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07 noviembre, 2009 - 13:38 - Juan Cruz

La noche se hace cada vez más pequeña, quizás no quepa la luna...

Para Dulce Chacón, la autora de La voz dormida, generosa, fresca y fuerte, fallecida muy prematuramente en 2003, Zafra era un lugar de los sueños, el sitio al que volvía siempre con su imaginación y con su recuerdo; desde su muerte, la gente de Zafra quiso que esa unión que Dulce sintió con su primer sitio tuviera símbolos concretos. En la casa donde nació (que ahora es un hotel), han colocado una placa en la que figuran esos versos de Dulce; ahora en esa esquina de la hermosísima Plaza Grande ese recuerdo de su poesía y de su persona es un emocionante encuentro para el viajero que sabe qué significó Zafra para la escritora que hizo de la poesía y de la narración la expresión más cabal y sincera de su personalidad. Y Zafra (su ayuntamiento) puso en marcha desde la muerte de Dulce un interesante premio literario que lleva su nombre y que anoche se concedió por sexto año consecutivo. El premio se debe al ayuntamiento, a su consejera de Cultura, Mary Carmen Rodríguez, y a Luciano Feria, que es el alma del certamen. Este año me pidieron que estuviera, y allí estuve, íntimamente emocionado por estar en un territorio de la memoria de Dulce, fallando un premio que a ella le hubiera gustado dar. Lo obtuvo esta vez Pacífico, la novela de José Antonio Garriga Vela. Compitieron con él El país del miedo, de Isaac Rosa, Los pozos de la nieve, de Berta Vias, Las puertas de lo posible, de José María Merino y Saber perder, de David Trueba. Presidió el jurado, con mano informada, ágil y maestra, mi amiga Rosa Regás; y allí estuvieron Luis García Jambrina, Isabel Pérez,

06 noviembre, 2009 - 08:36 - Juan Cruz

El secuestro

Aterran las noticias sobre el secuestro y las amenazas de los secuestradores que mantienen a punta de pistola, o de metralleta, a los pescaderos españoles en el Índico. Lo que no he entendido muy bien, dentro de este horror, es el tono de los comentarios que suscita la acción del Gobierno en este caso; es muy difícil responder con armas de delincuentes a los delincuentes; su lógica no puede ser la lógica del Estado; imagino la situación en la que ahora se hallan, como decía anoche Iñaki Gabilondo, los que han de tomar decisiones. Es posible, e incluso probable, que se equivoquen, pero de lo que no cabría duda, en nuestra sociedad, es de que todas las instituciones, incluida la oposición, estarían arrimando el hombro con ideas o con silencio, hasta que quienes han de tomar las decisiones hallen una fórmula para acabar con esta situación. En lugar de esto, lo que uno escucha son reproches que van subiendo de tono hasta que a la sociedad le llega la sensación de que quienes han secuestrado a los pescadores son los miembros del Gobierno. Apena observar esta reacción. Ya no apena tanto, porque uno se lo espera, lamentablemente, lo que se escucha en algunos medios, donde da la impresión de que están esperando que se produzca una tragedia para poder decir lo que se dice en el título de este blog, mira que te lo tengo dicho. A la sociedad, y también a la sociedad mediática, le hace falta sosiego, respeto, la aspiración de que ese animal humano que tenemos dentro, que odia y que desprecia, se apague y halle en la razón, en la comprensión y en la solidaridad, el modo de mejorar la condición que nos anima como seres humanos, aunque tengamos delante al adversario e incluso al enemigo.

