Queremos tanto a Julio. Hay que leer a Cortázar

Por: | 12 de febrero de 2014

Hoy hace treinta años murió Julio Cortázar, a quien queremos tanto. Escribí para mi sección diario en Hora 14 de la Ser el comentario que sigue. Y la crónica posterior la escribí a raíz de la presentación del álbum Cortázar, de la A a la Z que ha publicado Alfaguara. Esta tarde, en la Casa de América, Natalia Menéndez dirige un montaje sobre la obra y la música que convirtieron a Julio en un escritor tan querido.

El sueño

Escribió Rayuela y nos regaló relatos que nos aprendimos de memoria, como versos de amor o cartas de batalla, y creó en torno a él una mitología que no cesa. Murió tal día como hoy hace treinta años, en París, la ciudad en la que se combinaron sus sueños y sus juegos. Ahora está en las librerías un homenaje singular a su persona de escritor y de cronopio, un álbum donde está siempre riendo y escribiendo, tocando la trompeta o haciéndole muecas a la vida. Esta noche, en la Casa de América, le recuerdan con jazz y con palabras. Queremos tanto a Julio. Hay que leer a Cortázar.

El álbum

Aurora Bernárdez, menuda y blanca, movía la cabeza y reía, silente, en la primera fila de la Casa de América de Cataluña cuando le preguntaban a Carles Álvarez Garriga, editor con ella del álbum biográfico Cortázar de la A a la Z, qué música era la favorita del autor de Rayuela, cuyo centenario ya estamos celebrando. La viuda y albacea del escritor que hizo del humor, el azar y el ingenio argumentos de sus novelas, rompió su viejo compromiso de callar en público y pronunció los nombres propios mágicos a los que se aferraba Cortázar cuando quería ser Julio y quedarse solo consigo mismo y con la música: “Duke Ellington, Charlie Parker… A veces estudiaba trompeta; la mujer que servía en casa, una española, me decía: ´¿Estudia, verdad? Porque sólo la pifia`”

         Ella misma rió, todos rieron. Fue el punto y final de un acto muy especial, como el libro que le sirvió de pretexto. Este álbum, que nació en Argentina (de la mano de la directora de Alfaguara en Buenos Aires, Julia Salztman, de la viuda de Julio y del gran cortazariano Carles Álvarez) y que diseñó en Barcelona el argentino Sergio Kern, es un gesto de amor a Cortázar, a él como persona (pues el álbum es en un porcentaje altísimo sobre su vida personal) y a él como escritor; está hecho, por Álvarez y por Bernárdez, con el apoyo técnico de Kern y “el entusiasmo” de Saltzman, como “el mejor homenaje”, como dijo el director de la Casa de América, Toni Travería, al escritor “al que tanto amamos todos”. Leyó Travería un texto de Juan Gelman al gran cronopio: “Tu mejor obra sos vos”.

         Y a vos, Julio, está dedicado este libro raro “e inclasificable”, como le gusta a Sergio Kern que llamen al resultado final de esta magna obra típicamente cortazariana, que incluye destellos de otras grandes audacias del propio Cortázar, como La vuelta al día en ochenta mundos. Este álbum es el preludio de todo lo que ocurrirá en el centenario del escritor y en el cincuentenario de Rayuela, su obra más querida (la directora de Alfaguara Global, Pilar Reyes, se felicitaba anoche de las ventas que sigue teniendo, “y ahora más”). Y es a la vez, dijo Álvarez, la conclusión de una ingente labor editorial que se inició en aquel sello en 1994, cuando se editaron algunos libros que permanecían inéditos a la muerte de Cortázar en febrero de 1984.

         Ahora, dijo Carles Álvarez, que se definió a sí mismo como “el evangelista” de Cortázar, “habría que parar un poco, que la gente digiera todo lo que se ha hecho”. Entre las cosas que se han hecho, la edición de las conferencias literarias de Julio en Berkeley y la ingente colección de cartas del escritor (“la más interesante y abundante de cualquier escritor hispano en el siglo XX”), que Alfaguara publicó recientemente en cinco tomos. Como estábamos en Barcelona, y como es justicia, Álvarez tuvo un recuerdo para Francisco Porrúa, el editor argentino que vive aquí y que con tanta pasión como buen juicio puso en la rampa de salida a aquel joven Cortázar de Los premios.

         La sesión fue un repaso a lo que este álbum tiene de más emocionante. Carles Álvarez, a preguntas del moderador del acto, Jean Barnabé, hijo de un traductor francés que fue amigo de Cortázar y que aparece en esta colección de recuerdos gráficos y escritos, dijo que para él la doble página de la entrada Infancia, es de lo más enternecedor de esta memoria. Ahí se incluyen estos versos sencillos, junto a retratos del Cortázar chico: “Me acuerdo de una plaza, poca cosa: un farol, un paraíso, unos malvones/ y ni un banco en que estar y ni una rosa./ Pero venían todos los gorriones”.

         Claro, como todos los libros, y especialmente los libros de Cortázar, es un libro para leer y releer, pero este es en especial un libro para ver. Pues no es lo mismo leer los versos que Cortázar dedicó a su abuela (en la entrada Abuela) que contemplar la compaginada que Kern, con el auxilio de Carles y la supervisión “siempre risueña”, dijo Álvarez, de Bernárdez, consiguió con los materiales que tuvo a mano, la foto de Victoria Gabel de Descotte y un “abanico japonés que fue de la abuela”, una señora que dio la vuelta al mundo adelantándose quizá a las vueltas al mundo (real o figurado) que luego daría su nieto. El poema es de 1963, se titula Abuela muerta y empieza así: “El angelito que tantos años dibujé al pie de unas cartas,/ y el à bientot de las despedidas, y ese nombre en el sobre/ han de seguir en alguna parte, han de ser algo vivo,/ no es posible que nada sobreviva de esa ternura y esa gracia…”

         En el mismo renglón de las preferencias, Barnabé le preguntó a Álvarez cuál le había hecho más gracia. Entre los numerosos papeles inesperados de Julio (papeles inesperados que también formaron parte de un volumen) apareció esta broma casi buñuelesca: “Era zurda de una oreja”. Y esa voz está como Zurda en el apartado Z del álbum, una página antes de este especial colofón del libro, en el apartado Zzz… con que Bernárdez, Álvarez y Kern concluyen este homenaje realmente conmovedor y divertido al hombre que nos hizo leer al revés y al derecho no sólo lo que escribió sino lo que nos pareció que escribía. Dice este Zzz… que acaba esta cortazariana, utilizando el capítulo 41 de Rayuela, muchas páginas después de que el libro mítico hubiera empezado:

         “—Ahora que ya jugaste bastante, vení a sacar el ropero de arriba de la cama –dijo Gekrepten.

         --¿Te das cuenta? –dijo Oliveira.

         --Eh, sí –dijo Traveler, convencido.

         --Quod erat demostrandum, pibe.

         --Quod erat –dijo Traveler.

         --Y lo peor es que en realidad ni siquiera habíamos empezado”.

         Está Buenos Aires, claro, y Argentina, y los cronopios, y Gabo, y Carlos Fuentes, y Aurora por supuesto, y Carol Dunlop, su última compañera, y Julio Silva, y Mafalda, y su madre. Y el humor. Y Julio. Gelman se lo dijo: “Tu mejor obra sos vos”. Pues esta obra es Julio y no sólo Cortázar. Una mujer le escribió a Carles Álvarez: “Me has dado un gran regalo y me has dado un gran insomnio. Desde que me mandaste el álbum sólo he podido leerlo y no tuve tiempo para dormir”. Ese mismo insomnio fue la feliz ayuda que tuvimos cuando leíamos Rayuela.

El desierto más solo

Por: | 28 de enero de 2014

Fue una sensación extraña, como si la noticia hubiera sido escrita por una mano equivocada y estuviera llena de letras equivocadas y fuera, además, una equivocación alevosa, dura, hecha simplemente para dañar la vida. La noticia de que José Emilio Pacheco había tenido un accidente doméstico, que estaba grave. De pronto, la medianoche sin sustancia de los domingos perdidos irrumpió como un telón, hasta que la madrugada aviesa hizo comprobar que aquella falacia nebulosa de la noche se rasgaba con la contundencia sangrienta de un vidrio. Había sucedido que el gran poeta de los desiertos humanos, el hombre que parecía haber nacido de la voluntad de un libro, y de vivir entre ellos para evitar el desastre de las calles sucias, había muerto en México de aquella casualidad tremenda que le hizo una mueca rara nada más el día anterior. Fue una sensación como de desvarío, y en ella estuve todo el día, recordando su voz, sus ojos aniñados, su risa, y sus anécdotas. Al final del día, ayer mismo, pude escribir un tributo personal, la crónica de la muerte de uno de los escritores más sencillos, y más puros, entre los que he tenido la oportunidad de conocer. Un ser como de otro tiempo, que siempre esperaba que el otro dijera algo para activar desde dentro un sentido poco común de la alegría de escuchar. José Emilio Pacheco, no hay tantos como él. Eso decía yo en mi in memoriam.

