Entre los numerosos editores que he ido conociendo en mi vida hay un personaje singular que parece un atleta, y es a la vez un editor, un músico, un poeta. Se llama David Villanueva y dirige Demipage.

Creo que en total habré cruzado con él 44 palabras, o quizá 88, pero la suya es una conversación tenue y profunda que se resuelve, a mi gusto, de la mejor manera: mirando. Tiene una virtud, la de mirar, la de seguir con la mirada lo que le vas diciendo, que siempre me pareció como la deferencia de un hombre de espíritu, como dicen los franceses.

Él es editor de muchos libros, y es amigo de mucha gente; ignoro si con todos ellos, con todas sus amistades y con todos sus conocidos, es igual de profundo y de lacónico, pero en este último aspecto se parece a uno de los escritores más admirables y misteriosos que ha publicado, Félix Francisco Casanova.

Casanova es el escritor más hondo del tardío surrealismo canario; escribía como si la inspiración le viniera de una fuente misteriosa, del aire, quizá; convirtió la música en su aliada, y como poeta dejó trazos de una genialidad que pudo no haber tenido fin si la muerte, ese accidente imperioso, no hubiera cercenado su vida cuando aún ni tenía veinte años ni nadie podía imaginar que un día iba a hablarse de él en pasado.

Estos días me pidió David, en cuatro palabras, por wasapp, que le ayudara a anunciar desde aquí un concierto raro que ofrece esta noche y mañana en Las Naves del Española, en el Matadero de Legazpi. El concierto se titula Esclavos del agua; él hace música y canta, y en esta ocasión estará acompañado, sucesivamente, por amigos suyos como Santiago Auserón, Luis Eduardo Aute o Juan Carlos Mestre, además de la Greenwich Village.

El concierto se repite mañana (siempre a las 22.00) y luego será el material para un disco. Lo cuento y me callo. ¿Cómo me podía negar a divulgar esta ocasión, en la que los que vayan podrán escucharle a David muchas más palabras que las que yo le he escuchado en tantos años?

         Y ahora reproduzco aquí un texto que escribí para La Crónica de León (cuyo director, David Rubio, tuvo la gentileza de publicar este último miércoles); se trata de un homenaje a Jesús Fernández Santos, el escritor de Los bravos,  de cuya ausencia se cumplen ahora 25 años.

         El resto de los textos son los que habitualmente leo en Hora 14 de la Cadena Ser.

 

 

De donde quiso ser Jesús Fernández Santos

Jesús Fernández Santos no nació en León, pero de allí quiso ser. Escribió (y esto figura al frente del libro que ha preparado ahora su hijo Miguel Fernández Castaldi para el Centro de Arte Moderno): “Yo no he nacido en León, pero no se es de la ciudad o región en que uno nace o muere, sino de allí donde se vive, y en tal sentido yo he pasado gran parte de mi vida al pie de la raya divisoria que separa ese antiguo reino del de Asturias”.

         León fue su lugar, esa zona del mundo agrupaba la intensidad de su mirada, y sus libros están marcados por esa presencia anímica de Jesús sobre la tierra. Del mismo modo que, como escribía Samuel Beckett, un isleño jamás deja la isla en la que nació, un poeta que eligió esa bruma soleada, esa tierra en la que sus pies hallaron el camino más fructífero, será siempre de allí, aunque su aliento haya probado otros aires.

         Lo explica en el frontis de ese mismo libro (León desde la memoria): “Desde el Bierzo medieval, que recogió en sus días las horas solitarias de los anacoretas, o Sahagún, con sus iglesias de ladrillo ricas y originales, las Médulas, donde los romanos buscaron el oro del imperio, este viejo Reino de León ha influido, a través de sus hombres y paisajes, en una parte importante de mi obra”.

Este es un libro emocionante, porque es un tributo de la editorial, Del Centro Editores, dirigida por afanosos e inteligentes, y emotivos, editores argentinos, Claudio y Raúl, que están haciendo una enorme labor en Madrid para ser pie de la literatura y el arte latinoamericano en España; que sea una editorial de ese signo, rabiosamente latinoamericana, cuyos intereses mayores van de Cortázar a Lezama y a Onetti, por ejemplo, la que se fije en la prosa de Fernández Santos para darle su valor ahora realza el valor de la iniciativa.

         Y la emoción de la iniciativa alcanza, claro, al hijo de Jesús, Miguel, que acompaña estas prosas de su padre con fotografías que resumen una a una el espíritu de lo que Fernández Santos quiso contar mientras vagaba, como caminante, como realizador cinematográfico y como escritor, sobre el poético entorno que luego llegó a formar parte decisiva de su alma de ciudadano y de narrador. Los textos fueron seleccionados por María Castaldi, la viuda de Jesús Fernández Santos; su pasión por esta literatura, y por Jesús, tiene ahora la recompensa de este bello libro, pero aún le aguarda (a Jesús, sobre todo) la expresión de una gratitud que él no buscó, ni ellos buscan, pero que merece ese afán sin desmayo con el que él le quiso devolver a su tierra lo que de ella obtuvo: sabiduría y paciencia, que él explicó con una escritura sabia, bella y excepcional.

         Las tierras suelen ser ingratas con sus escritores o con sus poetas, cuando ellos viven y sobre todo cuando ellos no están. Me llegan ecos del desdén leonés, el olvido, hacia el gran escritor de Libro de la memorias de las cosas. No me sorprende, así es la vida, pasa en todas partes, desde Canarias a Galicia, desde Andalucía a la costa cántabra, y pasa en Extremadura y en cualquier sitio. De León me sorprende más, quizá, porque si algo ha construido a León hacia el mundo en el siglo XX, y en la última parte del siglo, ha sido la ambición irrestricta de sus escritores, desde Antonio Gamoneda a Luis Mateo Diez, desde Julio Llamazares a José María Merino, desde Juan Pedro Aparicio o Antonio Pereira a Jesús Fernández Santos, de dedicar a León, ese alma y ese paisaje, lo más sustancial de su obra.

         Si León se olvida de Jesús, allá León; pero nadie podrá borrar lo que está en los libros, sus libros son justamente inolvidables.  De ahí quiso ser, y ahí está, aunque quienes manden en León insistan en desconocerlo.

 

 

La luz apagada

La luz es como el aire, tan sensible. Dicen que Goethe murió reclamando más luz. La mejor frase que conozco sobre la luz la escribió el autor de Alicia en el país de las maravillas: “Me gustaría saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada”. A los periodistas nos gusta mucho esa exclamación: “Luz y taquígrafos”. Ahora se mueve la luz como en las casas viejas, y tampoco hay demasiado luz ni demasiados taquígrafos en la democracia española. Cuidado, sin luz nos quedamos a dos velas.

 

Los libros de toda la vida

Abundan las listas de los libros del año y hay que prevenir a la gente a favor de los libros de siempre. Desde Baroja y Unamuno a Albert Camus y a Delibes. Leer es imprescindible, pero la lectura es una virtud de la paciencia. Entender el embrollo del mundo en que vivimos requiere sosiego. Para ello es preferible leer a Platón, que escribió hace más de dos mil años, que muchos de los libros urgentes que llenan los escaparates. Vayan a la librería, el librero sabrá aconsejarles sosiego.

 

El anciando que leía el Irish Times

Aquel hombre parecía un anciano leyendo el Irish Times en el hotel  Hibernians de Dublín hasta que un altavoz pronunció su nombre, él se levantó y entonces me di cuenta de que era Peter O ´Otoole; ya era un actor veterano pero, como otros de su estirpe, Henry Fonda, Mastroiani, Lemmon, Gassman o Fernando Fernán Gómez, cuando se alzaba entre el público recuperaba el vigor del hombre que actúa, se quitaba los años precisos y era el que fue siempre. Murió ayer el santo bebedor, el inolvidable compadre de Richard Burton.

 

Arte de Blesa

Todo es letra menuda en esa correspondencia entre el ex presidente Aznar y el ex banquero Blesa sobre el coste de la obra del pintor Gerardo Rueda. 54 millones de euros le hubiera costado a la fundación de Caja Madrid ese repertorio que con tanto ánimo acogió el financiero. El responsable de la Fundación se quedó estupefacto. Mucho dinero para esto; cuando lograron rebajarlo, Blesa siguió bromeando. ¡Recuerda de donde venimos!, dijo. El pintor fue sobrevalorado, pero aquí quien tenía arte era Blesa.

 

Maneras de ser

En Alemania se han puesto de acuerdo los adversarios y se disponen a gobernar socialistas y conservadores. Es otra cultura; nosotros, en España, estamos acostumbrados a que nos miremos a cara de perro mientras pasa la vida, hasta la derrota final del contrario. Ahora se acaba de inaugurar entre nosotros un nuevo modelo de desacuerdo. Los que proclaman la necesidad del diálogo, en Cataluña, por ejemplo, se aprestan a despreciar los argumentos del otro, y el otro ve la ocasión para desoír a los contrarios. La experiencia no logra que seamos distintos.

