerca del asesinato de Trotsky.

          Después de hablar de esos ritmos y de esas flores oscuras hablamos un rato de su tiempo en la revolución sandinista y luego en la política. Ya escribió de ese periodo, en parte, en Adiós muchachos. No le dije nada, pero cuando le pregunté por la última vez que estuvo cerca de sus antiguos compañeros (y sobre todo del más conocido de sus antiguos compañeros de lucha), percibí que en el alma de este narrador formidable se le está deshaciendo un nudo del que saldrá alguna vez una memoria que pugna por decir su nombre.

          Ojalá, será otra lección de ritmo interior, otra manera de explicar la vida como quien hace sonar los nudillos para que el resultado sea otra melodía inolvidable.

Todo lo que parecía sólido en Valencia

Por: | 05 de mayo de 2013

Ves el cielo de Valencia, lleno de agujas arquitectónicas que ahora parecen la patética comprobación de algunas de las metáforas aportadas por Antonio Muñoz Molina en su ensayo manifiesto Todo lo que era sólido (Seix Barral), y ahí encuentras la vía para entender qué pasó en esta región cuya prosperidad se basó en un tiempo en este tipo de agresiones al paisaje.

Ese skyline goza de todos los ingredientes de la filosofía estética que se acuñó con el apellido de Calatrava. Lo que lo compone es a la vez grandioso e inútil. E hiriente. En los filos de estas construcciones que quisieron hacer de Valencia una Manhattan mediterránea relacionada con Dios pero sin hacerle ascos al Diablo (del dinero fácil) hay una apelación arrogante y desesperada a la grandeza, a la grandeza del cemento y de la piedra.

El resultado de aquel desmán es hoy una tierra empobrecida, bajo cuyos lodos empiezan a regurgitar ahora preguntas que ensombrecen sin paliativos aquel periodo de esplendor supuesto que también lleva los apellidos de Camps, Barberá, Cotino, y los seudónimos de El Bigotes o Gürtel. Como las preguntas no pueden esperar para siempre, unas muy sencillas, lanzadas desde un programa de televisión (Salvados, La Sexta) por un joven periodista de apellido Évole, han servido de cauce para que los valencianos (y todos los españoles) vean sin tapujos y oigan sin manipulación alguna lo que tenía que decir uno de esos apellidos (Cotino) acerca de uno de los escándalos más sofocantes del pasado. Y no tenía que decir nada.

La actuación de Cotino ante las cámaras del programa de Évole ya ha dado la vuelta al mundo de las redes sociales, y este viernes se concentró como una sola persona preguntando en la Plaza de la Virgen de Valencia, adonde fui yo también, propulsado por aquella actuación televisiva y por el hecho cierto de que los ciudadanos hemos de preguntar, seamos periodistas, jueces o zapateros, siempre que en el horizonte de un hecho se guarde adrede una sombra. En ese programa se denunciaba el silencio al que el Gobierno valenciano sometió el accidente más grave habido aquí, el de metro Jesús, en el que perecieron en 2006 43 ciudadanos de toda edad y condición. Ya se sabe, porque lo han dicho quienes estaban allí, cómo se comportó la comisión de investigación, manejada por los gobernantes (entre ellos Cotino, que era consejero; ahora es presidente de las Cortes), para dejar en nada las preguntas que había acerca de lo que había sucedido. En el programa, Évole hizo esas preguntas, se las hizo a Cotino, y éste reclamó su derecho a seguir callado. La gente ahora ha salido masivamente a la calle, impulsada por ese programa, a hacerle las mismas preguntas. En la calle, junto a las iglesias que él frecuenta como católico.

Estuve allí, escuchando, oyendo hablar, hablando con algunos de los concentrados. Fue un día de reivindicación y de periodismo, el día, precisamente, de la Libertad de Expresión en el mundo. Por la mañana, trabajadores de la Radiotelevisión Valenciana, en lucha por sus puestos de trabajo, pidieron perdón a las víctimas porque estos canales oficiales nunca se han ocupado de sus reivindicaciones. Y por la tarde la gente concentrada celebraba que, con otros medios valencianos que no están bajo el control de la Generalitat de Camps y sucesores, este programa de Évole viniera a arrojar luz sobre un hecho aviesamente silenciado para que se viera mejor la visita del Papa.