Crónicas de la nada y del mundo. 12. La despedida de Juan

Por: | 21 de enero de 2014

Recojo aquí el texto que escribí para Ñ, la revista literaria de Clarín tras la muerte de Juan Gelman, el gran poeta argentino. Aparecen sucesivamente los textos que leí en el programa Hora 14 de la Ser a lo largo de los últimos días, entre los cuales se incluye mi reacción ante esa desgraciada desaparición del gran poeta, de la enorme persona que fue Gelman.

 

DE LA ESTIRPE DE CÉSAR

En una encuesta francesa ya muy vieja Juan Carlos Onetti explicó que escribía para que le quisieran más. Y lo mismo dijo en esa declaración de intenciones Gabriel García Márquez. Todos quieren que les quieran, los escritores son así; algunos, como Juan Rulfo, escribía tan solo para tener en su biblioteca los libros que le faltaban. Juan Gelman, por su parte, no escribía para nadie en concreto, sino para el barro, desde la sangre propia, sin espejos; escribía para entenderse, estaba atento a su esqueleto, pero sobre todo al esqueleto de las palabras; sólo las ponía sobre el papel cuando ya las había despojado, él no escribía para sonar bien en el espejo sino para tener a raya la pena.

Y muchos años más tarde le hicieron esa pregunta (¿por qué escribe?) a Juan Gelman; en Francia, en España, en Italia, los periodistas queríamos saber, sus lectores querían saber. Durante decenios él llevó una pena muy concreta consigo, y un compromiso, decirla, contar a los vientos del mundo la raíz (personal, nacional, civil) de esa pena. Y no paró de decirlo. Ahora bien: para explicar esa pena jamás se desvió de la esencia de su verbo poético, esquelético, sustancioso y casi invisible.

En esos lugares de su peregrinación fatigada el poeta siempre dijo lo mismo: escribía porque lo visitaba La Señora, la poesía, y ésta le dictaba palabras que eran armas contra la pérdida. En su caso, esas armas eran para explicar una historia que le sangró por dentro. La universalidad de su poesía, que partía de hechos tan cercanos, tan locales, por decirlo así, se explica por la altísima calidad con la que el poeta explicó su lucha contra la pena con un poder metafórico que entronca con grandes de todas partes, desde Eliot a Baudelaire o a los españoles José Hierro o Ángel González.

Y es que la explicación poética de su pena es de una estirpe muy concreta, la estirpe de dos César grandes del siglo XX, el peruano Vallejo y el italiano Pavese. Ambos escritores, heridos por una pena bien definida, trascendieron esa negación melancólica de la esperanza y se dedicaron a rebuscar en su alma entristecida para saber qué le pasa al hombre, a cualquier hombre, en el límite, en el episodio en el que ya parece que ni el cuerpo ni el alma van a resistir más.

Ya se sabe qué pasó con Vallejo, qué grado de locura verbal, tan tenue y tan violenta a la vez, utilizó para explicar su incomprensión del mundo. Y ya se conoce bien qué hizo, como último gesto, su tocayo italiano para tachar el mundo, para expresar su desesperanza prolongando en el silencio su poesía despojada. Juan Gelman fue igualmente exquisito con el sustantivo, con el esqueleto de sus versos: no dejó que el aire de la cotidianeidad se contagiara de lo vulgar, así que expresó su sentimiento de frustración y su sarcasmo inventando un lenguaje que de pronto se hizo de todas partes y no sólo de Argentina. Los argentinos han creído siempre que contó en sus poemas la pena de Argentina (“la pena es un territorio probablemente argentino”, dijo él), pero en realidad estuvo diciendo hasta el final, hasta ese retrato final de su esqueleto, qué es la esencia universal de la pérdida. Eso explica hoy el llanto general por su voz. Pero su voz es silencio. Ahora alcanza el mayor eco.

 

 

EXILIO Y LÁGRIMA

Murió en México Juan Gelman, el poeta argentino empujado al exilio por la dictadura militar que azotó brutalmente su país. No fue sólo el exilio: los militares de Videla mataron a su nuera embarazada y su nieta quedó en manos desconocidas. Él buscó a esa niña desde 1976 al año 2000. El reencuentro fue un alivio y una felicidad. Jamás dejó de escribir, era su muro contra la pena, que de todos modos se quedó a habitar en sus ojos. Ganó todos los premios, incluido el Cervantes; su premio mayor, sin embargo, fue rabiosamente humano y se llama Macarena, su nieta que ahora lleva su nombre en Uruguay.

 

 

EL CARDENAL HOMÓFOBO

Soy asmático; cada día he de hacer unas inhalaciones para mejorar el aire que respiro. El cardenal Fernando Sebastián tiene hipertensión y se medica también. Como asmático no tengo autoridad alguna para hablar de las opciones sexuales de la gente; no creo, por ejemplo, que ser heterosexual sea un defecto que se cure con tratamiento. Pero el cardenal, investido de no sé qué autoridad científica, que no inspira Dios, sí cree que como hipertenso les puede decir a los homosexuales que lo suyo es una enfermedad y además les recomienda que se la curen.

 

 

MANOLITO GAFOTAS

Un juez obliga al ayuntamiento de Carabanchel Alto a poner en marcha el parque Manolito, que defiende al barrio de las numerosas autopistas que han llenado esa geografía de humos y de ruido. El nombre del parque honra a un ciudadano, Manolito Gafotas, que nació en Radio Nacional y consolidó su fama en la cadena Ser. Debido a la mirada fértil de Elvira Lindo, aquel niño llenó de imaginación la radio y le dio a ese barrio la identidad que consiguen los personajes literarios, desde Dickens a Marsé. Ahora Manolito será al fin un parque. Ya el Gafotas era un mundo. 

 

 

EL JOVEN VETERINARIO

El periodista Tico Medina inventó un programa de televisión que tituló Buenas noticias y que se acabó en seguida. Las buenas noticias alegran pero no venden en los medios. Pues ayer, en el tren que me traía a Barcelona, un joven de treinta y un años me dio una buena noticia. Es veterinario, tiene dos hijos, venía de una entrevista de trabajo y había conseguido el empleo. No había visto en mi vida a este muchacho, pero en cuanto me dijo lo que acababa de ocurrirle sentí que esa buena noticia tenía que publicarse en algún sitio.

 

TANTA PRISA

Escucho en la radio del móvil que somos los europeos más enganchados al teléfono. Miramos el tiempo, el correo, las noticias, todo lo miramos en este rectángulo iluminado. Si pierdo el móvil me vuelvo loco. Escucho que hay especialistas estudiando la locura que produce esta creciente adicción. Hace años me internaron para comprobar si se podía vivir sin este artilugio y sin Internet. Aquella era una preparación para saber qué producía esta locura. Ahora, por cierto, transmito por móvil. En seguida miraré si me he perdido algo en estos 48 segundos.

 

 

 

Manuel Alcántara, el hombre que cuenta las gaviotas

Por: | 10 de enero de 2014

El hombre que contaba las gaviotas

 

 

Hay en Manuel Alcántara, poeta que hoy cumple 86 años, una muy concreta delicadeza: en su esqueleto, al que ha ido adelgazando la edad, y en su prosa; no hay ni un día en que sus crónicas (o columnas, ahora se llaman columnas a las crónicas, él las publica en Sur de Málaga y en la cadena de periódicos de Vocento) no transmitan esa delicadeza poética que alienta en su vocación y en su personalidad. A él lo citan grandes cronistas de otras latitudes (como el colombiano Alberto Salcedo Ramos, por ejemplo) y lo veneran como un patrón laico los cronistas (o columnistas) españoles, desde Manuel Jabois a David Gistau, pasando por José Luis Garci, Ignacio Camacho, Antón Losada, Arcadi Espada, Javier Caravallo, Manuel Vicent, Ángela Vallvey, Almudena Grandes o Raúl del Pozo.

         Todos esos columnistas y muchos más se juntaron estos dos últimos días en Málaga, donde él vive desde hace muchas décadas, para rendirle un homenaje que organizaron Teodoro León Gross, Agustín Rivera y otros, desde la Fundación Manuel Alcántara. Fue un festejo que él adornó con esa delicadeza y con muchas gotas de ginebra, que sabe beber como nadie. Ahora, dice, está en horas bajas, porque hace poco le dio “un arrechucho” (“arrechucho”, dice, “parece el nombre de un ave tropical”) y no se siente bien que digamos. “Quién tuviera 83”. Pero aún persuadido de que el tiempo es malo (“¡no te me pongas melancólico!”, le conminó Gistau), no se resistió a burlarse de él (del tiempo y de él mismo), e hizo un recorrido que a veces era desternillante y otras veces era reflejo de esa melancolía que ahora le resulta imposible soslayar.

