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11 mayo, 2008 - 12:43 - Juan Cruz

Los europeos primero y los demás pa´tras

Después de aterrizar, los pasajeros que veníamos ayer por la mañana en un avión de Pluna desde Montevideo formamos las filas para que controlaran nuestros pasaportes. Cuando me tocó entregar el mío, un policía de mayor rango se fue paseando por las cabeceras de las filas con este grito: "¡Los europeos primero y los demás pa´tras!". Los demás, los que tenían que ir pa´tras, eran mayormente uruguayos; ellos tuvieron que oír, en ese castellano que a veces usan las desconsideradas autoridades españolas, que es verdad lo que la prensa del Cono Sur ha publicado estos días, que la inmigración española se ha puesto intolerante e imposible; lo que no decía la prensa argentina o uruguaya era que había policías así de desconsiderados, que van gritando por ahí cuáles son las prioridades españolas. Y, además, por qué las colas no se hacen con el criterio con que están marcadas las ventanillas: los otros pasaportes a un lado, y al otro los pasaportes europeos; de pronto, en Barajas se han saltado las viejas equivalencias, y se han cargado la inexistencia de prioridades: los que vienen de Uruguay y son uruguayos, pues a la cola de los que no son españoles, vale, pero ¿por qué hay que gritarles que ni siquiera pueden ir a presentar su pasaporte cuando les toque por la sagrada ley del primero que llega a la cola? En fin, me estoy liando un poco pero es que estoy indignado. Nos pasamos la vida hablando de los cuatrocientos millones de hispanohablantes, de la cultura común, de lo que los hispanoamericanos cuentan en la construcción del imaginario global de la lengua y la cultura, y después llega un hombre uniformado de azul y contrapone a los europeos frente a los que se tienen que quedar pa´tras. Mala manera de volver a mi país. Una señora me dijo luego, mientras esperaba las maletas: "He venido con mi marido al cumpleaños de su mamá, cien años". Uruguayos que son españoles como nosotros seríamos y fuimos uruguayos. En fin. Después ya salí al lugar de los taxis: lleno de colillas, un humo de tabaco que parecía la peor bienvenida a una tierra que tendría que limpiarse un poco para que aquel policía de mayor rango pudiera decir con cierto sentido que llegamos a Europa. Después ya agarré el taxi, me vine a casa y veo que ustedes toman mucho café. A ver si me invitan, porque vengo muerto de los asientos de Pluna.

10 mayo, 2008 - 12:32 - Juan Cruz

Montevideanos

La primera vez que vine a Montevideo me trajo Fernando Esteves, el editor; él era un joven de poco más de veinte años, dirigía aquí la entonces pequeña delegación de Alfaguara, para la que en definitiva trabajábamos los dos, él acá, yo en España. Sería, calculo, 1994. Fernando me sorprendió por la nobleza, la madurez y la discreción activa con la que resolvía asuntos propios del mundo editorial y asuntos propios de la vida propiamente dicha. Fue una sopresa que se abrió a una evidencia: así, nobles, maduros, discretos, activos pero silenciosos, eran muchos montevideanos; cálidos, tranquilos, íntimos, interiores. Él me fue mostrando la ciudad, desde la parte vieja a las grandes avenidas que circundan el Mar del Plata y reciben el nombre de La Rambla. Entonces estaba aún deprimido Montevideo, quiero decir más deprimido que habitualmente; pero lo que le pasaba, y le pasa, a Montevideo no es una depresión sino una espera; es una ciudad, como Uruguay como país, en perpetuo estado de espera, como si un día hubiera perdido algo en un viaje y todavía estuviera aguardando su devolución; por las tardes, y esto me lo mostró Fernando, se iban y se van a La Rambla a ver cómo cae el sol; hay poca gente viendo cómo viene el sol, cómo se produce, como de milagro, esta luz montevideana, pero por la tarde hay una multitud viendo cómo se pierde el sol, lenta pero inexorablemente, ese gran tesoro abandona el mundo y apaga la luz, luego casi de penumbra, de Montevideo. Y ellos se ponen allí a ver cómo lo pierde; dicen que les da vida, y yo creo que les acrecienta su melancolía. Ahora he vuelto a andar por la ciudad, me han llevado Fernando Rama, Virginia Arlington, Virginia Morales, amigos y compañeros de Fernando, que ya voló, primero a Buenos Aires y ahora a México, y en estos recodos que muchas veces parecen los recodos de mi pueblo ellos me lo han recordado, y cómo no también hemos recordado a Onetti, hemos querido visitar, y hemos visitado (pero de esto habrá en seguida una crónica en elpais.com) a Mario Benedetti, con su amiga y biógrafa Hortensia Campanella, hemos estado en Linardi, viendo libros viejos que me devuelven la salud y la mirada..., y hemos querido a Montevideo como parte del alma que nos hizo la historia. Ahora aquí ladran perros, como si fueran los perros que ya ladraban en 1944 y estuviera esperando, bajo el cielo aun descolorido de Montevideo, que amanezca de una vez a ver si viene lo que Montevideo espera. Es curioso, he corregido el texto para pasarlo a publicar y de pronto se han callado los perros. Todos los perros. Que conste. Ladran de nuevo, era un espejismo.