 

 

Nelson Mandela fue un hombre formidable cuya enseñanza fue vital para el cambio de mentalidad donde más difícil era, en la mentalidad racista de los blancos de Suráfrica. Su otra tarea fue la de convencer a los suyos, a los negros de Suráfrica, que el cambio que él pregonaba, el camino hacia la tolerancia entre viejos enemigos, sólo era posible aprendiendo quién era el otro. Para ello había que estudiarlo y comprenderlo, aceptarlo como era, tratar de cambiarlo a partir de ese encuentro e incluso de ese encontronazo.

Lo estudió en la cárcel, donde pasó 27 años de su vida; renunció al dudoso privilegio de odiar, dejó a un lado el deseo de la venganza, que compartimos con los animales, y al salir de la prisión de Robben se dispuso a poner en marcha las convicciones que le llevaron a ser un gigante de la humanidad al que ahora rinde culto la unanimidad más absoluta que haya tenido un hombre en la tierra en este tramo de la historia.

Frente a ello, frente a lo que él enseñó, que había que entender al enemigo para poder compartir con él el futuro en su país, hay muchos, intelectuales o periodistas, que reprochan ahora a diario a aquellos que algún día, y de la manera más aviesa, es cierto, persiguieron a Mandela por sus posturas más radicales en contra del enemigo.

En mi modesta opinión, éstos que declaran amarlo y deploran cuánto tardaron en amarlo otros, no han entendido lo que Mandela quiso decir en los años en que su vida ya le permitió decir lo mismo que en Israel dice el escritor David Grossman: que sólo acercándote al otro llegarás un día a ser el que sueñas que quieres ser.

         De eso hablé en mi breve intervención diaria en el programa Hora 14 de la cadena Ser; en esta entrega del blog recojo esas intervenciones, como hago cada semana. Pido disculpas por mi larga ausencia de estos días; estuve en México, en la espléndida Feria Internacional del Libro de Guadalajara; allí tuve ocasión de intervenir en varios coloquios, con Sergio Ramírez (sus cuentos publicados bajo el título Flores oscuras son una maravilla, especialmente el más autobiográfico de todos, No me vayan a haber dejado solo); con varios escritores (Rosa Montero, Juan Villoro, Claudia Piñeiro, José Ovejero…) acerca de la raíz de sus lecturas, su aprendizaje como autores… Y especialmente denso, intenso y aleccionador fue para mi (y espero que para las muchas personas que acudieron), el encuentro entre Mario Vargas Llosa y David Grossman, el ya citado escritor israelí, cuya novela La vida entera recomiendo muy vivamente. Ahí expresó Grossman ideas muy similares a las que Mandela puso en marcha en su país para aliviar el conflicto que parecía imposible de resolver entre negros y blancos; actitudes similares defiende, en medio de enormes dificultades e incomprensiones, el escritor israelí. Me resultó muy conmovedora su actitud y salí de ese encuentro con el aliento reconfortado.

         A la vuelta a España, a raíz de la muerte de Mandela, escuché muchos elogios del líder surafricano (cuyas memorias tuve el privilegio de publicar, cuando fui editor), como los escuché en México de Grossman. Me dio pena comprobar que esos elogios no se prolonguen en el mismo compromiso que ambos defendieron y, en el caso de Grossman, siguen defendiendo.

 

Y he aquí, pues, esos comentarios radiofónicos día por día.

 

EL ENEMIGO

Escribió el escritor israelí David Grossman sobre el conflicto que viven judíos y palestinos que sólo se salvaría esa guerra de odios si unos y otros aprendían a entender al enemigo. Eso hizo Nelson Mandela; su encuentro con el enemigo alivió el odio entre negros y blancos, acabó con el apartheid y creó una atmósfera de convivencia que ahora se celebra como su gran contribución a la historia. Es que era un hombre radicalmente bueno, al que ahora se llora porque sigue haciendo falta.

 

 

LA BURLA

Lo peor de lo que dijo Rafael Hernando, portavoz del PP, sobre las víctimas del franquismo no fue que mintiera con respecto a lo que hizo Franco para eliminar enemigos en la posguerra. Lo peor de lo que hizo ante las cámaras de la televisión de los obispos fue burlarse de los descendientes de aquellos a los que el dictador hizo desaparecer y persiguió cuando ya no había guerra. Por eso, por reírse de ellos, es por lo que tienen que pedir disculpas él y los obispos.

 

LOS LIBREROS

Este viernes es el día de las librerías. En el lanzamiento de esta iniciativa el filósofo Emilio Lledó evocó cuando el maestro le pedía que comentara los libros que leía. Él es consecuencia de aquella educación basada en los comentarios de textos, en la lectura. Con el filósofo estuvo en ese lanzamiento Elvira Lindo. Para ella, ir a las librerías es una obligación gozosa. El librero es un amigo imprescindible, una presencia que prolonga el consejo de los maestros.

 

EL PAÍS DEL FUTURO

La frase más famosa sobre Brasil la escribió un austriaco, Stefan Zweig. Según el autor de El mundo de ayer ese gran país siempre sería el país del futuro. Gracias a su lucha contra la desigualdad, y la miseria, Brasil es de veras el país del futuro, y ahí acaba de nacer la edición de un periódico español, El país, en el que trabajo. Que un periódico español nazca en el extranjero es una noticia buena en un tiempo en que parece que el futuro se convierte en imposible para el oficio en el que vivimos.

 

VIVA VALLE

Valle Inclán es nuestro Shakespeare del siglo XX y no debe haber ni un año sin Valle. Hoy se estrena en el Centro Dramático Nacional la versión que Ernesto Caballero ha hecho de las Comedias Bárbaras, que ya estuvieron en escena en 1991 y en 2003, en las versiones de José Carlos Plaza y de Bigas Luna. Ese teatro está escrito con el genio que superan la actualidad y el tiempo. Y estas Comedias se ven como si se hubieran escrito esta mañana. “¡Malditos estamos!” es su frase final. Valle adivinaba.

 

EL TEMPLO DEL LIBRO

Estoy en México, en la Feria del Libro de Guadalajara. Miles de personas asisten aquí a discusiones sobre la creación literaria y sobre los conflictos del mundo. Este año la feria se dedica a la cultura de Israel. Cientos de escritores y decenas de miles de personas en torno a la palabra escrita. Es la más grande del mundo, la más abundante, y aquí se oye hablar como si el libro fuera un templo.

 

DESCONOCER A RAJOY

Sigo en México. Desde aquí se ve con distancia lo que ocurre a diario en España. Parece que la distancia acolcha el efecto que hacen algunas noticias que se producen entre nosotros. Aquí, en América, se ha escuchado con estupor esa noticia de que a un discapacitado ecuatoriano se le ha negado en España la ciudadanía española porque no sabía quién era Rajoy. Qué lejos estamos, José Antonio, de América, qué mentira cuando decimos que la llevamos en el corazón.

 

LA BIBLIOTECA

En el centro mismo de México existe desde el año pasado un conjunto de bibliotecas públicas compuestas por los fondos de grandes escritores ya fallecidos. El legado forma parte del patrimonio del país. La herencia de la escritura está viva. Como siempre, piensa uno en lo que pasa en España, en el gran incendio que supone que los fondos de nuestras propias bibliotecas públicas hayan sido desnutridas por los dientes de la crisis. Un país que deja en segundo lugar los libros se abandona a sí mismo.

 

IGLESIA AJENA

El Papa habló y todo el mundo ha seguido comentando lo que dice. Se dice en México, desde donde te hablo, que lo que propone Francisco es que se acerque la Iglesia a la gente; como se ha reclamado desde América al menos desde hace cincuenta años, el oropel religioso no representa el alma de los oprimidos, de las víctimas de la desigualdad. En este océano de olvido de sus obligaciones lo que ha dicho el Papa es sólo una gota que quizá reaviva la proscrita teología de la liberación.

 

SIN HORIZONTE

Qué lejos se hace aquella fecha cuando España se dio la Constitución democrática. Se cosieron las leyes y luego se fue descosiendo el país, y ahora vuelve a haber dos, tres o cuatro Españas. Me decía Javier Krahe, que ayer presentó su último disco en la Residencia de Estudiantes, que lo que no hay es horizonte. Hay papeles, leyes, pero no hay horizonte. Así que mañana celebramos también el principio y el final de un horizonte. Pues habrá que buscar otro.

Fue la semana en la que supimos que el Ayuntamiento de Madrid jugó a la yenka con la memoria del más importante de los actores españoles del teatro de la posguerra, Fernando Fernán Gómez.

