26 feb 2014

“Yo también soy ‘um menino de favela’”

Por: Jaled Abdelrahim

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Angelo Campos se acerca hasta el banco de la estación de metro donde le espero y se retira sus gigantescas gafas de sol. Va vestido con unas bermudas, una camiseta amplia, una cadena al cuello y su brazo izquierdo es color verde tatuaje. Contrasta con el negro de su piel. “Bom dia, ¿qué tal?, how are you?”, deja tres veces claro sus modales y aptitudes. No es lo que mucha gente de la zona noble de la ciudad espera de él.

Brasil, más que Brasil, son brasiles. En un país cuya superficie casi iguala a la de Europa al completo y su población (200 millones de personas) humilla las densidades de todo Latinoamérica sería absurdo tratar de enclaustrar su esencia en una sola definición.

Está el Brasil blanco, al sur, y el Brasil negro, al norte. En la mayoría de ciudades se maneja a pequeña escala la misma división. Está el Brasil de los muy ricos y el Brasil de los muy pobres. Ahora también el Brasil de los que empiezan a hacer equilibrios entre esas dos realidades. Hay un Brasil donde habitan las poblaciones indígenas más ortodoxas del continente. Y también un Brasil con tantos rascacielos que podrían abrir la boca a un neoyorkino. Brasil de mar y Brasil de tierra. Brasil selva, brasil oficina. Existe un Brasil beato y un Brasil de carnaval. Samba, violencia, amabilidad, peligro. El Cristo más grande del mundo y epilépticas ceremonias espiritistas. Tanga para todos, top less para nadie. Campesinos, Mercedes. Brasil es producción agraria, chanclas, petróleo y cachaza. Turismo, casuchas levantadas con desechos y urbanizaciones cinco estrellas. Apenas un recién nacido de los mercados y a la vez un temido gigante internacional. Fútbol millonario y fútbol sin zapatillas. Brasil es más que fútbol. A Ángelo, artista de 31 años, le toca ser del Brasil de favela, que para algunos de sus compatriotas no es un Brasil a tener en cuenta.

image from http://aviary.blob.core.windows.net/k-mr6i2hifk4wxt1dp-14022517/0c577f8f-ff97-41eb-b570-5a675bec2a43.pngSus favelas en Río de Janeiro son dos: Vila Cruzeiro (20.000 habitantes), donde nació y sigue viviendo junto a su mujer, hijo y abuela en una pequeña casa de cemento, metal y ningún lujo, y el Complexo do Alemão, uno de los dos núcleos faveleros más grandes de la ciudad (compuesto por 16 favelas con 65.000 habitantes al norte de la urbe) donde trabaja pintando y vendiendo camisetas. Hasta hace poco era considerado uno de los núcleos marginales más grandes y peligrosos del mundo.

“Hoy te doy una vuelta por aquí”, me dice después de apearnos del nuevo teleférico que llega hasta el cerro más elevado de esta macropoblación de casitas apiñadas. Dentro de la favela también hay jerarquías: los más pobres, más arriba. “Hace cuatro años hubiera sido imposible venir contigo porque era una zona muy violenta. Muchos tiroteos, muertos”. Angelo dibuja en palabras esa reciente época en la que los que mandaban paseaban con sus fusiles por la calle (como sucede aún en otras barriadas).

Visitar favelas de São Paulo, Río de Janeiro o Salvador de Bahía supone atravesar miles de kilómetros de carretera entre ciudades y una brecha social que disminuye en algunos de sus flancos mientras se agrava en otros. La pacificación que el gobierno de Sergio Cabral (PMDB) -aliado del Gobierno del Partido de los Trabajadores del entonces presidente Lula Da Silva- comenzó a llevar a cabo en 2007 en muchos de los suburbios de Rio de Janeiro, consiguió resonancia internacional tanto por su supuesta efectividad como por “la brutalidad con la que se efectuó", en palabras de Angelo, un  testigo directo. “Se han abierto las puertas de algunos de estos barrios cerrados en los que antes regían los delincuentes y no podía entrar la policía. Pero eso no quiere decir que se hayan dado más oportunidades a los que los habitamos”, dice Angelo. 


El joven artista saluda a los vecinos que transitan entre el amasijo de escalones, cables cruzados, ladrillos, burros y grafitis que forman Alemão. “¡Filho!, como você está?”, le espeta un hombre mayor que carga los pesados cubos de agua que necesita para su casa. El anciano sube las calles carcomidas e inclinadas del complexo a duras penas. Cuatro niños de sandalias roídas se acercan a chocar el puño con nosotros.

“Ellos siguen sin tener demasiadas oportunidades”, dice el pintor tras despedirles. “Es cierto que hay menos violencia, pero no es verdad que en las favelas ahora se viva bien, como quieren hacer ver los gobernantes porque llegan las Olimpiadas y los mundiales de fútbol”.

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Su vida se ajusta al cliché. Poco antes de nacer, a su padre le asesinaron sus propios amigos. “Era un delincuente común y le liquidaron por algún ajuste de cuentas”. Con apenas 12 días de vida, su madre le abandonó en la calle frente a la puerta de su abuela.

Lo que recuerda Angelo de su infancia en el barrio, donde el narcotráfico y la violencia fueron dos constantes, “son disparos, negocios turbios y muertos”. Cuenta que su pobre abuela "apenas tenía para salir adelante”, y que por eso desde que cumplió cinco años cayó en la cuenta de que tenía que hacer algo para echar una mano a su familia y a su futuro.

Esbozó una vía. Desde pequeñito se manejaba con los lapiceros de colores y a los siete hizo su primer grafiti. “A la gente le gustaba mi estilo, me felicitaban, así que me dije: quizás pueda sacar algo de esto”. Se puso a pintar en camisetas los dibujos que le pedían. Aunque no sacara mucho, era una ayuda para casa. “Creía en mis capacidades”, reconoce, pero según fueron pasando los años echó en falta el impulso que necesitaba para hacer realidad su sueño, el de prosperar sin necesidad de mancharse con drogas y pólvora. “Un impulso que nunca llegaba”.

La decepción con el entorno y la falta de confianza externa que a menudo sienten los chicos de estas zonas se convierte hoy, una generación después de la de Angelo, en una motivación para reivindicar igualdad de trato y oportunidades. Según el escritor Paulo Lins, autor de Ciudad de Dios, “el debate público en la periferia de Brasil es muy grande. Desde los años 90 la música, la literatura, la poesía, el rap son muy políticos y esos jóvenes se conectan así con la política, escuchan a las personas hablar, debatir… Los políticos no están percibiendo que la periferia está cambiando, que no acepta más los desmanes políticos. Hoy conversas con un joven de 15 años de la periferia y sabe todo lo que está sucediendo, tiene las mismas ideas que un joven del centro de la ciudad”.

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Angelo, vistas sus perspectivas, se planteó dejar el arte a un lado y, como otros muchos jóvenes de la barriada, dedicarse al menudeo de drogas y al narcotráfico. Una vida de riesgos que, no obstante, prometía más rentabilidad. Pero, “cosas de la vida”, fueron al final los propios mafiosos los que le impidieron alistarse en sus filas. Aún recuerda las palabras que le dijo el capo de su favela al que un día acudió para solicitar el peligroso puesto: “Tú tienes un talento, chico, tú no vas a estar aquí”.

Angelo se quedó sin el delictuoso empleo y sin ingresos, pero con muchos más ánimos para seguir pintando. Camiseta tras camiseta, muro tras muro, coloreó todo lo que se le puso por delante a pesar de no sacar gran provecho de ello. Hasta que un día, hace cinco años, alguien se acercó y le dijo: “Qué bonito el mural que estás pintando en el barrio”. “¿Yo?”, se preguntó.
 
Fue a ver de dónde brotaba el rumor y se encontró a dos holandeses, Jeroen Koolhaas y Dre Urhahn (Haas & Hahn), realizando un dibujo en Vila Cruceiro que iba mucho más allá de un mero grafiti. Este dúo de artistas había llegado a Brasil con un proyecto solidario llamado Favela Painting, una iniciativa particular y altruista de inclusión social que trata de parchear la escasa iniciativa social del estado en las favelas a través del arte comunitario.

“Utilizan el arte urbano como medida social que integra, moviliza y propone una salida a la población de las favelas”, dice. Un solo día bastó para que los europeos vieran en Angelo el candidato perfecto para mantener encendida esa mecha: “Continúa”, recuerda Angelo sus palabras, “sigue nuestro proyecto con tus propias ideas, encárgate de proponer planes artísticos para tu gente. Tú eres el que de veras puedes ayudar”.

“Aprendí que el arte podía ser mi forma de ayudar y también mi trabajo”. Él era un artista, un autodidacta profesional del diseño que quería asomarse más allá del estigma de grafitero que tenía preadjudicado.

Se acabaron los dibujos clandestinos. Ahora, además de haber conseguido sacar de la mala vida a un buen puñado de jóvenes, mantiene a su familia con lo que le pagan por sus encargos. Escuelas, edificios públicos, fábricas y multitud de calles de Río de Janeiro lucen los más de 200 dibujos que ha firmado. Va convirtiéndose en un artista conocido. “No están mal pagados”, asegura, y dice que trabaja gratis si el que le pide decorar su pared es una persona sin recursos.

Angelo me lleva hasta la favela interurbana del morro (cerro) de Santa Marta, lugar donde Haas & Hahn llevaron a cabo una de las trasformaciones barriales más insignes de Río de Janeiro, y también donde comenzó el Plan de Pacificación en esta ciudad.

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La apuesta del gobierno consistió (especialmente en sus inicios) en realizar acciones contundentes (a menudo muy violentas) que amedrentasen a los amos de estas barriadas y dejasen tras la intervención una presencia permanente de las UPP (Unidades de Pacificación Policial). Tras siete años de ejecución, cerca de 40 favelas en Río de Janeiro han sido intervenidas y pacificadas, una cifra relativa teniendo en cuenta que existen más de 900 según el Instituto Municipal de Urbanismo Pereira Passos (IPP). Además, las torturas y el asesinato de un vecino de la favela Rocinha por el que fueron imputados 25 agentes de las UPP el pasado año y recientes tiroteos motivados por el tráfico de drogas en Alemão han puesto de nuevo en duda la eficacia del sistema, que ha suspendido temporalmente la creación de nuevos centros de UPP después de estos hechos.

“En Alemão la intervención policial fue sangrienta”, relata Angelo. “Se llegó a disparar a gente solo porque andaba por la calle durante la ocupación policial”. Según este treintañero, “ahora es cierto que la favela está calmada y que pueden acercarse hasta los turistas. Pero no era ese el principal problema de nuestros barrios, sino la falta de oportunidades, y de eso los gobernantes se olvidan. La pacificación no lo es todo. Hay muchos proyectos, pero son solo eso, proyectos, no se llevan a cabo. Y habrá que ver qué es de ellos cuando pasen el Mundial y los Juegos” .

Angelo no ha abandonado su negocio de pintar camisetas y ahora, además, se pasa el día pensando en nuevos proyectos para realizar en áreas marginales. Este adicto a la superación personal, que tuvo que aprender a leer por su cuenta, a poquitos, también se defiende en inglés y español para poder comunicarse con artistas extranjeros que llegan por aquí. “Tenemos que aportar, hacer cosas”, repite apuntando con su dedo a unos jóvenes de Vila Cruzeiro que juegan a darle patadas a una botella de plástico.

El pintor se vuelve a colocar sus gafas y gira un poco la cadena metálica de su cuello. “La pacificación no se hace con armas, sino con esto”, añade señalándose la cabeza. “La gente de las favelas sería igual que el resto de los brasileños, y se la respetaría igual que al resto de los brasileños, si se les valorase por lo que son y por lo que hacen en vez de por el lugar del que proceden. Yo pinto, y muchos me respetan por mi arte. Algunos solo me conocen por eso. Y yo también soy um menino de favela”.

17 dic 2013

El Paraguay de Chilavert

Por: Jaled Abdelrahim

Ruinas de una misión jesuita en Trinidad (Paraguay), Patrimonio mundial
Entre el 70 y el 80% de mis amistades y conocidos en España (al menos los de mi generación y las cercanas) cuando escuchan que ando por Paraguay tardan aproximadamente entre uno y cinco segundos en sacar a relucir sus conocimientos geoestratégicos a nivel universal pronunciando el nombre de José Luis Chilavert (Luque, Paraguay, 1965), el exguardameta de la selección nacional de este país que llenó páginas y pantallas a golpe de haber sido –ya no- el cancerbero más goleador de la historia; a golpe de marcar tantos de enciclopedia y atajar balones envenenados, a golpe de contar con tres nombramientos como mejor portero del mundo y el de sexto mejor del siglo XX; a golpe de haber insuflado a un conjunto nacional y uno local de Argentina una belle epoque futbolística; y a golpes, literales. A mamporros, manotazos y un célebre escupitajo en directo a la cara de Roberto Carlos. Cosillas por las que la prensa le colgó el cartel de fiera. Después de articular ese nombre propio, pocos de mis conocidos son los que tienen muchos más paraguayos que mentarme.

Chila, para compañeros, afición y comentaristas, me espera en la cafetería del distinguido hotel Sheraton de Asunción. Viste un pantalón vaquero oscuro, un polo negro que se le ajusta bastante y un reloj en concordancia a sus dimensiones. En el momento de mi llegada está reunido con unos tipos en lo que parece ser una conversación de trabajo, ahora se dedica al negocio del vino y vende unas botellas etiquetadas como Noble Varón.

No es el mismo que hace casi tres lustros veíamos tirando faltas con guantes, pero tampoco el de las imágenes que corrieron por los medios los últimos años. Sí, está gordo, pero bastante menos que en aquellas fotos. Para bien o para mal -cosas del fútbol-, él es lo que mucha gente fuera de Paraguay mejor conoce de su país, un estado bilingüe de siete millones de almas, modales ejemplares y mucha soja en el corazón sudamericano. Por eso he decidido que sea él quien dé a conocer qué más tiene su tierra. Y de paso, que me hable del icono. De ese estridente guardameta paraguayo al que temían en la línea de fondo contraria.

PREGUNTA- Me ha pasado que muchos de mis conocidos relacionan Paraguay directamente con su nombre. Por eso le pregunto a usted. Una frase para definir su país.