 

La Chunga y la resurrección teatral de Mario Vargas Llosa

Por: | 27 de abril de 2013

Cuando se cerró el telón y los actores que habían interpretado La Chunga salieron a escena a agradecer la ovación que premió su trabajo había un espectador, el autor de la obra, más emocionado que nadie en el patio de butacas del Teatro Español. Cuando los aplausos se atenuaron, de entre los actores salió Aitana Sánchez-Gijón, la intérprete principal, para rescatar al autor, Mario Vargas Llosa, del asiento que ocupaba junto a su mujer, Patricia Llosa, y llevarlo al escenario. Allí él se fundió en un aplauso con el director, Joan Ollé, y con los restantes actores, y después explicó, en un parlamento sencillo y al borde de la emoción abierta, que este grupo de trabajadores del teatro lo había rescatado como dramaturgo. No lloró, como en Estocolmo, cuando recibió el Nobel y se acordó de su familia, y de Patricia en primer lugar, pero estuvo a punto, y lo estuvo sinceramente. Mario Vargas Llosa no llora habitualmente, ni escribiendo, de modo que cuando se emociona, como las españolas del beso, es que se emociona de verdad. Y esta fue una de las veces en que los que le hemos seguido bastante le hemos visto más al borde de ese sentimiento incontenible que a veces desemboca en las lágrimas. ¿Por qué? Absténganse los que suelen desdeñar a Vargas Llosa por las ideas que expresa, según su libre albedrío, sobre la economía o sobre la política; pónganse a un lado quienes dicen no leerlo porque lo que escribe sobre la coyuntura mundial no satisface las ideas que él no abraza. Y vengan acá, a esta evocación, aquellos que entienden hasta qué punto la vocación literaria es el espíritu que impulsa a este hombre que ya tiene 77 años (dos veces siete, es un número de fortuna, el 7 impulsa la suerte) y que se sigue comportando, en público y en privado, con una fuerza especial que tiene más que ver con la reivindicación de la fantasía que con las menudencias que convierten en un puño lleno de clavos las distintas coyunturas. Él nació para la fantasía y en la fantasía; en el libro que yo prefiero de entre los suyos, El pez en el agua, de 1993, él cuenta cómo nació esa vocación, cómo creyó encontrar el paraíso (el paraíso en aquella esquina peruana del mundo), cómo halló el infierno y cómo fue salvado de éste precisamente por la literatura, haciéndola y leyéndola. A partir de entonces, de aquel conocimiento del infierno y de la pena (la pena fue otro impulso, por la pena se escribe, dijo una vez), se hizo poeta, quiso ser dramaturgo y finalmente es el Vargas de ahora, un compendio casi esencial de ensayista y novelista que mantuvo y mantiene una nostalgia de la que se soltó, sobre todo, a partir de 2003, cuando Sergio Vila Sanjuán y algunos otros inventaron para él, y para la ciudad de Barcelona, una recreación teatral de otro de sus libros que yo prefiero: La verdad de las mentiras. Esa idea convocó una conjunción astral que quizá revoloteó en la cabeza de Vargas Llosa cuando el jueves último se subió, emocionado tras la primera representación de La Chunga en el Español, a agradecer a este equipo que le permitiera renacer como autor dramático. Y es que en ese equipo están dos personas esenciales en ese renacimiento de su dramaturgia, e incluso de él como actor teatral, pues en La verdad de las mentiras y luego, en Las mil noches y una noche, también fue intérprete. Y es que Joan Ollé lo dirigió entonces, y entonces Mario tuvo como pareja en el escenario, en ambas ocasiones, a Aitana Sánchez-Gijón, y ahora Aitana y Joan son compañeros, una en su sitio de Chunga, y otro dirigiéndola otra vez, artífices de la espléndida, vibrante, metafórica recreación del manifiesto teatral que significa esta obra con la que el Teatro Español señala el principio de la recuperación de toda la obra teatral del muchacho que nació en Arequipa y quiso de chico ser autor teatral. Esta resurrección madrileña de La Chunga tiene una historia que podría contar muy bien el director del teatro, el inquietísimo Natalio Grueso, que cree que todo es posible. Una noche, entre los ruidos de un piano bar, hace medio año, le preguntó a un amigo suyo cómo vería Mario Vargas Llosa que el Teatro Español, al que él había sido adscrito hacía nada, le devolviera a la escena todas las obras de su dramaturgia. Lo vería bien, seguro. Al día siguiente el amigo común los puso en contacto, y en seis meses La Chunga se subió al escenario, con una fuerza que es la que, quizá, también impulsó la emoción de Mario Vargas Llosa. Se abrazó con todos, se acordó de todos (de todos los actores, no sólo de Aitana y de Irene Escolar, espléndida haciendo de la joven Meche, y de Joan Ollé), de todos y de cada uno. En el recuerdo de quienes vimos aquella vez que él y Aitana (y Joan) pusieron en el escenario de Barcelona La verdad de las mentiras, que respondió al generoso impulso de Sergio Vila-Sanjuan, podía vislumbrarse que el autor-actor supo que aquel día lejano se fraguó una amistad que ha tenido emocionantes consecuencias artísticas, y por eso estaba emocionado, porque lo habían resucitado como dramaturgo. Anoche, el día de la segunda representación, ya con el público mezclado, y no sólo ante el público de los invitados del estreno, fue de nuevo a ver la obra Mario Vargas Llosa. A este hombre lo alienta el entusiasmo que se produce cuando tú te mueves más por la vocación que por cualquier otro elemento. Y eso es lo que se ve en él cuando se emociona, cuando el entusiasmo vale más en su espíritu que cualquier otro impulso de la vida, incluyendo los impulsos que nos hacen mirar a los lados y no al fondo de las personas o de los asuntos.