04 noviembre, 2009 - 18:06 - Juan Cruz

Madrid

Vivo en Madrid desde 1978, más o menos; la primera vez que vine fui directamente a la Puerta del Sol, a una librería que se llamaba Fernando Fe, me parece; y al lado me tomé una tapa de ensaladilla que me supo a gloria. Después fui al café Gijón, del que había leído tanto, y allí estuve un rato, viendo entrar y salir gente, hasta que luego siguió la historia de la que he escrito alguna vez y a la que ahora no voy a volver. De lo que quería era escribir un poco de Madrid: esta mañana, por azares de la vida, hice ese recorrido otra vez, venciendo ahora las obras públicas, sorteando los automóviles, viviendo la amósfera nueva de un Madrid que no acaban de terminar nunca, pero en todos los instantes de ese viaje mucho más accidentado, y mucho más habitual, que el que viví tantos años antes, me encontré feliz, como si estuviera otra vez de visita en una ciudad grata y abierta que se abría a mis ojos como el regalo de una buena experiencia. Hace poco alguien me preguntó donde estaría tal día, y dudé un instante, porque en efecto viajo mucho, pero al fin dije: En Madrid. Y me resultó raro, me resultó raro el nombre de la ciudad, pero sobre todo me sobresaltó la incertidumbre con que me salió el nombre; todas fueron sensaciones raras, como si estuviera toda una vida en un sitio al que nunca me acostumbré del todo. Y es probable que uno nunca se acostumbre del todo al sitio nuevo, que uno siga siendo, como dice Samuel Beckett, de la isla que dejó. Pero me parece ingrato con Madrid, esta ciudad de tanta mala prensa, de una imagen tan diluida, el sitio del que todo el mundo despotrica, pero que siempre ha recibido a todo el mundo como si todos fuéramos de aquí. Eso sentí esta mañana, mientras deambulaba por la ciudad y la veía herida de obras, desamparada bajo el toldo febril del otoño, dedicada a mirarse sus zanjas como si estuviera buscando una vestimenta nueva con la que ofrecerse a los jóvenes que muchos años después siguen el itinerario del lugar que soñaron mientras leían un libro en el que se hablaba de Madrid.

03 noviembre, 2009 - 17:19 - Juan Cruz

El calor de una amistad

Diez días antes de morirse, y hasta ayer mismo, Francisco Ayala, de 103 años, mantenía la lucidez que convirtió su escritura en un testimonio de firmeza, de sentido del humor y de memoria. Ésta, que es el sustento de su literatura, no le abandonó jamás; hasta el último instante, hasta cuando ya no tenía voz, Ayala era la voz de una memoria irreductible: la de la infancia en Granada, la de la larga juventud, la de la República, la del exilio...

Era fantástico escucharle, hasta el último recodo de su camino, anécdotas y sucesos que tuvieron lugar cuando nadie se acuerda; la frescura de sus recuerdos fue siempre el condimento de sus relatos. Su regreso a España, a principios de los sesenta, lo enfrentó a un país en el que seguían los rescoldos terribles de la guerra.

Él decía que durante los años de la Guerra Civil, e incluso en el periodo inmediatamente anterior, la gente se mataba por un mal saludo. En la paz difícil aquel resquemor se ocultó, pero él percibió al volver un país duro y oscuro, del color, decía, del "ala de las moscas". Su relación con la literatura no tuvo descanso nunca. Escribió memoria, novela, relato..., fue un extraordinario articulista, del que este periódico tiene abundante y generoso testimonio, fue editor, el descubridor de Cortázar, entre otros, y fue un académico infatigable.

Sus compañeros de corporación le recuerdan, hasta en los momentos recientes, cumpliendo fiel su tarea, subiendo y bajando las escalinatas de la Docta Casa. Le recuerdan también con un humor que no conoció desmayo, excepto cuando a su alrededor observaba, en la política y en la vida, que lo que se decía no estaba a la altura de las circunstancias.

Fue un intelectual radical, cuya experiencia fue siempre puesta al servicio de una manera de patriotismo; no le gustaban las solemnidades de las patrias, pero su formación literaria y su educación política le llevaron siempre a tener un enorme respeto a las formalidades que hacen que los países sean lo que él quería que fuera éste, un país serio. En los últimos años el cariño imborrable de su esposa, Carolyn Richmond, y el afecto y la admiración de muchos de sus amigos hicieron que no sólo hubiera homenajes, reediciones, afecto popular, afecto intelectual, sino que hubiera el calor de una amistad que él propició siempre, sin desmayo, hasta el último suspiro.

02 noviembre, 2009 - 17:54 - Juan Cruz

Un actor

Ha muerto José Luis López Vázquez, como saben ustedes.

Le hice hace años una larga entrevista para EL PAÍS Semanal. Se me ocurre que este es mi homenaje a uno de los grandes actores que tuvo este país; versátil, profundo, ligero, cabreado, dúctil. La última película suya que vi fue este viernes, en Digital +. Atraco a las tres. Un monumento al humor español, en los tiempos en que el humor se hacía como necesidad.  

Un actor.

Aquí pueden leer la entrevista.