Justo cuando se cumplían los seis años de su muerte, los nuevos rectores de las Artes del municipio madrileño estimaron oportuno primero eliminar su nombre del teatro del Centro Cultural de la Villa. Luego la alcaldesa Ana Botella los mandó rectificar, y finalmente alcanzaron una solución que parecía heredar su vergüenza ante sus sucesivos desatinos y han mezclado el nombre del genial Fernando con el nombre genérico del centro.

En su columna del El país de hoy domingo 24 de noviembre Elvira Lindo habla de este exabrupto ridículo y reaccionario de la vida municipal, y lo hace con la indignación justa que proviene del buen conocimiento de la enorme labor que este hombre, Fernán-Gómez, hizo en este país a favor del cine, del teatro, de la memoria; fue nuestro Vittorio Gassman y fue nuestro Lawrence Olivier, y, como dice Elvira, tenía que tener en la plaza de Colón un monumento tan grande como “esa banderaza” que preside el lugar.

En los tiempos de Miguel Munárriz como director de ese teatro municipal se notó la amplitud y la profundidad de las referencias y de la sensibilidad de este escritor, periodista y poeta asturiano, que redescubrió para el público madrileño nombres propios importantes que además deben ser inolvidables, y así cultivó la propia memoria de Fernando Fernán- Gómez, pues lo que allí se hizo estuvo a la altura de la propia exigencia del autor de El tiempo amarillo.

La defenestración abrupta de Munárriz parecía preparar el terreno para lo que ahora parece estar pasando con este centro y con su teatro, a las puertas, parece, de la privatización que como una cuchilla está pendiendo del cuello de todo centro cultural de carácter público en Madrid.

Lo que pasó esta semana me produjo vergüenza ajena. De ello escribí este último viernes para la sección que leo cada día en el programa Hora 14 de la cadena Ser. También hablé del premio Cervantes a Elena Poniatowska, pero en este caso las urgencias del día (el premio se concedió cuando iba a empezar el programa) me obligar a dictarlo sin escribirlo, de modo que no figura aquí. Escribí una columna en El País (Pequeño caballo que va a la ópera), que salió publicada el miércoles, junto a otros textos muy interesantes y a una semblanza magnífica que escribió sobre la autora de La piel del cielo su compatriota, y amigo, y buen conocedor, Juan Villoro.

A los textos de esta semana que no se han publicado en El País sumo en esta entrega la crónica que hice del estreno de Kathie y el hipópotamo, la obra de Mario Vargas Llosa que se estrenó este último martes en el Matadero de Madrid, perteneciente al Teatro Español. Se publicó en Clarín de Buenos Aires.

 

 

LA HIERBA CANTA POR DORIS LESSING

Doris Lessing creía que la televisión marcó el final una civilización más sensata, la de la radio. Antes de que empezara esta devastación de ahora me dijo, poco después de ganar el Nobel, que aquel derroche no presagiaba nada bueno. Luchó por los negros en África y se comprometió contra la guerra de Irak y contra la invasión de Afganistán. Batalló por los derechos de la mujer y se irritaba si le preguntabas si la suya era literatura femenina.

 

LA HISTORIA Y LOS CUENTOS DE HADAS

El historiador Santos Juliá dijo anoche, en el homenaje a su colega José Álvarez Junco, que hacer historia sirve para establecer la verdad sobre lo sucedido. Y alertó contra los que construyen una fábula que mitifica lo que nunca pasó. Es una manera mendaz de hacer historia, que hace felices a los que la inventan pero crean un malestar civil cuyas consecuencias ya hemos padecido. Santos no estaba hablando de siglos atrás sino

de la manipulación que sucede en este mismo minuto.

 

RAIMON Y ESPRÍU

Esta noche oiremos a Raimon otra vez en Madrid. Será en el Círculo de Bellas Artes. El cantante de Al Vent y de Diguem No pondrá música a los poemas en los que Salvador Espriu expresa la pasión ibérica que dejó escrita en La pell de brau o la poesía civil de Inici del cant en el temple. Ahora que se buscan motivos de diálogo para acabar con el desencuentro provisional España-Cataluña escuchar a Espriu, oír a Raimon, es una manera de caminar por un puente.

 

DESFACHATEZ

Fernando Fernán-Gómez fue aquí nuestro Laurence Olivier, o nuestro Vittorio Gassman; escribió memorias que lo retrataban como un escéptico quijote del siglo XX, en el cine fue todos los personajes que quiso hacer y fue uno de los más extraordinarios actores y directores de teatro de su tiempo. Acaso el mejor. Ahora el Ayuntamiento de Madrid ensaya el juego mezquino de quitar o a mezclar el nombre que le pusieron a su teatro. Y lo hacen en el aniversario de su muerte. Qué desfachatez, amigos, qué bochorno.

 

Vargas Llosa va con Zavalita al teatro

Hay algo de juvenil, de adolescente, en Mario Vargas Llosa. Este martes, cuando agradeció al público del Matadero, uno de los escenarios del Teatro Español, los aplausos con que acogieron su obra teatral Kathie y el hipopótamo, dijo que hace años, cuando escribió ese texto, no soñaba con un montaje así. En realidad, a lo largo de su vida, y ya tiene 77 años, se ha pasado cumpliendo lo que quiso hacer pero dudando de si alguna vez lo haría. Por eso lo hace, porque es un joven que sigue siendo inseguro ante el empleo, ante el folio que le espera, ante lo que los demás vayan a pensar de lo que hizo quitándole tiempo al sueño o a la holgazanería.

Otra de esas virtudes que afirman su ya larga adolescencia es su convicción de que él no tiene imaginación, que todos sus libros (fábulas o no) se basan en el esfuerzo que ha hecho para escribirlos, librando una batalla para vencer esa falta de ficción que habita en su cuarto de escritor. Esto no es cierto, claro, porque el autor de La verdad de las mentiras no ha parado de crear ficciones. Pero sí es verdad que casi todas ellas (desde La ciudad y los perros a El sueño del celta o al más reciente, El héroe discreto) provienen de hechos que han acontecido, algunas veces en su propia vida.

En este caso, en Kathie y el hipopótamo, que es una obra teatral sobre la imaginación y sobre el esfuerzo mismo de escribir y de inventar, resulta evidente que Mario Vargas Llosa se ausentó de sí mismo sólo circunstancialmente, para imaginar; pero en la realidad de lo que cuenta se llevó consigo a Zavala, o Zavalita, el periodista humilde que lo acompaña desde el celebérrimo diálogo sobre cuándo se jodió el Perú en Conversación en La Catedral.

 En la obra teatral, Zavalita ya era Zavala, era País en 1959, aquel escribidor de la ficción estaba casado con una mujer a la que él no quería, y por razones alimenticias se fue a trabajar para una rica de Perú que quería publicar un libro sobre sus propias andanzas de niña rica en África. Pacientemente, Santiago Zavala hizo cada día sus dos horas de negro, o escritor fantasma, a satisfacción de la señora. Mientras tanto, a ella y a él, a Kathie y a Zavala, se le fueron enredando las faldas de la vida y no sólo eso: Zavala en concreto fue desengañándose de algunos afectos o pasiones que habían marcado su primera juventud y renunciaba a ellos con el vigor del que se arrepiente de haber perdido el tiempo con ideologías que le resultaron un fraude. La vida le estaba enseñando que había otra parte de la vida, y a ella se iba derecho.

 El trabajo alimenticio era a la vez un sacrificio y un alivio, pues ese periodo de tiempo tasado por la ricachona y a veces ampliado por ella para su propio placer de contar, le servía al escritor de encargo para adiestrar su propia manera de concebir la ficción. La realidad de otro, en este caso la de Kathie, era el alimento de la propia ficción de Zavalita.

Como es lógico, esta es una ficción, escrita por Mario Vargas Llosa en Londres hace muchos años, lejos de sus primeros tiempos en París. Sus propias convicciones, literarias, políticas, culturales, sentimentales, estaban consolidadas, y descritas en novelas, en ensayos, en artículos. Aquí, pues, se establecían dentro de los cánones del teatro y constituían un manifiesto sobre la ficción. Con toda su carpintería adecuada y con todo el verbo fluido y apasionado que requiere una representación. Y así venía a Madrid la obra, como segundo estreno en la programación que el Teatro Español dedica a la producción teatral del Nobel. Venía después de La Chunga, que ocurre en los bajos fondos del profundo Perú y no en los vericuetos lujosos, de lujo prestado en este caso, de los primeros años de Zavalita en la capital de Francia.