CHILAVERT- Como dijo mi gran amigo el premio Cervantes Augusto Roa Bastos (Paraguay, 1917 - 2005), a quien también deberían conocer sus amistades, “Paraguay es una isla rodeada de tierra”, y esa es la diferencia, que aquí hay que saber buscar la salida.

P- La salida a qué.

CH- La salida a poner a nuestro país donde se merece. Porque es un gran país, un país hermoso. El paraguayo común y corriente confunde sumisión con humildad. Uno puede ser humilde pero no sumiso, esa es la lucha constante de este país, que a veces no sabe valorar lo que vale.

Obvio, no todos los paraguayos pensarán que Chilavert representa Paraguay, pero da la sensación de que Chilavert sí lo piensa un poco. Al menos está seguro de tener un peso sustancial. Habla tranquilo y es amable, como tienen costumbre sus compatriotas.  Eso no le quita de ser un tipo de convicciones fuertes. “Somos guerreros guaranís”, asegura en un momento del careo.

La primera conversación tenía que ser sobre el tereré, como hubiera ocurrido con cualquier otro paraguayo, una bebida de mate tomada en frío por la que parece que a nadie en esta nación le importe cargar un termo lleno las 24 horas del día, sea cual sea su destino o actividad. “Mi éxito se lo debo a la yerba mate”, dice el mito no tan de broma. “Yo la introduje en Japón, porque en las ruedas de prensa cuando estaba allí me veían bebiéndola, y preguntaban que qué era. Y ahora estamos llevándola para allá”. La vieja estrella deportiva habla con presente empresarial y huele a aspiraciones presidenciales. Se considera un posible revulsivo para la falta de autoconfianza que le atribuye a su patria. El “yo” no es un pronombre que le cueste repetir.

José Luis ChilavertP- ¿Qué es lo que más le gusta hacer a Chilavert cuando está en Paraguay?

CH- Disfrutar de las comidas típicas. Del chipaguasú, que es una torta de choclo y cebolla que se corta en cuadrados acompañada de un buen rico asado, y me encanta también el vorí vorí de pollo, una albóndiga de maíz con pollo. Y la pesca, porque te relaja, te tranquiliza, dejas de pensar en las cosas importantes, y tenemos muy buenos lugares aquí para eso. Y las parrillas…

P- Aquí se come bien.

CH- Los paraguayos somos buenos para eso.

P- Un sitio que recomendaría a un visitante que venga por aquí.

CH- Encarnación. Porque tiene las  mejores playas de Paraguay, que son del río Paraná. Y ruinas jesuíticas y las plantaciones de yerba mate…. Aunque mi lugar favorito es Luque, mi ciudad, por la calidez de mi gente. La hospitalidad es el orgullo de los paraguayos.

P - ¿Y para venir a emprender por la región?

CH: - Paraguay hoy, Sudamérica, es el mejor lugar para venir a invertir.

P - Se le ve especialemente orgulloso de ser paraguayo.

CH - Por supuesto, un orgullo. Así de simple. Y somos un país independiente. Fíjate lo que pasó en la política. Que Brasil, Argentina, Uruguay y Bolivia lo sacaron a Paraguay provisionalmente del Mercosur para meter a Venezuela, y es ridículo. Paraguay es un país bien visto a nivel internacional: su economía está bien, no tiene deuda externa, y por eso mucha gente de fuera viene a invertir, les encanta.

P-  Dijo en una entrevista que para la prensa “siempre era usted el malo de la película”. Aunque claro, aquel puñetazo a Asprilla, el escupitajo a Roberto Carlos,  la pelea en el aeropuerto de Buenos Aires con un empresario, alguna trifulca con reporteros… ¿Considera que tiene usted mal carácter?

CH- Tengo mal carácter con la gente que me falta al respeto. Trato de defenderme de la manera mía. Un ejemplo, lo de Roberto Carlos: Jugamos contra Brasil en Puerto Alegre. Si Brasil pierde o empata queda eliminado del Mundial. La FIFA nos envía un árbitro alemán. ¿Qué hace un arbitro alemán en Sudamérica? Era evidente que Paraguay tenía que perder. Rivaldo baja el balón con la mano en el área pequeña, era penalti a favor de Paraguay y el árbitro no pita. Y nos convierten goles en fuera de juego. Termina el partido, Paraguay pierde dos cero. Roberto Carlos había tirado y no podía convertir, y me hacía gestos de lejos. Yo le llamaba que se me acercara. Cuando terminó el partido, viene, y me dice: “Indio, les ganamos 2 a 0”. Como si fuera Roberto Carlos alemán de ojos azules. Yo me siento orgulloso de tener las raíces de los indios guaraníes, de guerrero. Pero bueno, solo publicaron el escupitajo mío.

P-¿Siempre reacciona así si se meten con su gente?
 
CH- Sí. Yo me siento muy orgulloso de ser paraguayo. Nosotros somos un país pequeño, pero si uno va para atrás en la historia, Paraguay es un país muy importante: fue el primer país que tuvo tren. También tuvo aviación, y el primero que exportaba sus productos para Europa. Ahí empezó el problema, porque los ingleses le comieron la cabeza a los argentinos, a los brasileños y a los uruguayos. Al final ellos acabaron tomando como botín de guerra a Paraguay y le quitaron su territorio. Pero bueno, esas historias mucha gente no las conoce. Perdimos casi todo el Mato Grosso del Sur (Brasil) y el norte de Argentina por la Guerra de la Triple Alianza, y hasta hoy, ningún gobierno ha pedido disculpas al pueblo paraguayo.

Chilavert en el Mundial de Corea y Japón 2002P- Se convirtió usted en un icono. Hábleme un poco del futbolista. 62 goles en 737 partidos jugados (8 de ellos como internacional). Eso quiere decir un gol cada once partidos. Hay muchos jugadores que no tienen esa media. ¿Qué manía le entró con marcar?

CH- Marqué 70 goles. Pero hay unos que no estan contabilizados. Todo en la vida es trabajar. Yo me quedaba después de los entrenamientos a tirar 80 faltas del lado izquierdo, 80 de centro y 80 del derecho. No podía fallar si me daban la oportunidad, porque no me darían otra. Fue Carlos Bianchi quien me la dio para tirar mi primer tiro libre contra el Deportivo Español en el minuto 92. Borde del área del lado derecho, y me coloca el portero cinco hombres en la barrera y yo le coloco dos más, y dije, le pego por fuera y tiene que entrar. Salió perfecto. Ahí me empezó a gustar.

P-Le acabó haciendo más ilusión marcar un gol que parar un penalti.

CH- Un portero siempre tienen la misión de parar, pero, marcar goles…, un portero…, de tiro libre... es como hacer el amor con una mujer.

P- El portero de los goles, eso sabíamos de usted en la época de los cromos. Su primer gol, haga memoria.

CH- Contra Colombia, en el 89. También minuto 92, todas las figuras de Paraguay y nadie quería tirar el penalti. Corrían para todos lados. Dije, yo lo tiro. El seleccionador, Cayetano Ross, me dijo: ¿Mi hijo, usted lo va a tirar? Dije sí, por eso estoy aquí. El portero era mi amigo, René Higuita. Ganamos 2-1. Yo era un gran número 9 jugando con los amigos en el barrio.

P- Cómo se siente un guardameta que ha metido 70 tantos cuando llega un tal Rogelio Ceni (Brasil) y le supera como portero más goleador de la historia.

CH- Es un gran amigo. Me encanta que siga jugando, y que convierta goles. Pero por cosas así siempre empieza la rivalidad, y no se puede comparar porque yo marqué ocho goles con la selección de Paraguay en eliminatorias. Y también en Brasil se juega cada tres días, y nosotros una vez por semana. Lo lindo es que se puedan ver porteros que metan goles. Yo marqué la filosofía del portero: salir a jugar. Pero ya no hay espectáculo.

P- El día que metió su primer gol con  Vélez (Club Atlético Vélez Sarsfield –Argentina-) ganaban el torneo de clausura del 93; el gol desde su campo al Mono Burgos que se hizo universal; el tiro libre del 96 jugando Paraguay contra Argentina para clasificarse para el mundial 98 (también al Mono Burgos). Tiene usted un largo palmarés de goles históricos. ¿Cuál es el que recuerda?

Chilavert celebra el gol que marcó a Argentina en 1996CH- El gol de tiro librte a Argentina, por la situación. Estábamos perdiendo y todo el estadio me insultaba, menos los fanáticos paraguayos que eran unas 15 personas. Parecía que yo jugaba contra Argentina. Entonces miré para arriba y pedí: Dios, por favor, dame un tiro libre. Y justo me lo dio en ese momento. Yo sabía que no podía fallar. Hice un gol fantástico, un gol psicológico. Yo siempre me considero orgulloso de ser la persona que le cambió la mentalidad al futbolista paraguayo. Porque antes, al jugar contra Argentina y Brasil, nuestros jugadores entraban temerosos, y yo les decía que no hay que temer, que nosostros somos iguales. Eso fue, yo fui el artífice de ese cambio no solo para los deportistas en este país, sino también para mi gente.

P- Menudos dos golazos al Mono Burgos. A todo esto, ¿cómo se lleva con él?

CH- Excelente, es mi vecino en Buenos Aires. Y cada vez que nos encontramos, se acuerda de ese gol. Me dice, me hiscite famoso porque salí en todos lados.

P- Hablando de goles: Messi ¿Le hubiese gustado mirarle a los ojos metido usted entre los tres palos?

CH- Mira, Messi es para mí, de lo que visto desde que nací, el mejor jugador de todos los tiempos. Es impredecible, es el meteorito que se sabe que ha caído pero nadie sabe dónde cayó. A mí me dio placer irme antes y que no me haya hecho revolcarme por los suelos.

Chilavert y CasillasP- En su posición, ¿Valdés o Casillas?

CH- Para mí Casillas es el mejor portero del mundo. Valdés es el segundo. Con Iker me ha pasado un experiencia muy linda, en el mundial de Japón y Corea (2002) cuando España nos vence 2-1. Uno cuando pierde se fastidia y piensa en los errores, yo también había cometido un error e iba pensándolo. Y justo él viene corriendo desde su portería, a pedirme la camiseta.

P- ¿Quién ganará el próximo mundial?

CH- La gran favorita es España.

P- Leí una entrevista a Barovero, portero del River, que decía: "Crecí con las locuras de Chilavert y los buenos momentos de Córdoba". ¿Una frase así le sienta bien o mal?

CH- Hay que ver cómo lo ha dicho. La locura de Chilavert…, yo no creo que sean locuras haber ganado todo en la vida, porque lo único que me faltó ganar es una copa del mundo con Paraguay. He sido reconocido tres veces como el mejor portero del mundo por la Federación de Historia y Estadística del Fúlbol Mundial. ¿Locura?

P- ¿Puede definirme a José Luis Chilavert?

CH- ¿En que se diferencia un mediocre con un exitoso? Que los mediocres caminan por la vida pensando en no fracasar, y los exitosos son los que salen a ganar, el que corre al límite, y yo en mi vida siempre corrí al límite, porque nací sufriendo, y en el fútbol me sacrifiqué y llegué a un lugar de privilegio, en un país tan pequeño. Estar entre los mejores de la historia del fútbol, es un privilegio y un orgullo, como ser de Paraguay.

P- Paraguay es de lo que estábamos hablando. Se nos fue el tema y al final hablamos más de Chilavert.

CH- Ocúpate de que sea Paraguay lo que destaque. Que la gente sepa que somos un gran país. Y que vengan. De Chilavert ya se ha hablado mucho.

16 oct 2013

Música surgida del vertedero

Por: Jaled Abdelrahim

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Suena New York, New York. 30 instrumentistas lo interpretan en perfecta comunión. El sonido es pulido. Viento, cuerda y percusión miman el compás sin peros. La entrada del contrabajo, perfecta. Si cierras los ojos, lo que se intuye son esmóquines, pajaritas, trompetas con destello, palcos llenos en un teatro clásico y arce y abeto en la madera de los Stradivarius. Da la sensación de que el timbre de Sinatra arrancará de un momento a otro desde los cielos.

Abro los ojos. La realidad ha transformado los esmóquines en camisetas de mercadillo, las pajaritas no van incluidas en ese tipo de uniformes. El clarinete es una tubería con chapas de lata incrustadas. Tampoco hay palco ni teatro clásico, estoy en un patio al descubierto de una escuela de paredes roídas en el barrio de Cateura, uno de los focos urbanos más desfavorecidos de Asunción, la capital paraguaya. Tampoco hay maderas de Stradivarius. Veo violines hechos con latas de pintura, el violonchelo es un cubo abollado, la guitarra es de esferas de hojalata vieja y un barril de gasolina le hace de cuerpo al contrabajo, ese que entró tan bien en la pieza. Por lo demás no ha cambiado nada: Suena New York, New York, 30 instrumentistas lo interpretan en perfecta comunión. El sonido es pulido. Viento, cuerda y percusión miman el compás sin peros. Da la sensación de que el timbre de Sinatra arrancará de un momento a otro desde los cielos.

IMG_4828Paraguay es un país de contrastes. Entre la paupérrima Bolivia, el emergente Brasil y el europeizado cono sur queda este país sin mar, con ubicación de corazón de Sudamérica, que vive haciendo equilibrios entre esas tres realidades. Las tres le bañan. Casas acomodadas, hoteles de lujo, asfaltos bien terminados y boutiques de diseño salpican la capital de este estado donde la otra mitad del pastel se lo comen –más bien no se lo comen- miles de mendigos a la intemperie, un índice de pobreza cercano al 50% -según datos del Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe)- y barrios obreros donde el pavimento es un sintagma nominal desconocido. A estos arrabales se les llama mboriahu kuara, agujero de pobres en guaraní, un idioma oficial que conoce el 90% de la población y que al mezclarlo con el español genera un tercer lenguaje llamado jopara, el que utiliza la clase más popular de la urbe.

Cateura es una de esos mboriahu kuara. En esta vecindad de barro y burros que habitan 2.500 familias lo único reseñable hasta 2006 era el gigantesco vertedero donde va a parar gran parte de la inmundicia de la ciudad. Esa misma que los vecinos utilizan para hacer sus casas y muchos de sus enseres. La misma en la que trabajan la mayor parte de los habitantes del suburbio recuperando plástico y metales para plantas de reciclaje. En ella, hace siete años el técnico ambiental y músico aficionado Favio Chávez vio la materia prima para construir los instrumentos a los que ningún niño de Cateura podía acceder.