Libros para vivir la vida de los otros

Por: | 19 de abril de 2013

Me permito recomendar algunos libros en los que al periodismo se le junta la literatura para que vivamos la vida de los otros.

Uno, y principal, es el libro de Gay Talese Vida de un escritor, publicado por Alfaguara; ahí el maestro del periodismo explica cómo se fue haciendo, poco a poco, el escritor que es; lo hizo desde el periodismo y alcanzó las cimas que la observación, la curiosidad y la cultura convierten la escritura, cualquier escritura, en la mejor literatura. Es una antología genial de sucesos cotidianos que él convierte en metáfora de las vidas que vivimos aún sin saber que nos están ocurriendo cosas extraordinarias. Desde la historia humana de un edificio a la crónica de sus fracasos. Muy recomendable.

Una buena vida, de Ben Bradlee, publicada en español a finales de los 80, es la crónica suculenta de la vida feliz de uno de los mejores periodistas del mundo, que fue director del Washington Post cuando este gran periódico exploró con éxito un suceso contemporáneo que marcó las relaciones del periodismo con el poder, el caso Watergate. En el libro no sólo expone ese éxito, del que no se vanagloria, sino que narra cuáles han de ser las conductas responsables de los periodistas en el uso del poder que les da la pluma. Hay varias reediciones, y creo que está vivo en las librerías.

Editar la vida, de Michael Korda, publicado por Debate. Conozco pocas obras sobre el oficio de editar tan divertidas y verdaderas, tan sinceras y tan lujosas, de detalles, de conversaciones. Hay retratos memorables, como los de Tennesee Williams y de Truman Capote; pero lo fundamental, creo, es su descripción de las obligaciones del oficio de editor. 

Vidas al límite, la antología de los mejores reportajes de Juan José Millás, publicada por Seix Barral, es un monumento vivo a una manera de ver, a una forma de entender el periodismo al límite, allá donde no pueden llegar ni la información ni la observación de la realidad, sino la intuición literaria, la capacidad de metáfora. Alguien dijo que es una especie de reportaje cervantino el que inventó Millás; se lee como si hubiera escrito para ahondar en la ficción cuando en realidad le está retorciendo el cuello a la contingencia. La historia de la vida de una mosca es una obra de arte.

Plano americano, de Leila Guerriero. Publicado por Ediciones Universidad Diego Portales de Chile. En este caso, una periodista minuciosa y exigente que no deja de mirar visita a personajes que, como aquellas vidas al límite, están en el abismo del recuerdo o de la melancolía; ella los salva, o al menos los arranca de su mutismo o de su desesperación y los convierte en personajes rehechos, esculturas humanas que ya viven en nuestro recuerdo con un raro fulgor. Aquí aconsejo leer, entre otras muchas cosas, su reportaje Quién le teme a Aurora Venturini.

Y

Eterna Parranda, de Alberto Salcedo Ramos, flamante premio de Periodismo José Ortega y Gassett. Publicado por Aguilar en Colombia. Quien lea el último texto, Las verdades de mi madre, entenderá la combinación feliz que anima estos textos periodísticos en los que se alterna la información exhaustiva con el sentimiento herido y goloso de sus personajes, que van desde astros de la canción a boxeadores tristes, pasando por el árbitro que se atrevió a expulsar a Pelé. Salcedo Ramos es de Barranquilla, donde se hizo Gabo, y a fe mía que tiene más puntos en común con el gran escritor del periodismo colombiano. 

 

Savater visita a Octavio Paz

Por: | 19 de abril de 2013

Entre los textos más emocionantes que haya escrito, o que haya dicho, Fernando Savater, acaso el escritor más veloz y al tiempo más hondo de su generación, están estas líneas con las que concluye su visita a Octavio Paz, su amigo.

Esas líneas, que reproduzco más abajo, están en el libro Las ciudades y los escritores, el resultado de una gigantesca pesquisa que Savater hizo para la televisión y que ahora conoce también el beneficio de la letra impresa, de la mano de Debate.