Pero ocurrió algo singular, aunque no inesperado: en una conferencia de prensa previa al estreno de anteayer, Vargas llosa deslizó la información sobre un hecho real: él tuvo una experiencia parecida a la que da raíz a Kathie y el hipopótamo: él escribió un libro para una mujer efectivamente rica y peruana (Cata Podestá) que le pidió en París que pasara a papel lo que ella apenas podía balbucir en sus cuadernitos. La noticia de esa aventura juvenil que unió el hambre con las ganas de comer fue avanzada hace años en las memorias de su tía Julia, que fue su mujer en aquellos tempranos años parisinos, y fue ratificada por Vargas Llosa en aquella conferencia de prensa.

Como ahora todo explota en seguida y sucesivamente, de inmediato el escritor peruano Guillermo Niño de Guzmán relató en un largo artículo, publicado en El País el último sábado, todas las circunstancias de ese encargo y de la muy solvente respuesta literaria de Mario Vargas Llosa. Claro, lo que sucede en seguida es que se desata el morbo del espectador: ¿vamos a ver exactamente lo que hizo Vargas Llosa con lo que le iba contando Cata Podestá en París? ¿Kathie y el hipopótamo es una crónica de ese suceso?

Para nada. Kathie y el hipopótamo es una obra de teatro que le sirve al Nobel peruano para alegar en escena a favor del tema literario de su vida: la construcción de la ficción, cómo ésta le permite al hombre imaginar mundos que lo salven de la lucha terrena contra la pena que es al fin la vida. Como aquellos tiempos eran lo que fueron, es, además, una crónica intensa, apasionada, como es implícito en el texto de la obra general de Vargas, de lo que pasaba en la Europa de posguerra y en el Perú tan desigual de aquellos tiempos.

Así pues, Kathie y el hipopótamo es una obra teatral, una ficción, para la que, como en casi todos sus libros, Vargas Llosa cuenta con la complicidad fértil de la realidad. Y, en este caso, de la directora, Magüi Mira. Y ya en la escena, con un trabajo apabullante de dos grandes actores españoles, Ana Belén, que además canta como los ángeles (a Brel, por ejemplo), y de Ginés García Millán, que se desdobla (como los otros actores, Eva Rufo, Jorge Basanta y David San Juan, el pianista) de una manera admirable. Cuando Vargas Llosa salió a saludar dudó un segundo del nombre del actor principal; pensé que en algún momento lo iba a llamar Zavalita, o Mario, en lugar de llamarlo Ginés.

Ha muerto Doris Lessing, la autora de Canta la hierba. La fui a ver a su casa de Londres, con mi hija Eva, que hizo la traducción precisa de la conversación que tuvimos en la habitación más alta de la casa en la que se recluyó huyendo siempre de la parte más abundante de la fama.

Ahora que ha muerto Doris Lessing le he preguntado a Eva algunas de las cosas que recordaba de aquella visita y me refrescó la memoria de lo que sucedió en el otoño de 2007, cuando tocamos a su puerta. Yo recordaba su desdén por el éxito, su olvido de las abundantes felicitaciones que aguardaban abajo, en la puerta de la calle, a que ella acudiera alguna vez a recogerlas; pero estaba harta de subir y de bajar, de modo que dejó que todo esperara mientras ella se recuperaba del susto de la noticia pero sobre todo de las visitas y de los parabienes, así como del insistente sonido telefónico que ya la tenía más que harta.

Aún así nos recibió, nos regaló aspirinas y paracetamoles, nos dio agua y quiso que estuviéramos cómodos en su casa grande de la que ella había decidido entonces habitar sólo un pedazo. Eva, por su parte, me refrescó otras memorias que están en los libros de la propia Doris.

“En su autobiografía”, me escribe Eva, “Doris Lessing contaba el proceso de su escritura, que consistía en caminar mucho por la habitación en un estado que ella llamaba de wood gathering, que es algo así como reunir lana o hacer la madeja. Estaba pensando sin mucha conciencia de en qué estaba pensando. Sólo después se ponía a escribir”.

         “Y lo que recuerdo de su experiencia del comunismo”, prosigue Eva, “es que tal y como lo contaba se parecía mucho a la experiencia de estar en una secta negando la realidad, y ella no daba crédito a que pudieran seguir dentro de esa inmoralidad. Pero siempre fue muy valiente y muy honesta, también cuando se fue de África con su hijo pequeño, dejando allí a los otros dos, que tardaron mucho en perdonarla. Aquellos primeros años en Londres, de efervescencia política y pobreza, están muy bien contados. Pero en seguida, con la primera novela, se convirtió en una voz pública, y encabezaba manifestaciones”.

         Hasta ahí, lo que subraya Eva; me hizo ilusión que me acompañara. Mucho antes de que ella naciera y viviéramos juntos en Inglaterra mi maestro Domingo Pérez Minik me habló de Doris Lessing cuando yo era un adolescente en la isla, y Canta la hierba estuvo entre los primeros libros que él me impulsó a comprar con la insistencia con que los maestros le muestran a sus discípulos el camino de lo que deben ser sus lecturas.

A don Domingo, que había muerto en 1989, le hubiera gustado saber que la hija y el padre habían ido juntos a rendir homenaje a una de sus grandes damas de la literatura en inglés. Y allí estábamos. Hoy me he acordado mucho de aquella mujer esquiva y cálida a la vez, y de aquel anglófilo que me puso a leer hace ahora tantos años.

Canta la hierba, pues, por los dos, por Domingo y por Doris, en este blog que incluye también las entradas que esta semana hice en el programa Hora 14 de la cadena Ser. Entre los asuntos, el merecido premio de las Letras al autor de Antagonía, Luis Goytisolo. Y, cómo no, una referencia amarga a la realidad de Madrid estos días. Parece que al fin ha acabado la basura, pero la secuela que deja, de desidia y de fracaso en el gobierno de la ciudad, arrancan rabia y desolación civil, como si la ciudad navegara sola y no en las mejores condiciones.

 

ENSAYO DEL INFIERNO

Que Madrid lleve tantos días soportando su basura es un ensayo general del infierno. A la ciudad le han estallado sus tripas y sus desechos en la cara; la paciencia suicida con la que la política acepta que esa situación alcance cifras de record indica la falta de pulso con la que se discute en los despachos para arreglar lo que importa en la calle. Lo que pasa es un descrédito para la política y produce una sensación de dejadez que ninguna ciudad se merece.

 

ANTAGONÍA

Luis Goytisolo me dijo un día que él quería medirse con Proust y con Joyce. Su ambición siempre fue la vanguardia, estar antes de que sucedieran las modas. Antagonía  es su gran obra. Pero ahí no se paró, siguió inventando, desde la calle de su infancia hasta las escaleras del erotismo; ha construido una obra que ha merecido ahora el premio de Las Letras Españolas, lo cual lo consagra otra vez como el veterano que es desde que era un adolescente asustado que se explicaba escribiendo.

 

AMOR POR GEORGIA

A unos pasos de la Gran Vía de Madrid se puede ver una crónica estremecedora de la vida. Está en la galería Juana de Aizpuru. Son fotografías de Cristina García Rodero. En 1995 fue a Georgia, la exrepública soviética, con Médicos sin Fronteras, y retrató allí la angustia y el dolor de las guerras, la locura y el aislamiento, y también la risa y el sosiego, la lluvia y la miseria, la juventud y la muerte. Y el hambre. Salí de allí tan conmovido como si hubiera ido a la vez al infierno y a la gloria.

 

VIVA NUNCA MAIS

No sorprende que el regocijo mediático con que algunos han recogido la sentencia que deja sin culpables la tragedia del Prestige haya alcanzado a Nunca Mais, la noble manifestación contra aquel despropósito. Que nadie se extrañe: hace once años, los que ahora atacan a aquellos ciudadanos que gritaron en las calles Nunca Mais fueron zaheridos desde esos mismos medios. Y  han vuelto a gritar desde la madriguera del insulto. Modestamente grito Viva Nunca Mais.

 

 

 

[El texto sobre el último libro de Guillermo Cabrera Infante lo escribí para Clarín de Buenos Aires. A continuación, las ráfagas que bajo el título El revés y el derecho, que viene de un libro de Albert Camus, se emiten cada día en Hora 14 de la Ser. Ahí hay un texto sobre el centenario de Camus y una reflexión sobre los Erasmus, emitido antes de que el ministro Wert recificara].

 El libro más íntimo de Guillermo Cabrera Infante se puso a la venta en España, ocho años después de la muerte del autor de Tres tristes tigres. Es Mapa dibujado por un espía, lo publica Galaxia Gutenberg y estuvo oculto desde que el escritor lo guardó, en torno a 1970, cinco años después de ocurrir lo que él cuenta en este libro desgarrador. Aquí Cabrera Infante, que escribía sus crónicas de cine con el acrónimo G. Caín, describe minuciosamente sus meses en La Habana mientras aún era consejero cultural de la embajada cubana en Bruselas.