09 mayo, 2008 - 11:26 - Juan Cruz

"Y nunca te he de olvidar"

Desde que era un adolescente, la influencia de la melancolía que había dentro de la música argentina fue grande, en lo que empecé a escribir y en mi propia manera de ser. El hombre que personificaba para mi esa música, y las letras de esa música, fue Eduardo Falú; desde A qué volver a La tonada del viejo amor, ese comienzo maravilloso, "Y nunca te he de olvidar, en la arena me escribías...", Falú dominó mis tardes y mis mañanas, alternándose con Los Fronterizos o con Los Chalchaleros. Tenerife fue un centro importante de la música argentina, comprábamos los discos, nos aprendíamos de memoria las letras, sabíamos de los músicos... En esa construcción del imaginario argentino como parte de nuestra propia conciencia musical, y por tanto musical, tuvo que ver mucho el trabajo de Los Sabandeños, que es un fenómeno generacional que ha continuado a lo largo de nuestro tiempo de vida y experiencia. Pero hubo alguién más, un argentino llamado Edmundo A. Esedín del Ródano, que una vez apareció por el Puerto de la Cruz, era diplomático, escritor, viajero, gastrónomo, musicólogo... Puso un restaurante extraordinario, El Greco, y allí se contaban los temas de Falú y tantos otros. Inolvidable Edmundo. Murió ya, lamentablemente, después de una vida muy cumplida, en la que disfrutó e hizo disfrutar. Ahora que he estado en Buenos Aires (ya estoy en Montevideo, les contaré) me he acordado de él muchísimo, y de Falú. Y estuve con Falú, ayer estuvimos juntos, con Elvira González Fraga, la compañera de Ernesto Sábato. Grande, altísimo, con esas manos que guardan las yemas que él atesora ("no sólo las uñas, las yemas son claves para un guitarrista"), pausado, educado, con la voz que le ha hecho legendario, allí estuvo, hablando de tangos, de folklore, de Carlos Gardel, de lo que le está pasando a su país ("¿Y usted cuál cree que es nuestro porvenir...?"), allí estaba este gran hombre que a lo largo de las mañanas, las tardes y las noches abrió los horizontes al sentimiento y le puso palabras y música a lo que nosotros mismos sentíamos... "Y nunca te he de olvidar". Estuvimos hablando de Jaime Dávalos, el escritor y poeta que tanta soledad escribió para su voz y para su guitarra. Y es curioso, al llegar a Montevideo abrí mi correo electrónico y ahí un buen amigo que se crió con esta música también me enviaba una grabación que había encontrado de La cuartelera, de Jaime Dávalos... Argentina crea siempre un mundo de coincidencias. Ahora amanece en Montevideo y aun queda para que la población se desplace a ver el sol en la maravillosa costa de La Rambla.