         Ignacio Camacho dijo allí que Alcántara ha hecho su esqueleto literario a partir de la poesía (“la mejor de la generación del 50”) y que de ella nutre unas columnas que jamás han sido visitadas ni por el desdén ni por el rencor. Él ha tenido, como Rafael Azcona para descansar de la realidad, su propia visión desde la atalaya que da al Mediterráneo: “Soy el hombre que más gaviotas ha contado en la vida”. Mirando al mar, bebiendo de esa experiencia de mirar, ha conseguido la sobriedad de un columnista singular, del estilo de otro legendario, el mexicano Jorge de Ibargüengotia: ni un día sin línea, pero también un día sin que el humor le asista para sobrellevar la tantas veces ardua tarea de llenar el folio no sólo con lo que pasa sino con aquello que pasa y la gente no ve.

         En su manera de vivir (y de beber, y de contemplar el boxeo, por ejemplo), Garci lo comparó con grandes (“y santos”) bebedores, desde W. C. Fields al recién fallecido Peter O´Toole; y no bebe para olvidar, sino para ahondar en una biografía que alterna el conocimiento directo de gente como Jorge Guillén, Pablo Neruda, Gerardo Diego o Azorín. De ese conocimiento (y de esas escrituras) viene mucho de lo que es, digámoslo otra vez, el esqueleto de su columnismo. ¿Y cómo ha huido de la política? Pues fijándose en la vida. Camacho explicó que durante los años de la dictadura se las arregló para no escribir jamás la palabra Franco en sus artículos. Y ahora dice que lo salvó de ese probable veneno, la política, su decisión antigua de no adscribirse nunca a ningún partido político. “Soy volteriano, no he estado nunca en un partido, y soy, como dijo Lorca de sí mismo, del partido de los pobres. Siempre he creído en las personas”.

Le dedicó un elogio a Manuel Chaves Nogales, que es un ilustre antecesor, un elogio que define a ese cronista legendario: “lo quisieron fusilar los dos bandos; hay que tener talento para eso”. Declaró una devoción hacia Ignacio Aldecoa (“que murió a los 44, como Chaves; era un hermano”) y contó con la gracia que sus lectores le reconocen hasta en los suspiros sus encuentros con Azorín (“con quien merendaba, pues Azorín no comía nunca”)… Admira a mucha gente Alcántara, y a él lo admiran, “aunque en este tiempo vivimos, ay, un déficit de admiraciones”.

Su admiración más profunda es al mar. Y a las gaviotas, claro. “Qué bien aparcan las gaviotas, por cierto”. Garci dijo que Alcántara es “una combinación perfecta de los dos Machados, Antonio y Manuel”. Y sí: de uno tiene la bondad radical y del otro tiene la gracia que le permite ver en la gaviota un dibujo en el aire, como el principio de su prosa. “El homenaje que se le tributa”, dijo León Gros, “no celebra su edad sino su talla”. Pero él insistió en la edad, cuando le tocó hablar. “Ya estoy en una edad indecorosa. Y la edad es el único mérito que tengo. El tiempo es nuestra materia prima y se desgasta con el tiempo”. Su colega Ignacio Camacho y los otros columnistas que le celebraban lo conminaron a seguir brindando y viviendo muchos años más, “¡pues no hay cosechas aún por venir!”. Y columnas, o crónicas, por cierto, de Manuel Alcántara.

Vi en estos días de Navidad, en Canal +, la película de Pablo Berger, Blancanieves; el cuento de los hermanos Grimm es una perfecta metáfora de la maldad, y creo que 2013 fue la maldad hecha tiempo. Por eso identifico, en uno de los comentarios que siguen, a la madrastra de Blancanieves con este año infausto que nos acaba de atormentar. Tengo la esperanza de que 2014 será mejor que 2013, tan solo porque es evidente que hemos cambiado de año, y esto solo, cambiar de año, ya produce una cierta ilusión: dejar atrás una época especialmente gris de nuestras vidas es un acontecimiento, una inflexión que descorre al menos la nube de un número. Algunos de los comentarios que leí desde el 23 de diciembre del año último hasta ayer mismo en Hora 14 de la Ser marcan ese estado de ánimo que ha ido posándose a lo largo de la temporada que termina. Ahí los dejo, con el deseo de que, en efecto, para todos este tiempo nuevo sea además un tiempo bueno. Ojalá es mi palabra preferida, y esta es la que les dejo en esta primera entrada de 2014. Ojalá, pues.

 

 

COLOR Y RACISMO

Nuestros ayuntamientos, entre ellos el de Madrid, siguen pintando de negro a Baltasar, no se les ocurre usar negros verdaderos para la Cabalgata. Qué atavismo racista, qué antigualla medieval. Y ya que estamos de regalos, una modesta proposición. ¿Y por qué los Reyes Magos, negros y blancos, no llevan libros en sus manos en lugar de tanta chuchería? Un niño, un libro. Y un adulto, un libro. Propongo dos para regalar ahora y siempre, El extranjero, de Camus, y El viejo y el mar, de Hemingway. Para todos, un libro es un juguete que contiene el mundo.

 

 

PRESTIGIO DEL TIEMPO

Nuestro tiempo, el siglo en que vivimos, tiene mucho prestigio tan solo porque somos nosotros los que hablamos de él. Tratemos de imaginar qué dirán de este tiempo en siglos futuros, cuando nuestras discusiones de hoy no ocupen ni media línea en la historia. Cómo nos estudiarán, qué dirán de un tiempo en que la desigualdad es una norma tolerada, la esclavitud de la mujer es una forma más de sometimiento. Como estamos en el siglo XXI creemos vivir lejos de la Edad Media. A lo mejor en siglos futuros alguien dirá: “Y la Edad Media siguió viviendo aún en el siglo XXI”.

 

 

LA CORBATA Y GUINDOS

Los griegos que inauguran su semestre al mando de Europa han decidido anular un símbolo de estas presidencias: no tendrán corbata conmemorativa, y así se ahorran unos euros. Inventaron la austeridad y la política, y últimamente lo gastaron todo. Nosotros no hemos ido atrás en el desprecio de lo público. Pero para ahorrar no se nos ocurrió esto de quitarnos la corbata. Y la verdad es que, escuchando hoy al ministro Guindos contigo en la Ser, lo imaginé sin corbata. Pero, claro, alguna respuesta sólo la podía dar con la corbata puesta.

 

 

EL HERMANO DE COTINO

Haces una broma y ya para siempre tienes tras de ti la sombra de esa broma. De broma, Juan Cotino le dijo a Jordi Évole en La Sexta que él no era él sino su hermano. Como era muy serio lo que le decía el periodista, la broma sentó fatal, y desde entonces ya todo lo que dice Juan Cotino se toma a broma, aunque hable de algo grave. Es fatal para alguien que preside las Cortes valencianas. Ahora habló contra el aborto y dijo que no hay que celebrar el cumpleaños sino el momento en que fuimos concebidos. Ay, Cotino, qué dirá su hermano.

 

 

EL 13 Y EL 14

El 13 da mal fario, no lo ponen ni en los aviones y a nosotros nos lo pusieron en el almanaque. El 14 es más airoso. El 13 no llega a ser el número del infierno, pero mucho de lo que queda atrás con ese número se parece al infierno en la tierra. El mal se impone en el mundo como la madrastra de Blancanieves, contumaz e innoble. En la película de Pablo Berger a esa madrastra malvada la mata un toro enorme. Ojalá 2014 empiece a acabar con esta mala sombra y mañana sea, en efecto, el primer día de una vida mejor. Ojalá, amigos, triunfe un día la ilusión de Blancanieves.

 

 

 

 

SERRAT A LOS 70

Es un artista cuya obra ha dado ternura, esperanza y fuerza a varias generaciones de españoles y de hispanomericanos. Atrajo a su voz y a su sentimiento la poesía de Miguel Hernández, de Antonio Machado o de Mario Benedetti, y su propia poesía halló en su infancia y en su adolescencia algunos de los versos más importantes de la canción y de la música de su tiempo. Le dedicó a su mar, el Mediterráneo, un homenaje tan emocionante que cualquier mar lo quisiera suyo. Le dio al amor algunos inolvidables nombres propios. Y hoy cumple setenta años. El Nano. Joan Manuel Serrat. Felicitats, amic.

