07 noviembre, 2009 - 13:38 - Juan Cruz
Juan Cruz, escritor y periodista canario, adjunto a la dirección de EL PAÍS. Su último libro es 'Ojalá Octubre', y el próximo, 'Toda una vida preguntando'. Es autor de 'Una memoria de EL PAÍS'.
Es una tecnología que envía automáticamente los titulares de un medio a un programa lector o agregador. Para utilizar las fuentes RSS existen múltiples opciones. La más común consiste en instalar un programa llamado 'agregador' o lector de noticias.
07 noviembre, 2009 - 13:38 - Juan Cruz
06 noviembre, 2009 - 08:36 - Juan Cruz
04 noviembre, 2009 - 18:06 - Juan Cruz
03 noviembre, 2009 - 17:19 - Juan Cruz
Diez días antes de morirse, y hasta ayer mismo, Francisco Ayala, de 103 años, mantenía la lucidez que convirtió su escritura en un testimonio de firmeza, de sentido del humor y de memoria. Ésta, que es el sustento de su literatura, no le abandonó jamás; hasta el último instante, hasta cuando ya no tenía voz, Ayala era la voz de una memoria irreductible: la de la infancia en Granada, la de la larga juventud, la de la República, la del exilio...
Era fantástico escucharle, hasta el último recodo de su camino, anécdotas y sucesos que tuvieron lugar cuando nadie se acuerda; la frescura de sus recuerdos fue siempre el condimento de sus relatos. Su regreso a España, a principios de los sesenta, lo enfrentó a un país en el que seguían los rescoldos terribles de la guerra.
Él decía que durante los años de la Guerra Civil, e incluso en el periodo inmediatamente anterior, la gente se mataba por un mal saludo. En la paz difícil aquel resquemor se ocultó, pero él percibió al volver un país duro y oscuro, del color, decía, del "ala de las moscas". Su relación con la literatura no tuvo descanso nunca. Escribió memoria, novela, relato..., fue un extraordinario articulista, del que este periódico tiene abundante y generoso testimonio, fue editor, el descubridor de Cortázar, entre otros, y fue un académico infatigable.
Sus compañeros de corporación le recuerdan, hasta en los momentos recientes, cumpliendo fiel su tarea, subiendo y bajando las escalinatas de la Docta Casa. Le recuerdan también con un humor que no conoció desmayo, excepto cuando a su alrededor observaba, en la política y en la vida, que lo que se decía no estaba a la altura de las circunstancias.
Fue un intelectual radical, cuya experiencia fue siempre puesta al servicio de una manera de patriotismo; no le gustaban las solemnidades de las patrias, pero su formación literaria y su educación política le llevaron siempre a tener un enorme respeto a las formalidades que hacen que los países sean lo que él quería que fuera éste, un país serio. En los últimos años el cariño imborrable de su esposa, Carolyn Richmond, y el afecto y la admiración de muchos de sus amigos hicieron que no sólo hubiera homenajes, reediciones, afecto popular, afecto intelectual, sino que hubiera el calor de una amistad que él propició siempre, sin desmayo, hasta el último suspiro.
02 noviembre, 2009 - 17:54 - Juan Cruz
Ha muerto
Le hice hace años una
larga entrevista para EL PAÍS Semanal. Se me ocurre que este es mi homenaje a
uno de los grandes actores que tuvo este país; versátil, profundo, ligero,
cabreado, dúctil. La última película suya que vi fue este viernes, en Digital +.
Atraco a las tres. Un monumento al humor español, en los tiempos en que el humor
se hacía como necesidad.
Un
actor.