         Es un libro sencillo e impresionante; los que hayan leído la prosa veloz, expresiva, calurosa e incluso ruidosa, de su libro más famoso, Tres tristes tigres, se hallarán aquí con un Cabrera Infante melancólico y circunspecto, atravesado por una herida que le duró allá donde fue, en el exilio, hasta su muerte. Él le había dicho a su mujer, Miriam Gómez, que no tocara esos papeles que había escrito poco después de salir de La Habana con sus hijas. Y ella, años después de la muerte de su esposo, tomó el sobre en el que se guardaban esas páginas y se las dio al editor Toni Munné, que las leyó sobrecogido. Miriam Gómez decidió que este libro inédito debía formar parte de las obras de su marido. Todo lo que escribió Cabrera Infante lo tiene a él como materia. Por tanto, esta larga confesión es parte indisociable de su literatura.

         No es un libro en el que aquel Cabrera Infante que nos acostumbró a los juegos de palabras y a la música como vértebras de sus historias se divierta describiendo. Desde que se inicia Mapa dibujado por un espía él se propuso narrar una a una, casi cronológicamente y con un increíble lujo de detalles, todo lo que ocurrió desde que recibió en Bruselas la noticia de la muerte de su madre, Zoila Infante, hasta el momento en que se despide para siempre de La Habana. Lo que sucedió en medio fue un cúmulo de humillaciones que le despertaron a él al conocimiento de la deriva cubana hacia el autoritarismo burocrático y brutal, que lo tuvo a él como rehén. A él y a tantos. Como recibió ese impacto en primera persona, y en ese proceso participaron quienes habían sido amigos suyos, el trauma significó para él un trayecto infernal que sólo podía disolverse, y se disolvió, con la marcha. Y con la escritura.

         Como había hecho en La Habana para un infante difunto, Cabrera Infante se sirvió de su memoria infinita; los detalles más nimios, como la composición de las comidas o los horarios de sus encuentros, se alternan en este libro obsesivamente minucioso con los grandes hechos que perturbaron allí su vida y luego su propia experiencia de la vida. Aquella Cuba que él había contribuido a generar, en tiempos revolucionarios, había decidido usurpar la idea misma de la revolución y ya no era, en 1965, ni la sombra de lo que él y sus amigos habían soñado. Además, sus amigos ya eran otras personas; poco a poco aquel sueño que hubo una vez se convirtió en una pesadilla cuya estratagema era la de aburrirlo atemorizándolo. Estaba ya en su apogeo la política de delación y de denuncia, y él vivía en medio de la tormenta perfecta que el régimen de Castro había organizado para prevenir a los disidentes; en nombre de la revolución, disidente podía serlo cualquiera, siempre que alguien lo hubiera señalado.

         Ese es el corazón del libro, la explicación de cómo se había ido inclinando Cuba hacia el infierno imprevisible que luego se haría famoso merced al caso Padilla; pero Cabrera Infante vivió estos episodios algún tiempo antes y nunca había publicado con tanto pormenor todo lo que está escrito en este libro hasta ahora inédito. Ese pormenor tan obsesivo y tan preciso le da al libro el tono de un exorcismo, como si desnudándose ante la máquina de escribir (algo que ocurría, además, en la realidad física, pues muchas veces escribía desnudo, en el exilio de Londres) pudiera sacarse de dentro los múltiples y tremendos demonios que se quedaron en su interior en aquel deplorable periplo.

         Para los lectores de la obra de Cabrera Infante (que viene publicando completa la citada editorial Galaxia Gutenberg) este es un testimonio escalofriante e imprescindible. En primer lugar, explica la pavorosa experiencia de un ciudadano al que poco a poco la revolución cubana va dejando sin identidad y sin derechos y por tanto explica la procedencia de la rabia melancólica del escritor hacia aquel periodo al que se refiere y que en definitiva tiñe la historia del castrismo. Y es imprescindible porque pone en perspectiva aquel famoso Tres tristes tigres; completa su obra, en realidad, nos muestra ya de cuerpo entero al autor de Cuerpos divinos. Cuando Tres tristes tigres ganó el premio Biblioteca Breve de Carlos Barral, Cabrera Infante aún era diplomático cubano. El libro se iba a llamar Vista del amanecer en el trópico. Después recibió el nombre con el que se hizo tan notorio. Ya no había que celebrar el amanecer que un día pareció que se despejaba en el trópico. Ya Cuba era, para el escritor, para tanta gente que él trató en ese periodo, el triste infierno que va creciendo en Mapa dibujado por un espía, esta despedida que Cabrera Infante hizo de la tierra cuya presencia se le quedó pegada a la piel del alma.

 

ERASMUS

Al final de su vida Semprún me dijo que los Erasmus valen más que lo que cuestan. Para él, que estudiaba aun cuando los nazis provocaron la guerra, esas becas eran la idea de la reconstrucción de Europa. El presidente de Europa, Durao Barroso, dijo ayer que era mejor no recortar de educación. Y al mediodía supimos que España rompía su carnet de los Erasmus. La noticia no puede tener dentro un síntoma más dramático.

 

 

CANAL NOU

La usó sin medida y ahora la cierra. La convirtió en un elemento de propaganda y la puso a disposición de los corruptos. La manipulación a la que fue sometida Canal Nou por el poder político está en la historia nacional de la infamia de los medios públicos. Ahora Fabra dice que no la puede sostener y aprovecha la peor coyuntura de la crisis para pasarla a negro. El Gobierno valenciano no ha tenido escrúpulo alguno de borrar así lo más negro de su propia historia.

 

EL CÍRCULO DE BELLAS ARTES

Este es un aviso. El Círculo de Bellas Artes de Madrid sigue representando la ambición modernizadora de este país. Cultiva el debate, lo fomenta, ha hecho que entre nosotros mejore la calidad de la conversación. Pues bien, ahora se le ha retirado el noventa por ciento del dinero público que apoya su gestión, y aún así resiste. El descuido oficial hacia su existencia me parece un síntoma más del empobrecimiento cultural que vive España.

 

LA IGNOMINIA

Hace treinticinco años fue torturado y asesinado por militares argentinos el padre del actor Juan Diego Botto, que se vino al exilio español con su madre, Cristina Rota. Ella ha enseñado el oficio del teatro a muchísimos intérpretes españoles. Hoy Juan Diego declara en Buenos Aires como víctima de la barbaridad militar que puso a Argentina bajo la ignominia de la dictadura. Él dijo ayer que la justicia tarda, pero llega. Ahora él tiene casi la edad de aquel terrible recuerdo.

 

ALBERT CAMUS

Cien años de Albert Camus. Una literatura que retrata al hombre en su desamparo. El extranjero  es una reflexión moral sobre la culpa. En La peste describió la devastación moral de nuestro tiempo. En La caída enjuició la hipocresía de la justicia. En El revés y el derecho dejó escrito este lema para vivir: “El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento”. Un periodista que convirtió la duda en su alimento más radical.

 

 

 

 

Crónicas de la nada y del mundo. 5. Pensar para vivir

Por: | 03 de noviembre de 2013

Peter Sloterdijk dijo esta semana en Santiago de Compostela, y así fue recogido en una excelente entrevista que le hizo para El País Xose Hermida, que a Europa regresan ahora los fantasmas que la destruyeron en el pasado. Tiempo de desencanto y de ira, época en la que el pensamiento hace falta para detener la barbarie. Es, además, la época en la que otra vez necesitamos escuchar voces del pasado, para que nos cuenten en qué piedras ya habíamos tropezado.

Me conmovió leer en Babelia el recuerdo que Miguel Mora, auxiliado por el hijo de Camus, hace del novelista cuyo compromiso con el pensamiento parte de la visión asombrada de la barbarie a la que alude Sloterdijk.

Vivimos en un tiempo de infinito desamparo, otra vez; los seres humanos regresamos a la contemplación asustada de la barbarie, y necesitamos puntos de apoyo, reflexiones con las que ayudarnos en medio de la miseria económica, política, cultural y civil.

Leer, leer, buscar en la lectura el consuelo y la razón del compromiso.

Actuar contra la banalidad es actuar contra el mal. En 1993 redescubrí a Albert Camus, que había sido una lectura imprescindible en mi adolescencia; a esa lectura le debo una de las líneas más sugerentes y que más me influyó entre todo lo que leí entonces, al abrigo de las nubes argelinas de mi propio pueblo, el Puerto de la Cruz.

Escribió Camus: “El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento”.

Lo escribió en un texto que él tituló El revés y el derecho. Ahora escribo en la radio una sección que se llama así; en Babelia también se llama así mi intermitente sección de lecturas viejas, y así, El revés y el derecho, se titula también la serie de cartas que cada semana nos enviamos a través de Diario de Avisos mi amigo Juan Manuel Bethencourt y yo. En este blog de hoy incluyo la carta que le envié a Juan Manuel (la suya está en la web del citado periódico, y estará en twitter) así como mis habituales ráfagas en el programa Hora 14 de José Antonio Marcos en la Ser.