 

 

CUENTO DE NAVIDAD

Los que nos criamos escuchando a Pedro Pablo Ayuso, Matilde Conesa y Matilde Vilariño en el teatro de la Ser creíamos que esos personajes de ficción vivían dentro de las bujías del viejo aparato. Ahora Mariano Revilla y Alfonso Sanz nos han revivido esas sensaciones, haciendo para la radio el Cuento de Navidad, de Dickens. Aquellos legendarios actores que nos hicieron adictos a la fascinación radiofónica han sido ahora, en este relato, José María Pou y Juan Echanove, entre otros. De nuevo la radio hace el milagro de ser a la vez el teatro y la vida. Por eso la escucho.

 

 

OÍR AL REY

Esta discusión sobre la decisión de las televisiones vasca y catalana de no emitir el discurso del Rey es banal. Igual de banal que no retransmitirlo. Desde que se murió Franco aquí nadie está obligado a retransmitir en cadena. De modo que ni TV3 es heroica ni la televisión del PNV consigue puntos por su independencia de criterio. Nada les obliga a nada. En Argentina, por ejemplo, es obligatorio transmitir en cadena. Aquí no. De modo que los que quieran oír al Rey pueden hacerlo por tantos sitios que taparlo es como poner un dedo en la luna. Tampoco, por cierto, es obligatorio oírlo.

 

LA ENTROMETIDA

Le dijo anoche Muñoz Molina a Évole en La Sexta que la Iglesia no debe interferir en la vida pública. Así es. Cada día hay ejemplos de esa interferencia religiosa en los hechos cotidianos, como si el Estado hubiera sido incapaz de cumplir su obligación democrática de mantenerse aconfesional y laico. Franco usó los privilegios de la Iglesia y ésta se aprovechó hasta el infinito y más allá. Lo que pasa ahora con la ley regresiva del aborto es un aspecto más de esa influencia. El Gobierno ha oído más a Rouco que a la vida. Y así estamos, haciéndonos cruces.

 

 

Entre los numerosos editores que he ido conociendo en mi vida hay un personaje singular que parece un atleta, y es a la vez un editor, un músico, un poeta. Se llama David Villanueva y dirige Demipage.

Creo que en total habré cruzado con él 44 palabras, o quizá 88, pero la suya es una conversación tenue y profunda que se resuelve, a mi gusto, de la mejor manera: mirando. Tiene una virtud, la de mirar, la de seguir con la mirada lo que le vas diciendo, que siempre me pareció como la deferencia de un hombre de espíritu, como dicen los franceses.

Él es editor de muchos libros, y es amigo de mucha gente; ignoro si con todos ellos, con todas sus amistades y con todos sus conocidos, es igual de profundo y de lacónico, pero en este último aspecto se parece a uno de los escritores más admirables y misteriosos que ha publicado, Félix Francisco Casanova.

Casanova es el escritor más hondo del tardío surrealismo canario; escribía como si la inspiración le viniera de una fuente misteriosa, del aire, quizá; convirtió la música en su aliada, y como poeta dejó trazos de una genialidad que pudo no haber tenido fin si la muerte, ese accidente imperioso, no hubiera cercenado su vida cuando aún ni tenía veinte años ni nadie podía imaginar que un día iba a hablarse de él en pasado.

Estos días me pidió David, en cuatro palabras, por wasapp, que le ayudara a anunciar desde aquí un concierto raro que ofrece esta noche y mañana en Las Naves del Española, en el Matadero de Legazpi. El concierto se titula Esclavos del agua; él hace música y canta, y en esta ocasión estará acompañado, sucesivamente, por amigos suyos como Santiago Auserón, Luis Eduardo Aute o Juan Carlos Mestre, además de la Greenwich Village.

El concierto se repite mañana (siempre a las 22.00) y luego será el material para un disco. Lo cuento y me callo. ¿Cómo me podía negar a divulgar esta ocasión, en la que los que vayan podrán escucharle a David muchas más palabras que las que yo le he escuchado en tantos años?

         Y ahora reproduzco aquí un texto que escribí para La Crónica de León (cuyo director, David Rubio, tuvo la gentileza de publicar este último miércoles); se trata de un homenaje a Jesús Fernández Santos, el escritor de Los bravos,  de cuya ausencia se cumplen ahora 25 años.

         El resto de los textos son los que habitualmente leo en Hora 14 de la Cadena Ser.

 

 

De donde quiso ser Jesús Fernández Santos

Jesús Fernández Santos no nació en León, pero de allí quiso ser. Escribió (y esto figura al frente del libro que ha preparado ahora su hijo Miguel Fernández Castaldi para el Centro de Arte Moderno): “Yo no he nacido en León, pero no se es de la ciudad o región en que uno nace o muere, sino de allí donde se vive, y en tal sentido yo he pasado gran parte de mi vida al pie de la raya divisoria que separa ese antiguo reino del de Asturias”.

         León fue su lugar, esa zona del mundo agrupaba la intensidad de su mirada, y sus libros están marcados por esa presencia anímica de Jesús sobre la tierra. Del mismo modo que, como escribía Samuel Beckett, un isleño jamás deja la isla en la que nació, un poeta que eligió esa bruma soleada, esa tierra en la que sus pies hallaron el camino más fructífero, será siempre de allí, aunque su aliento haya probado otros aires.

         Lo explica en el frontis de ese mismo libro (León desde la memoria): “Desde el Bierzo medieval, que recogió en sus días las horas solitarias de los anacoretas, o Sahagún, con sus iglesias de ladrillo ricas y originales, las Médulas, donde los romanos buscaron el oro del imperio, este viejo Reino de León ha influido, a través de sus hombres y paisajes, en una parte importante de mi obra”.

Este es un libro emocionante, porque es un tributo de la editorial, Del Centro Editores, dirigida por afanosos e inteligentes, y emotivos, editores argentinos, Claudio y Raúl, que están haciendo una enorme labor en Madrid para ser pie de la literatura y el arte latinoamericano en España; que sea una editorial de ese signo, rabiosamente latinoamericana, cuyos intereses mayores van de Cortázar a Lezama y a Onetti, por ejemplo, la que se fije en la prosa de Fernández Santos para darle su valor ahora realza el valor de la iniciativa.

         Y la emoción de la iniciativa alcanza, claro, al hijo de Jesús, Miguel, que acompaña estas prosas de su padre con fotografías que resumen una a una el espíritu de lo que Fernández Santos quiso contar mientras vagaba, como caminante, como realizador cinematográfico y como escritor, sobre el poético entorno que luego llegó a formar parte decisiva de su alma de ciudadano y de narrador. Los textos fueron seleccionados por María Castaldi, la viuda de Jesús Fernández Santos; su pasión por esta literatura, y por Jesús, tiene ahora la recompensa de este bello libro, pero aún le aguarda (a Jesús, sobre todo) la expresión de una gratitud que él no buscó, ni ellos buscan, pero que merece ese afán sin desmayo con el que él le quiso devolver a su tierra lo que de ella obtuvo: sabiduría y paciencia, que él explicó con una escritura sabia, bella y excepcional.

         Las tierras suelen ser ingratas con sus escritores o con sus poetas, cuando ellos viven y sobre todo cuando ellos no están. Me llegan ecos del desdén leonés, el olvido, hacia el gran escritor de Libro de la memorias de las cosas. No me sorprende, así es la vida, pasa en todas partes, desde Canarias a Galicia, desde Andalucía a la costa cántabra, y pasa en Extremadura y en cualquier sitio. De León me sorprende más, quizá, porque si algo ha construido a León hacia el mundo en el siglo XX, y en la última parte del siglo, ha sido la ambición irrestricta de sus escritores, desde Antonio Gamoneda a Luis Mateo Diez, desde Julio Llamazares a José María Merino, desde Juan Pedro Aparicio o Antonio Pereira a Jesús Fernández Santos, de dedicar a León, ese alma y ese paisaje, lo más sustancial de su obra.

         Si León se olvida de Jesús, allá León; pero nadie podrá borrar lo que está en los libros, sus libros son justamente inolvidables.  De ahí quiso ser, y ahí está, aunque quienes manden en León insistan en desconocerlo.

 

 

La luz apagada

La luz es como el aire, tan sensible. Dicen que Goethe murió reclamando más luz. La mejor frase que conozco sobre la luz la escribió el autor de Alicia en el país de las maravillas: “Me gustaría saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada”. A los periodistas nos gusta mucho esa exclamación: “Luz y taquígrafos”. Ahora se mueve la luz como en las casas viejas, y tampoco hay demasiado luz ni demasiados taquígrafos en la democracia española. Cuidado, sin luz nos quedamos a dos velas.