Ocurrió el milagro. Esa basura ahora es un lujo acústico reclamado desde escenarios emblemáticos de todo el mundo. Cateura es la base, la cuna y el refugio de la Orquesta de Instrumentos Reciclados de Paraguay. Un hito artístico que levanta traseros de las butacas en todo el planeta y es silbada con un aire que ha logrado oxigenar el estigma de esta comunidad proletaria desheredada.

IMG_4730Brandon Cobone, el dueño de las manos que bordan el contrabajo esa mañana tiene 16 años, los dedos gruesos y la camisa remangada. Acudió aquí el día que escuchó el sonido que salía de este patio desde la desvencijada casa de su abuela. Eso fue hace año y medio. “Vine a ver qué era y me enamoró”, explica escuetamente cuando se le pregunta por qué se unió al grupo. Igual que él, han ido llegando y renovándose los miembros de esta formación que se fundó el día que Chávez vino al vertedero para hacer un experimento de reciclaje ambiental con algunos de sus alumnos, en su época de maestro. Cuenta que los padres de Cateura, al verles allí, “quisieron que sus hijos también pudieran tocar música con esos instrumentos reciclados”. Sin duda una oportunidad jugosa para unas familias cuyas viviendas, en gran parte de los casos, se valorizan por debajo del precio de un violín o una trompeta profesional en el mercado.

Poco a poco la tropa sinfónica se fue nutriendo. Hoy son más de 130 los jóvenes de Asunción -la mayoría del propio barrio- los que ensayan con esta basura reconvertida en instrumentos gracias al rebusque que hacen ellos mismos en los montones de desechos, a la habilidad como lutier de Nicolás Gómez y a la ayuda de decenas de profesores voluntarios de todo el mundo que se acercan por aquí por temporadas para colaborar con el proyecto.

“Apenas hay apoyos oficiales para la orquesta”, afirma Thomas Lecouset, un músico francés de 25 años de edad y 18 de práctica melódica que dona sus nociones a los chicos altruistamente. “Me enteré de que existía esta orquesta aquí y me pareció un proyecto tan fascinante que decidí venir para echar una mano”. Hugo Irrazabal, el veinteañero que maneja el violonchelo de barril, suma sus palabras al enamoramiento colectivo: “No hay otra idea como ésta, yo estuve en otras tres orquestas y decidí quedarme aquí”. 

A Andrés Riveras, de 18, no le importó dejar sus conocimientos de guitarra de lado el día que le dieron la oportunidad de soplar por un saxofón abollado en esta agrupación. Y Mikaela Cardoso, de 14, se afana en quitar un rayón en la chapa hendida del violín con el que pasa horas ensayando.

Como recompensa a esos ratos de trabajo musical estos chicos no esperan nada, solo tocar. Sin embargo, el ejemplo de superación y la maestría con la que tañe las notas la orquesta de Chávez -quien abandonó su trabajo para dedicarse por entero al proyecto- empezó a abrirles puertas hasta ese momento ni siquiera enmarcadas. “Primero con conciertos por todo el país y después con intervenciones en el extranjero”. La consecuencia económica de su éxito, según explica el director, se queda en apenas unos 400 dólares por acto que se reparten entre los padres de los chavales en dosis de 10 por familia. “Aquí incluso eso es una ayuda”. 

El día que conocí a este grupo en el suelo embarrado de Cateura la formación ya había tocado para la Cumbre Río +20 y recibido invitaciones para lucirse en países como España, Canadá, India o Palestina.

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Ana Mesa, los dedos finos de 16 años que poetizan el primer violín de la orquesta, me contaba entonces que “no hace falta tener nada material para progresar”, y que “en otras orquestas tienen de todo y no progresan”. Y que esos eran “los realmente pobres”. Señalaba con el arco al conjunto de compañeros que ensayaban en el viejo patio y decía que la mayoría eran de Cateura, y que casi ninguno había tenido nunca suficiente dinero en su casa “para poder comprar un instrumento real”. También dijo que “soñaba” con que la Orquesta de Instrumentos Reciclados llegase algún día a “un gran escenario. Uno de los grandes, grandes”. “Porque esa es la riqueza de la música”.

Concierto_washingtonHace pocas semanas me enteraba por un reportaje de Eva Saiz, periodista de EL PAÍS en Estados Unidos, que la orquesta se había subido al escenario del “decano y exigente Kennedy Center de Washington”. Quizás esté allí Ana, pensé, junto a los otros 18 miembros de la agrupación que fueron desplazados hasta allá para dar ese concierto. Y también habrá viajado hasta allí todo ese montón de basura reciclada de Cateura. Me invadió un ajeno sentimiento de orgullo. El mboriahu kuara paraguayo estaba poniendo en pie al público de uno de esos “grandes escenarios” que soñaba la joven violinista. Esa versión acústica de la desigualdad paraguaya. Una obra maestra de la superación humana.

09 sep 2013

La última sopa del Che

Por: Jaled Abdelrahim

 

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 Estatua del Ché en La Higuera (Bolivia).

Julia Cortez entró en la escuelita porque quería ver al “monstruo”. Los milicos y la CIA llevaban tanto tiempo tratando de dar con él… Y ahora estaba allí, detenido, en La Higuera, encerrado en su diminuta escuela. A esa aldea boliviana de poco más de 50 almas, perdida en la montaña, ella había llegado hacía no muchos meses para ser la maestra. “Tenía 19 años”, cuenta lento esta mujer de 65. “Yo ni siquiera sabía cómo se llamaba el preso. Lo que nos habían dicho desde meses atrás es que era un cubano comunista que venía a Bolivia a imponer sus ideales y a hacernos daño. Que era el jefe de unos guerrilleros que asaltaban y violaban. Que llevaba una coraza y un casco y que era imposible que muera”. No pudo  resistir la tentación de ver al villano, al animal enjaulado, a ese tipo que más tarde supo que se llamaba Ernesto Guevara.

“El Che estaba sentado en una silla al lado izquierdo de la pieza, detrás de la puerta, a oscuras. Le  alumbraba una vela”, relata esta docente jubilada acomodada en el sofá de su casa en Vallegrande 45 años después de aquello, “Llevaba una manta sobre las piernas y con eso tapaba la herida de bala que tenía del combate en la Quebrada. Estaba pálido, deteriorado, sin higiene, aunque trataba de demostrar firmeza”. El guerrillero acababa de ser capturado. La maestra, entró porque el centinela que vigilaba le había dado permiso para ojear. Eso hizo. “Esperaba otra cosa, ese hombre no daba miedo”, cuenta que pensó. Entonces Guevara levantó el rostro para mirar a la persona que había venido a observarle: “Se saluda”, dijo él. Ella no supo qué hacer y se marchó corriendo.

JAmuralcolegioMural del Ché en el actual colegio de La Higuera.

Era un 9 de octubre de 1967 y la cacería que habían llevado a cabo durante los últimos once meses el ejército boliviano y la inteligencia estadounidense se cerraba en brindis. Del comando de 52 guerrilleros con el que había contado el Che en este país para tratar de derrocar la dictadura de René Barrientos y avivar la mecha que hiciera triunfar la revolución de Latinoamérica -la que él mismo había prendido en Cuba-, ya no quedaba nadie. Todos habían muerto en combate, o fusilados, pocos pudieron huir y alguno había desertado. Liquidada la parte del grupo que había tratado de abrirse camino por  Río Grade, el último halo de resistencia liderado por Guevara se extinguía un mes después en un valle llamado la Quebrada del Churo, a las faldas del monte espeso donde se ubica la Higuera. Allí, a la escuelita de esta aldea, trasladaron al líder comunista herido.

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La escuela de La Higuera donde fue asesinado el Ché.

El silencio del insignificante habitáculo aún hoy impone. Sus paredes, su piso y su techo están renovados. Conserva su emplazamiento, sus ínfimas dimensiones y algunas de las sillas y pupitres de madera carcomida donde permaneció sentado el comandante durante el arresto. La cabaña entonces tenía el suelo de tierra. El que volvió a pisar Julia cuando horas más tarde de su primer encontronazo con el mito fue avisada por los militares de que el prisionero pedía verla.

Julia Cortez “No sé por qué quiso verme a mí, pero pasó eso. Yo ni quería”, prosigue esta anciana de ojos negros, recuerdos intactos y tono severo.

 

-       ¿Qué le dijo?

-       Que si era la maestra y que si había escrito yo en la pizarra ‘Ángulos’ sin acento,  que eso era una falta de ortografía.

-       Tenía carácter.

-       Sí, ya lo creo que tenía. Pero era algo más.

-       ¿Qué más?

-       No sé bien cómo hacerlo entender. Mire, yo lo que tenía ante mis ojos era un hombre pálido, sucio, sentado y herido -afloja la aspereza de su rostro Julia, -pero no entiendo por qué no podía verle así. Era raro. Con todo eso, era fuerte, firme, atractivo. Empezó a hablarme...

-       ¿De qué?

-       Fueron unos diez minutos. Me empezó a contar que él y sus guerrilleros habían venido a Bolivia a luchar por los débiles. Que había llegado el momento de que los pobres vencieran a los ricos. Que nosotros teníamos que luchar... Me hablaba de sus ideales.

-       ¿Y qué pensó usted cuando escuchó todo eso?

-       Verá, era inteligente, respetuoso, hablaba bien. Decía cosas con mucho sentido. Lo cierto es que me quedaba parada mirándole. No sé. Por lo que decía y cómo lo decía más que por su aspecto. Pero también por su aspecto. Yo siempre digo que era hermoso. Bello. No era un monstruo. Pensé que tenía razón en lo que hablaba.  

A Julia le desapareció el miedo. Horas más tarde, sintió el impulso de preparar una sopa para llevársela al recluso. “El guardia me dio permiso a entrar de nuevo”.

-       ¿De qué era la sopa?

-       De maní.

-       ¿Le gustó?

-       No lo sé, pero me dio las gracias.

-       ¿Le habló de algo más?

-       Si, ahí fue cuando le hice la promesa. Se lo había prometido.

-       ¿Prometer? ¿Qué le prometió?

-       Estuvo hablándome otro ratito de su causa y yo le escuchaba. Estaba cómoda hablando con él. Yo le miraba todo el rato.

-       ¿Pero cuál fue la promesa?

-       Él me pidió que si podía enterarme, preguntando con disimulo a los militares, que qué iba a pasar con él. Le dije que lo iba a hacer. Quedé con él de volver a la escuelita y contárselo. Se lo prometí, ¿sabe?

-       ¿Lo hizo? ¿Se lo dijo?

-       20 minutos más tarde o algo así, desde mi casa, escuché disparos-, entrecruza Julia los dedos de las manos como haciendo resistencia al recuerdo – Volví corriendo a la escuelita y la puerta estaba abierta. Entré y él estaba allí, tirado en el suelo. […] No pude cumplir mi promesa.

-       ¿Qué hizo cuando entró usted en esa escuelita y vio a Guevara muerto, doña Julia?

-       Para mí no era Guevara, era ese hombre que me había hablado y al que le había hecho una promesa.  Me quedé paralizada. No sé por qué. Me había entrado mucho miedo. No podía ir ni quedarme. Estaba sola e inmóvil. Le miraba. Cuando pude mover las piernas, sin pensar, empecé a andar muy rápido hacia fuera del pueblo.

JAbustolahigueraBusto conmemorativo en La Higuera.

Ernesto Guevara había sido ejecutado. La rebeldía del combatiente más conoció de todos los tiempos había terminado en el habitáculo donde esta sexagenaria impartía sus clases de joven, ese día suspendidas por causas mayores. Un miembro de la CIA –supuestamente- dio órdenes de asesinarle disparándole del cuello hacia abajo ya que las radios llevaban desde el día anterior diciendo que el Che había muerto en combate. Mario Terán, el suboficial del ejército boliviano que ofició de verdugo, entró con su fusil M-2 al aula y efectuó las descargas. Fueron dos ráfagas que le agujerearon primero las piernas y luego el pecho. Más tarde, el suboficial relató aquel momento en una emotiva carta de arrepentimiento [según publicaron algunos medios] en la que cuenta como al ingresar en aquella escuelita el condenado se puso de pie, levantó la cabeza y le lanzó una mirada que le hizo “tambalear por un instante”. “Póngase sereno y apunte bien. Va a matar a un hombre”, le ordenó el reo a su ejecutor. Terán fue, quien con la camisa impregnada “de miedo, sudor y pólvora”, salió de allí tras finalizar su encargo dejando a su espalda “la puerta abierta” que encontró Julia instantes después.

JAsusana-osinagaSusana Osinaga, una de las enfermeras que lavó el cadáver del Ché, en Vallegrande.

El cuerpo del cubano-argentino fue trasladado atado al patín de un helicóptero hasta Vallegrande. En esta modesta comunidad principal de la zona a 60 kilómetros de la Higuera en coche (por vías de tierra en las que esa distancia se recorre en tres horas), habita la historia viva de aquel punto y aparte en la biografía de Latinoamérica. No solo es doña Julia. Aquí, el Che es para algunos habitantes un recuerdo real y no un mito enciclopédico.

“Trajeron un cuerpo a la lavandería del hospital y me dijeron que lo lavara, que era el Che Guevara. Pero yo no sabía quién era el Che Guevara. Qué iba a saber”. Habla Doña Susana Osinaga, una señora de 82 años sentada dentro de una minúscula tienda de abastos. Le ha costado desvelar a la primera que ella fue una de las dos enfermeras que lavaron el cadáver del revolucionario.

Doña Susana agarra la foto enmarcada que posee del cuerpo del guerrillero sin vida. La imagen preside su tiendecita. No sabía ella cuando le encomendaron aquella tarea a los 35  años que estaba enjuagando al que más tarde convertiría en su santo. El cadáver del Che que aparece en la fotografía, una instantánea replicada en todo el mundo, lo había adecentado ella. La anciana está “orgullosa” de eso. Para inquietud de la versión oficial, insiste en que en el cuerpo del rebelde no había varios, sino un solo agujero de bala.

-       ¿Cuándo supo realmente la importancia del fallecido que usted limpiaba?