08 mayo, 2008 - 11:41 - Juan Cruz

El perfume del café

Jorge Fernández, el director de Adn, la revista literaria de La Nación, escribió uno de los grandes libros argentinos (y es un libro pequeño) de esta última década; ustedes lo pueden encontrar en bolsillo en España y en cualquier formato en Argentina, seguramente también lo hallarán en cualquier otro país donde se lea en español. Pues Jorge Fernández, un hombre que proviene de Asturias pero que nació en Buenos Aires de esa Mamá asturiana y extraordinaria en 1960, puso a hablar anoche a Manuel Vicent en La Boutique del Libro de San Isidro, un barrio bellísimo y periférico de Buenos Aires. Escuchar a Vicent es una gozada, aunque uno lo haya escuchado muchas veces. Este viaje que hago con él, y que hoy, esta tarde, se prolonga en Montevideo, es el enésimo de nuestra lista; así que le he escuchado, le he leído, e incluso le he intuido en muchas de las situaciones en las que le pone la vida. Alejado de toda solemnidad, tímido como los animales tranquilos, tiene en sus ojos, irónicos, punzantes, divertidos, extrañados, el comentario inmediato a lo que ocurre; luego lo verbaliza, pero ahí, en los ojos, azules, a veces adolescentes, a veces dotados de la agudeza radical de los adultos, tiene las respuestas a lo que pasa. Su charla con Fernández (autor, además, de un personaje, Fernández, que se le parece a él pero que es muchos argentinos) fue sublime, como un trozo de literatura entre Buster Keaton y Rafael Azcona, a quien por cierto dedicó Vicent el homenaje que los amigos nunca cesaremos de dedicarle a aquel gran hombre. Contó numerosas anécdotas y apólogos, y de todas las que escuché, y anoté, me quedé con esta, impresionante. Un amigo suyo agonizaba, él entró en el cuarto, el amigo abrió los ojos y dijo, como si atrajera la frase de un sueño muy profundo: "El perfume del café". Luego siguió durmiendo. De ese elemento, de ese sueño, y de ese diálogo, Vicent puede empezar a esculpir una obra de arte. La creatividad nace de la nada, suele decir Vicent. En su caso, la creatividad nace de una experiencia insólita, honda, divertida, con el perfume más recóndito de las palabras. Y del café. Luego en la librería ofrecieron a los que asistieron un asado; no es común que en una librería te den de comer, pero los argentinos te dan de comer primero y luego te preguntan de donde vienes.

07 mayo, 2008 - 11:17 - Juan Cruz

Una discusiòn literaria

Se produjo aquí ayer una discusión literaria, y eso no es común. Últimamente en la literatura los escritores no discuten; a veces algún suplemento avispado les hace encuestas, y ellos dicen, en lugar de escribir novelas, que ha muerto la novela. En esta feria del libro de Argentina ahora ha estado Tom Wolfe y ha dicho que ha muertto la novela. Ah, interesante noticia. ¿Y dónde la entierran? Menos mal que saltó Juan Villoro y dijo que de muerte nada, ahí está, viviendo, él lo demuestra: las escribe. Suele decirse que se ha muerto la novela al menos desde que Miguel de Cervantes escribió el Quijote. Yo me imagino qué pasaría en el sector del mueble si un fabricante de sillas saliera en un congreso de madereros a decir: "Señores, se acabó el tiempo de la silla. Ahora habrá que sentarse en otro dispositivo". Pues se armaría una bastante gorda. La novela está viva, o muerta, según si la novela te gusta o no, y no parece que el autor, o los autores, sean los mejores médicos para diagnosticar esa, digamos, enfermedad. La novela no es una enfermedad terminal, ni siquiera es una enfermedad o, en sentido estricto, una salud. La novela es una cosa, si me apuran es casi tan solo una cosa, que de vez en cuando se manifiesta y dice: "Oye, que soy Cien años de soledad". O que va y dice: "Oye, que soy La Región más transparente, o La ciudad y los perros, o Rayuela, o Tres tristes tigres, o soy El obsceno pájaro de la noche", y los que hasta ese momento se reunían en las esquinas húmedas de los bares se quedan callados hasta que pasa algún tiempo y uno, vestido de traje y corbata, alza la voz otra vez y dice: "Ha muerto la novela". Puede ser Tom Wiolfe o quien quiera, pero le vendría bien ponerse a escribir una buena novela para que alguien susurre, nada más ver entrar la novela que haya hecho: "Oye, tío, que soy La hoguera de las vanidades". Pero decir que la novela se ha muerto es más viejo que la tos y más aburrido que una discusión literaria en la que se aburran también los contendientes. ¿O no?