 

 

PENSAR PARA VIVIR

Me alegra mucho que me lleves hoy, querido Juan Manuel, al terreno del ensayo, en el que te instruyes con tanto provecho, y me alegra mucho de que lo hagas en un periódico. Observo con cierta inquietud que hay cada vez menos referencias a los pensadores en la prensa diaria; a pesar de que nos hacen tanta falta los prescriptores de ideas, los que las amasan para que los demás nos acerquemos a ellas, para debatirlas o para deglutirlas, cada día los periódicos y los demás medios se preocupan más de la creación y, muchas veces, de la dialéctica de la nada, de las declaraciones y de las contradeclaraciones. Estamos contribuyendo mucho desde la prensa a esta época insustancial en la que vivimos, preocupados más por los dimes y diretes que por las ideas que pueden conmovernos y mover el mundo; y esa culpa la están pagando los ciudadanos políticos y los ciudadanos periodistas en primer lugar, pues ellos tienen (tenemos, tú y yo, por ejemplo) la obligación de ir al fondo de las cosas. En lugar de ello, la falta de pensamiento nos conduce a la superficie de casi todo. En ese estado de complacencia nos halló la crisis, y cuando ésta acabe seguiremos sonriendo como bobos, a la espera de que alguien piense por nosotros. Así que me alegro mucho de que reivindiques el ensayo, y que pongas en primer plano ese de Volpi, precisamente. Lo leí hace algunos otoños, me llevó a pensar, precisamente, en la capacidad que tienen los narradores (tú los citas: Semprún, Muñoz Molina, el propio Volpi) para expresar testimonio de su tiempo, narrando precisamente lo que ven para que el resultado de esa crónica se convierta en materia de pensamiento y de discusión. En cierto modo, esos son ensayistas impresionistas; sus impresiones explican la desazón del siglo XX, que hemos heredado multiplicada en el siglo XXI. Sigue leyendo, y sigue instruyéndonos, querido ensayista.

 

 

LAS PALABRAS Y EL DOLOR

En la tremenda situación de la muerte las palabras dicen poco. Ha pasado ahora en León: el aire venenoso acabó con la vida de seis mineros. José Hierro reclamaba ante hechos así el respeto del silencio, las palabras no valen. Y César Vallejo, tiempo antes, expresó así el escalofrío: “Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza. ¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora”. Lo dicen los poetas, ante la situación tremenda de la muerte el recuerdo es un abrazo, dolor en silencio.

 

CHIRINO Y GIBSON

Dos artistas ocuparán hoy salas del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Uno es Martín Chirino, 87 años, es uno de los escultores  más importantes del mundo, sigue golpeando el hierro. El otro es Ian Gibson, el irlandés que se enamoró de Lorca y de la generación del 27. La escultura de Chirino nace del suelo y se convierte en viento. Gibson bautiza su monumental libro sobre Buñuel. Los dos trabajan en silencio. Hoy merecen el foco.

 

CALLAR AL QUE INFORMA

Pasó en España, en 1997. A Aznar no le gustó cómo informaba sobre su gobierno el grupo en cuya radio hablo ahora y trató de arruinarlo, metiendo además a sus directivos en la cárcel. En Argentina, a la presidenta Kirchner no le gustó cómo informaba el grupo Clarín acerca de su acción de gobierno y legisló para desguazarlo. Ahora está a punto de conseguir su propósito: callar al que informa, para gobernar sin oponentes. Modos de atentar contra la democracia. 

 

 

VIVA LA RADIO

Escucho siempre la radio. Oí a Francino hablar en La Ventana con los ganadores de los Ondas y evoqué mi experiencia de oyente de la radio. Más de medio siglo oyéndola, abriendo mi vida al mundo gracias a lo que oía en la vieja radio que mi padre trajo a casa, agarrando el alambre de la antena con los dedos de los pies para que sonara mejor. Oír la radio es fue lo más grande que le pasó a mi vida. Gracias a los que la hacen, premiados o no.

 

 

OJALÁ EL PERIODISMO

Hablé con estudiantes de periodismo, quieren ingresar en este oficio en tiempos turbulentos. Escasea la publicidad, es difícil la vida de los quioscos. A los estudiantes les dije que es, sin embargo, el mejor momento para prepararse, porque después de esta nube negra el periodismo será mejor, y ellos serán los que lo hagan mejor. La sociedad no permitirá que se rompa su espejo. Como decía Albert Camus, vale la pena vivir para este oficio.

 

 

Fue la semana en que mi tierra, Tenerife, y su capital, Santa Cruz de Tenerife, celebró el cuarenta aniversario de la primera exposición internacional de arte en la calle, que concentró en la ciudad un gran número de esculturas de distintos artistas españoles, europeos y americanos. Aquella concentración de arte fue entonces una explosión que hacía presagiar una continuidad que no se produjo a pesar de los esfuerzos de los organizadores y promotores, los integrantes de la Comisión de Cultura del Colegio de Arquitectos de Canarias.

Ahora, cuatro décadas más tarde, la generosa aportación de la Fundación La Caixa y la Fundación Henry Moore (que ha enviado a la isla nuevas obras del gran escultor del siglo XX) han revivido aquel acontecimiento, al que desde hace algún tiempo el Ayuntamiento de la ciudad presta una atención que en otras épocas se ahorró. A ese acontecimiento dedico la carta que semanalmente me cruzo con mi colega Juan Manuel Bethencourt en el Diario de Avisos. Su respuesta se puede leer en la sección de Opinión del citado periódico insular y en Twitter. De resto, ahí van también mis comentarios en Hora 14 de la cadena Ser. Esta semana incluyo dos recuerdos a dos músicos, Manolo Escobar y Nacho Sáenz de Tejada; de este último tengo una larga experiencia personal, pues fue amigo y compañero en mi periódico. Una enfermedad fulminante se lo llevó. Mi recuerdo está aquí y es imborrable.

 

 

LA ESCULTURA EN LAS CALLES DE SANTA CRUZ

 

Hace cuarenta años un joven periodista isleño que no eras tú, pero que podrías haberlo sido si hubieras estado ya entonces en el oficio, contemplaba con asombro y fascinación profesional el esfuerzo generoso de un grupo de profesionales a favor de una idea que parecía una locura.

Aquella idea, que era verdaderamente una locura, iba a ser la I Exposición Internacional de Escultura en la Calle, que convertiría a Santa de Tenerife en la capital del mundo del arte en la calle. Nació esa idea en el seno de la Comisión de Cultura del Colegio de Arquitectos de Canarias. Nombrar a uno solo de los numerosos profesionales que trabajaron en la arquitectura de esta insólita y atrevida iniciativa sería injusto con todos, porque todos arrimaron el hombro, con un objetivo, el de hacer partícipe a la ciudad de los beneficios del arte, de la durabilidad de la apuesta estética que constituía ese conjunto de esculturas de artistas muy diversos que, a su vez, manifestaron con generosidad su disponibilidad y su apoyo.

Suelo decir que los proyectos más duraderos de los que ha habido en las islas recuerdo Los Sabandeños, la Fundación César Manrique y el Instituto científico que propulsó en la Universidad de La Laguna el profesor Antonio González. La I Exposición Internacional de Escultura en la Calle debería estar en esa lista de proyectos importantes que han vencido la clásica indiferencia hacia lo que aquí nace y es importante.

Ahora, ya ves, nuevas obras de Henry Moore se incorporan a las esculturas que ya había, gracias a la iniciativa de las fundaciones Moore y Caixa, y a la receptividad del Ayuntamiento. Es una noticia que marca la conmemoración de estas cuatro décadas. Santa Cruz mira ya hacia aquella locura con la sensatez que merece; ojalá convierta lo que entonces fue una idea feliz en una realidad permanente. Aquello fue concebido como un regalo a la ciudad. Yo estaba allí, se me olvidaba decírtelo.

 

LA LENGUA DESCUIDADA

 

En los congresos de la Lengua se dice siempre que al español lo defienden los maestros y la lectura. En este que se celebra en Panamá se ha vuelto a decir. Es lógico. Lo que no parece lógico es que al tiempo los estados en los que se habla español, incluida España, se disminuyan los horarios de lectura y de enseñanza de la lectura. Como eso es así, esa preocupación que siempre se expresa me parece, con perdón, una expresión de hipocresía.

 

HABLAR CON LA MÁQUINA

El progreso parece que es hablar con máquinas. Me pongo en el lugar del progreso y llamo a la seguridad social. No hay otro modo de comunicarse para una cita que a través de teléfonos en los que te responden mensajes grabados. Después de doce intentos padezco la desesperación del que se siente incapaz de aguantar que la voz que le indica qué tiene que hacer jamás emita ni un suspiro ni una ayuda más allá que la que está al alcance de los números que exige.