-       Años más tarde-, responde esta ex enfermera de pelo grisáceo desde la banqueta de su tienda de la que no se levanta, o no puede levantarse. -Aquí ha venido harto de gente a estrecharme la mano con la que le lavé-, afirma, y muestra la extremidad de su cuerpo que es parte de la historia. 

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La infame lavandería de Vallegrande.

Lo cierto es que Vallegrande se ha convertido en un pequeño lugar de culto cuyo difícil acceso le incorpora una suerte de misticismo budista, y al que acuden a cuentagotas enamorados del mito. “De todos los sitios del mundo”, dice Osinaga. El momento álgido es cada 9 de octubre. En la fecha de la conmemoración de su muerte, pequeños grupos de paganos peregrinos acuden aquí a visitar la lavandería donde se lavó al icono guerrillero y las viejas fosas (hoy mausoleo y muestrario) donde en 1997 fueron hallados su cadáver y los de algunos de sus camaradas gracias a las declaraciones que hizo el ex militar boliviano Mario Vargas Salinas al periodista Jon Lee Anderson.

Muchos de los autóctonos también le mitifican. Pero en este pueblo boliviano de agricultores, pequeños comerciantes y campesinos, donde una gran parte de la población no cobran mucho más de 200 euros mensuales, este protagonismo fortuito también es una oportunidad de negocio [lean la crónica de Los Mercaderes del Ché del periodista Alex Ayala].

Gonzálo Flores Gura, un experto en la historia de Guevara que atiende la casa de la cultura de Vallegrande, saca un extra por acompañar a los curiosos hasta los agujeros donde el ejército dejó oculto los restos del comando rebelde. Eran dos fosas secretas en las inmediaciones e interior de la antigua base militar. “Antropólogos argentinos y cubanos pasaron dos años buscando tras conocerse la pista que ofreció Vargas Salinas”, explica el guía. “Una vez hallados, a Guevara y a otros se los llevaron a enterrar a Cuba. Fue fácil identificarle a él porque su esqueleto estaba sin manos. Se las habían cortado antes de enterrarle para dar fe de su muerte”.

Blanca Cadima.

Blanca Cadima con una foto de su padre sonsteniendo la foto que hizo al Ché muerto.

Doña Julia también pide dinero antes de la entrevista (una cantidad alta), aunque por algún motivo accede a hacerla de todos modos tras la negativa al pago (asuntos de ética periodística). Ella al menos tiene un motivo para solicitar pago, algunos otros oriundos sin más relación con el guerrillero que el ser de allí, tratan de paliar las escaseces rurales con la plata de los pocos visitantes, curiosos y reporteros que pasan por aquí. Otros tienen otro estilo. “Yo no pido nada por hablar de esto. Porque es historia y no se puede cambiar por dinero”, se opone a la tendencia Blanca Cadima, que sufre de vergüenza ajena y que quizás es inconsciente de que también se cobra entrada por entrar a las pirámides egipcias o al Coliseo romano. Ella es la hija de René Cadima, un fotógrafo y zapatero local fallecido en 2010 que capturó algunas instantáneas del cadáver del Che que dieron la vuelta al planeta. La descendiente de otro de los testigos más relevantes del final de la leyenda. “Mi padre era poco más que un aficionado a la fotografía, pero después de aquello, vinieron a comprarle sus imágenes periódicos de todos los lados. Hasta de Japón”, cuenta esta acomodada regente de la ferretería Vallegrande. El pobre casi se queda sin cámara porque hizo una foto al cadáver desnudo. Le mandaron arrancar ese rollo cuando le vieron hacerla. Y al final, sus fotos por todo el mundo y fíjese que no sacó mucho. Siguió haciendo zapatos toda su vida”.

 Ruta turística en La Higuera.Después de aquel paso por la lavandería mortuoria de doña Susana y las fotos de Cadima, todo acabó. El cuerpo del líder fue retirado, y Vallegrande, siguió cultivando su tierra inconsciente de que en ella quedaban descansando los restos de una de las efigies más notorias del siglo XX. Durante 30 años la biología en descomposición de Ernesto Guevara, sus compañeros de armas y la mítica agente secreta revolucionaria de origen argentino-europeo Tania (Haydée Tamara Bunke Bíder) permanecieron allí ocultos bajo el conocimiento de unos pocos militares que supieron guardar bien el secreto. Tampoco dejaron a este pueblo conservar ese reducto de la historia cuando los cadáveres fueron descubiertos.

Para esta localidad y su satélite, la Higuera, queda un lugar en las enciclopedias, muchos monumentos al guerrillero y una oportunidad de fomento del turismo mal gestionada. Pero no solo eso. Doña Julia tiene en casa varias fotografías del Che, -y sin importarle que él se reconociera ateo-, les prende velas como si fueran la estampa de un santo. Lo mismo hacen muchas de sus vecinas. “Era un hombre bueno. Quería ayudar a los desfavorecidos. Yo creo en él y en las cosas que decía”, asegura la ex maestra. Al parecer aquella sopa que sirvió al monstruo cubano, con mayor o menor ortodoxia marxista, acabó llenándole a ella.

@JaledAA

05 ago 2013

Señores viajeros, disculpen las realidades

Por: Jaled Abdelrahim

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Llegué a la conclusión de que no sería justo. No sería justo recorrer Sudamérica, sus playas exóticas, sus Andes inverosímiles, sus reliquias milenarias, sus metrópolis ilimitadas y sus genes arrugados sin ver también la cara oscura de esta luna. Ser viajero implica más. Dicen los datos del Fondo Monetario Internacional que Bolivia es el país más pobre de toda Sudamérica. Dice el último censo boliviano con datos oficiales (2001), que de entre esa inopia cuatro pequeños municipios abanderan la trágica estadística con un 100% de pobreza en su población. Me encuentro en la provincia de Oruro y dos de esas cuatro aldeas apenas están a seis horas de distancia, el tiempo que se tardan en recorrer 180 kilómetros de carretera boliviana. Se trata de Cruz de Machacamarca y Yunguyo del Litoral ¿Podría un viajero con ganas de conocer realidad pasar por alto una visita a los pueblos más pobres del país más pobre de este lado de América?

Un autobús me deja en la carretera a orillas de Huachacalla, una villa boliviana a escasos 70 kilómetros de la cotizada frontera chilena, donde un bocadillo, una bebida y una chocolatina son toda la oferta culinaria y se canjean por 20 céntimos de euro. De ahí a Cruz de Machacarmarca existen otros 40 minutos de camino montaña arriba (tres horas para los muchos que lo hacen diariamente a pie). Es de tierra, lleno de precipicios y no lo cubre ningún tipo de transporte público. Tampoco tienen tiempo de llevarme ni combustible que malgastar los poquísimos vecinos que disponen de un coche propio en esta población principal de la zona.

IMG_3922Suerte que Nicasio Felipe, un criador de llamas de 62 años, tiene una vieja camioneta, nació en Cruz y está “feliz” de que un periodista se interese por su municipio natal. Antes de partir le pide a su señora, Victoria Guernica, que nos caliente el chairo (sopa de quinua) que hay en una vieja olla quemada. El matrimonio vive en un habitáculo frío y sin muebles, pero si se me hace tarde al volver, puedo contar con ese techo y más sopa. “Lo que tenemos lo compartimos”, dice Nicasio, que es consciente de ser de los más pudientes entre sus paisanos porque tiene transporte y vive ahora en Huachacalla. “De lo que no tenemos no podemos dar”, añade. Por esa regla de tres me pide si puedo pagar la gasolina para subir arriba.

A 3.700 metros de altura está Cruz de Machacamarca, esa región de marco montañoso de ensueño y realidad perdida. En todos los sentidos. “Es un lugar donde habitaban tres familias” cuando él nació, explica Nicasio, pero ha cambiado; “antes era un lujo tener una bicicleta y ya tienen bicicleta muchos”. Según la alcaldesa, Elcira Cruz (28 años), “es un municipio compuesto por nueve poblaciones colindantes con unos 200 o 300 habitantes cada una” que ha cambiado porque “ahora el gobierno de Evo ha puesto una casa comunal, una ambulancia y un [pequeño] centro de salud atendido por una enfermera”. Por eso hace una llamada a toda la población joven que huyó de ese lugar para que vuelva. Para Clemente Felipe, un vecino de 76 años que viste una chaqueta raída y una gorra en las mismas condiciones, los cambios no son tantos. “¿Ahorros? Nunca gané dinero en mi vida. Ni antes ni ahora”. Se sorprende por la pregunta. “Bueno sí”, rectifica, “alguna vez saqué algo vendiendo alguna llama, pero lo gasté enseguida en algo de harina o de ropa, eso ha sido todo lo que he podido juntar a mi edad”.IMG_4013

La joven alcaldesa, elegida por rotación, no llama de vuelta a los jóvenes por inocente arbitrariedad. Cruz sabe que los escasos recursos que llegan son la consecuencia matemática de la baja densidad poblacional de su circunscripción. Alaba la labor del gobierno actual y sí cree, al contrario que algunas organizaciones y grupos, que la cifra de pobreza haya bajado del 38 al 24% a nivel nacional en los últimos 12 años. Su fe política, sin embargo, no puede desmentir ni evitar que dos millones y medio de bolivianos (la población actual es de 10,3 millones según se ha adelantado del censo elaborado en 2012, aún sin oficializar) vivan por debajo del umbral de pobreza. Un dato que indica que un cuarto de la población del país vive con menos de dos dólares diarios, entre ellos, todos los pobladores del municipio que ella rige.

-    ¿Entonces las cosas avanzan aquí o no?, pregunto a la alcaldesa.
-    No, por supuesto que no. Hemos mejorado algo. Por ejemplo, si ahora hay alguien enfermo tenemos la ambulancia del Evo para llevarle a Huachacalla a atenderle; antes de 2010 el enfermo tenía que bajar tres horas a pie. Pero nos hacen falta recursos. Nos hace falta ayuda. Es muy probable que en los datos del próximo censo sigamos siendo la comunidad más pobre de Bolivia. En definitiva, nos hace falta de todo aún.

IMG_4286Cruz de Machacamarca recibe anualmente un millón de bolivianos (100.000 euros) por parte del estado. Eso significa una inversión anual de unos 30 euros por habitante. “No da para nada”, se lamenta Cruz. Los vecinos, aunque lo intentan, tampoco pueden poner mucho más de su bolsillo porque la mayoría no tiene ningún tipo de ingreso. La fundación Jubileo, una organización semejante a Cáritas, estima que este municipio vive en una inanición prácticamente total junto a Yunguyo y dos poblaciones más ubicadas en la provincia de Pando.  “Su atención y sus capacidades son nulas”, esgrime uno de sus portavoces.

“Se come lo que uno cultiva, o de la carne de las llamas, no de comprar nada. Pero con eso no se pasa hambre. Casi nunca”, cuenta Clemente. El anciano me lleva hasta su casa. Dice que durante toda su vida, esas siete décadas en las que no ha ganado dinero, se ha despertado cada día a las cuatro de la mañana, ha pastoreado, ha cultivado y ha regresado sobre las siete de la tarde para al día siguiente repetir la misma operación. Todos los días de su existencia. “Hoy los jóvenes se van a Oruro, o a La Paz, o a Chile o a Argentina. Ellos esperan de la vida algo más”. Delante de su fachada destartalada, de su puerta desencajada, en el exterior, una chica joven que trata de atender a una bebé que juega con latas oxidadas cocina unas patatas con quinua en un puchero calentado a la leña. Son la hija y la nieta de Clemente. La chica se casó y ahora vive en la ciudad de Oruro, pero se ha acercado hasta aquí unos días para ayudar a su padre, “que ya está mayor y solo”.

- ¿Por qué no cocinas dentro?- le pregunto a la mujer.
-  ¿Dentro?, no señor, aquí no hay cocinas.
 - ¿Tú por qué te fuiste de aquí?
- ¿Usted qué cree?- sigue removiendo el puchero agachada en cuclillas.

IMG_3886En una casa cercana, Felipa Quispe, la abuela de la alcaldesa, teje una lana sentada en el suelo con una técnica ancestral. Ella nunca ha visto el agua corriente, ni electricidad en casa, ni calefacción... “Hace poco pusieron electricidad en algunas casas”, dice como si hablase de un aterrizaje en la luna. Esas prendas que teje siempre han sido el único abrigo que ha calentado a los pobladores de esta región andina. “Ni tan siquiera teníamos pavimentada la plaza hasta hace tres años”, añade su nieta.

Hoy el pueblo entero, la principal aldea de las nueve que componen Cruz de Machacamarca, está prácticamente vacío. La razón es que en Irupata, población situada a unos 10 kilómetros más arriba en la montaña, hay festividad. La gente salió caminando hasta allí temprano.

-    ¿Y si vamos allí para poder hablar con más gente?, pregunto a la alcaldesa.
-    No hay como- responde. –Espere… ¡La ambulancia del Evo!- rectifica ella misma.
-    Pero, ¿y si hubiera alguna urgencia?, ¿qué opina el conductor?- trato de preocuparme.
-    ¿Urgencia?, ¿conductor aquí hoy?...- se sonríe-  Dígame, ¿usted sabe manejar?

Mis disculpas a la administración boliviana por el atrevimiento. Consideren como un servicio voluntario de emergencia (avalado por la autoridad competente) haber sido el transportista de los cuatro o cinco ancianos, tres ediles y dos menores que se habían quedado sin fiesta en Cruz de Machacamarca ese día. Al fin y al cabo, considero que la felicidad colectiva en la que se transformó el trayecto también es una terapia médica para esos septuagenarios (reían como locos en la cabina del vehículo sanitario) que no habían podido acudir a la festividad por la lejanía y la falta de medios de trasporte. Respecto a esa ambulancia del Evo, he de decir que aún cargada sube inverosímiles cuestas de tierra a las mil maravillas. Chapó.