Bueno, para los que hayan leído ayer que yo no dije que Cortázar era el autor del título de mi crónica en elpais.com ("La continuidad de los parques") les recomiendo volver al comentario número 4 (muy temprano, pues) para que vean que al menos a esa altura ya pedí disculpas. Claro que es de Cortázar, pero quién no lo sabe, lo saben hasta los parques.

06 mayo, 2008 - 10:53 - Juan Cruz

Borges y un instante de quietud

Comienzo hoy en elpais.com (¡que cumple doce años, no diez como por error publiqué aquí el último domingo, tremendo error que me han afeado ya convenientemente mis com.pañeros!) unas crónicas de la vida que veo en Buenos Aires estos días, así que aquí comentaré algún detalle que me haya pasado mientras vivo por aquí y en las crónicas haré una excursión más detallada. O viceversa, qué sabe uno qué va a hacer en periodismo si todavía no lo ha hecho. Ahora quiero contarles una experiencia de paz. Ocurrió ayer por la mañana en la biblioteca Miguel Cané, donde Borges trabajó hasta que Perón lo echó y lo convirtió en perito en aves. Esa biblioteca municipal, de la que escribió con admiración Mario Vargas Llosa en un reciente artículo en El País, es ahora una reliquia y un lugar privilegiado de Buenos Aires, en el barrio de Boedo. Me la enseñó una bibliotecaria entusiasta, Estela Heredia, con Javier Martínez, el encargado de las actividades culturales de las bibliotecas de la ciudad. Después nos juntamos con Josefina Delgado, escritora y responsable máxima de la cultura bonaerense, y durante todo el rato que pasamos allí sentimos en nuestro ánimo la presencia benéfica de la paz de Borges, esa enorme presencia tranquila de uno de los escritores más nobles, risueños y generosos y geniales que conoció la literatura. En un momento determinado, Estela me llevó hasta el lugar, en un altillo, donde se dice que Borges se retiraba a leer, mientras se desarrollaba su tarea laboral. La sala ahora es una minúscula marca de homenaje al escritor, pero conserva algo que no le podrán quitar nunca, un silencio perfecto, como si fuera un abrazo para el lector, y así, sentado ante el escritorio que le sirvió a él de lugar de reposo y de lectura, sentí un instante de paz inigualable, con el que comencé en realidad esta visita a Buenos Aires, como si el ciego Borges estuviera guiando mi mirada. A la salida, después de haber reído con unos niños que visitaban como yo la mítica biblioteca Miguel Cané, me encontré con un poster que recuerda una frase de Miguel de Unamuno ("Miguel de Unamuno, español", dice la firma) que muy bien hubiera podido haber escrito el maestro argentino: "Leer, leer, vivir la vida que otros soñaban". Es curioso, por la noche, en un restaurante vacío de la ciudad, vi una melena blanca, de una mujer sentada ante una mesa, esperando el postre. Era María Kodama, la última compañera de aquel Borges que por la mañana me regaló una paz extraña, circunstancial pero infinita. Borges trabajó para que se produjeran coincidencias. Ayer esa coincidencia no fue la única.

05 mayo, 2008 - 11:00 - Juan Cruz

El obelisco

Alguien dijo anoche, cuando vislumbramos a lo lejos el Obelisco, que esa gran avenida que nos introduce en Buenos Aires es la mayor del mundo, un poco más grande que la de los Campos Eliseos. Y ahí, en Obelisco, desemboca Corrientes, con sus librerías magníficas y con su noche eterna. El edificio del Ministerio de Obras Públicas, donde Evita ya se rindió a no seguir, interrumpe el aire de la avenida y lo convierte en un rincón de Bucarest, por lo menos. En Bucarest la gran avenida es también, y eso es lo que quería Ceacescu, más grande que la de los Campos Elíseos; alguien le dijo que no, que era más chica, que la achicaban los balcones, y el sanguinario personaje obligó a cercenar los balcones. Siempre hay un loco que quiere que algo suyo sea lo más grande, y hace cualquier cosa para convertir lo grandioso en algo pútrido y falso y terrible. A mi lo que me gusta de esta avenida es el Obelisco, y Corrientes, y ese espléndido hotel Panamericano o Latinoamericano que parece un barco de noche, y las librerías. Llegar en domingo tiene sus ventajas, porque Buenos Aires parece un viejo pueblo grande cuya gente se ha recogido a ver los resultados del fútbol. Llegamos Manuel Vicent y yo, y nos recibió el editor Augusto di Marco, que nos puso al día sobre la prensa, la literatura y la política, y sobre el Obelisco. Yo le recité una canción (Quiero pedirte poema, me parece que se llamaba) en la que un provinciano contaba su llegada a un Buenos Aires que conocía tan solo de las postales, y que al ver de cerca la ciudad que sólo había visto en esos sueños se llevó la decepción que ya convirtió su urbe en una melancolía. No recuerdo quién cantaba la canción, y ya casi no retengo la letra, sólo sé algún verso, a lo mejor ustedes se la saben. A mi Buenos Aires nunca me decepcionó, así que empiezo a verla de nuevo, con el calor con el que se asiste a la vida de lo que siempre soñaste.

