El Viajero: Guía de Viajes de EL PAÍS

Sobre el blog

Recorrer Sudamérica en coche es una buena idea para no perder el hilo de su realidad agitada. Un blog de contacto con la gente, de emociones, asfalto, paraísos y estaciones de servicio.

Sobre el autor

Jaled Abdelrahim

A Jaled Abdelrahim no le convenció ni su trabajo como reponedor de supermercado, ni su carrera de derecho, ni su labor como periodista sedentario. Lo que quería era conocer el mundo de primera mano. Después de viajar por Europa, Oriente Medio y el norte de África, su última iluminación no ha sido otra que recorrer el sur de América de punta a punta a bordo de un Volkswagen desvencijado. Colabora con El Viajero, la revista Yorokobu y varios medios de viajes.

Cuenta de Twitter: @JaledAA

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16 nov 2012

iPads y el Señor de la lluvia

Por: Jaled Abdelrahim

Plaza de Bolívar, en BogotáFoto: A. Pasajes

Cruzar la carrera Séptima de Bogotá por donde no hay semáforo es un arte (o deporte de riesgo) que los rolos dominan con pasmosa seguridad. Los de fuera no: “¡Ahora!”, asumes nervioso cuando sopesas que no puedes pasar más rato inmovilizado como un bobo al borde de esta vía de ocho carriles (la más insigne de la capital colombiana). Y das un bochornoso paso de bailarina hacia delante con cara de quien se lanza a la cuerda floja.

Desde la avenida Primero de Mayo -cercana al centro histórico- hasta el municipio de Chía, los 16 kilómetros de esta gran avenida se perfilan como una colosal arteria con un flujo diario de miles de vehículos que atraviesan de norte a sur -o de sur a norte- el corazón de la ciudad. Un vaso principal para la movilidad  de una metrópoli con nueve millones de habitantes (la cuarta más poblada de Sudamérica), y a su vez, un órgano vital en cuyas aceras se sostiene el eje comercial, financiero y gubernamental del país.

Bogotá huele a urbano. De pronto, la Colombia de cerros, cultivos y humildes poblaciones rústicas que se cruzó por el camino de llegada se ha convertido en un inmenso oasis entre montañas de desarrollo, urbanidad y vanguardia. Torres de oficinas,  edificios históricos, autobuses colmados, plazas vivas, cláxones de coches, carteles de espectáculos, bares con aforo, vendedores ambulantes, marcas extranjeras, rebuscadores de basura, mercaderes de esmeraldas, ejecutivos con prisa, mendigos sentados, jóvenes en grupo, familias que pasean, tacones que se oyen, policías que pitan y artistas de semáforo. A pesar de un índice de pobreza superior al 12% de la población y una tasa de 16 homicidios por cada 100.000 habitantes (ambos censos anualmente menguantes), atrás quedó el complejo de tercer mundo para este enclave iberoamericano.

Pido la carta a la camarera de un restaurante de desayunos y me ofrece un iPad.

-    Aquí está señor, y extiende el digital menú (uno por comensal).

Es entonces cuando uno ya entiende del todo que esta ciudad tiene poco o nada que envidiar a las grandes capitales de Europa y del norte del continente. La urbe supura progreso.


Centro-de-bogotaPor el barrio de la Candelaria, en el centro histórico, se entremezclan los monumentos más insignes con bares y espacios alternativos que materializan la revolucionaria tendencia de la localidad. Caminar la avenida Chile es toda una inmersión en el epicentro financiero bogotano. Para dar fe del dulce momento económico –no de todos-, solo hay que echar un vistazo a los precios de los innumerables restaurantes del suntuoso parque de la 93. Un paseo por la Universidad Nacional es un convite a conocer a su juventud reivindicativa y artística. Y una noche de rumba por la llamada Zona Rosa acaba de afianzar que nos encontramos ante una sociedad brotada del siglo XXI dorado. Aquí hay modernos.

De ahí que uno se cruce con excentricidades urbanitas -de esas que no se entienden en el resto del país- como observar a 200 personas acudir entusiasmadas a la última exposición de Fernando Arias, un artista comprometido, cuya obra consiste en una cinta de museo en el perímetro interno de una gran sala que separa al público de la absoluta nada. Lo urbanita es que todos salgan encantados. O con ironías vanguardistas como entrar a un distinguido bar llamado El Barrio en cuyas afamadas Noches Tristes todo el mundo bebe alegre. O con discotecas de esas tan chic, que se publicitan por selectivos mensajes de móvil para gente determinada.  

-    Te invito a merendar algo aquí, en el 100 Montaditos,  se estira un amigo periodista colombiano.
-    ¿Un 100 Montaditos? Pero bueno, ¿Me quieres explicar que le queda a tu Bogotá de tradicional, de indio?, le aprieto en broma.
-    (Se ríe). Algo queda, hermano. Mira, por ejemplo, mientras los chinos se gastan millones en controlar la lluvia con diatomita y yoduro de plata, como hicieron en las olimpiadas de Pekín, nosotros organizamos la clausura del Mundial Sub-20 de fútbol, o la posesión del presidente, o el festival Iberoamericano de Teatro, y para que no llueva contratamos a un chamán. ¿Cómo lo ves? ¿Es o no es indio eso?, responde con sorna.


Hueco2Risas aparte, mira tú por dónde los vestigios más curtidos de la tradición, las creencias y el folclore colombiano aparecen en forma de precipitaciones por el cielo de la capital. No puedo dejar pasar la ocasión de hablar con el hombre al que se le encargaron esos milagros.