 

Los libros de toda la vida

Abundan las listas de los libros del año y hay que prevenir a la gente a favor de los libros de siempre. Desde Baroja y Unamuno a Albert Camus y a Delibes. Leer es imprescindible, pero la lectura es una virtud de la paciencia. Entender el embrollo del mundo en que vivimos requiere sosiego. Para ello es preferible leer a Platón, que escribió hace más de dos mil años, que muchos de los libros urgentes que llenan los escaparates. Vayan a la librería, el librero sabrá aconsejarles sosiego.

 

El anciando que leía el Irish Times

Aquel hombre parecía un anciano leyendo el Irish Times en el hotel  Hibernians de Dublín hasta que un altavoz pronunció su nombre, él se levantó y entonces me di cuenta de que era Peter O ´Otoole; ya era un actor veterano pero, como otros de su estirpe, Henry Fonda, Mastroiani, Lemmon, Gassman o Fernando Fernán Gómez, cuando se alzaba entre el público recuperaba el vigor del hombre que actúa, se quitaba los años precisos y era el que fue siempre. Murió ayer el santo bebedor, el inolvidable compadre de Richard Burton.

 

Arte de Blesa

Todo es letra menuda en esa correspondencia entre el ex presidente Aznar y el ex banquero Blesa sobre el coste de la obra del pintor Gerardo Rueda. 54 millones de euros le hubiera costado a la fundación de Caja Madrid ese repertorio que con tanto ánimo acogió el financiero. El responsable de la Fundación se quedó estupefacto. Mucho dinero para esto; cuando lograron rebajarlo, Blesa siguió bromeando. ¡Recuerda de donde venimos!, dijo. El pintor fue sobrevalorado, pero aquí quien tenía arte era Blesa.

 

Maneras de ser

En Alemania se han puesto de acuerdo los adversarios y se disponen a gobernar socialistas y conservadores. Es otra cultura; nosotros, en España, estamos acostumbrados a que nos miremos a cara de perro mientras pasa la vida, hasta la derrota final del contrario. Ahora se acaba de inaugurar entre nosotros un nuevo modelo de desacuerdo. Los que proclaman la necesidad del diálogo, en Cataluña, por ejemplo, se aprestan a despreciar los argumentos del otro, y el otro ve la ocasión para desoír a los contrarios. La experiencia no logra que seamos distintos.

 

 

Nelson Mandela fue un hombre formidable cuya enseñanza fue vital para el cambio de mentalidad donde más difícil era, en la mentalidad racista de los blancos de Suráfrica. Su otra tarea fue la de convencer a los suyos, a los negros de Suráfrica, que el cambio que él pregonaba, el camino hacia la tolerancia entre viejos enemigos, sólo era posible aprendiendo quién era el otro. Para ello había que estudiarlo y comprenderlo, aceptarlo como era, tratar de cambiarlo a partir de ese encuentro e incluso de ese encontronazo.

Lo estudió en la cárcel, donde pasó 27 años de su vida; renunció al dudoso privilegio de odiar, dejó a un lado el deseo de la venganza, que compartimos con los animales, y al salir de la prisión de Robben se dispuso a poner en marcha las convicciones que le llevaron a ser un gigante de la humanidad al que ahora rinde culto la unanimidad más absoluta que haya tenido un hombre en la tierra en este tramo de la historia.

Frente a ello, frente a lo que él enseñó, que había que entender al enemigo para poder compartir con él el futuro en su país, hay muchos, intelectuales o periodistas, que reprochan ahora a diario a aquellos que algún día, y de la manera más aviesa, es cierto, persiguieron a Mandela por sus posturas más radicales en contra del enemigo.

En mi modesta opinión, éstos que declaran amarlo y deploran cuánto tardaron en amarlo otros, no han entendido lo que Mandela quiso decir en los años en que su vida ya le permitió decir lo mismo que en Israel dice el escritor David Grossman: que sólo acercándote al otro llegarás un día a ser el que sueñas que quieres ser.

         De eso hablé en mi breve intervención diaria en el programa Hora 14 de la cadena Ser; en esta entrega del blog recojo esas intervenciones, como hago cada semana. Pido disculpas por mi larga ausencia de estos días; estuve en México, en la espléndida Feria Internacional del Libro de Guadalajara; allí tuve ocasión de intervenir en varios coloquios, con Sergio Ramírez (sus cuentos publicados bajo el título Flores oscuras son una maravilla, especialmente el más autobiográfico de todos, No me vayan a haber dejado solo); con varios escritores (Rosa Montero, Juan Villoro, Claudia Piñeiro, José Ovejero…) acerca de la raíz de sus lecturas, su aprendizaje como autores… Y especialmente denso, intenso y aleccionador fue para mi (y espero que para las muchas personas que acudieron), el encuentro entre Mario Vargas Llosa y David Grossman, el ya citado escritor israelí, cuya novela La vida entera recomiendo muy vivamente. Ahí expresó Grossman ideas muy similares a las que Mandela puso en marcha en su país para aliviar el conflicto que parecía imposible de resolver entre negros y blancos; actitudes similares defiende, en medio de enormes dificultades e incomprensiones, el escritor israelí. Me resultó muy conmovedora su actitud y salí de ese encuentro con el aliento reconfortado.

         A la vuelta a España, a raíz de la muerte de Mandela, escuché muchos elogios del líder surafricano (cuyas memorias tuve el privilegio de publicar, cuando fui editor), como los escuché en México de Grossman. Me dio pena comprobar que esos elogios no se prolonguen en el mismo compromiso que ambos defendieron y, en el caso de Grossman, siguen defendiendo.

 

Y he aquí, pues, esos comentarios radiofónicos día por día.

 

EL ENEMIGO

Escribió el escritor israelí David Grossman sobre el conflicto que viven judíos y palestinos que sólo se salvaría esa guerra de odios si unos y otros aprendían a entender al enemigo. Eso hizo Nelson Mandela; su encuentro con el enemigo alivió el odio entre negros y blancos, acabó con el apartheid y creó una atmósfera de convivencia que ahora se celebra como su gran contribución a la historia. Es que era un hombre radicalmente bueno, al que ahora se llora porque sigue haciendo falta.

 

 

LA BURLA

Lo peor de lo que dijo Rafael Hernando, portavoz del PP, sobre las víctimas del franquismo no fue que mintiera con respecto a lo que hizo Franco para eliminar enemigos en la posguerra. Lo peor de lo que hizo ante las cámaras de la televisión de los obispos fue burlarse de los descendientes de aquellos a los que el dictador hizo desaparecer y persiguió cuando ya no había guerra. Por eso, por reírse de ellos, es por lo que tienen que pedir disculpas él y los obispos.

 

LOS LIBREROS

Este viernes es el día de las librerías. En el lanzamiento de esta iniciativa el filósofo Emilio Lledó evocó cuando el maestro le pedía que comentara los libros que leía. Él es consecuencia de aquella educación basada en los comentarios de textos, en la lectura. Con el filósofo estuvo en ese lanzamiento Elvira Lindo. Para ella, ir a las librerías es una obligación gozosa. El librero es un amigo imprescindible, una presencia que prolonga el consejo de los maestros.

 

EL PAÍS DEL FUTURO

La frase más famosa sobre Brasil la escribió un austriaco, Stefan Zweig. Según el autor de El mundo de ayer ese gran país siempre sería el país del futuro. Gracias a su lucha contra la desigualdad, y la miseria, Brasil es de veras el país del futuro, y ahí acaba de nacer la edición de un periódico español, El país, en el que trabajo. Que un periódico español nazca en el extranjero es una noticia buena en un tiempo en que parece que el futuro se convierte en imposible para el oficio en el que vivimos.

 

VIVA VALLE

Valle Inclán es nuestro Shakespeare del siglo XX y no debe haber ni un año sin Valle. Hoy se estrena en el Centro Dramático Nacional la versión que Ernesto Caballero ha hecho de las Comedias Bárbaras, que ya estuvieron en escena en 1991 y en 2003, en las versiones de José Carlos Plaza y de Bigas Luna. Ese teatro está escrito con el genio que superan la actualidad y el tiempo. Y estas Comedias se ven como si se hubieran escrito esta mañana. “¡Malditos estamos!” es su frase final. Valle adivinaba.

 

EL TEMPLO DEL LIBRO

Estoy en México, en la Feria del Libro de Guadalajara. Miles de personas asisten aquí a discusiones sobre la creación literaria y sobre los conflictos del mundo. Este año la feria se dedica a la cultura de Israel. Cientos de escritores y decenas de miles de personas en torno a la palabra escrita. Es la más grande del mundo, la más abundante, y aquí se oye hablar como si el libro fuera un templo.

 

DESCONOCER A RAJOY

Sigo en México. Desde aquí se ve con distancia lo que ocurre a diario en España. Parece que la distancia acolcha el efecto que hacen algunas noticias que se producen entre nosotros. Aquí, en América, se ha escuchado con estupor esa noticia de que a un discapacitado ecuatoriano se le ha negado en España la ciudadanía española porque no sabía quién era Rajoy. Qué lejos estamos, José Antonio, de América, qué mentira cuando decimos que la llevamos en el corazón.