En Irupata la fiesta ya está en su cumbre. Los hombres, de mofletes enrojecidos, visten sus mejores y quizás únicas chaquetas, que aunque gastadas, les hacen ver muy elegantes. Las mujeres lucen trajes típicos andinos. Muchos llevan chalecos llenos de color. El Awaitiri, o líder espiritual de la comunidad, Willy Quispe, me da una bienvenida con honores, me mete en la boca unas cuantas hojas de coca a modo de ritual y me invita a la mesa principal de personalidades. La gente baila, canta, bebe alcohol artesanal de casi 100 grados, masca hojas y se arrodilla cada cierto rato para homenajear con unos cánticos a la Pacha Mama (Madre Tierra). La primera de las siete horas que paso allí, cada cual más divertida, trato disimuladamente de concretar algo acerca de los desagradables datos de pobreza que afectan a la comunidad. Pero después de ese lapso, un notable oriundo del lugar me hace rectificar con toda la educación y pedagogía del mundo:

-    Señor periodista español, me dice en privado, gracias por venir a preocuparse por la situación de nuestras gentes y nuestras necesidades, de verdad somos un pueblo sin nada y buscamos mejorar. Estamos felices de que nos visite. Pero nosotros somos pobres todo el año, ¿por qué hablar de ese asunto un día de fiesta como hoy?

La libreta al bolsillo y mañana será otro día.

IMG_4122El viaje de vuelta, de noche, en la ambulancia (no de paciente), me lleva hasta el lecho que Felipe me había prometido por la mañana en Huachacalla. A un viejo colchón que su esposa ha dispuesto con cariño para evitar que pase frío en el humilde habitáculo. “Aquí dormimos así”, trata de disculparse sin necesidad. Mi destino del siguiente día es Yunguyo del Litoral, el segundo de los municipios más pobres de Bolivia.

Por la mañana, Patricia Mamani, delegada ejecutiva de la Provincia Litoral, consigue una movilidad para llegar a ese pueblo, el suyo, al que tampoco llegó nunca un transporte público. Pago religiosamente la gasolina y en escasos 25 minutos estamos allí. Mamani me va contando todos los datos y los trabajos que hicieron con los trabajadores del PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo) para tratar de mejorar las condiciones y la inversión en la zona. “Hemos trabajado mucho en identificar las necesidades y proponer soluciones, pero aún todo está en estudio, ya llegará la ayuda”, dice con ilusión infantil.

Yunguyo lo componen cuatro pueblitos donde apenas quedan habitantes. Me detengo en el primero de ellos, llamado Villarmonía. Todas las casas están profundamente deterioradas, incluso la de la única habitante del lugar. Ella se llama “Hermeregilda Flores Viza”, dice esta anciana de 72 años con firme autoridad. Mientras habla recoge maderos, coloca unas piedras, sacude unas lanas y pone un puchero en la fogata que ha preparado en la tierra. A pesar de no ser más de las doce y domingo, ella a ha vuelto ya hace rato de vigilar a unas poquitas llamas que posee y que andan por ahí pastando. Tuvo seis hijos, “pero se fueron”, se le encoge el rostro al decirlo. En su casa no hay luz, ni agua, “nada”, concluye. “Cuando vendo una llama compro harina y fideo, pero hace un año que no vendo ninguna”. Los 200 bolivianos (20 euros) mensuales que recibe de un plan que instauró el gobierno de Evo Morales para la tercera edad son todo el metal que tiene para gastar en los básicos que no cultiva y algo de ropa de abrigo. “Mi vida es dura, pero no me muero”, dice sin parar de trabajar.

-    ¿Y cuántas horas trabaja usted al día?
-    No sé. 14, o 15, depende de lo que haya que hacer- revela la encorvada anciana sin atisbo de heroicidad.

IMG_3948En el pueblo de Yunguyo, Adolfo Rodríguez, de 74 años, trata de arreglar el techo de su casita. “Se cayó todo abajo”, se queja suave. Cuando vendió todo su ganado se quedó sin nada y tuvo que salir un tiempo a la ciudad con sus hijos. “Y al volver, esto”. “Antes no hubiese tardado en repararlo, pero ahora como todos los jóvenes se van por lo pobres que somos, pues me toca arreglarlo a mi solo, y no es fácil”.

-    ¿Y usted por qué no se va también? Lo va a pasar mal sin tejado y este frío- le sugiero.
-    ¿Irme? No m´hijo. Yo soy de aquí, esta es mi tierra y aquí quiero estar. Lástima que no nos ayude alguien. Pero bueno, yo me quedo aquí cuidando mi casa y esperando la muerte. Y ya.


Así es todo en este sitio.


De vuelta en la carretera a orilla de Huachacalla espero que pase un autobús procedente de Chile que quiera recogerme a mí, a un niño y a una familia que también quieren viajar hacia Oruro. En mi mente el impacto de una realidad siniestra, en la cara la sonrisa del que vio el optimismo de los que no tienen nada. En la conciencia, un peso ya difícil de soltar.  Después de tres horas de espera, uno de los autobuses viene con hueco, a eso deben esperar siempre los que viven aquí si se quieren movilizar. El niño diminuto que esperaba en la parada va sentado a mi lado.  No revelaré su nombre porque él ni siquiera sabe que hablaba con un periodista. Pasados 40 minutos de camino, el revisor se pasea por los asientos y le pregunta al menor que con quien viaja. “Con él”, dice muy seguro mientras me señala. Una mirada directa a mis pupilas desde sus pequeños ojos me hace perder la capacidad de análisis de la situación.

IMG_4355-    ¿Va contigo?, porque si no tengo que bajarle, es menor-. Me dice el revisor.
-    Sí - respondo casi involuntariamente.
Pasado el peligro, quiero saber:
-    ¿Cuántos años tienes?
-    Casi diez- contesta con la gallardía de una década más.
-    ¿Y por qué has dicho que vas conmigo?
-    Porque si no me echan, gracias señor.
-    ¿Y qué haces aquí? ¿Dónde está tu mamá?
-    Mi mamá cuidando de mis hermanos pequeños en Oruro. Entre ella y yo les cuidamos. Mi mamá vende chicles y dulces, pero casi no le compra nadie. Yo vengo hasta aquí a veces porque como hasta estos pueblos nadie trae nada, las tiendas me compran las cajas de chicles.
-    Pero esto está a seis horas de Oruro, ¿no crees que es muy lejos para ti?
-    No señor, yo puedo hacerlo.
-    ¿Y al colegio? ¿no vas?
-    Sí, claro. Y me va muy bien en el colegio, se lo juro. Me gusta estudiar. De mayor quiero ser maestro. Pero no siempre se puede ir al colegio. Tengo que ayudar a mi mamá a vender. Si no, no hay plata para que mis hermanos pequeños coman. No sé en su país, pero así son las cosas aquí. ¿Quiere usted un chicle? Yo se lo regalo, señor.                

02 jul 2013

Sobrevivir a la carretera de la muerte

Por: Jaled Abdelrahim

Ciclistas en el camino de Yungas (Bolivia), la llamada carretera de la muerte. / Foto: Phil Clarke-Hill
Tampoco es que quisiera tirarme a lloriquear al suelo con eso de ‘mamá, por favor ven y sácame de ésta’, pero bueno, reconozco que quizás sí que estaba algo inquieto.  Las bicis alineadas en el extremo alto del Camino de los Yungas (Bolivia), popularmente conocido como la Carretera de la Muerte. A primera vista, lo que queda claro es que el escaso saliente de firme horizontal que hay entre la pared de la montaña y el abismo no es firme. Christian Senzano, el instructor que viene a ofrecer indicaciones previas para el grupo de nueve rezadores que vamos a realizar el descenso rodado, habla:

“Todo bajada. La bici agarra velocidad. Advierto: el camino entero es de tierra y piedras, es estrecho, hay curvas de casi 180 grados y la pendiente es muy grande. Estamos a 4.700 metros de altitud y vais a bajar  hasta los 1.100 en el trascurso de 56 kilómetros. No hay guardarraíles. La caída en muchos puntos es de unos 800 metros. Hasta 2006, en esta carretera morían alrededor de 100 o 150 personas al año. Desde que existe otra vía alternativa, ya pocos la usan y los fallecidos son apenas 30 o 40. Casi ninguno ciclista, tranquilos. Que vaya saliendo el primero. Suerte y nos vemos luego. Espero”.  ¿¿¿Mamá???

Un grupo de ciclistas al borde de un precipicio en el camino de Yungas (Bolivia).Tener el título de la carretera más peligrosa del mundo, adjudicado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 1995, es un diploma tan trágico para los lugareños como atractivo para los visitantes de esta vía con nombre y currículo de sepulturera. Ochenta intransitables kilómetros que unen la ciudad de La Paz con la región de los Yungas. Desde que se construyó en 1930, con mano de obra esclava de prisioneros paraguayos capturados durante la Guerra del Chaco, son miles las víctimas de accidentes de tráfico que han perecido despeñados por sus taludes, márgenes de un camino que sólo en ciertos puntos tiene la anchura suficiente para que dos vehículos se crucen. Hoy, el mayor rendimiento de su existencia lo sacan las empresas que organizan descensos en bicicleta por ella. El dueño de Altitude Biking, una de ellas, me invita a vivir la experiencia. Supondré que es un buen regalo.

Dos de los nueve integrantes, visto el panorama, se arrepienten antes de subirse al velocípedo y se quedan en el coche escoba. Quedamos siete y confío en que esos sigamos quedando luego. “Esta es la única carretera de Bolivia en la que se conduce por la izquierda. Es para que los conductores que suben puedan ver mejor el borde del camino. El que baja es el que cede. Si os adelantáis, el que venga por atrás que avise por qué lado va a sobrepasar. Un malentendido o un choque entre dos podría ser fatal”, añade Senzano. Primera pedalada. Segunda. Empiezo a bajar. ¿Frenará bien esto? ¡Ay por dios!

Cruces en recuerdo de los fallecidos en accidentes al borde del camino de Yunga (Bolivia), considerada la carretera más peligrosa del mundo. La vía es un estrecho saliente tallado en plena montaña vertical andina. El paisaje -para quien se atreva a levantar en algún momento la mirada del suelo- corresponde con la misma altura paisajística. Las inmensas paredes rectas que hay por encima y debajo de la carretera de los Yungas son murales de jungla verde en rebeldía perpendicular a la ley gravitatoria. El horizonte es un cuadro de lomas de más de 4.000 metros que se sobreponen entre ellas. La naturaleza se cierra, el agua se escucha, el bajo fondo solo se intuye y las nubes se divisan mirando en dirección a los zapatos. Hoy hay niebla. Es típico aquí. Suerte que al menos no está esa lluvia que tantas veces, según los conocedores del enclave, ha rubricado trágicos desprendimientos de tierra con finales infelices.

Empiezo a tomar velocidad. Parece que las ruedas se comen bien los pedruscos sobre los que ruedo. ¿Iré demasiado rápido? Lo que hoy es un deporte de riesgo, pagado a precios que oscilan entre los 45 y los 80 euros, fue durante décadas la única vía que unía la selva amazónica boliviana y la región minera de los Yungas con la capital del país. Un camino obligatorio para grandes y pequeños vehículos de trabajadores cuyos ocupantes, por razones mucho más importantes que la lúdica quema de adrenalina, se jugaban a diario la vida. Veo una cruz al borde del camino. Otra. Otra. Otra más...  Durante todo el trayecto, a ambos márgenes aparecen cruceros que recuerdan la trágica historia de la vía. Cada uno sugiere la imagen mental de un grito que algún día se diluyó justo en ese punto del macabro sendero. Accidentes como el que despeñó la vida de los 100 pasajeros que viajaban en un autobús en 1983 son historias comunes para los conocedores del lugar. Según el BID, hasta que se construyó el camino alternativo hacia La Paz hace siete años había un promedio de 209 accidentes y 96 personas muertas anualmente. Una cifra que se redujo más de la mitad desde entonces.

Un grupo de ciclistas durante el descenso del camino de Yungas (Bolivia), la carretera de la muerte. “Yo pasé años conduciendo un autobús por aquí”, cuenta Manuel, un conductor de 60 años que ahora maneja con pericia la furgoneta escoba que sigue al equipo de ciclistas. En su vida paralela a la ruta de la muerte dice haber visto una gran cantidad de catástrofes. “Demasiadas”, cuantifica. Los camiones, los buses, los coches... “Por más costumbre que tenga, es impresionante cuando ves a alguien caer al vacío. Se salvan como diez de cada cien que caen. El resto, todos mueren”.


Senzano aprovecha uno de los descansos para contarme desde la experiencia en primera persona el trabajo casi imposible que es rescatar los cuerpos de los accidentados. Acto seguido trata de desempalidecerme: “Pero las muertes casi nunca son de ciclistas. Desde 1995, cuando comenzó la actividad, sólo ha habido 29 ciclistas que fallecieron despeñados”. Al parecer la última fue una ciudadana japonesa (2011) que soltaba una mano para grabar con su cámara el paisaje mientras iba pedaleando.

Consecuencia inmediata: ahora me duelen las falanges a causa de la presión desmedida con la que voy apretando la empuñadura de mi bici. Me da por pensar que de qué me iba a servir el casco, las rodilleras, las coderas y el traje especial que me han puesto en caso de salirme del sendero. Pero en fin, no seré yo quien prescinda voluntariamente de ellos. De hecho, estoy por preguntar si no tienen paracaídas para completar el equipo. Por el qué dirán me abstengo de emitir el comentario. Vehículos circulando por esta estrecha carretera que une La Paz con la región boliviana de las Yungas.

Los lugares que se cruzan son verdaderos edenes colgantes. Sus nombres, sin embargo, no son tan tranquilizadores. “Descansaremos en el Mirador del Diablo, pasaremos la Curva de la Muerte, volveremos a parar en el Puente del Diablo. Habrá que pasar por debajo de la Cascada de San Juan, por el Cerro Rojo…”, explicaba antes de la salida Julio Añez, el otro instructor. Digo yo que uno circularía con algo más de confianza si no hubiera tanto ser satánico poniendo nomenclatura a los espacios. 

Momento de apurar, hora de reducir, ten cuidado el de delante que “¡voy por tu derecha!” Después de dos horas y pico de camino, parece que ya he entendido el truco y los tiempos de apretar freno. Tengo la responsabilidad personal de quedar bien -pura inercia futbolística- por ser el más viejo y el único no brasileño de los siete que estamos descendiendo. Dos de esos jovencitos paulistas me adelantan. ¿Qué se habrán creído? Ahora voy y acelero. Sube la adrenalina, se empiezan a obviar los consejos y comienza una pequeña carrera. Ya nos había advertido de este síntoma el encargado. Pero hasta ahora todo va bien. Sigo. Ahí están. Ríete tú del maracanazo cuando pase a esos dos atléticos pimpollos. Les pillo, les pillo, les pillo… ¡Plas!, mi rueda trasera explota, mi bici derrapa y me detengo para ver lo cerca que me he quedado de un abismo por el que duele hasta asomarse. La furgoneta se acerca para darme otra bici. Yo trago saliva. Bajo el ritmo. El resultado ha sido los dos primeros de Brasil y el español el tercero.