04 mayo, 2008 - 09:19 - Juan Cruz

"El periódico que tan bien nos hace"

Me ha escrito una hermosa carta Ángeles Mastretta, desde México; Ángeles es como un faro de ternura, está ahí, ve que uno parpadea, de cansancio o de tristeza, y entonces aparece con una palabra, o con un ramo de palabras, y te ilumina la noche y te alivia el día. Hay personas así, las hay; yo tuve un amigo, Francisco Afonso, que fue alcalde de mi pueblo, que venía a casa algunos atardeceres, cuando era un chiquillo y estaba muy enfermo; él vivía lejos, pero tenía un sexto sentido para adivinar que en ese momento exacto quizá se necesitaba su presencia a mi lado. Se lo agradecí siempre, le agradecí esa disponibilidad sentimental que se correspondía con su manera de ser, no era un esfuerzo, era lo que le nacía hacer, si no lo hubiera hecho, eso se veía, no hubiera sido él. Murió algunos años después, cuando era gobernador civil de Tenerife, en medio de un pavoroso incendio, en La Gomera, así que el reciente incendio en la isla me lo ha traído vívidamente al recuerdo. Paco Afonso. El hermoso mensaje de Ángeles me llega el mismo día en que viajo a Argentina, a ver a tantos amigos allí; si Argentina fuera una persona yo la tendría en uno de los primeros lugares de mis preferencias, para estar con ella. Nací y crecí con su folklore y aún hoy las canciones que tarareo, recito o canto son las de Los Fronterizos, las de Falú, las de Los Chalchaleros, las de Ariel Ramírez... En Buenos Aires celebraré esta noche, con Manuel Vicent, a quien acompaño, los 32 años de EL PAÍS (¡y los diez de elpais.com!) que se cumplen hoy. Dice Ángeles en su carta que "es el periódico que tan bien nos hace". Es cierto, es el periódico que tan bien nos hace; a mi me hace un bien inmenso; durante años entrar por sus puertas, cuando fui corresponsal en Londres, era como volver a la maquinaria de un país que se estaba haciendo; después, y esto lo he contado alguna vez, me he sentido allí dentro, en el edificio de Miguel Yuste, como si estuviera acudiendo a un lugar de vacaciones en el que iba a encontrar materia para divertirme diciendo que estaba trabajando. Ayer tarde pasé por allí, volviendo de Tenerife; me tomé un café en la cafetería, estuve en mi sitio de trabajo, mirando cartas y libros, y luego estuve en la Redacción, donde Rosi Rodríguez, la secretaria que siempre estuvo con nosotros, me tenía preparado un móvil para sustituir el que me fue extraviado en la playa. Y allí, en medio de aquella Redacción, donde tantas cosas he vivido y he aprendido, renové la emoción de estar donde hace treinta y dos años quise estar para cumplir la vocación inaplazable del periodismo. Ahora sale un libro donde cuento el primer día, cuando entré por primera vez en esa Redacción. Será una historia de amor y periodismo. Perdonen que lo anuncie, pero hoy es el día, me parece.