En este libro, que es de lectura igualmente veloz y también igualmente profunda, el filósofo que también es periodista (muy bueno, por cierto) y narrador, se adentra en los mundos de Borges, de Pessoa, da Dante, de Cervantes, de Pío Baroja..., para explicar, a partir de cada uno de esos literatos, las ciudades o los lugares en los que cada uno de ellos vivió.

Cada entrega tiene un esquema similar, en todas hay una entrevista a alguien experto en cada uno de esos escritores, en todas hay un exordio en el que el escritor y en este caso también viajero por las atmósferas literarias describe sus propios sentimientos hacia el autor, su conocimiento de la ciudad, etcétera. De modo que todo se lee como si uno estuviera ante una sucesión muy nutritiva de reportajes y entrevistas que dejan ver, en muchas ocasiones, las propias influencias que cada uno de sus visitados han tenido sobre la obra del propio Savater. Éste nos ha acostumbrado desde hace décadas a atender a sus lecturas como sustento de nuestros propios gustos, desde La infancia recuperada hasta este mismo libro que acaba de aparecer tan oportunamente en los aledaños de las fiestas de los libros. De entre todos esos textos, hay algunos que aconsejo especialmente, como el que dedica a Borges, o el que le lleva a recorrer la Lisboa de Fernando Pessoa. Pero donde encontré más emoción, donde Savater es no solo el lector, el viajero, el hombre que mira los libros como si fueran parte de su propia vida a partir de la mirada de sus autores, es en el que dedica al México de Octavio Paz, su gran amigo; aquí, además, Savater entrevista a Juan Villoro, que desarrolla una lúcida teoría sobre la mexicanidad de Octavio.

    En ese texto Savater vuelca cierta melancolía, algunos elementos de la rabia retrospectiva que siente al evocar los episodios en los que Octavio Paz fue tan injustamente preterido por sus opiniones o por sus posiciones políticas, por aquellos que años después adoptaron las mismas reticencias, por ejemplo ante el estalinismo soviético y ante otros estalinismos más contemporáneos y lingüísticamente mucho más próximos. Pero donde está esa emoción personal más evidente y más a flor de corazón es en el relato de su última visita a Octavio Paz, hace quince años ahora, cuando ya el poeta estaba muy enfermo y recibió a su amigo español.

    Así lo relata Savater: "Llegué muy conmocionado, temiendo ver a mi amigo en estado de sufrimiento. Octavio se encontraba ya muy consumido, prácticamente no podía hablar, y lo trasladaban en silla de ruedas sólo el par de horas al día que se levantaba de la cama. Pero aún así, al verme me lanzó una sonrisa con el afecto y la complicidad que habíamos tenido durante muchos años. Yo no sabía qué decir, era tal la emoción que me embargaba. Entonces Marie Jo [la mujer de Paz] tuvo un gesto maravilloso y le pasó la mano por el cabello mientras me decía con ternura: ´Mira qué pelo más bonito tiene todavía`. Esa caricia me desgarró, pero también me llenó de vida. Fue la última vez que lo vi".

    Una perla de ese libro de perlas literarias y urbanas, una emocionante descripción del hombre que se despide. Aconsejo el libro. Muy vivamente. Para volver a vivir, con Savater, miradas que son inolvidables para ver las ciudades que ellos miraron.

      Esta tarde, la Casa de América le dedica en Madrid un homenaje a Octavio Paz, con una conferencia del poeta Marco Antonio Campos, titulada Octavio Paz y el poema extenso. Hoy se cumplen quince años de la muerte del poeta.

Utilidad del periodista (hoy)

Por: | 15 de abril de 2013

Este último sábado El Gran Debate de Telecinco llevó a su plató el asunto de las fotos en las que se ve al presidente gallego Alberto Núñez Feijóo posando en un yate con un traficante de tabaco (y luego de drogas) de su región. Las fotografías las publicó EL PAÍS y la información era de dos compañeros de la Redacción gallega, entre ellos Xosé Hermida, veterano colega que lleva muchos años trabajando desde Santiago para el periódico. Me fijé, en el último tramo del debate, que quienes estaban frente a él en la interpretación sobre la importancia sociológica y política de esas fotografías hicieron todo lo posible para que Hermida no dijera ni pío, a pesar de que él era quien tenía una información más precisa, más documentada y más relevante sobre lo que había ocurrido cuando se tomaron las fotografías (hace algo más de quince años) y sobre las justificaciones que el ahora presidente gallego había dado a sus diversos encuentros con el citado traficante, Marcial Dorado.