 

VIVAN LAS ESCUELAS LAICAS

 

El educador Francisco Ferrer i Guardia fue fusilado el 13 de octubre de 1909 por sus ideas libertarias. Antes de que los soldados le apuntaran, aquel hombre de 50 años, gritó ante el pelotón: “No tengo miedo a la muerte. Vivan las escuelas laicas. Vivan los niños”. Cuando yo era un niño capaz ya de retener lecciones de mi madre me contó ese episodio de la vida de la educación libre en España y en el mundo. Hoy amanecí recordando a aquel discípulo de Rousseau.

 

 

EL PREMIO DE MUÑOZ MOLINA

Hoy [viernes26 de octubre] recibe Antonio Muñoz Molina el premio Príncipe de Asturias de las Letras. En 1981, tras el golpe de Estado, José Hierro recibió el primero de esos galardones que llevan el nombre del heredero, ante el que el que poeta pronunció un resonante discurso civil. Tantos años después le hablará otro escritor comprometido con lo que pasa. El libro Todo lo que era sólido de Muñoz Molina es una reflexión inquietante, un gran poema civil, sobre este atribulado país.

 

NACHO

Una enfermedad fulminante acabó el último domingo con la vida de un hombre dulce, radical y justo que contribuyó además a hacer mejor la música española de este trozo de siglo. Era Nacho Sáenz de Tejada. Era crítico de música, productor, condujo el gusto y aconsejó a artistas para que fueran mejores. Trabajé con él en EL PAÍS y dejó en mi el ejemplo de su voluntad para entender y para hacer entender, sin estridencias, sabiendo que cuanto más se sabe mejor se dice. Nacho. Quién iba a decirnos que un día ese nombre se iba a pronunciar en pasado.

 

EL ADIÓS A MANOLO ESCOBAR

El último jueves supimos que había muerto Manolo Escobar, 82 años de vida. Hizo bandera de una música, la música popular española, que defendió con alegría e insistencia incluso en tiempos en que ya solo se bailaba en las fiestas de los pueblos. Detrás de esa capacidad suya para convertir la copla en una expresión del sentimiento había un ser consciente de la importancia de otras disciplinas artísticas, como la literatura o la pintura, y era un buen lector y un gran conocedor del arte. Probablemente fueran las distintas pasiones que alimentó las que lo convirtieron también en un ser que tuvo amigos en todas partes.

El discurso de Muñoz

Por: | 26 de octubre de 2013

Hay una virtud, entre otras, en el discurso de Antonio Muñoz Molina ante el príncipe de Asturias en la recepción del premio que lleva el nombre de éste.

    Fue un discurso sobre el oficio de escribir y culminó con una reflexión sobre el oficio de vivir. En el aliento de esas palabras está la más antigua preocupación del ciudadano: cómo puede vivir solo y sin los otros, cómo puede crear, o trabajar, sin tener en la mente la circunstancia que hay alrededor, la miseria, el desempleo, la crisis que se lleva por delante la ilusión, la esperanza de tantos.

    En la relación que ese discurso del escritor tuvo con el propio discurso de Don Felipe transitó la figura pensante de Miguel de Unamuno, alertando sobre la perniciosa vocación de soledad, de soledad fratricida muchas veces, que ha alentado en el alma de España con perniciosa frecuencia.

    Muñoz Molina (cuya literatura fue glosada con estimable profundidad por el heredero, que habló de "la literatura de Muñoz", y es raro oírlo, porque uno asocia siempre en este caso a Muñoz con Molina) es un escritor comprometido con su oficio y con su tiempo; como se lee en sus libros (léase el último, Todo lo que era sólido, Seix Barral) y en sus columnas, ese compromiso no viene solo de lo que se asocia al oficio de escribir, sino al oficio de vivir; en ambos se requieren actitudes y virtudes relacionadas con el vigor cívico, con el rigor en el manejo de los materiales imprescindibles, la imaginación, pero también la observación de la realidad, y además el análisis de la realidad para intervenir en ella, para cumplir el reto camusiano de afrontar la escritura como algo mucho más profundo, más radical, que el simple arte de comunicar lo que siente el alma o lo que ésta percibe como literatura.

    Igual que hizo José Hierro, al que aludió, cuando el poeta recibió este mismo premio tras el golpe de Estado de entonces, y ante el mismo Príncipe, que entonces se estrenaba en público, el escritor manejó su desconcierto ante lo que les sucede a millones de ciudadanos como él que no tienen trabajo y que además no consiguen darle sentido a la esperanza de vivir.

    El escritor Muñoz Molina y el ciudadano Antonio Muñoz Molina juntaron, como en su caso sucede siempre, el compromiso de escribir y el compromiso de vivir para mostrar las virtudes y las incertidumbres de un solo oficio, el de la ciudadanía. Como él dijo, escuchándole estaban sus hijos, que no conocieron su tiempo, y que por tanto no conocieron tiempos peores, y su madre, doña Antonia, que sí conoció tiempos mucho peores. Vestida de rojo, sonriente, me fijé en ella mientras hablaba su hijo. En realidad, el escritor estaba ahí enviándole una carta a ella, a sus hijos, desde su tiempo, al pasado y al futuro. Quien conozca la raíz de su escritura sabe que ahí habló no solo el literato sino el ciudadano que es el autor de El viento de la luna. Me di cuenta la emoción que había escuchándole en un palco preciso (donde estaban su mujer, Elvira Lindo, sus hijos Antonio y Arturo, su hermana Juani), y me fijé en cada uno de sus rostros. En cada uno de ellos había una parte de la historia que él fue contando aunque en un caso hablara de literatura y en el otro hablara del reto de vivir.

EL RUMOR, EL MORBO Y EL ARGUMENTO

Cuando recopilo estas intervenciones que hago a diario en el programa Hora 14 que dirige José Antonio Marcos en la Cadena Ser escucho precisamente en esta emisora, en el programa A vivir que son dos días que tiene a Javier del Pino como director, un debate muy interesante sobre uno de los principales males del periodismo español: el sensacionalismo. Partieron del caso de la niña de Santiago, Asunta, y recorrieron diversos periodistas con distintas responsabilidades o experiencias profesionales y a partir de esos ejemplos desmontaron las bases mentirosas en las que se sustenta la defensa aviesa del sensacionalismo.

En general, lo que se dice es que esos tratamientos informativos (el de la citada niña, el de Marta del Castillo, el de las chicas de Alcásser, el de Vahninkof…) importa al público: La razón es que el público ve, lee y escucha todo lo que tiene que ver con cada uno de los elementos del caso, sean estos especulaciones o rumores.

Contaron estos compañeros (Xosé Hermida, Elena Sánchez, Pedro Costa, Gervasio Sánchez…) detalles espeluznantes de lo que periodistas de cierto nivel, reputados en función de la audiencia que obtuvieron u obtienen, fueron capaces de aportar o sugerir para situarse en lo alto de los shares de audiencia. Vergüenza de oficio que es capaz de destornillar lo básico (la verdad, el respeto a las personas) para sintonizar con lo peor del instinto humano: el morbo ante la desgracia.

Me alegró que hicieran ese programa en A vivir… Y me avergonzó una vez más comprobar la sustancia de ese periodismo al que descalificaron con tanto argumento estos colegas.

 

Y ahora, esas intervenciones diarias, a las que hoy añado un texto que publiqué en Diario de avisos de Tenerife, dentro de mis habituales diálogos con el periodista canario Juan Manuel Bethencourt. La conversación entera está en mi twitter (@acosmejuan). El texto es un homenaje a Madrid, hermosa ciudad con la que fui desconsiderado en uno de mis comentarios anterios.