01 noviembre, 2009 - 11:12 - Juan Cruz

Caín y Abel

He ido esta mañana al quiosco, con Rita, que se queda aquí estos días; los quiosqueros de la esquina son gente muy simpática, no sólo conocen los periódicos que voy a comprar sino que saben que, además, podría llevarme algún libro, y después de la compra diaria me preguntan por los libros que quisiera llevarme. La larga estancia fuera de Madrid ha hecho que me pierda algunas novedades, pero ya las voy trayendo a casa. Antes de irme me llegó Caín, de José Saramago, publicada por Alfaguara, y de ella hablaré pronto aquí, quizá después de su presentación, que será mañana en la Casa de América de Madrid. Y ahora, al llegar, me he encontrado en el periódico con la novela nueva de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, publicada por Seix Barral, que ya he empezado a leer. La novela de Muñoz Molina la protagoniza un arquitecto, Ignacio Abel, y arranca en el primer octubre de la guerra civil. En el quiosco me fijé en la contraportada de EL PAÍS, y hallé este título en la columna de Manuel Vicent: Caín & Abel. Me fui del quiosco pensando en esa coincidencia, Caín, Abel, Caín y Abel. La prensa está llena de otras coincidencias: las corrupciones que crecen como hongos, las que se conocen y las que no se conocen, los caínes y los abeles de la política y de la vida, el mal y el bien coexistiendo, diciéndose al oído lo que es bueno y lo que es malo, la guerra y la paz, la herrumbre y la frescura, el olor y el mal olor, el amor y el odio, la generosidad y la envidia, lo oscuro y lo luminoso. Tantos paralelismos que tienen su sitio en la vida y por tanto en el quiosco. Escribo en una casa en la que se refugió Aleixandre, dicen, cuando empezó la guerra en Madrid. Una de estas azoteas la describe Vicente Molina-Foix en su novela El abrecartas (Anagrama) como el lugar en el que el poeta vivía la incertidumbre de aquellos días. Muñoz Molina describe estas calles de Madrid asaltadas por el horror de la guerra, las caras despavoridas huyendo del ruido que ya no es el ruido de las ambulancias que trasladan a enfermos sino el ruido de la ruindad de la delación que asoma por las esquinas. Yo paseo por esta ciudad que fue de caínes y de abeles y me hallo en medio de una acera pacífica viendo cómo Rita se distrae entre los pacíficos detritus que dejaron los jóvenes que anoche hicieron aquí el botellón de todos los sábados, no hubo guerra, tan solo la paz tal como la entienden los que no pueden contener el deseo de dejar basura allí donde se divirtieron; el quiosco refulge con su oferta dominguera, abeles y caínes pugnando por protagonizar, con su bien y con su mal, la vida que luego ha de ser materia de novela o de memoria o de nada, simplemente la vida que pasa por ahí con su carromato secreto o público repleto de coincidencias o de silencio u, otra vez, de nada. Uno lo mira, y luego vuelve a casa, a leer, a soñar que aquella vida que luego se cuenta sea mejor otra vez, algún día, ahora mismo si fuera posible.  

31 octubre, 2009 - 09:39 - Juan Cruz

La tormenta sobre Montevideo

Me escribe el compañero Renzo Rossello, periodista de El País de Montevideo, y me cuenta que este viernes la ciudad de Juan Carlos Onetti y de Mario Benedetti sufrió una tormenta intensísima. "Hoy nuestra ciudad se vio azotada por una tormenta que dejó media ciudad inundada por una lluvia que cayó con rayos y centellas desde temprano". Como una mano húmeda, y azotada por el viento, la lluvia cayó sobre esos viejos tejados, barrió las calles polvorientas y como de despedida, oscuras, alumbradas por bombillas antiguas que le dan a la ciudad el aire de un lugar en permanente estado de vigilia tranquila y soñolienta, rara de existir como si aún se estuviera haciendo; una ciudad que se parece a Onetti y que tiene entre sus alimentos espirituales la añoranza de una mirada como esa que ahora ilumina el techo del teatro Solís, donde la foto del escritor se anuncia con este crédito: "Onetti es Montevideo". Ni Santa María ni nada: Montevideo. Y es verdad, esa es su ciudad, ese es el lugar de su añoranza, el sitio del que jamás se pudo despedir, el que siguió viviendo con él, en su memoria y en su melancolía, mientras vivió en aquel palomar iluminado que le hizo Dolly en el ático de la avenida de América de Madrid. Recibí ese correo de Renzo y mi recuerdo se fue hacia aquella casa, hacia esa foto, y también a la mirada quieta, obsesiva, silenciosa, del último Benedetti, semanas antes de que se despidiera del mundo allá, en el hospital donde le vi por último el 1 de mayo de 2008. El destino del hombre, decía Neruda, es amar y despedirse; esa noticia del temporal sobre Montevideo me trajo memorias de despedida, reflexión a veces azorada sobre el sitio que el hombre ocupa en el mundo, este espacio tan accidental en el que nos pasamos traspasándonos palabras con una solemnidad que finalmente barren los temporales.