 

LA BIBLIOTECA

En el centro mismo de México existe desde el año pasado un conjunto de bibliotecas públicas compuestas por los fondos de grandes escritores ya fallecidos. El legado forma parte del patrimonio del país. La herencia de la escritura está viva. Como siempre, piensa uno en lo que pasa en España, en el gran incendio que supone que los fondos de nuestras propias bibliotecas públicas hayan sido desnutridas por los dientes de la crisis. Un país que deja en segundo lugar los libros se abandona a sí mismo.

 

IGLESIA AJENA

El Papa habló y todo el mundo ha seguido comentando lo que dice. Se dice en México, desde donde te hablo, que lo que propone Francisco es que se acerque la Iglesia a la gente; como se ha reclamado desde América al menos desde hace cincuenta años, el oropel religioso no representa el alma de los oprimidos, de las víctimas de la desigualdad. En este océano de olvido de sus obligaciones lo que ha dicho el Papa es sólo una gota que quizá reaviva la proscrita teología de la liberación.

 

SIN HORIZONTE

Qué lejos se hace aquella fecha cuando España se dio la Constitución democrática. Se cosieron las leyes y luego se fue descosiendo el país, y ahora vuelve a haber dos, tres o cuatro Españas. Me decía Javier Krahe, que ayer presentó su último disco en la Residencia de Estudiantes, que lo que no hay es horizonte. Hay papeles, leyes, pero no hay horizonte. Así que mañana celebramos también el principio y el final de un horizonte. Pues habrá que buscar otro.

Fue la semana en la que supimos que el Ayuntamiento de Madrid jugó a la yenka con la memoria del más importante de los actores españoles del teatro de la posguerra, Fernando Fernán Gómez.

Justo cuando se cumplían los seis años de su muerte, los nuevos rectores de las Artes del municipio madrileño estimaron oportuno primero eliminar su nombre del teatro del Centro Cultural de la Villa. Luego la alcaldesa Ana Botella los mandó rectificar, y finalmente alcanzaron una solución que parecía heredar su vergüenza ante sus sucesivos desatinos y han mezclado el nombre del genial Fernando con el nombre genérico del centro.

En su columna del El país de hoy domingo 24 de noviembre Elvira Lindo habla de este exabrupto ridículo y reaccionario de la vida municipal, y lo hace con la indignación justa que proviene del buen conocimiento de la enorme labor que este hombre, Fernán-Gómez, hizo en este país a favor del cine, del teatro, de la memoria; fue nuestro Vittorio Gassman y fue nuestro Lawrence Olivier, y, como dice Elvira, tenía que tener en la plaza de Colón un monumento tan grande como “esa banderaza” que preside el lugar.

En los tiempos de Miguel Munárriz como director de ese teatro municipal se notó la amplitud y la profundidad de las referencias y de la sensibilidad de este escritor, periodista y poeta asturiano, que redescubrió para el público madrileño nombres propios importantes que además deben ser inolvidables, y así cultivó la propia memoria de Fernando Fernán- Gómez, pues lo que allí se hizo estuvo a la altura de la propia exigencia del autor de El tiempo amarillo.

La defenestración abrupta de Munárriz parecía preparar el terreno para lo que ahora parece estar pasando con este centro y con su teatro, a las puertas, parece, de la privatización que como una cuchilla está pendiendo del cuello de todo centro cultural de carácter público en Madrid.

Lo que pasó esta semana me produjo vergüenza ajena. De ello escribí este último viernes para la sección que leo cada día en el programa Hora 14 de la cadena Ser. También hablé del premio Cervantes a Elena Poniatowska, pero en este caso las urgencias del día (el premio se concedió cuando iba a empezar el programa) me obligar a dictarlo sin escribirlo, de modo que no figura aquí. Escribí una columna en El País (Pequeño caballo que va a la ópera), que salió publicada el miércoles, junto a otros textos muy interesantes y a una semblanza magnífica que escribió sobre la autora de La piel del cielo su compatriota, y amigo, y buen conocedor, Juan Villoro.

A los textos de esta semana que no se han publicado en El País sumo en esta entrega la crónica que hice del estreno de Kathie y el hipópotamo, la obra de Mario Vargas Llosa que se estrenó este último martes en el Matadero de Madrid, perteneciente al Teatro Español. Se publicó en Clarín de Buenos Aires.

 

 

LA HIERBA CANTA POR DORIS LESSING

Doris Lessing creía que la televisión marcó el final una civilización más sensata, la de la radio. Antes de que empezara esta devastación de ahora me dijo, poco después de ganar el Nobel, que aquel derroche no presagiaba nada bueno. Luchó por los negros en África y se comprometió contra la guerra de Irak y contra la invasión de Afganistán. Batalló por los derechos de la mujer y se irritaba si le preguntabas si la suya era literatura femenina.

 

LA HISTORIA Y LOS CUENTOS DE HADAS

El historiador Santos Juliá dijo anoche, en el homenaje a su colega José Álvarez Junco, que hacer historia sirve para establecer la verdad sobre lo sucedido. Y alertó contra los que construyen una fábula que mitifica lo que nunca pasó. Es una manera mendaz de hacer historia, que hace felices a los que la inventan pero crean un malestar civil cuyas consecuencias ya hemos padecido. Santos no estaba hablando de siglos atrás sino

de la manipulación que sucede en este mismo minuto.

 

RAIMON Y ESPRÍU

Esta noche oiremos a Raimon otra vez en Madrid. Será en el Círculo de Bellas Artes. El cantante de Al Vent y de Diguem No pondrá música a los poemas en los que Salvador Espriu expresa la pasión ibérica que dejó escrita en La pell de brau o la poesía civil de Inici del cant en el temple. Ahora que se buscan motivos de diálogo para acabar con el desencuentro provisional España-Cataluña escuchar a Espriu, oír a Raimon, es una manera de caminar por un puente.

 

DESFACHATEZ

Fernando Fernán-Gómez fue aquí nuestro Laurence Olivier, o nuestro Vittorio Gassman; escribió memorias que lo retrataban como un escéptico quijote del siglo XX, en el cine fue todos los personajes que quiso hacer y fue uno de los más extraordinarios actores y directores de teatro de su tiempo. Acaso el mejor. Ahora el Ayuntamiento de Madrid ensaya el juego mezquino de quitar o a mezclar el nombre que le pusieron a su teatro. Y lo hacen en el aniversario de su muerte. Qué desfachatez, amigos, qué bochorno.

 

Vargas Llosa va con Zavalita al teatro

Hay algo de juvenil, de adolescente, en Mario Vargas Llosa. Este martes, cuando agradeció al público del Matadero, uno de los escenarios del Teatro Español, los aplausos con que acogieron su obra teatral Kathie y el hipopótamo, dijo que hace años, cuando escribió ese texto, no soñaba con un montaje así. En realidad, a lo largo de su vida, y ya tiene 77 años, se ha pasado cumpliendo lo que quiso hacer pero dudando de si alguna vez lo haría. Por eso lo hace, porque es un joven que sigue siendo inseguro ante el empleo, ante el folio que le espera, ante lo que los demás vayan a pensar de lo que hizo quitándole tiempo al sueño o a la holgazanería.

Otra de esas virtudes que afirman su ya larga adolescencia es su convicción de que él no tiene imaginación, que todos sus libros (fábulas o no) se basan en el esfuerzo que ha hecho para escribirlos, librando una batalla para vencer esa falta de ficción que habita en su cuarto de escritor. Esto no es cierto, claro, porque el autor de La verdad de las mentiras no ha parado de crear ficciones. Pero sí es verdad que casi todas ellas (desde La ciudad y los perros a El sueño del celta o al más reciente, El héroe discreto) provienen de hechos que han acontecido, algunas veces en su propia vida.

En este caso, en Kathie y el hipopótamo, que es una obra teatral sobre la imaginación y sobre el esfuerzo mismo de escribir y de inventar, resulta evidente que Mario Vargas Llosa se ausentó de sí mismo sólo circunstancialmente, para imaginar; pero en la realidad de lo que cuenta se llevó consigo a Zavala, o Zavalita, el periodista humilde que lo acompaña desde el celebérrimo diálogo sobre cuándo se jodió el Perú en Conversación en La Catedral.