Sin dramas, al final todos tan amigos. Lo importante es que hemos derrotado, para que arda de rabia, a la carretera más asesina del planeta. 

12 jun 2013

Una cárcel como no hay otra

Por: Jaled Abdelrahim

“Bienvenido a la cárcel de San Pedro”    Foto: Pablo Ferri  

Nelisa, que prefiere no dar su nombre verdadero, prepara la comida para su hija bebé, su marido y su hermano en un pequeño fogón que tiene a lado de la cama. “Hoy arroz y pollo”, revela el menú. No la servirá hasta que no regrese su esposo, que ha salido a comprar algo en una de las muchas tiendecitas del lugar. La niña estará tranquila en su regazo mientras miran en la pantalla el DVD que ha puesto para ella. El padre no puede haber ido muy lejos.

Quizás se haya retrasado jugando una partida de billar, o buscando al rentista para pagarle los 250 bolivianos (30 euros) que abonan al mes por el reducido cuartito donde habitan o haciendo unas fotocopias en la reprografía. “Cualquier cosa”, se resigna la mujer, despreocupada. “De noche la cosa cambia”, pero ahora, a plena luz, no teme que se haya metido en ningún lío porque las calles del lugar en el que viven están a estas horas llenas de niños jugando, gente charlando y guardias de seguridad uniformados. Aunque estos guardias no es que sean guardias propiamente dichos, porque ni son agentes ni se sacaron nunca ningún título. Los eligieron por su buena capacidad los delegados de los siete módulos en los que se divide su barrio, que tampoco son funcionarios. Como su marido y su hermano, todos ellos son presos. Esta singular ciudadela está literalmente enclaustrada en pleno centro de La Paz (Bolivia). “Bienvenido a la cárcel de San Pedro”, me recibía poco antes en la entrada un interno.

Después de solicitar los permisos pertinentes, la dirección del centro me había autorizado a entrar a conocer esta prisión de varones, dicen que única en el mundo. En el portón que da a la calle unos policías (oficiales) me piden que deje mis objetos personales, me cachean levemente y me abren la verja de acceso, la que ellos jamás cruzan. Hoy no será una excepción. Dentro, tendré que hacer mis contactos y moverme bajo mi propia responsabilidad. “Avísanos aquí cuando quieras salir”, me indica un policía antes de cerrar de nuevo la verja.

El enclave, de estructuras sucias y desvencijadas,  no es un sitio en el que ninguna persona elegiría vivir por voluntad propia. Como cualquier penal del mundo, se trata de una estancia en la que se permanece obligado por haber cometido algún delito o a la espera de tener un juicio. Pero éste parece distinto a cualquier otro. No solo por el hecho de que no entren agentes dentro del perímetro de sus muros, algo que ocurre en multitud de cárceles de países del tercer mundo, sino porque en éste esa circunstancia no viene derivada de una situación interna de extrema violencia. Aquí los funcionarios, hace ya 30 años, observaron que sin ellos vigilando en el interior de la prisión “se había consolidado una sociedad organizada” que cuenta con responsables, administradores, seguridad, legislación propia, escuelas, áreas de ocio, comercios internos y hasta nuevas construcciones. Todo un engranaje social que rueda sin necesidad de intervención externa. El último paso fue permitir que las mujeres e hijos de los reos se trasladasen al interior de los muros para vivir con ellos. San Pedro es hoy un auténtico pueblo autogestionado, aunque carente de salidas.

Iver Mike Vargas, el Seta, preventivo desde hace un año, luce una gorra vieja, se explica con ilusión infantil y tiene la cara de un joven que la vida, al parecer la mala, se encargó de arrugarle. Él ha sido el primero en abordarme y tiene todo el tiempo del mundo para hacer de guía.

-    Yo lo conozco todo aquí, te acompañaré- tiende su oferta.
-    “¿Qué mejor que un lugareño como carta de recomendación durante el paseo?”- me digo.

Vargas va mostrando cada uno de los sectores en los que se divide este lugar. Se esmera en explicar cada detalle.

-    En este bar hacen buena comida, aunque es un poco caro. En esa reprografía trabaja uno de los dos españoles que hay aquí, no lleva mucho. Ése que sale de la peluquería es muy amigo mío…-, va contando cortándose de señalar a nadie con el dedo.

Describe con normalidad. A él no le resulta extraño que a nuestro alrededor exista el movimiento propio de una ciudad en hora punta: mujeres cargadas de bolsas de compra, jóvenes jugando al fútbol, señores en terrazas, tenderos en mostradores, pacientes que esperan la cola del odontólogo, obreros trabajando en nuevas construcciones, artesanos creando, vendedores de droga por menudeo, repartidores de comidas de los propios fast food internos y niños con juguetes se cruzan por medio. El límite del albedrío solo acaba donde empiezan los altos muros que circundan el perímetro.

En la mayoría de localidades de Bolivia no existe un nivel semejante de acción y servicios. Aunque esta circunstancia tampoco es tan cómoda para una comunidad de 2.300 personas que habita en un recinto con capacidad para 350.


A excepción de los niños y las mujeres, no se libran de la condición de reos ni los uniformados agentes de seguridad, ni los comerciantes, ni los tenderos, ni los repartidores, ni los ayudantes del dentista, ni los de la abogada, ni los del médico (los tres últimos profesionales son el único personal externo que trabaja dentro).

Presos jugando al billar en la cárcel de San Pedro, en La Paz (Bolivia).

    Foto: Pablo Ferri

También los delegados de cada módulo son reclusos. Se votan como si se tratasen de alcaldes y se encargan de establecer el orden, recaudar impuestos, dar los permisos de nuevas obras, administrar los alquileres que cada uno de los presos tiene que pagar para vivir en San Pedro e incluso dirimir en comisión de delegados los juicios por problemas intrínsecos.

Carlos Ibáñez es uno de esos siete delegados. Con gesto rudo, se ha acercado a preguntar quién es el visitante y me pide que enseñe el papel que me da permiso para haber entrado. Como un auténtico político, responde cada pregunta nombrando el articulado legal que la respalda. 

-    ¿Y ustedes tienen incluso sus propios juicios?, ¿cómo se resuelven?- pregunto.
-    Si alguien tiene mal comportamiento se reúne la comisión, se hace un informe y se le impone un castigo- responde. -Los más graves son para los que agreden con armas blancas a un compañero-.
-    ¿Cuáles son los castigos más duros?
-    La muralla, el castillo, la grulla…- explica sin acceder a mostrar cómo son esos lugares de aislamiento.
-    ¿Y es obligatorio someterse a la ejecución de esta sentencia interna?
-    Por supuesto, es la ley, la ley de aquí dentro, y está para cumplirse- , contesta este representante de estricta disciplina que lleva encerrado tres años en el penal por los supuestos delitos que cometió fuera.

No se siente tan cómodo cuando se le pregunta por los pagos que tienen que hacer los internos por disponer de un cuarto o una cama en San Pedro. “Todos tienen que trabajar y colaborar económicamente, somos una comunidad”, se limita a responder. A sus espaldas, unos hombres fuman droga bajo el marco de una puerta sobre la que ellos mismos han escrito “Los Sin Sección”.

En esta microurbe también hay mendigos. Son aquellos que no pueden costearse el alquiler o los impuestos, o los que fueron expulsados de su sector por mal comportamiento. Ese grupo de personas son el bajo escalafón social aquí. Algunos de ellos duermen en los patios comunes, las cocinas o en alguna pequeña sala ocupada como esa.

“Claro que hay mendigos, como en cualquier ciudad”, dice Vargas. En conjunto, todo conforma una aldea. Cada sector es una avenida repleta de cantinas, prestaciones y comercios que han levantado los propios reos. Una coca cola en Los Pinos, un pollo brouster en los Álamos, un partidillo de fútbol sala en Prefecturía… En el Palmar, en Cancha, en San Martín, en Guanay… todas las secciones disponen de los servicios que pudiera tener un pueblo. En Cancha, un local luce un frondoso cartel que dice: Sauna. En la sección de al lado se encuentra la guardería, cuyas paredes pintaron en colores vivos. El Seta va explicando la historia de cada negocio y de vez en cuando habla de quién es cada uno de los tipos que se cruzan por el camino. Muchos quieren charlar un rato con el nuevo visitante.

-    Qué, caíste por drogas, ¿no?, como casi todo el mundo aquí-, pregunta un interno.
-    No, soy periodista,-  respondo.

Entonces llegan las confesiones para el foráneo. Los extranjeros se quejan de que los bolivianos no les dan buen trato; los trabajadores, de que ganan poco; presos que imparten clase en la guardería para los 170 niños que viven en la prisión dicen que les faltan medios; los reos enfermeros piden más espacio y más higiene para poder dar una buena atención, los más pobres de su falta de dinero… En esta cárcel los problemas sociales parecen estar muy por encima del problema de estar presos.

En Guanay, de una sala oscura, sale un hombre pidiendo tabaco. Dentro del barracón de donde se asoma hay otros 40 hombres que dormitan en altas literas por las que pagan cinco bolivianos la noche (50 céntimos de euro). Ellos son el escalón jerárquico inmediatamente superior a los mendigos de San Pedro. Para estos, la vida en esta prisión no es tan cómoda como podrían creer los que habitan en otros centros del país. “Aquí hay gente rica que vive en habitaciones con televisión por cable, escritorio y bañera por las que pagan un alquiler mensual de 1.000 o 1.500 dólares”, aseguran.  Como en la sociedad de fuera, existe en esta urbe un problema de clases marcado por la cantidad de dinero.

-    ¿Podríamos ver una de las mejores celdas del penal, las que valen 1.000 dólares? - le pregunto a otro delegado que ha venido a preguntar por mi presencia.
-    Aquí no hay eso-, responde con cara de pocos amigos. Él es encargado de recolectar el dinero de las rentas. Los demás reos presentes miran en ese momento al suelo.

Lo cierto, según los presos comunes y la propia dirección externa, es que algunos presos incluso compran sus espacios. Todo en estricto comercio interno. La razón para hacerlo es, a veces, la consciencia del tiempo que van a pasar entre rejas. Otras veces, simplemente una inversión a recaudar el día que un juez les cante libertad y puedan transferir su cuartito -ninguno con puertas enrejadas- al siguiente interesado que venga.

Uno de los niño que viven en la carcel boliviana de San Pedro, en La Paz, junto a un recluso. El Estado se limita a poner una ración de comida al día y material para algunos talleres. A la directora del centro de San Pedro, Rita Oporto, que muy pocas veces ha visto el interior del penal, se la ve más encantada con la vida organizada que han logrado sus internos que con los medios que provee la administración central para ellos. En la entrevista que respondía un día antes de la visita parecía más una representante sindical de la comunidad reclusa que la jefa de los carceleros.

Dice que con básicos logra cubrir las necesidades diarias de toda la comunidad interna “para que nadie se malmuera de hambre”, pero que, por otro lado, entiende que la situación que se vive ahí dentro no deja de ser “inhumana”. “No tan solo por la carencia de libertad”, lanza, “sino porque la vejez del edificio (construido hace más de 100 años), sus desperfectos, y sobre todo la lentitud de la justicia en sacar de ahí a hombres que cumplen tan solo prisión preventiva, agrava todas las circunstancias”. “Menos mal que a pesar de esas condiciones los propios internos han sacado lo que hay hoy. Sé que no todos viven en las mismas condiciones, pero han conseguido crear una sociedad consolidada ahí dentro, como la de fuera”.


A pesar de que el 80% de esta población reclusa está en régimen preventivo, gran parte de estos 2.300 individuos han permanecido allí más de tres años, el límite legal para que se celebre su juicio. Algunos hasta más de cinco. “A la vez, las escasas ayudas económicas que se reciben del ministerio no son suficientes para mejorar la vida de estas personas, cuyo número se dispara, así que de algún modo la han tenido que mejorar ellos mismos”, denuncia Oporto. “Y al menos lo van logrando”, se consuela acto seguido. “Se empezó a permitir que trajesen a sus familias porque se vio que funcionaba, porque existe una disposición legal que legaliza esto, y porque muchas de sus mujeres y niños fuera se quedan sin nada, en la calle, y ellas mismas prefieren acompañar a sus maridos adentro”.

Aunque esta funcionaria habla en tono serio, se le escapa una leve sonrisa de orgullo de la boca: “La verdad es que, en comparación con el resto de prisiones del continente y quizás del mundo,  estas personas han creado un ejemplo. Lo único que les puedo pedir aún es que hagan transparentes las cuentas y los pagos que hacen ahí dentro. No quieren, pero habrá que volver a tratar el tema”. “La solución a la situación de los que no viven bien en San Pedro por culpa de la sobrepoblación no es levantar nuevas cárceles, sino agilizar la justicia de una vez por todas”, aprovecha a reivindicar. “Mi comunidad”, dice en posesivo, “pide lo mismo al gobierno que la propia administración del centro. Mientras, ellos siguen trabajando y organizándose internamente y rara vez nos dan trabajo a nosotros. Están muy bien coordinados y por sí solos sacan adelante el penal sin que ningún funcionario pise jamás su espacio”.

Nelisa remueve la cacerola donde se cocina el pollo. Dice que mañana saldrá un rato a la calle para resolver unos asuntos. A ella no le pueden negar la salida porque está allí por propia voluntad. Antes de las 18:00, la hora de cierre, tendrá que estar otra vez intramuros si quiere pasar ahí la noche.  Ella espera con ansias que a su marido y a su hermano les den pronto la libertad para que de una vez ellos también puedan acompañarla afuera. Pero por lo pronto tendrá que ser ella quien viva en ese cuarto desordenado y diminuto cuya puerta da a un penoso pasillo sucio y estrecho. “Al menos en San Pedro eso se puede hacer”, se alivia mientras acaricia la cabeza de esa hija que tiene viviendo dentro de una cárcel. La ley estipula que deberá sacarla cuando cumpla siete años, aunque un vistazo a las plazas del penal delata que hay muchos niños que superan con creces ese límite. Puede que antes de tener que infringir esa norma a su marido ya le hayan juzgado y sea libre.