30 octubre, 2009 - 12:17 - Juan Cruz

El hotel de los emigrantes

Ayer por la mañana, en Buenos Aires, un taxista me estuvo hablando del hotel de los emigrantes, el lugar por el que ingresaban en Argentina los españoles, los italianos y en general todos aquellos ciudadanos que en su patria no habían conseguido ni conseguirían nunca sustanciar la esperanza de vivir una existencia mínimamemnte satisfactoria. Otros amigos me habían hablado antes del lugar; uno de ellos, mi compañero Augusto di Marco, me explicó con mucha emoción el día que encontró allí, gracias al sistema informático que ha instalado el moderno servicio argentino de inmigración, todos los datos relativos a la llegada de su abuelo italiano a este país. Por la noche, al regresar a España, estuve leyendo en el avión el libro de César Antonio Molina Lugares donde se calma el dolor, que acaba de publicar Destino y que viajó conmigo a Buenos Aires. De él habla hoy en EL PAÍS su autor, precisamente. En ese libro, que arranca con una emocionante crónica de varios viajes entre volcanes italianos, César Antonio se detiene en Buenos Aires y hace una visita honda, muy bien contada, al llamado Hotel de los Inmigrantes. Él, gallego como tantos de los que hicieron ese viaje del siglo XIX y de principios del siglo XX, halló allí las huellas de viajes anteriores, el resultado de un impulso de supervivencia que se parece al exilio y que arrastró a Argentina a gente que luego ya fue de ese país pero cuya raíz siempre estuvo en el aire del pasado. En su crónica, el poeta que fue ministro recoge estos versos que hay en la Estatua de la Libertad, en Nueva York, y que escribió Emma Lazarus: "Dame tus abatidas, tus pobres, tus amontonadas/ muchedumbres que ansían respirar libremente;/ el desperdicio infeliz de tu rebosante playa;/ mándame los desamparados, los batidos por la tempestad:/ yo tengo mi lámpara en alto junto a la puerta dorada". (La versión, señala César, es de Juan Ramón Jiménez). Versos para apuntalar un sentimiento de desvalimiento, coraje y acogida, un hermoso recuerdo que el hombre dejó intacto, en Nueva York, en Buenos Aires, en La Guaira, en tantos lugares donde llegar era el resultado de un riesgo y el comienzo de un abrazo gracias al cual muchos pudimos ver más de una sonrisa. 

29 octubre, 2009 - 13:13 - Juan Cruz

Las palomas de Estefanel

Marcelo Estefanel no guarda rencor, no sirve para nada. A los veintiún años fue apresado por los militares de su país, Uruguay, y vivió trece años en las mazmorras de La Libertad, la cárcel de Montevideo. Era un guerrillero tupamaro. La venganza militar no conoció límites, y él sufrió en ese tiempo lo que otros muchos sufrieron en esa y en otras cárceles de la dictadura, hasta 1986, cuando salió a la calle, cegado por la claridad, extrañado de que las personas puedan cerrar y abrir puertas. Allá adentro decidió leer; él calcula que debió haber leído más de mil quinientos libros; leía cuatro cada semana, pero muchas veces repitió lecturas (el Quijote, es ahora un especialista, lo leyó al menos cuatro veces), de modo que ha hecho ese promedio: mil quinientos libros en trece años. Aparte del recreo (media hora diaria) y la lectura, no podía hacer otra cosa en la cárcel; se hizo un activista de la burla a los carceleros; respondía las encuestas con su humor surrealista, y por eso también fue castigado, y se aficionó a las palomas, a aprender de ellas, a entenderlas; un compañero de celda le dijo que eran ratas del aire, pero él siguió cultivándolas, y ellas se hicieron sus amigas, fervientes; le seguían en las distintas ubicaciones de la cárcel, comían de su mano, se posaban en su hombro para observar qué hacía. Una de las palomas era particularmente inteligente, intuitiva, dotada de un sentido especial para seguir sus pasos; él la llamó Aristóteles. Él cuenta todo eso en un libro admirable (sin rencor, sin otra espuma que el fervor de la libertad: "salir fue una fiesta; continúa") que tituló El hombre numerado. En una visita anterior a Montevideo me lo encontré en una cena, y creo que conté aquí ese encuentro. Hoy lo reitero. Anoche apareció en la cena donde estábamos con Dolly Onetti y con Hortensia Campanella, después de un acto sobre Juan Carlos Onetti en el Centro Cultural Español que dirige (muy bien) Hortensia, la responsable de las obras completas del autor de El Astillero. Estaban también Fernando y Julián, dos compañeros míos de trabajo en Santillana. Estefanel venía de su semanario, Búsqueda, de cuyo diseño es responsable. Pausado, tranquilo, apasionado de la vida, intacto su buen humor, fue desgranando hechos que cuenta en el libro, y nosotros le escuchábamos con la fascinación con la que uno oye como se cuentan con humildad las historias extraordinarias.