03 mayo, 2008 - 09:58 - Juan Cruz

La vida dice no

En los últimos tiempos ha habido muchos sábados aciagos, y ayer, al fin, en medio de la tarde, caminando hacia el rincón de la playa donde suelo pasar los mediodías del verano, sentí en mi vida y en mi cuerpo un alivio, cierta felicidad, un momento de plenitud que quise contar, quería gritarlo de alguna manera, compartirlo. Y le envié dos mensajes idénticos a dos buenos amigos: "Un libro, el sol, el mar, qué cerca está a veces la sencillez". Uno de los amigos me respondió: "Apura el momento, que parezca eterno". Y el otro me respondió casi de inmediato: "Qué contraste. Acabo de volver de almorzar, contento, y de pronto observo que desde el primer piso de un edificio por el que paso pende un hombre que acaba de ahorcarse. Horrible". De pronto, le escribí, la vida dice no. Y en seguida aquella tarde feliz se fue rompiendo, como se rompen las cosas que nadie rompe en el poema de Pablo Neruda. Uno de los dos móviles que uso se extravió sobre la roca, o alguien lo extravió en medio de mi desconcierto o mi despiste, mi reloj, que es un recuerdo, también sucumbió al mismo despiste, y finalmente di vueltas en busca de un sentido a todo lo que acontecía a partir de la evidencia de que la vida dice no. De regreso a casa, por el mismo camino en el que antes se dibujaba un sendero feliz, pensé, de todos modos, que todo lo que yo había perdido en ese rato extraño de conciencia de que las cosas se acaban, de que la felicidad es un instante y nada más y después viene la vida misma, que todo lo que yo perdí se puede sustituir y no se puede sustituir nunca ni la vida de aquel hombre ni las pérdidas que han hecho que estos últimos sábados de la vida hayan sido tan tristes, tan definitivos, tan crueles. Ahora es sábado, precisamente, escucho en la radio a Julio Feo, recuerdo las flechas que le clavaron a él y a mi amiga Piluca Navarro y a José Luis Fajardo, el pintor, y a tanta gente, a principñios de los noventa, tan solo porque querían asesinar políticamente a Felipe González. Le escucho, serenamente, hablando con Montserrat Domínguez y siento el alivio de saber que al fin la historia les ha restituido el honor personal que también quisieron arrancarle, a él y a los otros. Y suena el mar, indiferente y grandioso, diciendo adiós, te vas, te vas a Argentina, concretamente. El 4 de mayo, cuando EL PAÍS, la ilusión profesional de mi vida, cumple 32 años, como los jóvenes que ríen hoy en las orillas.

02 mayo, 2008 - 09:45 - Juan Cruz

Para escuchar al Cigala

Me encontré a Diego el Cigala en el avión que me traía a Tenerife; en la prensa tinerfeña anunciaban un concierto suyo en Adeje, y me invitó. Por la noche, después del acto de inauguración de los institutos históricos de enseñanza superior en el Instituto Cabrera Pinto de La Laguna, me llevaron en coche hacia el sur, rumbo a Adeje. Y a la mitad del camino se estropeó una de las ruedas del automóvil, y durante cerca de dos horas estuvimos al pairo, en medio de la autopista, a la altura de Güímar. Finalmente, los chicos resolvieron la avería, ellos volvieron a La Laguna y yo seguí (pero ya en un taxi que acudió a recogerme) hacia el sur, ya tarde para el concierto. Me apetecía mucho. Cigala es un tipo genial, cálido, profundo y amistoso; su versión de Lágrimas negras me caló siempre muy hondo, y escucharla me trae resonancias que van más allá de la propia canción, es como una carta que uno escribiera hacia adentro. Pero no hubo manera, a la hora en que me puse de nuevo en marcha, en medio de la autopista, el concierto había acabado, así que opté por hacer un alto en el restaurante El Jable, donde Jose y Miguel, los hermanos que están al frente, siempre son capaces de recuperar a cualquiera de un susto en la carretera con una ensalada de cebolla que aderezan ahí como nadie en el mundo. Ahora amanece en El Médano, acabo de escuchar a Esperanza Aguirre en la radio (siempre se me queda la sensación, escuchándola, que he mascado cotufas) y ahora están sonando los guiñoles. Es genial lo que hacen con el personaje de Eduardo Zaplana. Ahora me imagino que cuando este hombre empiece a trabajar en Telefónica lo pondrán a hablar en italiano y a cobro revertido. Tengo la maleta llena de libros. ¡Para un día solo! Siempre que vengo aquí creo que voy a tener tiempo para todo. Se nubló el tiempo, por cierto. A ver si vuelve el sol, es un modo de que vuelva la vida. Pondré Lagrimas negras en el tocadiscos, y miraré al mar, a ver qué dice.

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