-    ¿Y si no?, le pregunto.
-    Si le condenan, ¿qué mejor que poder criarle aquí, en este sector? Es tranquilo, junto a su padre, mi hermano y yo misma, responde.
-    Pero por estar aquí también te estás perdiendo tú una vida en libertad.
-    Sí, es cierto, pero yo no quiero vivir lejos de mi familia. Suena raro, pero para mí la libertad es estar cerca de ellos. Tú ya has visto cómo es esta cárcel, no es cómoda ni el mejor lugar para que se crie un niño, pero es casi una ciudad. Yo, mientras ellos no salgan, me quedo a cuidarles aquí, que ahora es mi casa y al fin y al cabo no es una prisión como las demás del mundo. Ya que vivimos en una cárcel, que sea en la cárcel de San Pedro.

21 may 2013

Días felices en el Titicaca

Por: Jaled Abdelrahim

Pescadores en el lago Titicaca (Bolivia). / Frans Lemmens
Me habían contado que Bolivia era el país más pobre de Sudamérica. Menos mal que estuve allí para descubrir la verdad. Entro desde Perú por el oeste y voy derecho a un lugar llamado Copacabana. A pesar de compartir nombre, nada tiene que ver éste con la emblemática playa brasileña de edificios blancos, precios astrales y anchas avenidas atiborradas de turistas que llena las arcas de Río de Janeiro al compás de samba, caipiriñas y ‘opa, opa, opa’. Esta pequeña población andina a orillas del lago Titicaca, localidad de la provincia de Manco Kapac en el departamento de La Paz, apenas tiene 3.000 habitantes en su zona urbana, estila ponchos en vez de bikinis y se acerca al Sol 3.850 metros más.

-    Un plato de pescado con patatas, ensalada  y refresco, por favor- pido recién llegado.
-    15 bolivianos [1,50 euros aproximadamente]- me responden.
-    ¡Anda, mi madre! Oiga, vi algún albergue por aquí, ¿Pero sabría decirme un hotel más cómodo para pasar esta noche?, aprovecho las circunstancias.
-    Allí enfrente. Es limpio, seguro, con agua caliente e internet. Vale 20 bolivianos [dos euros] por persona.
-    Quédese la vuelta, por favor, de propina- me crezco. 

Será por periodista, será por manirroto o será por ser un joven español, pero no estaba yo acostumbrado a ser rico. O esa es mi primera impresión como indocto occidental.  Observo sin embargo que esas cantidades sólo las pagan los visitantes. Los autóctonos de esta región no acuden a comer platos por ese precio.

Baile tradicional en Copacabana (Bolivia) / Peter AdamsPor la mañana un barco de otros dos euros el trayecto  surca el Titicaca, el lago navegable más alto del planeta, para ponerme en una hora en la isla del Sol.

14 kilómetros cuadrados de joya flotante que se corona a 4.075 metros sobre el nivel del mar. Uno no sabe si es por eso por lo que jadea al subir las grandes gradas de piedra de la escalinata de Yumani, al extremo sur de la isla, o es la pura impresión de un paisaje donde se funde el verde, la tierra, la roca, lo rústico, lo incaico y el azul intenso del Titicaca dentro de un marco de montañas andinas nevadas que se observan a lo lejos circundando la masa de agua.

Dormir: dos euros y medio. Comer: ni eso.  Desde el cerro de santa Bárbara la puesta de Sol es de esas que obliga a quedarse en silencio. Respira, piensa… vuelve a respirar.

Recorrer los nueve kilómetros de largo de este pedacito de terapia terrenal apenas lleva tres horas en cada sentido. Seis horas de ida y vuelta al éxtasis visual. Desde el extremo austral hasta la Challapampa, en la parte norte, burros, árboles, alpacas, llanuras, cerdos, playas, borregos, casas de piedra, ruinas históricas, las arenas blandas de bahía Japapi y hasta un palacio incaico, el de Pilkokaina, se cruzan en la magia de los senderos que surcan de punta a punta el lugar. Los campesinos y pastores que los caminan hablan aimara entre ellos y todo se potencia al cubo en lo de la sensación de ortodoxia ancestral.

-    Quiero ver el museo- le pido al cuidador del modestísimo recinto que contiene las piezas arqueológicas rescatadas del peñasco.
-    Son10 bolivianos [un euro], responde. Hay que ver lo poco que cuesta en este sitio sacar la cartera a pasear.

Un establecimiento con conexión a Internet en el lago Titicaca (Bolivia).Es en este lado norteño donde unas grandes ruinas de casas precolombinas, gradas de cultivo, pórticos, mesas rituales y la conocida como "Roca Sagrada" o Roca de los orígenes ponen físico a la mitología que narra la historia de Mama Ocllo y Manco Cápac. Ellos fueron  los gobernadores  que, según las crónicas andinas, salieron desde esta isla para fundar Cuzco (Perú), la gran ciudad.

La playa de las Sirenas, el cerro Llakapata, el circuito Pacha Thakhi (que significa camino de la tierra y el tiempo) o las ruinas de Chikana, donde moraban los adoradores del Astro Rey, edulcoran aún más con paisajes de fondo de pantalla el enclave. Jarabe de misticismo mediante, al parecer el islote fue en la época inca un santuario con vírgenes dedicadas a alabar al dios Sol (Inti).

Hacer click en la cámara se vuelve un acto reflejo. Habría que cerrar los ojos para evitar la vista de impresión. Creo recordar que el barquero que me llevó de un punto a otro de la isla para ahorrarme un trozo de caminata se llamaba Julio. En su transporte, que cobra a poco más de un euro por pasajero, lleva a un madrileño, un francés, un inglés, un griego y dos gallegos que, aunque jóvenes, al menos han tenido ahorros suficientes para cruzar el charco desde Europa. Él dice que jamás podrá ahorrar para hacer algo así. “Aquí nadie gana como para comprar un billete de avión”, comenta sin rastro de preocupación en los ojos.  Aunque Julio algo saca gracias a los turistas que lleva en el bote, también tiene que pescar y trabajar la tierra para poder comer de ella. “Como todos los demás”, asegura.

-    ¿Y cuánto puede ganar alguien aquí?
-    Pues depende. Hay quien saca al mes 600 bolivianos [60 euros aproximadamente], quien saca 700 [70 euros], o quien saca hasta más de 2.000 [200 euros] en temporada alta de visitantes... Hay algún mes que yo no hago nada de dinero. Y quien no se dedica al turismo, vive de comer lo que cultiva, lo que pesca o de la carne de su ganado. No gana nada más- me explica.

Una barca cruza el lago Titicaca con los Andes al fondoMientras cuenta esto, a los lados de su barca se ven las colinas verdes que bajan hasta la costa de la isla, la silueta de un islote vecino llamado isla de la Luna y otra diminuta pieza del archipiélago rebosante de grandes árboles llamada isla Chelleca. El agua, pura, se tiñe de azul añil a turquesa por tramos. Unas lanosas alpacas pastan a la orillas del terreno, unas casa de piedra encumbra el camino por el que pasea una mujer vestida de colores vivos; al fondo, soberbia, la nieve de los Andes brilla bajo la intensa luz del sol que ilumina el lugar.

-    Es una pena que nunca te dé suficiente para ahorrar para un billete de avión, creo que te gustaría mi país. Siempre lo mismo: ricos y pobres. Está el mundo mal repartido…- digo desafortunadamente repitiendo el cliché.
-    No m’hijo- me corrige Julio -aquí no somos pobres. 

Hace un recorrido con su índice hacia delante señalándome el paisaje por el que estamos navegando.

-    Mira dónde vivo. ¿Crees que yo no soy rico?

Aprendida una lección más.

29 abr 2013

¿Quién descubrió Machu Picchu?

Por: Jaled Abdelrahim

Una turista contemplando la ciudad inca de Machu Picchu, en Perú. / CORBIS
Dicen que la figura de Hiram Bingham (1875-1956), el explorador estadounidense que pasó a la historia como el gran descubridor del Machu Picchu, fue uno de los modelos que inspiraron el personaje de Indiana Jones. Botas, sombrero, rutas por selvas ignotas… Las fotos, las descripciones y la recuperación que dirigió hace 102 años de la urbe precolombina más escondida y cotizada del hemisferio sur, maravillaron al mundo, dispararon su reputación y convulsionaron el universo de la arqueología. El gobierno estadounidense, el estado peruano, la universidad de Yale (EE.UU) y la National Geographic Society respaldaron el trabajo de este profesor de historia y dieron fe del hallazgo que lograba un 24 del julio de 1911. Pero ese día, algo vio Bingham además de ruinas que prefirió no testimoniar. Apenas una pequeña inscripción a carbón en las piedras de los vestigios. Unas líneas, cuya existencia se mantuvo casi tan oculta como lo había estado la misteriosa ciudad perdida de los incas, y cuyo desprecio afianzaba la gloria de su expedición. “A. Lizárraga, 1902”, decía aquella grafía. Cuando el equipo de Bingham acometió la recuperación de la ciudad, él mismo mandó que se borrase.

Retrato de Agustín Lizárraga.El volkswagen me lleva hasta Cuzco, donde viven algunos descendientes del autor de aquel mensaje extirpado. Se trataba de un labriego peruano llamado Agustín Lizárraga, un hombre nacido en Mollepata (Perú) que arrendaba a principios del siglo XX una parcela de tierra a las faldas del inaccesible cerro donde se encuentra la ciudad perdida. Cuentan sus allegados que él había llegado hasta allí nueve años antes que el estadounidense, sin embargo, nada escribió Bingham sobre ese hecho en el libro en el que se reafirmaba como descubridor del enclave (La ciudad perdida de las incas, 1948). Para el norteamericano fueron los honores, los museos, los reconocimientos y la placa que luce a la entrada de las ruinas. Hoy, los Lizárraga piden que la historia devuelva los honores que se le negaron a su ancestro.  

“Yo de pequeño vivía en el lugar desde el que partió mi abuelo, a orillas del río Urubamba, bajo el Machu Picchu”, relata Lucho Lizárraga Valencia, nieto de aquel campesino. Este profesor de universidad de 61 años no llegó a conocer a su antepasado Agustín ya que éste murió accidentalmente, antes de que él naciera, ahogado en las aguas del río Vilcanota, en 1912, precisamente el mismo año en el que Binghan iniciaba la fase de recuperación de los vestigios. De lo que sí fue testigo el descendiente es de la herencia testimonial que la proeza de su abuelo había dejado entre los vecinos de la zona. “No había televisión entonces y por las noches, como si fueran cuentos, recuerdo escuchar a mis padres y a mi abuela hablar sobre esa historia del descubrimiento”, evoca Lucho. “Contaba mi abuela Clara que él subió hasta allí cuando el camino era inaccesible, y a veces, al contarlo, se enfadaba. Decía que un gringo había llegado a las ruinas gracias a él y que se lo había llevado todo. Pero claro, para nosotros, que éramos niños, eso simplemente eran viejas historias sobre un abuelo que hacía tiempo había muerto”.

Lucho Lizárraga, nieto de Agustín LizárragaSentado junto a Lucho asiente Américo Rivas, un ingeniero familiar indirecto de los Lizárraga nacido en Santa Teresa, una hacienda vecina de la misma zona. Rivas, contemporáneo de Lucho, había escuchado la idéntica historia una y mil veces desde crío y siempre se preguntó si alguien resolvería aquella “injusticia” histórica. Harto de esperar el reconocimiento, él mismo decidió investigar todo lo relacionado con aquel asunto y publicar el primer libro donde se recopilan todos los datos de esta otra versión del hallazgo (Agustín Lizárraga. El verdadero descubridor de Machupicchu -2011-).

Rivas conoce cada detalle de aquella aventura: “El 14 de julio de 1902, Agustín Lizárraga buscaba nuevas tierras de cultivo entre la maleza selvática acompañado de otros tres hombres del lugar: Enrique Palma Ruiz, administrador de una de las haciendas del territorio; Gabino Sánchez, el mayoral de la misma, y Toribio Recharte, su peón” comienza a narrar.

“Cuando dieron con las ruinas, Lizárraga intuyó que ante sus ojos tenía una joya del pasado y por eso pintó su nombre y la fecha de su primera visita en las piedras de lo que hoy es conocido como el Templo de Las Tres Ventanas” prosigue. Según los testimonios directos que recopiló Rivas, Lizárraga regresó varias veces hasta aquel lugar, y aunque carecía de padrinos que promulgasen su descubrimiento, trasladó la noticia de boca en boca entre familiares y amigos que la propagaron desde Lima hasta París sin demasiada trascendencia. “La historia no cuenta que fue Agustín Lizárraga quien organizó la primera expedición turística  al Machu Picchu cuando llevó allí a algunos de sus familiares y vecinos, los Ochoa, en 1904. Tampoco que fue él quien puso a trabajar en los campos de cultivo de las ruinas a las dos familias que encontró Bingham en el Machu Picchu el día que llegó allí”. 

Paradojas del destino, la corroboración de la desheredada historia de los Lizárraga, aún hoy desconocida por la gran mayoría del público incluso en Perú, la resucitó otro Bingham, Alfred, hijo del arqueólogo estadounidense. En su libro Retrato de un Explorador (1989), el descendiente del norteamericano revelaba una frase crucial que su padre había anotado en sus diarios de viaje pero que olvidó testimoniar en su libro: “Agustín Lizárraga es el descubridor del Machu Picchu, él vive en el puente de San Miguel”, había anotado su progenitor en los papeles.