    Me llamó la atención la insistente maniobra que algunos de aquellos contertulios puso en marcha para que el periodista no dijera nada; educadamente, él atendió las distintas llamadas de algunos de sus interlocutores (y del propio director del debate) a que esperaran a que ellos mismos dijeran sus argumentos. El resultado es que ese filibusterismo consiguió que llegara el final del programa sin que el compañero nos ilustrara con lo que sabía.

    Me vino ahora a la cabeza esta situación porque he intentado responderme a la importante pregunta que se hace José María Izquierdo en su nuevo libro, ¿Para qué servimos los periodistas? (Hoy), que ha editado Catarata y que se presenta hoy, precisamente, en el Círculo de Bellas Artes. Deja muy claro Izquierdo, que es un gran periodista, y además muy buen escritor (de opinión, o de lo que le pongas por delante), que periodista es aquel capaz de obtener, organizar y divulgar la información, antes que cualquier otra cosa. No es, en principio, un opinador, no es alguien que con sus columnas o con sus artículos o con sus comentarios intente derribar gobiernos o sistemas. Es, muy modestamente, y eso lo dicen también otros grandes del periodismo al que él ha convocado al libro (desde Maruja Torres a Joaquín Estefanía pasando por Jesús Ceberio o Sol Gallego), un informador, alguien que sale a la calle, llama por teléfono, confirma, contrasta, y al fin relata lo que pasa con el único fin de dar testimonio de lo que sucede, ofreciéndole al lector (o al oyente) todo aquello que sabe diciendo además por qué lo sabe y qué no sabe.

    En aquel coloquio quien más sabía, y lo dejó ver cuando tuvo algunos resquicios, era Hermida. Frente a él había, sobre todo, personas que deducían, según los indicios de su corazón, lo que les hubiera gustado que pasara. Pero el que sabía qué había pasado, el que lo investigó, el que lo contrastó, el que hizo las preguntas a las personas adecuadas (entre ellas, al presidente gallego) era el informador que levantó la historia y la condujo a la consideración de los lectores. El ruido alrededor no era informativo, era sobre todo el ruido de la opinión. Legítima, quién lo duda, pero opinión al fin, dicha en este caso, sobre todo, para oscurecer la información.

    ¿Utilidad del periodista? Izquierdo lo deja claro en su libro: cuanto más información, mejor periodismo; la especie, que cala en los estudiantes y en muchos lectores u oyentes, que cuanto más alta es la voz de los que opinan mejor es lo que dicen, cuanto más acuerdo tenga lo que se dice con la pasión de los que escuchan, mejor periodista se es, resulta una falacia que recorre el espinazo del oficio y lo pone en duda.

    Un periodista es "un profesional que busca historias, que sabe encontrar los datos y contextualizarlos y, finalmente, que posee la capacidad de contársela de forma atractiva y eficiente a los demás". Eso dice Izquierdo. Y dice en el frontispicio del capítulo que incluye el título del libro (¿Para qué servimos (hoy)?) Soledad Gallego-Díaz: "Los periodistas suelen ser personas con una mala salud de hierro. Mucha paciencia y curiosidad, que se dedican a indagar en los hechos, de acuerdo con unas reglas. Suelen ser molestos porque, cuando hacen bien su trabajo, preguntan por cosas que no se quiere que se sepa y que siempre irritan a los más poderosos".

    Pues por eso no querían que hablara Hermida, porque es un periodista que tenía la información, y por eso su semblante educado y contrariado me ha venido a la cabeza cuando he leído el libro de Izquierdo sobre la utilidad (hoy) del periodista. 

El milagro de Peridis y el rey desnudo

Por: | 05 de abril de 2013

Peridis titula con un dibujo suyo su último libro, que publica Turpial como un álbum de tapas blancas, una iluminada contribución editorial a la bibliografía del legendario dibujante de EL PAÍS.

    En la portada, la columna en la que reposa Rajoy le tiene a éste, echado, fumándose un puro. Abajo, el oleaje que no consigue tumbar la columna. Lo que dice la viñeta es "¡Dios mío! ¿Qué he hecho yo para merecer esto?" Al final del fumetti escapa hacia las olas un fugitivo José Luis Rodríguez Zapatero.

    ¿Quién lo dice? ¿Quién dice ´¡Dios mío! ¿Qué he hecho yo para merecer esto?`? ¿Rajoy? ¿Zapatero?

    Lo dice la vida misma, nosotros, los ciudadanos, los lectores de Peridis, los que hemos hecho de la contemplación cotidiana (¡todos los días, todos, desde que nació EL PAÍS el 4 de mayo de 1976!) una manera de reconciliarnos con la teoría (y la práctica) de que el exceso de seriedad no ayuda a entender qué pasa.