 

 

ME GUSTA MADRID

 

Madrid me gusta. No tiene mar, ese es un problema. La gente habla muy alto, ese es un problema que comparte con toda España (o con casi toda: los catalanes hablan más bajito, como los vascos y como los gallegos; no es comparación, es comprobación). Los canarios hablamos altísimo. Estamos acostumbrados a hablar en los bares, por ejemplo, donde la acústica es insoportable, y gritamos para cualquier cosa como si fuéramos tertulianos. Pero me gusta Madrid. Tiene buen aire, han mejorado sus bares, algunos barrios se han embellecido por dentro más que por fuera. Malasaña tiene unas librerías y unos bares en los que da gusto estar. A pesar de la piqueta de la crisis, cafés antiguos, como el Gijón o el Comercial, siguen existiendo, tan acogedores como siempre. El Museo del Prado vale una ciudad y mucho más que un país, un mundo. Y aquí está el Guernica de Picasso, en el Reina Sofía, como testimonio de la tragedia que destrozó aquel pueblo vasco y que aún mantiene en vilo la memoria española. Un respeto para Madrid. Pasa por malos momentos económicos, administrativos y políticos, pues creo que quienes llevan sus riendas no están a la altura de su historia ni de sus esperanzas. Es una pena, pero de esa saldrá Madrid. Madrid, qué bien resiste. Ahora Madrid está en una dura batalla por ser lo que quiere ser y por dejar de ser aquello en lo que la han convertido: en una ciudad mustia y cansada. Pero si miras en el subsuelo de Madrid (donde acaso está su altura) verás músicos, actores, jóvenes escritores y viejos escritores, gente que siempre hubo en una ciudad así haciendo lo que le da la gana para convertir Madrid en algo distinto de lo que parece en la superficie. Una ciudad de gente que no se rinde. Como en Grandola, aquí te puedes encontrar en cada esquina un amigo, y en este caso ese amigo, querido Juan Manuel, soy yo mismo, que te abraza desde Madrid a punto, por cierto, de irme a Tenerife.

 

 

 

 

 

POETA MONTALBÁN

Creó paradojas, como esa frase, “Contra Franco vivíamos mejor”, juntó la música popular con la historia y fabricó un “manifiesto subnormal” que fue la proclamación camp más atrevida de la cultura española bajo el franquismo. Escribía como si no hubiera tiempo que perder y adivinó, en un poema escalofriante, su propia muerte en algún día ansioso de Bangkok. Y en Bangkok murió Manuel Vázquez Montalbán tal día como hoy hace diez años. Inolvidable poeta, querido periodista.

 

HACER OPACA LA CULTURA

A raíz de la desgraciada descalificación del cine español hecha por el ministro de Hacienda se ha reavivado el debate sobre si la cultura debe recibir subvenciones o no. Es un subterfugio. Lo que quieren es instalar en el cerebro de la gente la idea de que la cultura es superflua. Por esa vía llegarán a descalificar la escuela, porque no es rentable, o la salud, porque para qué la necesitan ya los que ya están muy enfermos.

 

VERGÜENZA DE LA TALIDOMIDA

Un periodista británico obligó al Gobierno de su país y a la empresa que fabricó la talidomida a indemnizar a los afectados por este medicamento. Ese periodista se llama Harold Evans, dirigía entonces el Sunday Times. Ahora en España se juzga el caso de la talidomida. Da escalofrío pensar que hace cuarenta años los ingleses juzgaron ya a los que allí difundieron esa medicina y aquí hemos tardado una eternidad en recompensar a los que en España padecieron ese desastre.

 

MIRADA CLARA

Clara Sánchez dijo anoche, al celebrar el Planeta, que durante años su padre le preguntaba por qué ella no ganaba ese premio. Su padre murió este año, no la ha visto ganar. La escritura es una pasión y es la ilusión de otros. La explicación que dio Clara de su alegría es en sí misma un relato, una dedicatoria y un homenaje. González Sinde, la finalista, dice que la escritura la sacó del bucle político. Escribir, decía Bellow, te salva o te redime. Miren qué razón tenía.

 

VIVA VALLE

A este país se le ha caído la autoestima. Cuidado. Para elevarla hay que mirar la cartelera, aunque no lo hagan los ministros. Acaban de estrenar en el Teatro Español una versión extraordinaria de Tirano banderas, de Valle Inclán. Comprobar que España tiene un autor así, tan moderno, tan estimulante, y tan salvaje, es una buena noticia, aunque Valle tenga ya tantos años. Pero hay que agarrarse a lo que tenemos para que el ánimo no se despeñe. Vayan al teatro, verán la vida en vivo.

 

Fue la semana en la que Alice Munro volvió a ponernos a leer cuentos; la vida es como sus historias, delicada y brutal, cruzada por el espanto que reside bajo el aparente sosiego. De esas cuestiones trató, entre otras, mi semana en la radio. Estos son los comentarios de estos días en Hora 14. El de Alice Munro está ampliado para este blog.

 

ELEGANCIA EN LA TRAGEDIA

Escribe como si la soledad de los hombres (y de las mujeres “descontentas de su destino”, dice Elvira Lindo) pudiera reflejarse más en el silencio que en las palabras, como si la tragedia se pudiera adivinar mejor por los susurros que la alimentan. Los sucesos parecen cotidianos, minúsculos, y de pronto se sabe que ella está alumbrando el asombro. Como en los cuentos de algunos que podrían ser sus discípulos, Raymond Carver o Jumpa Lahiri, lo que pasa no está ocurriendo en realidad, hasta que surge la catástrofe, que es un latigazo verbal, una insinuación que rasga como los cuchillos de Borges, que es también, por así decirlo, parte de su escuela, donde ayer la situó Javier Marías. Esa escritura se parece a la propia mirada de Alice Munro: suave e implacable a la vez, lejana pero también delicadamente cercana. Sus historias son simples e inquietantes, como los cuentos que no se atrevían a contarnos cuando éramos niños. En el mundo que creó Chejov ha habido cuentistas como ella, pero hasta ahora el Nobel miró para otro lado. Onetti, por ejemplo, estaría feliz de saber que alguien que también usa sus materiales de inteligente intriga atraviesa las paredes académicas de Estocolmo. “La dureza brutal” (es lo que dice Muñoz Molina sobre la esencia de sus historias, la infancia) de esta escritura limpia, breve, clara como “un vaso de agua”, es un escalofrío y una metáfora de un mundo en el que la tragedia es lo que se susurra.

 

NOCHE DE LAMPEDUSA

Hace años un emigrante albano fue expulsado de las costas de Italia, con miles de compatriotas suyos. Él dijo, cuando le preguntaron qué sentía: “No importa, ya vi las luces de Brindisi”. Ahora cientos de africanos murieron tratando de llegar a la costa de Lampedusa, huyendo de su miseria. Uno de los que trató de rescatar a los moribundos contó cómo le miraba una mujer mientras se hundía perdida ya para ella la luz de Europa. Con qué miseria apagamos la esperanza. 

EL CADÁVER DEL LIBRO SIGUE VIVO

Te hablo desde la Feria del Libro de Fráncfort, la más grande de la industria editorial. En 1996 aquí precisamente se certificó la inmediata muerte del libro. Y ya ves, sigue vivo. Como escribía César Vallejo en su poema, el cadáver sigue muriendo. Hay un cierto regocijo en los agoreros. El libro no va a morir, se ve aquí, en Fráncfort, donde una vez se adivinó su muerte. Los editores se están preparando, en todo caso, para la resurrección. El libro siempre resucita.

EL PODER DE LA MAQUINITA

Uno de los grandes hallazgos de la humanidad es Internet. Es, dicen, la gran biblioteca del mundo. Mientras eso se afirma, nuestro gobierno desnutre las bibliotecas públicas, no porque hayan dejado de ser vitales para la educación de los ciudadanos, sino porque no merecen la atención del dinero público. En la era de la sabiduría global vamos a ser cada vez más analfabetos, y todos tan contentos dándole a la maquinita para que cobren los que fabrican las maquinitas.

LA OSCURIDAD NO SERÁ ETERNA

Una vieja editora inglesa me preguntó en Fráncfort cómo aguantaban los jóvenes españoles el paro que los manda fuera de este país o los mantiene aquí desesperados. Una joven me preguntó ayer en Ciudad Real, donde se celebra el Foro de la Juventud, qué debían hacer, si luchar o desistir. En estas circunstancias, lo revolucionario es luchar y seguir estudiando, actuar y prepararse para saber más. Dar guerra. Esta oscuridad no puede ser eterna.

 

 

Mira que te lo tengo dicho

Sobre el blog

¿Qué podemos esperar de la cultura? ¿Y qué de quienes la hacen? Los hechos y los protagonistas. La intimidad de los creadores y la plaza en la que se encuentran.

Sobre el autor

Juan Cruz

es periodista y escritor. Su blog Mira que te lo tengo dicho ha estado colgado desde 2006 en elpais.com y aparece ahora en la web de cultura de El País. En cultura ha desarrollado gran parte de su trabajo en El País. Sobre esa experiencia escribió un libro, Una memoria de El País y sobre su trabajo como editor publicó Egos revueltos, una memoria personal de la vida literaria, que fue Premio Comillas de Memorias de la editorial Tusquets. Otros libros suyos son Ojalá octubre y La foto de los suecos. Sobre periodismo escribió Periodismo. ¿vale la pena vivir para este oficio?. Sus últimos libros son Viaje al corazón del fútbol, sobre el Barça de Pep Guardiola, y Contra el insulto, sobre la costumbre de insultar que domina hoy en el periodismo y en muchos sectores de la vida pública española. Nació en Tenerife en 1948.

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