 En la obra teatral, Zavalita ya era Zavala, era País en 1959, aquel escribidor de la ficción estaba casado con una mujer a la que él no quería, y por razones alimenticias se fue a trabajar para una rica de Perú que quería publicar un libro sobre sus propias andanzas de niña rica en África. Pacientemente, Santiago Zavala hizo cada día sus dos horas de negro, o escritor fantasma, a satisfacción de la señora. Mientras tanto, a ella y a él, a Kathie y a Zavala, se le fueron enredando las faldas de la vida y no sólo eso: Zavala en concreto fue desengañándose de algunos afectos o pasiones que habían marcado su primera juventud y renunciaba a ellos con el vigor del que se arrepiente de haber perdido el tiempo con ideologías que le resultaron un fraude. La vida le estaba enseñando que había otra parte de la vida, y a ella se iba derecho.

 El trabajo alimenticio era a la vez un sacrificio y un alivio, pues ese periodo de tiempo tasado por la ricachona y a veces ampliado por ella para su propio placer de contar, le servía al escritor de encargo para adiestrar su propia manera de concebir la ficción. La realidad de otro, en este caso la de Kathie, era el alimento de la propia ficción de Zavalita.

Como es lógico, esta es una ficción, escrita por Mario Vargas Llosa en Londres hace muchos años, lejos de sus primeros tiempos en París. Sus propias convicciones, literarias, políticas, culturales, sentimentales, estaban consolidadas, y descritas en novelas, en ensayos, en artículos. Aquí, pues, se establecían dentro de los cánones del teatro y constituían un manifiesto sobre la ficción. Con toda su carpintería adecuada y con todo el verbo fluido y apasionado que requiere una representación. Y así venía a Madrid la obra, como segundo estreno en la programación que el Teatro Español dedica a la producción teatral del Nobel. Venía después de La Chunga, que ocurre en los bajos fondos del profundo Perú y no en los vericuetos lujosos, de lujo prestado en este caso, de los primeros años de Zavalita en la capital de Francia.

Pero ocurrió algo singular, aunque no inesperado: en una conferencia de prensa previa al estreno de anteayer, Vargas llosa deslizó la información sobre un hecho real: él tuvo una experiencia parecida a la que da raíz a Kathie y el hipopótamo: él escribió un libro para una mujer efectivamente rica y peruana (Cata Podestá) que le pidió en París que pasara a papel lo que ella apenas podía balbucir en sus cuadernitos. La noticia de esa aventura juvenil que unió el hambre con las ganas de comer fue avanzada hace años en las memorias de su tía Julia, que fue su mujer en aquellos tempranos años parisinos, y fue ratificada por Vargas Llosa en aquella conferencia de prensa.

Como ahora todo explota en seguida y sucesivamente, de inmediato el escritor peruano Guillermo Niño de Guzmán relató en un largo artículo, publicado en El País el último sábado, todas las circunstancias de ese encargo y de la muy solvente respuesta literaria de Mario Vargas Llosa. Claro, lo que sucede en seguida es que se desata el morbo del espectador: ¿vamos a ver exactamente lo que hizo Vargas Llosa con lo que le iba contando Cata Podestá en París? ¿Kathie y el hipopótamo es una crónica de ese suceso?

Para nada. Kathie y el hipopótamo es una obra de teatro que le sirve al Nobel peruano para alegar en escena a favor del tema literario de su vida: la construcción de la ficción, cómo ésta le permite al hombre imaginar mundos que lo salven de la lucha terrena contra la pena que es al fin la vida. Como aquellos tiempos eran lo que fueron, es, además, una crónica intensa, apasionada, como es implícito en el texto de la obra general de Vargas, de lo que pasaba en la Europa de posguerra y en el Perú tan desigual de aquellos tiempos.

Así pues, Kathie y el hipopótamo es una obra teatral, una ficción, para la que, como en casi todos sus libros, Vargas Llosa cuenta con la complicidad fértil de la realidad. Y, en este caso, de la directora, Magüi Mira. Y ya en la escena, con un trabajo apabullante de dos grandes actores españoles, Ana Belén, que además canta como los ángeles (a Brel, por ejemplo), y de Ginés García Millán, que se desdobla (como los otros actores, Eva Rufo, Jorge Basanta y David San Juan, el pianista) de una manera admirable. Cuando Vargas Llosa salió a saludar dudó un segundo del nombre del actor principal; pensé que en algún momento lo iba a llamar Zavalita, o Mario, en lugar de llamarlo Ginés.

Ha muerto Doris Lessing, la autora de Canta la hierba. La fui a ver a su casa de Londres, con mi hija Eva, que hizo la traducción precisa de la conversación que tuvimos en la habitación más alta de la casa en la que se recluyó huyendo siempre de la parte más abundante de la fama.

Ahora que ha muerto Doris Lessing le he preguntado a Eva algunas de las cosas que recordaba de aquella visita y me refrescó la memoria de lo que sucedió en el otoño de 2007, cuando tocamos a su puerta. Yo recordaba su desdén por el éxito, su olvido de las abundantes felicitaciones que aguardaban abajo, en la puerta de la calle, a que ella acudiera alguna vez a recogerlas; pero estaba harta de subir y de bajar, de modo que dejó que todo esperara mientras ella se recuperaba del susto de la noticia pero sobre todo de las visitas y de los parabienes, así como del insistente sonido telefónico que ya la tenía más que harta.

Aún así nos recibió, nos regaló aspirinas y paracetamoles, nos dio agua y quiso que estuviéramos cómodos en su casa grande de la que ella había decidido entonces habitar sólo un pedazo. Eva, por su parte, me refrescó otras memorias que están en los libros de la propia Doris.

“En su autobiografía”, me escribe Eva, “Doris Lessing contaba el proceso de su escritura, que consistía en caminar mucho por la habitación en un estado que ella llamaba de wood gathering, que es algo así como reunir lana o hacer la madeja. Estaba pensando sin mucha conciencia de en qué estaba pensando. Sólo después se ponía a escribir”.

         “Y lo que recuerdo de su experiencia del comunismo”, prosigue Eva, “es que tal y como lo contaba se parecía mucho a la experiencia de estar en una secta negando la realidad, y ella no daba crédito a que pudieran seguir dentro de esa inmoralidad. Pero siempre fue muy valiente y muy honesta, también cuando se fue de África con su hijo pequeño, dejando allí a los otros dos, que tardaron mucho en perdonarla. Aquellos primeros años en Londres, de efervescencia política y pobreza, están muy bien contados. Pero en seguida, con la primera novela, se convirtió en una voz pública, y encabezaba manifestaciones”.

         Hasta ahí, lo que subraya Eva; me hizo ilusión que me acompañara. Mucho antes de que ella naciera y viviéramos juntos en Inglaterra mi maestro Domingo Pérez Minik me habló de Doris Lessing cuando yo era un adolescente en la isla, y Canta la hierba estuvo entre los primeros libros que él me impulsó a comprar con la insistencia con que los maestros le muestran a sus discípulos el camino de lo que deben ser sus lecturas.

A don Domingo, que había muerto en 1989, le hubiera gustado saber que la hija y el padre habían ido juntos a rendir homenaje a una de sus grandes damas de la literatura en inglés. Y allí estábamos. Hoy me he acordado mucho de aquella mujer esquiva y cálida a la vez, y de aquel anglófilo que me puso a leer hace ahora tantos años.

Canta la hierba, pues, por los dos, por Domingo y por Doris, en este blog que incluye también las entradas que esta semana hice en el programa Hora 14 de la cadena Ser. Entre los asuntos, el merecido premio de las Letras al autor de Antagonía, Luis Goytisolo. Y, cómo no, una referencia amarga a la realidad de Madrid estos días. Parece que al fin ha acabado la basura, pero la secuela que deja, de desidia y de fracaso en el gobierno de la ciudad, arrancan rabia y desolación civil, como si la ciudad navegara sola y no en las mejores condiciones.

 

ENSAYO DEL INFIERNO

Que Madrid lleve tantos días soportando su basura es un ensayo general del infierno. A la ciudad le han estallado sus tripas y sus desechos en la cara; la paciencia suicida con la que la política acepta que esa situación alcance cifras de record indica la falta de pulso con la que se discute en los despachos para arreglar lo que importa en la calle. Lo que pasa es un descrédito para la política y produce una sensación de dejadez que ninguna ciudad se merece.

 

ANTAGONÍA

Luis Goytisolo me dijo un día que él quería medirse con Proust y con Joyce. Su ambición siempre fue la vanguardia, estar antes de que sucedieran las modas. Antagonía  es su gran obra. Pero ahí no se paró, siguió inventando, desde la calle de su infancia hasta las escaleras del erotismo; ha construido una obra que ha merecido ahora el premio de Las Letras Españolas, lo cual lo consagra otra vez como el veterano que es desde que era un adolescente asustado que se explicaba escribiendo.