01 noviembre, 2009 - 11:12 - Juan Cruz
31 octubre, 2009 - 09:39 - Juan Cruz
30 octubre, 2009 - 12:17 - Juan Cruz
Ayer por la mañana, en Buenos Aires, un taxista me estuvo hablando del hotel de los emigrantes, el lugar por el que ingresaban en Argentina los españoles, los italianos y en general todos aquellos ciudadanos que en su patria no habían conseguido ni conseguirían nunca sustanciar la esperanza de vivir una existencia mínimamemnte satisfactoria. Otros amigos me habían hablado antes del lugar; uno de ellos, mi compañero Augusto di Marco, me explicó con mucha emoción el día que encontró allí, gracias al sistema informático que ha instalado el moderno servicio argentino de inmigración, todos los datos relativos a la llegada de su abuelo italiano a este país. Por la noche, al regresar a España, estuve leyendo en el avión el libro de César Antonio Molina Lugares donde se calma el dolor, que acaba de publicar Destino y que viajó conmigo a Buenos Aires. De él habla hoy en EL PAÍS su autor, precisamente. En ese libro, que arranca con una emocionante crónica de varios viajes entre volcanes italianos, César Antonio se detiene en Buenos Aires y hace una visita honda, muy bien contada, al llamado Hotel de los Inmigrantes. Él, gallego como tantos de los que hicieron ese viaje del siglo XIX y de principios del siglo XX, halló allí las huellas de viajes anteriores, el resultado de un impulso de supervivencia que se parece al exilio y que arrastró a Argentina a gente que luego ya fue de ese país pero cuya raíz siempre estuvo en el aire del pasado. En su crónica, el poeta que fue ministro recoge estos versos que hay en la Estatua de la Libertad, en Nueva York, y que escribió Emma Lazarus: "Dame tus abatidas, tus pobres, tus amontonadas/ muchedumbres que ansían respirar libremente;/ el desperdicio infeliz de tu rebosante playa;/ mándame los desamparados, los batidos por la tempestad:/ yo tengo mi lámpara en alto junto a la puerta dorada". (La versión, señala César, es de Juan Ramón Jiménez). Versos para apuntalar un sentimiento de desvalimiento, coraje y acogida, un hermoso recuerdo que el hombre dejó intacto, en Nueva York, en Buenos Aires, en La Guaira, en tantos lugares donde llegar era el resultado de un riesgo y el comienzo de un abrazo gracias al cual muchos pudimos ver más de una sonrisa.
29 octubre, 2009 - 13:13 - Juan Cruz
28 octubre, 2009 - 03:27 - Juan Cruz
Le pregunté a Federico Jeanmaire, el escritor argentino que ganó esta noche el premio Clarín de novela, de dónde le vino la inspiración para el personaje contundente, fortalecido por la historia y por la voluntad, sobre el que construye Más liviano que el aire, el título que le ha dado este honor. Y me dijo, en medio de los abrazos que le prodigaban sus amigos, muchos de ellos lectores de algunos de los quince libros con los que jalona sus 52 años:
--Mi madre. Habla mucho. Y está sola.
No dijo más, pero bastaba eso para entender el prodigio de aguantar durante más de doscientas páginas una historia sobre la soledad y sobre la violencia, a partir de lo que podría parecer una simple anécdota de la violencia urbana. Me tocó el honor de compartir jurado en este concurso que ya es tradición en la vida cultural porteña con José Saramago, el premio Nobel, que intervino desde Lisboa, con Rosa Montero y con Pablo de Santis, que estuvieron aquí, en Buenos Aires. Tenía razón Rosa Montero cuando, al ponderar los valores de la novela, se refirió a esa maldición que cae sobre los humanos, que simulando querer no quieren, y que tantas veces quieren haciendo daño. Más liviano que el aire, título que el autor ha tomado de un verso trunco de Juan Gelman, va sobre esos asuntos de la maldad y la extrañeza ante la maldad; y de esa extrañeza habló luego Federico, en una alocución que ponía los pelos de punta porque era una denuncia casi susurrada sobre la maldad humana.
La fiesta del premio Clarín congrega a numeroso público, muchos periodistas, escritores, artistas, gente notable de la vida porteña y argentina. Y tiene un lado periodístico indudable; en ese incidió el director de Clarin, Ricardo Kirschbaum, para reclamar de la política su ambición de sosiego y de arbitraje, para conseguir una sociedad en la que el diálogo fuera no sólo una aspiración sino una exigencia, y donde la venganza sobre aquel que no comparte tus criterios no sea ni siquiera una sombra ni una sospecha de sombra. En ese marco de homenaje al periodismo tal como sentimos que se debe ejercer vino un homenaje para muchos de nosotros entrañable, el que recibió a toda su trayectoria Tomás Eloy Martínez, el autor de Santa Evita y La novela de Perón, y el afortunado autor también de un libro memorable que yo les aconsejo sin reservas, Lugar común la muerte, un conjunto de retratos que nos enseñan a mirar a la gente --artistas, escritores, periodistas, gente con la que él se ha ido encontrando-- con los ojos de uno de los mejores periodistas contemporáneos. Por todo su trabajo de años recibió Tomás Eloy el galardón; no pudo asistir, por razones de salud, de modo que no pudo oír uno de los parlamentos más emotivos que he oído sobre un premiado en los días de mi vida de asistente a actos. El que habló no llegó a llorar, y pudo hacerlo. Lo hubiéramos entendido todos. Era otro periodista, editor de Ñ, la revista cultural de Clarín, Ezequiel Martínez. Uno de los hijos de Tomás Eloy, y su devoto discípulo.
Prisacom S.A. - Ribera del Sena S/N - Edificio APOT - Madrid [España]