    Un poco de Peridis es mucho, y ese mucho que hemos tenido a lo largo de estas casi cuatro décadas es un milagro por el que habría que dar, por seguir con las invocaciones, gracias a Dios..., pero sobre todo a Peridis.

    Es un dibujante extraordinario, pero sobre todo un ciudadano ejemplar: comprometido con el medio ambiente y con el ambiente que la historia creó para los hombres; devoto de la arquitectura, que es su oficio, se ha dedicado toda su vida a rescatar monumentos románicos que forman parte de la firma estética de su tierra; conversador respetuoso que no conoce la fatiga; solidario con los otros, no conoce ni la envidia ni la maledicencia.

    Por todo eso se ganó desde hace años respetos muy diversos, de personas contrapuestas, algunas de las cuales se han juntado, además, porque él ya las juntaba en sus dibujos. Fue amigo de Carrillo y de Fraga, de Martín Villa y de Alfonso Guerra, de Felipe y de los contrarios de Felipe... Vio siempre a sus personajes (a los reales, que con como él los dibuja) como seres humanos de los que destacaba y destaca sus defectos y sus afectos como podría destacar los suyos propios, y jamás se ha ensañado con ninguna de las figuras que pasan por el enorme retrovisor cordial de su lápiz.

     Su lápiz es el objeto a través del cual Peridis verifica su milagro. No lo levanta del papel, y al final de esos minutos en los que vierte lo que ha intuido, lo que imagina y lo que sabe, aquello que empezó siendo el trazo minúsculo con el que aborda la idea, ya la viñeta es un relato. Trabaja como un poeta, en cierto modo, pues lo que hay en su cerebro es una imagen de la realidad; lo que consigue, al fin, es mirar la realidad desde el otro lado. Y no somos nosotros, sus lectores, o sus personajes, los únicos que nos sorprendemos de la perspectiva que alcanza: él mismo se sorprende de lo que logra. Por eso creo que jamás ha faltado a su cita diaria: porque él mismo quiere saber qué hacen o qué dicen los personajes que él traslada a la viñeta, para que la realidad que crea sea mejor, más imaginada o imaginativa, que la realidad que sucede. Pero muchas veces la realidad que él cuenta es luego la realidad que pasa.

    El libro se presenta hoy, 5 de abril. Recoge lo que publicó en EL PAÍS en siete años en los que hemos vivido una realidad convulsa que produce vértigo, desde que este país volvió a ser gobernado por los socialistas (Zapatero escribe uno de los prólogos del volumen) hasta 2011, cuando Rajoy se subió a la columna desde la que mira a Peridis, que sin duda forma parte del oleaje. Dice el académico Antonio Bonet Correa, en el otro prólogo del libro que edita Turpial, que "las viñetas de Peridis (...) constituyen una crónica histórica de la actualidad". Éstas, en concreto, "salvan del olvido inmediato al pasado más reciente".

    Ese es el milagro del libro, alentar la memoria, del mismo modo que una a una nos han alentado a entender el presente. El milagro cotidiano, desde hace 38 años, es cómo este hombre menudo y ágil, benevolente y risueño, generoso e inteligente, ha sabido decir, sin levantar el lápiz de papel, lo que hay por dentro de los personajes que retrata.

    Lewis Carroll decía que quería saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada. Este Peridis pudo habérselo dicho. En el libro está la luz (y está la sombra) de una época contradictoria y difícil a la que el dibujante se refiere como el niño que le dijo al Rey que estaba desnudo. 

España contra pronóstico

Por: | 02 de abril de 2013

España no es un país previsible, al contrario de lo que piensan algunos de los que mandan en él; en las pasadas elecciones y en las anteriores, el actual presidente del Gobierno se presentó como un hombre previsible, es decir, adecuado a un país que tendría que ser previsible, confiable, una joya de Occidente.

    Pues no es previsible, este país no es previsible, ni el mismo presidente es previsible. Además, por doquier le surgen circunstancias imprevisibles y personajes imprevisibles a los que él da respuestas que sin embargo ha convertido en previsibles: ninguna. Por un lado, alguien a quien está confiada una región donde el narcotráfico ha sido un azote dice que no sabía qué era el narcotraficante que lo llevaba al yate; otro al que él mismo confió el tesoro de su partido tiene a éste bajo las cuerdas de su chantaje cotidiano.

    En este mundo imprevisible es difícil que España cumpla su tarea como nación en función de pronósticos previsibles. Así que está muy bien que Miguel Ángel Aguilar haya titulado España contra pronóstico (Aguilar) el libro que presentó anoche en la sede donde ahora está la fundación del diario Madrid, aquel periódico en el que él se hizo y que fue dinamitado por la dictadura.