 

AMOR POR GEORGIA

A unos pasos de la Gran Vía de Madrid se puede ver una crónica estremecedora de la vida. Está en la galería Juana de Aizpuru. Son fotografías de Cristina García Rodero. En 1995 fue a Georgia, la exrepública soviética, con Médicos sin Fronteras, y retrató allí la angustia y el dolor de las guerras, la locura y el aislamiento, y también la risa y el sosiego, la lluvia y la miseria, la juventud y la muerte. Y el hambre. Salí de allí tan conmovido como si hubiera ido a la vez al infierno y a la gloria.

 

VIVA NUNCA MAIS

No sorprende que el regocijo mediático con que algunos han recogido la sentencia que deja sin culpables la tragedia del Prestige haya alcanzado a Nunca Mais, la noble manifestación contra aquel despropósito. Que nadie se extrañe: hace once años, los que ahora atacan a aquellos ciudadanos que gritaron en las calles Nunca Mais fueron zaheridos desde esos mismos medios. Y  han vuelto a gritar desde la madriguera del insulto. Modestamente grito Viva Nunca Mais.

 

 

 

[El texto sobre el último libro de Guillermo Cabrera Infante lo escribí para Clarín de Buenos Aires. A continuación, las ráfagas que bajo el título El revés y el derecho, que viene de un libro de Albert Camus, se emiten cada día en Hora 14 de la Ser. Ahí hay un texto sobre el centenario de Camus y una reflexión sobre los Erasmus, emitido antes de que el ministro Wert recificara].

 El libro más íntimo de Guillermo Cabrera Infante se puso a la venta en España, ocho años después de la muerte del autor de Tres tristes tigres. Es Mapa dibujado por un espía, lo publica Galaxia Gutenberg y estuvo oculto desde que el escritor lo guardó, en torno a 1970, cinco años después de ocurrir lo que él cuenta en este libro desgarrador. Aquí Cabrera Infante, que escribía sus crónicas de cine con el acrónimo G. Caín, describe minuciosamente sus meses en La Habana mientras aún era consejero cultural de la embajada cubana en Bruselas.

         Es un libro sencillo e impresionante; los que hayan leído la prosa veloz, expresiva, calurosa e incluso ruidosa, de su libro más famoso, Tres tristes tigres, se hallarán aquí con un Cabrera Infante melancólico y circunspecto, atravesado por una herida que le duró allá donde fue, en el exilio, hasta su muerte. Él le había dicho a su mujer, Miriam Gómez, que no tocara esos papeles que había escrito poco después de salir de La Habana con sus hijas. Y ella, años después de la muerte de su esposo, tomó el sobre en el que se guardaban esas páginas y se las dio al editor Toni Munné, que las leyó sobrecogido. Miriam Gómez decidió que este libro inédito debía formar parte de las obras de su marido. Todo lo que escribió Cabrera Infante lo tiene a él como materia. Por tanto, esta larga confesión es parte indisociable de su literatura.

         No es un libro en el que aquel Cabrera Infante que nos acostumbró a los juegos de palabras y a la música como vértebras de sus historias se divierta describiendo. Desde que se inicia Mapa dibujado por un espía él se propuso narrar una a una, casi cronológicamente y con un increíble lujo de detalles, todo lo que ocurrió desde que recibió en Bruselas la noticia de la muerte de su madre, Zoila Infante, hasta el momento en que se despide para siempre de La Habana. Lo que sucedió en medio fue un cúmulo de humillaciones que le despertaron a él al conocimiento de la deriva cubana hacia el autoritarismo burocrático y brutal, que lo tuvo a él como rehén. A él y a tantos. Como recibió ese impacto en primera persona, y en ese proceso participaron quienes habían sido amigos suyos, el trauma significó para él un trayecto infernal que sólo podía disolverse, y se disolvió, con la marcha. Y con la escritura.

         Como había hecho en La Habana para un infante difunto, Cabrera Infante se sirvió de su memoria infinita; los detalles más nimios, como la composición de las comidas o los horarios de sus encuentros, se alternan en este libro obsesivamente minucioso con los grandes hechos que perturbaron allí su vida y luego su propia experiencia de la vida. Aquella Cuba que él había contribuido a generar, en tiempos revolucionarios, había decidido usurpar la idea misma de la revolución y ya no era, en 1965, ni la sombra de lo que él y sus amigos habían soñado. Además, sus amigos ya eran otras personas; poco a poco aquel sueño que hubo una vez se convirtió en una pesadilla cuya estratagema era la de aburrirlo atemorizándolo. Estaba ya en su apogeo la política de delación y de denuncia, y él vivía en medio de la tormenta perfecta que el régimen de Castro había organizado para prevenir a los disidentes; en nombre de la revolución, disidente podía serlo cualquiera, siempre que alguien lo hubiera señalado.

         Ese es el corazón del libro, la explicación de cómo se había ido inclinando Cuba hacia el infierno imprevisible que luego se haría famoso merced al caso Padilla; pero Cabrera Infante vivió estos episodios algún tiempo antes y nunca había publicado con tanto pormenor todo lo que está escrito en este libro hasta ahora inédito. Ese pormenor tan obsesivo y tan preciso le da al libro el tono de un exorcismo, como si desnudándose ante la máquina de escribir (algo que ocurría, además, en la realidad física, pues muchas veces escribía desnudo, en el exilio de Londres) pudiera sacarse de dentro los múltiples y tremendos demonios que se quedaron en su interior en aquel deplorable periplo.

         Para los lectores de la obra de Cabrera Infante (que viene publicando completa la citada editorial Galaxia Gutenberg) este es un testimonio escalofriante e imprescindible. En primer lugar, explica la pavorosa experiencia de un ciudadano al que poco a poco la revolución cubana va dejando sin identidad y sin derechos y por tanto explica la procedencia de la rabia melancólica del escritor hacia aquel periodo al que se refiere y que en definitiva tiñe la historia del castrismo. Y es imprescindible porque pone en perspectiva aquel famoso Tres tristes tigres; completa su obra, en realidad, nos muestra ya de cuerpo entero al autor de Cuerpos divinos. Cuando Tres tristes tigres ganó el premio Biblioteca Breve de Carlos Barral, Cabrera Infante aún era diplomático cubano. El libro se iba a llamar Vista del amanecer en el trópico. Después recibió el nombre con el que se hizo tan notorio. Ya no había que celebrar el amanecer que un día pareció que se despejaba en el trópico. Ya Cuba era, para el escritor, para tanta gente que él trató en ese periodo, el triste infierno que va creciendo en Mapa dibujado por un espía, esta despedida que Cabrera Infante hizo de la tierra cuya presencia se le quedó pegada a la piel del alma.

 

ERASMUS

Al final de su vida Semprún me dijo que los Erasmus valen más que lo que cuestan. Para él, que estudiaba aun cuando los nazis provocaron la guerra, esas becas eran la idea de la reconstrucción de Europa. El presidente de Europa, Durao Barroso, dijo ayer que era mejor no recortar de educación. Y al mediodía supimos que España rompía su carnet de los Erasmus. La noticia no puede tener dentro un síntoma más dramático.

 

 

CANAL NOU

La usó sin medida y ahora la cierra. La convirtió en un elemento de propaganda y la puso a disposición de los corruptos. La manipulación a la que fue sometida Canal Nou por el poder político está en la historia nacional de la infamia de los medios públicos. Ahora Fabra dice que no la puede sostener y aprovecha la peor coyuntura de la crisis para pasarla a negro. El Gobierno valenciano no ha tenido escrúpulo alguno de borrar así lo más negro de su propia historia.

 

EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES

Este es un aviso. El Círculo de Bellas Artes de Madrid sigue representando la ambición modernizadora de este país. Cultiva el debate, lo fomenta, ha hecho que entre nosotros mejore la calidad de la conversación. Pues bien, ahora se le ha retirado el noventa por ciento del dinero público que apoya su gestión, y aún así resiste. El descuido oficial hacia su existencia me parece un síntoma más del empobrecimiento cultural que vive España.

 

LA IGNOMINIA

Hace treinticinco años fue torturado y asesinado por militares argentinos el padre del actor Juan Diego Botto, que se vino al exilio español con su madre, Cristina Rota. Ella ha enseñado el oficio del teatro a muchísimos intérpretes españoles. Hoy Juan Diego declara en Buenos Aires como víctima de la barbaridad militar que puso a Argentina bajo la ignominia de la dictadura. Él dijo ayer que la justicia tarda, pero llega. Ahora él tiene casi la edad de aquel terrible recuerdo.

 

ALBERT CAMUS

Cien años de Albert Camus. Una literatura que retrata al hombre en su desamparo. El extranjero  es una reflexión moral sobre la culpa. En La peste describió la devastación moral de nuestro tiempo. En La caída enjuició la hipocresía de la justicia. En El revés y el derecho dejó escrito este lema para vivir: “El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento”. Un periodista que convirtió la duda en su alimento más radical.

 

 

 

 

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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