Arriba, fotografía de 1911 que muestra el lugar donde se encontró la inscripción de Lizárraga (ventana izquierda). Abajo, el mismo lugar en 1925, con la firma ya borrada. “No hay más que decir a eso”, sostiene Rivas. Para redondear todas las pruebas con las que contaba sólo le hacía falta a este investigador una prueba visual que demostrase su versión. Y apareció. En 2011, con motivo del centenario del descubrimiento de Bingham, la universidad de Yale amplió a gran tamaño un centenar de fotos de archivo realizadas por el explorador. “Creí que nunca lo vería, pero ellos mismos estaban dando la demostración. En su mismo centenario”, sonríe Rivas. En una de las imágenes aumentadas aparecía el Sargento Carrasaco, un escolta cusqueño acompañante de Bingham durante su expedición, posando junto al Templo de las Tres ventanas en 1911. Sobre las piedras de la construcción se diferenciaba lo que en imagen pequeña era inapreciable, la parte final de una pintada (hoy inexistente) que daba la puntilla definitiva al asunto. “1902”, se llega a leer nítidamente bajo un nombre borroso. “Creo que el día que vi esa foto fue el más feliz de mi vida”, dice Rivas.

Tras cien años de omisión de esa otra historia y una férrea presión periodística, hoy los expertos, las autoridades cusqueñas y las nacionales reconocen que en las ruinas de Machu Picchu estuvo Agustín Lizárraga antes que Bingham, aunque siguen dando al ahora llamado “descubridor científico” (Bingham) mayor atención. Por eso los Lizárraga, una saga ahora repartida por todo el mundo, aún no dan por terminado el pleito. “Desde 2002 nos reunimos anualmente en una comida a la que llamamos  Lizarragada para reivindicar la proeza del abuelo”, explica Marco Antonio Bolívar Lizárraga, bisnieto del descubridor.

Estos familiares aseguran que su cometido no es eliminar al gringo de la historia. “Es justo que se reconozca la gran labor de Bingham con las ruinas, pero no que le otorguen el descubrimiento”,  esgrime Carlos Lizárraga Álvarez, historiador y también bisnieto del de Mollepata. “Nosotros no pedimos plata, ni propiedades, ni indemnizaciones. Sólo queremos ver la placa de mi abuelo colgada a la entrada de las ruinas. Es lo justo”, apostilla.

Lizárraga vs. el pasado

Detalle de la inscripción de Agustín Lizárraga, que Hiram Bigham encontró en 1911.Existe otro frente para la centenaria demanda de esta familia. Ocurre que en la última década a los Lizárraga también les han salido competidores hacia la otra dirección de la historia. El Dr. Jean-Decoster, director del Museo Machupicchu de la Casa Concha de Cusco, rebate que el descubrimiento sea originalmente del peruano y fundamenta su afirmación en un artículo del investigador norteamericano Paolo Greer. Según las indagaciones de éste, existen mapas elaborados por exploradores, investigadores o empresarios extranjeros del siglo XIX que señalan el cerro Machu Picchu. Así pues, planos como los de  Herman Göring (1874); Charles Wienner (1880); Augusto Berns (1881); o Antonio Raimondi (1890), entre otros, marcan explícitamente el cerro, en especial el de Berns, que nombra la zona como la Huaca del Inca.

Jorge Escobar, decano y docente del departamento de historia de la Universidad de Nacional San Antonio Abad del Cusco, ubica el descubrimiento mucho más atrás. Según sus pesquisas, “el Machu Picchu jamás fue un sitio desconocido”. Para demostrarlo hace referencia a más de una decena de documentos (el más antiguo de 1537) donde se menciona un lugar llamado Picchu al que se refieren como enclave donde cultivar y para el cual se expidieron contratos de explotación y compraventa.

RCarlos Lizárraga Álvarez, historiador y bisnieto de Agustín Lizárraga.ivas ha dedicado tiempo y un extenso capítulo de su libro a desmontar todas esas teorías. “Acerca de lo de los Picchus que aparecen en los documentos del profesor Escobar, con quien he debatido de esto en alguna ocasión”, explica el investigador, “yo le recuerdo que Picchu significa montaña en quechua, y que por eso ha encontrado esas referencias. No quiere decir que alguien hubiera encontrado la ciudad perdida”. Respecto a la argumentación del Dr. Decoster, afirma Rivas que “defiende lo indefendible”. “Lo que señalan los exploradores del siglo XIX es únicamente un lugar llamado Cerro Machu Picchu, el nombre del monte que se ve desde abajo. ¿Qué me hace estar tan seguro de que no vieron las ruinas? Hombre, no sólo que fuese un lugar de acceso imposible para los medios de la época, sino que para que un explorador vea Machu Picchu y no escriba ni una sola letra sobre él, una de dos, o nunca lo ha visto o le dio una parálisis cerebral”, ironiza su argumento. El mismo crédito le da al mapa que elaboró Berns en 1881 descubierto por Greer: “Este empresario señaló la Huaca del Inca porque buscaba inversionistas que patrocinasen su proyecto de recolección de oro y plata, ”esgrime, “materiales que él simplemente creía que estaban allí porque alrededor del Machu Picchu existen otros vestigios incas que probablemente le esperanzaron en su propósito”. “Y si no, que me expliquen por qué en su mapa señala esa Huaca del Inca al otro margen del Río Urubamba, y no en el que está la ciudad”.

Mientras el ingeniero ofrece datos puntuales, Lucho observa la foto de su abuelo sobre la portada del libro de Rivas y limpia una pequeña mancha sobre la imagen. “Hiram lo restauró y lo hizo famoso, por supuesto”, arranca el nieto, “pero mi abuelo estuvo primero, y dejó constancia con una inscripción que el propio Bingham borró. Nosotros tenemos la obligación de que la historia reescriba de una vez por todas su nombre y le dé el reconocimiento que muchos, por intereses diversos, le siguen negando. Seguiremos con nuestra lucha hasta que se haga justicia. Agustín Lizárraga, mi abuelo, es el verdadero gran descubridor”.

03 abr 2013

Un oasis de adrenalina

Por: Jaled Abdelrahim

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Tonto de mí. El día que mi última novia me dijo que me comprase un desierto y me perdiese en él pensé que estaba enfadada conmigo, así que junté mis ahorros y salí de viaje a ver si encontraba algún arenal al alcance de mis posibilidades. A una novia se la obedece por mucho que te esté dejando. El caso es que ahora, bajando desde Lima por la Panamericana Sur, tras surcar un camino que abarca la línea constante del Pacífico al oeste, los andes peruanos al oriente y cuatro horas de llanura frente al parabrisas, descubro un impresionante sáhara americano que se pierde en el horizonte a orillas de un oasis llamado Huacachina. Lo cierto es que no imaginaba que un campo de dunas pudiese desplegar ante mí un muestrario de sensaciones desde la adrenalina salvaje al relax paraíso. Eso, por no hablar de hasta qué punto ignoraba que un sitio tan infecundo fuese capaz de darme un par de clases magistrales en forma de experiencias turísticas. ¡Así que se trataba de esta maravilla...! Sólo me queda preguntar al estado peruano si me cedería a precio amigo este trocito de territorio. Ya sabía yo que aquella chica solo buscaba lo mejor para mí.

Huacachina no es un lugar para contar. Ni siquiera para conocer. Hay que vivirlo. Pero para no enrollarme contando eso de que el Edén probablemente sea algo parecido a esto, hablaré de tres lecciones que me guardé en la maleta después de mi paso por este enclave, situado a escasos cinco kilómetros de la ciudad de Ica.

Lección primera: Los oasis de los cuentos existen. Dunas de arena fina de hasta 250 metros de alto se erigen monótonas a lo largo de kilómetros y kilómetros de territorio. Cresta tras cresta, cada vistazo al fondo es el mismo: toneladas de granos diminutos que se agolpan para formar montañas móviles a merced del viento. El color pálido. Invariable. Cada paso supone una excavación de un palmo de profundidad y el pensamiento de lo horrible que sería perderse en mitad de esta masa es un fijo para cualquiera que mire desde ahí a sus cuatro flancos. Por todos ellos se extiende el infinito.

HuacachinaUno imagina que en caso de suceder tal tragedia se concebirían pocas esperanzas de supervivencia. Pero pongámonos en lo peor. De pasar algo así, probablemente el errante que diese con la laguna de Huacachina creería que ya se acabó todo y que ante él tiene la respuesta a la existencia del paraíso. El paraje es un oasis de novela. De esos que uno idea de crío en la cabeza a pesar de jamás haber estado frente a él. Aguas de color verde esmeralda rompen en dos la arena, un contorno de vida que nace en un perpetuo suelo inerte. Palmeras, eucaliptos, ficus, acacias y unos algarrobos conocidos como huarangos florecen en los escasos metros de verde que circundan la laguna. Las aves migratorias, privilegiadas observadoras aéreas, saben que las ramas de estos vegetales son la única estación donde hacer escala en mitad de esta nada.

Cuenta la leyenda que una doncella incaica llamada Huaccachina, quien había perdido a su amado en la guerra, lloraba mientras se miraba en un espejo justo en ese lugar, donde había visto a su media naranja por última vez. Fue entonces cuando observó a un hombre reflejado en el espejo tras ella. Cuando el varón se acercó, la muchacha salió huyendo dejando caer su cristal. Cosas de leyenda, el espejo acabó convirtiéndose en el oasis, el manto de la chica en las dunas y la propia mujer en una sirena que, a tenor de la fábula, sale las noches de luna nueva de las aguas para seguir con la llorera, que al parecer no se le ha pasado aún. Con sirena o no, lo cierto es que las sustancias sulfurosas y salinas de esta agua le dieron fama de curativa allá por los años 40, cuando se construyó un pequeño malecón, unos vestidores y una línea de bajos edificios clásicos a su alrededor. La alta sociedad que acudía allí entonces hoy se trocó por turistas que se acercan hasta este desierto peruano para ver Huacachina. No todos los días se puede encontrar una ilustración de sueño en versión realidad.

Lección segunda: Si alguien le ofrece dar un paseo por las dunas en un vehículo abananado llamado buggy, recuerde que en Huacachina paseo significa carrera endiablada, y buggy, el causante de un posible infarto al corazón. Una de las mayores atracciones turísticas de este pueblecito es recorrer las altas montañas de arena subido a este carro colectivo de entrañas visibles, contorno enrejado y entre cuatro y ocho cilindros de motor. Desde 40 soles (12 euros) cualquiera de las empresas que oferta el trayecto promete tres horas de aventura desértica, unas cuantas paradas para admirar el paisaje y, si se realiza de tarde, la oportunidad de ver desde el medio de la nada una puesta de sol.

Paseo en 'buggy' en Huacachina
Reconozco que al principio pensé que el diseño del coche tenía relación con el ambiente. Abierto por el calor, ruedas anchas para no atascarse en la arena, forma alargada para meter tres filas de pasajeros y cinturones de seguridad por pura normativa legal. Qué ignorancia la mía. Se empieza a entender todo cuando el chófer de ese denominado buggy alcanza los 80 kilómetros por hora y encara una duna de 200 metros de alto. La subida en oblicuo es fácil, comprendo entonces que lo de la anchura de las ruedas no era para no atascarse sino para poder lograr la máxima velocidad. Alguna razón parecida debe tener el hecho de que al coche le falten las carcasas. El detalle de su forma alargada y su modo de repartir el peso queda claro cuando en la cresta de la duna el vehículo vuela para realizar una bajada a marcha extrema por la otra cara del montículo, una auténtica pared semi-vertical. Es precisa esa estructura para culminar con éxito la maniobra macabra. Lo de la necesidad de los cinturones no hace falta explicarlo ya.

Por cada grito desesperado de los pasajeros, el conductor parece disfrutar más. Él sabe que es prácticamente imposible que el automóvil que conduce vuelque en las pendientes inverosímiles por las que se tira, pero yo no. Cuestas cuya inclinación de bajada es imposible de intuir antes de atravesar los lomos arenosos que se suceden a toda velocidad. Por esa razón los gritos empiezan a escucharse antes de atravesar cada pico. ¿Será la próxima una caída suave o nos dirigimos de nuevo a una bajada libre por un talud? Son muchos los turistas que intentan grabar en vídeo la experiencia, pero la imagen nunca es fiel a la sensación por culpa del monótono tono del recorrido. Lo suyo es disfrutarla en carnes propias. Cuando el conductor hace su primer descanso, el instinto primo es saltar a quitarle las llaves. Después el corazón logra deshacerse de al menos un par de decenas de pulsaciones por segundo y se desata a coro una solo reacción: Todos aplaudimos. ¿Será a la pericia del piloto? ¿O solo nos estamos alegrando de seguir vivos?, me pregunto por dentro. El caso es que uno acaba disfrutando de la sensación.

Practicando 'sandboard' en Huacachina Lección tercera: ¿Quién dijo que para hacer snowboard hacía falta el snow? Una de las paradas del buggy tiene sorpresa. Parados en medio de este coloso arenal, frente a una de esas gigantescas dunas a las que casi da miedo asomarse (después de lo del paseo, más), el conductor saca unas grandes tablas deslizantes con enganches para los pies. Efectivamente. No es necesaria la nieve cuando las pendientes son de suave y escurridiza arena. Hora de practicar un poco de sandboard.

El primer intento es el más imponente. Demasiada inclinación. Después de eso uno le encuentra el gusto y el gancho al deporte. Para tumbados, para atrevidos, para principiantes, para veteranos o para simples curiosos de esta modalidad del equilibrio, el resultado es el mismo: acabar disfrutando como un enano es cuestión de atreverse con la primera duna, o como mucho dos.

Al final me quedo a dormir en uno de los albergues que rodean Huacachina. No he podido resistir la tentación. Arena a mis cuatro flancos, un cielo de luces, tres lecciones aprendidas y un oasis que de día es verde esmeralda justo delante de mi habitación. Definitiva y comprobadamente, lo de mi chica no había sido un enfado, así que me atrevo a copiarle la petitoria: Querido lector, piérdase usted en el desierto.

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Recorrer Sudamérica en coche es una buena idea para no perder el hilo de su realidad agitada. Un blog de contacto con la gente, de emociones, asfalto, paraísos y estaciones de servicio.

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Jaled Abdelrahim

A Jaled Abdelrahim no le convenció ni su trabajo como reponedor de supermercado, ni su carrera de derecho, ni su labor como periodista sedentario. Lo que quería era conocer el mundo de primera mano. Después de viajar por Europa, Oriente Medio y el norte de África, su última iluminación no ha sido otra que recorrer el sur de América de punta a punta a bordo de un Volkswagen desvencijado. Colabora con El Viajero, la revista Yorokobu y varios medios de viajes.

Cuenta de Twitter: @JaledAA

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