     España contra pronóstico, España contra todo pronóstico. De pronto, este país se ha convertido en la cesta en la que quería meter el agua Harry Belafonte. Rebosa, se hunde, se levanta monárquico y se acuesta republicano, hace la siesta con un escándalo y se levanta con uno diferente; las malas noticias duran hasta que vienen peores, y a las buenas les suceden las malas. Las instituciones se tornan indecisas y cuando se creían marmóreas se convierten en barro puro o en barro contaminado por la corrupción de los que se habían arrimado a sus columnas.

    La desconfianza en la política, en las instituciones y en los agentes sociales es total; de pronto es como si se hubiera hecho, como decía el poeta argentino, la noche en la mitad de la tarde. Naufragó (lo decía el historiador José Álvarez Junco en la presentación) la educación para la ciudadanía, estigmatizada por una derecha cavernaria y caótica que además se dice católica. Se prolongó (decía Aguilar) la vocación caciquil de las familias, y también de las familias políticas, y el país se ha ido rompiendo por las puntas de modo que ahora, como le decían a una amiga en Miami, por ahí nos ven como si estuviéramos recogiendo escombros que nosotros mismos hemos producido.

    Conocí a Miguel Ángel Aguilar hace un millón de años, más o menos; por alguna razón que desconozco, lo primero que recuerdo de él, sentado ante una mesa blanca de formica en aquel Madrid triste pero confiado, es una carcajada que nos tenía de testigos a Piluca Navarro, la querida amiga que acaba de morir, a José Luis Fajardo, el pintor, a Domingo Pérez Minik, el escritor canario, y a Juby Bustamante, cómo no, la excelente periodista cultural, la mujer de Miguel Ángel. Desde aquella carcajada hasta este mismo momento han pasado millones de carcajadas (suyas, fundamentalmente); es así como él se enfrenta a lo que pasa, aplicando la teoría de la relatividad (la de Einstein y la suya) y ofreciendo siempre una salida (o una teoría, generalmente basada en la física que domina) que produce a la vez sonrisa y pavor.

    En este libro pasa eso: lo empiezas a leer como si Aguilar fuera a soltar en algún momento una carcajada. Y de pronto te azota con la evidencia de una realidad cuyas paradojas inquietan, abren boquetes en el futuro, muestran el presente como esa cesta de mimbre a la que se le escapaba el agua.

    El libro está escrito por él, con la colaboración de la excelente periodista Paloma Tortajada. A partir de una conversación de los dos, Aguilar escribió luego España contra pronóstico. En la presentación intervino David Trueba. Dijo que una de las habilidades admirables de Aguilar es afrontar las catástrofes con humor. Ahora estamos ante una catástrofe, leer este libro conduce a afrontar el desafío aprendiendo de la teoría de la relatividad que Miguel Ángel pone en práctica en cuanto deja de reír. Sentido común para verificar un pronóstico, experiencia para contar que lo que pasa es previsible porque las manos que conducen el cotarro son desde hace rato familiares e imprevisibles. 

Diez años de la muerte del pintor Eduardo Úrculo

Por: | 30 de marzo de 2013

Cuando murió Ignacio Aldecoa, a los 44 años, se produjo un estruendo nacional en el mundo de la literatura y también de la amistad, que entonces eran términos que aún conjugaban bien. Lo resumió Carmen Martín Gaite en el título del artículo en el que expresó su desolación: “Un aviso”. Era la señal, entonces, de que la muerte era una de las fronteras de la vida, y era definitiva; ella, Carmiña, lo avisaba escuetamente, sin otro vuelo que el que ofrece al alma que cuenta el drama que vive.

       Eso ocurrió en 1969, en Madrid, abruptamente; nadie esperaba que aquel ser humano que tanto había levantado la moral de su tropa y que tan bien había escrito sobre la fiesta y la tragedia fuera a ser el primero al que se lo llevara el barco final, el que no regresa.

       Por alguna razón que tiene que ver sin duda con la muerte pero también con ese carácter de aviso que tiene toda noticia tan aviesa como esa que Carmiña subrayó con dos palabras, cuando murió el pintor Eduardo Úrculo sentí también ese latigazo: las campanas empiezan a tañer por cada uno de nosotros, este es un aviso, toda muerte es, al fin, una muerte colectiva; cuando alguien tuyo, de tu entorno, de tu vida, se muere, tú también te estás muriendo.