Apunte el guionista de ciencia ficción y póngase en situación el resto: 7 de agosto del 2010, el actual presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, toma posesión de su cargo. Entre el público, además de familia y amigos, el expresidente Álvaro Uribe, los ministrables, acomodadores de esmoquin, el príncipe de España, sillas decoradas, Lula, Kirchner, Calderón, Correa, Colom, Mújica, Alan García y otra media docena de presidentes americanos. Imperdonable el chaparrón sobre tal mobiliario. ¿Y quién se encarga de evitar que la fiesta acabe pasada por agua? Fácil, para eso se le pagan tres millones de pesos (1.300 euros) a un chamán que sabe negociar cielos azules con los dioses de la naturaleza.

- Pues así es Bogotá, marica, opina mi amigo. 

Jorge Elías González, el chamán en cuestión, tiene voz de buena gente. Escucha con paciencia y responde con humildad. Desde que se hizo famoso a raíz de la polémica que desataron sus contrataciones para actos oficiales todos le dicen el Chamán o el Señor de la lluvia de Bogotá. Pero él no vive ahí, apunta, sino en una sencilla vereda llamada Dolores del departamento de Tolima, y tampoco es un chamán: “Soy un sacerdotista o un médico radiestesista”, corrige su currículum. Lo que pasa que lleva los últimos 20 años de su vida haciendo continuas visitas contratadas a la capital para arreglar con su péndulo previsiones chubascosas. “Y uno se queda con el nombre que le pongan”, se resigna el decano.

Es amigable. A sus 66 años, cuenta que aprendió a leer a los diez y que desde entonces lleva toda una vida “dedicado al estudio de los misterios de la ciencia de la radiestesia”. Su don es herencia por parte de padre. Al parecer, el progenitor hallaba huacas (vestigios indígenas enterrados) utilizando ciencias ocultas a modo de detector de metales. Pero a González le dio por otra rama. “A mí la voluntad suprema me dio facultad para entender las fuerzas de la naturaleza, y para tener su control a través de los campos magnéticos”, explica.

Jorge Elías GonzálezFoto: El Tiempo

Con sus rezos, sus cánticos, su péndulo “de Alemania” y otros elementos sólidos de trabajo que no desvela, asegura ser capaz “de hacer que la lluvia venga o se vaya”, “podría calmar el fenómeno de El Niño” y ahora también ha dado con la forma de “controlar el invierno y el verano”. Habilidades que le ha otorgado la “voluntad suprema”, defiende con insistencia. Aunque al final a uno no le queda claro si habla de ciencia, de cultura indígena o de religión cristiana. 

Pelillos a la mar. Él sabe que es el mejor, aunque dice que está feo que lo diga. Con semejantes poderes y una eficacia garantizada “al 90%”, cuantifica, no entiende por qué hay gente a la que le parezca raro que lleve dos décadas contratado para evitar la lluvia durante el Festival Iberoamericano de Teatro, que en 1997 la primera dama de la nación le embarcase a Dinamarca -por 1.500 dólares y gastos pagados- para hacer brillar el sol en el Festival Internacional de Copenhague, o que cobrase cuatro millones de pesos (1.700 euros) por impedir que el agua chafase la ceremonia de clausura del Mundial de Fútbol Sub-20 en 2011.

Menuda se armó cuando González y su bigote de herradura saltaron a la fama por aquello del partidito. A principios de este año, medios de todo el país y grupos de presión denunciaron – a raíz de la investigación de las partidas económicas del evento deportivo- el gasto de dinero público para abonar la sabiduría de Don Jorge en ese y otros muchos actos. Menos mal que al final la cosa quedó en tablas. El ejecutivo, que se vio involucrado, lo arregló todo asegurando que los pagos en esos casos los realizaron instituciones privadas o subcontratistas que organizan los eventos oficiales. Que ellos nunca le contrataron directamente. ¿Y don Jorge?, pues indignado. Porque en aquel día tempestuoso de 2010 “llovió todo el día menos el rato en el que le colocaron la banda al nuevo presidente”, y a él, “nadie del gobierno” le ha llamado ni para felicitarle ni nada.

Ocaso bogotano
Pero no se va a apocopar por eso a estas alturas, de momento sigue en su vereda de Tolima haciendo sus labores de campesino mientras espera que “esos científicos” que no le dan crédito “por no tener un papelito de la universidad”, acaben por reconocer que él tiene “una misión” y un descubrimiento en su mente “para el bien de la humanidad”: “Los hombres podemos controlar la meteorología con el poder otorgado por el dios de la naturaleza”, revela, “lo que pasa es que no se cómo hacerlo entender”, se lamenta acto seguido.

Desesperación injustificada. Lo cierto es que muchos sí están convencidos. Cuenta González que al menos una vez cada tres meses se tiene que acercar a la capital por encargo de cualquier empresa privada. “Algunas multimillonarias”, deja ahí el secreto profesional. “Bogotá es el sitio donde más me contratan en Colombia. Será porque ahí el clima es frío y llueve más”, analiza. Tanto es el ir y venir con el que le tienen, que ha desarrollado otra técnica misteriosa, “el remoto”, dice que con ella ya puede controlar desde Dolores, donde vive, la lluvia bogotana. Sin duda una mejora laboral a tener en cuenta.

Misión cumplida. Hora de partir de Bogotá satisfecho. Al fin descubrí que la moderna vanguardia capitalina escondía un pedacito folclórico en el alma de algunas instituciones, empresas, políticos, artistas, ciudadanos de a pie y ejecutivos de corbata. La ciudad se despide con su frenético curso, Don Jorge, -atento para cualquier rescate-, labra su vereda en Dolores, el presidente Santos que no le llama y por la Séptima todos siguen cruzando casi sin mirar. Con qué tranquilidad. ¿Se habrán encomendado a una divinidad? ¿O es que les avisa del mejor momento para pasar el iPad? Así de moderna, así de mística, así encontré Bogotá.

El País

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