28 octubre, 2009 - 03:27 - Juan Cruz

Más liviano que el aire

Le pregunté a Federico Jeanmaire, el escritor argentino que ganó esta noche el premio Clarín de novela, de dónde le vino la inspiración para el personaje contundente, fortalecido por la historia y por la voluntad, sobre el que construye Más liviano que el aire, el título que le ha dado este honor. Y me dijo, en medio de los abrazos que le prodigaban sus amigos, muchos de ellos lectores de algunos de los quince libros con los que jalona sus 52 años:

--Mi madre. Habla mucho. Y está sola.

No dijo más, pero bastaba eso para entender el prodigio de aguantar durante más de doscientas páginas una historia sobre la soledad y sobre la violencia, a partir de lo que podría parecer una simple anécdota de la violencia urbana. Me tocó el honor de compartir jurado en este concurso que ya es tradición en la vida cultural porteña con José Saramago, el premio Nobel, que intervino desde Lisboa, con Rosa Montero y con Pablo de Santis, que estuvieron aquí, en Buenos Aires. Tenía razón Rosa Montero cuando, al ponderar los valores de la novela, se refirió a esa maldición que cae sobre los humanos, que simulando querer no quieren, y que tantas veces quieren haciendo daño. Más liviano que el aire, título que el autor ha tomado de un verso trunco de Juan Gelman, va sobre esos asuntos de la maldad y la extrañeza ante la maldad; y de esa extrañeza habló luego Federico, en una alocución que ponía los pelos de punta porque era una denuncia casi susurrada sobre la maldad humana.

La fiesta del premio Clarín congrega a numeroso público, muchos periodistas, escritores, artistas, gente notable de la vida porteña y argentina. Y tiene un lado periodístico indudable; en ese incidió el director de Clarin, Ricardo Kirschbaum, para reclamar de la política su ambición de sosiego y de arbitraje, para conseguir una sociedad en la que el diálogo fuera no sólo una aspiración sino una exigencia, y donde la venganza sobre aquel que no comparte tus criterios no sea ni siquiera una sombra ni una sospecha de sombra. En ese marco de homenaje al periodismo tal como sentimos que se debe ejercer vino un homenaje para muchos de nosotros entrañable, el que recibió a toda su trayectoria Tomás Eloy Martínez, el autor de Santa Evita y La novela de Perón, y el afortunado autor también de un libro memorable que yo les aconsejo sin reservas, Lugar común la muerte, un conjunto de retratos que nos enseñan a mirar a la gente --artistas, escritores, periodistas, gente con la que él se ha ido encontrando-- con los ojos de uno de los mejores periodistas contemporáneos. Por todo su trabajo de años recibió Tomás Eloy el galardón; no pudo asistir, por razones de salud, de modo que no pudo oír uno de los parlamentos más emotivos que he oído sobre un premiado en los días de mi vida de asistente a actos. El que habló no llegó a llorar, y pudo hacerlo. Lo hubiéramos entendido todos. Era otro periodista, editor de Ñ, la revista cultural de Clarín, Ezequiel Martínez. Uno de los hijos de Tomás Eloy, y su devoto discípulo.

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