       Eduardo Úrculo murió hace diez años, el 31 de marzo de 2003. Era un hombre pletórico; tenía 64 años, pero podría tener los años en que murió Aldecoa, era tan joven aún. Se conservaba en buena forma, seguía paseando, pintando, riendo sin fronteras, viajando como un chiquillo, de su corazón a sus asuntos, hasta que el corazón decidió jugarle esta mala pasada. Estuve el otro día con su mujer, Vicky Hidalgo, en la casa que dibujaron y vivieron juntos en el barrio donde vi a Eduardo por última vez. Ahora es un recuerdo, un millón de recuerdos; por ejemplo, el de ese último día, y era marzo, en que lo vi en la calle, mirando, siempre miraba Eduardo. O de cuando nos juntamos unos cuantos en su casa de Madrid, riendo, o cuando reíamos en su casa de Asturias. O cuando, aún sin conocerlo, me hablaban de él sus amigos canarios José Luis Fajardo, Eduardo Westerdahl y Jorge Perdomo…

       Todas esas etapas, todos esos recuerdos, son de un Úrculo único y diferente. El canario, por decirlo así, era el Úrculo que hurgaba en la tierra, en su tierra asturiana; dibujaba entonces, en su juventud, el alma doliente de un territorio que gritaba sordamente en medio de la dictadura. Era el Úrculo políticamente más comprometido, el que le dio alma a la encarnadura civil de su arte. Westerdahl, que era un surrealista a carta cabal, apreció en esas formas oscuras de Úrculo el germen de una luz, lo decía. Y, en efecto, años después surgió entre nosotros ese Úrculo iluminado por el sol de Ibiza, dibujante de formas iluminadas por una voluntad de alegría que ya llenó por completo las paredes de su estudio. El añil, el amarillo, el azul claro, el rojo…

       Y, dentro de esos colores cálidos, hundidos como en el aire de sus formas, mujeres, viajeros, gente asomándose al mar; el horizonte fue una obsesión para este viajero que fue de la oscuridad a la luz como si traspasara una frontera. En esos cuadros suyos, en sus esculturas, en lo que dibujó y en lo que pintó hubo siempre, y siempre hay, gente mirando, paseantes, soñadores; de espaldas o de frente, pero sobre todo de espaldas, los personas están aguardando algo, saben que en un momento determinado tendrán con ellos lo que esperan, y probablemente lo que esperan es aire. El aire que respiraba Úrculo, el que nos hacía respirar.

       No puedo remediar una visión de Úrculo que me persigue desde que lo oí nombrar por primera vez en Tenerife. Entonces su amigo Jorge Perdomo, que lo conoció allí a principios de los años 60 (justamente cuando Aldecoa viajaba por las islas, por cierto), lo describía como un deportista, un tipo que se encerraba en una especie de gimnasio artesanal a hacer pesas y a jugar al frontón, quizá para correr luego como un loco por aquellas playas entonces intransitables de Santa Cruz, pues eran playas de cantos rodados… Luego siempre vi a Úrculo, aunque lo viera vestido, corriendo así, en bañador (como en Ibiza, en los 80), bajo el sol, riendo… Como si entonces estuviera ensayando la salud que desprenden ahora esos cuadros de su etapa más feliz, más iluminada, el Úrculo que se iba desprendiendo de las formas oscuras parecía estar preparando desde entonces, en las orillas de los mares, el Atlántico, el Mediterráneo, ese Úrculo que ahora tenemos en la retina.

       Cuando murió, el crítico de El País Francisco Calvo Serraller habló de su vitalidad: cuesta creer que haya muerto Eduardo Úrculo, “de vitalidad tan pletórica (…) en plena madurez creadora”. Y señalaba Calvo Serraller, para culminar su recuerdo: “Es, por tanto, ´la alegría de vivir` la que está de luto con la dolorosa pérdida de Eduardo Úrculo, que literalmente se ha muerto, como quien dice, ´con los pinceles puestos` y en plena brega”. Su colega y amigo José Luis Fajardo dejó dicho entonces: “A Úrculo nunca le gustó viajar solo”. Solo nunca estuvo; la muerte misma lo halló con amigos. Ese recuerdo mío, Eduardo ante un escaparate, mirando, unos días antes de su muerte, era también la de un hombre acompañado, presto a encontrarse con otros, buscando quizá en ese silencio circunstancial las palabras que iba a regalar en otro lado. “Encarnaba la vida y la pintura”, explicó Mario Vargas Llosa, su amigo también, cuando la noticia (aquel aviso) se supo.

       Cuando estuve con Vicky en su casa el otro día juro que sentí que en cualquier momento esas figuras que él pintó iban a cobrar cuerpo y que en algún momento iban a aparecer de la mano de Úrculo, riendo todos ante el horizonte.

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

Eskup

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal